Nota de autor
Me alegra saber que hay gente siguiendo la historia.
Ojalá y fuera dueño de Disney para hacer oficial Elsanna y de BioWare para hacer un nuevo Dragon Age que continúe la historia del guarda; pero no lo soy :( así que esta historia solo es para entretener.
Capítulo 3—Después de la tormenta
Después de la terrible tragedia que acababa de suceder, el Teyrn Agdar prosiguió a regresar al castillo, pretendiendo que no había sucedido nada, al menos en frente de su esposa.
Mientras que su conyugal simplemente se mantuvo en el mismo lugar mirando en la dirección en que su pequeña hija fue llevada, sin saber si esta se encontraría a salvo o si la volvería a ver, aunque fuese tan solo una última vez. Después de algunos segundos de mantener la vista perdida, rompió en llanto.
El Teyrn de Pináculo se dirigió hacia la biblioteca para poder ver a su hija menor, cuando llegó, el mago se encontraba aun atendiéndola y dándole los cuidados necesarios. Le ordenó al mago que no revelara lo sucedido por absolutamente nada en el mundo, además de que cooperase y aceptara todo lo que diría para excusar la situación ante los invitados, criados y guardias del castillo y de todo Thedas en general.
Cargó a la niña en sus brazos y la llevó hasta su habitación donde la recostó suavemente en la cama. Agradeció el hecho de que todos los guardias se encontrasen dentro del salón o cerca de la puerta principal del castillo.
Pensó en las consecuencias de decir la verdad o inventar alguna mentira. Si elegía la primera era muy seguro que muchos de los nobles lo tachasen de incompetente, debido de no haber alertado a la Capilla sobre la magia de su hija en cuanto supo de esta y provocar daños a terceros. Pero si mentía, podría mantener su reputación además de la de su familia, que costó tanto tiempo forjar. La decisión estaba tomada.
Se dirigió hacia el Gran Salón donde dio la terrible noticia de que las pequeñas Elsa y Anna habían sido atacadas por un grupo de maleficariums, provocando que la mayor de amabas falleciese y lastimando gravemente a la menor. También dijo que el cuerpo de Elsa fue arrebatado de sus manos por los maleficarium, sin poder hacer algo para evitarlo.
Anunció que un grupo de templarios que se encontraban cerca de la zona había salido en busca de los asesinos de la rubia, pero no tenía muchas esperanzas de que el cuerpo de la niña fuera recuperado.
Inmediatamente el rey Maric dio órdenes para que se buscara por todo Ferelden a los responsables de tan crueles actos y hacerlos pagar por sus crímenes; incluso si tuvieran que entrar al territorio de Orlais. Los guardias y soldados rápidamente se pusieron en movimiento y salieron en busca de los homicidas, sin saber que nunca hallarían a ninguno…
El Teyrn también pidió a todos los presentes que no mencionaran en ningún momento a Elsa, debido a que a la pequeña Anna podría ocasionarle algún tipo daño en la memoria pues según él, los magos la atacaron directamente en la cabeza y esto ocasionó que olvidara muchas cosas y muy probablemente su hermana sería una de ellas.
Todos los presentes estuvieron de acuerdo y el propio rey prometió que se encargaría personalmente de esparcir la noticia por todo el país. Incluso promulgó en ese mismo lugar una ley que dictaba lo siguiente:
"Todo aquel que mencione, hable o haga referencia a Elsa Cousland, será castigado por la corte real. A excepción de que sea para dar con los criminales quienes dieron fin a su vida, para que estos sufran no solo por castigo de la Capilla, sino que también sufrirán por la mano del propio Rey."
La mayoría de los nobles se retiraban del castillo, mientras ofrecían el pésame al padre de la difunta niña. Pero algo, o mejor dicho alguien, irrumpió en el gran salón, provocando que absolutamente todos voltearan en dirección a la nueva persona.
Era la Teyrna Idun Cousland quien acababa de hacer acto de presencia. Tenía los ojos completamente rojos debido al llanto, su cabello se encontraba completamente desordenado, ya no traía puestos sus zapatos y además su vestido estaba cubierto por tierra, polvo y lodo. La mujer camino hasta su marido y cuando llego con él, se abalanzo tratando de golpearlo, arañarlo o cualquier tipo de daño físico que le fuese posible hacerle.
—¡Desgraciado! ¡Maldito! ¡Monstruo!—. Eran algunas de los insultos que le gritaba—. ¡¿Por qué dejaste que se la llevaran!?—. Preguntó acusatoriamente—. ¿Por q…—. No pudo terminar con la pregunta ya que rompió nuevamente en llanto, mientras su esposo intentaba consolarla de alguna manera, pero la mujer escapó, dirigiéndose a una de las puertas para poder llegar a la seguridad de su alcoba.
