Nota de autor
Hola de nuevo chicos, tan solo una semana para escribir este fantástico capítulo, nuevo logro desbloqueado para mí xd. Y es que este ha sido el capítulo que más he disfrutado de escribir y narrar (junto al siete "Traicion"), en serio espero que les guste.
Les recomiendo que lean con atención este capítulo, ya que he puesto varios detalles y pequeños guiños al futuro de la historia que espero les agraden. Además de algunos hechos históricos de este universo que espero enriquezcan la trama.
Revise varias veces por faltas de ortografía en este capítulo pero aun así puede que se me haya ido alguna, así que si las encuentran favor de decirme para corregirla.
Planeaba publicar mañana pero mañana ya es 25 por lo que me será imposible. Consideren a este capítulo como un pequeño regalo de navidad adelantado y espero que la pasen excelente, sean de la parte del mundo que sea o de cualquier religión, les deseo una ¡feliz navidad! :D
¡Sin más por decir, vamos a la historia que ya empieza la batalla! ¡Por Ferelden, guardas grises!
Capítulo 10—En muerte, sacrificio
La chica recorrió las ruinas de la fortaleza de Ostagar, sintiéndose diminuta ante las enormes paredes y pilares que alzaban orgullosas el poco techo que el viejo templo sostenía. Descendió las escaleras y camino de frente, delante en una gran mesa rectangular se encontraban Duncan junto al Rey y el Teyrn Loghain. Una reverenda madre a la derecha y un mago a la izquierda.
El señor feudal de Gwaren vestía una gran armadura pesada similar a la de Cailan, pero de un color gris como el acero, no relucía ni brillaba como la del Rey, pero imponía el suficiente respeto para alguien de su nivel. Incluso Elsa pensó que el Teyrn era más atemorizante que el mismo Rey. Su cabello era de color café muy oscuro casi negro y en su rostro se marcaban distintas arrugas, sobre todo en los ojos además de varias cicatrices de guerra.
—Loghain, mi decisión es definitiva—. Dijo obstinadamente el monarca—. Estaré con los guardas grises durante el asalto.
—¡Arriesgas demasiado, Cailan!—. Desafió el Teyrn—. La horda de los engendros tenebrosos es demasiado peligrosa como para jugar a los héroes en primera línea.
—En tal caso, quizá debamos esperar a que lleguen los refuerzos de Orlais—. Replicó Cailan.
—¡Debo protestar una vez más ante la estúpida idea de que necesitamos a los orlesianos para defendernos!—. Expresó disgustado. Sin duda el Teyrn aún tenía muy marcada la usurpación del trono fereldeano por parte del imperio.
—No es ninguna "estúpida idea"—. Aseguró el rubio—. Nuestra rivalidad con los orlesianos es cosa del pasado… Y no olvides quién es el Rey.
—¡Me alegro de que Maric no viva para ver cómo su hijo entrega Ferelden a quienes nos esclavizaron durante casi un siglo!—. Exclamó llevándose una mano a la frente.
—Entonces tendrá que bastar con nuestras fuerzas, ¿no?—. Comentó intentando persuadir al hombre, cosa que no funcionó. Cailan dirigió su mirada al guarda comandante quien hasta el momento había permanecido en silencio— Duncan, ¿tus hombres están preparados para la batalla?
—Lo están, su majestad—. Contestó el pelinegro.
—¿Y esta es la recluta a la que conocí en el camino?—. El rey miró a Elsa quien ahora estaba al lado de su comandante—. Creo que se merece una felicitación.
—Gracias, majestad—. La maga hizo una leve reverencia.
—Ahora todos los guardas grises son necesarios. Debes sentirte honrada de ser una de ellos—. El joven Rey sonrió.
—Tu fascinación por la gloria y las leyendas te llevarán a la ruina, Cailan—. Insinuó el señor de Gwaren—. Debemos estar atentos a la realidad, con los pies en la tierra.
—Muy bien. Cuéntame tu plan entonces—. Respondió el hijo de Maric inclinándose para ver un mapa de la zona—. Los guardas grises y yo atraeremos a los engendros tenebrosos. ¿Y luego?
—Ordenas a los hombres de la torre que enciendan la almenara—. Loghain se inclinó ante el mapa—. Al ver la señal, mis hombres cargaran desde su escondite, flanqueando a los engendros tenebrosos en su propio terreno.
—Sí, flanquearán a los engendros tenebrosos. Esa es la torre de Ishal, en las ruinas, ¿verdad?—. Preguntó señalando un punto en el mapa a lo que el Teyrn asintió—. ¿Quién encenderá la almenara?
—Tengo algunos hombres estacionados allí—. Dijo imparcial—. No es una misión peligrosa, pero sí de vital importancia.
—Entonces la encomendaremos a los mejores—. Sugirió el monarca pensativo—. Envía a Alistair junto a la nueva guarda gris.
—Haremos lo mejor que podamos, su majestad—. asintió la hechicera del Circulo. La maga se sintió algo desanimada por el hecho de no participar directamente en la batalla, aunque también aliviada.
—Confías demasiado en esos guardas grises, Cailan. ¿Crees que es prudente?—. Lord Loghain hizo una mueca, después de todo no confiaba en los guardas sobre todo porque su sede se encontraba en la nación enemiga.
—Basta de sospechas, Loghain—. Reprendió el Rey—. Los guardas grises luchan contra la Ruina, vengan de donde vengan.
—Su Majestad—. Intervino el guarda comandante—. Debéis considerar la posibilidad de que aparezca un Archidemonio.
—No se han visto dragones en la espesura—. Habló el Teyrn mirando expectante al monarca quien a su vez miraba a Duncan.
—Para eso están tus hombres aquí, ¿no, Duncan?—. Le cuestionó el rey al guarda.
—Así… así es su majestad—. Confirmó Duncan.
—Su majestad—. Interrumpió el mago de nombre Uldred, que estaba junto a la reverenda madre—. La torre y la almenara no son necesarios. El Circulo de los hechiceros…
—¡No vamos a confiar nuestras vidas a vuestros hechizos, mago!—. Le gritó la reverenda madre—. ¡Guárdalos para los engendros tenebrosos!
—¡Basta!—. Ordenó el señor de Gwaren—. El plan ya está trazado. Los guardas grises encenderán la almenara.
—Gracias, Loghain—. Sonrió Cailan mientras el nombrado le daba la espalda—. ¡No puedo esperar tal momento de gloria! ¡Los guardas grises lucharán junto al Rey de Ferelden para detener la marea negra!—. Su voz era excitación pura.
—Sí, Cailan—. El Teyrn estuvo de acuerdo mientras se alejaba—. Será un momento de gloria para todos.
Anna y su grupo continuarían su camino al día siguiente, una vez que el sol comenzase a salir.
Por alguna extraña razón sentía cómo su piel se ponía pálida y su corazón latía con una fuerza inhumana. Era como si algo malo fuese a pasar o estuviese pasando. Un temor distinto a todo lo antes visto le recorrió la espalda. Por alguna extraña razón sabía que algo grande se avecinaba en alguna parte de Thedas.
No tenía tiempo para pensar en eso.
Necesitaba concentrarse en el papel que tenía en sus manos. Simplemente era imposible, sacado de un viejo cuento, una leyenda. No había dudas, ella estaba en una pesadilla.
Pero el suave pelaje de su sabueso le indicó lo contrario, ya no sabía que creer. En quien creer.
Si esa carta era real entonces significaba que tenía una hermana. ¡Una hermana! Y ella ni enterada estaba.
¿Acaso era esa supuesta hermana quien le pidió su madre buscase?
¿Acaso su padre tuvo algún amorío con alguien? ¿Por eso la mala relación entre sus padres?
¿Podría ser su hermana la niña extraña del dibujo?
¿Dónde estaba ahora? ¿Estaba viva? ¿Cómo era ella?
Ciertamente no lograba comprender nada de lo que ocurría a su alrededor. Aunque llorar le ayudó un poco a despejar su mente, ahora estaba segura de que nunca se había sentido tan confundida con ella misma. Nada de lo que se le ocurría tenía sentido.
La cabeza le comenzó a doler, así que decidió mejor guardar todas esas preguntas para después. Tal vez por la mañana podría interrogar a sus acompañantes, tal vez ellos sabían algo del tema.
Pero por el momento solo debía centrar su atención en una sola cosa, y esa era planear su venganza contra los Howe.
Cualquier cosa aparte tendría que esperar.
Incluso ese misterio tan entrañable y seductor tendría que esperar.
"Nunca esperé tener una hermana bastarda"
Elsa caminaba junto a Duncan por las ruinas, necesitaban encontrar a Kristoff para informarle de la misión que el Rey les había encomendado. El camino ahora estaba completamente deshabitado, si hace uno momento el lugar se veía solo, ahora parecía que todos se esfumaron con el viento. Ningún soldado se encontraba en esa parte de las ruinas.
La rubia no pudo evitar sentirse un tanto decepcionada por no poder participar directamente en la batalla, pues desde pequeña siempre había querido ser parte de algo así y que su nombre fuese recordado en leyendas y canciones, y no por libros de política. Pero, por otro lado, también se sentía aliviada puesto que significaba que no tendría que enfrentar a la enorme horda, lo cual le llenaba de terror la mente.
