Aparecimos en una calle vacía de Fourside. Jeff y yo estábamos envueltos en una especie de burbuja de energía y corriendo tan rápido que no sabíamos cómo frenar. De repente me tropecé y caí al suelo al tiempo que un relámpago crujía, quedé cubierto de una capa de hollín. Jeff cayó sobre mi espalda.

«Entonces a esto se refería con explotar».

«¿En dónde estamos?» preguntó Jeff.

«En Twin Pigs Street» contesté con una sonrisa en mi rostro.

Ya que la policía estaba buscando a un niño con casco de beisbol azul y a otro con un cote de tazón y anteojos, se nos ocurrió cambiar un poco nuestra apariencia. Yo escondí el casco de beisbol en una parte cercana ―como solía hacer para no tener que estarlo cargando todo el tiempo― y de paso guardé mi gorra en la mochila. Jeff se vio obligado a usar un gorro que recogí de la basura. Al menos ya no encajábamos con la descripción de quienes nos buscaban.

Varias patrullas de policía estaban colocadas en frente de la torre Monotoli. Por supuesto, el enemigo ya tenía su trampa preparada. Solo era cuestión de que esos hombres nos vieran para detenernos.

«No estás pensando en salir corriendo hacia la torre para que te atrapen, ¿o sí?» dijo Jeff.

«Solo que no se nos ocurra otra idea».

«Pues ya que lo mencionas…» exclamó Jeff mientras de su saco sacaba el rastreador de señales.

Según me explicó Jeff, los broches "M" no producían las señales, solo la recibían―así como un receptor― ademas de expandirla sobre sus usuarios. Todas las señales parecían provenir de un mismo punto.

Le estatua Mani-mani, pensé.

Y es ahí a donde sugirió mi compañero que debíamos dirigirnos.

Me mostré indeciso.

«Piénsalo ―me animó Jeff―. Si todas esas patrullas están en frente de la torre es porque Monotoli, los aliens o quien sea que esté detrás de todo esto espera que tú muerdas el cebo. Entonces, ataquemos donde menos se lo esperan».

Tomamos el metro y nos movimos hacia donde nos indicaba el rastreador. Llegamos a un barrio de mala apariencia. No es que se viera más peligroso que aquellas calles abandonadas en el centro de la ciudad, más bien era de esos lugares que uno prefiere ignorar debido a su nulo atractivo visual. Irónicamente era eso lo que más llamaba nuestra atención. Atrás habían quedado los parques, plazas y rascacielos de cristal. El mayor interés de las personas del lugar parecía ser lo que estaba haciendo el tipo de su izquierda.

«¿Seguro que este es el lugar?» pregunté.

Vamos, que al tratarse de un artefacto malévolo de control mental, uno esperaría encontrarse con una fortaleza o calabozo lleno de trampas y jefes a derrotar, antes de llegar. ¿Demasiados juegos de rol? Tal vez, pero por lo menos esperaba encontrarme con algo que me digiera: «Guarida de los malos, aléjate de aquí».

«¿Sí? ¿y por qué no nos pintamos el pelo de colores y nos ponemos ropas llamativas para indicarles a todos que somos los héroes?».

Después de darle un par de vueltas a la manzana indicada nos detuvimos a la entrada de un viejo y polvoriento bar.

«Bien, este parece ser el lugar» indicó Jeff.

Jackie's.

Me sentía extraño de entrar en un lugar como este. Evidentemente no era un lugar para niños, por lo que era prácticamente imposible no llamar la atención de alguien. Aún más cuando ni siquiera sabes que tienes qué hacer para pasar inadvertido

A falta de experiencia mi cerebro recurrió al conocimiento de los westerns que había visto hasta ese entonces.

«Agacha la cabeza y evita cualquier contacto visual» le dije a Jeff.

El bar no tenía nada extraño, bueno, casi: el cantinero tenía un parche en su ojo derecho, pero eso no significaba nada. Un aire triste rodeaba el lugar, las luces brillaban con poca fuerza para comodidad de los clientes.

Jeff mantenía la vista en su rastreador. «El objetivo parece estar detrás de esa barra» me dijo.

«Fantástico, como vamos a llegar allá sin que nos noten».

Aún peor. Había un cartel con nuestros rostros en la pared.

Una camarera de mediana edad y cabello rojo nos aborda. «¿Buscan a su padre pequeños? Porque si quieren una bebida no se las voy a poder dar» nos dijo ella con una mano en la cintura y con la otra sujetando una bandeja con bebidas. Tenía sobre su vestido un maldito broche "M".

«Solo buscamos un baño» contesté.

«Al fondo a la derecha».

«Gracias». Jalo a Jeff de la muñeca y me alejo rápidamente de ella.

