Nota de autor
Hola de nuevo chicos. Lamento mucho la tardanza del capítulo, en serio no esperaba tardar demasiado al escribirlo. La buena noticia es que ya tengo una computadora provisional así que será más fácil escribir ahora. Por cierto cualquier error gramatical y topográfico favor de hacérmelo saber para corregirlo.
Por cierto quiero decirles que actualice el prólogo, no afecta en nada a la historia pero me gusto más como está ahora y espero que a ustedes también.
Agradezco en demasía sus comentarios y apoyo, en serio me hacen desear continuar con esta apasionante historia. Espero que les guste el capitulo.
Capítulo 9—La Espesura
Los tres aprendices y el joven guarda gris caminaban por el denso follaje de la espesura de Korcari, el resbaloso lodo dificultaba aún más su travesía. El cielo había perdido todo rastro de luz y era como una gran capa de humo negra que se alzaba sobre ellos.
Las pocas hojas que los arboles tenían estaban completamente secas y eran de un color amarillezco e incluso algunas parecían negras. Además, algunos árboles estaban medio hundidos en el pantano y los que seguían en pie mostraban signos de descomposición, como si estuviesen enfermos.
Lagos y estanques sucios con yerba y flores saliendo del agua contaminada. Ningún pájaro cantaba en los árboles. Ninguna bestia acechaba a través de los matorrales manchados con moho y algo negro. Solo el distante aullido de los arboles daban la sensación de que la Espesura estuviese habitada; paciente y despiadada por incautos que cayesen en sus garras.
La densa neblina no ayudaba en mucho, nublando su visión y sin permitirles ver más allá de diez metros. Los charcos no eran muy bien recibidos por parte de los viajeros pues estropeaba sus armaduras y túnicas.
—Maldición, creo que después de esto mi armadura terminara por oxidarse—. Alistair refunfuñó—. Que mal, solo tenía dos meses de haberla comprado.
—Tenemos otras preocupaciones más importantes, guarda gris—. Ddijo con respeto uno de los aprendices. Ser Jory era su nombre, solía ser un caballero que sirvió bajo el mando del Arl Eamon, de Risco Rojo y que ahora tenía deseos de convertirse en guarda gris para poder salvar a su esposa embarazada que dejó en Risco Rojo de la Ruina que se avecinaba. Tenía una armadura igual a la de Kristoff y estaba armado con una gran espada a dos manos. Su cabellera era de un tono café rojizo.
—El caballerito tiene razón—. Asintió el otro recluta. Daveth se nombraba. Era un ex ladrón que vivía en Denerim pero fue capturado y condenado a muerte, de no ser por Duncan quien le salvo de la horca y ahora estaba al servicio de los valerosos guardas grises. Vestía una armadura de cuero crudo la cual cubría bastante bien la mayor parte de su cuerpo y tenía un arco largo junto a un carcaj de flechas. Su cabello era negro con una barba mal rasurada.
—Tenemos que apurarnos a cumplir la misión si queremos salir de aquí con vida—.Reconoció Kristoff.
—Tan solo espero que no nos encontremos con ninguna bruja…—. Murmuró el exladrón.
—¿A qué te refieres?—. Preguntó Elsa con curiosidad.
—Tal parece que no has escuchado las historias ¿verdad?—. Comentó inquieto sin dejar de caminar—. Niños robados en la Espesura, gente que no regresa a sus hogares tras atravesar la Espesura ¿te suena?
—No digas tonterías—. Exclamó ser Jory—. Si en verdad fueran reales esos cuentos, esas brujas ya habrían sido cazadas por los templarios. No hay manera de que puedan durar aquí.
—Dices eso porque no lo sabes—. Reprochó con nerviosismo—. Tienen una magia extraña, más de lo normal, se convierten en pájaros y bestias para cazar a cualquier hombre con quien se crucen. Si te atrapan, te llevan a su campamento para robarte tu esencia varonil ¡y luego te dejan a los cuervos para que te picoteen!
—Lo que sea que venga en nuestro camino lo solucionaremos—. Tranquilizó Alistair. Elsa no daba crédito al relato de Daveth, pues se le hacía bastante fantasioso, pero aun así decidió no bajar la guardia.
Todos apretaron el paso, con la esperanza de encontrar todo lo que Duncan les pidió de la manera más rápida y sencilla posible para mantenerse con vida. Caminaban sin hacer ruido alguno, más que el de sus propias pisadas.
Duncan, el guarda comandante les había solicitado dos misiones que, aunque sonaban sencillas, una vez en este horroroso pantano parecían imposibles de realizar. Sin duda alguna, la espesura de Korcari era el lugar más tenebroso en el que la joven maga haya estado. Incluso más que el Velo.
La primera tarea consistía en conseguir tres frascos de sangre de engendro tenebroso, uno por cada recluta así que tanto Elsa como Daveth y ser Jory necesitaba llenar sus frascos lo que significaba que tendrían que matar engendros tenebrosos.
Mientras que la segunda trataba de conseguir un antiguo documento de los guardas grises en la espesura, el cual quedo abandonado cuando la orden tuvo que evacuar a los puestos avanzados más remotos; Duncan le solicito personalmente a Alistair que consiguiera esos documentos y le indico donde encontrarlos.
En el camino se toparon con una manada de lobos la cual se dirigía directo a ellos. Todos se prepararon para la batalla, pero cuando los lobos los pasaron de largo, no comprendieron que sucedía.
—Pareciera que alguien o algo los asustó—. Se estremeció la rubia, mientras sostenía fuertemente su bastón.
—Solo un monstruo podría asustar así a un grupo de lobos salvajes—. Ser Jory tembló mirando en todas direcciones—. Puede que sea una bruja de la espesura—. Mencionó temblando el ex caballero. Al parecer el relato del otro recluta le afectó.
—Bueno, sea lo que sea le tendré una flecha preparada a ese bastardo—. Dijo con confianza el ladrón, aunque su voz vaciló.
El grupo prosiguió su camino sin más interrupciones, pero al cabo de unos metros divisaron una carreta volcada y alrededor había algunos cuerpos humanos: unos estaban mutilados, otros decapitados y algunos incinerados.
—¡Por allí!—. Exclamó la platinada señalando a un hombre arrastrándose y suplicaba por ayuda. Los cuatro corrieron a auxiliarlo.
—¿Quién… es?—. Balbuceó el soldado moribundo—. ¿Guardas… grises?
—Vaya, no esta tan muerto como parecía ¿verdad?—. Bromeó el joven guarda gris a lo que la hechicera lo fulminó con la mirada.
—¡Mi grupo fue atacado por los engendros tenebrosos! ¡Cientos de ellos!—. Gimió el soldado—. Salieron del suelo… ¡Ayudadme, por favor! Tengo que… regresar al campamento.
—Te llevaremos de vuelta—. Le dijo Elsa.
—Si podéis… vendarme las heridas, creo que… podré volver solo—. Se opuso el hombre herido.
—Tengo vendas en mi bolsa—. Dijo Kristoff para después arrodillarse y proceder a vendar al soldado. Cuando termino, lo ayudo a levantarse. Elsa le aplicó una cataplasma curativa para que sus heridas sanasen más rápido antes de que fuese vendado.
—¡Gracias!—. Agradeció gimiendo de dolor mientras se tomaba el abdomen con su mano y aplicaba el ungüento curativo—. Tengo… ¡tengo que salir de aquí!—. El soldado comenzó su camino de regreso al campamento, aunque cojeando.
—¿Lo habéis oído?—. Preguntó temeroso el castaño—. ¡Una patrulla entera de hombres curtidos, asesinada por los engendros tenebrosos!
—Cálmate, ser Jory. Todo irá bien si tenemos cuidado—. Intentó tranquilizar el guarda gris al recluta.
—Esos soldados lo tuvieron y mira cómo han acabado—. Replicó el hombre de Risco Rojo con el ceño fruncido—. ¿Cuántos engendros tenebrosos crees que podemos matar entre los cuatro? ¿Una docena? ¿Un centenar? ¡Hay todo un ejército en esos bosques!
—Hay engendros tenebrosos, sí, pero no corremos peligro de tropezar con el grueso de la horda.