Claro que a los ojos de todos los presentes era normal la reacción de la mujer, pues acababa de perder a su hija y, a pesar de los intentos del hombre por impedir que se llevaran el cuerpo de la niña, falló y los maleficarium se lo llevaron para terribles atrocidades que solo el Hacedor podría conocer.
El Teyrn les pidió a todos sus criados y guardias restantes que escoltaran a los nobles invitados hacia la salida, mientras él iba en busca de su esposa.
Cuando llegó a su recamara, no encontró a la mujer por lo que decidió buscar en el lugar más probable: el cuarto de Elsa. Sin embargo, no encontró a nadie ahí por lo que comenzó a desesperarse hasta que finalmente la encontró en el cuarto de su hija menor acostada mientras abrazaba a la niña.
Decidió que sería mejor dejar a ambas tal y como estaban ya que según el mago, su hija no despertaría hasta un par de días después.
Así que comenzó a planear como desecharía absolutamente todo lo que tuviera que ver con la rubia. Comenzó con los cuadros, ordenando a los criados que quitaran todos los retratos donde apareciera la platinada. También decidió cerrar con seguro la puerta del cuarto de Elsa en lo que lograba deshacerse de todo lo que estuviera dentro de este.
De esta manera se retiró hacia su cuarto, en donde se recostó en su cama tratando de conciliar el sueño, lo cual le resultó imposible. El remordimiento y la culpa no tardaron en atormentar su cabeza. Agdar mantuvo los ojos en el techo, preguntándose si había hecho lo correcto.
Sin saberlo sus acciones traerían enormes consecuencias no solo dentro de su familia, sino también para todo Ferelden….
Los tres caballos avanzaban a paso veloz, pues tenían órdenes de llegar lo más pronto posible hasta la torre del lago Calenhad. Por lo que cabalgarían día y noche de ser necesario.
El Teyrn Agdar había contactado previamente a la Capilla, explicando su situación y pidiendo apoyo de los templarios para prevenir cualquier potencial desastre. Los templarios asignados a esta misión tenían la intención de proteger no solo a las personas normales, sino también a la niña.
Lord Cousland les pidió que mantuvieran a la niña lo más oculta posible, por lo que la envolvieron en una pequeña manta para tratar de que no sintiera mucho frio o calor pero manteniéndola fuera de la vista de cualquier persona. Así mismo, el Teyrn dejó en claro que cualquier daño a la pequeña sería cobrado con la muerte de los tres caballeros.
Elsa había dejado de llorar desde hacía mucho y solamente trataba de ver el paisaje a su alrededor, a pesar de la capa de tela que le cubría el rostro. Mientras avanzaban no podía distinguir más allá de los enormes arboles a su paso.
Se resignó a su destino, después de luchar durante bastante tiempo, decidió que no lograría escapar por lo que simplemente se rindió. Pero trataría de ser fuerte y no llorar, intentaría tener por lo menos un poco de orgullo, después de todo ella también tenía sangre noble en sus venas.
Los tres caballeros proseguían su camino sin contratiempos hasta ese momento. Los pequeños rayos del Sol comenzaban a hacerse visibles indicando que pronto amanecería, por lo que apresuraron el paso debido a que sería mucho más complicado ocultar a la hija de los Teyrns de Pináculo durante el día.
Luego de algunas horas de largo viaje, un carruaje volcado delante del camino les bloqueaba el paso, por lo que el templario quien llevaba a Elsa decidió mantenerse detrás de sus compañeros mientras ellos inspeccionaban el carruaje, totalmente destruido.
—Tengan cuidado—. Les avisó a sus compañeros—. Podría ser una trampa.
Los dos hombres, quienes ya habían descendido de sus monturas, se acercaron con cautela desenfundando sus espadas y sujetando fuertemente sus escudos. Al rodear el carruaje encontraron los cuerpos de las victimas del brutal ataque; uno se encontraba bocabajo practicante destrozado con un enorme charco de sangre debajo de él, otro se encontraba decapitado y con marcas de quemaduras en todo el cuerpo y del tercero solo hallaron algunas de sus prendas.
—Son comerciantes—. Dijo uno de los caballeros—. O eran… Lo que sea que les atacó no tuvo piedad.
—Es muy probable que hayan sido bandidos—. Sugirió el otro.
—O tal vez sea otra cosa… No creo que algunos cuantos ladrones hayan hecho esto.
—¿Pero qué cosa podrá ser?—. Se preguntó mientras inspeccionaba al cuerpo carbonizado—. No pudo ser un oso o una manada de lobos.
—¿Tú crees que podría ser…—dudó en su pregunta—un dragón?