Simplemente con recordar lo que vivió en la Espesura de Korcari era suficiente para que sus vellos se erizasen.
Siguió pensando en cómo fue conocer a uno de sus héroes favoritos: el Teyrn de Gwaren, Loghain Mc Tir. Pues siempre le fascinó la historia de como un simple campesino se alió junto al fugitivo príncipe Maric y juntos lograron restaurar el trono y expulsar al imperio de Orlais. El hombre no era como esperaba, pero aun así pensó que el Teyrn era alguien enormemente respetable y sin duda bastante obstinado y desconfiado, además de nacionalista. Cualidades que se obtienen tras pasar toda una vida bajo el yugo imperial.
Finalmente encontraron al rubio y los tres fueron a la enorme fogata situada delante de la tienda de los guardas grises. Duncan procedió a contarles todo lo necesario.
—Ya has oído el plan. Alistair y tú iréis a la torre de Ishal para aseguraros de que se encienda la almenara a su debido tiempo—. Duncan expuso.
—¿Qué? ¿No voy a participar en la batalla?—. Preguntó indignado el ex templario.
—Es una orden directa del rey, Alistair—. Le respondió el comandante—. Si la almenara no se enciende, los hombres del Teyrn Loghain junto al Teyrn Agdar no sabrán cuando deben cargar.
—Y necesitan que haya dos guardas grises ahí arriba para sujetar la antorcha—. Kris se burló con sarcasmo—. Por si acaso, ¿no?
—¿En dónde está la torre de Ishal?—. La maga preguntó ignorando a su compañero.
—Al otro lado del barranco. Por donde vinimos al llegar—. Manifestó—. Debéis cruzar el puente, flanquear el portón exterior y llegareis a la puerta. En el último piso se encuentra la almenara.
—¿Cuándo debemos encender la señal?—. Formuló otra pregunta.
—Os haremos una señal llegado el momento. Alistari sabe cuál—. Duncan miró a su discípulo.
—¿Cuándo debemos comenzar?—. Preguntó resignado el chico.
—La batalla está por empezar así que, cuando me marche, tendréis que daros prisa. Solo os quedara una hora.
—¿Y si aparece el Archidemonio?—. Elsa se estremeció al pensar en aquella bestia.
—Pues entonces nos cagaremos en los calzones—. Bromeó el rubio.
—Si sucede, dejádnoslo a nosotros—. Contestó severamente Duncan ignorando la broma de Kristoff—. No quiero heroicidades por vuestra parte.
—No jugaremos al héroe, Duncan—. Afirmó la maga—. Esa almenara estará encendida lo más pronto posible.
—En tal caso me iré con los demás. Os quedáis solos. Recordad que sois guardas grises. Espero que os mostréis dignos del título—. El comandante los miró con aprecio.
—Duncan… Que el Hacedor te proteja-—. Expresó Kristoff.
—Que nos proteja a todos—. Suspiró el guarda. Y con esto se marchó.
Alistair exhaló un gemido dramático. —Que lastima el no poder unirnos a la batalla, pero en fin. Tenemos una misión y dependen de nosotros, vamos Elsa que el Teyrn Loghain espera la señal.
Ambos guardas grises emprendieron su recorrido hacia la torre de Ishal, debían cruzar todo el campamento y era preferible apresurarse. La chica comprendió que era la misma torre que vio al llegar a Ostagar, enorme como ninguna otra.
Cuando la Cuarta Ruina terminó hace cuatro siglos, todos creyeron que la corrupción y enfermedad de engendros tenebrosos había sido erradicada por completo. Se volvieron confiados, incrédulos y tontos. Vivieron una vida en paz durante tanto tiempo, pero la paz es solo duradera, no permanente.
Pasaron cuatrocientos años y no había indicios de una quinta Ruina.
Así fue en Ferelden, todos se conformaron con su vida y, cuando los guardas grises fueron expulsados del país, todos se olvidaron de su enorme sacrificio. Arland Theirin "el tirano" expulsó sin misericordia alguna a la orden en el 7:5 de la de la Tormenta.
Se les permitió regresar dos siglos después en el 9:10 del Dragón, cuando Maric Theirin "el salvador" recuperó el trono de las manos orlesianas. No obstante, el daño estaba hecho y los guardas fueron tratados como extraños, intrusos. La mayoría procedentes de Orlais, donde está la sede de la orden, lo que rasgó más su reputación.
"Los salvarás, cuidarás, protegerás y ellos te odiarán. Cuando no haya una Ruina arrastrándose por la superficie, la humanidad hará su mejor esfuerzo para olvidar lo mucho que te necesitan." Fueron las palabras del guarda comandante de Orlais durante la Edad Bendita, hace medio siglo.
Y así, nadie se preocupó, nadie hizo caso a las advertencias de los guardas grises. Durante años intentaron reclutar miembros, intentaron hacer que fuesen tomados en serio, pero nadie respondió al llamado de los que antes aclamaban como héroes.
Por supuesto que los guardas nunca olvidaron, nunca descansaron. Pues la paz significa vigilancia.
Y ahora solo treinta y nueve guardas grises protegen Ferelden, los refuerzos de Orlais no han llegado y la esperanza disminuye, depositando toda su fe y confianza en la estrategia del Teyrn Loghain. La cual consiste en la confiable formación "martillo y yunque" , avanzando desde un frente apretado para que después el resto del ejército de Ferelden cerrara la trampa, atacando desde atrás.
Después de siglos de paz, la gruesa horda de engendros tenebrosos avanzaba por los fríos árboles y duros pantanos, y esta vez comienzan a preocuparse, comienzan a escuchar el llamado. Acuden nuevamente a sus héroes. Ya es demasiado tarde.
Ahora en el 9:30 del Dragón. La Ruina está aquí.
Y los guardas se preparan pues la guerra ya ha comenzado, y la guerra significa victoria.
El guarda comandante de Ferelden: Duncan se prepara junto a sus hombres para la batalla. Se preparan para la victoria, pues el tiempo de vigilancia ha terminado y un sacrificio aun mayor que los anteriores es exigido.
Duncan afila su espada, es roja hecha de hueso de dragón al igual que su daga. Una cota de malla le cubre debajo de la túnica como una camisa. En su pecho lleva una armadura ligera de Argentita, decorada con hermosos grabados y un grifo en el centro; brilla como la plata y es dura como la coraza de un dragón. No lleva yelmo alguno, no es necesario por lo que su largo cabello negro desciende hasta sus hombros.
El Rey se encuentra a su lado. Con su hermosa armadura dorada, resplandeciente sin comparación. Fue fabricada con acero rojo, extraído de las minas más profunda de los enanos. Y su gran espada plateada reluce ante la vista de cualquier curioso.
El guarda le recomienda que se ponga su yelmo: un típico casco completo de caballero con ocho aberturas para la vista y un poco de terciopelo violeta adorna la parte trasera. Cailan se niega, dice que si sus hombres le ven el rostro sabrán que es uno más de ellos.
Loghain le dijo que no combatiera al frente, que no fuera un idiota. Pero Loghain no entiende. No entiende que Cailan está dispuesto a entregarlo todo por su país, no es un niño tonto que espera bañarse en gloria y ser recordado como una leyenda. No, es un hombre que está dispuesto a morir junto a sus hombres, para inspirarles confianza, para darles esperanza.
Es un hombre que quiere cambiar a su país y por eso intenta hacer las paces y mejorar las relaciones con Orlais. Para avanzar, para expiar, para perdonar.
Pero Loghain no entiende.
Y le dice que él no vivió bajo el yugo de un imperio tiránico que doblego a su nación, que esclavizo a su gente. Le dice que no tiene lo necesario para compararse con Maric, su padre.
Si bien es cierto que, si no fueran por las estrategias que el Teyrn empleaba para combatir a los engendros tenebrosos, estarían perdidos. Y Cailan entiende eso y lo respeta. Por ello siente la obligación de animar a sus hombres, de que sientan que es uno de ellos.
Pero Loghain no entiende.
Llegan al frente de batalla. Debajo de la fortaleza, en un acantilado cubierto por colinas y montañas. Detrás el puente de la fortaleza impide el paso por lo que solo hay una salida: hacia enfrente. De donde llegarán los engendros tenebrosos.
Hay puertas, claro pero solo servirán para que algunos mensajeros lleven recados a los hombres situados en la parte de arriba. No servirán para una retirada masiva, la victoria es la única opción. La única salida.
Al rededor diversas tijas y palos afilados fueron colocados como protección extra para mantener a raya a los monstruos. Hay una estructura de madera, construida especialmente para el Rey para que pueda ver con claridad el campo de batalla y de ánimos a sus hombres.
Arriba, en las ruinas de la fortaleza se alza el largo puente, donde fueron colocadas distintas catapultas y balistas para detener el paso a los engendros e intentar reducir sus números antes de que llegasen con las tropas. Además, diversos arqueros las manipulan y llevaban sus arcos listos para cubrir a sus camaradas.
Alrededor de novecientos hombres y mujeres se encuentran en el acantilado, situados detrás de los largos picos de madera; son guerreros, picaros y magos unidos por un bien mayor. Una manada de cuarenta y siete mabaris los acompaña, perros de guerra entrenados especialmente para la batalla.