—¿Cómo lo sabes? No soy un cobarde, pero esto es una temeridad y una estupidez. Deberíamos regresar—. Protestó el ex caballero. Elsa sentía que tenía razón, pues estar solo los cuatro en un pantano lleno de monstruos no era exactamente muy seguro, pero su sentido del deber le dijo que tenían que seguir adelante.
—Olvidas mi magia—. Comentó la platinada para calmar al recluta y calmarse ella misma—. No… creo que pase nada.
—Sigue sin gustarme la idea de encontrarnos con un ejército.
—Debes saber esto—. Comenzó Kristoff—. Todos los guardas grises pueden sentir la presencia de los engendros tenebrosos. Por muy astutos que sean, os garantizo que no podrán sorprendernos. Para eso estoy aquí.
—¿Ves, caballerito?—. Se burló el pelinegro—. Puede que nos maten, pero al menos no lo harán por sorpresa.
—Muy tranquilizador…
Después de esa discusión, los cuatro decidieron ponerse en marcha para poder salir de ahí lo más pronto posible. Elsa miro por última vez los cuerpos masacrados de los soldados y un escalofrió le recorrió la espalda.
"Espero que logremos salir de aquí con vida" pensó para después volver su mirada al frente. Debía estar al cien por ciento en todos sus sentidos.
Los cuatro llegaron hasta un enorme árbol caído el cual estaba recostado sobre unas ruinas de lo que parecía ser un templo o una torre ya que era parecido a las estructuras de la fortaleza.
Con cada paso que daba, el temor dentro del corazón de la platinada se incrementaba. Podía escuchar los latidos de su corazón aumentar su ritmo. Sus manos temblaban mientras sostenía su bastón lo más fuerte que podía. Las piernas lentamente le comenzaban a fallar…
Kristoff se tensó por un momento y dejo de caminar, preparando su espada y su escudo.
—Avancemos con cuidado…—. Susurró a sus compañeros mientras comenzaba a caminar lentamente.
De pronto, una flecha golpeo el árbol a su izquierda. Todos se pusieron en guardia, preparados para enfrentar lo que fuese a salir del oscuro pantano. Pero un horrible estruendo alerto a Elsa, miro a su derecha y vio a Daveth en el suelo y delante, una criatura del mismo infierno.
Tenía la piel pálida, con una extraña negrura sangrando de sus ojos y boca. Su rostro se asemejaba a uno humano, pero parecía más un cráneo con escamas con yagas y lesiones. Sus dientes eran afilados y su boca parecía estar cortada sin tener rastro de labios. Su armadura parecía estar hecha de hierro oxidado o cuero muy duro, ¿tal vez hueso?, con picos sobresaliendo de los hombros y rodillas.
El monstruo lanzo un horrible chillido y la ataco con un sable oxidado. Elsa a penas reacciono y logro moverse a tiempo. Con su bastón lo golpeo en la rodilla, pero fue inútil pues el monstruo seguía en pie; la derribó con un extraño escudo decorado con huesos y estaba a punto de atacar, pero la espada de Kristoff le atravesó el abdomen y cayo inerte al piso.
—¡Engendros! ¡Engendros tenebrosos!—. Gritó el guarda—. ¡Prepárense para luchar!
Elsa y Daveth se levantaron casi al mismo tiempo solo para darse cuenta de que sus compañeros se encontraban combatiendo con tres criaturas iguales a la anterior y uno más pequeño similar al que estaba en la fortaleza. El ladrón preparo su arco mientras que la rubia comenzó a conjurar hechizos.
Alistair estocaba su espada con uno, mientras que ser Jory decapitaba a otro con su enorme arma. El guarda gris vio una abertura y encajo su arma en el cuerpo del engendro para después golpearlo con su escudo.
El tercer engendro intento cortar al rubio, pero fue detenido por una flecha y después congelado en seco, para luego ser destruido por el ex caballero.
—¡¿Qué rayos son esas cosas?!—. Preguntó exaltado el castaño.
—A los grandes le decimos Hurlocks—. Explicó el rubio—. A los pequeños como enanos: Genlocks.
—Eso explica mucho ¿no?—. Dijo sarcásticamente el pelinegro.
—No tenemos tiempo para discutir—. Reprendió el guarda—. Rápido escondámonos detrás de ese árbol, vienen más engendros tenebrosos y sería un suicidio combatirlos de frente. ¡Vamos!
Sin pensarlo dos veces se lanzaron a la izquierda, directamente al pantano, ocultándose detrás de un árbol milenario, sus raíces expuestas hundiéndose en el lago, cubierto por arbustos muertos y lechos secos.
La Espesura estaba quieta bajo la intensa mirada de la niebla, y Elsa se estremeció con el agua hasta sus rodillas. Se apoyó contra la corteza llena de hongos tratando de mirar entre la niebla.
Entonces un hedor terrible y distintivo entro, Elsa cerró la boca para evitar las náuseas. Jory se veía pálido y tembloroso, y Daveth estaba reteniéndose a sí mismo del vomito.
La platinada miró desde atrás del árbol las repugnantes figuras que emergían de la niebla. Los engendros estaban aquí.
Había una docena de ellos, cada uno era una retorcida burla de la vida. Iguales a los anteriores con piel pálida y cabezas lampiñas. Rostros mutilados y emanando esa extraña negrura por todo su cuerpo.
Al observarlos mejor, se dio cuenta de que su armadura era un tosco pedazo de cuero complementado con hierro oxidado y hueso para las partes más vulnerables, mientras que sus armas eran instrumentos torpes y pesados de hierro y algunos escudos que parecían haber sido arrancados del cráneo de alguna criatura. Algunos complementaban su equipo con armas y armaduras saqueadas de entre los muertos.
Avanzaron arrastrando los pies, no en grupos disciplinados, sino como una masa tambaleante, gruñendo y mostrando esos dientes afilados como cuchillos.
Uno que parecía ser el líder, levantó su espada bruscamente para detener a los que iban detrás. Su armadura era diferente al resto, pues esta era completamente de metal oxidado y no parecía dejar piel expuesta. Llevaba un yelmo astado, aunque solo cubría parte de su cabeza.
Detrás había tres criaturas más bajas, del tamaño de un enano. "Genlock" había nombrado Kristoff, por lo que el otro debía ser un "Hurlock". Todos los engendros tenebrosos movían sus ojos hundidos y en blanco estudiando el paisaje.
—Daveth—. La voz de Kristoff apenas era un susurro—. Acaba con el hurlock y los arqueros. Luego saca tus dagas y atacaremos al resto a corta distancia. Elsa, tu cúbrenos desde una distancia prudente, bien sabes que las túnicas no son muy efectivas contra espadas y hachas.
Asintiendo con la cabeza, Daveth colocó una flecha en la cuerda del arco. En la tranquilidad de la Espesura, el crujido de la flecha con la cuerda parecía retumbar en el silencio del pantano. El Hurlock lo escuchó con claridad, emitiendo un gruñido para después avanzar hacia ellos.
La flecha golpeó contra su garganta antes de que pudiese dar un paso, en una abertura que el pícaro apenas había logrado visualizar en la armadura de la bestia. La sangre negra y viscosa brotaba de la herida como una cascada y cayó hacia atrás golpeando al suelo con un seco golpe.
Otras tres flechas volaron por el cielo para aterrizar justo en las cabezas de los tres arqueros. Los tres engendros cayeron inertes al piso, confundiendo a los demás.
Rápidamente, los tres hombres salieron de su escondite arrancaron sus piernas del fango y cargaron contra la fila de engendros tenebrosos que tenían delante, con gritos de guerra para intentar atemorizar al enemigo y darse valor ellos mismos.
La primera sangre fue para Alistair, quien al moverse más rápido que sus compañeros golpeó a un genlock con su escudo y hundió su espada en su riñón. Se cubrió del ataque de otro con el escudo y lo derribó con un golpe de su espada en las piernas.
Daveth y Jory llegaron con euforia a enfrentar al enemigo. El primero esquivaba con facilidad los torpes movimientos de las bestias y apuñalaba en los puntos vitales cuando veía la oportunidad. Mientras que el segundo derribaba y decapitaba con su enorme espada, incluso combatía con dos a la vez.
