Nota de autor
Esta actualización tiene mucha más acción que el anterior y se tratara única y exclusivamente de Anna.
Agradezco su continuo apoyo. Todos los derechos son para Disney y BioWare.
Capítulo 6—Traición
Anna caminaba por los pasillos del castillo de Pináculo, dirigiéndose a las recamaras donde probablemente estuviese su primo. Aún seguía enfadada, sobre todo porque ella no podría ir a la guerra, pero Fergus sí. Mientras caminaba se encontró con un guardia, quien la detuvo.
—¡Lady Anna!—. Saludó mientras hacia una leve reverencia—. Su madre me ha pedido que la busque. Tal parece ser que vuestro perro ha estado haciendo destrozos en la cocina y Gerda amenaza con marcharse— Explicó el joven soldado.
Su perro, un mabari de guerra, puro de raza. De un hermoso pelaje blanco y un tamaño formidable, después de todo era un perro de guerra. Sus padres se regalaron hace dos años y desde entonces eran inseparables, iban a todos lados juntos, comían juntos, cazaban juntos, entrenaban juntos, inclusive dormían en la misma habitación. Anna decidió nombrarlo Olaf, por alguna extraña razón ese nombre le daba una sensación de algún recuerdo lejano. Además, al perro le encantaba que lo abrazara.
—¿Y qué quieres que haga yo?—. Se encogió de hombros con indiferencia—. ¡Soluciónalo!
—Con todo respeto mi dama—. Comenzó el soldado—. Los mabari de guerra son files a sus amos y obedecen únicamente a estos, cualquier otro podría terminar sin alguna extremidad.
—Mi perro nunca mordería a nadie—. Replicó Anna.
—No tengo pensado poner a prueba esa afirmación—. Respondió el hombre.
—¿Y a mí qué? No me interesa, si quieres que se solucione el problema, hazlo tú mismo.
—Su madre me ha pedido que fuese usted misma—. Contestó el joven—. Y le temo a ella más que a usted.
—No me interesa, ese no es mi problema—. Espetó Anna—. Aun así pienso ir, no puedo dejar que Gerda se marche por algo tan simple y tonto. Además, quiero ir por Olaf.
—Muy bien mi lady, su madre también me pidió que la acompañase así que lo mejor será ir de una vez.
—No lo creo—. Dijo frunciendo más el ceño—. Yo misma puedo ir, no necesito que me estés cuidando así que deja de fastidiar—. Esbozó una sonrisa desafiante—. ¿O acaso quieres batirte en duelo conmigo?
El guardia, que había visto como la hermosa chica derrotó a uno de los soldados más capacitados del castillo, prefirió no decir nada. Si ser Kai, quien había sido nombrado caballero por los Teyrns hace algunos años no pudo con la joven, menos podría él.
—De acuerdo, lamento haberla molestado mi señora—. El chico hizo una reverencia y se retiró del lugar.
Ahora tenía que dirigirse a la cocina y eso no era algo que estuviese muy feliz de hacer, pero era mejor que ir a buscar a su primo. Caminó por los pasillos hasta llegar a la cocina, al entrar vio a Gerda y a dos elfos.
—¡Sacad a esa bestia de mi despensa!—. Les gritaba a los criados.
—Pero no podemos ni acercarnos, casi me arranca una mano—. Protestó uno de ellos.
—¡Es que nadie sacara esa bestia antes de que destruya todas las reservas!—. Exclamó con enfado. En ese momento la pelirroja hizo su aparición—. Por fin has llegado, saca ese animal de mi despensa—. Le ordenó la mujer a la noble.
Los elfos se alarmaron puesto que no esperaban que la mujer fuese tan irrespetuosa con la hija de los Teyrns, era bien sabido que era demasiado exigente y atemorizante. Probablemente la vieja mujer sería castigada o hasta ejecutada por tal indecoro.
—Tal vez debería dejar que Olaf termine su desayuno—. Bromeó la chica alivianando el ambiente. Los criados se quedaron con la boca abierta.
—Deja de hacer tus bromas, solo saca a ese perro antes de que termine con las reservas—. Murmuró la mujer canosa.
Gerda era la nana de Anna, por lo que era una de las pocas con quienes no era irrespetuosa o grosera. Tal vez solo le gustaba hacerla enojar, pero la quería demasiado. La veía como la abuela que nunca tuvo.
—Bien, bien—. Anna alzó las manos en señal de derrota—. Sacaré al perro. Al pobrecito Olaf quien solo quería un poco de comida—. La chica abrió la puerta de la despensa, situada hasta una esquina de la habitación.
Cuando entró vio a su sabueso ladrando y gruñendo a varios puntos del cuarto, específicamente a los costales de semillas, trigo, chocolate, maíz y otros alimentos.
—¿Qué pasa, chico?—. Anna se acercó y acarició su pelaje erizado—. ¿Acaso hay algo ahí dentro?—. Señaló los costales y el mabari contestó con un ladrido de aprobación.
En ese momento una docena de ratas salieron de entre los costales, pero no eran ratas comunes ya que estas eran anormalmente grandes y su pelaje era de un tono demasiado oscuro. Anna y su perro acabaron con los roedores; mientras la chica las mataba con su espada, el perro lo hacía con sus dientes y garras.
Cuando por fin acabaron con los molestos y asquerosos animales salieron de la despensa, siendo recibidos por Gerda y los dos elfos.
