Gui: Resulta que los dos reviews que he recibido no eran de recibo (ni siquiera tenían nada que ver con la historia, viva el spam) así que no hay reviews.

Salto en el tiempo para situar la historia donde debe estar. ¡Empieza la bueno!

Disclaimer: Jotaká blablablá


It's a Kind of Magic
y no el tipo de magia habitual en Hogwarts


Capítulo 2 - Cuatro años después

ROSE

Para la Rose de séptimo: quiero jugar al Quidditch.

Rose había vuelto a soñar con las malditas cápsulas del tiempo. Miró la insignia de prefecta en la mesilla y la cogió con una mano firme. La P brillaba en el centro, orgullosa. Y así sería. Se levantó de la cama y con la insignia de prefecta en la mano, se metió a la ducha.

El agua caliente le sentó de maravilla. Metió la cara en mitad del chorro de agua e intentó mantener una respiración estable pese a todas las gotas que le chorreaban a ambos lados de la nariz. Dejó caer los hombros, como decía mamá.

Miró la insignia impermeable por la cual resbalaban las gotas de agua. Rose, y no Hugo, la había conseguido sola. Se había matado a estudiar como su madre la había entrenado. Quizá no había conseguido superar a Scorpia Malfoy en todas las asignaturas, pero había hecho esfuerzos. Seguir las reglas, responder a las preguntas de los profesores (cómo me recuerda a su madre, señorita Weasley), acostarse pronto, no entrar en la Sección Prohibida de la biblioteca, devolver los libros a tiempo, estudiar en silencio, usar las horas libres para estudiar y los fines de semana para descansar, no escoger demasiadas optativas y escoger las que te hacen más inteligente como Aritmancia o Runas Antiguas, y un largo etcétera de trabajo de sol a sol.

Y, en cambio, Hugo no había hecho ni un solo esfuerzo. Se había metido en líos.

–Rose, ¿has visitado otras salas comunes? ¿Has visto la de Slytherin? –le había preguntado su hermano en su primer día de Hogwarts.

–No, Hugo, va contra las normas.

Hugo se había apuntado al club de ajedrez mágico en primero. Se había rapado media cabeza en segundo y estaba más feo que nunca. Para tercero, había escogido Cuidado de Criaturas Mágicas y Adivinación. Ni siquiera se había despeinado – aunque no había mucho que despeinar – al decírselo a mamá.

–¿Rose? –la voz de Hermione atravesó la puerta del baño. Rose apagó el agua al segundo. El jabón es para los débiles.

–¿Sí, mamá?

–Date prisa, nos tenemos que ir.

–Ya voy.

Ni siquiera se miró al espejo. Prefería no hacerlo.

Llegaron al andén 9 ¾ con demasiada antelación, como siempre. Rose se olió discretamente los sobacos en la parte de atrás del coche, chistando a Hugo que intentaba entender qué hacía.

–Mira Rosie –le dijo Hugo al salir del coche–. Ese es el Slytherin que le gusta a Lily. Se ven en Transformaciones y se hacen ojitos.

Rose miró al chico sin fijarse. Ella no compartía Transformaciones con los Slytherin, por suerte. No tenía que ver a la perfecta rubia en la materia que más le costaba.

–Seguro que Albus tiene amigos guapos, ¿los conoces?

En primer año, Rose esperaba compartir clases con Slytherin. Con Albus. Pero no fue así. Él había intentado que le cambiaran de casa, y desayunaba sistemáticamente en la mesa de Gryffindor, pero luego se hizo amigos en Slytherin. En segundo, ambos seguían esperanzados, pensando que pronto cambiaría la situación. Se habían hablado lo suficiente, siempre echando de menos los momentos que compartían. En tercero, Albus le dijo a Rose que los chicos de Slytherin eran más divertidos y más interesantes que los de Gryffindor. Fue el día en el que Rose comprendió que no había nada que hacer. En cuarto fue la primera vez en la que Albus dijo "ah, Rose, no te había visto" al cruzársela por un pasillo.

