Nota de autor
Lamento mucho la demora pero he estado ocupado en la escuela T.T aun así siempre trato de escribir algo o pensar en nuevas ideas para ver cómo se irá desarrollando la relación entre personajes. Agradezco sus comentarios y disfruten del nuevo capítulo.
Todos los derechos de autor son para Disney y BioWare.
Capítulo 13—El príncipe bastardo
"Estaba dentro de un extraño abismo en el subsuelo, la lava iluminaba todos los oscuros lugares y daba calor al frío lugar. Una enorme masa de engendros tenebrosos desfilaba por los angostos caminos de las profundidades, normalmente se movían sin orden ni organización alguna pero esta vez era diferente pues él los lideraba. Todos los monstruos lo seguían ciegamente, no tenían otro objetivo, ninguna razón para existir más que la de aniquilar al mundo.
Una gigantesca criatura extendió sus alas desde lo alto de una estructura y rugió dando órdenes a los engendros tenebrosos. Levantó el vuelo y planeo sobre las cabezas de sus súbditos hasta posarse sobre una gran roca cubierta por llamas. Abrió sus mandíbulas y un extraño fuego morado salió de entre sus fauces."
Elsa abrió los ojos jadeando entre escalofríos y sudores. Había sido una pesadilla, pero se sentía tan real…
Se encontraba dentro de su tienda de lona, cubierta por las mantas que compraron en Lothering, su túnica aun cubría todo su cuerpo, pero aun así el frío se colaba por sus huesos, pero no era un frío normal pues a ella el frío nunca le molestó. La maga se sentó y bostezó, aún era de noche y las estrellas cubrían el cielo mientras la luz de la fogata traspasaba levemente por su tienda. La chica se estiró y salió de la tienda.
El campamento que armaron aún se mantenía en profundo silencio, solo los leves ronquidos de algunos de sus compañeros eran apaciguados por el chisporroteo de las llamas. Elsa se acercó hasta el fuego y colocó sus manos cerca de este, calentándolas para después sentarse en un tronco caído.
—Una pesadilla, ¿eh?—. Escuchó la voz de su compañero guarda hablar.
Efectivamente era Kristoff quien estaba al otro lado del campamento y ahora se sentaba frente a ella, del otro lado de las llamas.
—Parecía tan real…—. Susurró la chica.
—Bueno, es que lo era. Más o menos—. Murmuró el rubio—. Veras, una de las cosas que conlleva ser guarda gris es oír a los engendros tenebrosos. Eso es lo que ha pasado durante tus sueños. Los oías—. Explicó con voz cansada—. El Archidemonio le… "habla" a la horda y nosotros lo percibimos, igual que ellos. Por eso sabemos que se trata de una Ruina.
—¿El Archidemonio? ¿Te refieres al dragón?—. Elsa arqueó una ceja con curiosidad.
—No sé si es un dragón de verdad, aunque desde luego lo parece. Pero sí, ese es el Archidemonio—. Aseguró mientras un escalofrió le recorría la espalda a ambos—. Acabarás por aprender a bloquearlos, aunque te llevara tiempo. Algunos de los gurdas de más edad dicen que hasta pueden entender algo de lo que dice el Archidemonio, pero yo no—. Se rio entre dientes nervioso—. En cualquier caso, cuando te oí debatirte en sueños, pensé que también debía decírtelo. Al principio, también yo me asusté mucho.
—Podrías habérmelo dicho antes—. Reclamó Elsa más relajada—. Aunque te agradezco que me informaras.
—Lo sé. Lo que pasa es que he estado tan distraído con el asunto de la… ya sabes—. Exhaló mientras sus facciones se entristecían—. La masacre de todos mis amigos y la guerra… Lo siento. Y… por nada, para eso estoy aquí para dar malas noticias y hacer chistes ingeniosos. Bueno, creo que debería volver a mi tienda.
Entonces el otro guarda gris se levantó, abatido, y caminó directo a su tienda. La chica se quedó pensando en lo ocurrido hace unas horas.
Habían salido de Lothering una vez que el sol salió y no dejaron de caminar hasta que la luna usurpó el trono del cielo por lo que, al cabo de un rato, buscaron un lugar el cual usar como campamento. Todos iban en el camino a Risco Rojo así que debían apurarse. Todos estaban en la compañía, hasta Gerda había decidido unirse a ellos. Exactamente diez tiendas se localizaban en el campamento, alrededor de la fogata, excepto una que estaba hasta el fondo de todos con su propia fogata.
