Parte II
Dos chicos, una chica, un ratón y un viaje a través de Eagleland para encontrar y destruir un artefacto de control mental, así resumiría gran parte de mi gran aventura. Sin embargo, esta estaba lejos de terminar.
Me encuentro en el helipuerto del rascacielos más alto de la ciudad de Fourside, el viento golpea mi mejilla y menea el mechón de pelo que se asoma por debajo de mi gorra, la ciudad parece una maqueta desde esa altura. Habían sido días grises, pero ahora unos rayos de claridad se asomaban a la tierra desde el oeste, pero por el momento toda mi atención esta puesta sobre una oscura masa de nubes que avanza desde el mar, al éste, misma dirección a la que ha huido el cobarde de mi vecino.
«¿A dónde va ahora?» pregunté yo, cuando en verdad quería saber a dónde iríamos ahora nosotros.
«Él va hacia la pirámide» contestó Monotoli, aunque eso no me dijo mucho, por lo que dejé que prosiguiera. «En cierta ocasión llegué a escuchar a Pokey hablar con lo que en mi opinión parecía ser un calamar alienígena, estaban hablando sobre la pirámide de Scaraba, al parecer hay algo en ese lugar que tus enemigos no quieren que obtengas».
«Entonces es ahí a donde nos debemos dirigir ahora» dijo Paula.
«Espera ―exclamé yo―, Scaraba está al otro lado del océano, ¿cómo llegaremos allá?».
«Si gustan, yo les puedo costear un vuelo» contestó Monotoli.
«Es muy amable de su parte, pero el dinero no es el problema» dijo Paula.
Si Giygas realmente no quiere que lleguemos a Scaraba, fácilmente puede interceptar nuestro vuelo y con sus naves hundirnos en el mar.
Junto a mis amigos comencé a pensar en otra opción para cruzar el océano de manera segura, un transporte que surque las aguas o los cielos de forma inadvertida y que no involucrara vidas extras.
Jeff hizo una sugerencia: «Por el momento lo único que puede surcar el cielo sería un caza, un jet o un platillo volador».
Con sonrisas en nuestros rostros volteamos a ver al joven inventor.
«Jeff, ¿no llegaste tú a Threed en un platillo volador?».
Nervioso Jeff respondió: «Ah, sí, pero ya se rompió, ¿lo olvidan?».
«Pero puedes repararlo, ¿cierto?».
«Supongo» respondió Jeff en un susurro no muy seguro.
Le doy una agitada a Jeff y le digo: «Vamos, si pudiste encontrar la estatua Mani-Mani estoy seguro que podrás llevarnos al otro lado del mar.
Dejamos la Torre Monotoli y nos alistamos para volver a Threed, en donde yacían los restos del OVNI de Jeff. Pero esta vez no utilizaríamos el autobús.
Aproveché el momento para mostrarle a Paula la nueva habilidad que había aprendido. Corrimos en línea recta, pero, aunque fuimos de un extremo de la manzana al otro, no llegamos más lejos, solo conseguí cansarme aún más.
«¿Qué es lo que se supone que debe ocurrir?» preguntó Paula.
Entre jadeos respondí: «He estado corriendo todo el día, tal vez necesite más tiempo de descanso».
Utilizamos el resto del día para relajarnos y de paso visitar un balneario para quitarnos el olor al Bar de Jackie. Para el anochecer regresamos al parque que habíamos visitado el día que llegamos a Fourside por primera vez.
«¿Entonces no te hicieron nada?» le pregunté a Paula mientras caminábamos por un sendero.
«No, nada, lamento no haber contactado contigo nuevamente, pero quería aprovechar el tiempo allá arriba para sacarle la máxima información a Monotoli, menos mal que estuvo dispuesto a cooperar.
«No hace falta que te disculpes, yo soy el que debe pedirte perdón por haberte dejado sola en el teatro, si a mí me hicieran eso no quisiera hablar con esa persona en un buen tiempo…».
Mientras yo todavía estaba hablando Paula se cruzó de manos de una manera firme.
«… Sí te sirve de consuelo ni siquiera pude hablar con Venus».
Sus labios cerrados revientan en una risilla. «Tal vez sí debí seguirte».
«¿Para?».
«Para verte hacer el ridículo» contestó ella en un tono burlón pero amigable.
Guardé silencio pensando si debía seguir picando el tema antes de volverlo completamente incomodo.
«Fue una tontería» dijo Paula.
