El aire helado golpea contra mi rostro, es como miles de dagas microscópicas que entran a mi nariz para incrustarse cada vez más profundo, y no se detendrán hasta llegar a mis pulmones. Aun pisando por en sima de las suelas de mis tenis puedo sentir el frío de la nieve por debajo de estas. A pesar de eso, cargaba un grueso abrigo de plumas que protegían mis pulmones de las bajas temperaturas, pero una bufanda no habría estado nada mal. Ahora entendía cuál era la preocupación de mi madre. «Me viera ella ahora» me decía a mí mismo.

«Estaba pensando ―le comento a mis amigos―… Cuando salí de mi casa me preguntaba cómo iba a encontrar ocho santuarios que están escondidos por todo el mundo, pero ahora resulta que la mayoría no suele estar muy lejos de los lugares que visitamos… ¿Eso tiene algún sentido?».

Intervención divina, sugirió Paula.

«Esa es otra manera de llamar a un Deus ex machina» dijo Jeff.

«Es igual, si nos ayuda a hacer el trabajo más sencillo solo podemos dar gracias, ¿no?».

«Bueno, yo tengo una explicación más científica» comentó Jeff.

«Chicos…».

Aunque estaba interesado en escuchar la teoría de Jeff, mi atención completa se puso sobre una enorme y esponjosa pared de nubes.

«… ¿Es este el lugar que dices que se traga a los exploradores que entran en él?» pregunté mientras mantenía mi cabeza levantada hacia las nubes más altas.

«Sí, es este» dijo Jeff con un tono frío.

«¿Qué clase de guardián protegerá el santuario?» preguntó Paula.

«Solo hay una forma de saberlo» contesté.

Le di una mano a Paula, a quien tenía a mi derecha, y después le di la otra a Jeff, a quien tenía a mi izquierda. Cerramos los ojos y avanzamos hacia la nube.

«¡WOOAAH!».

A pesar de que aquí dentro no brillaba el sol, la temperatura era más cálida, así como húmeda, el pasto en el suelo era verde y no tenía nieve en sima. Agua brotaba de las rocas y de ellas también crecía musgo de todos los colores.

Los abrigos que hasta este momento nos habían estado protegiendo del frio ahora solo nos estaban haciendo sudar. Paula y Jeff se quitaron los suyos, en cuanto a mí, lo intenté, pero no pude, el cierre estaba atorado. Forcejeé para quitármelo, pero todo intento fue inútil.

Entramos a una cueva que había delante de nosotros, confiando que nos llevaría al siguiente santuario.

En la boca de la cueva había varios abrigos tirados, aunque no les dimos mucha importancia.

La cueva estaba llena de cristales preciosos, algunos colgaban del techo como candelabros. Aquí adentro no solo crecía musgo, sino también champiñones de todos los tamaños, algunos aún más altos que nosotros, de tallos delgados, algunos champiñones eran fosforescentes, pero todos coloridos. Sentía que en cualquier momento una tribu de pequeños duendes saldría a recibirnos.

Paula se dirigió hacia un hongo alto, ancho y naranja brillante.

«Chicos vengan a ver este». Dijo ella.

«No creo que esta sea una buena idea» expresó Jeff con inquietud.

«¿A que te refieres?» pregunté.

«¿Olvidaron lo que sucedió en Eagleland cuando nos enfrentamos a uno de esos hongos caminantes?».

«Bueno sí, pero eso pasó en Eagleland, cuanta posibilidad hay que encontremos aquí esa misma especie de hongo.

«¿Y no te has puesto a pensar por qué es que varios exploradores han desaparecido en este mismo lugar?».

Paula soltó un grito agudo.

«¿Que sucede?».

«¡Miren!» dijo ella mientras nos mostraba su brazo. Estaba creciendo un hongo en este.

Jeff se apanicó. «Hay que salir de aquí ―decía―. Hay que volver al laboratorio para que te lo extirpen».

«No, es un camino largo―dije yo―. Hay que seguir avanzando hasta encontrar Mi Santuario y que este purifique tu cuerpo».

«¡No me voy a enfrentar al guardián con esta cosa en mi brazo!» reprochó Paula.

«Descuida, creo que estarás bien mientras esa cosa no crezca en tu cabeza y toque tu cerebro».