—¡Miren nada más!—. Profirió la mujer—. ¡Viene lamiéndose la barriga el condenado! ¡Oh no me mires con esos ojos! Sabes que soy inmune a tus encantos. Está bien— Suspiró, tomando un filete de la mesa—. Toma, para que luego no digas que soy mala contigo.
Olaf capturó el trozo de carne y procedió a engullirlo.
—De hecho, se lo merece—. Expresó Anna con orgullo—. Solo protegía la despensa de ratas, ¡ratas enormes!
—¡Espero que esos animalejos este fuera de mi concina!
—Por supuesto—. Asintió la chica—. Olaf y yo nos encargamos de todo, no tienes de que preocuparte. Pero dentro esta hecho un desastre, será mejor que alguien limpie lo antes posible—. Dijo mirando a los criados, quienes entendieron lo que quería decir y entraron con escobas y trapos, dispuestos a limpiar.
Anna se despidió de su nana y procedió a salir de la cocina junto a su perro. Ambos siguieron el recorrido a las recamaras. Cuando llegó al pasillo principal del castillo, vio a su madre conversando con tres personas.
Su madre, quien antes tenía una hermosa cabellera negra, ahora lucía un color grisáceo. Su rostro antes perfecto, ahora era cubierto por varias arrugas. Además, por cada invierno que pasaba, parecía que su felicidad se apagaba como el sol cuando se oculta por las montañas.
—…Y esto me lo regaló Agdar, cuando fue a Orlais, tal parece que se lo dio el antiguo emperador quien estaba borracho y lo confundió con el rey—. Su madre ahogó una risa con su mano, mostrando una peculiar cadena decorada con hermosas piedras de todo tipo de colores, aunque se veía bastante uniforme y ordenada. Idun vio a su hija acercarse y también vio al perro.
—Por lo que veo ya te has encargado del problema en la cocina—. Comentó Idun sonriéndole a Anna—. Ven quiero que conozcas a mi amiga, lady Landra Oswin, Bannesa de Caer Oswin—. Presentó a la señora que se encontraba a su lado. Anna se acercó a regañadientes, puesto que forzosamente tenía que pasar por ahí.
—Creo que ya nos hemos conocido, querida. En una fiesta hace algunos años—. Indicó lady Landra—. Ahora estas más hermosa y bella que nunca.
—¿No estabas ebria?—. Cuestionó Anna sin tener cortesía alguna.
—¡Anna!—. Reprendió su madre—. Deberías ser más amable. Por favor perdona a mi hija, necesita mejorar sus habilidades políticas—. Miró a la pelirroja de reojo.
—No te mortifiques, Idun—. Contestó la Bannesa—. Fue una fiesta bastante divertida, después de todo. ¡Todavía me acuerdo de las locuras del Bann Lynus!
—Sin duda lord Farrae sabe cómo hacer una buena fiesta—. Declaró un joven rubio que las acompañaba—. Tuvimos que cargarte hasta el carruaje. Éramos cuatro y apenas pudimos…
—No son necesarios tantos detalles, hijo—. Interrumpió lady Oswin, apenada—. Espero que recuerdes a mi hijo, Edrick. Él tampoco está casado, goza de una soltería igual que tú-le dijo a la pelirroja.
—Un gusto volver a verla, lady Anna—. El rubio hizo una reverencia—. Déjeme decirle que cada día su belleza se incrementa, como una hermosa flor en pleno verano.
—¡Remójate la cabeza!—. Bufó Anna.
—¿Per…perdón?—. El joven se veía confundido, mientras su rostro se teñía rosado.
—Y esta es mi doncella, lady Idona Mac Enraig. Su padre es el Bann de Costa Tormenta—. Interrumpió la señora de Caer Oswin—. Preséntate, querida.
—Es un gusto conocerla, mi lady—. La doncella se inclinó—. Sin duda es la dama más hermosa en todo Ferelden, los rumores ni siquiera le hacen justicia.
—Y eso lo dice después de haberte visto combatir con un guardia, sudando, esta mañana—. Comentó la Teyrna.
—Sin duda vuestra habilidad en combate es formidable—. Edrick Oswin la aduló —. Estoy seguro de que ni los mejores soldados juntos de Thedas serían capaces de derrotar vuestra magnificencia—. Afirmó con una sonrisa galante.
Anna comenzaba a cansarse de este tipo, pero cuando estaba por responder con un insulto, la voz de su progenitora la interrumpió.
—Yo también fuí una formidable guerrera en mis tiempos—. Alegó con nostalgia—. Mi hermana, Alftanna, y yo éramos conocidas como "las damas piratas". Nuestro buque de guerra, El Rodfick, nos dio la victoria contra los orlesianos en las costas amarantinas—. Suspiró—. Parece que fue hace un siglo. Con el tiempo encontré el camino en artes más delicadas.
—Especialmente después de…—. Lady Landra susurró sin terminar su frase, dejando a la imaginación lo que quería decir.
—Sí, sobre todo después de… eso…—. Murmuró la Teyrna, mientras su mirada se ponía en blanco denotando una profunda tristeza y dolor dentro de sus ojos.
Esta era una de las cosas que más confundía a Anna, el hecho de que su madre cambiase de ánimo tan fácilmente: en un momento podía estar regocijante de felicidad y al otro como si el mundo se acabara.