«Lo sé».
«¿Crees que hice mucho drama?».
Sí, lo creía, pero no quería echarle más sal a la herida. «No, bueno… Es solo que, puede que tú…».
«¿Que yo que?» dijo Paula en un tono nervioso.
«No, olvídalo. ―Volví a guardar silencio―. Paula, somos amigos, ¿cierto?».
«Claro, ¿por qué no íbamos a serlo? Los amigos discuten a veces, ¿no?».
Adelante en nuestro camino había un hombre vendiendo helados, una perfecta razón para cambiar de tema.
«¿Quieres un helado?» pregunté.
Paula pidió un helado de fresa, yo de vainilla… «¿Tú de que lo vas a pedir Jeff?» pregunté. Volteo a ambas direcciones, pero no veo a mi amigo.
El muy gracioso se había quedado a cierta distancia riéndose de nosotros.
«¡Ven acá o no te tocara helado!» le grité.
Él simplemente se encogió de hombros.
Ya en Threed, no había ninguna nube en el cielo y, a diferencia de en Fourside, el sol todavía tardaría un poco más en ocultarse. ¿Quién diría que nos encontrábamos en el mismo lugar en el que días atrás nos habíamos visto rodeados por zombis? El pueblo incluso se veía más pequeño después de haber regresado de la gran ciudad.
Corrimos hacia el cementerio, que ahora parecía más un jardín en remodelación.
«No quiero ser pesimita ―dijo Jeff― pero, ¿cuánta posibilidad hay de que esa máquina siga aquí? Seguramente ya la desmantelaron y la vendieron por partes».
«No nos hace daño revisar» contesté.
En el cementerio había un jardinero, aparentemente estaba tapando todas las tumbas que habían abierto los zombis.
«Bien, creo que esa fue la última» exclamó para sí el hombre después de voltear su pala y clavarla en el la tierra, justo a tiempo para quitarse el sudor de la frente. «Ey, pero si son el grupo de niños héroes que salvaron al pueblo. Hace tiempo que no los vemos».
«Sí, bueno, resulta que olvidamos algo importante en el cementerio. ¿Saben de una nave que parece un ovni estrellado por aquí?».
«Chicos, lo lamento, pero ya se lo llevaron de aquí».
Jeff está a punto de darse media vuelta, pero lo detengo.
«¿Sabe a dónde se lo pueden haber llevado?».
«Al museo, iban a hacer de él una exhibición».
«Espero que podamos reclamarlo».
En la entrada del pequeño museo local nos recibió un joven como de dieciséis años.
No me lo creía, se trataba de Tyler. A primera no lo reconocí debajo de esa corbata y chaleco rojo puestos sobre una camisa de vestir blanca. Aunque seguía manteniendo su fijador para el cabello.
Nos saludó con medio abrazo a cada uno. «Yo creí que ya no los volveríamos a ver aquí en Threed».
«¿Por qué? ¿Nos extrañaste?» preguntó Paula.
«¡Que va a ser! Me hacía falta escuchar más ideas ridículas para desaburrirme».
«No sabía que trabajabas en el museo» dije.
«La historia se vuelve interesante cuando tienes una historia que contar».
Desde el fondo una voz preguntó: «¿Ya vaciaste las papeleras Tyler?».
De una forma sumisa el adolescente contestó: «En eso estoy señora Harris».
Intentamos retener nuestras risas.
«Me obligaron a servir en el museo por una ocurrencia mía ―contestó él fingiendo indiferencia―, pero le empecé a tomar cariño a este empleo. Vengan, quiero que vean algo».
Tyler nos llevó a la parte del museo donde se había preparado una exhibición sobre el día que Threed fue atacado por los zombis. En las paredes colgaban las biografías del equipo del Centro de Protección Contra Zombis. En un pedestal se encontraba una maqueta de la carpa que había servido como trampa, también había pequeños modelos de arcilla de nosotros y una recreación interactiva de la batalla con eructo. Jeff presionó el botón que accionaba la obra, pequeños cohetes de mentira corrieron desde donde estaba su modelo de arcilla hasta la boca del monstruo.
«Ness, mira». Paula señaló hacia una pared en donde se exhibían varios dibujos hechos por niños de prescolar, y nosotros salíamos en algunos de ellos.
Hacía tiempo que no nos deteníamos a reflexionar en lo lejos que habíamos llegado.
En medio de la habitación había una cortina roja extendida en forma de cilindro, y puesta debajo de un amplio tragaluz.
