Buscando la guarida de Eructo terminamos en una pequeña aldea llena de criaturas… interesantes. Un lugar llamado Aldea Saturno.
«¿NOSOTROS PODER AYUDAR A TUDES?».
«hmm, necesitamos ver al Maestro Eructo».
A pesar de portarse amables con nosotros, lo mejor que podíamos hacer era ser discretos, ni siquiera sabíamos qué eran o para quien trabajaban.
Las criaturas empezaron a imitar el sonido de una sirena antes de que alguien nos diera una respuesta.
«TUDES BUSCAR A MONSTRUO APESTOSO».
«¡Sí! ¿que saben de él?» pregunté con interés.
«Él SER MALO, Él LLEVARSE AMIGOS DETRÁS DE LA CASCADA TORONJA, ZOOM. NOSOTROS BLOQUIAR RUTA DE ESCAPE, BOING».
«¿Están hablando de un secu…». Paula se trabó antes de completar su pregunta.
«AJAM».
Paula refunfuñó con indignación. «Yo personalmente le voy a poner las manos a Eructo» dijo ella.
Por mí no había ningún problema.
«¿Dicen que se encuentra detrás de la cascada?»
«SI, NOSOTROS CADA DÍA SER MENOS. TRISTE».
«Tenemos que ayudarlos» suplicó Paula.
«Y lo haremos. Pueden estar seguros de que regresaremos con amigos antes del anochecer».
«OH, ¿EN SERIO? GRACIAS ZOOM».
El resto de las criaturas empezó a saltar de felicidad mientras producían ruidos de alegría:
«BOING, BOING, BOING».
«Volvemos enseguida».
«TUDES NO IRSE TODAVÍA, NOSOTROS DAR REGAlO A TUDES».
Dos de las criaturas corrió hacia la aldea.
«Son realmente adorables» expresó Paula mientras ponía sus manos en su corazón.
«Disculpen la imprudencia ―exclamó Jeff―, pero ¿ustedes que son?».
«NOSOTROS SER SEÑOR SATURNO».
Dos criaturitas se acercan cargando platos con regalos sobre su cabeza. En uno venía un puñado de algo que parecía caramelos con envoltura (incluso tenía una etiqueta) y en otro venían unas hierbas.
«AQUÍ TIENES».
«Hum, gracias ―contesté extendiendo la mano―. ¿Qué son estas cosas?».
«ESTO SER QUESO DE CACAHUATE, Y ESO SER HIERBAS REFRESCANTES».
«Pues gracias de nuevo hmm…».
Esta era la parte en donde ellos me decían su nombre, pero no lo hicieron.
«Yo soy Paula, y ellos son mis amigos, Ness, Jeff y Mousketson. ¿A quién debemos el agradecimiento?».
«SEÑOR SATURNO».
«¿Ese es su nombre?» pregunté.
«AJAM».
«¿Y su especie se llamaa…?».
«SEÑOR SATURNO».
«Estoy confundido» exclamó Jeff mientras se rascaba la cabeza.
«AQUÍ TODOS SER SEÑOR SATURNO, BOING».
«Claro, cuídense, volvemos en un momento». Me doy media vuelta seguido por mis amigos.
«Les prometemos que regresaremos con sus amigos, criaturitas» dijo Paula.
«¿Alguna vez habían oído hablar de ellos?» le pregunto a mis compañeros mientras caminamos de regreso al río.
Ambos levantaron los hombros mientras meneaban la cabeza en respuesta.
«Me pregunto si alguien ya los habrá documentado» dijo Jeff.
«Y si no. ¿Por qué no lo haces tú?» preguntó Paula mientras inclinaba su cabeza hacia delante para voltear a ver a Jeff.
«¿¡Qué!? ¿yo? No» responde con inseguridad.
«Pues les sonará raro, pero―. Volteo hacia cada uno de mis hombros mirando a mis compañeros―. Creo que ya había interactuado con uno».
«¿Qué?»