En el camino conversó un poco con sus compañeros, Sten no dijo mucho y menos dio respuestas a sus crímenes. Kristoff seguía con sus chistes, aunque esta vez se le veía más triste, además de pelear constantemente con Morrigan. Leliana fue con quien se llevó mejor, de hecho, se parecía más a como recordaba a su hermana que a como era ahora; la monja era orlesiana, pero no dijo mucho más. Mientras que con su "hermana" apenas y habló.
Leliana le platicó con poco de su "visión" y de su vida en un claustro; le contó que era tranquila y eso era lo que más le gustaba, además de que algunas hermanas la despreciaban por su "comunicación con el Hacedor". Además, le dijo que era trovadora errante en Orlais, actuaba y le pagaban con aplausos y dinero; fue en esa vida donde aprendió todas sus habilidades en combate.
Se quedó mirando las llamas en completo silencio. Cuando giró su cabeza a la derecha vio a dos enanos parados a unos metros de distancia junto a un gran carro jalado por un caballo. Se dio cuenta de que eran dos enanos que ellos habían rescatado una vez que dejaron Lothering: mientras salían del pueblo se encontraron con un grupo de engendros tenebrosos que atacaban a dos enanos comerciantes, padre e hijo, así que los mataron y ambos enanos les agradecieron pagándoles cien monedas de plata.
Se acercó hasta ellos con una mirada interrogante.
—¡Ah me alegra veros de nuevo, mi oportunista salvadora!—. Exclamó el enano más viejo—. Bodahn Feddic a vuestro servicio una vez más. Vi vuestro campamento y pensé: "Que lugar de descanso puede haber más seguro que el campamento de una guarda gris…" Estoy dispuesto a ofreceros un buen descuento a cambio de la molestia de nuestra presencia. ¿Qué os parece? ¿Bien?
—Está bien—. Asintió la chica—. Pero mantente alejado de los problemas, ¿de acuerdo? ¿Qué vendes?
—De todo, cualquier cosa… pero todas de la máxima calidad. Nada de baratijas. Y mi muchacho, Sandal, tiene muy buena mano con los encantamientos. Desgraciadamente, eso también nos convierte en objetivos de bandidos y similares. Si hubiera algún guardaespaldas a quien contratar, ya estaría a mi servicio hace mucho tiempo.
—Déjame ver tus mercancías—. Pidió la chica y el enano abrió su carreta. En total, juntando el dinero que todos llevaban consigo, juntaba once soberanos, veinte monedas de plata y setentaicinco de cobre así que podían comprar varias cosas. Al final solo termino comprando algunas cataplasmas curativas y pociones de lirio, además de un gran espadón a dos manos para el qunari; y una armadura ligera de placas para Leliana. Llevó las cosas hasta un tronco cerca de la fogata y las colocó simplemente.
A lo lejos vio otra fogata, en la esquina de una laguna. Era Morrigan quien puso su propio campamento lejos de los demás. Elsa decidió que tal vez era buena idea socializar con los miembros de la compañía, después de todo viajarían juntos por un largo tiempo.
—Buenas noches—. Saludó la rubia cortésmente a lo que la bruja frunció el ceño.
—¿Qué quieres de mí?—. Gruñó cortante.
–Solo quería pasar y saludar.
—Bueno ya lo hiciste, ahora vete—. Bufó la bruja, sentada en pieles de animales.
—En realidad… me estaba preguntando si tu…—. Dudó por un momento—. ¿Estás bien viajando con nosotros?
La pelinegra suspiró hastiada—. Mira, madre me obligo a venir… sin embargo, he de admitir que no me desagrada del todo tu compañía y la del resto… excepto ese templario inútil y esa monja, pero por lo demás estoy bien.
—Me alegra escuchar eso—. Respondió Elsa sinceramente—. ¿Puedo preguntarte otra cosa?
La bruja asintió.
—¿Co…cómo haces eso? Me refiero a convertirte en animales—. Cuestionó torpemente la platinada.
Morrigan sonrió. —Se le llama meta metamorfosis. Y no nací así. Es una habilidad que Flemeth me enseño durante muchos años, en la espesura. Los chasind tienen historias de nosotras, las brujas, en las que dicen que adoptamos formas de criaturas para vigilarlos sin que nos vean; cuando un niño está solo y separado de la tribu, es cuando atacamos y nos llevamos al niño, gritando y pataleando, hasta nuestro cubil para devorarlo. Es una historia muy divertida—. Su sonrisa se volvió sardónica.
—Me parece que es algo que te gustaría hacer—. Comentó Elsa sentándose frente a la bruja.
—¿Sí? La verdad, dudo que los niños valgan la pena el esfuerzo—. Frunció las cejas—. Son cosas sucias y apestosas, cargadas de lágrimas, mocos y problemas. Aun así, no puedo hablar por madre, lleva mucho más tiempo en la espesura y ha hecho cosas que desconozco. Pero, porqué preguntas ¿hay algo que quieras saber en específico?
