El apartamento de los hermanos Kou lucía tranquilo ésa tarde. Sin embargo, para los dos jóvenes que ahí se encontraban la realidad era otra muy distinta, pues el impacto de lo sucedido la noche anterior aún residía en ellos.
Cuando el enemigo apuntó su arma contra Sailor Moon en aquél callejón, muy claro había quedado para todos que el amor de su hermano por ésa niña superaba el límite de lo razonable, al punto de arriesgar su vida.

Seiya dormía en su habitación.

A Yaten, en cambio, la inquietud por la conversación que mantuvieron un rato antes, lo tenía paseando de un extremo a otro de la sala.

"Ella vendrá a buscarme, me ha llamado. Pero, no quiero que me vea en éste estado... Se sentiría culpable, no quiero que sufra por mi. Por favor, dile que estoy bien."

Le pidió atenderla, y disculparlo.
¡Disculparlo! Era el colmo.

Cuando se encaminó a abrir la puerta del departamento, el menor de los Kou tuvo sus sospechas sobre a quién se encontraría al otro lado desde que escuchó el timbre.

Con desgano, pero decidido, le permitió la entrada a la visita.

— Seiya duerme, en parte por la medicación. Me temo que por hoy no podrás verlo.
Le informó de inmediato, tratando de ser lo más breve posible.
— Entiendo, mañana volveré.
— Sería preferible que no.
— Sólo quiero agradecerle, ver que se encuentre bien.
— ¿Le darás las gracias por casi morir para salvarte? Por favor, ya ha tenido suficiente.
— ¿A qué te refieres?

Para evitar ser descortés —porque así se le indicó— le dio el pase a la sala, ocupando ambos un sitio en cada sillón.
Tsukino lo miraba con cierta expresión de angustia, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Continuó con su argumento.
Tal vez le costaría el enfado de Seiya y una reprimenda por parte de Taiki, pero bien valía la pena.

— Él siempre va a elegirte a ti. No importa cuántas veces le rompas el corazón o le des falsas esperanzas para después irte con Chiba. Y sí, ya sé que no es un acto premeditado de tu parte; la herida sigue ahí de cualquier forma. Incluso si nunca ve su amor correspondido, Seiya daría su vida por ti. Si después del incidente de ayer no te has dado cuenta de sus sentimiento, es que eres más tonta de lo que creí, o increíblemente cruel.
— ¿Por qué me dices todo eso? Sólo quiero verlo, saber si está bien… No tienes que ser tan malo conmigo, Yaten.
La rubia hablaba con voz entrecortada, al borde del llanto.
Él no pretendía hacerla llorar, pero, debió esperar tal reacción.
Cuando las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas, resopló resignado y apartó la mirada, haciendo acopio de paciencia.

Lo sorprendente era que, aquella chiquilla podía soportar sobre sus hombros la responsabilidad de forjar el futuro de un imperio entero, todos habían sido testigos de su capacidad y liderazgo en batalla; y ahora se quebraba al enfrentarla con la incómoda verdad de la amistad con su hermano.
Se ahorró el auto corregirse en el parentesco, pues el lazo que los unía iba más allá de la sangre.

Por otro lado, Serena Tsukino y Serenity, parecían más una compleja contradicción que un mismo ser en épocas distintas; como si la adolescente se estuviera haciendo pedazos tratando de conciliar ambas partes en ésta caótica existencia.
Si era evidente para él, seguramente también para sus amistades.

Tal vez no era justo.
Sin embargo, en mayor o menor medida, el lidiar con su pasado, presente y futuro, implicaba un reto para cada uno de los renacidos en la Tierra.

— Dime algo, ¿cuál es la causa de tu llanto? ¿Sufres porque lo extrañas? ¿Lamentas que no puedes ofrecerle lo que él anhela? ¿Te duele el hecho de qué alejarse de ti es lo mejor para él? Por favor, responde con seriedad.
— Me lastimas con tus palabras...
— No evadas la realidad, comprende que ya no puedes ni debes hacerlo. Así que, o tomas una decisión para que finalmente estén juntos, o te alejas y cada quien sigue su camino.
— ¡Seiya jamás me obligaría a elegir!

Soltó ella entre sollozos.

—Él aceptaría cualquier cosa con tal de continuar en tu vida. Lo sabes. Y lo permites porque para ti está bien así. Pero alguien tiene que decirte que no es correcto.
— Y te has tomado el derecho...
— ¿Y quién si no? Mientras su preciado Tokio de Cristal esté a salvo, lo que pase con Seiya es irrelevante para ustedes.
— No para mi. Sé que no me crees, no intentaré convencerte de nada. Mi cariño por él es genuino y su amistad es muy valiosa, siempre lo será.
— Y precisamente por eso, su sufrimiento no tendrá fin. Porque ser tu amigo es lo que lo hiere. ¿No notas su desconsuelo cada que mencionas a tu "amado "? La expresión en tu rostro me indica que no.
— Nunca fue ésa mi intención...

A Yaten no le quedó ninguna duda de ello.
La consternación se leía clara en su gesto, como si la revelación acabara de golpearla.
Apresurada, se levantó de su sitio y se aproximó a la puerta, con las manos temblorosas al girar el picaporte.
La culpa lo invadió en ése instante.
Tampoco pretendió llevarla hasta ése extremo. Podría ser frío, pero la crueldad, cuando surgía en él, solía ser inconsciente.

— Tsukino, será mejor que te lleve a tu casa.
Le ofreció, en un tono más amable.
— No es necesario, puedo irme sola.
— Permíteme acompañarte, por favor.
Ella dudó, lo observó fijamente durante unos segundos, luego movió la cabeza en señal de aceptación.
— No eres tan malo como pareces, Yaten Kou.
— Guardemos el secreto, ¿quieres? Arruinarías mi imagen.
— ¿Podrías decirle a Seiya que... ?
Serena no pudo terminar de formular la pregunta. Si lo pensaba, sería repetir el círculo vicioso.
Se mordió el labio ante la impotencia.
Mientras caminaban hacia el ascensor, guardó silencio; el peliplata, a su lado, se mantuvo callado también.
Finalmente, antes de subir al coche, ya en el estacionamiento, Yaten respondió el cuestionamiento inconcluso.
— Le diré que viniste, que estás preocupada. Cuenta con que Taiki y yo lo cuidaremos bien.
— Te agradezco.
No hubo más palabras.
Resultaba más cómodo para ambos así.
Al llegar frente a su casa, Serena simplemente murmuró un "gracias" y bajó del auto.
Él se quedó ahí hasta verla cruzar el umbral.
Arrancó nuevamente, pensativo.
Esos ojos azules, sin duda tenían algo especial. Era fácil perderse en su magia.
Menos mal que él era inmune.