Justo terminé de decir eso cuando un hongo brotó de su cabeza.

«Oh no».

«¿Qué ocurre?» preguntó Paula.

«Esto no está pasando, no otra vez» se lamentaba Jeff entre respiraciones frenéticas.

«Jeff, óyeme, estarás bien ―le dije manteniendo un tono tranquilo para intentar tranquilizarlo―, solo tenemos que evitar acercarnos a cualquier hongo».

Lentamente y mientras soltaba profundas exhalaciones Jeff comenzó a caminar de espaldas a la vez que miraba por todas partes. Chocó con una roca. No se dio cuenta que sobre esa roca crecía un hongo verde fosforescente.

Como en lo que pareció un suspiro el hongo soltó esporas bioluminiscentes.

«Ness, no me estoy sintiendo muy bien» dijo Paula mientras se frotaba la cabeza.

Tomé a ambos amigos de sus muñecas y comencé a correr hacia la parte más profunda de la cueva. Intenté no distraerme con ningún olor agradable que pudiera percibir, pues sabía que se trataba de una trampa.

Escuché un par de pasos proviniendo de entre las sombras. Aquél que se acercaba era grande.

Me paré de frente al enemigo, listo para contemplar su apariencia. Entonces, Paula me mordió el brazo con agresividad.

«¡Aaagh! ¿¡Qué te sucede!?».

Jeff comenzó a cacarear sin sentido mientras miraba hacia el frente: «Hon-hon-hon…».

«¿Y a ti qué te pasa?» le pregunté.

«¡Gooo!».

Me di la vuelta y vi un enorme hongo con ojos en la parte inferior de su sombrero, también tenía una boca en la parte más baja de su anillo, la expresión en su cara parecía indicar que no había dormido en días. Bajo su robusto tallo crecían dos piernas, que en proporción eran demasiado cortas, por lo que se movía utilizando sus brazos que eran un poco más largos.

«Finalmente has llegado, esta es la cuarta localización de Tu Santuario» dijo el hongo con una voz grabe, pero con una especie de freno en su lengua.

«Ahórrate el discurso, tenemos prisa».

Extendí dos dedos al frente y solté una descarga de PSI Rockin α. Apenas logró empujar al monstruo.

«Atrápenlo» dijo el hongo.

Desde la oscuridad se asomaron varios cuerpos humanos llenos de hongos brotando de su piel. Algunos se habían cubierto por una capa de moho, en uno dos champiñones habían tomado el lugar que debían ocupar sus ojos.

Sentí un escalofrío descender por toda mi columna vertebral.

«Chicos, dudo que estas personas sigan vivas, los hongos se han apoderado de sus cerebros».

Sin decir una palabra mis compañeros me tomaron de un brazo cada uno, mientras me empujaban lentamente en dirección del hongo.

«¡Paula, Jeff! ¡Reaccionen chicos! ¡soy yo!».

«Ellos no te escuchan, son míos ahora».

¡Goo! se sentó extendiendo sus pequeños pies al frente.

Luché por liberarme, pero no quería hacerles daño a mis amigos.

«No te resistas, abraza el reino fungi, tu mente se librará de toda preocupación humana».

¡Gooo! meneó la cabeza sobre mí, dejando caer esporas.

Volví a utilizar PSI Rockin α, esta vez logré empujar a ¡Gooo!

«Bien ―dijo con sarcasmo ¡Goo! mientras aun estaba echado sobre el piso―, pero las esporas no tardarán en hacer su trabajo».

«Lo siento amigo» dije.

Le piso el pie a Jeff, pero no sintió nada. Sus botas tenían casquillo, decidí intentar con Paula. «No te lo tomes personal» le dije a ella antes de pisarla.

«¡Auch!» gritó ella a la vez que me soltaba el brazo.

Con el brazo que tenía libré pellizqué a Jeff.

«Aún tienen sensibilidad» razoné en voz alta.

«Lo siento chicos, pero si quiero salvarlos tendré que hacerles daño».

Un champiñón brotó en uno de mis cachetes. Creo que después de eso ya no podría quejarme de tener acné.

«¿Por qué aun no has perdido el control sobre tu cuerpo?» refunfuñó ¡Gooo!