—Nunca había oído de una magia así—. Dijo con franqueza.
—¿No? Pues no es desconocida en los confines del mundo. Hay más tradiciones de magia a parte de las del Círculo, ¿sabías?, pese a lo que estos te puedan haber hecho creer.
Elsa se sintió como una niña nuevamente, sin saber absolutamente nada sobre el mundo que le rodea y ansiosa por descubrir más y más.
—Pero… la Capilla solo quiere protegernos del peligro—. Apeló Elsa.
—No todos los apostatas utilizan las prohibidas artes de la sangre. Sí que lo hacen los maleficaum, pero condenarnos a todos por no someterse al Circulo me parece una idiotez. Hay que considerar la palabra "apostata" como un sinónimo de libertad.
—Puede que tengas razón…—. Reconoció la platinada, al fin y al cabo, no todos los magos son maleficarium—. ¿Pasas mucho tiempo en forma de animal?
—Había noches en que la espesura me llamaba, cierto—. Dijo nostálgica—. Miras al mundo que te rodea y crees que lo conoces bien. Lo he olido como una loba, o como una gata, rondando por sombras cuya existencia ni has llegado a soñar.
—¿Y qué piensan los demás animales de ti cuando te transformas?—. Elsa curveó los labios con diversión.
Morrigan se encogió de hombros. —No se esconden de mí. Creo que me perciben como uno más de su especie… ¿Y bien? ¿Así pues, tienes una opinión de mis habilidades? ¿Soy una abominación antinatural que ha de consumirse en la hoguera?—. Sentenció con la mirada.
—Creo… que tus habilidades me parecen muy útiles—. Dijo tímida de hacer enojar a la bruja.
—Una opinión muy pragmática, he de decir. Es mucho más de lo que puede decirse de todos los hombres con los que he hablado. Pero basta de charla, estoy cansada y te agradecería que me dejases descansar.
—Por su puesto. Buenas noches, Morrigan.
Y con esto Elsa se alejó, sumida en sus pensamientos.
Anna no podía conciliar el sueño, además de que en su mente se sentía muy culpable. ¿La razón? Pues casi había matado a alguien inocente sin darle la oportunidad de explicar su propia versión de los hechos. Sabía muy bien que debía mejorar su actitud y tolerancia con las personas pero era bastante difícil.
Además, las figuras de los engendros tenebrosos le hacían estragos en la mente y distorsionaban sus ideas. Cuando los vio por primera vez a las afueras del pueblo su sangre se heló y su nariz vomitó; eran espantosas esas criaturas además de increíblemente resistentes, pero gracias al Hacedor que los mataron sin sufrir daños mayores.
Durante el combate la mujer nombrada Elsa le salvó la vida congelando a uno de ellos, acto que le hizo sentir aún más culpable.
Anna mentiría si dijera que no estaba maravillada con la guarda gris, la manera en que se movía y realizaba sus hechizos los cuales eran increíbles, su cabello blanco platinado moverse al ritmo del viento, su piel pálida contrastante con el azul de su túnica, esos enigmáticos ojos azules… Anna se sacudió la cabeza sonrojada intentando sacar de su mente a la hermosa maga.
Desde el momento en que la vio su mente empezó a jugar con ella y hacía que fuese más torpe, de hecho, estuvo tentada a soltarla solo por ver esos ojos, pero su fuego de ira prevaleció.
Se asomó ligeramente y la vio sentada frente a la fogata, recorriéndola con su mirada, se sonrojó nuevamente mientras el sentimiento de culpa crecía. Decidió que lo mejor era disculparse con ella por su actitud anterior, pero vio la figura de Leliana acercarse hasta la guarda, por lo que frunció el ceño levemente y volvió a dormir, o al menos eso intentó.
Elsa estaba sentada frente a la fogata, inmersa en la profundidad de sus pensamientos. Meditaba acerca de su hermana y como acercarse a ella, pues estaba decidida a recuperar ese lazo inseparable que les unía sin importar lo que haría y que consecuencias traería.
Definitivamente Anna ya no era la misma niña que recordaba, su actitud más madura, aunque seguía siendo obstinada y rebelde (cosas que amaba de su hermana). Sin embargo, lo que le preocupaba era que Anna ya no tenía ese brillo soñador en sus ojos, esa inocencia que tanto le caracterizaba cuando niña y estaba decidida a hacer que la recuperase.
Pero no solo había cambiado psicológicamente, pues su cuerpo había tenido más que un par de cambios; su cabello había crecido considerablemente y aún era atado por ese par de coletas encantadoras, las mejillas regordetas de niña se habían transformado en hermosos pómulos, las piernas y pechos crecieron haciéndola parecer una verdadera mujer… Elsa rápidamente eliminó estos pensamientos de su cabeza sonrojándose furiosamente, pues era su hermana de quien pensaba así, ¡su hermana!