«¿Dónde?»
«Cerca de la Aldea Feliz-feliz, la única casa que no había sido pintada de azul. No lo vi, pero tenía la misma forma de hablar que el señor saturno».
«Hum, eso puede significar que ellos no pueden ser fácilmente influenciados» arguyó Paula.
«Eso explicaría por qué son la única criatura en el valle que no nos intentaron atacar» contesto.
«Bueno, yo también estaría muy molesta si alguien hubiera convertido mi casa en un desagüe» contesta Paula.
Después de algunos minutos de caminar río arriba y evitar a la agresiva naturaleza alcanzamos a ver la cascada. Una manta blanca que se extendía sobre la pared del valle generaba el sonido incesante de unos aplausos que resonaban por todo el valle. Era triste saber que toda esa agua no era otra cosa que el desagüe de la fábrica de Eructo. Aun así, ese hecho no evitó que nos detuviéramos a hacer wow, pero, no era tiempo de descansar, si no nos movíamos las hormigas del lugar nos comerían vivos antes que los cocodrilos.
…
«Muy bien, ya saben el plan».
«Nos hacemos pasar por repartidores de miel y nos infiltramos en la fábrica».
A medida que nos acercábamos el sonido de los aplausos se intensificaban. Una vez a sus pies fuimos bañados por una briza apestosa ―no fue para nada refrescante―. ¿Debía un valle oler a drenaje?
Por delante de nosotros tenemos una amplia puerta de acero y una pequeña ranura colocada sobre la roca, y a nuestras espaldas una pared de agua. Decidimos tocar la enorme puerta de metal, el sonido de mis nudillos chocando con el metal resonó en la bóveda donde nos encontrábamos. La pequeña ranura se abre en consecuencia, me levanto en puntillas para asomarme a ver quién nos recibía, había dos ojos saltones por delante de una cosa verde.
«¿Quién anda ahí?» preguntó la cosa dejando escapar terrible aliento.
«Es una entrega especial para el Maestro Eructo. Miel de mosca».
«Oh, excelente. Ya conoces las reglas, dime la contraseña».
«¿Contraseña?... hum».
«Sí, contraseña ―contestó un poco más asertivo el guardia―. De lo contrario podría creer que eres un enemigo».
«Hmm, es… ¿Eructo?».
«Incorrecta».
La ranura se cierra de golpe.
Vuelvo a llamar a la puerta al instante. «No, no por favor ―suplico― deme otra oportunidad».
«Está bien, pero es la última».
Intenté pensar mejor mi respuesta, pero el guardia me apresuró haciendo que dijera la primera palabra que tuviera en la mente.
«¿Contraseña?».
«Voy a llamar a mi jefe».
La rejilla se volvió a cerrar frente a mis ojos.
«Debe haber otra forma» dijo Paula.
«¿Y cuánto tiempo nos puede tomar encontrar esa forma?».
«¿Por qué no solo leíste su mente como lo hiciste con esa mujer del pueblo?» le pregunta Jeff a Paula.
«Esa cosa detrás de la puerta, no parece tener cerebro, y si lo tiene, no lo logro reconocer» contesto Paula mientras recargaba su espalda contra la puerta de metal.
Ella ya se había sentado en el piso a despejar su mente cerrando los ojos, y yo decidí hacerle compañía en lo que se nos ocurría un plan.
Jeff dejó su mochila a un lado y se sentó junto a nosotros. Hasta ahora ya había demostrado que se le podían ocurrir buenas ideas, así que solo era cuestión de tiempo para que pensáramos en algo.
¿Derribar la puerta con pirotecnia y PSI? No, demasiado arriesgado y poco probable de que funcionara, la puerta se veía pesada.
«Tal vez debamos escondernos, ya saben que estamos aquí».
«Chist».
Detrás de la enorme puerta de metal se escuchaba el sonido de unos murmullos, pegue mi oído para intentar averiguar que estaba sucediendo. Los murmullos ahora parecían regaños, pero el sonido de la cascada hacía difícil distinguir las palabras de adentro.