Por suerte, Rose había conocido a Ornella Figg, una chica de Ravenclaw que estudiaba en la biblioteca en la misma mesa que ella. Se hacían compañía silenciosa. Era una chica negra con el pelo más rizado que Rose había visto en su vida. Lo llevaba muy corto, pero se ponía extensiones de pelo negro y morado en largas trenzas que parecían pesar un montón. Tenía una nariz super bonita, respingona, como si un pintor la hubiese creado dejándole un pegote de pintura en el centro de la cara. También había sido nombrada prefecta, aunque ella no tenía una madre tan puntual como Hermione Granger.

–Pasadlo bien, chicos, nos vemos en Navidades.

–Adiós papá, adiós mamá –Hugo no esperaba a que llegasen los demás, se metía en el tren y reservaba compartimento.

–No te preocupes, Rose, todo va a salir bien –le dijo Hermione. Tenía esa actitud tranquila de siempre, como si ser Ministra de la Magia no le procurase ningún tipo de estrés.

–Sí –respondió Rose, tensa.

–¿Sabes quién más es prefecto? Harry nos ha dicho que Albus no lo es. Estaba un poco decepcionado.

Rose se encogió de hombros. Seguro que Scorpia Malfoy sí lo era, pero Rose no quería mencionarla delante de Ron, o se lanzaría a parlotear sobre sus batallitas con Draco Malfoy.

Su padre intentó revolverle el pelo, pero Rose se zafó.

–Hasta pronto.

Sin Ornella, y ya ni contaba con Albus, Rose no tuvo más remedio que buscar el vagón de la reunión de prefectos.

SCORPIA

Scorpia probó la aparición conjunta por primera vez el primer día de quinto.

–Un buen regalo por haber llegado a prefecta –había dicho Astoria cuando Scorpia lo pidió.

–Esta niña se va a meter en líos –había comentado Draco. Pero no se había negado.

Cuando aterrizaron en el callejón al lado de King's Cross, Draco agarró a su hija por los hombros.

–¿No te duele nada? ¿Qué tal el mareo?

Scorpia aún sentía los efectos más que desagradables de la aparición.

–Es peor que un traslador –murmuró. Tenía miedo de vomitar si abría demasiado la boca.

Su padre se rio con ganas. Le dio unos golpecitos en el hombro como diciendo "te lo dije". El andén 9 ¾ bullía de actividad. No tuvo que hacer ni medio esfuerzo para encontrar a sus amigos. Rowena se abalanzó sobre ella, seguida de cerca por Paul Patil y Albus Potter.

–¿Qué tal la aparición? –gritaron los tres al unísono. Rowena se había ido de la lengua. Había decidido que se tenían que hacer amigas de los chicos de la casa, y por lo visto había decidido contarles todo.

–Intentad primero superarme en Quidditch, que es más fácil –contestó burlona.

Paul Patil hinchó el pecho, a medio camino de la indignación.

–Oye que yo entré en el equipo, Malfoy –. Aún no habían conseguido pasar al nombre de pila.

Patil había sido seleccionado para el equipo de Slytherin el año anterior, a la vez que Scorpia, y en el equipo se llamaban por el apellido. Albus Potter, que a falta de ser Gryffindor habría querido ser buscador, no había conseguido entrar. Había intentado las pruebas durante tres años y nunca le habían seleccionado. Scorpia le había quitado el puesto.

–Me estás dando ganas de probar suerte de golpeador –comentó Potter. Era un farol. Desde que Scorpia le había quitado el puesto había decidido dejarle el sitio.

–Bueno, vamos al tren, que no tenemos todo el día –animó Scorpia. El grupo siguió su propuesta.

–Además, nos abandonas a mitad de viaje, perfectita –bromeó Rowena. Scorpia no pudo evitar sonreír. Se acordó con vértigo de la aparición conjunta y se giró en el último momento para despedirse de su padre. Draco la saludó con la mano, una silueta desdibujada por el humo del andén.

Rowena abrió un compartimento vacío y les hizo un gesto a los chicos para que se quedasen con ellas. Scorpia alzó las cejas hacia ella y Rowena contestó sacando pecho. Los chicos se habían quedado. Juntas se rieron por lo bajini y se unieron a la historia que estaba contando Patil.

A Scorpia se le hizo corto. Cuando se levantó para irse, los demás la abuchearon.

–El deber me llama.

–Luego nos castigará y nos quitará puntos –dijo Potter.

–Anda, divertíos –Scorpia les cerró la puerta a media frase.

