Son las 8:30 de la mañana. O al menos eso dice el reloj que está al lado de la cama en la que descanso, la luz de la ventana apenas puede asomarse tristemente detrás de la cortina, pero es tan débil que ni siquiera puede atravesarla. Entre las sombras una luz vigila el saco verde de el niño que descansa sobre un escritorio.

«¿Jeff?». Le toqué la espalda al joven para despertarlo.

Saltando su cabeza del escritorio Jeff revisa su entorno hasta que su desenfocada vista se detiene sobre mí. «¿Qué hora es?».

«Las ocho y media» contesto.

«¿De qué hablas? Mi tierra está más al norte y a esta hora ya hay algo de claridad».

«Sí bueno, esto es Threed, y aquí nunca brilla el sol». Abro las cortinas para dejar pasar la difusa luz del día.

Jeff se sorprendió al asomarse por la ventana. «Asumiré que ese cumulonimbotampoco es normal, ¿cierto?». ―Sí, según Jeff, la masa de nubes sobre Threed tenía un nombre científico―.

Paula también despertó adormitada. Parecía que tampoco había dormido bien.

«¿Sí terminaste tu cosa esa en la que estabas trabajando anoche?» le pregunta Paula a Jeff mientras se talla sus ojos.

«Sí es cierto, ¿de qué se trata esto? ¿Un arma de juguete?» pregunto acerca del artefacto que estaba sobre el escritorio.

«Es una pistola de ultra pegamento ―aclaró―. Si el pegamento funciona contra los zombis, la mescla que descubrí hace unos meses puede ser muy útil más adelante».

Era sorprendente lo que Jeff podía hacer con algo de chatarra que había recolectado el día anterior y algo de pegamento.

Cuenta Paula que ella se despertó a mitad de la noche y se encontró a Jeff trabajando.

«Oh sí. Lamento haberte despertado» se disculpó Jeff.

«No te preocupes, no fuiste tú» dijo ella mientras se cepillaba sus risos dorados frente a un espejo.

«¿Entonces que fue?» pregunté.

«Meh, un mal sueño».

Creo que puedo comprender a Paula, no había pasado mucho tiempo y la lucha ya se había vuelto parte de nuestro día, y también de nuestras noches. Aún recuerdo enemigos a los que me enfrenté solamente en mis sueños.

Recogimos nuestras pertenencias y salimos de la habitación después de que Paula terminó de arreglar su flequillo (cosas de chicas); todo fuera tan sencillo como esconder las greñas bajo una gorra.

Una vez en el terreno en donde estaba alzada la carpa de circo vimos a una multitud que había venido por lo mismo que nosotros.

Nos acercamos a la entrada de la carpa. Nuestro trabajo había dado frutos: Cientos de cuerpos pegados al piso sin poder moverse. Sentí como si una serpiente escalara por mi espalda. Algunos aun gruñían y por increíble que fuera, habían logrado llevarse algo de la basura que habíamos dejado como carnada. Parece ser que después de varios intentos, algunos utilizaron sus propios cuerpos para armar un puente hasta el centro de la carpa.

No importa, estábamos contentos de haber atrapado a varios zombis, pero, cuando volvimos a ver el rostro de la multitud, vimos que algo los tenía realmente angustiados. A ninguno le parecía haber importado la primera victoria sobre los zombis. Solamente sostenían periódicos con una expresión de impotencia. Me acerqué a alguien para preguntar.

Sin decir una palabra un hombre nos presta un periódico para que lo podamos leer. Ahora compartíamos la expresión de la multitud.

«Humanos, hasta ahora les hemos tenido consideración burp―sí, la onomatopeya de un eructo estaba impresa en el periódico―, ¿y así es como nos lo pagan? ¿Quemando nuestros lugares de trabajo y capturando a mis sirvientes? Burp. Me veo obligado a tomar represalias desde ahora. El ofensor tiene que pagar. Entreguen la cabeza del niño humano llamado Ness si no quieren que lo ocurrido vuelva a repetir. Burp. Una vez por cada noche de retraso empezando desde ayer. Grotescamente, burp, el Maestro Eructo».

El periódico cayó a mis pies una vez que lo terminé de leer. La ciudad no entregaría a un niño. ¿Cierto?

¡Ahí están! ―exclamó una mujer mientras nos señalaba―. ¡Los zombis se llevaron a mi hermano por su culpa!» agregó roja como una braza ardiente de carbón.