«Sí señor, enseguida señor».
Después de varios minutos la puerta se abrió.
CRASH, PUM, resonó la hoja de metal que se alzaba ante nosotros.
«Pueden pasar ―dijo el guardia que resultó ser un pequeño montoncito apestoso colocado sobre una plataforma. Apenas me llegaba al tobillo, pero hablaba como si nos mirara por en sima del hombro―. Están de suerte, nuestros recolectores aun no llegan y el maestro Eructo esta impaciente por su miel. Sigue las flechas que marcan el camino, tengan cuidado con los Fuppys y no intenten nada sospechoso, recuerden, ustedes no vieron nada».
La fábrica era tan grande que difícilmente podía pasar por inadvertida, aun así, lo hacía, toda la construcción estaba escondida bajo la montaña y parecía que tenía planes de seguirse expandiendo. Las paredes estaban recubiertas por hojas de metal. Los engranajes crujían, las cadenas chirriaban y las calderas chiflaban; pero lo que más destacaba de ese lugar era por supuesto la peste que lo cubría. Al diablo con todas las normas de sanidad, los trabajadores ni siquiera usaban casco, la única regla estaba marcada en un enorme cartel sobre una pared: "POR TU SEGURIDAD NO TE OLVIDES DE ERUCTAR".
Tal como nos pidió el guardia, seguimos el camino trazado, aunque no teníamos ni idea de qué quiso decir "con cuidado con los fuppys".
Descendimos por una escalera hasta la planta inferior, ahí nos encontramos con otra interesante criatura, era similar a los señor saturno, pero este no poseía una gran nariz ni cejas pobladas, cabello o bigotes de gato, sus ojos eran aún más pequeños y era de un color rojo franbuesa, de hecho parecía una cereza gigante. Digo que se parecía a los señor saturno porque técnicamente era la criatura que más se asemejaba a ellos en proporción, aunque a la vez era bastante diferente.
«Hola amigo, ¿tú también necesitas ayuda?» pregunto.
La cereza gigante enviste contra mi rodilla.
«Oh, eres agresivo».
«¿Sera uno de los amigos de los que hablaron los señor saturno?» insinuó Paula
A su lugar llegaron dos más, pronto fueron tres y antes de que pudiéramos contarlos ya eran más de treinta. Todos intentándonos embestir mientras nos mantenían rodeados, si querían hacernos daño, sus regordetes y blandos cuerpos no lograban hacer más que cerrarnos el camino.
«Auch, okay, esto ya se está volviendo molesto».
Como no había nadie viendo, decidí usar un poco de PSI para quitármelos de en sima.
Las criaturas que fueron alcanzadas por el PSI rockin reventaron cómo burbujas ―ni siquiera fue una descarga potente―, logramos abrir un pequeño camino entre la jauría, pero ellos nos seguían los talones.
Un montoncito de porquería llegó a recibirnos: «Usha, largo de aquí. Burp».
Las cosas-frambuesas se fueron dejándonos por la paz.
Disculpen los Fuppys, son una plaga, pero logramos mantenerlos controlados. La miel de mosca, ¡ya!».
«Hem, se la llevaremos nosotros al Maestro Eructo personalmente».
«¡¿Pero quién te has creído?! Ningún estúpido humano puede ver al Maestro Eructo, Burp. Ahora denme la miel de mosca y lárguense de aquí si no quieren que sus familias sean sancionadas».
«Pero, nosotros…».
«Pareces ser una persona sospechosa, no es que no confíe en nuestro sistema de seguridad, pero voy a pedirte que me digas la contraseña».
«¿La contraseña?».
«¡Sí, la contraseña! ¡Dímela a la de tres!».
«…»
«Voy a llamar a seguridad».