Elsa lanzaba hechizos a diestra y siniestra, congelando a los que se encontraban a la espalda de sus compañeros y electrificando a los que intentaban llegar hasta ella. Se había subido en el tronco caído y tenía una perfecta visión sobre el campo de batalla.
La rubia visualizó a un genlock que casi apuñala por detrás a ser Jory, pero con un movimiento de su bastón lo inmovilizó gracias a un hechizo llamado "parálisis". El ex caballero giró y con un violento movimiento de su espada, acabó con la vida del engendro.
Su emboscada había tenido éxito, más de la mitad de sus enemigos había muerto o estaban muriendo mientras presionaban el asalto. Cuando Elsa mató al penúltimo engendro tenebroso pensó sin duda que habían tenido éxito en la labor.
Y luego un fuerte rugido cortado en el estruendo de gritos inhumanos y golpeteo de cuchillas se oyó a lo lejos.
Hacia el este, más engendros tenebrosos emergían de la niebla, saltando desde una pequeña colina. Su líder era la cosa más atemorizante que Elsa hubiese visto, un Hurlock más grande que el anterior portando una armadura más pesada y fabricada con acero rojo, un yelmo completo rojizo con cuernos largos y una abertura para sus ojos. Distintas partes de víctimas decoraban su cuerpo como trofeos. Sus brutales manos blandiendo un enorme mazo de dos manos en una sola y una enorme espada en la otra.
"Por el hálito del Hacedor…" pensó aterrorizada al ver el gran grupo que avanzaba hacia ellos.
Con una orden ladrada, los engendros tenebrosos del fondo le lanzaron una holeada de flechas, como puntos negros desde el cielo, malvados y dispuestos a matarla silbantes como lluvia.
Aulló de dolor cuando una flecha le abrió la mejilla izquierda, con rapidez creó una barrera espiritual que bloqueó los proyectiles restantes.
Al dar un mal paso, resbaló con el húmedo tronco y cayó al piso.
—¡Alfa!—. Avisó Kristoff.
Cuando estuvo nuevamente de pie vio que sus compañeros serían rodeados, pues cinco engendros corrían por detrás del pantano, sobre una colina, para flanquearlos. Se armó de valor, cogió su bastón y corrió lo más rápido que pudo para detener a las criaturas.
Kristoff se cubría y después golpeaba, una técnica que en estos casos era vital. No podía dejar una sola abertura a los monstruos, acabado con dos en ese instante. Los otros dos hombres estaban en la misma situación solo que ahora Daveth disparaba flechas sin parar mientras Jory lo defendía.
De pronto una andanada de flechas cayó del cielo por lo que los tres tuvieron que juntarse para repeler los proyectiles. Alistair percibió una explosión y miró a la derecha, donde la maga acababa de matar a cinco genlocks que avanzaban por la colina.
Elsa respiraba agitada, al ver a sus compañeros arrinconados entendió que solo había una forma de salir con vida. Tenía que romper las filas enemigas. Corrió a lo largo de la colina, intentando no tropezar para poder llegar a un punto y lograr flanquear a sus enemigos.
El alfa debió haberse dado cuenta de sus intenciones puesto que comenzó a aullar a sus compañeros y con su espada les hizo una señal a cuatro hurlocks para que la interceptasen.
Elsa continuó corriendo por la colina, poniéndose de pie cada vez que sus botas resbalaban en el suelo, lleno de sangre, además de ser un pantano. Una flecha rozó su hombro izquierdo pero el miedo, la ira y su propia voluntad le dieron velocidad a la chica. Un gruñido se escapó de sus labios cuando acabó con la primera fila de arqueros debajo de la colina.
Estaba a punto de atacar al resto, pero un fuerte rugido la alertó y cuando se dio cuenta, cuatro hurlocks avanzaban violentamente contra ella y detrás iba el alfa.
Sentía que su maná se estaba agotando y no podría continuar lanzando hechizos hasta que se recargase.
Así que, con un último hechizo, aplicó daño espiritual a un hurlock quien comenzó a hacerse cada vez más lento hasta que explotó. Dos de los que lo acompañaban salieron disparados a los lados, muertos también. Pero un cuarto y el alfa aun iban por ella.
Kristoff vio que las flechas habían dejado de caer y los engendros estaban un poco confundidos y desorganizados, algunos corrían a la colina y otros se mantenían en sus posiciones por lo que decidió que era hora de enfrentarlos.
Con un grito se lanzó y, junto al recluta Jory, cargó en contra del grupo de engendros mientras que Daveth los masacraba desde la distancia.
Desviando la punta de una lanza con su espada, el rubio se abrió paso entre las filas de monstruos mientras el castaño los derribaba con un barrido de su gran espada.
Uno a uno, fueron cayendo los engendros tenebrosos. Cuando se dieron cuenta, ya solo quedaban cinco los cuales corrían a una colina a su derecha.
Sin pensarlo, los hombres persiguieron a las criaturas. Pero al subir la colina miraron con horror como su compañera era rodeada por el alfa y otro hurlock, y los otros engendros iban hacia allá.
Ser Jory tomó una lanza tirada y la arrojó fuertemente contra uno, atravesándolo por el pecho. Kristoff corrió lo más rápido que pudo para salvar a su compañera y Daveth intentaba derribar al alfa y a los otros con sus flechas, pero solo les atinó a dos.
Elsa se encontraba acorralada, tenía su bastón al frente de su rostro intentando protegerse, pero sabía que no serviría de nada sin su magia. El hurlock cayó muerto por una flecha, pero en ese momento el alfa la atacó con su mazo y espada.
Apenas logró moverse y esquivar los ataques, al aventarse, pero casi se golpea con una gran roca. Otro hurlock la alcanzó. El alfa alzó ambas manos dispuesto a atacar.
Iba a matarla.
Sabiendo que no tenía alternativa, lo intentó.
Cerró sus ojos, soltó su bastón y extendió sus manos. Pensó en todas sus emociones que sentía en ese momento e incluso en emociones pasadas de recuerdos lejanos y no tan lejanos.
De pronto una fuerte ventisca helada fue desprendida de sus extremidades, congelando por completo al alfa y al hurlock además de otros dos engendros que también estaban cerca de la zona.
No entendía como lo hizo, fue como una gran explosión mágica, pero sabía que no había sido por la magia del Velo pues se había sentido muy distinto. Era como si una parte de ella hubiese sido desprendida de su ser, sentía que se había liberado de un gran peso de encima.
En ese momento sus compañeros llegaron.
—¡Eso fue increíble!—. Murmuró Kristoff con la boca abierta.
—Sí, no sabía que los magos pudieran hacer algo tan asombroso—. Reconoció ser Jory.
—Es cierto, ¡incluso congelaste al resto!—. Exclamó Daveth asombrado—. Por poco sentí que también nos congelabas—. Se rio entre dientes.
Elsa miró en ese momento la masacre que tenía frente a sus ojos.
Entre los cuatro habían logrado acabar con veintinueve engendros tenebrosos y sin bajas propias, aunque aún habían sido heridos de alguna forma; ser Jory se sujetó con cautela el abdomen tras haber recibido el golpe de una maza de engendro tenebroso. Mientras Daveth presumía de múltiples cortes por todo el cuerpo. Kristoff se sobaba la pierna con cuidado mientras que también se revisaba el brazo izquierdo.
El corte que ella había recibido en la mejilla goteaba y ardía terriblemente. Tomó un pañuelo de su mochila y lo paso por la herida. Los demás se untaron cataplasmas curativas en sus heridas para después vendar algunas.
—Hacedor eso fue… ¡No puedo creer que hayamos hecho eso!—. Expresó radiante el ex caballero.
—Te lo dije, compañero—. El pícaro ladrón guiñó un ojo—. Después de todo somos Guardas Grises… O reclutas, ¡pero lo somos!
—Bien hecho todos—. Felicitó el ex templario sacando las fechas de su escudo—. Ahora deberíamos llenar los frascos con esa sangre.