Era Jill. La chica que nos había dejado encerrados en el cementerio. Algunos entre la multitud la detuvieron de acercarse demasiado a nosotros. Debo recordar que en este escenario nosotros éramos las víctimas, sin embargo, era a nosotros a los que fulminaban todas las miradas.

«¡Ella nos encerró en el cementerio!»

«¡MENTIROSO!».

«Treta, cálmate» dice alguien tratando de calmarla.

Jill ni siquiera era su nombre y nos llamaba a nosotros mentirosos. Sin embargo, no teníamos como defendernos. Otras personas empezaron a echarnos la culpa por lo sucedido y algunos incluso ya estaban pidiendo nuestra cabeza. El miedo nos tenía doblegados; lo único que podía sentir en ese momento eran las espaldas de Paula y Jeff apoyadas contra la mía. Los zombis habían atacado a los ciudadanos por nuestra culpa.

El Señor Markovski se para junto a nosotros y dice: «Oigan, ¿realmente vamos a culpar a estos niños después de que nos ayudaron tanto?»

«¿Provocar la ira de los zombis es ayudar?».

«De hecho al reducir el nivel de zombis en el perímetro una camioneta pudo escapar por el monte hacia el sur ―dijo un explorador―. Aunque el perímetro se ha reducido quitándonos más territorio de la ciudad».

«Oigan, yo también odio a estos tontos ―dijo Tyler―, pero no creo que alguno de ellos sea el niño que los zombis buscan. Son tan pequeños y debiluchos que no creo que representen una amenaza. Debe haber un error». Creo que de alguna manera nos trató de defender.

«¡Yo mismo los voy a matar con mis manos!».

«Ya basta Treta, es una pena lo que le pasó a tu hermano ―respondió Paula con firmeza―. Pero tú sabes bien que Eructo te prometió no lastimarte a ti y a tu familia siempre y cuando hicieras lo que él te pedía. Él incumplió su promesa, no nosotros».

«¡CALLATE!».

Voltee a ver a Paula sin comprender de que estaba hablando.

«Telepatía» me susurró.

Se vio que tenía ganas de usarla en ella.

«¿Entonces que vamos a hacer? ¿esperarnos hasta mañana para que nos vuelvan a atacar?».

«Si ese tal Eructo quiere mi cabeza yo mismo se la voy a llevar» exclamé.

Por las expresiones de la multitud, ninguno se esperó esa respuesta.

«¡Oigan! ―exclamó la directora del Centro de Protección Contra Zombis―, si estos jovencitos, demuestran tal valor, ¿por qué nosotros no? ¡Creo que ya es hora de reclamar nuestra ciudad!».

Mi grupo de cuatro compró provisiones para el viaje y algo de pintura para el rostro (Se necesitaba para la ocasión) y partió al cementerio mientras los ciudadanos de Threed luchaban por recuperar su ciudad. Los zombis ya no parecían ser tan fuertes ahora.

Después de algunas batallas logramos atravesar el camino del bosque hasta llegar a unas escaleras que descendían a la oscuridad. Lo pensamos dos veces antes de averiguar a donde nos llevarían. Caminamos siguiendo la luz de una linterna por un oscuro pasillo; había mucho silencio, lo cual podía tratarse de algo, o muy bueno o de algo muy malo.


Llegamos hasta una puerta de piedra. La última vez que habíamos atravesado una, las cosas no resultaron muy bien, pero no teníamos de otra. Tan pronto como la abrimos un perro salió de las sombras para morderme.

El perro era delgado y feo, literalmente podían verse sus costillas a un lado, además de eso olía igual que un animal muerto, unos golpes con mi bate y se dejó de mover. Sin embargó había clavado sus colmillos picados en mi pierna.

«Ness, relájate» me exhorta Paula en un tono lento.

«¡¿Cómo pides que me relaje cuando ME ACABA DE MORDER UN PERRO ZOMBI?!».

«Puedes curar heridas, ¿no?».

«Pues sí, heridas menores, no una ¡mordedura de un perro zombi!».

Podía sentir cómo mi pierna se preparaba para desprenderse en cualquier segundo, aunque también pudo ser la paranoia.

«Un sinfín de enfermedades que puede albergar un cadáver, y tuvieron contacto con su sangre» farfulló inquieto Jeff.

«Eso no ayuda Jeff» lo reprendió Paula. «A ver, siéntate» me dijo a mí.

Ella empezó a sacar algunas cosas de su maletín.

«¿Que estás haciendo?» pregunté.