Diez soldados de la guardia real custodian al Rey sobre la estructura de madera. Y los treinta y nueve guardas grises más su comandante, faltan dos quienes se encuentran en una misión distinta.
Arriba se localizan alrededor de quince hombres y mujeres, junto a las máquinas y artefactos de guerra. Están dispersos a lo largo del puente y de una colina a su izquierda para defender a los hombres de abajo.
Al este, aguardando sobre una gran montaña, se encuentra el resto del ejército liderado por el Teyrn Loghain. Alrededor de tres mil quinientos hombres esperando la señal para flanquear a los engendros y terminar de una vez por todas con la Ruina. El Teyrn Agdar se encuentra allí, aguardando órdenes, aunque la mayor parte de sus topas están en el abismo y solo treinta hombres lo acompañan.
El Rey decide hacer una última ronda de inspección a sus tropas antes de subir a la estructura donde ya se encuentran sus guardias personales denominados como "El escudo de Maric" y Duncan el guarda comandante.
Al caminar entre las filas de sus hombres, inspira confianza y valor, moral. Todos están correctamente armados y cubiertos, las filas de arqueros se encuentran detrás de los guerreros y detrás de estos, los pocos magos que el Círculo envió, hasta el frente los mabari son guiados por sus amos.
El monarca decide que un discurso de motivación les vendrá bien a los soldados, así que se pone al frente y mira directo a sus tropas.
—¡Escuchad mis fieles soldados, caballeros, magos y todo aquel que se unió al ejercito!—. Comenzó llamando la atención de todos los ahí presentes—. ¡Sé que tienen miedo, miedo de lo que enfrentaremos hoy! ¡Pero les digo, no temáis pues aquí no será el lugar en el que seamos derrotados y vuestras familias sean acalladas! ¡Aquí vamos a ganar! ¡Aquí nos bañaremos en gloria eterna e inmortalizada! ¡Junto a los valerosos Guardas Grises sacrificaremos y daremos todo! ¡Y venceremos! ¡Adelante, Ferelden!
Rápidamente los gritos de las tropas siguieron al rey, en todo el lugar se oía el cantico que repetía: "¡FERELDEN, FERELDEN, FERELDEN!" unidos en una sola voz todos se pusieron a cantar.
Y el canto llenó de valor y dicha sus corazones. Pues no estaban solos, tenían a su Rey junto a ellos, quien combatiría y se sacrificaría como ellos y con ellos.
Y junto a los guardas grises se llenarían de gloria eterna, serian recordados en canciones y leyendas como los héroes que salvaron al mundo de la Ruina.
Junto a los Guardas Grises se expiarían de sus pecados.
Y con los Guardas Grises morirían, pero su sacrificio no sería en vano.
Pues sus muertes y sacrificios serían recordados.
En la colina, el Teyrn Loghain Mc Tir escucha el canto de los soldados proveniente de abajo, de la brecha en la que se encontraban el Rey y las tropas. Sin duda Cailan era un hombre que sabía cómo motivar a sus hombres.
Pero él muy bien sabe que eso no era todo lo que se necesitaba, pues un Rey no se mide a base de palabras y cantos. Un Rey se mide por sus acciones y las de Cailan estaban muy claras.
Quería aliarse con los orlesianos, él mismo vio las cartas en las que el monarca y la emperatriz de Orlais se decían cosas, algunas indecorosas y otras preocupantes. Por su puesto que Cailan no entendía, era joven y manipulable por lo que necesitaba la guía y los consejos de gente más sabia y justa que él.
Después de todo solo era un niño jugando a ser el héroe.
Ni siquiera se encargaba de gobernar, todo lo hacia su esposa, Anora Mc Tir Theirin. Así era, Cailan se casó con la hija del Teyrn de Gwaren. Su preciosa Anora era quien llevaba la corona de la reina y la responsable de llevar a flote a su amada Ferelden.
Cailan solo era un niño.
El Rey, sentado en su trono leyendo historias de héroes y dragones, no era un verdadero Rey. Cailan era un tonto por confiar su vida en los guardas grises, una orden que no es lo que fue de antaño y con pocos miembros en Ferelden, dos de los cuales no participarían en la batalla. Una orden cuya principal influencia es la de los bastardos orlesianos. Eso lo reafirmó.
Cailan solo era un niño.
El señor feudal suspiró, tal vez el rey era un tonto, pero era el hijo de su mejor amigo y esposo de su hija. Tal vez era un niño, y por eso él era quien debía encargarse de guiarlo y moldearlo para que fuese un digno sucesor de Maric y de Rowan. Ahora que ninguno de sus padres estaba, era su tarea y estaba dispuesto a cumplirla.
Tan solo esperaba que Cailan no muriese aquella noche. Después de todo solo era un niño jugando y deseando ser el héroe.
Todos los soldados estaban listos para la batalla, listos para entregarlo todo y ganar. Las oscuras nubes que se juntaron en el cielo ahora cubrían la luna y la única luz de aquella noche era la de las antorchas y el coraje de los combatientes.
El canto se había dejado de escuchar desde hacía tiempo y ahora todo lo que resonaban eran los susurros y oraciones de los hombres y mujeres.
El Rey ya se encontraba en la estructura elevada, junto al guarda comandante y el "Escudo de Maric" además de los guardas grises quienes habían bajado de la torre y se dispersaron a lo largo de las filas. Cailan caminaba inspeccionando a sus soldados desde arriba.
Los mabaris gruñían y ladraban. Los magos preparaban sus hechizos. Los arqueros tenían listas sus flechas, encendidas por el fuego intenso de las llamas. Y los guerreros intentaban reclamar todo el coraje posible pues serían ellos quienes enfrentasen de frente a los monstruos.
La reverenda madre paso a lo largo de las filas, con un pequeño quinqué en su mano mientras recitaba el cantico de la luz. Oraba al Hacedor por todos los hombres y mujeres. Y los soldados le rogaban al Hacedor que tuviese misericordia de su destino.
Los truenos y rayos comenzaron a resonar por el abismo. La lluvia empapó sus armaduras y heló sus huesos. Algunos querían retroceder, pero los más veteranos les inspiraron el suficiente valor para quedarse. Además, la figura resplandeciente de su Rey les hizo mantener sus puestos.
—El plan funcionará, su majestad—. Expresó Duncan.
—Por supuesto que sí—. Afirmó Cailan con confianza—. La Ruina termina aquí.
De pronto, de entre los densos arboles comenzaron a escucharse susurros infernales los cuales solo eran acallados por el rugir de los truenos. Miles de antorchas se visualizaban desde el bosque hasta una gran montaña. Miles de pies arrastrados resonaban en el resbaloso lodo.
Un rayo cayó cerca del lugar e iluminó todo, fue ahí cuando las primeras filas de engendros tenebrosos saliendo de entre los árboles se visualizaron ante el terror de los defensores.
Rugían y chillaban. Atemorizantes gritos de guerra salían de entre las gargantas de esas criaturas. No tenían orden alguno, todos estaban dispersos y aguardaban la señal para atacar.
Más altos que los demás, unas enormes criaturas sobresalían de entre la horda. Tan grandes como un gran árbol y tan sanguinarios como los demonios. Enormes cuernos se erguían sobre sus cabezas. Y sus mandíbulas estaban listas para destrozar junto a sus enormes manos. Su piel grisácea y orejas como cuchillos. Y sus rugidos eran equiparables a los de un dragón.
Un Hurlock alfa subió a una gran roca, movió el cuello y, con su espadón, rugió dando la señal a los demás para iniciar la masacre.
Las filas interminables de engendros tenebrosos se lanzaron al ataque, cargando hacia Ostagar dispuestos a arrancarles la cabeza a todo aquel que se interpusiese en su camino.
Todos los engendros tenebrosos se movían como una gran masa. Sin organización alguna, solo su hambre por matar los impulsaba. No intentaron disminuir el número de enemigos desde la distancia como un ejército normal lo haría. No, ellos atacaron en uno solo con completo salvajismo y sed de sangre. Corrieron y rugieron, llenando de temor el corazón de las tropas. Pero todos se mantuvieron firmes.
—¡Arqueros!—. Rugió Cailan a sus hombres una vez que los monstruos se encontraban al alcance de los proyectiles.
Un general en la parte de abajo dio la señal y las flechas volaron hacia el cielo cuando fueron liberadas de sus arcos. Encantadas con fuego por los magos para que se mantuviesen vivas a través del aguacero.
Las flechas llameantes navegaban en dirección experta, formando hermosos arcos antes de golpear contra las cabezas y cuerpos de sus enemigos, algunas cayeron sobre el firmamento mientras otras se perdieron en la travesía. Pero la mayoría logró su objetivo.
Los primeros engendros tenebrosos caían muertos o heridos y estos fueron masacrados por sus propios hermanos cuando les pasaron por encima triturando sus cuerpos.
Una segunda oleada de flechas cayó sobre la hora. Y una tercera, cuarta… las flechas no se detenían.