Una masa de energía sale volando desde detrás de mí hasta el montoncito de porquería dejándolo hecho una pila de hielo. Volteo a ver a Paula quien solo encoje los hombros en respuesta. Se puede decir que se hizo cargo de la situación, o al menos eso creímos.
El cuarto se torna rojo, mientras que una alarma comienza a sonar.
Desde un altoparlante una voz comienza a dar instrucciones. «A todo el personal, hay tres infiltrados en el sector B2 No los dejen escapar».
¡Había una cámara en el techo grabando todo! ¡Nos tenían en video!
«Corran».
Salimos del alcance de las cámaras, pero no encontramos en donde escondernos.
«Squeak, skueak».
Paula lanza otra ráfaga de hielo a la boca de un ducto de ventilación. «Ness, por acá».
Rompo las rejillas con mi bate y entramos.
«¿Era aquí?» pregunta un montoncito de porquería.
«Eso nos indicaron».
«Entonces, revisen bien, han de estar escondidos».
Con los codos nos adentramos en los ductos de ventilación esperando llegar de alguna manera con Eructo.
«¿Se metieron por los ductos? Eso es tan cliché».
Nos estaban siguiendo.
«Dile a Larry que mande a revisar todas las salidas de aire».
Más Fuppys se cruzaron en nuestro camino.
«¡Oh, ahora no!». Lancé otra descarga mínima de PSI que los hizo estallar en miles de burbujas.
Llegamos hasta una rejilla en el piso.
«¡Vamos, trabajen! he conocido piedras más eficientes que ustedes».
Al asomarnos vemos a varios señor saturno pegando etiquetas en frascos de miel, estaban encadenados a una bola de acero cada uno.
«Tenemos que sacarlos de aquí» susurró Paula.
«Sí, para eso vinimos» le contesto.
«Hum, chicos, ¡ahí viene!» indica Jeff.
«Ahora sí los tengo, Burp, burp, Buurp.El montoncito de porquería nos quería ahogar en este ducto con su mal aliento».
Había que reservar energía PSI para luchar contra Eructo, no la podíamos usar en cualquiera que nos hiciera frente.
«Estos tipos to condocen el ecuague bucal» exclamó Paula mientras se pellizcaba la nariz.
Empiezo a patear la rejilla hasta que se abre. Paula y yo descendemos amortiguando la caída con PSI. Paula cargó a Jeff.
«BOING, HOLA».
«¡Aquí están!». El montoncito de porquería escupe a mis tenis una especie de moco que adhirió mis pies, uno al otro.
«Creo que alguien ya copió tu idea, Jeff» digo mientras hago fuerza por separar mis piernas.
El montoncito intenta hacer lo mismo con Paula, pero ella salta para atrás.
«¡¿Qué más da?! ¡Esto es por los señor saturno!» exclamó la niña antes de convertir al montoncito de porquería en hielo.
El montoncito que nos seguía se había dejado caer del ducto para cerrarnos el paso y después sacó un pequeño radio de su cuerpo viscoso. «Seguí a los intrusos hasta la sección…».
SPLAT.
Mis compañeros reaccionaron con repulsión a la forma con la que resolví la situación. Incluso los señor saturno no pudieron evitar soltar un «Yuck».
«No puedo creer que lo hayas hecho» dijo Paula mientras se pellizcaba la nariz.
«Oh vamos, ya caí en un río de aguas negras» respondo mientras tallo mis pies en el piso para quitarme la porquería de ellos.
«Pero pudiste usar tu bate» exclamó Jeff.
«¡Que importa! Ayúdenme a quitarle esto a los señor saturno».
El altoparlante volvió a sonar, pero esta vez con un tono más histérico: «Los intrusos derribaron a 2 hombres en la sala de etiquetado ¡Y, ogh, pisaron a uno de ellos! Ahora están intentando liberar a los narizones. ¡Oh! Necesitaré tiempo para procesar lo que acabo de ver».
«Okay, nuevo plan, primero hay que encargarnos del vigilante».