«Tal vez porque aún no ha crecido ningún hongo sobre la punta de mi cabeza» digo mientras luchaba contra dos champizombis».

«Esclavos, ¡quítenle ese ridículo gorro!».

De pronto se me quitó el calor que me hacía sentir aquel abrigo.

Por todas las direcciones los champizombis empezaron a jalar mi abrigo con tal de romperlo. Mi piel abrigada podía sentir sus frías y bruscas manos y sus sucias y largas uñas arañándome en todas partes, aun con la gruesa prenda amarilla que me protegía. Era esa gruesa prenda amarilla lo que deseaban quitarme, menos mal era suficientemente resistente como para conservarme con vida otros minutos más, aun así, eso no me hacía sentir mejor, sentía como si me quisieran quitar mi propia carne.

Generé un escudo para volverles el trabajo más difícil, pero eran tan persistentes que no esperaba que resistiera mucho.

Bien pude utilizar otra descarga de PSI rocking, pero tenía miedo de lastimar a Jeff, quien estaba en primera fila para tomar un pedazo de hule amarillo. Produje un fuerte destello de luz pura, lo suficiente para dejar a los ojos más adaptados a la oscuridad ciegos y desubicados por un segundo, y por un segundo los jalones se detuvieron.

«Yo me encargo». Dijo una cálida pero firme voz entre la multitud. Era la voz de Paula.

Ella pasó al centro, en donde yo me encontraba. Sujeté mi bate con ambas manos y me puse a la defensiva. Sabía que era ella pero al igual que todos aquí tenía hongos en su cabeza. A pesar de todo no sabía que hacer si se acercaba.

«Ness» dijo ella en un tono que expresaba preocupación.

Los músculos de mis manos se aflojaron, mi cuello liberó tensión y mis cejas se separaron de mi nariz; aun así, no solté mi bate ni abandoné mi posición de bateador, esperando el ataque del hongo que poseía a Paula.

Ella arroja su cabeza sobre uno de mis hombros y rodea mi cuello con ambos brazos. «Tengo miedo, ¿qué me va a pasar?» preguntó.

Suelto mi bate, pongo uno de mis brazos sobre su espalda y otro sobre su nuca.

«Llegaremos al santuario» le digo con una voz perdida en mis pensamientos.

Paula jala hacia atrás la capucha de mi abrigo.

«Bien» cantó ¡Gooo!

Empujo a Paula con todas mis fuerzas, pero ya era demasiado tarde, una lluvia de esporas calló sobre mi cabeza.

Era todo o nada, si no me deshacía de ese hongo gigante me convertiría en uno de sus títeres.

Cargué mi cuerpo con energía PSI Rockin β, y apunté a ¡Gooo!

Jeff se puso en frente del enemigo y mientras extendía los brazos dijo: «Si lo quieres me llevarás a mí también».

Sabiendo que ¡Gooo! superaba en tamaño por tres a Jeff ofrecerse como escudo humano no significó problema.

Apunté a la cabeza, pero a la hora de disparar Paula sujetó mis brazos para cambiar la dirección de mi ataque. Disparé hacia arriba, al techo de la cueva.

«Esa fue tu última oportunidad, ahora sí abrazaras el reino fun…»

¡POOW!

Una estalactita cayó y se incrustó en el sombrero de ¡Gooo! acabando con él por mí.

«¡Mi amo!».

Todos los hongombis corrieron a revisar el cuerpo de ¡Gooo! Dándome la oportunidad para correr al santuario.

Sentía como si hubiera corrido por kilómetros, pero no me iba a tirar al suelo para ponerme a jadear, no cuando ya sentía las raíces del paracito creciendo en mi cerebro.

Empecé a perder la noción sobre mi entorno, mi estado e incluso de mi propia existencia. Lo siguiente que recuerdo es el sonido de lluvia, un familiar y grato olor al filete que prepara mamá y a mí levantándome con un fuerte dolor de cabeza en una cámara de la cueva.

Mousketson estaba parado en mi cabeza esperando a que despertara.

En la cámara había un tragaluz natural con la forma de un círculo perfecto, de este caían varias gotas de lluvia hasta un estanque que se dividía en varios capilares, capilares que se extendían en forma de un laberinto, haciendo fluir el agua de una manera muy elegante. En cuanto al olor, no sabría decir de donde provenía, tal vez era el recuerdo que despertó Mi Santuario.