—¿Haciendo guardia?—. Escuchó una voz melodiosa y delicada con acento orlesiano detrás de ella.
—¿Leliana? ¿Qué haces despierta?—. Peguntó mientras hacía un espacio para que la chica se sentase en el tronco.
—Lo mismo pregunto yo—. Replicó la monja sentándose a su lado—. Simplemente no podía dormir… veo que tú tampoco
—Es solo… pesadillas y todo este asunto de ser guarda gris… Es difícil saber que tienes el destino del mundo sobre tus hombros, ¿sabes?
—Te entiendo—. Expresó simpáticamente—. Pero supongo que todos los grandes héroes de las historias se sintieron así, alguna vez.
—Sí, eso solía pensar de niña, cuando leía historias sin parar. Oyes tú eras trovadora errante, ¿no? ¿Conoces alguna historia?
—Jeje—. Se rio entre dientes—. Por supuesto, ¿de qué te gustaría escuchar?
—No lo sé, ¿tal vez conoces alguna leyenda de Orlais?
—Pues claro. A los orlesianos les encantan. Te contaré mi cuento favorito, el de Aveline, el caballero de Orlais.
—Adelante—. Dijo Elsa, curiosa.
Leliana se aclaró la garganta y comenzó a narrar con un tono serio.
—Hace mucho tiempo, la esposa de un granjero dio a luz a una niña. Él había deseado un hijo, así que le dijo a su esposa que la abandonara en el bosque. Antes de que el frío acabara con ella, la encontró un grupo de elfos dalishanos, que, compadeciéndose de la pequeña criatura, decidieron criarla como suya. Aveline, pues así es como la llaman, creció y se hizo fuerte y rápida bajo el cuidado de los elfos. Aprendió a empuñas la espada tan bien como cualquier hombre. Era capaz d matar a un ciervo de un flechazo a cien pasos de distancia y era tan grácil a lomos de un caballo como a pie.
Los guardianes dalishanos de Aveline, convencidos de que la muchacha podía batir en duelo al mejor de los chevalier orlesianos, quisieron mostrarles a los crueles humanos la niña que habían dejado abandonada. Le regalaron una magnifica montura, una armadura y la enviaron al gran torneo.
En aquellos tiempos, a las mujeres no se les permitía tomar las armas, y mucho menos competir en el gran torneo, pero Aveline no se quitó el yelmo en ningún momento y así impido que le descubrieran.
—¿Gano el torneo?—. Preguntó Elsa en un bostezo.
—Ganó muchos combates y logró granjearse el favor de la admirada multitud. Hasta que, al fin, en la gran refriega central, se encontró cara a cara con el caballero Kaleva. Aveline ya lo había vencido en la justa y Kaleva estaba decidido a que no se repitiera. Desesperado por recuperar su honor, Kaleva arrojó al suelo a Aveline, quien, al caer, perdió el yelmo.
El silencio se hizo en el campo de batalla al revelarse el secreto de Aveline. Kaleva declaró anuladas las justas anteriores. Pues una mujer había tomado parte en ellas y eso era imperdonable. Pero el público empezó a vitorear a Aveline. Kaleva estaba furioso porque había perdido ante una mujer y encima lo estaban abucheando. Cegado por la rabia, obligó a Aveline a ponerse de rodillas. "¡Aprende cuál es tu lugar, mujer!" exclamó. Y, acto seguido, le rebanó el pescuezo.
—Me esperaba un final feliz—. Suspiró Elsa decepcionada.
—El príncipe Freyan, hijo del rey, estaba presente. Admirado por la valentía y la destreza de Aveline, decidió luchar contra la injusta situación de las mujeres en su reino. Cuando subió al trono, cambió las leyes de Orlais para que las mujeres pudieran ascender también a la categoría de los chevalier. Y en señal de admiración hacia Aveline, la nombró caballero a título póstumo.
Desde entonces, cuando arman caballero a una mujer, se acoge la protección de Aveline la Valiente, patona de las chevalier… mujeres.
—Es una historia hermosa—. Comentó Elsa incorporándose, cansada—. Pero creo que debería ir a dormir, nos espera un largo camino.
—Ve, yo me quedaré haciendo guardia.
Y con esto la rubia ingresó nuevamente en su tienda, soñando con Aveline la Valiente.
Por la mañana todos levantaron el campamento y se pusieron en marcha. Bodahn ofreció llevar en su carro las tiendas de lona y mantas para aligerar la carga, además Gerda también subió a la carreta.
