Nota de autor

Hola de nuevo chicos, lamento la tardanza pero he estado ocupado y con poco tiempo para escribir xD. Ademas estoy super feliz porque ayer ganaron mis águilas contra los patriotas :D

Muchas gracias por los comentarios, agradezco cada una de esas letras :')

Haciendo una pequeña recapitulación para que no se pierdan, en el capitulo anterior Kristoff revelo que era hijo bastardo del rey Maric, ademas, Elsa y los demás llegaron hasta el arlingo de Risco Rojo con la esperanza de encontrar al arl Eamon para que les ayudase, sin embargo la ciudad ha estado siendo atacada por monstruos y el bann Teagan no tiene noticias del arl... Elsa se comprometió a ayudar.

Sin mas por decir, aquí esta el nuevo capitulo.

Todos los derechos de autor son para Disney y BioWare.


Capítulo 14—Noche en Risco Rojo

Tal como acordaron, se reunieron en la taberna situada en una pequeña colina, era bastante acogedora y rustica con madera de abeto sobre sus paredes y roca sólida en el piso. Se sentaron en una mesa rectangular discutiendo lo que habían hecho.

Kristoff y su grupo habían hablado con Ser Perth y él les solicitó que le pidiesen a la reverenda madre algunos amuletos del Hacedor para que los soldados tuvieran fe en que triunfarían esta noche, tras varios intentos de negociación lograron convencer a la sacerdotisa. Anna, Elsa y Olaf encontraron al enano Dwin y, tras un gran trabajo para persuadirle, lograron que aceptara luchara junto a Ser Perth en unas cuantas horas pues el sol estaba a punto de ocultarse tras las rojas colinas del Arlingo.

Elsa les mencionó sobre los barriles de aceite y acordaron decirle a Ser Perth. Ahora charlaban un poco sobre la batalla que se libraría en unas horas, sus ideas de lo que podría estar atacando el pueblo y si el Arl Eamon todavía estaba vivo. Hasta que Elsa notó a un elfo armado y equipado con armadura de hierro mirarlos de reojo, sospechosamente, por lo que decidió acercarse a él.

—No busco compañía—. Escupió secamente el elfo de cabellos negros y puntiagudas orejas.

—¿No deberías estar con la milicia?—. Preguntó Elsa mientras Anna se posicionaba a su derecha y Kristoff a su izquierda.

—No soy de aquí—. Respondió el elfo astuto—. Soy un viajero errante.

—Entonces, ¿Qué haces en la ciudad?—

—Esperar hasta que pueda marcharme, nada más—. El elfo se encogió de hombros.

—Es raro ver a un elfo aquí—. Comentó el otro guarda gris.

—¿Es que a los elfos no se les permite viajar?—. Cuestionó el arquero nervioso.

—Es mera curiosidad—. Habló Elsa esta vez.

—No estoy aquí para hablar—. El elfo frunció ceño.

Leliana se acercó susurrante. —Hay algo en el comportamiento de ese elfo… No sé—. La orlesiana lo miró suspicaz.

—No sé de lo que me estás hablando— Aseguró el elfo.

—Pues yo creo que sí—. Contradijo Leliana—. ¡Reconozco a un espía en cuanto lo veo!

—Mira, sé que eres muy bonita y tal, pero me han dicho que…—. Comenzaba a sudar—eh… ¡Dejadme tranquilo!

—No pensamos movernos—. Gruñó Anna amenazante con Olaf a su lado—. Empieza a cantar.

—¿Sobre qué?—. Espetó el elfo—. ¡El hecho de que sean guardas grises no quiere decir que puedan andar intimidando a la gente!

—¿Y cómo sabes que somos gurdas grises?—. Cuestionó Elsa con perspicacia.

—Solo… lo he oído por ahí. Nada más—. Contestó tartamudeando—. Si me disculpas… Quiero estar en la capilla antes de que se ponga el sol-dijo intentando levantarse, pero Anna lo sentó de un solo movimiento.

—Esto será mucho más sencillo si me dices que estas ocultando—. La platinada lo miró persuasiva.

—Pero si yo no…—. Comenzó a balbucear hasta que suspiró derrotado— Oh, de acuerdo, te lo contaré. Pero… pero no me hagas nada. Ahh, no me pagan para esto. Mira, solo estaba aquí para vigilar el castillo y ver si cambiaba algo. ¡Pero nunca me dijeron sobre los monstruos! ¡No he podido informar desde que empezó todo! ¡Estoy aquí atrapado como el que más, lo juro!

—¿Quiénes son tus jefes?—. Exigió la rubia—. ¿Quiénes te contrataron para hacerlo?