Respiró hondo y se enfrentó al pasillo. Iba con quince minutos de antelación, más que suficiente para tomarse su tiempo. La puerta del vagón final era violeta y no tenía ventana, pero Scorpia suponía que sería la primera. Se tomó su tiempo para examinar esa puerta que tenía la misma textura que la insignia de Prefectos. Para abrirla, había que introducir la insignia en un agujero donde debería haber estado el picaporte. Con expectación, Scorpia metió el círculo en la ranura. La puerta se abrió.

El compartimiento era el doble de grande que los demás, y tenía mesas y sillas dispuestas en círculo. En una silla cerca de una esquina estaba sentada Rose Weasley. La pelirroja levantó la cabeza al oír el ruido.

Los ojos de Rose se cruzaron con los de Scorpia y la rubia sintió como si se parase el tiempo. Había cambiado. Había mejorado. Tenía la piel rojiza en las mejillas por el acné y aquello le daba un aspecto de estar siempre ruborizada, cosa que hacía resaltar sus ojos. Sus rizos, antaño despeinados, tenían mejor definición. Además, tenía el pelo más largo. Uno de los mechones se colaba por el cuello de su túnica como una caricia.

Rose rompió el contacto demasiado rápido. Scorpia sintió el corazón bombeando con fuerza. No, no se había parado el tiempo. Intentó respirar disimuladamente. Rose parecía indiferente al ruido que pudiese hacer Scorpia. Tampoco era ninguna novedad. Rose siempre estaba encerrada en un caparazón de indiferencia que Scorpia se moría por desmontar.

No supo si habían pasado segundos o minutos pero Scorpia no quería que se le acabase el tiempo.

–Has llegado pronto –comentó. Le quiso dedicar una sonrisa radiante y le salió un churro medio sonriente medio estreñido.

Rose, como solía hacer, respondió como si no existiese el segundo grado.

–Sí.

Bueno, quizá Scorpia tenía que intentarlo mejor.

–¿Has pasado un buen verano? –Esta vez, Scorpia habría apostado que su sonrisa era un poco más seductora.

–Trabajando –se encogió de hombros. Scorpia se fijó en esos hombros, redondos, perfectamente trazados. Volvió a la mirada de Rose, que dejó caer los ojos en su libro.

Nada que indicase que se había dado cuenta de los esfuerzos de Scopia. Empezaba a sospechar que realmente no los veía.

El corazón de Scorpia volvió a acelerar. Rápido, una pregunta nueva. Algo que le hiciese decir más. ¿En qué trabajas? ¿Has ganado mucho dinero? ¿Qué lees? La última vez que Scorpia le había preguntado a Rose qué leía, la pelirroja solo le había enseñado la portada.

Entonces entró la Premio Anual.

–Ah, dos puntuales. Ya me caéis bien.

La gente empezó a llegar a partir de ese momento. Ornella, la nueva prefecta de Ravenclaw, se sentó con Rose y le sacó una sonrisa. Scorpia la odió un poco. Su compañero de Slytherin llegó casi tarde y la Premio Anual le miró con el ceño fruncido. "Cuidado los Slytherin, ¿eh?". Scorpia no se quejó, pero le pareció injusto.

Intentó ignorar a Rose Weasley el resto de la reunión, cosa que debería haber sido fácil, visto cómo Rose no soltaba palabra, pero se le desviaban los ojos a menudo. Llevaba puesto el uniforme bien planchado, la corbata roja y dorada anudada en un triángulo perfecto. Demasiado rojo, pensó Scorpia. Le sentaría mejor el verde. Se imaginó usando su propria corbata para rodear el pelo y los hombros de Rose y atraerla hacia…

Concéntrate.

Horarios. Rondas. Puntos. Castigos. Rose lo apuntaba todo en su cuaderno. Scorpia apuntaba la mayoría y de vez en cuando se olvidaba de lo que tenía que apuntar.

Mira, déjate llevar, si esta es la situación, esta es la situación.

Scorpia siempre se había fijado en Rose. Al principio, porque notaba su competitividad y quería seguirle el juego. Después, porque le irritaba su perfeccionismo y no dejaba de quejarse de ella. Últimamente, los pensamientos eran un poco, inesperadamente… altos de tono.

Por fin había conseguido pensar en otra cosa cuando llegaron al tema de las cápsulas de tiempo. Rose Weasley pareció despertarse.