Uno de los gigantes que acompañaban a los engendros agarró una gran roca llameante y la arrojó contra la fortaleza con tal fuerza que traspasó el abismo y chocó contra el puente, destruyendo dos balistas y matando a tres hombres con su impacto.
Elsa y Kristoff fueron arrojados al piso cuando una enorme roca golpeó el puente. Con dificultad se levantaron y miraron con horror cómo tres defensores habían sido triturados por el impacto y, junto a ellos, dos máquinas de guerra.
Ayudaron a una mujer a levantarse, quien rápidamente se acercó a una de las maquinas rotas para intentar repárala.
Los dos guardas grises prosiguieron su camino, debían atravesar el puente y llegar hasta la gran torre de Ishal, pues el destino del país y de todo Thedas dependía de ello.
Detrás de ambos, una torre de vigilancia se destruyó cuando otra gran bola de fuego impacto contra esta. No sabían de donde salían dichas armas, pero estaba claro que eran mortales y los engendros llevaban una gran ventaja al tener lo que fuese que las arrojase.
—¡No desistáis defensores!—. Motivó Alistair—. ¡Quédense firmes! ¡Firmes! ¡Por los guardas grises!
Con ese grito ambos guardas corrieron lo más rápido que pudieron para intentar cruzar el puente. Antes de que otro proyectil impactase contra la estructura.
El trabajo de los arqueros y máquinas de asedio continuó, disparando contra la horda infernal de engendros tenebrosos, muchos de los cuales caían muertos por las grandes lanzas de las balistas, o las pequeñas flecha de los arcos, o las grandes rocas de las catapultas. Lloviendo destrucción en las filas de los engendros, con la esperanza de reducirlos a un número que los combatientes pudiesen enfrentar.
—¡Sabuesos!—. Ordenó el Rey, de alguna forma su grito se alzó entre los truenos y gruñidos de la horda que se avecinaba.
El jefe de las perreras dio la señal a los perros para que se lanzasen a la carga.
Y una legión entera de perros de guerra se arrojó directo a la muerte, ladrando contra los monstruos que tenían enfrente. Su coraje y determinación para la batalla motivaron a los guerreros de las filas delanteras.
Algunos de los sabuesos eran más grandes que otros, pero incluso el más pequeño llegaba a la cintura de un hombre humano y también eran fuertes, incluso el más débil era capaz de derribar a un caballero con armadura de su caballo y mutilarlo a él y al caballo. Incluso la legión de guerreros más poderosa se llenaría de miedo si se enfrentasen a una manada entera de mabaris cargando y gruñendo.
La horda de engendros tenebrosos chocó contra la manada de mabaris, siendo separados y mutilados por los animales. Algunos perros se abalanzaron directo a la cara de los engendros, otros mordieron las patas de los monstruos y algunos trituraron sus brazos.
Los mabaris se arrojaron contra los alfas, derribándolos al piso y haciéndolos pedazos.
Este proceso se repitió varias veces antes de que fuesen superados y asesinados. Mabaris siendo empalados con espadas y lanzas, pero usando sus últimas fuerzas y agonías para terminar con la vida de sus agresores.
Cailan, Duncan y todos los demás presentes se encogieron al oír a sus amados perros llorar mientras eran masacrados.
El Rey desenvainó su gran espada con un solo movimiento antes de alzarla hacia el cielo en dirección a la horda y gritar:
—POR FERELDEN!—. Rugió vertiendo todo su orgullo y honor en esas palabras.
El grito resonó en los oídos de los guerreros y, con otro rugido repitieron las palabras de su Rey, con sus esperanzas y corajes recobrados los guerreros se lanzaron contra la horda que se acercaba, cargando con sus espadas en mano y sus escudos al frente.
Cada hombre y mujer gritaba con euforia mientras avanzaban por el fango, formado por la gran tormenta que caía sobre ellos.
Por un momento, todo estuvo en silencio.
De pronto los dos ejércitos se encontraron, el sonido del acero martilleando, las espadas se blandieron y las armaduras se rasgaron cuando los Fereldeanos y Engendros Tenebrosos chocaron, con un estruendo que estremecía la tierra, con el crujir de los cuerpos y huesos rompiéndose mientras ambos bandos se masacraban.
Golpeando con sus escudos en el frente y atacando con espadas desde atrás. Cada guerrero impidió el paso a los monstruos, aunque algunos lograban colarse por los extremos.
Luego vino el rugido de la carne podrida, los gruñidos de cientos de engendros que habían traspasado el frente, sedientos por matanza. Sin embargo, fueron los monstruos quienes experimentaron la muerte y el dolor en aquella carga, cuando el rey Cailan se abrió paso junto al "escudo de Maric" y los guardas grises a los costados masacrando a todo engendro que se pusiese en su camino.
Los soldados plateados protegían a su rey de cualquier amenaza mientras los guardas grises se abrían paso a lo largo del camino, avanzando por el centro.
Cada guerrero estocaba sus espadas y blandía sus mazas. Superando con creces en habilidad a los monstruos, los soldados hacían retroceder cada intento de las criaturas para traspasar. Los de la primera fila lentamente caían, pero eran rápidamente remplazados por los guerreros de las filas traseras que, con gran pesar, aplastaban los cuerpos de sus camaradas.
En el centro, Arling, una elfa guerrera quien fue reclutada por Duncan dos años atrás combatía con fervor y furia. Pateo el cráneo de un genlock y atravesó a un Hurlock con su espada, apuñalando en el acto a otro genlock con su daga.
Sabía muy bien cuál era su misión y objetivo aquella noche. Combatir a los engendros tenebrosos y honrar a su pueblo, esclavizado por los humanos (o shelm como los llamaba su pueblo) durante siglos. Era una guarda gris y como tal estaba dispuesta a sacrificarlo todo para templar la oscuridad.
Una maza casi le golpea la pierna, pero con un ágil movimiento fue capaz de esquivar el arma y con su daga apuñalo directo en el hígado al engendro. Otros más intentaron matarla pero Arling era una guerrera experimentada y con gracia acabo con sus enemigos.
—¡Vamos bastardos!—. Gritó la guarda gris—. ¿¡Esto es todo lo que tienen!? ¡Incluso los shelm son más hábiles que todos ustedes juntos!
No estaba segura de que los monstruos entendiesen sus palabras, pero aceptaron su desafío pues diez hurlocks arremetieron contra ella. Ninguno de ellos era un rival digno y con enorme experiencia terminó con todos, esquivando fácilmente sus ataques o haciendo que ellos mismos se atacaran. Al final solo le quedaba uno, al cual asesinó enterrando su espada en la garganta del hurlock.
De repente, susurros demoníacos se escucharon de entre las filas de monstruos, y Arling entendió, habían llegado los emisarios.
No eran engendros tenebrosos normales pues para combatir usaban la magia como arma e iban equipados con un extraño bastón curvo. Una vestimenta que era una burla a las túnicas de los magos del Círculo: con cuero cubriendo su torso y plumas negras cayendo de su cintura. En la cabeza varios huesos eran adornados como una corona en la nuca y sus ojos eran cubiertos por una venda negra en "X".
Arling sabía que necesitaba terminar de una vez con cualquier emisario en el lugar, pero no poseía habilidades templarías y el único guarda gris con esas características no estaba en el campo de batalla. Cuando alzo la mirada lo vio, estaba siendo protegido por dos hurlocks y un alfa. El emisario acababa con magia oscura a sus oponentes, llenándolos de un extraño veneno el cual era arrojado desde su bastón.
La elfa tomo sus armas con fuerza y se lanza directo al emisario. Acabó con facilidad con los que se interpusieron en su camino. Cuando llego hasta el alfa, este intento empalarla con su hacha, pero la mujer fue más rápida y con la daga atravesó la garganta del hurlock.
Pero cuando giró para encarar al emisario, su cabeza comenzó a doler y terribles imágenes le llenaron el cerebro. No podía escapar, no podía salir de esa pesadilla. El emisario la había maldecido con algún conjuro. De repente un fuerte golpe la despertó y al darse cuenta estaba en el piso con un alfa ante ella, con un gran mazo el alfa estaba a punto de matarla.
En eso, un mago del Círculo intervino. Con su magia lanzó un hechizo que derribó al alfa, dándole la oportunidad a Arling para recuperarse y acabar con él. El emisario estuvo a punto de hechizarla nuevamente pero el mago la protegió creando un hechizo en ella.
El emisario y el mago se batieron en un duelo a distancia de artes mágicas. Mientras el engendro utilizaba magia espiritual, el mago usaba magia elemental. En un movimiento rápido el mago logró quemar al emisario, terminando con su vida.
Era un espectáculo digno de contemplar, por primera vez en mucho tiempo los magos no fueron vistos diferentes, no fueron tratados como abominaciones, como monstruos. Todo lo contrario, luchaban lado a lado junto a guerreros y picaros por un bien mayor. Esta noche, los magos conjuraron hechizos, salvaron vidas y arrasaron con los engendros.
En cambio, los elfos, durante siglos fueron esclavizados por el extinto imperio de Tevinter y aunque Andraste, profetisa del Hacedor, los libero del tiránico imperio siguieron siendo tratados como basura y perdieron toda su cultura y tradiciones. Pero este día combatían como en los días de antaño, este día no había diferencia entre elfos y shelms.