«¡Chicos, lo logramos!» exclamé realizado. «¿Chicos?».

Volteé a todos lados, pero no los vi en ninguna parte.

«Oh, no».

Los había dejado champiñonizados mientras yo corría a mi santuario, me sentí terrible en el interior.

La piedra sonora produjo dos notas, una larga y una corta. Hasta ese momento la melodía más corta.

Caminé hacia la entrada.

Una niña de aproximadamente once años y con varios champiñones en la cabeza y en la cara entró a mi encuentro, estaba realmente enojada.

«¿Crees que puedes entrar al santuario de nuestros padres y acabar con nuestro amo sin que haya consecuencias?».

«Para que lo sepas este es Mi Santuario, lo dijo el hongo con ojos».

«Lo vengaré» dijo ella blandiendo su sartén.

Dirigí mi mano hacia mi mochila con la intención de tomar mi bate, pero recordé que lo había dejado caer hace un rato. Recibí el sartenazo en la cara.

Caigo hacia atrás.

«Golpeas como niñita».

«Tal vez. ―Genera una flama sobre una de sus manos―. Pero soy privilegiada al extender mis raíces en este cerebro».

Me lanza una bola de fuego, pero la esquivo con rapidez.

Mosketson chilla desde mi cabeza.

«Ella no te escucha» dijo el hongo que crecía sobre Paula atreves de ella.

La chica da otro sartenazo, lo esquivo. Sujeto a Paula de las muñecas. Ella me da un cabezazo volviéndome hacer caer. Intenta darme un pisotón, pero la paralizo momentáneamente con PSI.

«¡Libera a mi amiga!».

«Tú devuélvele la vida a mi amo».

Me pongo nuevamente de pie. Una masa de aire frío comprimido se empieza a formar delante del rostro de Paula. Y vuela directo a mí, aun tengo mi abrigo, por lo que no me hizo gran daño.

Paula se libera de mi parálisis y me comienza a perseguir.

Camino hacia atrás sin darle la espalda.

De la nada Paula empieza a hacer movimientos extraños de articulaciones, como los que hace uno cuando le hormiguea el cuerpo. Eso me hizo sonreír de seguridad.

«A ver, hazme lo mismo que intentaste hacerle a mi señor antes de que esa roca lo aplastara, utiliza tus lucecitas».

«No las voy a usar en mi amiga».

«Entonces estas en clara desventaja. Veamos qué más puede hacer este cerebro».

El cabello de Paula se eriza. Varios relámpagos empiezan a caer y tronar en el lugar. «Estas loca, mientras tenga esta medalla el trueno que me alcance puede rebotar y golpearte». Me quito la medalla Franklin.

«Harás de todo para evitar que se haga daño ¿verdad? …» preguntó con malicia.

Un trueno me golpea.

Paula me pisa en el pecho. «…Lo más gracioso es que aun sigues pensando que la puedes recuperar». Con ambas manos levanta el sartén sobre su cabeza y en un espasmo muscular lo deja caer detrás de su espalda. Su rostro se estira de miedo.

Con una sonrisa burlona le pregunto desde el suelo: «¿Aun lo dudas?».

Paula vuelve a hacer otra serie de movimiento de articulaciones.

Genero un campo de fuerza que obliga a Paula a retroceder. Me levanto.

«Mientras estemos en este lugar yo me recupero de cualquier golpe más rápido de lo normal y también el sistema inmunológico de mis amigos, en cambio tú, eres un parasito que debe ser echado fuera».

«Ya llamé refuerzos».

Utilizo PSI para ponerla a dormir. La sostengo para evitar que se golpeara con el suelo, después de eso la recuesto en el piso.

«Bien, ahora solo falta Jeff» me dije a mí mismo.

Hablando del rey de roma, entró a la cueva con una multitud de hongombis siguiéndolo.

«¡Ahí está!» gritó el nerd.

Agarré el sartén de Paula para defenderme con él.

Uno de los hongombis cargaba un lanzallamas y ahora que habíamos dejado el salón de los hongos no dudó en usarlo conmigo. Salté al estanque para evitarlo.