—Creo que será mejor que me retire—. La voz de lady Landra rompió el silencio, luego miró a sus acompañantes. Edrick, Idona, vienen conmigo—. Los tres se despidieron con una reverencia y salieron por donde Anna había entrado.
—Anna…—. Respiró Idun—. Deberías ir a despedirte de Fergus mientras aún hay tiempo.
—¿Por qué él sí puede ir y yo no?—. Preguntó irritada la pelirroja.
—Sé que es difícil quedarse en el castillo y ver como se marchan los demás, pero el deber es lo primero. Lo entiendes, ¿no?
—¡Si estuviera con ellos, podría ayudarlos!—. Rezongó la joven dama.
—Pero estas aquí. Cariño…—. Suspiró mientras sus ojos se cristalizaban—. Hazlo por mí, por favor te lo ruego. No sé qué haría si te perdiera… No sabes lo que se siente perder un hijo…
—Ya, ya está bien, no tienes que llorar—. Expresó derrotada—. Si te hace sentir mejor: prometo que no iré, pero no esperes que te reciba con un abrazo. Adiós, tengo que buscar a mi primo—. Declaró mientras rodeaba a la mujer para seguir caminando por el largo pasillo.
—Si tan solo supieras Anna, si tan solo supieras…—. Exhaló mientras cerraba los ojos.
La pelirroja y el sabueso caminaron hasta las recamaras, donde encontró a Fergus en su propia alcoba, junto a su esposa e hijo.
—¿De verdad va a haber una guerra, papá?—. El niño preguntó con inocencia—. ¿Me traerás una espata?
—Se dice "espada", Oren—. Corrigió Fergus Eremon, mientras se hincaba la altura del niño—. Y te traeré la mejor que encuentre, te lo prometo. Volveré antes de que te des cuenta.
—Ojalá la victoria fuera tan segura—. Comentó la esposa de Fergus, Ofelia de la casa Field—. Mi corazón esta… inquieto.
—No atemorices al niño, amor mío—. Razonó Fergus—. Lo que digo es cierto—. En ese momento vio a Anna quien había entrado por la puerta junto a su sabueso, por lo que se levantó—. Y aquí está mi primita para despedirse—. Se volvió hacia su esposa—. Ahora enjuaga tus lágrimas, amor mío, y deséame lo mejor.
—Me dan nauseas—. Anna hizo una mueca de asco.
—¡Ja!—. Se burló su primo—. Lo entenderás cuando haya alguien en tu vida.
—Yo ya tengo a alguien en mi vida—. Le recordó—. Por si lo olvidas, estoy comprometida.
—Sabes que Hans, no es ¿cómo decirlo? Mhm, el tipo de persona idónea para…
—¡A ti que te importa!—. Lanzó enfadada—. De cualquier forma, te traigo un mensaje de mi padre: quiere que partan esta misma noche, lo antes posible.
—Así que tú te harás cargo del retraso de los hombres del Arl—. Indicó su primo con una mueca—. Bueno, será mejor que me ponga en camino. ¡Hay muchos engendros tenebrosos que decapitar y muy poco tiempo!
En ese momento, ambos Teyrns entraron por la puerta de la recamara.
—Confió, querido muchacho, en que vengas a despedirte antes de que partamos—. Dijo Agdar.
—Cuídate, sobrino mío—. Habló Idun—. Rezaré por ti cada día que estés lejos. Solo espero que Alftanna no me mate por dejarte partir.
—Un buen escudo sería más útil—. Murmuró Anna.
—No te preocupes, tía—. Fergus sonrió, ignorando el comentario de Anna—. Estoy seguro de que mi madre entenderá. Además, si va a matar a alguien, seguramente será a mí.
—Que el Hacedor nos sustente y preserve a todos—. Rezó Ofelia—. Que cuide de nuestros hijos, nuestros maridos y nuestros padres para que nos los devuelva sanos y salvos.
—Y, ya que estamos, que nos triga también algo de cerveza y algunas zorras—. Bromeó Fergus, recibiendo miradas asesinas por parte de su esposa—. Eh… para los hombres, naturalmente.
—¡Fergus!—. Regañó Ofelia—. ¿Cómo puedes decir eso delante de tu familia? ¿Qué diría tu madre?
—¿Zorras?—. Preguntó confundido el infante con voz chillona—. ¿Y para que quieren los hombres unos animalillos?
—Una zorra es una mujer que sirve cerveza en la taberna, Oren—. Explicó el Teyrn—. O una que bebe demasiado.
—¡Agdar!—. Reprendió la Teyrna—. Por el halito del Hacedor, esto es como vivir con una manada de adolescentes inmaduros.
Todos rieron ante los comentarios, elocuencias y bromas. Incluso Anna quien por lo regular tiene un carácter muy difícil se unió a las risas.
—Ya está bueno—. Agdar se puso serio, mirando a su hija—. Chica será mejor que te acuestes temprano. Mañana tienes mucho por hacer.
Anna asintió, salió de la recamara de su primo y caminó a la suya, sentándose a la salida, junto a su mabari sin percatarse de que el pequeño Oren los había seguido.
—Mama dice que nos vas a cuidar tú, mientras papa este fuera. ¿Es verdad tita?—. Preguntó el niño.
Tita era como el infante le decía desde bebe, al no poder pronunciar correctamente "tía" y eso le parecía de lo más adorable a la pelirroja. De hecho, Oren era con quien más jugaba y se divertía sin restricciones, además de Olaf.