Durante el camino todos se mantuvieron en su actitud normal: Morrigan y Kristoff con sus interminables discusiones hasta que alguien más interviniese, Leliana intentando socializar con todos, Sten caminaba en silencio, los elfos jugueteaban entre sí, Ser Kai se mantenía rígido y alerta, Gerda intentaba sacarle platica a Anna quien solo respondía con un bufido, además que durante todo el trayecto mantuvo su mirada en la platinada y la otra pelirroja, pero con un gran ceño fruncido.
Gracias a que cuando salieron de Lothering avanzaron un gran tramo, ahora el camino era mucho más corto y las rojas colinas de Risco Rojo comenzaban a asomarse entre los arboles mientras el humo irradiaba de estas. Era el Arlingo más poderoso del reino, rivalizando con un teyrnir, donde se sitúa el legendario castillo residente entre las colinas, una fortaleza que ha existido más tiempo que el mismo pueblo, incluso antes de que Calenhad Theirin "el caballero de plata" unificase Ferelden convirtiéndolo en el reino que hoy es.
Los tonos rojizos de los acantilados que se elevan orgullosos provocan que la piel de Elsa se erice y sus pelos se paren. Risco Rojo era uno de los lugares más imponentes que hubiese visto en su joven vida. Ferelden nunca ha caído en ningún asalto que no haya acabado antes con Risco Rojo primero, es la primera y única línea de defensa para el paso terrestre hacia Denerim.
—Oye… Elsa—. Kristoff dijo inquieto—. ¿Podemos hablar un momento? Yo… supongo que tarde o temprano lo sabrán así que… aquí va. Bueno, vamos a ver… ¿Cómo podría decirlo? Casi estamos en Risco Rojo, ¿Te he contado como conocí al Arl Eamon, exactamente?
—Dijiste que te había criado—. Respondió Elsa recordando su conversación en la espesura, con Flemeth—. Mientras crecías en los establos de la finca.
Alistair inhaló audiblemente—Soy un bastardo—. Dijo y Morrigan parecía reír—…pero antes de que la bruja diga algo, soy bastardo de padres. Mi madre era sirvienta del castillo de Risco Rojo y murió al nacer yo. El Arl Eamon me acogió y me crio antes de que me enviarán a la Capilla.
Leliana, Gerda y Elsa lo miraron con cariño y simpatía.
—…El motivo por lo cual lo hizo es bueno mi padre era…
Tomó una gran bocanada de aire y todos pusieron sus ojos en él, como si fuese a decir alguna clase de sacrilegio.
—Mi padre era el rey Maric…—. Nadie respondió y todos quedaron atónitos—. Lo cual convierte a Cailan en mí… medio hermano, supongo.
Todos se quedaron en silencio, un incómodo y mortal silencio mientras observaban al nervioso guarda gris, todos ya se habían detenido y ahora estaban en medio del camino.
–Entonces… no eres un simple bastardo, eres un real bastardo—. Comentó Morrigan indiferente.
—¡¿Qué?!—. Gritó Anna—. ¡¿No crees que pudiste haberlo dicho antes?!
Kris frunció el ceño. —¿Cómo? ¿Cómo se puede decir algo así? "Oh, por cierto, el rey Maric se acostó con una sirvienta y tuvo un hijo bastardo. Es decir, a mí"—. Suspiró—. Miren, se los hubiera dicho, pero… para mí nunca ha significado nada. Yo era un inconveniente en el reinado de Cailan, así que me mantuvieron en secreto. Nunca he hablado de esto con nadie.
Elsa lo miró asombrada. —Eso te convierte en el heredero al trono.
—¡Hacedor, espero que no!—. Exclamó con horror el ex templario—. Soy el hijo de una plebeya, además de ser guarda gris. Ya desde el principio me dejaron bien en claro que no pensara en rebeliones ni en otra tontería. Y a mí me parece bien. Si hay algún heredero, ese debería ser el Arl Eamon. No tiene sangre real, pero es el tío de Cailan… Y es más popular.
—Al menos podrías explicarnos más—. Murmuró Elsa.
—Yo… solía vivir en el castillo de Risco Rojo, pero a la Arlesa no le agradaba mi presencia, ni los rumores que me colocaban a mí como bastardo del Arl. No eran ciertos, pero existían, al Arl no le importaban, pero a la Arlesa sí, y me enviaron al claustro cuando tenía diez años. Recuerdo que tenía un amuleto con el símbolo sagrado de Andraste grabado, fue el único recuerdo que quedaba de mi madre. Estaba furioso de que me enviaran fuera y lo arranqué, lo tiré contra una pared y lo rompí.
—¡¿Estás loco?! ¿Crees que con esa triste historia nos vas a conmover?—. Farfulló Anna, indignada—. ¡Eres el heredero al trono! ¡Es tu deber!