«No te podemos dejar aquí, y sé que no estarás dispuesto a regresar a Threed para buscar un hospital, pero hay que hacer algo con esa herida cuanto antes. Jeff, alúmbrame».

Aunque le supliqué que no lo hiciera, Paula derramó alcohol sobre mi pierna. Jeff por su parte, estaba enumerando para sí todas las enfermedades que se le ocurrían mientras sostenía la lámpara.

Sentía como si me estuvieran quemando la pierna, la niña bien pudo haber usado Fuego PSI en mí y no habría diferencia.

«Concéntrate en otra cosa ¿quieres?» dijo Paula algo alterada.

Ayudaba no mirar la herida, levanté la mirada y me deslumbró la luz que Jeff poseía, centré la vista en el medio y vi un rostro iluminado por el brillo que reflejaba mi rodilla, aunque juraría que emitía luz propia. Unas largas pestañas que se asomaban debajo de un elegante y reluciente flequillo dorado.

Como persianas las pestañas se levantaron mostrando dos ojos del color de la nieve en una noche de luna llena. Al verlos realmente olvidé por un momento que estaba herido en un túnel oscuro con zombis asechando.

«Que ya no se queje es una buena señal, ¿cierto?» pregunta Paula levantando la mirada hacia Jeff.

«¿Eh?»

«Ay no, ¡ya le están dando espasmos musculares! ―exclamó Jeff―. Es tétanos.

«Te preguntaba cómo lo sientes».

Volví a revisar mi pierna y ahora estaba vendada con un curita que tenía dibujado un oso de peluche en sima.

Meneo la cabeza de arriba abajo en respuesta.

«Ven, te ayudo a levantarte». Paula me extiende una mano y después la otra.

Una vez yo de pie, Jeff pone uno de mis brazos sobre su espalda para ayudarme.

«Oye, estás rojo como un tomate ―dice Paula―, ¿seguro que no quieres descansar un poco más?».

«Hm, sí, estoy bien, ¿Por qué no vas a investigar que hay detrás de esa puerta y nos avisas?».

«Está bien, pero aun hace falta que te revise un doctor».

«Ten cuidado».

«¿Que acaba de suceder?» me pregunté en mi cabeza.

«Enamoramiento, eso es―dijo Jeff para sí―… ¡Auch! ¿Eso por qué fue?».

«Hay otra puerta cruzando esta cámara ―nos informa Paula―. ¿Qué sucede?».

«Creo que mejor me quedo callado» exclamó Jeff mientras se sobaba el hombro».

«No me puedo enamorar de Paula» le decía a mi corazón, a pesar de todos los comentarios sarcásticos que había escuchado cuando nos veían juntos, yo tenía una vida esperándome en Onett, mientras que ella tenía la suya en Twoson, y ese pequeño puñado de carne que latía dentro de mí, a sus doce años y medio ya sabía lo que era desprenderse de un "amor". Durante todo este tiempo había procurado verla cómo una compañera de aventuras y una amiga. Quería que las cosas siguieran así.

Después de cruzar diferentes cámaras, subir y bajar escaleras e incluso revisar ataúdes que nos encontrábamos en el camino, llegamos a lo que parecía ser el final del pasadizo subterráneo. Un último pasillo con una escalera de mano esperándonos al final.

«Cielos, ¿Quién destapó la miel de mosca?» pregunté.

«Nadie, sigue tapada» contestó Jeff.

Escuchamos el sonido de unos gruñidos. Nos pusimos en posición de defensa, pero no vimos a nadie.

«¿Eructo?»

«Te consideré un aliado porque traías miel de mosca. ―Una pequeña pila de lo que parecía ser vomito cayó del techo, tenía dos ojos y una boca―. Pero en realidad eres solo un cualquiera. Soy el enemigo mortal de tu clase».

¿Era ese el grotesco monstruo del que nos habló Tyler? No podía ser. Además de grotesco ni siquiera parecía ser una amenaza real.

«A un lado peste, tenemos que pasar».

«Sobre mi cadáver».

Intentamos cruzar, pero el montoncito de vomito con cara realmente parecía querer que lo pisáramos. Extendí mi pierna a la derecha, pero él se movió bajo mi pie. Luego apunté hacia la izquierda y él se movió bajo mi pie. Finalmente di un salto hacia delante, pero él se puso delante de mí (ya había logrado sanar mi herida con PSI).