—Sí, es cierto—. Asintió la chica sonriéndole.
—¿Y si atacan el castillo?—. Se cuestionó el menor—. ¡¿Habrá dragones?!—. Chilló emocionado.
—Los dragones son criaturas horribles—. Explicó la joven—. Se comen a la gente.
—¡Sí! ¡Quiero ver uno!—. Exclamó aún más emocionado. Esta extraña fascinación por tales criaturas le provocó una especie de dejà vu a la chica, aunque no estaba segura de por qué exactamente.
—¿Y apoco vas a derrotarlo?—. Preguntó Anna divertida, fingiendo seriedad.
—¡Claro que sí!—. Contestó—. ¿Vas a enseñarme a usar la espata, tita? ¡Yo también quiero luchar contra el mal!
—Por supuesto que sí—. Le respondió asintiendo—. Es más, ¡te convertirás en el mejor espadachín de todo Ferelden! No, olvida eso, ¡serás el mejor guerrero de todo Thedas!
—¡Urra!—. Gritaba emocionado dando vueltas y corriendo por todo el lugar mientras simulaba tener una espada y exclamaba: —¡Toma eso, conejito gigante! ¡Todos los engendros teneborosos temen a mi espata justiciera!
El rostro se Anna se adornó con una pequeña pero sincera sonrisa.
La luz de la luna finamente bañó las tierras de Ferelden, anunciando la llegada del anochecer.
Su padre y su primo habían partido hace algunas horas y en este momento, Anna se encontraba tratando de dormir o eso aparentaba, puesto que aun llevaba puesta su armadura. Cousland se encontraba pensando en las opciones para su huida, tal vez podría escabullirse hasta los establos y tomar un caballo para después huir. También pensó en la posibilidad de escapar usando el pasadizo secreto de la despensa.
No importaba cómo, pero ella debía ir a Ostagar para unirse a la guerra.
Pero para que esto sucediera tendría que burlar a los guardias, pues estaba segura de que su padre ordenó que no le fuese permitido salir del castillo. Lo mejor que podía hacer era esperar a que no hubiera demasiados guardias. No era un buen plan, pero era el único que tenía. Además de que quería llevar a su sabueso con ella. Tal vez, con un poco de suerte lo lograría.
No obstante, tampoco quería irse, así como así, puesto que quería despedirse de todos: su madre, Gerda, Ofelia y sin duda de su pequeño sobrino Oren. Pensó en lo mucho que los extrañaría.
Un estruendo, casi como un rayo la asustó, aunque lo ignoró pues pensó que seguramente había sido algún sirviente que tiró algo. Así que siguió con sus meditaciones, sus pensamientos fueron cambiando poco a poco llegando hasta su prometido.
Hans era una persona en cierto grado complicada debido a que siempre buscaba la aceptación de su padre, al ser el menor de tres hermanos era excluido del cariño y atención de su progenitor. Sumado al hecho de que su madre murió durante su nacimiento. Hans se sentía solo y por eso actuaba de distintas formas con cada persona. Por eso ella quería ser esa persona quien le llenase el vacío de su corazón y alma. Por eso se enamoró de él, puede que en su infancia fuese una simple fantasía, pero ahora era algo mucho más fuerte.
Los fuertes ladridos de su sabueso la alertaron, se levantó de la cama y tomó sus armas, por precaución. Olaf ladraba y gruñía en dirección a la puerta.
—¿Qué pasa chico?—. Preguntó—. ¿Hay alguien ahí fuera?
El mabari contestó con un ladrido, para después gruñirle otra vez a la puerta. En ese momento la puerta se abrió de golpe y un criado entró en la alcoba, corriendo y con una mirada de pánico impresa en su rostro.
—¡Lady Anna! ¡Lady Anna!—. Gritaba el elfo—. ¡Ayúdadme! ¡Nos atacan!
—¡¿Qué diablos te sucede?!—. Exigió la joven Cousland con la adrenalina aumentando.
El elfo no pudo contestar puesto que una flecha atravesó su hombro izquierdo y después otra en su pierna derecha. El pobre elfo cayó de cara al suelo, mientras su sangre salpicaba el lugar.
Anna vio detrás a un hombre protegido con una armadura de cuero, similar a las de los hombres que acompañaban a su padre y al Arl esa misma mañana. Sin pensarlo dos veces, corrió a atacarlo, pero otros dos también se unieron a la batalla.
Una flecha se enterró en la madera de su escudo. La chica no pudo llegar hasta el aquero pues uno de los espadachines la detuvo. Anna se movió a la derecha y le cortó la rodilla con su propia arma. El hombre se desplomó piso mientras gruñía de dolor, antes de poder moverse, el filo de una espada se clavó en su yugular.
El perro de guerra se encontraba luchando contra el arquero quien guardó su arco y sacó un par de dagas. El sabueso mordió al hombre en su tobillo derecho con tal fuerza que terminó por destrozarlo. El soldado bramó de dolor e intentó apuñalar al animal, pero Olaf retrocedió, aun con sus dientes en el tobillo, derribó al arquero para después triturarle el rostro.
El tercer hombre fue en ayuda de su camarada, pero Anna lo golpeó con el escudo, derribándolo. El espadachín rodó y se levantó furioso. Cargó con su espada directamente a la Cousland, pero ella la desvió con su propia espada, tirándola de sus manos. Anna hundió su espada en el hígado del soldado.