–¿Y si alguien no quiere participar? No deberíamos obligarles.

Los prefectos se quedaron en silencio ante tal pregunta. Quizá nadie la había hecho hasta ahora. Scorpia pensó que tenía razón.

–Bueno… ¿cómo te llamas?

–Weasley.

–Weasley –la Premio Anual arrastró el nombre, alzando las cejas. Todo el mundo sabía que era Weasley, su familia era famosa. Rose no le había querido dar su nombre–, si alguien no quiere participar, puede no hacerlo, pero también puede escribir en un papel "no quiero participar".

–Pero, ¿cómo tengo que gestionar esta situación? ¿Tengo que insistir aunque sólo escriban una línea? ¿Y cómo funciona el momento en el que se desvela la cápsula? Nadie leerá los mensajes de los demás, ¿no?

Parecía que a Rose no le importaba tanto lo que los niños de primero le fuesen a preguntar, sino que le inquietaba todo el asunto de la cápsula del tiempo. La Premio Anual suspiró, fastidiada por la cantidad de preguntas, pero las contestó todas. Rose no estaba satisfecha, se levantó para hacer más preguntas. La Premio Anual contestó irritada. Puso fin al debate al cabo de cinco largos minutos.

–Bueno ya está bien. El asunto no está sujeto a debate.

Rose se sentó y resopló. Ornella le tocó la mano con cariño. Scorpia miró a otro lado y se puso al fondo de la silla. Honestamente, Rose se había pasado. Siempre lo hacía, cosa que las fantasías de Scorpia no parecían tener en cuenta.

La reunión acabó en tensión y Rose Weasley salió la primera sin despedirse.

De verdad que no vale la pena, pensó Scorpia. Está en su mundo y es desagradable. Rememoró aquella vez en Pociones en tercero, cuando Rose le había arrancado la lista de ingredientes de las manos y el papel se había roto. Sólo pensaba en ella.

Se fue con esa idea hacia el vagón de los Slytherin y ni siquiera las bromas de Patil, el buen humor de Albus y la satisfacción personal de Rowena consiguieron que Scorpia desfrunciese el ceño.

Por suerte, los niños de primero resultaron ser un amor.

–Oye –se acercó uno de ellos, una vez que los instaló en la Sala Común con lápices y papel.

–Dime –Scorpia le sonrió. Valiente. Era un chico moreno que había tropezado al bajar las escaleras a las mazmorras.

–No sé qué poner –parecía preocupado. Se retorcía la túnica con las manos y echaba miraditas de reojo a los demás. Hablaba bien bajito, para que nadie le oyese.

–¿Qué tal si empiezas por "hola"? ¿Quieres que te ayude?

El chico asintió.

Scorpia cogió un trozo de pergamino y una pluma y se las tendió al chico. Se inclinó para hablar a su altura.

–Salúdate. ¿Cómo te llamas?

–Kit.

Scorpia le sonrió otra vez, alentándole.

–Escribe: "hola Kit". ¿Qué tal "hola Kit de diecisiete"? ¿Te imaginas tener diecisiete años?

Kit miró su pergamino y escribió "hola Kit de diecisiete". Scorpia se levantó mientras lo hacía. Miró a ver si los demás necesitaban ayuda. Una niña había acabado. Se acercó a darle su pergamino doblado.

–¿Tú hiciste esto de la cápsula, Scorpia?

Scorpia asintió, mirando desde su altura de quince años a esa chiquilla de once que se acordaba de su nombre. Soltó una risita y decidió contarle más cosas.

–Sí. Mi año fue el primero en hacerlo.

La niña asintió, pero le hizo una segunda pregunta.

–¿Y qué pusiste en tu papel?

Scorpia lo pensó. Recordaba haber escrito algo, sí, y recordaba haber sido de las primeras en entregar el pergamino. Recordaba que estaba segura de lo que escribía, que no le supuso ningún esfuerzo. ¿Y el contenido?

–La verdad… no me acuerdo.

La niña la miró con la boca abierta.

–¿Entonces es verdad que nos sorprenderá cuando lo abramos?

Scorpia se rio sin querer.

–Supongo que sí.

Esa idea le hizo ilusión.


Aquí están nuestras dos protagonistas. Y su relación más bien malilla.

¿Qué os ha parecido?

Gui
SdlN