Jeff le disparó pegamento al lente de la cámara, pero eso no sería suficiente si queríamos movernos por la fábrica sin ser detectados.
Había un mapa colocado en una pared, no muy lejos de ahí, por lo que lo consultamos primero.
A través de los pasillos se empezaron a escuchar eructos, pasos y gemidos; cada vez más fuertes.
Jeff apuntó a la puerta más cercana. «Por allá».
«No podemos dejar a los señor saturno» exclamó Paula.
«Yo me encargo de ellos ―le digo a mis compañeros―. Ustedes adelántense».
«¡¿Qué?!» protestaron al unisonó.
«Uno de nosotros debe estar refrescado cuando encontremos a Eructo, ¡ahora vayan!».
«Usa esto, te servirá». Jeff me da su "abrepuertas" (o como se llame) antes de dar media vuelta.
Si el PSI de Paula le permitiera lanzar rayos de los ojos estoy seguro que lo habría hecho en ese momento. «No vayas a hacer una tontería» me dijo en un tono de reproche y después me dio un beso en el cachete.
Su espalda siguiendo a la de Jeff fue lo último que vi antes de separarme de ella. ¿Eso fue otro regaño?, ya ni siquiera me dio oportunidad de preguntar.
A mi alrededor tenía a todo un escuadrón de porquerías y zombis.
«¿Dónde están tus compañeros?».
«¿Por qué piensan que se los voy a decir?».
«Porque si intentas algo, cualquier cosa, daremos la orden de alimentar a nuestros zombis con los rehenes de Threed».
«Siguen con vida» susurré para mí. «Lo siento Mousketson» le digo al compañero de mi hombro.
Dejo mi bate en el suelo y un par de zombis me colocan las manos atrás. Uno de los montoncitos me escupe su baba pegajosa, procuré guardar la calma, respiré profundo procurando ignorar el mal olor del lugar y entonces, una poderosa descarga de energía barrió con los enemigos que me sometían.
La suciedad y el moco bañaron las paredes y el piso, había piernas, brazos, cabezas y torsos pegados a los restos de aquellos montoncitos pegajosos y yo, yo pude arrodillarme a descansar un momento.
«¿TÚ ESTAR BIEN, ZOOM?»
Por más que inhalaba no lograba llenar mis pulmones.
«Necesito aire fresco» contesté. Mi organismo se rehusaba a seguir respirando ese aire toxico.
«¿TÚ TENER HIERBA REFRESCANTE? PUEDE AYUDAR»
La hierba que nos habían obsequiado los señor saturno, por supuesto. Saqué un poco de mi bolsillo y la quebré frente a mi nariz, al instante sentí como el espíritu regresó a mi cuerpo, todo mi sistema respiratorio parecía haber sido purgado de la peste. Una vez de pie, habiendo recuperado el noventa por ciento de mis sentidos por la descarga de PSI, les di a oler a los señor saturno un poco de la hierba y, utilizando la máquina de Jeff les quité las cadenas que los ataban.
El altoparlante volvió a sonar: «La amenaza ha sido controlada, los intrusos fueron liquidados».
La cámara a la que Jeff le había disparado empieza a moverse de forma peculiar.
«Escóndanse ―le pido a los señor saturno―. que no los encuentren».
Salí corriendo hasta la puerta que Paula y Jeff habían cruzado mientras mi corazón procuraba escapar de mi pecho.
Encontré lo que parecía ser un almacén de refacciones, había cajas y cubetas apilados hasta la ventanilla del ducto de ventilación. Estaba abierto, más no congelado, pero había tornillos regados en el piso. Decidí entrar por él.
Si mis amigos habían usado ese ducto sabía a donde debía dirigirme y con la ayuda de Exit mouse era imposible perderme.
«Llegué hasta otra ventanilla abierta, asomé la cabeza hacia abajo procurando ser discreto».
«¡Chicos!»
«¡Ness!».
Los tres exclamamos de alegría al vernos.
