-Jean Luc-

—Me alegra escuchar que todo va bien en Vancouver. —Dije con mis ojos centrados en Ana, quien me brindaba una sonrisa desde el otro lado de la pantalla— Y ese chico nuevo les cae bien a todos. ¿A ti que te parece?

—Es genial. Es muy simpático y amable. También es bueno en el hockey.

—¿Enserio? —Pregunte algo incrédulo— ¿Y desde cuando te interesa el hockey?

Ella puso los ojos en blancos mientras intentaba ocultar su sonrojo.

—No lo sé, solo, una mañana desperté y pensé "hoy voy a ver un partido"

Tome el pequeño vaso, que yacia en el suelo.

—Tu cara dice otra cosa. —Le dije con una sonrisa antes de tomar un sorbo. Ella se hecho a reír con el rubor plasmada en su rostro.

—Me lo dices tú a mí.

—Si, así es. —Respondí antes de soltar una carcajada. El contexto, es que, en Vancouver, mi puesto ya fue tomado por un nuevo alumno, alguien que logro socializar con todos, con Nate, Matt, mi mejor amigo, Lyam, y Ana.

Se me es raro ver, como las cosas puedan cambiar en poco tiempo. Y quizás, me equivoque al pensar que mis amigos me olvidarán, pero, no puedo evitar sentirme desplazado. Es como si ese sujeto, llego ahí para, justamente eso, reemplazarme, tomar mi lugar y a mis amigos. Pero solo es un sentimiento.

—Ok, lo admito, puede que me guste un poco. —Declaró. Yo arquee una ceja mientras mantenía la sonrisa— Solo un poco. —Afirmo, intentando retener la risa que eran causados por sus nervios y emoción— ¿Y tú? ¿Qué tal es Bluey?

—Bien, ella es genial. Es introvertida y muy creativa. —Respondí.

Sus ojos me vieron con curiosidad.

—¿Y ya se lo has dicho? —Pregunto.

Enarque las cejas ante la pregunta. Intente fingir sorpresa, pero ella ya me conocía bastante bien para saber cuándo fingía y cuándo bromeaba.

—¿Decirle que?

—No puede ser Jean Luc Peter Labrador. —Me habló— ¿Porque no se lo has dicho?

—¿Decirle que? —Pregunte nuevamente. Ella poso sus ojos en los míos, y estudio mi rostro. Tal como si lo leyera al completo, me pregunto.

—¿Qué es lo que te detiene?

Ya no era necesario fingir, parecía saber lo que sucedía. Di un pesado suspiro antes de colocar mi mirada en ella y me costó un poco de trabajo en tratar de responderle.

—¿Y bien? —Volvió a preguntar, inclinado levemente su cabeza al monitor.

Los nervios, junto con el pequeño peso en mi estómago, empezaban a domar mi cabeza.

—Yo, no lo sé... —Dije. Ella alzo una ceja, siendo muy escéptica ante mi respuesta.

—Jean Luc, eres una persona muy observadora.

—¿Y eso que tiene que ver?

—Que tienes esa manía de tratar de analizar todo lo que te rodea.

—Eso no es verdad —Reaccione incrédulo mientras me retorcía en el colchón.

—Claro que si —Respondió de inmediato. Nuestras voces colisionaban mientras intentábamos convencer al otro—, puedo apostar que lo estás haciendo justo ahora.

—¡¿Que?! ¡No! —Mantuve mi postura mientras la observaba con incredulidad, esperando que se rindiera.

—¡Si! Mira, lo estás haciendo justo ahora. —Recalco mientras aguantaba la carcajada. Yo continue en negación, y ella no paraba de recalcármelo, hasta llegar un punto en el que me vio con ternura, y pregunto— ¿Qué te hace pensar que ella, podría, no amarte?

—Porque la última vez que percibí lo mismo, resulto que me había equivocado. —Respondí, con mi mano puesta en el cuello. A pesar de no verla a los ojos, pude percibir su incomodidad, y es normal, ambos sabíamos que íbamos a volver a poner el tema sobre la mesa.

Ella volvió a estudiar mi rostro y continuo.

—Oye —Llamo mi atención—, que eso no te detenga. Hay que seguir de algún modo—Dijo mientras me brindaba una sonrisa. También se la devolví mientras asentía con la cabeza.

—¡Jean Luc! —Escuchamos por fuera de la habitación.

—Ciux, mi Père llama. —Ella retuvo una carcajada.

—Enserio, no me acostumbro a tu bilingüismo. —Comento antes de colgar.

Rodé los ojos mientras me levantaba del colchón.

No tarde en dirigirme a la sala, en donde esperaba mi Père con unas hojas en las manos. Sus ojos estudio cada una de ellas, antes de centrarse en mí.

Me detuve en seco al saber de qué trataban esas hojas. Père estudio mi rostro, detectando de inmediato mis escalofríos, y espero a que le diera una respuesta.