Los tres reclutas se pusieron a llenar sus frascos. El hurlock alfa ya se había descongelado y ahora yacía muerto con un gran corte que Daveth le hizo en la garganta, sorprendentemente su sangre fluyo.
Animada por los demás, Elsa llenó su frasco con la sangre del alfa. Sonriendo con satisfacción, la hechicera deslizó el frasco por su bolsa de cinturón.
—¿Estas bien, Elsa, eso fue algo arriesgado para ti, no?—. El rostro de Alistair reflejaba su preocupación.
—Pero era necesario—. Objetó la platinada—. Ustedes estaban inmovilizados y era la distracción que necesitaban. Lamento si les di un susto allí.
—Bueno todos estamos aquí gracias a ti—. Sonrió—. Solo intenta no ir por ti misma en el futuro. Duncan no estaría exactamente contento si perdiera a su recluta más prometedora después del reclutamiento—. Bromeó.
—¡Oye! ¡Estamos aquí!—. Reclamó el ladrón ofendido.
—Tiene razón, Daveth—. Razonó Jory—. Ella podría acabar con nosotros en un abrir y cerrar de ojos. Podríamos aprender uno o dos trucos de su libro—. Dijo en tono de broma.
—Trato—. Elsa declaró riéndose levemente de las disputas entre Daveth y ser Jory.
—¡Vamos, reclutas!—. Exclamó Kristoff una vez que todos estuvieron listos para continuar. ¡Los tratados nos espera!
Los cuatro comenzaron a caminar, adentrándose más en la peligrosa Espesura de Korcari.
Al menos ya habían completado una de las dos tareas así que ya solo bastaba ir hasta el alijo de los guardas grises y buscar el documento que Duncan pidió.
"Mas fácil decirlo que hacerlo" pensó con ironía la rubia, "Ojalá nuestra suerte mejore"
Anna había recorrido un gran tramo de camino sin descanso alguno, ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba caminando, lo único que le importaba era llegar al sur. Los días pasaban sin importancia para la pelirroja. Su propio hedor apenas le molestaba.
El fluir del río a su derecha era tentador. No se había dado un baño adecuado en días y su cuerpo exigía a gritos un descanso. Tuvieron suerte de encontrar a aquella pequeña posada hace una semana, de lo contrario Anna dudaba que hubiesen podido seguir adelante.
Sus demás compañeros la seguían unos metros más atrás, incluso el mabari iba con ellos puesto que su ama no estaba de humor para tener compañía.
El plan era, básicamente, seguir el Río Dane hasta su desembocadura en el lago Calenhad. Afortunadamente, pudieron atravesar Colina Occidental sin problema alguno y ahora se adentraban en las tierras del Bann Loren Oswin.
El Río Dane era legendario, pues fue allí donde el Teyrn Loghain y la reina Rowan combatieron y derrotaron a los orlesianos, alzándose como auténticos héroes de Ferelden. Gracias a esa victoria Maric Theirin pudo colarse en el campamento de un mago orlesiano y asesinarlo, eliminando la mayor amenaza para los rebeles. Tres años después, los orlesianos fueron expulsados del país.
La pelirroja no quería detenerse por nada del mundo, pues horas antes fueron rebasados por un grupo de jinetes con el estandarte de Amaranthine y probablemente también se dirigían al sur. Afortunadamente lograron esconderse entre los árboles y matorrales que los extremos del camino ofrecían.
Sus pies suplicaban por descanso, pero su mente exigía que continuase. Además de que la armadura le comenzaba a molestar bastante y su estómago clamaba por alimento; desgraciadamente no había empacado nada para comer por lo que su hambre debía esperar.
De pronto el sonido de un cuerpo cayendo al piso detuvo su andar. Al voltear vio que su nana estaba hincada en el piso y los demás intentaban ayudarla. De inmediato corrió a socorrerla.
—Gerda, ¿te encuentras bien?—. Preguntó preocupada mientras la ayudaba a levantarse.
—Sí, querida—. Respondió la mujer mayor—. Solo tropecé, no te preocupes.
—¿Estas segura?—. Anna no estaba convencida—. Creo que lo idóneo es que descansemos un rato, no expondré tu salud.
—No se preocupen por mí, debemos continuar—. Protestó la mujer.
—Ni una palabra más—. Decretó la pelirroja—. Acamparemos aquí mismo.
—Espere, mi señora—. Dijo el caballero—. ¿Ve el camino que forman estas rocas? He estado aquí antes—. Afirmó—. Más adelante hay una cueva que nos servirá como refugio.
—Me parece bien—. Asintió simplemente—. Pero necesito que me ayudes a llevar a Gerda—. Solicitó y el caballero asintió, acercándose—. Ustedes tomen las armas y llévenlas—. Les ordenó a los elfos quienes actuaron de inmediato.
Caminaron por el sendero rocosa y se adentraron en el bosque. Finamente llegaron a un pequeño claro donde los arboles los cubrían perfectamente y la cueva que ser Kai prometió.
Anna y ser Kai llevaron a Gerda dentro de la cueva, para después comenzar a hacer una fogata. Cuando el fuego estuvo listo, los elfos trajeron algunas hojas de palma para simular una especie de camas.
La noche llegó cuando los viajeros terminaron de hacer su campamento por lo que se sentaron alrededor del fuego con la intención de calentarse, incluso Anna se unió a sus compañeros con Olaf a su izquierda y Gerda a su derecha.
Nadie habló, no era necesario. No hacían falta palabras para expresar lo que cada uno sentía en ese momento. Finalmente, luego de mucho tiempo, la mujer mayor rompió el silencio.
—Creo que sería apropiado examinar todos nuestros recursos para determinar si llegaremos a nuestro destino sanos y salvos… O al menos en una pieza.
Todos juntaron lo que llevaban consigo a un lado de la fogata. Anna dejó su escudo junto a "Idun", su morral el cual llevaba dentro el pequeño anillo de oro que encontró en el cofre de su padre con la capa azul y una bolsa con cincuenta monedas de plata. Ser Kai colocó su espada y escudo junto a una bolsa con veintidós monedas de plata. Gerda solo puso un collar decorado con piedras brillantes más no costosas y un cuchillo de cocina. Eärendil puso una estatuilla de madera y su hermana Amarië veinte monedas de bronce.
—Sin duda no es mucho—. Reflexionó el caballero—. Debemos juntar todo el dinero que tenemos y quizás podríamos vender lo que no sirva como el anillo, la estatuilla, los collares, ese trapo y tal vez el cuchillo.
Erändil se movió incomodo ante la idea de deshacerse de su estatuilla, pero no dijo nada. Repartieron el dinero en partes iguales. Esto era mejor que llevar una bolsa con todo el dinero, pues si le pasaba algo estaban perdidos. Pero los objetos los guardaron en una mochila que ser Kai llevaba consigo.
Luego de eso acordaron que Anna y ser Kai se turnaron para hacer guardia. Ser Kai tuvo el primer turno y le dijo a la pelirroja que la despertaría en cinco horas.
Anna y los demás entraron a la cueva y cada uno se acomodó en las hojas, pero Olaf se quedó afuera para hacer guardia también.
Cerró los ojos e intentó descansar. Sin embargo, el sueño nunca llegó. Tal vez por su propia suciedad, pues su olor comenzó a afectarla. No obstante, su conciencia era lo que la mantenía inquieta. Se movió incomoda, provocando que su cabello enredado se jalara. Anna gimió hastiada y se levantó recargándose contra la pared de la cueva.
—¿No puedes dormir, mi niña?—. Preguntó Gerda desde su montículo de hojas.
—Deberías estar dormida, nana—. Comentó Anna, cerrando los ojos.
—Tú también, Anna—. Suspiró pesadamente—. Necesitas recobrar todas tus fuerzas para mañana, querida. Sé que has pasado por mucho y que estas semanas han sido muy duras para ti, pero sabes que puedes compartir tu dolor conmigo.
—Yo… es solo que… s…siento que nada tiene sentido…—. Exhaló cansada, llevándose las manos al rostro—. Que esto no es más que una pesadilla… una horrenda pesadilla…
—¿Sabes?—. Interrumpió la mujer—. En ocasiones es bueno sacar todo lo que sentimos. Créeme que nadie va a juzgarte por eso. Todos necesitamos llorar, Anna y eso no te hace débil.