En ese momento, su madre llegó corriendo desde la puerta de su propia habitación. Iba vestida con una armadura igual a la de ella, pero de un color más oscuro. Además, estaba armada con un arco largo y un carcaj de flechas.
—¡Cariño!—. Exclamó con alivio su progenitora—. ¿¡Estas bien!? ¡Escuché sonidos de batalla fuera de mi habitación!
—Sí, estoy bien—. Asintió—. ¿¡Qué rayos está sucediendo!?
—Un grito me despertó. Había hombres en el pasillo, así que atranqué la puerta—. Explicó Idun—. ¿Has visto sus escudos?—. Su rostro se frunció furioso—. ¡Eran hombres de Howe! ¡¿Por qué nos han atacado¡?!
Anna miró los escudos de los soldados y, efectivamente, tenían el blasón de Amaranthine: un oso pardo, con dos escudos amarillos paralelos y otros dos blancos.
—¡Han traicionado a padre!—. Entendió la hija del Teyrn—. ¡Nos han atacado aprovechando que nuestras tropas han partido!—. No entendía por qué el Arl traicionaría a su padre, atacando y tomando el castillo, pero estaba segura de que obtendría respuestas, aunque tuviera que ir hasta Amaranthine y exigirlas ella misma. Incluso si tuviera que plantarse ante lord Rendon Howe y sus hijos, Nathaniel y Delia.
"Pero Hans no. Estoy segura de que Hans no tiene nada que ver en esto. Su familia lo odia y él a ellos".
—No creerás que los hombres de Howe se retrasaron apropósito…—. Su madre entendió sus palabras, haciendo las conjeturas—. ¡Maldito bastardo! ¡Le rebanaré el pescuezo yo misma!
—Será mejor que busquemos a Ofelia y a Oren-. Dijo la pelirroja preocupada.
—¡Andraste misericordiosa! ¿Y si los intrusos han entrado antes en los aposentos de tu primo? ¡Vamos a ver! ¡Aprisa! ¡Luego escaparemos!
Ambas corrieron a la habitación de Fergus, unos metros más adelante seguidas por el mabari. La puerta se encontraba entreabierta, desprendiendo un aura aterradora. Anna abrió lentamente la puerta, temerosa de lo que podría encontrar al otro lado.
Cuando la madera ya no cubría el interior, encontraron una escena más macabra que el demonio más poderoso de todo el Velo. Un rio de sangre corría por todo el piso. Delante, el cuerpo de Ofelia yacía sin vida y a un lado, con su mano sosteniendo firmemente el brazo de la mujer, estaba la figura de un infante; era Oren quien yacía bocabajo sin señal de vida aparente.
Idun se lanzó hacia el cuerpo del niño, abrazándolo con enorme fuerza intentando hacer que despertase de su sueño permanente.
—¡NO! ¡Mi pequeño Oren, no!—. Gritaba desconsolada con una expresión de horror, mientras sus lágrimas se mezclaban con el líquido rojo—. ¡¿Qué clase de monstruo es capaz de hacer esto?!
Olaf se acercó al rostro del niño, lamiéndolo y aullando tristemente, intentando hacer que reaccionara.
Anna permanecía de pie ante la escena, incapaz de procesar lo que veía. Su mandíbula se tensó a tal punto que parecía que sus dientes se triturarían. Un nudo le raspó la garganta. Lágrimas comenzaron a brotar, mientras se tambaleaba para finalmente caer de rodillas al piso, puso sus manos sobre la sangre. Ahora sus ojos llovían, desconsolados.
—E...ellos no están tomando re…rehenes—. Balbuceó su madre—. Están matando a todos…
—¡Maldito Howe!—. Gruñó la pelirroja apretando los puños—. ¡Yo misma te asesinaré, maldito bastardo! ¿¡Oíste traidor!? ¡Yo acabare con tu deplorable existencia!—. Sus gritos resonaron por las paredes del castillo Cousland.
En este punto ya no le importaba nada, solo tenía un objetivo en mente y ese era vengar la muerte de su sobrino. Sin importar quien se pusiese en frente, incluso si fuese su prometido, haría pagar a Howe por su traición.
Y pensar que tan solo esta mañana el muy maldito la saludó como siempre. "!Desgraciado hipócrita!".
Salieron de la alcoba, con terrible impotencia y dolor en sus corazones, lamentablemente no podían hacer nada. Atrás dejaron el cuerpo de Ofelia y Oren, en la cama bocarriba, tal vez no podrían darles un buen entierro. pero al menos dejarían que sus cadáveres descansaran donde era debido.
Antes de proseguir su camino, la chica decidió buscar en el cuarto de sus padres debido a que probablemente su progenitor dejó algo de importancia en algún cofre. Primero buscó en dos, donde simplemente encontró cataplasmas curativas y algunas monedas de plata.
Pero detrás de algunas cajas, muy bien escondido, encontró un tercer cofre el cual estaba cerrado con seguro. Pero no era un cofre común puesto que tenía grabados en oro y diamantes, además tenía un pequeño copo de nieve en la parte superior y era mucho más pequeño que los anteriores.
Por suerte sabía cómo abrir este tipo de cerraduras así que con un pequeño alambre logro forzar la cerradura.
Lo primero que encontró fue una pequeña capa azul, como para una niña de seis a nueve años, por lo que la guardó en una pequeña maleta de cuero que llevaba colgada, seguramente valía algunas monedas de plata, razonó. Al removerla descubrió un pequeño anillo de oro y decidió guardarlo pues también podría venderse.