Tanto Elsa como Ser Kai, Gerda y los elfos se sorprendieron por esas pablaras, esa no era la Anna que conocían y querían, esa era otra Anna, forjada por la crueldad del destino.
—¿Mi deber?—. Cuestionó enfadado—. Yo no tengo ningún deber más que el de ser guarda gris. Aunque aceptase ser el heredero, cosa que nunca pasará, soy un guarda gris y como tal debo olvidar mi vida pasada.
—¡Eres un irresponsable!—. Reprochó la pelirroja—. ¡Ferelden está en caos y tu paseándote por la vida como si nada!
—Es suficiente—. Interrumpió Elsa.
—¿Por qué los detienes?—. Morrigan sonrió divertida—. Es divertido verlos pelear.
—¡Tu!—. Señaló Anna a Elsa—. ¡Dile que es su deber! ¡No se trata de que quiera o no!
—Discutiremos esto más tarde—. Dijo la rubia en un suspiro.
—¡¿Qué, vas a huir de los problemas?!—. Encaró Anna—. ¡Ya me lo imaginaba! ¡Eres el tipo de persona que solo huye de los problemas!
—¡Dije que era suficiente!—. Bramó Elsa más autoritaria y amenazante que nunca, haciendo que hasta Sten y Olaf se encogiesen—. ¡Discutiré este asunto con Kristoff más tarde! ¡Les recuerdo que estamos al borde de una Ruina y lo más importante en este momento es reunir el ejército! Sigamos…—. Murmuró comenzando a caminar nuevamente, pensando en lo que debería hacer su compañero guarda.
Anna refunfuñó y también comenzó a caminar pero manteniendo la distancia de la líder. Rápidamente todos los demás les siguieron el paso.
Descendieron por una colina hasta un pequeño puente de piedra por el cual pasaba la corriente de una cascada por debajo, que los conduciría directo al castillo de Risco Rojo y a la derecha había un pasaje para ingresar al pueblo, situado en el acantilado de las colinas con la costa al lago Calenhad en el norte.
Un hombre armado con un arco se acercó hasta ellos agitado.
—Me… me pareció ver a unos viajeros acercándose por el camino, aunque no podía dar crédito a mis ojos. ¿Has venido a ayudarnos?
—¿Qué quieres decir? ¿Hay algún problema?—. Preguntó la guarda gris.
—Entonces… ¿no os habéis enterado?—. Dijo preocupado—. ¿No se ha enterado nadie fuera?
—Ya sé que el Arl Eamon está enfermo, si a eso te refieres.
—¡Por lo que sabemos podría estar muerto!—. Profirió aterrado—. No ha llegado noticia alguna del castillo desde hace días. Nos están atacando. Todas las noches, salen unos monstruos del castillo y nos atacan hasta la salida del sol. Todo el mundo está luchando, hasta algunos niños… y mueren.
—Según parece, todo el mundo cree que la llegada de una Ruine es el momento perfecto para empezar a matarse—. Escupió la bruja—. Maravilloso, en serio.
—No tenemos ejército para defendernos, ni Arl, ni rey que pudiera enviarnos ayuda—. Continuó el campesino—. Han muerto muchísimos y los pocos que quedan temen ser los próximos.
—Espera—. Interrumpió Alistair—. ¿Qué mal es ese que os esta atacado?
—La… la verdad es que no lo sé, lo siento. Nadie lo sabe. Debería llevarlos a ver al Bann Teagan. Si resistimos ahora mismo, es solo gracias a él. Creo que querrá verlos.
—¿Bann Teagan?—. Preguntó Kristoff—. ¿El hermano del Arl Eamon, está aquí?
—Sí. Y no muy lejos. Venid conmigo.
El hombre los condujo a través del pasadizo al pueblo. Todos los pueblerinos afilaban espadas o practicaban con arcos, pero absolutamente todos en el pueblo hacían algo. Las casas se veían silenciosas mientras que los campos de cultivo estaban abandonados. El hombre los llevó hasta la capilla del pueblo, situada en el sureste. Entraron y los murmullos no tardaron en hacerse escuchar, pues ahí se refugiaban niños, mujeres, ancianos y heridos incapaces de luchar. Llegaron hasta un hombre rubio oscuro con ropa lujosa, quien los recibió amablemente.
—Eres Tomás, ¿verdad?—. Le dijo al hombre—. ¿Y quiénes son las personas que te acompañan? Salta a la vista que no son unos vulgares viajeros.
—No, mi lord. Acaban de llegar y pensé que querríais hablar con ellos.
—Bien hecho, Tomás. Saludos, amigos. Soy Teagan, Bann de Rainesfere y hermano del Arl Eamon.