«¿Qué?, ¿te da asco pisar vomito? Jua jua jua. Mi turno». El montoncito de vomito abrió la boca y soltó un apestoso eructo. Fue tan repulsivo que nos hiso llorar sin parar.

Tenía mis ojos ahogados en lágrimas y no podía ver nada. No lo podía golpear con mi bate, pues no lo quería manchado de vomito, tampoco podía usar PSI Rockin porque el ataque revotaría en la pared.

«¿Alguna idea equipo?».

«¿En dónde está?».

«¡Puaj! ―gritó Jeff―, ¡está escalando sobre mí!». Se quita la mochila de en sima.

«¡Ya es suficiente!» grita Paula sacando la botella de alcohol de su maletín y rociando algo sobre la pequeña repulsión.

«¡Aagh! ¡Basta! ¡Mis gérmenes!»

«¡¿Para qué quieres la miel de mosca?!» preguntó Paula.

«Quería engullir un poco para comerla».

«¿Comerla?» pregunté sintiendo aún más asco.

«Sí, al Maestro Eructo y a mí nos encanta».

«¿Entonces de esto se trata? ¿Tomaron toda la ciudad y lastimaron a inocentes solamente por el puro capricho de esta cosa?».


Después de un largo tiempo bajo densos nubarrones y oscuras sombras, finalmente vimos la luz del sol, me sentía mucho más tranquilo ahora. El bosque había quedado atrás, a nuestro alrededor teníamos paredes de piedra y un sonido similar al de un aguacero hacía eco a la distancia.

«¿Qué es ese sonido?» preguntó Jeff.

«Parece que hay una cascada cerca» contestó Paula.

«Entonces hay que ir a ver» agregué yo.

Solo una vez en mi vida había visto una catarata con mis propios ojos, y fue una decepción, papá nos había llevado a un sitio turístico que prometía una vista impresionante de las cataratas Two que ver con la foto, resulta que la temporada de lluvias se había atrasado y las dos melenas parecían más una regadera sobre la roca. Quizá esta vez sería diferente.

Nuestras sonrisas se desvanecieron al encontrarnos con un río que descendía de las montañas. Sí, incluso Paula decidió guardarse su optimismo en un momento como este. Aunque recuerdo haber escuchado en la escuela que las algas o minerales podían hacer que el agua tomara diferentes colores, estoy seguro que el color marrón oscuro con manchas grises y verdes no era una buena señal. Mucho menos el limo negro que crecía en las piedras y el olor a vomito. Ni siquiera los árboles que extendían sus raíces para beber de este lugar se veían muy felices.

Oh bueno, creo que fue lo mejor, de otro modo pude haberme sentido tentado a zambullirme en las aguas a perder el tiempo, pero había que enfrentar a Eructo antes del anochecer. Aun así, decidimos guardar un minuto de silencio por la belleza que alguna vez debió caracterizar el lugar.

Había algo más en las aguas, un gusano de burbujas que llamó nuestra atención al instante. Inclinamos nuestra cabeza con curiosidad para saber que era eso. A medida que se acercó lo pudimos identificar como un verdadero peligro.

«¡Atrás!».

Un cocodrilo salto del agua para casi arrancarnos la cabeza.

«Descuiden ―dijo Jeff mientras corría detrás de nosotros―. Los cocodrilos, aj, representan una amenaza en el agua, pero saben que les será difícil alcanzarnos en la tierra».

«¿Entonces por qué no se detiene?».

Un segundo cocodrilo acompañado de un zombi se dirigía a nosotros desde el frente bloqueándonos el camino.

«Creo que nos toca pelear» exclamé.

«Yo me encargo del zombi», dijo Jeff mientras apuntaba su pistola de ultrapegamento a los pies del enemigo.

El zombi se llevó algo de hierba y tierra entre sus pegajosos pies, pero no se detuvo mucho tiempo.

«Eso no funcionó muy bien» se lamentó Jeff».

«Mi turno… ¡PSI Rockin!»

La explosión de energía desprendió al zombi de sus piernas, pero no acabó con él, en cuanto al cocodrilo, ni siquiera se inmutó.

«Paula, ¿por qué no nos ayudas con algo de PSI Freeze?».

El cocodrilo lanza una mordida, pero es detenido por mi bate.

«¡Te estoy protegiendo tu espalda!» contesta Paula.

El zombi se arrastra hasta Jeff quien lo patea en la cabeza hasta que se deja de mover.

El cocodrilo me arrebata el bate con sus dientes y lo lanza al agua.