Dado que la camarera nos había seguido con la mirada no tuvimos más opción que entrar ambos al baño.

«¿Y ahora qué?» preguntó Jeff,

«Esperar a que se nos ocurra algo».

El baño olía fatal y estaba sucio, más allá de eso no tenía nada de nuestro interés, nada además de una ventana rectangular en la parte superior de una de las paredes, lo suficientemente grande como para servirnos de salida.

Desde detrás de la puerta se escucha un grito:

«¡RATÓÓÓÓN!».

Miro hacia uno de mis hombros y llamo a Mouseketson. Él no estaba en mi mochila.

Se escucha alboroto. Rápidamente salgo del baño a revisar. El cantinero estaba intentando atrapar a nuestro ratón por todo el bar.

Mousketson se sube al techo y empieza a escapar por las lámparas. Por su lado el cantinero saca un rifle desde debajo de la barra y dispara al techo. El hombre estaba loco (o simplemente influenciado por el broche sobre su chaleco rojo).

El disparo hizo correr a todos los clientes.

¡¿Estás loco?! preguntó la camarera.

«No, ¡esperen! No se vayan» dijo el cantinero dejando su lugar en la barra.

Era nuestra oportunidad.

«¡Aquí no hay nada!» exclamé angustiado.

Jeff llamó mi atención y después señaló una puerta que había en el piso.

«¡Ustedes!».

El cantinero nos había visto y ahora nos estaba señalando con su rifle.

Nos agachamos detrás de la barra al tiempo que escuchamos un disparo.

«¡¿Qué te sucede?!» reclamó la camarera.

«¡Son los niños que busca el alcalde!».

«¡Entonces llama a la policía y suelta esa cosa!».

Jeff empieza a abrir la puerta en el piso.

«¡Espera!» le digo. «La policía viene, si entramos ahí abajo pueden dejarnos encerrados».

La camarera nos acorrala detrás de la barra.

«No quieres luchar conmigo» nos dice en tono de amenaza.

«Oye, ¿que tienes en la cabeza?».

La camarera levanta la mirada hacia su frente antes de enterarse que tenía un ratón sobre su cabello.

«¡Aaaaah!».

«Es nuestra oportunidad» exclamé al ver como la mujer nos abría el paso mientras gritaba de desesperación.

Corrimos de regreso al baño y cerramos la puerta con llave.

«¿Y ahora?» preguntó Jeff.

La puerta es azotada repetidas veces detrás de nuestras espaldas. En cualquier momento iba a ser derribada.

«Hay que esperar a Mousketson» contesto.

«Él estará bien, en un lugar como este escabullirse no será problema para un ratón».

Los azotones en la puerta cesan, pero eso no significaba una buena noticia.

Levanto a Jeff sobre mis hombros y lo ayudo a subir hacia la ventana.

El cantinero abre la puerta usando unas llaves.

Lo miré al ojo y logré hacerlo caer dormido. Después de eso di un salto PSI hacia la ventana y escapé con Jeff.

Salimos a un callejón lleno de gente, pero a pocos les importó ver a dos niños salir por la ventana de un bar, tenían su completa atención en un hombre de camisa floreada tirado en ese mismo lugar. Momento, reconocía esa camisa.

Me deslice entre la multitud de chismosos para ver más de cerca.

«¡Everdred!».

Estaba herido y acostado en un charco no de agua, su camisa floreada tenía una gran mancha color carmesí.

«Hey, pero si es el chico que salvó a Paula» dijo el administrador de Burglin Park.

«¿Qué te ocurrió?» pregunté aterrado.

«Bueno, después que nos despedimos, salí a buscar la estatua Mani-mani, Carpainter me la regaló, pero me insistió en que la destruyera». Everdred gime de dolor.

«Déjame ayudarte» le digo.

«No chico, déjame, hay cosas que no se pueden evitar».

Accedí al inconsciente de Everdred para estimularlo a curar sus heridas, pero de cierta forma este se estaba protegiendo ante la falta de oxígeno para no desvanecerse en la inexistencia, y curar a alguien significaba concentrar su atención en otra parte del cuerpo que no fuera el propio cerebro. Difícil de explicar si nunca lo has experimentado.

«En lugar de eso algo me dijo que la debía traerla a Fourside, así que lo hice. (tos, tos). Y fue entonces que Monotoli me la robó. ¿Te imaginas? Robarle a un ladrón. No lo podía permitir, así que empecé a seguirlo para descubrir que tramaba. Pero al saberlo él mandó a unos hombres a deshacerse de mí. Por suerte para mí escapé casi ileso (gemido). No podía irme sin revelarle a alguien de confianza esto».