—Así que no has ido a ninguna entrevista. —Dijo antes de volver a centrar la mirada en las hojas.

—Si fui... —Respondí, mientras tomaba aquel banco de plástico que vino junto con el juego de mesa barata que compramos hace menos de una semana— Dijeron que iban a llamarme.

—Mmm —Creo que dudaba de mis palabras.

—Te estoy diciendo la verdad.

—Lo sé. Siempre lo haces. —Contesto. Me sentí satisfecho ante sus palabras, pero aquella satisfacción me iba a durar muy poco— Pero siempre te saltas los detalles.

Hubo una pausa, en el que el silencio generaba algo de tensión en la atmósfera. Yo desvíe la mirada en un intento de no verlo a los ojos.

—¡De frente Jean Luc! —Hablo con seriedad. No tuve más opción que volver a posar mis ojos frente a él— Dime algo, ¿Al menos lo intentaste?

Mi respuesta, fue el silencio que brinde. Mi père negó con decepción, lo que me genero una clase de revoloteo en el estómago. En esos momentos me sentía algo nervioso, sobre todo con aquella mirada fulminadora de père, que me hacían estremecer un poco. Aún con eso, intente mantener mi seriedad frente a él.

—Esos empleos no me convencía del todo. —Alcance a decir antes de ser interrumpido por père.

—Jean, un empleo es un empleo. —Habló con firmeza— No importa si debes lavar un retrete o...

—¡Lo sé! —Tuve que interrumpirlo antes que continuará con el sermón— Lo tengo claro, y no es por eso. Es solo que, esperaba encontrar algo de jardinería o ser un asistente en una veterinaria.

—¿Por qué tanta obsesión con eso?

—Eso es asunto mío père. —Respondí con firmeza. Los nervios empezaron a deslizarse por mis extremidades hasta erizar un poco mi pelaje.

A diferencia de lo que pensé, que ya me venía ver un regaño o algo por el estilo, père suspiro con pesadez.

—Mira Jean Luc. Ahora no puedo gastar dinero en herramientas de jardinería. Si llegas a encontrar el empleo que desees, felicidades, pero, hasta mientras deveras trabajar en algo. ¡De acuerdo! —Dejo caer los cortes de periódicas de los empleos que estaban entre mis opciones, junto con algunas hojas de vida que había llenado para la solicitud.

Solté un suspiro al verme obligado en elegir uno de estos empleos. Me cuesta decidirlo.

Me gusta la idea de trabajar, ya que, siento que es algo necesario, porque, no paro de pensar que lo arruinare todo en mi primer día. Cielos, no logro identificar si son los nervios o ansiedad lo que inunda mi cabeza.

Una vez más veo aquellos anuncios, y como si de un parpadeo se tratase, ya estaba trabajando en uno. En el lugar se encontraban varias mesas dispersas por el salón, un pequeño sitio en donde se ubicaba la recepción de pedidos, y una cocina algo... ¿grasosa? El punto es que esa cocina se asemejaba a un horno, sin tener alguna ventana donde dejar que el vapor, grasosa, escapara, y como consecuencia, este se adhería a las paredes.

Voy a tener que usar un gigantesco quita grasas.

—Okey, ¿Tienes todo claro? —Me pregunto una de las empleadas, y a la vez compañera.

—Si, tengo todo claro. —Respondí mientras asentía con la cabeza— Solo tengo un par de preguntas.

—Escúpelas.

—¿Quién es él? Y ¿Por qué me mira de esa manera? —Pregunte, mientras apuntaba, persuasivamente, a un Dogo que tenía puesta un parche. A pesar de tener un solo ojo, podía sentir como su mirada quemaba mi nuca.

—Ah, es solo Tucker. —Respondió con tranquilidad.

—De acuerdo... —Voltee a verlo solo para encontrarme con su ojo fulminante— Pero ¿Por qué me ve así?

—Tranquilo novato, así es él.

—De acuerdo, pero, ¿Qué le sucedió en el ojo?

—Nadie lo sabe—encogió los hombros—, siempre que se lo preguntan, cambia la historia. Bueno, suerte. —Termino de hablar mientras me daba unas palmadas en el hombro.

Me vire una vez más a observar a aquel sujeto, quien solo parecía juzgarme con la mirada. Lo saludé, con mi clásico sacudida de mano, y me puse en marcha en mi labor.

Al ser el nuevo, mi papel en el restaurante de comida rápida, fue ser el de la limpieza. Un día totalmente ajetreado ya que debía estar al pendiente de las mesas que iban a ser desocupadas, tener que acudir a limpiarlas. Tener que lavar los utensilios que usaban los cocineros y para más tarde, tener que dejar aseado los baños.

Sin duda, lo más estresante, será tratar de quitar esa grasa de las paredes.