Ella no respondió y se limitó a mirar la oscuridad mordiéndose el labio.
—¿Puedo… puedo dormir contigo?—. Su voz se quebró. Su nana solo le extendió los brazos y la niña se arrojó, no pudiendo controlarse más y rompió en llanto. Gerda intentó consolarla lo más que pudo, pero aun así su dolor no desaparecía. No supo cuándo, pero de un momento a otro se quedó profundamente dormida.
Cuando despertó, ser Kai seguía en guardia junto a Olaf. Gerda yacía dormida al igual que Eärendil y Amarïe. Momentáneamente, la vergüenza se apoderó de ella al recordar su debilidad, pero lo dejó pasar al sentirse más tranquila.
El fuego de la fogata se había hecho más intenso e irradiaba un calor reconfortante. Decidió levantarse para que su turno de vigilar comenzase; tomo su morral y salió de la pequeña cueva.
—Lady Anna—. Dijo el ser con ojos cansados—. Vuelva a descansar, mi dama. Yo vigilaré por usted.
Anna sintió un nudo en la garganta. Ella lo reconoció como culpabilidad. El hombre estaba dispuesto a no dormir para que ella descansara y ella en cambio lo había desterrado de Pináculo permanentemente por haber dicho la verdad, de lo que en realidad era su ex prometido.
—No, ser Kai—. Negó ocultando su debilidad—. Es mi turno, fue lo que acordamos.
El caballero intentó protestar, pero ella lo silenció con la mano.
—Eso fue una orden, ser—. Sonrió por un momento—. Me alegra tenerlo de vuelta al servicio de mi familia.
—Me honra, mi dama—. Dijo gratamente—. Juro, por mi vida y ante los ojos del Hacedor, poner mi espada y escudo para protegerla.
Ser Kai se levantó y entró en la cueva.
Suspiró pesadamente y acarició el suave pelaje de su perro. Decidió que era conveniente sacar el sobre que encontró en el cofre hace tres semanas. Recordó el extraño dibujo y su corazón se hundió de nuevo, su madre se había quedado con él.
Sacudió la cabeza y se concentró en su tarea. Rompió el sobre y sacó una hoja de papel con un texto inscritó.
Querdia hija:
Leyó la entrada, pensando que la carta seria dirigida a ella.
En verdad no sé cómo comenzar esto. Supongo que las cartas para discutir política con reyes y emperadores son mucho más sencillas que escribir para mi propia hija.
Te alegrara saber que tu madre y Anna han estado perfectamente bien…
"¿Tu madre y Anna?" se preguntó asombrada. ¿Acaso no era la única hija de su padre?
…Anna ahora está comprometida y cada día crece más y más. Incluso es excelente en combate, puede que hasta me supere cuando tenía su edad.
Escribo esta carta para expresarte cuanto te amo. Sé que no fui el mejor padre para ti y, a pesar de eso, tú nunca dejaste de intentar obtener mi aprobación, de intentar hacer que te demostrase cariño. Recuerdo con anhelo aquella ocasión en la que llegaste emocionada y gritando para que viera lo que había en el patio trasero. Valla sorpresa me llevé cuando vi el muñeco de nieve que hiciste.
O cuando encontraste el gorro de mi hermano y me lo diste. Mhm, solo te había contado una vez sobre Bryce y su gorro favorito, pero aun así lograste encontrarlo y saber que era ese. Aun lo guardo en mi estudio.
Creo que estoy divagando demasiado, ¿no crees? Siempre me recordaste que, cuando te contaba historias, solía salirme mucho del tema. Recuerdo cuando me dijiste: "Me hablas sobre dragones y terminas contando sobre los tipos de queso". A lo que voy es que te amo y nunca dejé ni dejaré de hacerlo.
Desde aquel día no dejo de preguntarme ¿Cómo habría sido si tan solo la hubiera entendido? ¿Si tan solo te hubiera escuchado? Desde esa noche le suplico a la luna que regrese el tiempo, que me deje hacer las cosas de otra manera. No paro de lamentarme y arrepentirme por mis actos.
Ni siquiera sé cómo estas, si sigues con vida o si lograste superar todo.
Hacedor, ni siquiera sé si vayas a leer esta carta. Intenté mandarte otras antes. Incluso tu madre y yo fuimos a la Torre para intentar que nos dejasen pasar a verte. Ninguna amenaza ni soborno sirvió para persuadir a los templarios.
Sé que es muy tarde para decirlo, pero aun así quiero hacerlo. Lo siento, hija mía. Lo lamento como no tienes idea. Lamento haberte ignorado, lamento no haberte entendido. Lamento haberte alejado de tantas maneras.
Espero que algún día puedas perdonarme y que, tal vez, tu madre me perdone también. Y puede que yo mismo también me perdone… por todo lo que hice y no hice.
Tu padre, Agdar.
Su suerte no mejoró Los números de engendros tenebrosos se hacían cada vez más gruesos a medida que los cuatro se adentraban en la Espesura. Mientras recorrían el pantano tuvieron que enfrentarse cinco veces más con grupos de exploración. Afortunadamente, lograron vencerlos sin sufrir lesiones graves, más que simples cortes, algunos golpes y el cansancio tras las batallas.
En las ramas de los árboles se veían cuerpos ahorcados, algunos mutilados otros incinerados. Múltiples cabezas humanas eran clavadas en lanzas a lo largo del camino. Huesos de bestias adornaban el páramo y simulaban una especie de blasón.
Habían conseguido encontrar un campamento donde hallaron un alijo con algunas armas y armaduras que podría vender a buen precio.
También encontraron los cuerpos de Rigby y Jogby, padre e hijo quienes, según las cartas que llevaban encima, eran misioneros dispuestos a difundir el culto del Hacedor a los salvajes, y al lado de ellos una caja con una nota diciendo que fuese entregada a una mujer llamada Jetta en Risco Rojo. Tomaron lo que pudieron de los cuerpos más la caja y prosiguieron su camino.
Entonces, cuando Kristoff anunció que el puesto de avanzada de los guardas estaba justo delante, tuvieron que contenerse para no saltar de alegría.
No había mucho que ver, era una torre vieja sepultada entre las oscuras aguas, el techo había sido destruido por el paso del tiempo y el clima, las paredes cubiertas de musgo resbaladizo, hongos y enredaderas. El suelo estaba cubierto por escombros y plantas muertas que sobresalían de entre los cimientos.
Por mucho que lo intentara, Elsa no podía imaginar que esa torre hubiese pertenecido a la orden. Cualquier rastro de gloria pasada ya no existía, solo los viejos recuerdos de los días de antaño y sombras de lo que algún día fue.
—¿Estamos seguros de que esos documentos sobrevivieron?—. Esla no estaba muy convencida por el estado actual del lugar.
—Debieron hacerlo—. Respondió el rubio con tranquilidad—. El cofre y su cerradura fueron diseñados para resistir una gran cantidad de daño y, como Duncan dijo, los tratados fueron encantados. Estoy seguro de que deben estar por aquí.
—Entonces no creo que debemos preocuparnos tanto—. Comentó Daveth—. Después de todo la magia es…—. Se detuvo al mirar en una esquina—. Uh, Alistair, ¿el cofre debería verse así?
Dentro de las ruinas, un cofre cubierto por suciedad y moho con pequeños grabados en oro opacados por el clima, lo que uno esperaría no obstante, se encontraba roto sin remedio. Al acercarse, no había nada dentro del cofre.
—¡Y pensar que arriesgamos nuestras vidas solo por nada!—. Refunfuñó el ex ladrón.
—¡Maldición!—. Gruñó el guarda gris—. ¡Deberían estar aquí! Esto no puede ser-
—No es tu culpa, Krsitoff—. Intentó tranquilizar la chica.
—¿Y de quien es, sino?—. Sonó irritado y decepcionado—. Yo era el encargado de encontrar esos documentos.
—Vaya, vaya—. Una voz femenina, desconocida y armónica resonó por las ruinas—. ¿Qué tenemos aquí?