Los pocos elfos en el campo de batalla lucharon sin igual y se ganaron el respeto de sus compañeros humanos aquella noche. El pensamiento de que serían vistos como iguales le lleno de esperanza a Arling, esperanza por el futuro, esperanza de que su pueblo finalmente viviera en paz otra vez.
Arling tan solo rezaba a sus dioses creadores que sobrevivieran para ver un nuevo amanecer. Volteó a ver la torre de Ishal y el fuego aún no estaba encendido. Maldijo a sus compañeros guardas por tardar demasiado pero no pudo continuar pues más engendros tenebrosos llegaban.
A sus pies la cabeza del mago rodó, cerró los ojos en señal de respeto y cargo contra los asesinos del mago.
Para aquellos que salieron delante del ejército, su mundo se redujo por los interminables números de monstruos que seguían llegando, ahora luchaban desesperadamente por la supervivencia pues pronto serían superados y masacrados, pero al menos intentarían llevarse al mayor número de engendros tenebrosos posible.
En el centro, compañías de soldados luchaban por mantener una barreara que mantuviese a raya a los monstruos, con un muro de escudos intentaban mantenerse firmes ante la presión que los engendros ejercían sobre ellos.
La tierra se volvía peligrosa y traicionera, ahora con sangre y cuerpos esparcidos por todo el firmamento más el resbaloso lodo creado por la lluvia que solo dificultaba más el avance de los atacantes y los defensores. Muchos tropezaron con los cuerpos de sus hermanos y compatriotas caídos, llorando al ver sus rostros desfigurados y sus cuerpos rotos.
Todos los combatientes tenían algo en común: esperanza. Ya fueran los guerreros por regresar a sus familias y poder abrazar a sus hijos. O los magos y su deseo de ser aceptados en la sociedad. O los elfos y sus sueños de liberar a su pueblo del yugo de los humanos. Incluso había quienes esperaban la gloria y regresar convertidos en héroes con riquezas y fama.
Esperanza para todos, esperanza para el futuro. Y esa esperanza les dio fuerzas para continuar su lucha contra los engendros.
Al menos hasta que los refuerzos llegasen y acabasen con la horda.
Elsa y Kristoff corrieron a toda velocidad, atravesaron el largo puente sin problemas, pero mientras recorrían las ruinas de la fortaleza se encontraron con unos pocos defensores de la torre combatiendo un número considerable de engendros tenebrosos. No entendían como habían llegado hasta allí pero no les importo y fueron en ayuda de los hombres.
Entre los dos guardas lograron aniquilar a todos los monstruos que se les ponían enfrente. Alistair con su espada y Elsa con su magia. Eran un equipo imparable y les dieron motivación a los guardias de la torre, pues no estaban solos, los guardas grises les respaldaban.
Continuaron abriéndose paso entre los engendros y a su paso los hombres que rescataban se les unían en la labor. Hasta que llegaron a las afueras de la torre de Ishall, donde les indicaron a los hombres que fuesen a apoyar a los arqueros del puente pues lo necesitarían más que ellos. Los hombres obedecieron y corrieron al puente.
Estaban dispuestos a entrar en la torre cuando tres soldados salieron de entre las pesadas puertas de esta, agitados y sudorosos. Se veía que no les había ido bien. Los tres llevaban el emblema del Bannorn de Río Blanco estampado en sus escudos.
—¡Los engendros tenebrosos invadieron la torre!—. Gritó uno.
—¡Están por todas partes!—. Exclamó otro.
—¡Ayudadnos guardas grises!—. Suplicó el ultimo.
—¡¿Cómo es posible que entraran en la torre?!—. Preguntó la platinada.
—¡No lo sabemos, de pronto salieron de los pisos inferiores y nos tomaron por sorpresa, masacraron a todos!
—Genial—. Resopló Alistair—. Tenemos que llegar a la cima y con esos engendros se complicara más nuestra labor.
—Escuchadme hombres, necesitamos que nos ayuden a llegar hasta arriba. El Rey y los Guardas Grises dependen de ello. ¡Adelante!—. Determinó Elsa y con su compañero guarda caminaron a las grandes puertas de hierro. Los tres soldados los siguieron, tal vez porque no querían que una mujer demostrase tener más coraje que ellos, o tal vez su orgullo no les permitía huir de su puesto designado, o tal vez la presencia de los Guardas los inspiraba. Cualquiera que fuese la razón no importaba porque los hombres siguieron a los dos guardas.
Los cinco se adentraron en la enrome estructura. Era bastante grande por dentro, con paredes tan grandes como las de la Torre del Círculo y hermosos grabados en ellas, Elsa no pudo seguir contemplando la estructura porque gruñidos y estruendos la alertaron.
Se abrieron un par de puertas y los engendros tenebrosos se lanzaron al ataque.
Con un gran grito, Kristoff y los tres soldados se lanzaron contra los monstruos y desde la distancia Elsa los aniquilaba incluso antes de que los guerreros pudieran siquiera tocarlos. El ex templario mataba con una habilidad impresionante digna de un campeón. Los soldados vieron impresionados como él solo se abría paso entre los merodeadores de la torre mientras su compañera lo cubría de quienes intentasen atacarlo por la espalda.
No cabía duda, los Guardas Grises eran héroes puros.
Mientras recorrían los fríos y oscuros pasillos de la torre vieron cabezas empaladas y columnas esparcidas. Algunas estatuas estaban decoradas con huesos humanos y de animales o bestias y debajo de estas, algún extraño altar que simulaba las alas de un dragón formado con vertebras de todo tipo.
Continuaron avanzando a lo largo de la torre hasta que llegaron a un extraño hoyo en el piso.
—Bueno, al menos ya sabemos por dónde entraron—. Comentó Kristoff—. Que desconsiderado de su parte por no haber tocado. ¡Pudieron haberles preparado un té!—. Intentó bromear, pero los otros ni siquiera esbozaron una sonrisa.
—Parece ser que entraron por unos viejos túneles—. Señaló Elsa.
—No hemos explorado por completo la estructura de la Torre—. Reconoció uno—. Ni siquiera sabíamos que existan esos subterráneos.
—Eso ya no importa, debemos seguir avanzando—. Murmuró la chica a lo que todos se pusieron en marcha.
Durante el camino se toparon con más engendros tenebrosos, pero no fuero mayor problema pues los tres defensores. Inspirados por la habilidad de sus héroes, demostraron su gran habilidad acabando con la mayoría antes de que los guardas pudieran siquiera reaccionar.
Llegaron hasta las escaleras y las subieron sin chistar. En la segunda planta se encontraron con una escena aterradora: decenas de cuerpos decapitados yacían incinerados a lo largo de otro altar que también simulaba las alas de un gran dragón e incluso había un cráneo de reptil en el centro de esas "alas". Al menos ya habían encontrado todos los cuerpos de las cabezas del piso anterior.
Aparentemente, la horda de engendros tenebrosos era infinita pues a pesar del gran esfuerzo de todos los combatientes, no lograban hacer que el número de monstruos disminuyese. Por el contrario los engendros aniquilaban con fervor al ejército de Ostagar, y el número de defensores cada vez se hizo más pequeño.
Los guerreros habían conseguido formar una gran muralla con sus escudos desde el frente de todo y con fuerza empujaron a los engendros tenebrosos haciéndolos retroceder lentamente, cosa que fue aprovechada por el resto del ejército para terminar con los monstruos que se encontrasen dentro de la muralla de guerreros. Poco a poco los engendros comenzaron a caer cubriendo el suelo como una enorme manta. Cuando los últimos engendros fueron acabados, un estruendo se escuchó a lo lejos.
Una nueva oleada de engendros tenebrosos se avecinaba, todos exigían muerte. Algunos derribaban y aplastaban a sus compañeros por sus ansias de matar, cuando aplastaron a los que quedaron de la oleada anterior, los guerreros de la muralla se prepararon para el impacto poniendo todas sus fuerzas restantes en piernas y brazos, apuntando sus armas fuera de sus escudos para intentar matar a los primeros.
Cuando la horda se encontró con la muralla humana, otro gran estruendo azotó el abismo; las lanzas chocaron con escudos y las lanzas encontraron armaduras. Los dos bandos sufrieron bajas cuando chocaron, algunos guerreros cayeron ante el primer impacto mientras otros se mantenían firmes.
Los engendros fueron empalados por espadas y lanzas de los defensores, pero otros lograron penetrar la muralla y derribar a los guerreros. Mientras otros engendros fueron directo a las puntas de las vigas y palos, muriendo al instante.
La oleada no pudo avanzar más debido a la muralla de valientes escudos y gracias a esto los ballesteros y arqueros pudieron tenerlos a un rango perfecto, disparando flechas para intentar reducir su número. Las balistas en lo alto del puente también masacraban engendros mientras las catapultas los aplastaban.
Sin embargo, no fue suficiente para frenar el avance de la horda.
El resto del ejército real vio con horror como los valientes guerreros eran superados por la gran oleada de monstruos, algunos fueron destrozados por el avance de las pisadas y los que resistieron hasta el final fueron atravesados con espadas y hachas. Y los engendros tenebrosos se abrieron paso nuevamente al corazón del campo de batalla.