—Demons —Dije mientras tenía en una mano el limpia grasas y en la otra un trapo viejo.

Junto a mí, paso Tucker, el dogo con el parche, quien tomaba las llaves y se adentraba para adentrarse al inventario del restaurante. Nuevamente sentía su mirada fulminante hacia mí. "Otro Mackenzie" Pensé.

—Así que, Tucker, eh. —Empecé a decir mientras rociaba la pared— Soy Jean Luc... El nuevo, técnicamente.

Tenía curiosidad por saber lo que había debajo del parche, y tal como si fuera un adivino, predijo mis pensamientos.

—Sobreviví a una bala. —Dijo sin si quiera voltear a verme.

—Claro... —Ciux, fue algo tan repentino que me quedé sin palabras— por eso compraste el parche.

—Me lo dio una niña. —Respondió. La voz seca y rasposa de ese sujeto, estremecían un poco mis oídos. Esa expresión fría se me es raro, ya que, pareciera forzarla, de alguna manera.

Era obvio que ese sujeto no deseaba seguir con la conversación, y no insistí más. Siempre que intento ser amigable, parece que solo logro que me detesten.

Pronto. Vuelvo a limpiar las mesas de los comensales; Limpiando y botando las sobras que dejaron sobre la mesa. ¿Por qué la gente siempre quita los pepinillos de las hamburguesas? No se suponen que eso complementa el sabor.

—Disculpe, llevo una hora esperando mi pedido. —Sonreí al escuchar su voz. Me giré con lentitud antes de posar mis ojos en ella.

—Estás demente —Dije con una sonrisa.

—Y veo que alguien está feliz de verme. —Arquee las cejas antes de dirigir la vista a donde apuntaban sus ojos. Mi cola.

—Oooh. —Reaccione algo apenado— Mira quien lo dice. —Respondí, señalando con un dedo su cola.

Ella negó con la cabeza, mientras se acercaba a mí y extendía, con su brazo, un embace de plástico. Yo lo recibí con sorpresa.

—¿Y esto?

—Es tu almuerzo. —Dijo. Pude sentir como se me calentaba las mejillas por debajo del pelaje— No puedes dar el cien por ciento sin tener el estómago lleno.

—Oui, me-mercy Bluey. —Le dije. Aquel acto enterneció mi corazón, al punto de que la sonrisa se quede plasmada en mi rostro. No tarde en sentir, nuevamente, aquellas mariposas que revoloteaban mi estómago— No debiste...

—No, no. Tú, solo disfrútalo.

Nos brindamos una cálida sonrisa. Y su mirada, tan embellecedora ante mis ojos, junto con esos labios que volvían a seducirme, como en aquella noche en el campamento, generaban esas ganas de poder besar sus carnosos labios.

—¡Jean! El baño se tapó de nuevo. —El momento se vio interrumpido por culpa de uno de mis compañeros de trabajo. Bluey ahogo una carcajada mientras yo reprimía mis ojos y alzaba la mirada al techo por la vergüenza.

—Sera mejor que acudas.

—Oui. —En ese punto, cada uno debía partir, pero, no queríamos hacerlo. Nos volvimos a perder en nuestras miradas, tal como si estuviéramos esperando alguna palabra de parte del otro— Mi turno termine en un par de horas. Tal vez, si quieres, podamos salir a hacer algo. —Trato de no verme nervioso.

Bluey esbozo una gran sonrisa. Lo pensó por unos instantes hasta volver a verme los ojos y decir.

—Me gustaría.

De algún modo, aquella chica fue mi motivante para mejorar en mi labor. Mi mente divagaba entre ilusiones de cómo sería la salida. Mis ganas de tener cerca su aroma, aumentaba a medida que el tiempo avanzaba.

Me quería odiar por volver a tener esa sensación, por tener esos deseos por verla, ya que, esa misma ilusión, es la que más causa dolor.

Al desprender la tapa de aquella bandeja, fui recibido por el agradable aroma de la comida.

—Wow... Gracias Bluey —Dije inconscientemente. Me enterneció el corazón con aquel gesto, al punto de que se me hacía imposible dejar de sonreír. Tomé un bocado con el que me deleité con su sabor. No era el mejor, tampoco lo peor, pero, el simple hecho que me lo haya traído y posiblemente preparado, era suficiente para crear una explosión de sabores y gustos en mi boca.

—Tu novia te tiene mucho cariño —Lo escuche hablar, con ese tono frío y su voz algo rasposa.

Pose mi vista en aquel dogo, quien me vio de reojo mientras freía las papas.

—No soy su novio —Respondí apenado.

Su quejido no pasó desapercibido. Esa mirada, vacía, perdiéndose en los condimentos y demás, me dejó extrañado. Estaba observando a un sujeto perdiéndose en sus propios recuerdos.

—Te doy un consejo. —Esa voz seca me estorbaba el oído— Deja el miedo, y díselo.