—¡Por el Hacedor!—. Exclamó su amigo con una carcajada—. ¡Eso es ridículo! No se han visto dragones desde la época de los cazadores Nevarra, ¡y eso fue hace siglos!, deben estar extintos.
—¿Pero qué otra criatura podrá ser? Además, recuerda el Dragón Celestial que destruyó al ejército orlesiano durante la rebelión. Por algo esta nueva era se llama "Del Dragón", ¿no?
—Tonterías—. Resopló con burla—. Incluso si esos cuentos son verdad, ¿cómo demonios se reproducen en unos cuantos años? No lo sé, tal vez hayan sido unos lobos y este se quemó por alguna antorcha o vela.
—Pero algo así no ocasiona ese tipo de quemaduras—. Protestó intentado persuadirlo.
—¿Y las de dragón si?—. Preguntó burlonamente, conteniendo la risa—. ¿Acaso has visto alguna?
—Que gracioso… Mejor prosigamos nuestro camino. Quiero llegar lo más pronto posible a la posada más cercana—. Respondió un poco molesto por las burlas de su amigo.
Ambos templarios decidieron regresar a sus caballos, pero un enorme rugido proveniente detrás de unos árboles los alarmo, rápidamente se equiparon de vuelta con sus armas.
Los dos caballos emprendieron la huida en cuanto sintieron el peligro, a pesar de los intentos del tercer hombre por detenerlos. Los rugidos comenzaban a acrecentarse, al igual que el sonido de las ramas de los arboles rompiéndose.
De entre la maleza apareció un enorme Draco, un enorme reptil con el doble de tamaño que sus caballos con una enorme hilera de dientes en su mandíbula; su largo y serpenteado cuerpo se sostenía con cuatro poderosas extremidades, cada una con una serie de cinco garras. Su rugido era ensordecedor y aterrador.
Rápidamente se abalanzó en contra de los caballeros y estos trataron inútilmente de cubrirse con sus escudos. El animal atravesó la defensa de los hombres muy fácilmente con tan solo una embestida, derribando a uno de ellos contra el piso mientras el otro se tambaleaba intentando mantenerse en pie.
El Draco arremetió con su larga cola al que se encontraba aun de pie, tirándolo al piso para después intentar acabar con el otro con sus enormes fauces, pero fue detenido por una flecha la cual fue lanzada por el tercer templario, el cual aún se encontraba sobre su caballo. Disparaba flecha tras flecha, sin embargo, ninguna lograba penetrar la gruesa piel del Draco.
La criatura estuvo a punto de abalanzarse sobre el caballo, pero fue detenido por un enorme dolor en su pata derecha trasera. Era el segundo templario quien logró hundir su espada en el fémur del enorme lagarto.
La bestia lanzó un gran bramido de dolor para después girar su largo cuello hacia su pata lastimada. Nada pudo preparar tanto a los templarios como a la niña para lo que vino después.
El Draco abrió sus enormes mandíbulas y escupió una cantidad considerable de llamas, las suficientes como para cubrir por completo el rostro del hombre el cual rugió un horrible alarido mientras intentaba apagar las llamas, rodando en la tierra.
El otro caballero se levantó, recogió su espada y arremetió con toda su fuerza hacia el animal, logrando asestar un golpe en el cuerpo de la criatura, pero sin hacerle mayor daño debido a su gruesa piel completamente llena de escamas. El draco intentó derribarlo con su cola pero el templario logró evadirla, agachándose a tiempo, para después realizar una maniobra de manera que quedó debajo del reptil, enterrando su afilada arma en su abdomen desprotegido. El animal nuevamente gruñó.
El tercer caballero seguía lanzando flechas sin parar desde su montura, hasta que una de ellas se enterró en el ojo izquierdo del animal, entonces el templario decidió que era momento de apoyar a sus camaradas desde el suelo.
—Escúchame bien niña—. Le dijo a Elsa quien hasta ese momento se había mantenido con los ojos cerrados tratando de no gritar—. Necesito que bajes del caballo y te escondas en aquel lugar—. Señaló unas rocas perfectas para un escondite—. No trates de escapar, cuando terminemos con esa cosa, iré por ti.
Elsa no tuvo oportunidad de contestar ya que el hombre prácticamente la arrojó al suelo, pues el Draco avanzaba con rapidez hacia ellos. La rubia cayó fuertemente contra el suelo pero a pesar del dolor, se levantó lo más rápido posible para poder huir hacia el escondite que le fue indicado.
La enorme criatura trato de seguir a Elsa pero fue detenida por el tercer templario quien lo golpeo en el cuello con su espada que había desenfundado al momento de bajar del caballo, el cual huyo del lugar.
