Se escuchó la alarma del despertador.

Los minutos pasaron.

Ikuko, resignada ante el silencio reinante en el piso de arriba, terminó de servirle el café a su esposo.
Rini y Sammy, puntuales, ya habían salido rumbo a la escuela desde hacía un rato.
Tras colocar la lonchera restante sobre la mesa, se sentó a acompañar a Kenji mientras se marchaba al trabajo.

— Se ha demorado más de lo que acostumbra.
Señaló él.
Ella sólo dirigió una mirada preocupada hacia la escalera antes de servirse café en su taza preferida.

A continuación, el estruendo ocasionado por Serena al dejar la cama como una exhalación, les brindó la reconfortante calma que venía con la cotidianidad.
Ambos intercambiaron miradas y un suspiro tranquilo tras verla partir, apresurada.

Aquél era el comportamiento al que estaban habituados. Serena jamás le había hecho honor a su nombre.

— ¿Se sabe algo del joven Chiba?
Cuestionó Kenji, con tono esperanzado y contrastante mirada acongojada.
— Nada.
Respondió apenas Ikuko, comenzando a recoger los platos del desayuno.

Las tareas simples como ésa siempre conseguían aplacar sus nervios.

Demás estaba decir que la actitud taciturna de su hija se debía a la repentina ausencia de noticias sobre su novio, aunque ella no lo mencionara y tratara de aparentar que no le afectaba.

No hubo cartas ni postales; no más llamadas ni mensajes.

Resultaba desconcertante, pues el amor que se profesaban era evidente.Y no es que él se hubiera marchado al fin del mundo.

— No entiendo, debe haber una explicación; pero, mientras llega, ¿qué hacer? ¿Cómo ayudar a nuestra hija?

— Con amor, Kenji. Eso es lo que necesita.

La pareja se abrazó, compartiendo su sentir; sin más palabras, se quedaron así un momento. Juntos eran fuertes. Unidos, cuidaban de su amada familia.

— Nunca me agradó ése "Señor".

La declaración parecia más bien un berrinche, lo cual a Ikuko le provocó una sonrisa tierna.

— Cariño... Te agrada tanto como cualquier otro que creyeras te roba a tu niña, no lo niegues.

— Exageras. El muchacho, el cantante, con él luce contenta. Él sí me simpatiza.

— Pero ahí no hay amor. ¿Es eso lo que deseas para tu princesa?

— Quiero para ella lo que yo encontré contigo. Ahora, si me permite, bella dama, debo irme ya, o llegaré tarde.

Se despidió con un dulce beso en su frente.

Ikuko lo observó desde la ventana hasta perderlo de vista.

Sin duda, amores como el suyo, sólo una vez en la vida.

Si Serena y Darien tenían ésa magia, no habría obstáculo invencible.