Al mirar, se dieron cuenta de que era una mujer, hermosa por decir lo menos. Bajaba por una rampa formada por las propias ruinas. Su cabello era negro como cuervo y estaba sujeto en un moño detrás de su cabeza, su piel blanca brillaba contra los pequeños rayos del sol que lograban filtrarse entre la negrura. Iba vestida con una falda de cuero negro, la cual terminaba en su cintura; sus pechos apenas se cubrían por una prenda morada que descendía holgadamente; además, plumas de cuervos adornaban su cintura.
—¿Eres un buitre? ¿Un carroñero que intenta picotear unos huesos que el tiempo ha blanqueado?—. Ronroneó amenazante—. ¿O solo una intrusa que viene a esta Espesura infestada de engendros tenebrosos en busca de presas fáciles?—. La mujer terminó de bajar la rampa y ahora caminaba hacia ellos entrecerrando los ojos—. ¿Tú que dices, mhm? ¿Carroñera o intrusa—. Le preguntó a la maga.
—Ninguna de las dos—. Respondió con cautela—. Los guardas grises fueron los dueños de esta torre.
—Esto ya no es una torre—. Se burló—. La Espesura ha reclamado su cadáver desecado—. La peligrosa mujer los miró de arriba a abajo—. Llevo algún tiempo observándolos. "¿A dónde van?", me preguntaba. "¿Por qué estarán aquí?"—. Caminó pasándolos de largo y llegando hasta el borde de las ruinas, sin mirarlos.
La pelinegra se dio la vuelta encarándolos. —Y ahora perturbas unas cenizas que nadie tocaba en mucho tiempo. ¿Por qué?
—No le respondas. Aconsejó Kristoff con un murmullo—. Parece una chasind, y eso significa que puede haber más cerca.
—Oh ¿Temes que caigan los bárbaros sobre ti?—. La desconocida se mofó de Alistair.
—Sí, las caídas son... malas—. Replicó Kriss con sátira.
—¡Es una bruja de la espesura!—. Exclamó Daveth aterrado—. ¡Nos va a convertir en sapos!
—¿Bruja de la espesura?—. Se rio descaradamente—. Que fantasías más absurdas son esas leyendas. ¿Acaso no sabéis preguntar por vuestra cuenta?—. Miró con desprecio a los hombres y miró a Elsa—. Tú. Las mujeres no se asustan como los niños pequeños. Dime tu nombre y yo te diré el mío.
—Puedes llamarme Elsa—. La hechicera habló con reserva.
—Y tú puedes llamarme Morrigan, si lo deseas—. Su sonrisa asemejaba a un depredador—. ¿Quieres que adivine tu propósito? ¿Buscas acaso algo en ese cofre, algo que ya no está aquí?
—"¿Que ya no está aquí?"—. Citó ceñudo el ex templario—. Porque lo has tomado, ¿no? Eres una... bruja… majadera y ladrona.
—Que elocuente—. Bufó con ironía—. ¿Cómo se les puede robar a los muertos?
—Con la mayor facilidad, por lo que parece—. Gruñó Alistair sujetando el pomo de su espada—. Esos documentos son propiedad de los guardas grises y te sugiero que los devuelvas.
—No pienso hacerlo, porque no soy yo quien se los ha llevado—. Se encogió de hombros con indiferencia—. Puedes invocar todo lo que quieras ese nombre, pero aquí ya no significa nada; no me intimida—. Sonrió amenazante.
—Entonces, ¿Quién se los ha llevado, lady Morrigan?—. Elsa preguntó, intentando ser lo más cortes posible.
—Mi madre, de hecho—. Respondió con simpleza.
Alistair se burló, pero Elsa lo ignoró.
—¿Nos podrías llevar hasta ella?
—Una petición muy sensata—. Reconoció—. Me agradas.
Sus compañeros se movieron inquietos.
—Yo me andaría con cuidado—. Sugirió el rubio sin apartar la mirada de Morrigan—. Primero es "Me agradas" y luego, ¡zas!, tiempo de sapo.
—Acabaremos todos en su hoya. Seguro. Espera y veras—. Daveth se estremeció.
—Si esa hoya se está más caliente que en este bosque, será un buen cambio—. Bromeó ser Jory tratando de aligerar su nerviosismo.
—Sígueme. Si quieres—. Murmuró Morrigan con desprecio para comenzar a caminar hacia el pantano.
Ciertamente no tenían muchas opciones más que la de confiar en que la mujer no los traicionara y que su "madre" tuviese esos documentos. Así que los cuatro los siguieron, pero mucho más alertas que antes.
Morrigan resultó ser una mujer de palabra, conduciéndolos a través del bosque en una dirección que parecía conocer muy bien.
Caminaron alrededor de veinte minutos, sin encontrarse nada ni nadie en el camino. Los otros comenzaron a inquietarse, temerosos de que la bruja usase su magia para crear una ilusión y conducirlos directo a su muerte.
Finalmente llegaron a un claro bastante grande, con una choza en el centro y, al lado, un lago cubriéndola envidiosamente. Cuando se acercaron, una mujer salió por la puerta.
Parecía… vieja, antigua incluso, con sus cabellos blancos por la edad, algo desordenados, pero se juntaban amarrados con una extraña cuerda simulando cuatro cuernos. Aunque algo en ella parecía élfico; no en la forma en que se veía, ni en su forma de moverse, Elsa simplemente no podía explicarlo.
Sus ojos eran de un color dorado cubierto por un iris morado. En su cabeza traía una especie de tiara plateada y su rostro presentaba algunas arrugas, con pómulos altos y cejas arqueadas.
Morrigan se posicionó al lado de la mujer. —Saludos, madre. Te traigo a cuatro guardas grises que…
—Ya los veo, chica—. Interrumpió la mujer—. Mmmm, tal y como esperaba—. Murmuró.
—¿Se supone que hemos de creer que nos esperabas?—. Cuestionó con cierta elocuencia Alistair.
—No se supone que debáis hacer nada, y menos aún creer—. Farfulló la anciana—. Uno puede enterrar la cabeza o recibir con los brazos abiertos… pero siempre será un insensato.
—¡Les digo que es una bruja!—. Masculló Daveth—. ¡No deberíamos estar hablando con ella!
—¡Cállate, Daveth!—. Regaño ser Jory—. Si es realmente una bruja, ¿quieres que se enfade?
—Aquí hay un jovencito listo—. Mumuró sonriente—. Por desgracia, sin un papel en la gran trama de las cosas—. Suspiró—. Pero yo no soy quien decide. Creed lo que queráis—. Giró sus ojos hacia Elsa–. ¿Y qué hay de ti? ¿Tu mente de mujer te da un punto distintivo? ¿O crees lo mismo que esos chicos?
—No soy una insensata, si es lo que preguntas—. Respondió Elsa cordialmente.
—¡Ja! Si has de protestar con tanta rapidez, ¿para que preguntar?—. Se burló—. Mucho de lo que te rodea es incierto. Y, aun así, creo. ¿Creo? ¡Caramba, parece que sí!
—¿Así… que esto es una temible bruja de la espesura?—. Kristoff sonrió divertido.
—Bruja de la espesura, ¿eh?—. Se rio la anciana—.Lo que os debe haber dicho Morrigan. Le encantan esos cuentos, aunque nunca lo confesará. ¡Ah y como baila a la luz de la luna!—. Se carcajeó.
—No han venido a escuchar tus absurdos relatos, madre—. Gruñó Morrigan.
—Es verdad. Han venido a por sus tratados, ¿no? Y antes de que te pongas a ladrar, su precioso sello se desvaneció hace mucho—. Dijo refiriéndose al conjuro que protegía el cofre- Ahora los protejo yo.
—Tu…—. Comenzó Kristoff enfadado—. Oh, ¿los has protegido?—. Se quedó pasmado al verlos sanos y salvos.
—¿Y por qué no? ¿Creíais que los destruiría?—. Hizo una seña—. Llevádselos a vuestros guardas grises y decídeles que el peligro de la Ruina es mayor de lo que creen.
—Gracias por devolverlos—. La platinada sonrió al tener los documentos ya en sus manos.