—Te recuerdo, Bann Teagan—. Kris lo miró con afecto—. Aunque la última vez que nos vimos yo era mucho más joven y estaba mucho más… cubierto de barro.
—¿Cubierto de barro?—. El Bann se quedó sin aliento—. ¿Alistair? Eres tú, ¿no? ¡Estas vivo! ¡Que noticia más extraordinaria!
—Sigo vivo, só, aunque no por mucho tiempo si el Teyrn Loghain puede impedirlo.
Las cejas de Teagan se fruncieron. —En efecto. Loghain ha intentado hacernos creer que todos los guardas grises murieron junto a mi sobrino, entre otras cosas.
—No, no todos hemos muerto—. Habló Elsa.
—Así que… ¿tú también eres una guarda gris? Es un placer conocerte, aunque ojalá hubiera sido en mejores circunstancias—. Expresó el Bann—. Supongo que estas aquí para ver a mi hermano, ¿no? Por desgracia, no será posible. Eamon está gravemente enfermo. Lo peor es que hace días que nadie sabe nada acerca del castillo. Ningún guardia patrulla por sus murallas y nadie responde a mis gritos. Hace unas noches comenzaron los ataques. Unas… criaturas malvadas salieron del castillo. Conseguimos repelerlas, pero con grandes bajas.
—Puedo ayudarles a combatirlas—. Propuso la platinada—. Necesitamos la ayuda de Risco Rojo y, si los dejamos a vuestra suerte, no lograremos nuestro cometido.
—¡Gracias! Gracias—. Agradeció sinceramente el Bann—. Significa mucho más de lo que imaginas. Tomás, por favor, informa a Murdock de lo sucedido. Luego vuelve a tu puesto.
—Sí, mi lord—. Respondió Tomás saliendo del lugar.
—Y ahora—. Comenzó el hermano del Arl—. Tenemos mucho que hacer antes de la caída de la noche. He encontrado a dos hombres: la defensa del exterior. Murdock, el alcalde de la ciudad, está junto a la capilla. Ser Perth, uno de los caballeros de Eamon, se encuentra en lo alto del acantilado, en el molino, vigilando el castillo. Puedes discutir con ellos los preparativos de la batalla.
—De acuerdo, me marcho—. Dijo Elsa y comenzó a caminar en dirección a la salida seguida por todos sus compañeros, excepto Gerda y los elfos quienes decidieron quedarse y ayudar a los heridos.
A la salida se encontraron con una joven quien lloraba por lo que se acercaron hasta ella y le preguntaron sobre su situación, la chica les dijo que su hermanito estaba desparecido por lo que Elsa le prometió buscarlo. Una vez fuera Elsa decidió que lo mejor era dividirse el trabajo.
—Muy bien, nos dividiremos en dos grupos—. Indicó Elsa a sus compañeros—. Kristoff tu dirigete con ser Perth en el molino y lleva contigo a Leliana, Morrigan, Sten y ser Kai. Anna, Olaf y yo iremos con Murdock. Nos reuniremos en la taberna que vimos al bajar la colina—. Señaló la colina por donde Tomás les guio.
Anna parecía querer apelar, pero mantuvo la boca cerrada. Elsa sofocó una sonrisa pues había decidido hacer es separación para poder pasar tiempo con su hermana y solucionar la discusión anterior.
Alistair junto al resto de sus compañeros subieron la colina mientras Elsa se dirigía con Murdock quien estaba junto a los soldados entrando, frente a la capilla.
—¿Eres la guarda gris, verdad?—. Preguntó el alcalde con voz rasposa—. No pensaba que hubiera mujeres entre vosotros.
—No he venido a charlar. ¿Qué puedo hacer para ayudar?
—Necesitamos que reparen las pocas armas y armaduras que tenemos, y que lo hagan cuanto antes, o la mitad de nosotros estará luchando sin ellas dentro de poco, pero el herrero, Owen, se ha encerrado en su casa y no quiere salir, necesitamos la ayuda de ese maldito terco. También hay un veterano, Dwyn se nombra, pero se niega a ayudarnos, es un comerciante enano vive cerca del lago. Te agradecería toda la ayuda que puedas ofrecernos.
Así, Elsa se dirigió a la casa del herrero.
Ahora Elsa, Anna y Olaf se encontraban en una casa abandonada, donde había unos barriles de aceite. Ya habían hablado con el herrero quien aparentemente se había encerrado porque su hija había ido al castillo hace algunas semanas y no había regresado por lo que Elsa prometió buscarla y encontrarla una vez que esto haya terminado. Gracias a eso, Owen aceptó ayudar a Murdock y así completaron esa misión. También encontraron al hermano de la joven e hicieron que fuese a la capilla con ella.