Pero lo que más le llamó la atención fueron algunos dibujos hechos en pergaminos con pintura azul: desde paisajes hasta ciudades eran plasmados en estos, pero sin mayor detalle pues era notorio que fueron hechos por un niño. No obstante, más extraño era uno donde estaban sus padres e incluso ella pero había una niña la cual no podía reconocer, además de que en cada dibujo estaba el nombre de la persona y en el de la niña solo había un "yo", lo que aumentó más su curiosidad.
También encontró un sobre con el sello de su padre, por lo que decidió guardarlo pues podría ser importante y no debía caer en manos del traidor. Salió de la habitación y fue con su madre para pedir explicaciones acerca del extraño dibujo, el cual era el único que había decidido llevar consigo.
—Madre, ¿podrías explicarme quien es esta niña?—. Preguntó mostrándole el dibujo y señalando a la extraña y también la prenda azulada. El rostro de su madre se iluminó en un extraño brillo de anhelo y tristeza mezclados con un poco de ¿felicidad?
—E…es e…ella—. Susurró la Teyrna en lágrimas, arrebatándole el dibujo—…y esta es… su capa…
—¿A quién te refieres? ¿Acaso conoces a esta niña?—. La curiosidad carcomía sus entrañas, ansiosa por descubrir ese misterio. Después de todo siempre le había encantado descubrir cosas nuevas.
Idun reaccionó luego de unos segundos y ,al entender que no podía explicarle a su hija en ese momento, decidió ocultar sus emociones y centrarse en el objetivo: escapar.
—Escúchame, Anna—. Se limpió las lágrimas y guardó el dibujo—. No hay tiempo para explicaciones, lo mejor es que escapemos. Los hombres de Howe están por todas partes.
-¡Entonces debemos atacar!—. Exclamó sedienta de venganza.
—¡No seas tonta! ¡Será una muerte segura!—. Reprendió la Teyrna—. Lo más probable es que los hombres del Arl ya se hayan apoderado del castillo. Debemos usar el pasadizo de la despensa para escapar. ¿Me oyes?
—¡Quiero matar a Howe!—. Reclamó Anna con fervor—. No dejaré que esa rata traicionera escape impune.
—¡Pues entonces sobrevive para cobrarte venganza!—. Le ordenó, mirándola suplicante.
Anna sabía que era cierto, por lo que decidió reservarse sus protestas y salir lo más pronto posible del castillo, así que guardó los objetos dentro del pequeño morral y cogió sus armas.
La pelirroja, su madre y el sabueso corrieron fuera del área de recamaras señoriales, por el pasillo donde encontraron otros cuatro soldados de Amaranthine. Anna corrió a atacarlos junto a su perro, mientras su madre preparo su arco y flechas.
La pelirroja derribó a un arquero con su escudo, pero no pudo rematarlo ya que la espada de otro se interpuso en su camino. La chica realizaba ataques demasiado directos y agresivos, deseosa de liberar toda su frustración y furia; pero este tipo de movimientos casi le costó la vida pues en un ataque demasiado violento con el arma perdió su equilibrio lo que le permitió a su ponente derribarla con una patada.
Anna cerró los ojos, esperando su inevitable final. Pero cuando su muerte no llegó, abrió los ojso y vio que el soldado tenía una flecha encajada en el rostro y otra en su abdomen. El hombre cayó agonizante y ella se levantó rápidamente.
El mabari se encontraba batallando con un soldado quien tenía dos dagas. El perro se descuidó y entonces casi es apuñalado en su lomo, pero Anna logró llegar a tiempo y atravesar al tipo con su espada, mientras el perro le mordía la rodilla.
Una flecha golpeó su escudo y otra casi le da en la pierna, alzó la mirada y vio al arquero quien preparaba otra flecha.
A su izquierda, su madre esquivaba los ataques del cuarto guerrero, quien en un movimiento pudo desorientarla con el escudo y tirarla con un movimiento de su pierna.
Anna le indicó a su sabueso que atacase al de los proyectiles, el perro cargó hacia este mientras ella iba en ayuda de su madre.
El hombre la vio y giró, encarándola. Chocaron sus espadas mientras sus escudos bloqueaban los intentos de traspasar sus movimientos. Anna gruñó, dio una vuelta y le dio un rodillazo en la pantorrilla izquierda. El soldado se tambaleó y entonces ella lo apuñaló en el hígado, el soldado rugió de dolor mientras caía muerto.
Olaf se abalanzó sobre el arquero, derribándolo y dándole la oportunidad al perro de morder directo en la garganta. Ahora su pelaje blanco era teñido por múltiples manchas carmesí.
Continuaron su recorrido por los amplios pasillos de roca, pilares tallados y hermosas paredes decoradas. Cuando llegaron al corredor que las llevaría directo a la cocina, este tenía un enorme polín de madera atravesado ardiendo en llamas, por lo que tuvieron que desviarse e ir hacia el gran salón.
—Cariño—. Dijo su madre al pasar por una extraña puerta de hierro—. Ten esta llave, es para abrir el tesoro familiar. Es una espada la cual ha estado en el linaje Cousland por generaciones y es con la que tu abuelo luchó en contra de los orlesianos—. Explicó mientras le daba una llave—. Tómala, no debe caer en manos de Howe.