—¡Estos modales! Siempre es lo último en el lugar en el que mira ¡Cómo con las medias! Oh no me hagas caso. Ya tienes lo que buscabas.
—Entonces es hora de marcharse—. Sonrió Morrigan.
—No seas ridícula. Estos son nuestros invitados—. Le espetó su madre.
—Ah, muy bien—. Su sonrisa desapareció—. Les enseñaré el camino de salida del bosque. Síganme.
Los cuatro la siguieron sin objetar palabra alguna. Al final consiguieron todo lo que necesitaban, salieron sanos y salvos de la espesura, y se divirtieron un poco.
Agdar Cousland se encontraba en el campamento, esperando a que su hija regresase. La había visto salir junto a otros tres hombres a la Espesura por lo que no debía tardar en llegar.
Aunque no pudo evitar preocuparse por ella, su niña. La niña que desheredó y envió al Circulo.
Ya habían pasado varias horas y aún no había indicios de ella, el sol comenzaba a ocultarse y los soldados se preparaban para la batalla.
Él y la mayoría de sus hombres estarían con el Teyrn Loghain mientras que Fergus y su compañía estarían con el rey. Si es que regresaba, pues hace unas horas llegó un explorador que lo acompañaba e informó que habían sido atacados por engendros tenebrosos, y que Fergus había escapado hacia el pantano en dirección contraria a la fortaleza.
Solo esperaba que estuviese bien.
Por fin, luego de lo que perecieron ser milenios, la vio llegar. Entró por la puerta junto a los otros tres hombres y se veía que no les había ido muy bien. Todos arrastraban los pies, el sudor mezclado con la sangre cubría sus rostros, las armaduras se veían húmedas y algunas oxidadas. La túnica de Elsa estaba completamente negra de la cintura para abajo y en la mejilla se le alcanzaba a ver un corte profundo.
Decidió que era hora de enfrentarla. Le ordenó a uno de sus hombres que tuvieran lista su armadura y sus armas. Se armó de valor y caminó hacia ella.
Al fin habían logrado regresar a la fortaleza, Morrigan los había conducido por un extraño páramo y los dejó justo en la salida de este, diciéndoles que continuaran todo derecho y llegarían a Ostagar. Estaba oscureciendo, los rayos del sol ya no eran visibles y las nubes que se formaban en el cielo indicaban que habría una tormenta.
Subieron la colina y al fin llegaron al lugar por donde salieron. Golpearon las puertas de madera con fuerza y estas se abrieron, revelando el interior de la fortaleza.
Casi no se visualizaban soldados, y los pocos que había se preparaban para salir, llevando armas armaduras y demás. Algunos bajando la colina para reunirse con sus camaradas mientras otros iban a la cima de otra colina donde estaba el resto del ejército.
Elsa y sus compañeros estaban cansados pero felices de haber salido de la Espesura en una sola pieza. Aunque el pensamiento de que en unas pocas horas tendrían que unirse a la batalla no era muy reconfortante. Aun así, se permitió que una pequeña sonrisa satisfecha adornara su rostro.
La cual desapareció una vez que vio al hombre que se aproximaba. No era posible. ¿Por qué él? Se preguntaba. Solo rezaba que no la reconociera. Elsa giró el rostro, fingiendo interés en un árbol.
—Saludos, guardas grises—. Saludó el Teyrn.
Habían pasado años desde que escuchó esa voz. Obligó a sus piernas mantenerse en pie mientras luchaba por ocultar sus sentimientos.
—Lord Cousland—. Kristoff hizo una reverencia—. ¿En qué puede serle de utilidad un grupo de guardas grises novatos?
—En nada en especial, guardas—. Agdar la miró de reojo—. Solo quería tener la oportunidad de conocer a la nueva recluta de Duncan, por lo que veo es ella.
Elsa falló en esconder la mirada y tuvo que observar al Teyrn, a regañadiente.
—Oh en ese caso creo que podemos dejarlos solos para que charlen—. El rubio dijo inocentemente—. Elsa te esperaremos con Duncan en la tienda de los guardas grises. No te tardes ¿de acuerdo?
Los tres hombres caminaron a la izquierda, con dirección a la tienda azul situada detrás de la fogata.
Ambos se quedaron en silencio, sin decir palabra alguna. Ninguno sabía como comenzar exactamente, la chica decidió que lo mejor era ignorar todos sus pensamientos que le recorrían en ese momento y actuar lo más neutral posible.
—¿Que se le ofrece, mi lord?—. La rubia habló con frialdad, intentando mantener a raya sus emociones. Por fortuna la gran explosión de magia que había hecho horas antes le ayudóo con esa difícil tarea.
—Hija…—. Susurró intentando tocar el rostro de la niña.
Elsa retrocedió dos pasos—. No sé de lo que me habla, mi señor.
—Escucha Elsa, hay tanto que quiero decirte. Nunca creí que volvería a verte, este es un momento para recordar. ¡Oh tu madre se pondrá tan feliz cuando se entere de cuanto has crecido! Siempre quiso que te convirtieras en una hermosa joven y…—. El hombre hablaba ahora con mucha más claridad y confianza, sin embargo, Elsa aun buscaba la forma para salir de allí.
—Le repito, mi lord, que no tengo idea alguna de lo que me está hablando. Debe haberme confundido con otra persona…
—No—. Interrumpió el Teyrn—. Sabes que eso no es cierto. Mira, como ya dije, hay tanto que quiero decirte. Pero lo primordial es que no olvides quién eres—. Sonrió, haciendo que a la platinada comenzara a temblar—. Recuérdalo, eres Elsa Cousland, hija de Agdar e Idun procedente de la tierras orgullosas de Pináculo.
En ese momento Elsa comenzó a retroceder para después darse la vuelta e intentar llegar con Duncan. No estaba dispuesta a sentir tal humillación. Ella todavía tenía su orgullo.
—No lo olvides, hija—. Su progenitor la sujetó del hombro para detenerla.
Elsa se giró con los ojos llorosos y los puños apretados, dispuesta a decirle todo lo que sentía, su rencor, su odio, su tristeza… todo. Aun así, pudo mantener la compostura.
—Deje de ser tu hija desde hace mucho—. Respondió fríamente— Creo… creo que nunca lo fui…
Con esas últimas palabras se giró nuevamente y comenzó a caminar sin voltear. Decidió que si esa persona no le mostró el mínimo de afecto hace quince años, menos lo haría ahora.
Los dos guardas grises y los dos reclutas esperaban a que la hechicera llegara con ellos, para poder comenzar con los preparativos para la Iniciación.
Elsa llegó poco tiempo después, tenía los ojos algo rojos y llorosos. El guarda comandante quien ya sabía la verdad sobre la procedencia de la chica les dijo a los otros que no dijesen nada. Los hombres no entendieron eso, pero decidieron hacerle caso y no comentaron o preguntaron nada sobre el tema.
Duncan cogió los tres frascos de los reclutas y les indicó que fueran al lugar donde Elsa conoció a Kristoff, pero girasen a la derecha, subiendo unas pequeñas escaleras para llegar a un lugar cerrado. El comandante le pidió a Alistair que los llevase, quien lo hizo de inmediato. Cuando estuvieron allí comenzaron a murmurar y especular entre ellos.
—Cuanto más descubrimos sobre esta Iniciación, menos me gusta—. Murmuró ser Jory con inquietud.
—¿Y estas gimoteando otra vez?—. Espetó Daveth.
—Te recuerdo que fuiste tú el llorón cuando estábamos en la Espesura—. Jory frunció el ceño—. ¿Para qué son todas esas pruebas del demonio? ¿Es que no me he ganado ya mi lugar?
—Puede que sea una tradición. O puede que lo hagan para fastidiarte—. Expresó Daveth.
—Cálmense—. Interfirió Elsa—. Ahora mismo no podemos hacer nada al respecto—. Comentó nerviosa. Aun afectada por el encuentro con el Teyrn de Pináculo.
—Solo sé que mi esposa está en Risco Rojo, esperando un hijo—. Dijo el caballero—. Si me hubieran advertido… No me parece justo.
-¿Habrías venido si te hubieran advertido?—. Preguntó el bandido—. Quizás por eso no lo hicieron. Los guardas hacen lo que deben, ¿no?