La platinada corrió lo más rápido que pudo, hasta llegar a las rocas, metiéndose entre ellas para no ser descubierta. Cuando estuvo lo suficientemente segura de que se encontraba a salvo, se atrevió a asomare ligeramente para comprobar la situación.
El templario que había bajado del caballo se encontraba luchando con el enorme draco, mientras que su compañero se levantaba y retomaba el arma de su camarada caído para poder apoyar a su compañero. El hombre que había sido quemado yacía en el suelo, completamente inmóvil y carbonizado.
La enorme criatura derribó nuevamente al caballero que se encontraba detrás de él, mientras que el otro comenzaba a cansarse cada vez más mientras intentaba esquivar las largas hileras de dientes del Draco.
Elsa comenzó a pensar en sus posibilidades para poder sobrevivir, pues estaba claro que los tres guerreros serían derrotados por el animal y si se quedaba en aquel lugar seguramente moriría. Entonces sintió como el suelo debajo de ella comenzaba a congelarse y la temperatura descendía cada vez más. ¡Había recuperado sus poderes!
La niña miró su mano y después regreso la vista hacia la batalla entre los templarios y el Draco. Por un lado, podría arriesgar su propia vida para intentar salvarlos, en pocas palabras hacer lo correcto. Pero por otro lado podría huir del lugar, y con ayuda de su magia helada detener por un momento a la bestia y así lograr salvar su vida a costa de la de sus captores.
Si decidía salvarlos podría morir en el intento y en dado caso de que pudiese vencer al Draco, sería llevada a un lugar desconocido, probablemente a una especie de cárcel de la cual nunca podría escapar. Pero si huía, podría no solo tener asegurada su supervivencia sino también su libertad; podría vivir sola sin que nadie le dijera como vivir, podría vivir sin el miedo de lastimar a sus seres queridos, convertirse en una apóstata… Pero también existía la posibilidad de que fuese cazada por los templarios.
Elsa tomó su decisión.
Los primeros rayos del sol comenzaban a hacerse presentes en el castillo Cousland, anunciando la llegada de un nuevo día.
Pero al iniciar la mañana, no se sentía la misma sensación de alegría y paz por las paredes del del día anterior. No, esta vez el ambiente era más pesado y triste a la vez.
Ningún guardia o criado durmió en toda la noche debido al intenso trabajo que tenían para ocultar cualquier señal de que Anna hubiera tenido alguna vez una hermana. Pero sus caras perdidas y entristecidas no eran por causa de la falta de descanso. En absoluto. Era por la pérdida de una de las niñas Cousland.
Aunque era cierto que muchos le temían por sus habilidades mágicas, nunca le desearon un destino tan cruel, nunca habrían querido que su vida se marchitara a tan temprana edad. Nunca la odiaron.
Todos sentían algo de culpa, pues creían que por sus acciones la pequeña platinada había tenido una vida bastante solitaria, de no haber sido por su hermana. Lamentablemente ya no volverían a estar juntas. Ya no sería lo mismo en el castillo después de aquella tragedia. Ya no se escucharían las risas de ambas niñas cuando hurtasen algo de chocolate de la cocina a escondidas. Ya no habría más travesuras por parte de las hermanas. Ya no…
En el cuarto de la pequeña Anna, se encontraba la Teyrna Idun aun dormida y abrazada a su hija restante. La luz comenzaba a filtrarse por todo el cuarto, despertando a la mujer.
Idun abrió lentamente los ojos, esperando que los acontecimientos de la noche anterior solo hubiesen sido una simple y aterradora pesadilla… cuando abrió por completo los ojos se dio cuenta de que no era así. Nuevamente sintió sus ojos humedecerse.
Mientras tanto Agdar Cousland, quien no había conseguido conciliar el sueño, se encontraba aun en su cama. Las decisiones que tomó hace algunas horas aun lo atormentaban. Por más que tratara de convencerse a sí mismo de que había hecho lo mejor para todos, no pudo hacerlo. Ni él mismo creía que sus acciones habían sido las idóneas…
Se levantó, cambió de ropa y se arregló para supervisar el trabajo del día de hoy. Ya había tomado una decisión y no podía cambiar el pasado, lo mejor que podía hacer era proseguir con el plan.
Cuando salió de sus aposentos se dirigió a revisar el cuarto de su hija mayor, cuando llegó ordenó a uno de los guardias que se encontraba fuera de este que abriera la puerta para que los trabajadores, que solicito la noche anterior, se encargaran de sacar todos los objetos de la habitación.
La esposa del Teyrn intentó levantarse de la cama de su hija para poder ir a su propia habitación y arreglarse debidamente. Pero fue incapaz de moverse debido al dolor que aun sentía dentro de ella, el dolor de haber perdido a Elsa. Además de que sentía un mal presentimiento mientras una gran angustia se acrecentaba en su pecho, como si su hija estuviese en peligro.