«Que hay ahí» pregunté.
«¿Por qué no lo averiguan?».
Retiramos la cortina, y ahí se encontraba: Una nave esférica de metal, reconstruida casi por completo, por mucho la exhibición más grande del lugar.
No podíamos creerlo, la habían reparado.
«Sí bueno, aún no está lista, no esperamos que vuele, pero por lo menos hacerla funcionar».
«¿Será que me pueda acercar a echarle un vistazo?» preguntó Jeff.
«No creo que esté autorizado para darles permiso ―contestó Tyler― pero tampoco es mi responsabilidad si algo le pasa a una obra del museo en mi ausencia, iré a vaciar esas papeleras. Nos vemos perdedores».
«Bien, manos a la obra» exclamé en voz baja mientras hacía un círculo con mis amigos.
«¿Debemos?» preguntó Jeff.
«Claro, es tuyo, tienes derecho a reclamarlo».
«Bueno, técnicamente no es mío, es prestado».
«Da igual, si es prestado eres responsable de él hasta que lo devuelvas».
«Okay, lo haré, ayúdenme a subir».
Formamos una escalera humana y ayudamos a Jeff a llegar a la escotilla de la nave, en la parte superior.
«Ajá, ya vi cual es el problema―exclamó desde dentro de la máquina― denme unos minutos».
La máquina se encendió, varias luces tintineaban desde sus costados.
Jeff se asomó desde la escotilla. «¿Necesitan que los lleve?» preguntó en un tono burlón.
La encargada del museo vio lo que estaba ocurriendo e intentó detenernos.
«¡Oigan!».
Paula y yo dimos un salto PSI hacia la escotilla.
La nave se despegó del suelo incluso antes de que termináramos de entrar.
«Adiós y gracias por cuidarlo en nuestra ausencia» dijo Paula.
«¿Y ahora qué?» le pregunté a Jeff acompañándolo a ver en la consola.
«No sé, no trabajo bien bajo presión».
Sin preguntar oprimí el gran botón rojo al lado de lo que se parecía a una palanca de arcade.
La nave ascendió hasta el elevado techo del museo y atravesó el tragaluz haciéndolo pedazos.
Los tres soltamos un profundo suspiro.
Como niños pequeños Paula y yo miramos por la ventana con asombro. Vimos los tejados de la ciudad rodeados por colinas y un frondoso bosque de árboles que parecía más una alfombra de brócolis desde nuestra altura, más allá del bosque estaban unos cerros pelados y el valle saturno, todo se veía tan pequeño a comparación de Fourside.
«Bien hecho» le dije sonriente a Jeff mientras le extendía un mano.
«Gracias ―dice Jeff de forma vacilante a la vez que aprieta mi mano y se sube las gafas―, solo espero que esa pieza que retiré no sea importante como para evitar que el motor falle y haga que nos estrellemos contra el suelo».
«¿¡QUÉ?!».
«O eeen el mejor de los casos en el suave mar…». Jeff se da vuelta hacia la consola. «hem, Tuve que puentear algunos cables así que los controles de navegación no funcionan, por lo que el correcielos solo podrá volar de regreso a Winters, si mip… el doctor Andonuts está disponible puedo pedirle que repare la nave para que nos lleve a Scaraba».
«¿Quién es el doctor Andonuts?» preguntó Paula.
«El dueño de esta cosa» dijo Jeff sin dejar de ver la consola.
«Recuerdo que Manzanito me habló de él ―dije yo―. Es uno de los inventores más grandes de la actualidad y su modelo de inspiración».
«¿Sí? Bueno, por lo que se, también es un hombre muy ocupado ―dijo Jeff mirándonos de reojo desde su asiento―, a ver si tiene tiempo para ayudarnos».
«Confiemos» dijo Paula con incertidumbre.
«¡Esperen!» exclamé de repente. «Olvidé llamar a mis padres». Para este momento ya había aceptado que posiblemente llegaría al final del mundo antes de poder regresar a mi hogar. Pero por lo menos quería que estuvieran enterados de donde me encontraba para que estuvieran más tranquilos.
Un montón de pensamientos empezaron a aparecer sobre mi cabeza: ¿Habrá señal en el otro lado del planeta? ¿conoceran los teléfonos? La mano de Paula tomó la mía, ella compartió una sonrisa que me infundió confianza.
«Ya habrá oportunidad cuando lleguemos» dijo ella.