—¿Cómo sacrificios, por ejemplo?—. Discutió el castaño.
—Sacrificaría mucho más si con eso pudiera acabar con la Ruina—. Contraatacó el pícaro.
—Pero eso no lo sabemos, Daveth—. Mencionó Elsa.
—¿No? Los guardas grises han salvado al mundo de los engendros tenebrosos otras veces. Yo diría que ellos saben mejor que nadie lo que hay que hacer—. Expresó para después dirigirse nuevamente al de Risco Rojo—. Ya viste a esos engendros tenebrosos, ser caballerito. ¿No morirías para proteger a tu bella esposa de ellos?
—Yo…
—Pues tal vez mueras—. Bufó el ex ladrón—. Tal vez lo hagamos todos. Si nadie detiene a los engendros tenebrosos, puedes tener la seguridad de que será así.
—No me había enfrentado a un enemigo del que no pudiera dar cuenta con mi espada, eso es todo—. Se defendió el pasado caballero.
En ese momento llegó Duncan con un extraño cáliz de plata con un grifo grabado en el centro y unas palabras se leían debajo: "En paz, vigilancia. En guerra, victoria. En la muerte, sacrificio".
—Por fin ha llegado la hora de la Iniciación—. Habló con aquella voz solemne—. La orden de los guardas grises se fundó en los tiempos de la primera Ruina, cuando la humanidad estuvo al borde de la aniquilación. Fue entonces cuando los guardas grises bebieron la sangre de los engendros tenebrosos para poder dominar su oscuridad—. Se acercó a una mesa donde colocó el cáliz de plata que llevaba en la manos, lleno de la sangre de engendros tenebrosos y otros componentes.
—¿Vamos a… bebernos la sangre de… esas criaturas?—. Tembló ser Jory.
—Como hicieron los primeros guardas antes que nosotros, y nosotros antes que vosotros—. Explicó el comandante—. Esta es la fuente de vuestro poder y de vuestra victoria.
—Los que sobreviven a la Iniciación se vuelven inmunes a la infección—. Reveló Kristoff—. Podemos sentirla en los engendros tenebrosos y usarla para matar al Archidemonio.
—¿Los que sobreviven?—. Preguntó estremecida la maga.
—No todos los que beben la sangre sobreviven y aquellos que lo hacen, cambia para siempre—. Declaró Duncan—. Es el precio que debemos pagar... Solo se dicen unas pocas palabras antes de la Iniciación, las mismas que se han respetado desde la primera vez. Alistair, si tienes la bondad…
El joven guarda gris asintió y bajó la cabeza.
—"Uníos a nosotros, hermanos y hermanas. Uníos a nosotros en las sombras donde montamos vigilancia. Uníos a nosotros en este deber irrenunciable. Y si perecierais, sabed que vuestro sacrificio no será olvidado… y que un día volveremos a reunirnos."
Terminó de recitar y Duncan cogió el cáliz.
—Daveth, un paso al frente.
El nombrado dio un paso y tomó con cuidado el cáliz. Entonces bebió un pequeño trago de este. El comandante retomó el cáliz.
De repente Daveth comenzó a tambalearse y sus ojos se blanquearon, escuchaba voces en su cabeza, un dolor insoportable le recorrió el cuerpo mientras se convulsionaba hasta que cayó inerte al piso. Elsa miró con horror el cuerpo muerto de su compañero
—Por… el hálito del Hacedor—. Respiró ser Jory impactado.
—Lo siento, Daveth—. El comandante pasó saliva—. Un paso al frente, Jory.
—Pero… Tengo mujer. ¡Y un hijo! De haber sabido…—. Comenzó a retroceder sacando su espada, listo para escapar. El guarda gris frunció el ceño mientras avanzaba lentamente.
—Ya no hay vuelta atrás—. Dijo amenazante.
—¡NO ¡Pides demasiado! ¿No hay gloria ninguna en esto!—. El recluta topó con una pared, por lo que no pudo seguir moviéndose. Duncan sacó una larga daga de su funda luego de poner el cáliz en un lugar seguro.
Se acercó lenta y cuidadosamente al hombre, como un felino hace con su presa.
Ser Jory intentó atacarlo con su espada pero el guarda gris simplemente la desvió para después apuñalarlo en el abdomen. La sangre salpico el lugar. Y la vida de ser Jory lentamente se apagó.
—Lo siento—. Murmuro el comandante, sacando su daga y el cuerpo del caballero cayó al piso.
Elsa miró con tristeza y horror al pobre hombre, quien solo quería regresar con bien a su esposa e hijo…
—Pero la Iniciación aún no se ha completado. Debéis entregaros a la infección por un bien mayor—. Recitó Duncan mientras le daba el cáliz a la joven maga quien lo tomó dispuesta a enfrentar su destino.
—A partir de ahora, tú eres una Guarda Gris.
Un gran ardor quemó su garganta, desde su boca se extendió al resto de su cuerpo. Nunca había sentido algo igual era como si mil demonios poseyeran su alma y cientos de abominaciones le quemasen el cuerpo. Comenzó a escuchar voces en su cabeza, eran como diez mil susurros a la vez. No podía controlar su cuerpo el cual se movía a voluntad propia.
Sus ojos se pusieron completamente blancos y cayó al piso.
La enorme figura de un dragón se formó en lo más profundo de su conciencia. Era gigantesco y aterrador. Su cuerpo se veía cicatrizado y era de un color entre rojizo y morado. Sus alas completamente rasgadas y sus dientes sobresaliendo como espadas gigantescas. Escupía una especie de fuego violeta.
Lanzó un rugido ensordecedor y después ya no había nada.
Cuando abrió los ojos vio los rostros de Duncan y Kristoff.
—Se acabó. Bienvenida—. Dijo su comandante ayudándola a levantarse.
—Dos muertes más—. Suspiró pesadamente el joven. En mi Iniciación solo murió uno, pero fue… horrible. Me alegra que uno de ustedes lo haya conseguido.
—¿Cómo te sientes?—. Preguntó Duncan.
—Aun no puedo creer que hayas matado a ser Jory—. Murmuró la rubia al recordar el asesinato del pobre hombre.
—Él sabía que no había vuelta atrás, como todos vosotros. Cuando intentó tomar su arma no me dejó elección. Matarlo no me habría brindado ninguna satisfacción. La Ruina nos exige sacrificio a todos. Por suerte, tu eres la prueba viviente de que no siempre son en vano.
—¿Has soñado?—. Preguntó Kristoff—. Tuve pesadillas terribles después de mi Iniciación.
—Los sueños llegarán cuando empieces a sentir a los engendros tenebrosos, como nos pasa a todos. Esa y otras muchas cosas quedaran explicadas en los próximos meses—. Eexplicó el de mayor rango.
—Antes de que me olvide, hay una última parte en tu Iniciación—. Recordó el rubio—. Tomamos un poco de sangre y la colocamos en un colgante. Algo que nos recuerda… a aquellos que no han llegado tan lejos—. Dijo dándole un pequeño colgante.
—Tomate tu tiempo—. Le dijo Duncan—. Cuando estés preparada, quiero que me acompañes a ver al rey.
—Aún estoy un poco afectada…—. Exhaló la chica.
—La muerte nunca es algo fácil de aceptar, sobre todo cuando llega de tan brutal manera. Honra a tus camaradas si lo deseas, pero no olvides que el tiempo apremia. Debemos seguir adelante, siempre debemos seguir adelante. Nos reuniremos al oeste, escaleras abajo. Ve en cuanto te sea posible, por favor.
Con esto Duncan y Alistair salieron del lugar.
Elsa se sentó en el frío firmamento, pensando en lo que el guarda comandante le había dicho: "Siempre debemos seguir adelante"
Se levantó y se dirigió al lugar indicado, aun había una batalla por librar y lamentarse para siempre no la ganaría.
Con el colgante en su cuello alzó la cabeza, intentando mantener su compostura.
Nota de autor
¿Qué le pareció? Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo. Déjenme su opinión y critica.
Prepárense para el siguiente capítulo porque se viene la batalla de Ostagar :)
¡Hasta la próxima!