Entonces decidió que era mejor pasar ese dolor con alguien que probablemente sufriría lo mismo que ella, si tan solo lo recordase. Así que decidió quedarse con Anna.
Después de un par de horas, absolutamente todo estaba fuera de la habitación de la platinada. Agdar decidió que estas debían ser destruidas, a pesar de las insistencias de algunos guardias y criados de que no lo hiciera como recuerdo a la fallecida niña, pero el Cousland no cedió y ordenó que todo lo encontrado fuese quemado en la parte trasera del castillo.
Y para evitar que alguien robase algo, anunció que todo aquel que fuese sorprendido con algún objeto de la niña fallecida por muy pequeño que fuera, sería ejecutado de inmediato. Por supuesto que nadie tenía la intención de robar algo, sobre todo por respeto a la pequeña difunta que por miedo a la ejecución.
Cuando todas las pertenecías de la platinada fueron carbonizadas, el noble ordenó que el cuarto fuera sellado con tabiques para que pareciese una simple pared más.
Idun finalmente salió de la habitación de Anna para poder tomar un poco de aire fresco, caminando por el pasillo como si sus pies tuvieran mente propia. Cuando llegó a su destino no podía creer lo que sus ojos veían, pues el lugar donde debería estar la habitación de su hija mayor, ya no estaba. Ahora solo había una gran pared de ladrillos que simulaban una pared más del castillo. Nuevamente se rompió y corrió hacia la seguridad que la presencia de su hija menor le daba.
Cuando finamente llegó se encontró con algo asombroso, que la dejo igualmente petrificada, pero esta vez por una buena causa. Anna había despertado.
Elsa corrió lo más rápido que pudo hacia el enorme Draco para detenerse a tan solo unos metros de distancia del majestuoso animal y después alzó sus manos en dirección a este, orando al Hacedor para lo que fuese que haría, funcionara.
La bestia visualizo a la pequeña rubia con su ojo restante, por lo que se giró en dirección a la niña con la intención de atacarla. Cuando estuvo a punto de embestirla, una enorme lanza de hielo atravesó su pecho provocando que un gran río de sangre emanara de él. Elsa había logrado lastimar de gravedad a la criatura, pero está aún se mantenía en pie.
El reptil ahogó un enorme rugido más fuerte que el anterior, abriendo nuevamente sus fauces para exhalar fuego de su boca. Las enormes llamas salieron en dirección a la platinada quien trató de cubrirse inútilmente con sus brazos y cerrando fuertemente los ojos.
Cuando pasaron algunos segundos y aun no sentía al abrazador fuego sobre su cuerpo, decidió abrir sus ojos y para su sorpresa una pequeña barrera de hielo la separaba de ser cubierta por el fuego del gran Draco. Pero está cada vez se debilitaba más, además de que el Draco no dejaba de "escupir" el violento fuego por lo que el hielo se derretía cada vez más rápido.
Elsa pensó que probablemente moriría en ese lugar, a causa de su criatura fantástica favorita la cual resulto ser real, que ironía. Pero de repente el animal dejó de escupir las llamas, debido a que el templario quien la había estado cuidando le disparó una nueva oleada de flechas.
El lagarto volteó en dirección a este hombre; pero al hacerlo su enorme cola golpeo la pared de hielo debilitada, rompiéndola y golpeando con su extremidad a la niña con una gran fuerza, arrojándola a unos cuantos metros de distancia.
Lo último que vio antes de quedar inconsciente fue a los dos templarios restantes hundir sus espadas en la cabeza del Draco…
Anna finalmente había despertado, esta era la mejor noticia que la noble pudo haber recibido en aquel instante, después de tragedia tras tragedia, finamente un pequeño rayo de luz iluminaba la oscuridad que le nublaba la mente.
Se quedó durante unos segundos observándola, maravillada, fascinada. Como si fuera tan solo una ilusión, la cual desaparecería en caso de mover tan solo un musculo. Como si al parpadear su tierna hija volvería a su profundo sueño.
—¿Ma…mama?—. El tenue sonido de la voz de su hija llamándola la despertó del pequeño trance en el que se encontraba—. ¿Mami?—. La niña preguntó una vez más con mayor claridad, mientras se sentaba suavemente en su cama.
—¿S…si A…Anna?—. Habló sin comprender del todo la situación, además de que aún no había hecho ni un solo movimiento.
—¿Puedes traerme agua, por favor?—. Pidió con suavidad la pequeña pelirroja.
Agua, su hija le pedía agua. Esperaba que preguntase por lo que ocurrió, que le preguntase por su hermana… Pero lo único que solicitó la niña fue agua, simple agua. Cualquiera podría entender su petición, después de todo había pasado algunas horas sin tomar una sola gota del líquido esencial para vivir.