—Un tipo alto, cuyo nombre he olvidado—. Respondió el espía—. Decía… eh… que trabajaba para Howe. El Arl Rendon Howe…

La mención de ese nombre hizo que tanto a Elsa como a Anna se les helara la sangre para después arder en furia, pero Elsa se controló a sí misma para mantenerse calmada, sin embargo, no se puede decir lo mismo de su hermana.

—¡Es un hombre importante, la mano derecha del Teyrn Loghain!—. Argumentó—. ¡Y nuevo Arl de Denerim! Así que no he hecho nada malo, ¿cierto? Yo solo creía que estaba ganándome un dinerillo al mismo tiempo que servía al rey—. Suplicó desesperado el elfo—. ¡Tienen que creerme!

Anna desenvainó a 'Idun' y la azotó fuertemente contra la mesa de madera, tirando algunos tarros y derramando la cerveza al piso, haciéndole una gran grieta a la madera. Estaba a punto de atacar al elfo, quien lucía aterrado, pero la mano de su líder la detuvo y esta negó con la cabeza lentamente. Elsa tomó de las manos a la pelirroja con una mirada consolante e hizo que bajara su espada.

—Deberías ayudar a defender Risco Rojo esta noche—. Le dijo Elsa al elfo, sin mirarlo—…si no quieres que la deje actuar.

El elfo asintió rápidamente y salió echando humo de la cantina, directo con la milicia. Una vez que estuvo fuera de la vista de todos en la cantina, Anna se volvió furiosa a Elsa.

—¡Por qué hiciste eso!—. Reclamó alzando la voz.

—Era preferible a que lo matases—. La platinada se encogió de hombros, aun reprimiendo sus impulsos—. Recuerda que la venganza no servirá de nada… menos contra un inocente. Y necesitaremos toda la ayuda posible para la batalla.

Anna bajó la mirada, con sentimientos encontrados e intentando mantener su cordura pues al recordar a Howe todo lo que quería hacer era matar, aunque sabía que esa sed de sangre era mejor reservarla para las criaturas que atacarían al caer el ocaso.

Su mirada viajó hasta sus manos las cuales aún estaban siendo sujetadas por las de la platinada, todo su odio y deseos de matar se disolvieron como arena en el mar, siendo reemplazados por un gran rubor, tan rojo como las colinas del Arlingo. Elsa se dio cuenta y también se puso roja, soltando de inmediato las manos de la pelirroja y volteando rápidamente a otro lado.

—De…deberíamos volver con ser Perth para decirle del aceite—. Ordenó Elsa torpemente—. La noche está cada vez más cerca y no podemos estar perdiendo el tiempo aquí.

Dicho esto, se dirigió a la puerta ante la mirada confundida de sus compañeros. Morrigan resopló, Alistair se rascó la cabeza, Sten gruño, Leliana se rio entre dientes, Ser Kai asintió, Olaf aulló y Anna intentó ocultar su vergüenza. Pero todos siguieron a su líder.

Debían prepararse pues una larga y cruel noche les esperaba.


Se encontraban dentro de la capilla aguardando órdenes, ya habían avisado a Ser Perth sobre los barriles de aceite y él fue por ellos para utilizarlos durante la batalla.

La luna ya había besado los suelos de Ferelden, y Risco Rojo no se quedó atrás por lo que las antorchas que iluminaban y daban calor, resplandecían afuera y brindaban esperanza a los aterrorizados aldeanos.

Anna afilaba a 'Idun' mientras Kristoff pulía un yelmo sencillo de hierro gris. Leliana ahora llevaba un arco y un carcaj de flechas, aparentemente resultó ser mucho más mortal con estas armas teniendo un pulso sobrehumano y una vista capaz de rivalizar con la de un elfo dalishano. Morrigan se negó a entrar en la capilla por lo que estaba afuera haciendo quien sabe qué. Sten solo miraba con desaprobación e irritación su gran espadón mientras gruñía. Ser Kai entrenaba a los elfos y Gerda ayudaba a algunos aldeanos. Elsa leía un viejo libro sobre hechizos que casualmente encontró empolvado en la biblioteca de la capilla.

Ahora todos los aldeanos se encontraban dentro de la capilla, por lo que estaba atascada incluso más que la de Lothering. Además, el ambiente era más tenso y pesado pues algunos niños temblaban aferrándose a sus madres mientras ellas rezaban incontrolablemente. El Bann Teagan se había negado a tener un guardaespaldas dentro de la capilla, diciendo que era preferible que todos los hombres luchasen afuera pues él no tendría la oportunidad de unirse a la batalla.