Jeff arrojó una bomba, pero al no estallar me dio tiempo de evitarla.

Un hongombi se acercó a revisar por qué no explotó.

«Necesita fuego» dijo Jeff.

«¡Toma fuego!» gritó el hongombi con el lanzallamas incinerando la bomba y de paso al tipo que se había acercado a revisar.

Vi que el hongombi con champiñones saliendo desde las cuencas de sus ojos estaba topándose con una pared. Eso me dio una idea.

Llamé a mi compañero champiñonizado. Cuando me vio le retiré los lentes

«¡¿Qué es esto?! ¿Por qué no puedo ver?».

«Se llama neopía genio» me burlé «¿O era miopía?» me pregunté a mí mismo.

Jeff saca su rayo laser y empieza a disparar a diestra y siniestra.

«¡Oye, relájate!» le grito.

«Si no pueden contra él busquen a la chica, ella es su debilidad» dijo Jeff.

«Ah, ya me caíste mál ―le dije―, estoy aquí, enfrente de ti».

Una vez que nos miramos a los ojos me dio la oportunidad para dormirlo.

«Oigan, acá está» dijo el tipo con el lanzallamas.

«¡Paula!».

Corrí frente a ella y con el sartén repelí el fuego del lanzallamas. Generé un escudo lo suficientemente grande para protegernos a los dos y utilicé parálisis en el tipo de el lanzallamas. Después le di un golpe que lo dejó noqueado.

«¿Ness? ¿En dónde estamos?»

«¡Paula!». Levanté a mi compañera en un fuerte abrazo, por la emoción de ver que estaba bien incluso la besé en el cachete.

«¿Qué acabo de hacer?» fue lo siguiente que pensé, pero no había tiempo para darle vueltas al asunto.

«¡Cuidado!» gritó ella poniéndose en frente y golpeando a un hongombi que se abalanzaba hacia nosotros.

Seguimos luchando un rato cuando ella preguntó: ¿Dónde está Jeff?

«Por allá, tomando un sueño reparador, no ha de faltar mucho para que se limpie de todos sus hongos, al igual que estos tipos».

«Ja» se río un tipongo. «Para que un el sistema inmunitario de un individuo pueda expulsar a un parasito este tiene que estar vivo. Estos cuerpos llevan tiempo muertos, nosotros ya no somos parasitos, y no somos solo el hongo que crecen sobre los cuerpos que ahora vez, nosotros disponemos de todos los recuerdos y habilidades del anterior individuo, nosotros somos el individuo, la energía de este lugar lo único que hace es nutrir nuestros cuerpos tal como el suyo permitiéndonos vivir durante más tiempo».

Sentí un escalofrío y a la vez un alivio, por un momento creí haber visto morir a un ser humano inocente calcinado. Sí, todo esto era bastante turbio, pero al menos sentir como tu conciencia se va desvaneciendo en la nada con algunos dolores de cabeza no suena tan horrible como ser consumido por una explosión.

«Esperen, ¿eso significa que ustedes pueden ser considerados zombis?».

«Hemm, sí y no, seguimos conservando vivo el cerebro para disponer de sus funciones, pero ahogamos la conciencia anterior para que no interfiera».

«Pero definitivamente no son humanos» preguntó Paula.

«Pues durante un tiempo gozamos de beneficios como ver, respirar y hablar como lo hacen ustedes, pero también podemos esparcir esporas y conectarnos a la red de raíces para trasmitirle información a otros hongos, por lo que en definitiva no, nos consideramos algo mejor que humanos».

«Solo eso queríamos saber».

PSI Rockin β.

Fuego PSI β.

Toda la multitud de hongombis acabó hecha polvo en segundos.

Paula se tapó la boca de asombro después de eso.

«Ya puedo añadir uno más a mi lista de traumas» dijo ella.

Fuimos a donde Jeff para despertarlo.

«¿Qué ocurrió?» preguntó.

«Que me intentaste matar y que te hongo a dormir».

Ubo un silencio incomodo tras mi broma.

«No bromees, no quiero volver a ver un hongo en mi vida».

Sííí, tendremos que pasar por la sala de hongos si queremos salir de aquí, sup-hongo. «¡Basta!» refunfuñó Jeff.