—¿Ma? ¿Estás bien?—. La voz ligeramente preocupada de la niña la saco de sus pensamientos.
—Eh, si claro por supuesto que si hija—. Respondió con algo de torpeza mientras se acercaba a la cama para después poner su mano sobre la frente de Anna—. Ahora lo estoy…—. Susurró para después abrazar con fuerza a la menor—. ¡Oh mi pequeña Anna, no tienes idea de cuánto te amo!
—Yo también te quiero mucho, mama—. Respondió mientras abrazaba de vuelta a la mujer pero sin comprenderlo del todo, aun así le encantaban los abrazos y no desperdiciaría ninguno—. Pero en verdad tengo mucha sed.
—Oh sí, por supuesto—. Recordó con torpeza el vaso con agua que yacía sobre una mesita de noche—. Aquí mismo esta querida.
Anna bebió el agua con rapidez, a su vez sentía como a su garganta se le quitaba lo seco y ahora podía hablar bien.
—Oye mami, ¿Qué paso con la fiesta?—. Cuestionó inocentemente.
—¿L…a fi…esta?—. Preguntó con ligero temor y algo de tristeza en su voz.
—Sí, la fiesta—. Dijo redundante—. Solo recuerdo que comí mucho chocolate, jugué mucho con Hans y creo que después me quede dormida.
Aparentemente no recordaba lo sucedido, no recordaba a su hermana mayor. Pero si lo pensaba detenidamente tal vez era mejor así, puesto que no sufriría por el hecho de que jamás la volvería a ver.
—Bu… bueno pues tan solo te dormiste y tu padre te trajo a tu cuarto. Y los demás invitados se fueron después de unas cuantas horas.
—¿Y Hans también se fue?—. Preguntó mientras colocaba el vaso en la pequeña mesa que se encontraba al lado de su cama.
—Creo que sí—. Dijo dudando de sus palabras, pues no sabía si el Arl Rendon y su familia habían decidido regresar a Amaranthine o quedarse en el castillo.
La pequeña suspiró decepcionada. —Esperaba que pudiéramos jugar.
—Pero puede que si se haya quedado—. Mencionó mientras se sentaba en el colchón.
—¡Qué bien!—. Exclamó emocionada.
—Pero no estoy muy segura, Anna-
—¿Sabes mami?—. Interrumpió la pelirroja—. Hans me pidió que fuera su esposa… ¡Y dije que sí!
La noticia le cayó como un balde de agua helada pues nunca imaginó que las intenciones del hijo del Arl fuesen esas. En ese instante recordó lo que su hija mayor le contó sobre el pelirrojo… después de todo no mintió por completo acerca del tercer heredero al Arlingo de Amaranthine.
—E…eso es un compromiso muy…—. Dudó durante un momento sus palabras—grande.
En verdad que no quería que su hija se comprometiera con el hijo de Rendon. Cada vez que pensaba en las acusaciones de Elsa hacia el niño, más se convencía de que eran ciertas; entonces Hans podría resultar no ser el tipo de persona que creyó, que todos creían que era. Además, no quería un tercer hijo como esposo de su Anna, quien ahora pasaba a ser la heredera de Pináculo. Incluso el heredero de Rendon Howe, Nathaniel era una opción mucho mejor.
—¿No te alegra?—. Preguntó la niña al ver el rostro perdido de su madre.
—Bu...bueno, es que el matrimonio no es algo que deba tomarse a la ligera—. Comenzó tratando de encontrar las palabras adecuadas para convencer a su hija de que tomara la decisión contraria con respecto al compromiso—. Además aun eres muy pequeña como para que te comprometas.
—¡Pero él el mi mejor amigo!—. Protestó, al mismo tiempo que se deshacía de las mantas que la cubrían—. Papa y tu siempre dicen que es mejor casarse con alguien que conozcas. ¡Además con él puedo vivir muchas aventuras! Y anoche platiqué con lady Anora y me dijo que ella y el príncipe se comprometieron desde que eran bebes.
—Sí, pero aun así no es algo que se deba considerar a tan temprana edad. Mejor pongamos la decisión en un punto medio para cuando seas más grande, así puedes pensarlo mejor.
—Está bien…—. Susurró con un aire de decepción en su voz.
—No te desanimes, cariño—. Le dijo para tratar de levantarle el ánimo—. Incluso puedes conocer otras personas, viajar y hacer infinidad de cosas antes de contraer matrimonio. Al igual que hice yo en mi juventud.
—Pero con Hans puedo tener esas aventuras—. Rezongó como última esperanza de que su madre estuviese de acuerdo con el compromiso.