Anna cogió la llave y abrió la puerta. Dentro solo había un cuarto vacío y al fondo otra puerta, pero de acero en lugar de hierro, su madre le indicó que era en esa puerta donde se guardaba dicha arma. Al entrar, lo primero que observó fue una armadura de escamas la cual se puso sin dudar.
Era de color gris muy oscuro en las partes de escamas que eran el pecho, los hombros, muslos y pantorrillas. Lo demás era de color café también muy oscuro y cubría lo que las escamas dejaban desprotegido. Lastimosamente, no había botas o guantes o incluso algún yelmo de ese material por lo que tuvo que quedarse con sus guanteletes y botas de cuero.
Al acercarse a un cofre, lo abrió y encontró una hermosa espada hecha de plata, Anna quedó maravillada por su brillo. Además, un escudo cometa la acompañaba, con el blasón de Pináculo en el centro: una gota verde sobre una torre gris. Agarró todo y dejó sus viejas armas allí para después salir y proseguir su recorrido junto a su madre y su sabueso.
En el camino, a las afueras de la puerta lateral izquierda del gran salón encontraron otros tres soldados de Howe, esta vez luchando con un guardia del castillo .Los hombres de Amaranthine iban mejor armados, puesto que el guardia solo tenía una espada y un escudo mientras que los del Arl tenían dagas, una espada larga a dos manos y un arco.
El de las dagas logró apuñalarlo por la espalda en la parte baja, el guardia gritó de dolor, mientras se arrodillaba en el piso, esperando su destino. El de la gran espada estaba a punto de decapitarlo, pero el mabari se abalanzó sobre él, tirándolo al piso.
Su camarada intentó quitarle al perro de encima pero un dolor agudo le recorrió desde el hombro, al examinar se dio cuenta de que una flecha había sido enterrada en él. De un momento a otro, una espada le atravesó el estómago, muriendo sin oportunidad de atacar.
El último de los hombres se alejó mientras preparaba una flecha, pero fue alcanzado por el mabari el cual mordió su tobillo derecho, el dolor era tan insoportable que cayó de cara al suelo para después ser arrastrado por el fuerte animal quien lo llevó hasta su ama quien lo ejecutó con un corte en la yugular.
Cuando terminaron con los enemigos, se acercaron al guardia quien yacía bocabajo en el suelo. Al examinarlo bien, vieron que la herida le había provocado una fuerte hemorragia por lo que ya no se podía hacer algo para salvarlo.
Entraron por la puerta y dentro del gran salón había más soldados de Howe, pero eran detenidos por los guardias del castillo. Detrás de todos estaba una maga, quien lanzaba conjuros y hechizos para dañar a los soldados de Pináculo.
Anna cargó en contra de esta maga, en su camino logró cercenar con su espada a dos hombres más del Arl, uno en el hígado y otro en el riñón y ambos se tambalearon para ser reamados por los guardias del castillo.
Pero cuando casi llegaba a la hechicera, esta hizo una especie de ademan con sus manos y un dolor agudo comenzó a incrementarse en el cuerpo de Anna, al observar mejor, vio que de la maga procedían una especie de rayos azules y estos eran los causantes de su dolor. Pero no se rendiría tan fácilmente por lo que se obligó a seguir su camino.
La maga hizo más movimientos con sus manos y, de repente, la cabeza de la pelirroja retumbaba, era como si mil tambores tronaran en su cabeza. Se arrodilló intentando hacer esa sensación se estuviese. De un momento a otro, el dolor se detuvo.
Al alzar la mirada vio que la maga tenía una flecha incrustada arriba del pecho, otra en su muslo izquierdo y una más en el brazo. La mujer cayó de espaldas y su sangre lentamente corrió por todo el piso. Anna se levantó y al mirar su panorama, ya no había hombres del Arl, simplemente sus propios soldados.
—¡Cerrad las puertas, atrancadlas, muévanse, muévanse!—. Ordenaba un caballero a los demás guardias, quienes se apresuraron a atrancar la puerta principal del gran salón, la cual conducía a la entrada principal del castillo, además de ser su última defensa.
—¡Mis damas!—. Vociferó el caballero, ser Derrick era su nombre—. Me alegro de que estéis bien, creí que los soldados de Howe habían logrado entrar.
—¡Es que han entrado!—. Le espetó la joven con las cejas fruncidas.
—Han matado a Ofelia y al pequeño Oren…—. Declaró la Teyrna en un susurro doliente.
—Lamento mucho escucharlo—. El rostro de ser Derrick se contrajo en una mueca amarga—. Espero nos perdonéis por no haber protegido mejor el castillo—. Se lamentó—. Pero no hay tiempo, los hombres del Arl están intentando entrar. He cerrado las puertas, pero no soportarán por mucho tiempo. Aunque que me cueste admitirlo, el castillo será tomado. Deben escapar cuanto antes, mis damas—. Explicó señalando la gran puerta la cual era bloqueada por los guardias con algunos polines de madera, mientras desde fuera se escuchaban los golpes intentando derribarla.
—¡No!—. Se negó Anna con terquedad—¡Yo me quedo para combatirlos!
—Hija—. Le dijo Idun poniendo una mano en su hombro—. Entiende que debemos escapar cuanto antes, ya vendrá el amanecer de la venganza. Pero por el momento es vital llegar a Ostagar y contarle a tu padre lo sucedido.
