"No te preocupes", le había dicho Serena antes de abandonar el Templo Hikawa con los ojos aún llorosos ésa tarde.
¿Cómo es que no había notado antes la enorme tristeza que guardaban sus ojos azules? Para ella la rubia de los odangos siempre había sido transparente; era sencillo leer cada una de las emociones en su expresivo rostro.
Tanto su visita como el que rompiera en llanto con la sola mención de su novio fueron una sorpresa.
En verdad estaba muy ocupada al momento de su llegada, pero no dudó ni un segundo en dejar todo pendiente en cuanto la vio. Así que, ahora a Rei el no preocuparse le resultaba casi imposible; de ahí la perturbación de su sueño y la inquietud que la hizo levantarse de la cama e ir a abrir la ventana.
Permaneció de pie, contemplando la brillante luna, en silencio.
Recordó de pronto la sonrisa que adornó la sonrojada faz, a pesar de estar bañada en lágrimas, cuando el nombre de Seiya Kou se coló en la conversación.
El sencillo gesto fue un poco desconcertante.
Aquél triángulo amoroso podría costarle más de una pena si se salía de control, pero, su amiga aún no estaba lista para admitir tal verdad.
Y no podía culparla.
Ni a ella ni a los otros involucrados.
Quien conocía a Serena quedaba prendado de su encanto; si Seiya se terminó enamorando, era comprensible.
En cuanto a Darien, el tema de la reencarnación dejaba todo en claro. Sin embargo, sus constantes desapariciones, aunque involuntarias, abrían la puerta a múltiples posibilidades e igual número de consecuencias.
Indudablemente, bajo ése panorama, la presencia de Kou provocó que muchas certezas se tambalearan.
En ocasiones así, su mente la guiaba a sitios escabrosos, plagados de "y si..."
Solo en sus desatadas fantasías el futuro era diferente. Mismas que, con la lucidez de la realidad inmisericorde se desvanecían.
¿Un desenlace distinto de su cita con Chiba habría cambiado algo?
Ésa y otras preguntas surgían sin importar que ella evadiera darles respuesta.
¿Y si se hubiera casado con Darien? Regir Tokio de Cristal sería su misión.
Rei tenía plena seguridad de sus capacidades; podía lidiar con tal nivel de responsabilidad y cumplir dignamente con ése rol. El papel de esposa y madre, por otro lado, era una imagen que no alcanzaba a vislumbrar en su horizonte, ni siquiera con la lejanía de los años.
Con sinceridad podía afirmar que el conocer a Rini bastó para sepultar drásticamente la idea.
No se atrevía a aseverar que bajo su tutela el criar a la pequeña sería menos problemático. Porque, para empezar, su propia familia distaba de ser el ejemplo perfecto, pues pocos fueron los años que estuvieron juntos y felices.
Tal dinámica de convivencia le resultaba ajena.
Reconocía que aún tenía heridas por sanar antes de considerar traer al mundo a otro ser. Indefenso y dependiente de ella, además.
¿Acaso tenía tanto amor dentro de sí, propio y para dar?
¿Lo que en algún momento llegó a sentir por Darien podría haber trascendido hasta el grado de unir sus vidas? Partiendo de un amor correspondido cualquier escenario incluía felicidad para ambos. Pero, de no ser así, ¿habría ella aceptado aquél cargo con resignación?
Suspiró, sintiendo el viento refrescar su piel.
Serena era afortunada.
El destino que el Universo le ofrecía era el que anhelaba su corazón.
Hasta ahora, para Rei lo único cierto era que el fuego de Marte ardería por siempre en lo más profundo de su alma, instándola a jamás rendirse, en ésta vida o en otra. Como Sacerdotisa del Templo, Sailor Scout, hija unigénita de su padre, estudiante, amiga… Sin importar la faceta, su destino era brillar, con la intensidad de una flama en medio de la oscuridad.
Ella era luz, fuerza y abrigo.
Libre de corazón y pensamiento.
Soberana de sí misma.
Entonces, con el alma exultante de amor propio y esbozando una sonrisa, volvió a dormir.