—Pero puedes conocer a más personas—. Insistió—. No te digo que te alejes de él, sino que tan solo consideres la decisión a un plazo de tiempo más largo.
—De acuerdo, ma—. Expresó con un poco más de ánimo, después de todo no dejaría de ver al niño.
Idun dejó escapar un leve suspiro de alivio. Estaba feliz de haber logrado convencer a su hija a por lo menos pensar más acerca de su decisión. Esto le daría el tiempo necesario para idear un plan y así poder evitar la boda entre su hija restante y el posiblemente mentiroso hijo del Arl Rendon Howe, aparte de oportunista.
Idun pensó en múltiples jóvenes y niños de otras casas y familias nobles más poderosas e influyentes que los Howe. Estaban los Guerrin, los Kendells, los Bryland, los Lendon, los Western y muchos otros.
Entre más lograse posponer que su hija aceptara por completo, mejor sería. No dejaría que nadie lastimara a su pequeña Anna; no solamente lo haría por ella, sino que también lo haría por Elsa…
Lentamente abrió los ojos, una tenue luz la cegaba mientras intentaba descubrir en donde se encontraba. Se incorporó suavemente sobre el mueble en el que se encontraba, aparentemente era un pequeño sofá.
—Miren, ya despertó—. Una voz a lo lejos la alertó.
—¡Alabado sea el hacedor! creí que no sobreviviría—. Escuchó otra voz, la cual reconoció como la del templario quien la había mantenido escondida durante todo el trayecto.
—¿Acaso cuestionas las habilidades del Primer Encantador?—. Cuestionó otro con un tono autoritario.
—Cla-claro que no, Caballero Comandante—. Respondió titubeante.
Elsa giró suavemente la cabeza para poder ver a los dueños de las voces, mientras se frotaba suavemente los ojos son sus manos. Extrañamente no sentía dolor alguno.
—¿En dón…dónde estoy?—. Preguntó a cualquiera que se encontrara allí, con la voz ligeramente reseca.
—Estas en la Torre del Circulo del lago Calehand, niña—. Habló el hombre que aparentemente era el jefe en el lugar—. Mi nombre es ser Greagoir y soy el Caballero Comandante de la Torre. Dime, ¿cuál es tu nombre?
La niña pudo observar mejor al hombre: su cabello era de un color marrón oscuro, con unas ligeras patillas al lado de su rostro, algunas arrugas eran visibles en su cara y tenía unas cuantas cicatrices, además de vestir una gran armadura de acero que tenía grabada una espada en el peto, y un especie de túnica morada caía desde su cintura hasta sus pies.
—Me llamo Elsa…—. Contestó con cautela—. Soy lady Elsa Cousland.
—¿Cousland? Entonces es verdad lo que me dijeron sobre tu procedencia—. Comentó mientras le daba un poco de agua a la pequeña.
—¿Lo ve Caballero Comandante?—. Habló nuevamente el hombre que había llevado a Elsa hasta aquel extraño lugar—. No mentimos acerca de la procedencia de esta niña.
—Es lo que veo—. Dijo para después hincarse a la altura de la niña—. Pero ya no puedes llevar más ese apellido.
—¡¿Qué?! ¿Por qué no?—. Preguntó la platinada sin comprender tal mandato.
—Porque ya no perteneces a la familia Cousland. Tu propio padre escribió una carta explicándolo.
Esas palabras se sintieron como si miles de palos la golpeasen a la vez, un horrible dolor en su pecho comenzó a quemarla.
—Lo lamento mucho—. Dijo dándole el pésame—. Pero no puedes hacer nada por cambiar ese hecho. Ahora deberás escoger algún otro apellido, puedes conservar tu nombre, pero no el apellido.
La platinada pensó durante algunos instantes, no quería que su apellido cambiara, después de todo era lo que le daba una identidad, lo que le daba la certeza de que aun pertenecía a un lugar, a un hogar. Le daba la sensación de que aún tenía una familia. Estaba orgullosa de ser una Cousland, una de las nobles más importantes del reino.
—Puedes tomarte el tiempo que quieras para escoger uno o si lo deseas la Capilla puede proporcionarte alguno—. El templario se reincorporó.
—Arendelle—. Dijo casi en un susurro.
—¿Disculpa?—. Preguntó el caballero puesto que no había escuchado lo que la rubia había dicho.
—Arendelle—. Repitió la niña esta vez un poco más fuerte—. Quiero que mi nuevo apellido sea Arendelle.
—Muy bien entonces a partir del día de hoy te llamaras Elsa Arendelle, aprendiz del Circulo de los Hechiceros.