Pero nadie desistió, pues en el centro de todos se encontraba la razón de su coraje. La resplandeciente armadura del Rey brillaba como el sol entre las tinieblas brindando confianza y esperanza a los hombres y mujeres. Además, ningún guarda gris había perecido hasta el momento, lo que elevo más su moral y valor. Así que, con un grito de guerra, se lanzaron nuevamente al ataque.
Chocaron con la oleada que avanzaba, pero ninguno cayó al instante pues sus deseos de venganza los impulsaban a pesar de tener el cuerpo magullado. Cada uno se abrió paso por su lado, estrategia que no sirvió pues fueron fácilmente superados.
Ahora solo cuatro recorrían los pasillos. En el camino tuvieron que enfrentar más engendros tenebrosos, además de perder a un compañero. Habían sido emboscados por un gran grupo de genlocks y uno de ellos controlaba una balista la cual disparaba enormes lanzas mortales; apenas y lograban esquivar los proyectiles, pero un defensor fue detenido por un genlock y ambos fueron atravesados por la lanza. Los cuatro lucharon con más fervor y lograron destruir la balista.
—¡Maldición, ese estúpido túnel solo complicó más nuestro trabajo!—. Se quejó abiertamente Kristoff una vez que llegaron al tercer piso.
—¿No eras tú el que estaba deseoso por luchar?—. Cuestionó Elsa con una pizca de diversión en su voz, toda la que podía reunir en ese momento.
—Sí, es verdad. Supongo que debo pensar mejor lo que deseo… En cualquier caso, debemos apresurarnos, ya ha pasado bastante tiempo y el Rey necesita al Teyrn, apresurémonos que ya solo quedan este piso y llegaremos a la planta alta.
Los cuatro continuaron su recorrido por las habitaciones de la torre, topándose con algunos engendros tenebrosos en el camino, aunque se hacían menos numerosos conforme avanzaba.
Hasta que llegaron a una extensa habitación, donde hallaron más engendros tenebrosos que en todo su recorrido por la tercera planta. En jaulas, seis mabaris ladraban a los monstruos deseosos de poder combatir. Así que Alistair corrió todo lo que su armadura le permitía y alcanzó una palanca la cual activó, todas las jaulas se abrieron.
Los perros atacaron sin piedad a los engendros tenebrosos, destrozando sus cuellos y despedazando sus extremidades. Mientras que los cuatro humanos combatían con sus propias armas, con la ayuda de los perros fueron acabando con los hurlocks y genlocks que se arrastraban para salvarse.
Cuando todos los monstruos fueron exterminados del lugar, los perros se formaron en una línea delante de la maga.
—Creo que quieren que les ordenes algo—. Murmuró Kristoff consternado—. Diles que vallan y defiendan el agujero del primer piso, seguramente vendrán más engendros tenebrosos—. La chica lo miró con completa incredulidad—. ¿Qué? Es cierto, dicen que los mabaris son tan listos que tan solo no saben cómo se llaman.
No muy convencida de las palabras de su compañero, decidió intentarlo. No tenía nada que perder, más que su dignidad.
—Muy bien, uh, escúchenme perros—. Elsa dijo—. En la primera planta hay un agujero de engendros tenebrosos, quiero que vallan y defiendan esa posición.
Los perros solo se quedaron ahí sin hacer nada y por un momento la platinada se sintió increíblemente tonta, pero de repente los seis perros dieron un ladrido sincronizado y corrieron directo a las escaleras.
—¿Lo ves? Te lo dije, esos perros son tan listos que hasta dan miedo. Deben tener al menos la inteligencia de un recaudador de impuestos promedio—. El rubio se rio entre dientes. La chica no estaba muy segura de que si los perros fueron e hicieron lo que ella les ordenó, pero no tenía tiempo para comprobarlo.
Los cuatro se apresuraron a atravesar la habitación y llegaron hasta las escaleras que conducían a la cima de la torre. Aunque vieron que una pared estaba completamente destrozada al lado. Por lo que sabían que arriba probablemente habría algo, algo grande.
Ser Velendran nunca fue el mejor hijo, escapo de su casa cuando tuvo la oportunidad y dejó a su suerte a sus enfermos padres. Tampoco fue el mejor esposo, apenas dándole atención a su esposa. Mucho menos era un buen padre, visitando a sus hijos de vez en cuando. Ni siquiera era el mejor caballero, obteniendo su título por mera coincidencia y un accidente.
Pero esa noche demostró ser un guerrero y estratega formidable a la hora de combatir. Su señor había caído, el Arl Urien Kendells de Denerim, y la compañía estaba desorganizada y dividida. Así que en un acto desconsiderado tomo el mando y comenzó a hacer retroceder a los engendros tenebrosos.
La compañía era de arqueros así que el caballero necesitaba un buen rango de visión para dar las indicaciones correctas a los hombres y mujeres. Además de un lugar en el cual cubrirse. Por lo que subió sobre montículo de cuerpos, algunos humanos otros engendros, y desde ahí montó una trinchera para frenar a los monstruos.
Se encontraban casi al principio de las defensas, por lo que lo único que los protegía era una pequeña hilera de estacas, situados a la derecha del desfiladero, todos se atrincheraron en los montones de cuerpos inertes. Del otro lado, del lado izquierdo, la compañía de arqueros que se encontraba ya no era visible y estaba más que claro que habían sido aniquilados
Los guerreros del frente habían sido casi masacrados y ahora solo ellos se interponían entre esos desgraciados y el Rey. La mayoría de guardas grises se mantenían en pie, pero estaba claro que no tenían el mismo número con el que empezaron la batalla y seguiría disminuyendo si los engendros tenebrosos continuaban avanzando con un ritmo tan demoledor.
Necesitaban mantenerlos a raya, al menos hasta que los hombres del teyrn llegasen.
Ser Velendran cogió su espada y aniquiló a los que intentasen acercarse mientras los arqueros disparaban flecha tras flecha sin descanso alguno, no importaba que el dolor en sus hombros y brazos fuese insoportable, ellos continuaron el ritmo sin parar.
Con una orden ladrada, Ser Velendran hizo llover una andada de flechas que fulminó a una fila entera de engendros tenebrosos que había logrado traspasar y ahora avanzaban por el traicionero terreno directo al Rey. Sin embargo, otra gran fila le sucedió en cuestión de segundos por lo que tuvieron que apresurarse a cargar sus arcos.
Pero una gran roca se deslumbró en el cielo y apenas tuvieron tiempo para moverse cuando el enorme proyectil impactó contra el montículo de cadáveres. De pronto, uno de los enormes engendros corrió desde el bosque detrás de sus compañeros, triturando a cualquiera que estuviese en su camino.
Ser Velendran apenas tuvo tiempo para escuchar al Rey gritar algo antes de sentir una enorme cornamenta incrustarse en su tórax y la humedad de su sangre recorrer todo su cuerpo.
—¡Manden las reservas! ¡Manden las reservas!—. Bramó Cailan a sus hombres, no pasó mucho tiempo antes de que la última oleada de guerreros saliese a la carga, dispuestos a parar a la horda el tiempo suficiente para que lo refuerzos llegasen.
El gran engendro tenebroso, identificado como Ogro por los guardas grises, también cargó contra los guerreros, pero una enorme lanza de balista le clavó el hombro para después ser blanco de una andada de flechas las cuales lo derribaron. El ogro cayó bocabajo, muerto por los proyectiles.
Los guerreros chocaron con los engendros tenebrosos y una nueva lucha comenzó.
Cailan respiraba agitado, la mayoría de las tropas habían sido aniquiladas y tan solo quedaban él, la mitad de miembros de "el escudo de Maric" y diecisiete guardas grises. Además de algunos soldados que aún se mantenían disparando flechas desde un poco más lejos y algunos que se quedaron atrás para defender a su Rey. Aún quedaba un mago, pero era solo uno y era un curandero por lo que debía mantenerse lejos del frente. La última oleada de guerreros constaba solamente de veinticinco, tanto hombres como mujeres.
El monarca vio como la horda era fuertemente detenida por las filas de guerreros que habían salido a su encuentro y hasta ahora no habían sufrido bajas propias. Pero bien sabía que no iban a durar por tanto tiempo.
—¡Su majestad!—. Uno de sus caballeros lo gritó—. ¡Debe salir de aquí, cuanto antes! ¡No sabemos hasta qué punto podamos resistir y las fuerzas del Teyrn no se ven por ninguna parte!
—¡No! ¡Mis hombres aún están ahí afuera! ¡Esperaré el tiempo necesario para que esto termine!
—En ese caso ordenaré a los arqueros que vallan preparando sus cuchillas, el Hacedor sabe que las vamos a necesitar.
—Su majestad, es hora—. Duncan habló agitado—. Debemos mandar la señal ahora. Los engendros están situados en un punto sin retorno, aun podemos triunfar esta noche, pero Loghain debe atacar.
—¡Manden la señal, entonces! ¡Dejad que la torre se encienda!
Ascendiendo los últimos escalones, los cansados guerreros solo podían quedarse boquiabiertos de horror cuando vieron lo que acechaba en el último piso. El terrible sonido de carne desgarrándose y huesos crujiendo salió de entre las fauces de esa criatura, haciendo eco por toda la cámara.