Aún seguían buscando la casa del enano, pero en su lugar encontraron esa vieja casa, Anna abrió un cofre cerrado. Entonces Elsa eligió ese momento para hablar.
—Oye…—. Carraspeó la rubia mientras cerraba un cofre.
—¿Qué?—. Contestó secamente la pelirroja con su perro a la derecha.
—Yo, solo quería decir que lamento lo sucedido hace rato—. Dijo sinceramente—. No quería ser tan ruda…
Anna sintió un pinchazo de culpa incrustarse en su corazón.
—No, discúlpame a mí—. Expresó Cousland rascándose el cuello—. Es solo que a veces soy muy impulsiva, demasiado impulsiva.
—Lo sé…—. Murmuró Elsa con nostalgia—. Pero tienes razón, no quise decidir qué hacer en ese momento, temo que mi decisión no sea la mejor, para todos.
Anna asintió. —Sé que no es algo muy fácil de decidir, o de aceptar—. Dijo sentándose sobre un bote mientras la guarda se sentaba en un cofre cerrado—. Mi cabeza casi explota cuando me enteré que Kristoff era hijo del rey Maric—. Sonrió con ironía.
Elsa suspiró. —Lo sé, creo que nadie se lo esperaba. No es como si todos los días te encontrases con el hijo bastardo del antiguo rey y héroe salvador, ha sido de las cosas más al azar y raras que he vivido.
Anna estalló en carcajadas. El ambiente entre ambas comenzaba a hacerse más liviano y sencillo y a las dos les gustaba.
—Creo que comenzamos mal—. Dijo Anna una vez que se tranquilizó—. Y en verdad lamento haberte atacado antes, como te dije, soy muy impulsiva.
—No te preocupes—. Sonrió Elsa sutilmente—. Entiendo por lo que estás pasando y si necesitas algo… yo te apoyaré.
Nuevamente el silencio calló entre ambas, pero esta vez no era esa clase de silencio incómodo y pesado.
—Te… te lo agradezco—. La pelirroja susurró cabizbaja—. Tal vez cuando acabemos con esto de proteger al pueblo de extrañas criaturas, podamos hablar mejor. En verdad quiero empezar de nuevo—. Sonrió levantando su cabeza a la rubia.
—Me encantaría—. Sonrió de vuelta la platinada.
Olaf ladró feliz y satisfecho.
—Le agradas—. Señaló Anna acariciando a su perro.
—No parecía así cuando nos conocimos—. Bufó Elsa con tono burlón de manera que su compañera no se sintió culpable—. Pero cuando tuvo la oportunidad de atacarme, no lo hizo.
—Probablemente supo que no eras culpable—. Razonó la pelirroja pensativa—. Ya sabes lo que dice el refrán, El mabari es lo bastante listo como para hablar y lo bastante sabio como para saber que no debe hacerlo.
El sabueso respondió con un ladrido meneando la cola.
—Me alegra que nos hayamos entendido—. Expresó Elsa levantándose del cofre—. Después de todo viajaremos juntas por un largo, largo tiempo y lo mejor es llevarnos bien, o al menos al punto de no querer matarnos entre sí—. Ambas rieron levemente.
—Bueno mejor hay que apurarnos porque si no, nos pasaremos hablando y nunca saldremos de aquí—. Comentó Anna levantándose—…Pero no es que no quiera estar aquí, contigo, ¡porque quiero! Me gusta estar contigo, ¿a quién no le gustaría? Eres linda, amable… ¡Ay, ya comencé a divagar!—. Exclamó avergonzada cubriéndose graciosamente su rostro con ambas manos.
Elsa soltó una leve risita divertida y comenzó a caminar a la puerta. Ahora debían buscar la casa del enano Dwyn.
Se sentía feliz de que todo fuese según lo planeado y Anna volvía a ser la misma que recordaba y amaba. Aunque se preguntó si recuperar la relación perdida con su hermana sería tan fácil como lo fue hace unos momentos.
Nota de autor
Ohhhh Anna esta celosa xd. Pero en verdad que no tengo intención de hacer algún triangulo amoroso con algún otro personaje pues a veces termina siendo mas interesante que la pareja "oficial", aunque si me lo piden podría cambiar de parecer. Recuerden que pueden decirme cosas que les gustaría ver en el fic y yo gustoso las cumpliré.
Me gustaría saber si les gustan esas escenas donde los personajes se detienen a hablar y aprender sobre si mismos: su vida o contar algunos relatos o cuentos, o si debería evitarlas. Si su respuesta es si, entonces díganme con que personajes quieren que Elsa interactue para la siguiente vez que estén en el campamento.
Espero que les haya gustado y nos vemos en la próxima :D