Hice lo que pude con las heridas, pero Everdred ya había perdido mucha sangre, por lo que aún no estaba a salvo del todo.

«¿Qué descubriste?».

«Si bajas a la estación de metro más cercana y sigues el túnel de la línea en dirección sur encontraras una puerta. Si decides acercarte primero asegúrate que no haya nadie viendo, si no quieres terminar como yo».

«La estación de metro más cercana, entendido».

Unos paramédicos llegan y colocan a Everdred sobre una camilla.

Inhalé con miedo.

Los malditos broche "M" lucían sobre sus uniformes.

«¡Espera! ―me suplicó el ladrón― Antes de irme quiero que escuches mi último poema Haiku».

«Everdred, yo… ―sabía que cualquier cosa sospechosa que hiciera podría revelar mi identidad―. Quisiera escucharlo».

Vaya cobarde ¿no?

«Cuando vayas afuera asegúrate de decir adiós.

Entonces cierra bien la puerta;

Es mi última petición».

Seguí con la mirada al hombre de la camisa floreada hasta las puertas de la ambulancia, sabiendo de una forma que esa sería la última vez que lo vería.

Teníamos más problemas: las patrullas habían llegado al bar y pronto descubrirían nuestro paradero exacto si no nos alejábamos rápido del lugar. Seguramente ya tenían nuestras nuevas descripciones físicas, así que ya no podíamos pasar tan desapercibido. Si la policía trabajaba como en Onett a estas horas ya habían cercado los alrededores.

Llegamos a la estación de metro que nos indicó Everdred. Estaba siendo vigilada por un grupo de oficiales. Ni siquiera podíamos acercarnos sin que nos vieran.

Momento, era la estación por la que habíamos llegado, lo que significaba que ya habíamos estado allí abajo. Eso me dio una idea.

«A la cuenta de tres corres detrás de mí» le indico a Jeff.

Utilicé el truco que nos enseñó Uki y corrí a través de un callejón, de pronto habíamos llegado uno de los túneles del subterráneo, no muy lejos de la estación de metro que buscábamos.

Al igual que en la parte de arriba había policías registrando el área para saber si habíamos pasado por ahí. Regresamos de puntillas a las profundidades del túnel antes de que nos vieran.

Todo indicaba que íbamos por buen camino.

Fue cuestión de tiempo para encontrarnos con la mencionada puerta, era de lámina lisa.

«Cerrada».

Jeff me sonríe mientras saca de su bolsillo su máquina abre puertas.

Avanzamos por un túnel oscuro sin saber que nos deparaba su final. Llegamos a unas escaleras, las subimos y nos encontramos con otra puerta, esta hecha de madera; no estaba bloqueada. La abrimos y una resplandeciente luz cegadora nos cubrió. Entonces solo ubo oscuridad.

Un cuadrado de rojo neón se enciende a nuestro alrededor delineando los límites de la habitación. Más allá de eso todo estaba en completa oscuridad.

«¿Qué sitio es este?» preguntó Jeff.

«Tal vez la guarida de los malos».

Unas luces semejantes a las que delineaban la habitación, pero amarillas, se encendieron para revelar lo que parecía una escalera invisible por la oscuridad. Subimos las escaleras hasta una puerta que había en donde debía estar el techo, pero en su lugar solo había una capa tan oscura como la noche de luna nueva más oscura.

«Ey chicos, ¿qué están haciendo ahí abajo? ―preguntó una voz jovial― Déjenme darles una mano».

Era el tabernero de Jackie´s, pero había algo raro en él, juraba que la última vez que lo había visto tenía el parche en el ojo derecho y ahora lo tenía en el izquierdo. Además de eso ya no tenía el broche "M" sobre su chaleco.

Mi sorpresa fue mayor al ver que todo el bar había adquirido ese negro profundo incapaz de reflejar alguna luz. Dando la sensación de que lo que tuvieras en frente simplemente no existía realmente. Desde las mesas hasta las lámparas, todo estaba delineado con luces de neón de diferentes colores.

«¿Ocurre algún problema?».

Todo esto era demasiado raro para parecer normal, pero si mis enemigos creían que me podían engañar era mejor usar eso a mí favor.

«No».

«Sí, es lo que me imaginé. ¿Por qué no te sientas y me lo cuentas?».

«Pero yo… Tengo prisa».

Jalo a Jeff del brazo y salimos corriendo del lugar. No nos detuvimos a pensar que estaba ocurriendo.

«¡Bienvenidos a Moonside!» nos gritó el cantinero antes de que saliéramos del establecimiento.

Ya fuera del bar mi sorpresa y miedo se triplicaron. Toda la ciudad había sido consumida por esa aterradora oscuridad y luces de neón.