«¿Están bien? Escuché al vigilante decir que la amenaza había sido liquidada y entonces yo creí que…». Extiendo mis brazos para darles un abrazo.
Jeff se acomoda las gafas y toma la palabra: «Bueno, ese era el punto, Paula lo obligó a decirlo ―menciona a la vez que señala a un montoncito de hielo― con tal de que no lo pisáramos».
«Y cumplí con mi palabra» agregó Paula.
«Te hice una señal» comentó Jeff.
«Espera, ¿y los señor saturno?».
«Escondidos, pero por lo que pude escuchar, también hay ciudadanos de Threed retenidos aquí, y piensan utilizarlos para disuadirnos».
«Ven, por acá» me dice Jeff.
Puesto que estábamos en la cabina de vigilancia teníamos ante nosotros varias pantallas en blanco y negro que nos mostraban diferentes puntos de la fábrica: Un cuarto en donde ensamblaban zombis y los cargaban, uno con calderas y otras máquinas, y en una de esas pantallas se veía a un grupo como de quince personas aglomeradas en una pequeña habitación suplicando por salida. La pantalla también nos dio el numero de la cámara en donde se encontraban, así que lo demás fue sencillo.
La mirada de Paula estaba perdida en aquella pantalla y solo reflejaba angustia, como si hubiera visto un fantasma.
«¿Cómo puede haber gente tan mala en el universo?» se lamenta ella mientras se talla el brazo.
Me paré junto a ella y pensé bien mis palabras antes de hablar, aunque decidí callar. Puse una mano en su hombro intentando darle apoyo, pero al instante que hice contacto ella tensó el cuello como si le hubiera caído una cubeta de agua fría, volteó a verme y cómo si se tratara de un alambre de púas que ataba sus pulmones expulsó un suspiro. Después de eso dobló lentamente la cabeza a uno de sus hombros, al que estaba debajo de mi mano, para ser más preciso.
Retiré la mano antes de que esta tocara la oreja de la niña.
«Hum… Paula, tú fuiste secuestrada. ¿No es así?» dice Jeff.
Fulmino al nerd con la mirada.
«Pero tú (refiriéndose a mí) me dijiste en la pizzería que…».
Vuelvo a hacerle otro gesto a Jeff para que se calle.
«¡Ya basta! ―exclama Paula con firmeza, pero sin mirar a ninguno de los dos―. Hay que rescatar a esas personas cuanto antes».
Ambos asentamos con la cabeza sintiendo que nos habíamos saltado una página.
Miro a Jeff meneando la cabeza de un lado a otro por la imprudencia de su comentario.
«Solo quería ayudar» expresó.
Había un guardia vigilando la celda, después de despachárnoslo le quitamos su tarjeta de acceso y con ella abrimos la puerta.
Dentro de la celda había hombres y mujeres, niños y ancianos. Eructo no había perdonado a nadie.
«¿Quiénes son ustedes?» preguntó uno de los rehenes.
«Venimos a sacarlos de aquí» dijo Paula.
Según el mapa, había una salida trasera más cerca que la principal, así que nos dirigimos a ella. Una vez libres los rehenes, Eructo y sus secuaces no podrían amenazarnos más, y volver por los señor saturno ya no sería un problema.
«¡Ahí está!» exclamó Jeff.
Las puertas se cerraron de golpe dejándonos sin escape. El único punto de acceso era un oscuro pasillo de donde provenía un repugnante aroma. De ese pasillo oscuro una voz gruesa, monstruosa y babosa empezó a sonar:
«¿En serio creíste que iba a ser tan fácil?».
«Eructo».
Una enorme pila de moho, moco y otras cosas viscosas y repugnantes que te puedas imaginar sale a la luz, medía casi 6 pies de alto y fácil podía pesar más de 150 libras, como todos sus subyugados poseía dos ojos saltones y una boca, pero este además de eso poseía una enorme nariz y unos labios carnosos por donde se asomaban dos gigantescos colmillos desde la mordida inferior.