«Supongo que quieres que vaya por él».

Retrocedo hasta chocar con la espalda de Paula. El cocodrilo me había dejado desarmado, o eso creía. Al estilo de un Jedi extiendo mi mano al río y hago subir mi bate hasta mi mano.

Al tiempo en el que la bestia lanza otra mordida yo doy un Salto PSI hasta su cola presionando mi bate en su cabeza durante el vuelo. No resulto salir tan épico como planee. Aunque acerté el golpe, no controlé mi aterrizaje y caí de pompa a un lado de su cola, cola que me bateó hasta el río. El cocodrilo me tenía donde me quería y esa sonrisa en su rostro lo confirmaba.

Paula agarró al cocodrilo de la cola para detenerlo de bajar al río, y Jeff agarró a Paula de la cintura para evitar que el cocodrilo la arrastrara con él.

La bestia ataco con todas las intenciones de devorarse la cabeza de la niña que lo sometía, y así lo habría hecho de no ser por el campo de fuerza que alguien colocó sobre su amiga (Por cierto, los campos de fuerza no eran una clase de muro o burbuja impenetrable, más bien reducían la velocidad de un impacto como si de la repulsión de dos imanes se tratara).

Salí del agua al instante.

Jeff sacó unos cebollines y Paula los encendió, después de eso los arrojaron a la boca del cocodrilo quien aún tenía ganas de un aperitivo, o por lo menos antes de que chispas salieran de su boca. Finalmente regresó corriendo al agua.

Le sané a Paula las heridas que le dejó el cocodrilo en su último ataque.

Paula y Jeff se pellizcan la nariz mientras me tienen cerca.

«Puaj Ness, tecesitas un baño urgetemente» me dijo Paula mientras se pellizcaba la nariz.

«¿Por qué no lo congelaste cómo hiciste con el otro?» le pregunté a Paula.

(En realidad solo lo escarchó para que por instinto el animal de sangre fría se alejará a tomar sol).

«Ah, ¿o sea que tengo que congelar a cualquier amenaza con la que nos encontremos? ―me reclamó ella―. ¿Crees que es tan fácil cómo soplar burbujas?».

«No, lo siento».

«Y tú Jeff, te encargaste del zombi, ¿por qué no corriste a ayudar a Ness?».

«Bueno, yo… ―titubea Jeff mientras señala su pistola de pegamento―. Se tapó».

«¿Se tapó?» pregunté.

«Sí, debe tener un tapón de pegamento».

«Cómo sea, creo que será mejor que nos alejemos de la orilla del río».

«¿Pero que otro camino podemos usar?».

«Squeak, Squeak».

«¡Miren, por allá!» dijo Paula traduciendo a Exit Mouse.

Había una cueva en la pared de una montaña. ¿Podía tratarse de la base de Eructo? ¿O quizá el camino a uno de mis santuarios? Solo había una manera de saberlo.

Después de cruzar un túnel ―este sin enemigos merodeando― salimos a un segundo valle. Nos encontramos con una aldea.

La forma de las casas llamó nuestra atención: Eran de arcilla y tenían forma cilíndrica con techos en forma de cono y en la punta tenían una especie de antena en forma de moño, también tenían un anillo cada una suspendido alrededor de sus tejados.

Dejamos de prestarle atención a las estructuras cuando vimos a sus habitantes. No, no eran humanos, ni se parecían a ninguna criatura que hubiéramos visto antes. Tenían bigotes, pero no parecían gatos, caminaban en dos patas, pero no parecían primates. Tenían una gran nariz redonda pero no tenían torso, brazos ni manos, solamente tenían 2 patitas planas que no separaba mucho a sus cabezas del suelo, su piel era de color cremosa pero no tenían pelaje o plumas, solo unos cabellos que se ataban con un mismo moño rojo sobre sus cabezas y unas cejas pobladas sobre sus ojos de canica negra.

¿Eran alienígenas? No lo sé, pero no se portaron hostiles con nosotros. Es más, antes de que pudiéramos pensar en una reacción para lo que estábamos viendo. Las criaturas nos saludaron.

«HOLA». «BOING». «DING».

Nuestro asombro fue mayor al descubrir que podían hablar. No eran del todo claro, pero era evidente que conocían las palabras y entre esas voces nasales pero chillonas y la velocidad inconstante de su acento además de los sonidos adicionales que producían se hacían entender.

«BIENVENIDOS A LA ALDEA SATURNO. BOING».