Ese nombre lo había recordado de una de sus historias favoritas, era un reino el cual fue dominado por un poderoso dragón y un mago llamado Elder lo derroto, apodándose Elder de Arendelle "terror de los dragones". Era perfecto, incluso su nombre era similar al del héroe de la historia. Era casi como si fuese su destino. Hasta ella misma lucho contra un dragón.
—Ah veo que ya has regresado en sí—. Una nueva voz interrumpió sus pensamientos, mientras se volteaba en dirección a esta—. Me alegra mucho, pequeña.
Era un hombre un poco viejo, con una barba gris rodeando su barbilla, sus arrugas eran abundantes no solo en su rostro sino también en sus manos y vestía una extraña túnica de color verde. Le recordaba bastante al mago del castillo de Pináculo: Grand Pabbie.
—¿Quién es usted?—. Formuló su pregunta si imaginarse quien podría ser este nuevo hombre.
—Más respeto niña—. Regañó el Caballero Comandante—. Estas frente al hombre que salvo tu vida. Él es el Primer Encantador.
—No hace falta que la regañes Greagoir—. Reprendió el más anciano—. Al fin y al cabo, no sabía quién era yo. Además, es solo una niña—. Dijo para después voltearse a la platinada—. Saludos, me presento, soy Irving el Primer Encantador de esta torre. Pero lo mejor es que descanse un poco más, después de todo has pasado por mucho para alguien de tu edad.
—Sí, es lo mejor—. Suspiró el comandante—. Fenrril, acompaña a la niña hasta una de las habitaciones, que preparen una cama para ella.
—Como ordenen, Caballero Comandante—. Fenrril hizo una reverencia y procedió a acercarse a Elsa.
Elsa hubiera querido hacer muchas preguntas: ¿Qué es un caballero comandante? ¿Qué hace el primer encantador? ¿Podría salir de ese lugar? En fin, tenía demasiadas dudas y tan pocas respuestas, pero decidió que era mejor contestarlas en otra ocasión. Además, necesitaba reorganizar sus ideas y recuerdos acerca de todo lo que había sucedido hasta ahora.
El templario nombrado Fenrril le ayudó a levantarse e inclusive le preguntó si necesitaba que la cargara hasta una de las habitaciones, pero su orgullo se lo impidió, a pesar del dolor que aún era constante por todo su cuerpo. "Sigo siendo una noble de alta cuna, no importa lo que digan unos tontos papeles".
Ambos caminaron por los pasillos circulares de la torre. Parecía que todo el lugar era redondo, mientras atravesaban puertas y subían algunas escaleras.
—Por cierto—. Comenzó el Fenrril—. Quiero daros las gracias por habernos salvado la vida, lady Elsa. Vuestra hazaña fue digna de canciones.
—No fue nada—. Respondió apenada.
—Pero claro que lo fue. De no haber sido por usted, en este momento estaríamos muertos como…—. Calló al recordar a su camarada caído, el cual murió por la infección que las quemaduras le causaron en todo el rostro.
—Lo siento mucho, ser—. Dijo con simpatía la platinada.
—Gracias…
Después de esa breve conversación, ninguno de los dos dijo nada y prosiguieron su camino. Finalmente llegaron a un cuarto bastante amplio en el cual había camas por todo el lugar, una al lado de la otra con una pequeña mesa de noche al lado de cada una.
Algunos niños en la habitación se encontraban acostados leyendo algún libro, otros se encontraban jugando con una especie de muñecos de tela y unos más estaban durmiendo en las camas.
—Bueno, aquí es—. Anunció ser Fenrril—. Ven creo que la cama del fondo aún no está ocupada—. Comentó mientras avanzaba al fondo de la habitación hasta llegar a una pequeña pero acogedora cama y, a pesar de que era igual que las demás, Elsa creyó que era única.
—Sera mejor que regrese a mi puesto. Aquí puedes acomodarte, más tarde se te darán instrucciones y las debidas reglas del lugar—. Le comentó mientras se retiraba del lugar.
Elsa se sentía algo incomoda pues desde que entró todos la voltearon a ver y eso no le agradaba. Se sentó de forma cuidadosa en la cama mientras trataba de no ver a ninguno de los niños que se encontraban mirándola.
Uno de los niños aparentemente de su edad, un año mayor quizás, se acercó a ella. Tenía el cabello de color café y vestía unos pantalones de tela algo rasgados y una camisa de piel.
—¡Hola! Mi nombre es Jowan Marrel, mucho gusto—. Saludó con una gran sonrisa en el rostro mientras le extendía su mano derecha en forma de saludo.
—Elsa Arendelle—. La rubia extendió su propio brazo para regresar el saludo.
—Creo que seremos muy buenos amigos—. Dijo el castaño de manera positiva.
Nota de autor
¡Hasta la próxima!