La criatura era inmensa, de al menos tres metros de alto y estaba llena de músculos contorsionados que se cicatrizaban en la gruesa y pálida piel. Llevaba poca armadura, simplemente un taparrabos y distintas partes de cuero y hierro protegían su cuerpo; en el hombro derecho un gran trozo de metal se alzaba hasta el codo.
Al oírlos, la monstruosa criatura se giró y sus pasos hicieron crujir el suelo y retumbar las paredes. Desde su cabeza un par de largos cuernos negros se alzaban haciéndolo lucir más grande y temible. Un rugido ensordecedor estremeció el lugar y Elsa sintió a los dos defensores detrás de ella retroceder, mientras ella misma temblaba con las manos en su bastón.
—¡Ogro!—. Gritó Kristoff, corriendo para flanquear a la criatura—. ¡Todos usen ballestas, arcos! ¡Apunten a los ojos y con las espadas corten en las piernas!
Cualquier otra advertencia y consejo del guarda gris se perdió cuando el ogro cargó lenta pero mortalmente contra los tres, quienes por poco son golpeados por los largos cuernos.
Desde el suelo, Elsa invocó el hechizo de rayo más fuerte como nunca antes y, cuando la electricidad fue disparada de sus manos, esperó que el cuerpo del ogro se entumiese como el resto de engendros tenebrosos, pero no fue así y el gigante lanzó otro gran rugido y con sus fuertes manos sujetó a un defensor quien inútilmente intentó alcanzarlo con su espada.
El defensor fue arrojado hasta el otro lado de la cámara y golpeó con dureza una pared.
El ogro se giró en dirección a la hechicera quien apenas tuvo tiempo para grabar un glifo en el piso, el cual lo mantuvo a raya por unos, dándole el tiempo suficiente para alejarse.
Alistair corrió con su espada en mano y logró atravesar el musculo su pata derecha, pero el ogro simplemente le dio una patada y el guarda gris fue arrojado lejos.
El tercer hombre se armó de valor y arrojó su espada al rostro del monstruo, por fortuna el arma consiguió encajarse en su ojo izquierdo. El ogro rugió de dolor y se abalanzó contra el soldado, pero una flecha explosiva le golpeó la espalda.
Era el cuarto hombre, quien había logrado sentarse, agitado, cansado y con varios huesos rotos. Con su ballesta asestó un tiro y preparó otro con toda la velocidad que su adolorido cuerpo le permitía. Había terminado de cargar el arma y ahora apuntaba desesperado al ogro, en lugar de la criatura, una gran roca fue lo que vio.
Elsa había logrado paralizar los pies del ogro, pero este había arrancado una roca del piso y la arrojó al hombre moribundo. Un sonoro y hueco golpe fue todo lo que se escuchó cuando la roca trituró al arquero.
Kristoff miró con horror la sangre que salpicaba y oyó los huesos que se aplastaban. Lleno de furia, cargó directo al ogro quien todavía seguía inmovilizado. Con un salto se subió a su espalda e intentó clavarle su espada en la nuca. Pero una gran mano lo tomó y arrojó contra el hombre desarmado que estaba enfrente.
El ogro se liberó del hechizo y se abalanzó contra la maga. Elsa se aventó a la derecha esquivando los cuernos nuevamente. Pero el ogro no iba a detenerse y con un rápido giro intentó otro ataque, levantando una pica del suelo, arrojándosela directamente.
Elsa recibió el golpe directo en la cabeza y si no hubiese sido por una pequeña barrera espiritual que recibió la mayor parte del impacto, estaría muerta. El ogro arremetió nuevamente contra ella.
Aturdida y en el suelo por el impacto, la chica alzó su bastón y lanzó el primer hechizo que se le vino a la mente. Por fortuna fue uno de hielo, pero la explosión que salió del bastón fue similar a la que sintió horas antes en el pantano, solo que mucho más poderosa al estar potenciada por el bastón.
Elsa dejó escapar un suspiro y soltó el bastón, cayendo con un leve sonido al piso. Estaba cansada y su respiración era agitada, su vista era borrosa y apenas lograba ver unas gotas de sangre escurriendo por su rostro. La cabeza le dolía enormemente, además de otras partes del cuerpo.
El otro guarda gris veía sorprendido a su compañera, pues de su cabeza manaba una enorme cantidad de sangre. Rápidamente se acercó socorrer a la maga. Con una cataplasma curativa su herida fue sanada y posteriormente cubierta por vendas. El rubio la ayudó a levantarse y juntos observaron la escena, quedando maravillados.
Las paredes estaban cubiertas por hielo al igual que el piso, hielo blanquecino y azul cristalino. En toda la habitación caían hermosos copos de nieve, sorprendentemente no se sentía ni una pizca de frío.
La parte más asombrosa fue el ogro completamente congelado a mitad de carga y con la espada en su ojo.
Kristoff negó con la cabeza mientras una pequeña sonrisa se deslizaba por sus labios, rodeando silenciosamente al ogro mientras observaba el panorama. Un hombre había muerto y el otro apenas se mantenía en pie siendo ayudado por su compañera. Usando su entrenamiento como templario, calmo su mente y se apresuró a ir al brasero, agradeció al Hacedor que el hielo y la nieve se habían desvanecido en esta área.
Mientras Alistair terminaba de hacer lo que vinieron a hacer, Elsa se tomó suavemente la cabeza y junto al defensor se acercó hasta el brasero, donde el fuego ya comenzaba a arder.
Ser Cauthrien, una caballeriza y teniente del Teyrn Loghain de Gwaren observaba desde lejos la batalla. Cuando era joven trabajaba junto su padre en una granja y un día ayudo a un hombre que era perseguido por bandidos, cuando los acabaron se dio cuenta de que era el héroe del Río Dane. Le ofreció sus servicios uniéndose al ejército y tras años de duro trabajo y determinación, logrando enormes hazañas y reconocimientos, se convirtió en su lugarteniente un puesto del que se enorgullecía.
Era una mujer joven, de veintisiete años y su cabello era negro y atado por una pequeña coleta hacia atrás. Una armadura roja le cubría el cuerpo, hermosa y dura como ella. Con orgullo su escudo llevaba el blasón de Gwaren: un wyvern dorado.
Había dado un discurso motivacional a las tropas y ahora se encontraba a lado de su señor. Esperando pacientemente para atacar. Viendo la enorme torre cubierta por la oscuridad.
De pronto sucede, la torre se enciende.
El fuego ilumina la gran torre, disipando las tinieblas a su alrededor. El fuego se extendió por todo Ostagar llenando de una sensación indescriptible a los soldados, era reconfortante y esperanzador. Ahora se preparaban para atacar. Ser Cauthrien esperaba ansiosa la señal de su señor para dirigir a las tropas y acabar con el mar de oscuridad que amenazaba la vida del Rey.
—Haz sonar… la retirada—. Ordenó Loghain.
—¿Qué?—. Preguntó incrédula y pasmada—. Pe…pero el Rey… ¿No deberíamos…?
Loghain la sujetó con firmeza del brazo. La mirada que le dio era aterradora era la misma mirada que tenía cada vez que maldecía a los orlesianos.
—Tú haz lo que yo te ordeno—. Siseó amenazante—. El Rey escogió su lugar. Ahora yo escojo el mío. No pienso arriesgar a mis hombres por la vanidad de Cailan. ¡Haz sonar laretirada!
Loghain soltó su brazo y parte de Cauthrien luchaba por combatir el temor que crecía dentro de ella, al pensar en lo que su señor feudal pretendía. Por un momento pensó en ignorar esa orden, pero rápidamente desistió pues le debía todo a su señor, y su celosa lealtad a él anuló sus dudas sobre el plan del héroe. Así que la teniente se puso al frente de las tropas.
—¡Muy bien todos ustedes muévanse!—. Y con una señal de su brazo, todos emprendieron la retirada.
Ningún hombre o mujer protestó, confiaban plenamente en su Teyrn, le tenían fe. Así que todos marcharon directo a Denerim pues seguramente un plan así debería ser por un bien mayor ¿Cierto?
Loghain vio por última vez la gran Torre de Ishal para después marchar junto a sus tropas.
Y así mientras sus demás compatriotas luchaban y morían por detener el mar de oscuridad, tres mil quinientos soldados los abandonaron solos a su suerte dentro del desfiladero…
Agdar Cousland no comprendía lo que sucedía, en un momento estaba preparándose junto a sus treinta hombres, y al otro, todo el ejército marchaba hacia el lado contrario del que se suponía debían atacar. Así que se aceró con el otro Teyrn para averiguar su estrategia.
—Teyrn Loghain, ¿en el nombre del Hacedor qué está haciendo?—. Exigió el Teyrn de Pináculo al Teyrn de Gwaren.
—Creí que era bastante claro, lord Cousland—. Frunció el ceño—. Estoy salvando a mis hombres de la estupidez de Cailan. Nos retiramos directo a la capital, directo a Denerim.
—¡No puede hacer esto!—. Objetó apretando los dientes—. ¡Es traición! ¡Está traicionando a su nación!
