Estaba hecho.
Ya no había lugar para la duda, el remordimiento ni tampoco vuelta atrás.
En soledad y absoluto silencio, el Príncipe Diamante Black posó sus púrpuras pupilas en la chica que yacía inconsciente frente a él.
Recorriendo despacio su figura de la cabeza a los pies, le resultó imposible contener un suspiro al pensar en aquella mujer tan parecida que, sin pretenderlo, se convirtiera en una obsesión contra la que no tuvo defensa.
Las facciones de Serena Tsukino conservaban aún cierto aire infantil e inocente. Ni las arduas batallas, ni las amargas pérdidas, ni siquiera el atestiguar y sufrir en carne propia la maldad de sus enemigos consiguieron arrebatárselo.
Era envidiable.
Tanto en el futuro como ahora, le impresionaba ésa capacidad inherente que poseía para inspirar a quienes la rodeaban a dar de sí mismos incluso más de lo que creían posible. Las Scouts estaban dispuestas a entregar su vida por ella; su lealtad, incuestionable.
De no ser por su poderosa posición, ¿tenía él algo remotamente similar en Némesis? ¿En su propia familia?
Sailor Moon representaba la esperanza para su mundo. La fe inquebrantable de que, sin importar lo difícil de la situación, el bien vencería.
Aún si dejaba la vida a cambio.
¿Estaba él dispuesto a tanto por los suyos?
Todo triunfo implica sacrificios.
Siempre lo supo.
En el momento crucial, ¿tomaría la decisión correcta?
¿Hasta qué punto el fin que perseguía justificaba sus acciones?
El retroceder era inadmisible.
Mucha gente se arriesgó en pos de la victoria.
Merecían gozar de la gloria.
Despertar y sentir el cobijo de los rayos del sol.
Deslumbrarse con la magnificencia de la luna cada noche.
Contemplar el azul del cielo y el alegre colorido de las flores.
Deleitarse con el canto de los pájaros y el brillo de las estrellas.
Una derrota los sumió en la oscuridad.
Una más, resultaría insoportable.
Su objetivo de dominar la Tierra debía cumplirse.
El Gran Sabio tenía razón.
Su poder se impondría sobre quien fuera.
A cualquier costo.
Un corazón roto era poco.
Renunciar al amor, el precio que pagaba.