«El único». Para hacerle honor a su nombre nos recibió con un tronador y apestoso eructo.
Su aliento era tan nocivo que se volvió imposible respirar en ese lugar, justo al tener contacto con nuestra nariz nos generó náuseas y vomito, algunos en la habitación incluso se desmayaron y, por desgracia Paula fue una de ellos.
Eructo continuó sin que nadie siquiera intentara tocarlo: «Habría sido una pena haberlos llamado hasta aquí para nada. Mi miel de mosca».
Eructo era la única razón por la que seguíamos cargando esa cosa, así que con un gesto le indico a Jeff que se la entregue.
El chico lo piensa dos veces antes de acercarse aún más a la enorme pila de porquería. Al final solo deja el tarro frente a él y retrocede.
Eructo formó dos manos de porquería y destapó el frasco para atascarse la boca con este.
Como podía esperarse de la criatura más repugnante que nunca hubiera existido, ni siquiera era capaz de comer sin producir ruidos desagradables con la boca o por lo menos esperarse a terminar para continuar su discurso.
Esta vez sí moriríamos intoxicados sí no hacíamos algo pronto.
«Cuando supe que el niño que supuestamente está destinado a derrotar al Amo Gyigas estaba en Threed supe que necesitaría más que simples zombis para que no interfirieras con mis planes burp. Pero ahora que te veo solo puedo reírme por la incompetencia de mis lacayos humanos. Jua jua jua» se ríe mientras se atraganta con miel.
Le doy la tarjeta de acceso que poseía a uno de los rehenes para que intentara abrir la puerta, pero fue inútil.
«Jeff, creo que es hora de que probemos tu cohete botella».
«Eres tan pequeño y patético que le haré un favor al amo Gyigas y te derrotaré yo mismo. Jeje, derrotar a Gyigas, buen chiste. Mmm, Barreré el suelo con ustedes. ―Lame el fondo del tarro―. Y lo mejor es que no tendré que mover ningún dedo porque mi peste lo hará por mí. ¿Qué rayos es eso?».
«Tu fin» contesto cubriendo la parte baja de mi rostro con mi camisa.
Jeff, manteniendo su nariz dentro de su saco, oprime el botón de un pequeño control y exclama «¡Al suelo!».
Al instante todos nos encogimos de brazos y piernas pegando nuestras cabezas al suelo.
PUM, PUM, PUM, PUM, ¡Agh!
Los proyectiles más pequeños salen disparados hacia el cuerpo de Eructo haciéndolo soltar un fuerte grito de dolor. El cohete mayor cierra el espectáculo de fuegos volando directamente a la boca del monstruo haciéndolo explotar desde adentro.
Las paredes, el techo, e incluso nosotros, todo quedó cubierto de una mescla de vil suciedad. Algunos volvimos a vomitar, pero ¿qué importaba? Eructo había caído.
Jeff se volteó en el suelo y empezó a carcajearse mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos, no podía retener su felicidad, aunque eso a las náuseas no les importó.
A través de mi visión vidriosa alcancé a ver algo en el centro de la habitación. Era una tarjeta de acceso dorada. La tomé y se la pasé a uno de los hombres que estaban junto a la puerta que conducía al último pasillo antes de la salida.
El hombre la pasó por la ranura y la puerta se abrió.
«Ejejeje. Gaasp. Perdieron» dijo un montoncito de porquería no más grande que la mayoría, pero con un solo ojo; bastante grande en comparación a su cuerpo deforme.
«¿De qué hablas? Te derrotamos».
«Créelo si quieres. Gaasp. A estas alturas el Amo Gyigas ya debe haber metido la estatua Mani-Mani en Fourside. Jejeje. Gasp. Pronto… gasp… toda la ciudad estará en peor condición que si estuviera viviendo EN SU PROPIO VOMITO…». El montoncito se deja caer por una coladera y desaparece dejando únicamente su mal olor para que se recordara que alguna vez estuvo ahí.