—¡NO, Lord Cousland! ¡Es Cailan quien ha traicionado a Ferelden al tratar de unirse con los bastardos orlesianos!
—¡No permitiré tal arbitrariedad! ¡Como regente del teyrnir más poderoso de ambos y líder de la casa Cousland, la más poderosa después del Rey, ordeno que detenga esta locura!
—Lo siento, Teyrn Agdar, pero usted ya no es Teyrn de Pináculo—. Con sus ojos le hace una señal a su teniente y esta acepta a regañadientes la orden—. En nombre de mi hija, la reina Anora, queda bajo arresto.
—¡¿Pero qué tonterías dice!? ¡Ordenaré a mis hombres y al resto de soldados que…!
Un fuerte y contundente golpe en la nuca lo dejó inconsciente. Era Ser Cauthrien lo golpeó fuertemente con el mango de su espada. Agdar cayó de cara al piso y Loghain ordeno a algunos de sus hombres que los llevasen a rastras.
Los treinta soldados de Pináculo fieles a su señor rápidamente intentaron intervenir, pero fueron superados por los soldados fieles al regente de Gwaren. Algunos fueron asesinados esa misma noche mientras otros fueron arrestados y condenados a juicio por alta traición y deserción.
Dentro del desfiladero la situación era cada vez más desesperada. La luz de esperanza que se había encontrado en el Rey moría lenta y cruelmente. Todos cansados, todos destrozados y todos sin esperanza, esa esperanza que al principio ardía al igual que el fuego en lo alto de la torre.
Los soldados morían.
Los caballeros morían.
Los nobles morían.
Los guardas morían.
Cailan y Duncan se encontraban en la vanguardia, junto a los tres últimos miembros del escudo de Maric. Algunos guardas grises aún continuaban en pie y los últimos soldados ya no combatían por gloria o sueños, lo hacían por su vida.
Arriba, sobre el puente, las máquinas de guerra disparaban sin parar y los arqueros se estaban quedando sin munición. De repente un gran grupo de engendros tenebrosos les llegó por detrás y los mataron sin piedad alguna.
—No… por la bendición de Andraste—. Susurró Cailan al ver como los engendros masacraban a los hombres de arriba, arrojando sus cuerpos al desfiladero y comenzaban a manipular las máquinas de guerra.
Estaban contra la espada y la pared.
—¡¿Dónde está Loghain?!—. Gruñó Cailan—. ¡Habríamos sabido si fue atacado! ¿¡Por qué no está aquí!?—. Se negaba a creer que su yerno lo hubiese traicionado. Loghain no era un traidor, además fue el mejor amigo de su padre y de su madre.
—Su majestad, ¿Qué hacemos?—. Suplicó un caballero desesperado.
—¡Ordena la retirada, que salgan por la puerta trasera! Cualquier miembro sobreviviente del escudo de Maric guiará a los hombres. Deberán abrirse paso y matar a cualquier engendro tenebroso que se interponga y abrir el camino para nuestra retirada. El resto del ejército deberá seguirlos afuera, pero cualquier voluntario debe quedarse y retrasar el avance de los engendros tenebrosos lo más que puedan ¡Corre la voz y hazlo ahora!
—¡Su majestad debe retirarse junto a sus hombre!—. Insistió Duncan agotado—. ¡Nuestra posición se está volviendo insostenible!
—¡No, Duncan! ¡No dejaré a mis hombres solos a su suerte para que pueda vivir otro día!—. Replicó tercamente—. ¡Todos a mí! ¡A mí!—. Gritó alzando su espada empapada de sangre negra como un último faro de esperanza.
Todos los hombres y mujeres que decidieron quedarse para defender a sus compañeros luchaban con sus últimas fuerzas, pero con un gran fervor. Mantuvieron a sus enemigos a raya lo suficiente como para que un pequeño grupo saliese por una puerta situada hasta atrás del acantilado.
Los guerreros dieron una lucha formidable pero luego los emisarios conjuraron su hechicería y con un movimiento lanzaron un enjambre de insectos carnívoros que se coló por la armadura de los soldados. Aun así, no desistieron y continuaron defendiendo su línea. Un alfa intento romper su fila, pero gracias al esfuerzo de los combatientes pudieron matarlo antes de que hiriese a alguno de ellos.
Duncan luchaba frente al rey, bloqueando y pateado a un Hurlock en el acto lo atravesó con su espada. Solo estaba armado con su fiel espada pues su daga seguía enfundada, lista para cuando decidiese matar. El guarda comandante comenzó a escuchar los susurros en su cabeza: algo grande se acercaba. Detrás de él escucho a los guerreros y guardas ser derribados y destrozados.
Cuando estaba a punto de voltear, un enorme brazo lo arrojó lejos golpeando a otro guarda gris. Al alzar la mirada vio que era un gigantesco ogro que había conseguido tomar a Cailan con su mano derecha.
Los pocos soldados que estaban alrededor intentaron ir en ayuda de su Rey, pero los engendros tenebrosos les cortaron el paso y nadie fue en ayuda del joven monarca.
Los guerreros y guardas grises que antes defendían la línea, ahora yacían en el suelo derribados por el gran ogro y estaban siendo masacrados por los engendros que llegaban.
El ogro lanzó un rugido ensordecedor delante del rostro del Rey, quien intentaba liberarse inútilmente. Aplicando presión en la mano, el ogro rompió el cuerpo del Rey. Se escuchó el crujir de los huesos y el rozamiento de la armadura, la sangre salió de la boca de Cailan y dejó de moverse; la dorada armadura se manchó de rojo. El ogro aventó el cuerpo inerte lejos, golpeado y derribando a un hurlock y un soldado.
Duncan vio con horror el cuerpo del rey.
Cailan I Theirin estaba muerto.
Los soldados y caballeros lloraban por la muerte de su Rey, los últimos miembros del escudo de Maric intentaban acercarse al cuerpo real, pero eran detenidos por grupos de monstruos. Y los guardas grises restantes luchaban inútilmente para defender el cuerpo de su majestad.
Duncan respiraba agitado, vio al ogro quien rugió victoriosamente mientras un rayo caía detrás de él. Cegado por la ira, el guarda comandante cogió su espada, desenfundó su daga y corrió directamente al cuerpo del ogro. Saltó y enterró ambas armas en el pecho del monstruo, sacando una y enterrando otra, repitió este proceso hasta que el cuerpo del ogro comenzó a tambalear y cayó bocarriba.
El comandante de los grises se levantó sin sus armas y se acercó cojeado al cuerpo destrozado del Rey. Se hincó al llegar y se sujetó el abdomen, algo dentro de él estaba roto y probablemente sangraba. Miró a su alrededor y vio con tristeza como los últimos soldados, caballeros y guardas grises eran empalados por lanzas, atravesados con espadas y destrozados por mazas.
Al alzar la mirada vio el fuego de la Torre de Ishal encendido, despejando las tinieblas, pero nadie fue en su ayuda, nadie respondió al llamado.
Regresó la mirada al frente, de donde los engendros tenebrosos llegaban, el ultimo guarda gris fue atravesado por un largo sable y su cuerpo cayo sangrante.
Un Hurlock Alfa cargaba en su dirección, empuñando una enorme hacha y detrás diez engendros más.
Duncan ni siquiera intento defenderse, aceptó su destino al cerrar los ojos.
Esa noche la muerte cubrió Ostagar y con ella vinieron los sacrificios. Pues la muerte significa sacrificio…
Pero nadie recordaría el sacrificio. Los mártires de aquella desastrosa noche serian olvidados.
Aquella noche no sería recordada y el sacrificio habría sido en vano, pues quienes decían ser sus compatriotas, quienes decían ser sus amigos, quienes decían ser sus camaradas, quienes antes los aclamaban como héroes, los abandonaron a su suerte.
Elsa y Kristoff se encontraban delante del fuego, estaban cansados y sudorosos, pero ya habían logrado pasar la antorcha, el fuego de la almenara ardía fervientemente y de seguro los hombres del Teyrn Loghain ya se encontraban flanqueando y encerrando a los monstruos en el estrecho desfiladero. Ahora se estaban preparando para salir y unirse a la batalla.
Pero un gruñido proveniente de las escaleras los alerto. El soldado fue atravesado por una gran lanza.
Elsa giró y lo último que sintió fue una flecha hundirse en su hombro izquierdo antes de que todo se volviese oscuro.
—¡Engendros!—. Oyó la voz de su compañero guarda mientras cerraba los ojos.
Nota de autor
¿Qué les aprecio? Espero sus reviews y que les haya encantado como a mí. En el siguiente capítulo Anna y su grupo llegan al pueblo de Lothering y se enteran de noticias terribles, mientras Elsa… bueno tendrán que esperar y ver ;). Después de ese capítulo vendrá el tan ansiado recuentro :D
Antes de despedirme quiero pedirles que vean un pequeño video que encontre: es un tráiler falso para una película de Dragon Age, hecho con escenas de películas y series, pero quedo tan genial que quise compartírselos. Como no puedo poner links, busquen en YouTube: (Fake) Dragon Age Origins movie triler. Fue subido por el canal bloodrunsclear. Ojala y les guste.
¡Nuevamente les deseo una feliz navidad y que se la pasen muy bien! :D