—¡Apresúrense, mis señoras!—. Gritó ser Derrick quien ahora estaba ayudando a bloquear la puerta—. ¡Llegad con el Teyrn y haced que Howe pague por sus crímenes ante el mismo rey!
Anna dio un último vistazo a los valientes guardias y caballeros, dispuestos a sacrificar sus vidas para que ellas se salvasen. Los sonoros golpes del otro lado eran como martillazos, los cuales resonaban cual campanadas, anunciando la llegada de la muerte.
Salieron por la puerta paralela a la que entraron, situada en una esquina. Corrieron y corrieron, dejando atrás numerosos cuerpos de soldados, guardias y criados. Hasta que por fin llegaron a su destino. Entraron en la cocina y dentro estaban Gerda, los dos criados elfos y un hombre. Al acercarse, Anna se dio cuenta de que era el mismo hombre que había derrotado esa misma mañana, ser Kai.
—Gerda, Eärendil, Amarië, Ser Kai-. Nombró su madre a los presentes, quienes se encontraban tratando de encontrar objetos para volquear la cocina—. Vengan con nosotras, debemos escapar cuanto antes. Usaremos el pasadizo de la despensa. ¡Aprisa!
La chica quiso protestar acerca de esto, pues solo las retrasarían; tal vez solo llevaría a Gerda, pero los otros le parecían un estorbo. No obstante, prefirió no hacerlo puesto que era preferible salvar a cuantos se pudiera. No permitiría que más sangre inocente fuese derramada.
Entraron en la despensa y, en una esquina, movieron algunas cajas y costales. Detrás de estos, había una pequeña rendija a ras del piso, la cual abrieron y descendieron por un angosto túnel. Anna ayudó a su perro bajar y a pasar por el pequeño lugar. El pasadizo los condujo hasta fuera del castillo, en los jardines traseros, los cuales llevan directo al bosque.
Salieron del túnel y corrieron en dirección a la seguridad que los arboles les proporcionaban, pero más adelante encontraron a otro grupo de enemigos. Eran cuatro en total, además uno de ellos era un caballero y llevaba una armadura igual a la de ella, pero si tenía grebas, guantes y yelmo, también portaba un enorme martillo de hierro.
Anna cargó en contra del caballero, esquivando algunos ataques de los demás soldados. Cuando alcanzó a su objetivo, este lanzó un golpe con su enorme martillo y la chica se agachó e intentó cortar al hombre en las rodillas. Sin embargo, la gruesa armadura lo protegió, así que intentó golpearlo con el escudo, pero un barrido del martillo la derribó.
La chica rodó y se reincorporó, esquivó otro martillazo y vio una abertura en la armadura, justo en la parte de la axila. Así que, cuando el caballero alzó su martillo, Anna aprovechó la oportunidad y con un rápido movimiento logró encajarle su espada en la axila y llegar hasta el hueso, después retiró su arma, retrocediendo un paso.
El hombre gimió de dolor, mientras se arrodillaba agonizante. La pelirroja giró su espada y la enterró por el visor del yelmo de su oponente, matándolo al instante.
Cuando alzó la mirada vio que sus acompañantes ya habían terminado con los demás, incluso los criados y su nana tenían piedras en las manos. Su madre le sonrió levemente y ella le devolvió la sonrisa inconscientemente.
De pronto, todo se movió en microsegundos para la pelirroja.
La sonrisa se esfumó, mientras escupía un líquido rojo, se tambaleó a punto de caer. En la distancia vio a un hombre preparar otra flecha. Anna corrió tan rápido como sus piernas le permitieron, mientras gritaba, pero el proyectil ya estaba en el aire, para cuando ella llegó, la flecha atravesó el cuerpo de Idun. Su madre comenzó a caer de cara al piso, pero Anna consiguió sostenerla.
—¡MAMA! ¡MAMA!—. Chilló desesperada mientras sus lágrimas empañaban su vista—. ¡Mami! ¡Mami! ¡No te mueras, por favor!—. Los gritos se convertieron en sollozos.
—Ca…cariño—. Tosió sangre—. Te…amo nun…nunca lo olvides, a… ambas, bus…cala dile que siem…pre las amaré—. Intentó tocar el rostro de su hija—…Anna, búscala, te… lo ruego—. Su mano cayó al piso, sin alcanzar el rostro de Anna.
El brillo de vida en sus ojos se fue apagando, como una pequeña vela en una feroz tormenta. Anna gritaba, lloraba y rogaba, pero su madre no despertaba. No supo cómo ni cuándo, pero al mirar estaba siendo cargada por Ser Kai lejos del lugar. Por más que luchaba para regresar con su madre, el hombre no cedía.
Anna alzó por última vez la cabeza y desde una pequeña colina distinguió al mismísimo Arl Rendon Howe, armado con un arco y una flecha burlándose de su desgracia. Pero a un lado de este, la figura de un joven se alzaba victoriosa ante la luz de la luna con su espada al aire y con el estandarte de Amaranthine siendo ondeado por la brisa.
—No… No puede ser—. Su leve susurro se perdió en el viento, mientras las lágrimas caían como el rocío—. ¿Por qué tu…? Hans…
Nota de autor
Por favor no me maten xd. Sé que soy demasiado cruel pero no se preocupen que ya vendrá el turno de Anna…
Espero que les haya gustado el capítulo y esperen el siguiente la próxima semana. Hasta la próxima.