Elsa estaba tan sumergida en su lectura que no se dio cuenta cuando Gerda se le acerco.

—¿Cómo estas, querida?—. Preguntó con suavidad, sentándose frente a la rubia.

Elsa dejó a un lado el libro y se centró en su antigua nana.

—Exhausta—. Suspiró la maga—. Hoy ha sido un día muy movido y con muchas sorpresitas—. Comentó mirando a Alistair.

—Sí, supongo que así ha sido—. Asintió la mujer mayor—. Sobre todo, por lo que estas personas han estado viviendo. Me alegra que estemos ayudando.

Elsa estaba a punto de responder, pero entonces Ser Perth y el alcalde Murdock entraron por el par de puertas de madera callando el bullicio que se escuchaban por las paredes, dejando solo el cantar del viento.

—Llegó la hora, guarda gris—. Murdock murmuró con seriedad.

—Es en esta hora cuando los monstruos salen de las profundidades del castillo y atacan la ciudad, siempre llegan por la entrada del molino—. Explicó Ser Perth—. Mis hombres y yo defenderemos el molino y la entrada al rublo por las colinas.

—Mientras el resto de la Milicia nos encargaremos de defender el pueblo—. Agregó Murdock—. Las trincheras fuera de la capilla ya están colocadas por lo que solo esperamos la llegada de esos bastardos.

Elsa se levantó seguida por todos sus compañeros capaces de pelear y salieron junto a los dos hombres. Pero la rubia detuvo en seco a los dos jóvenes elfos.

—Ustedes se quedarán dentro de la capilla—. Ordenó autoritaria la hechicera a los hermanos.

—¿Por qué?—. Protestaron ambos.

—Su habilidad con las armas aun no es muy buena—. Dijo suavemente para no ofenderles, pues sabía que incluso los elfos de ciudad eran muy temperamentales—. Lo que enfrentaremos no serán simples prácticas. Mejor quédense dentro… pero estén preparados, no sabemos si algún monstruo logre traspasar las barricadas y entre a la capilla. Entonces ustedes dos serán la última línea de defensa entre esos monstruos y estas personas

Eso pareció agradarles más, pero aun así miraron a su "señora" y esta asintió de acuerdo con la guarda gris por lo que regresaron dentro de la capilla cerrando las grandes puertas tras de sí y bloqueándolas desde dentro.

Sus demás compañeros fueron con la milicia, aguardando sus órdenes, pero Anna la sujetó del brazo levemente para susurrarle algo.

—Lo mejor es dividirnos en dos grupos—. Propuso la chica pelirroja—. Uno que valla al molino y el otro se quedará aquí.

—Ti…tienes razón—. Respondió torpemente.

—Tu ve al molino, yo me quedo aquí—. Sugirió con rapidez.

Elsa sintió un pinchazo de dolor, aunque lo ignoro pues a pesar de sus deseos para proteger a su hermana, sabía que este plan era lo mejor para triunfar la batalla.

—De acuerdo—. Asintió la rubia—. ¿Puedes encargarte de dirigirlos?

—No, lo mejor es que lo haga alguien más—. Contestó la pelirroja—. Y con alguien más me refiero a Kristoff…—. Las facciones de Elsa fruncieron inconscientemente el ceño—. Mira sé que no quieres tomar aun la decisión, pero lo mejor es que lo vayas preparando para ser un buen líder… no sabes que puede pasar en el futuro.

—Tienes razón…—. Murmuró la platinada, seguía sorprendiéndose de lo astuta que era su hermana—. Muy bien, ese es el plan… pero ¿podrías soltar mi brazo?—. Preguntó mirando el agarre de la pelirroja quien tenía un brillo rojo resaltante ante la luna sobre sus mejillas, soltándola de inmediato, para después moverse con los otros.

Elsa suspiró y miró la hermosa Luna que se erguía sobre el cielo en "u" siendo rodeada por centenares de estrellas luminosas. Apretó su bastón y se dirigió con sus compañeros.


Se dividieron en dos grupos, tal y como lo acordaron, el grupo de Kristoff conformado por Anna, Morrigan y Olaf se mantuvo cerca de la capilla. Mientras que Elsa se fue al molino junto a Sten, Leliana y Ser Kai, de esta forma ambos grupos estarían equilibrados en cuanto al tipo de combatientes.

El molino estaba situado en un barranco sobre una colina arriba del pueblo, por lo que el gran castillo de Risco Rojo era visible desde ahí, además del legendario Lago Calenhad donde apenas había unos cuantos barcos.

La vista era magnifica, incluso por la noche y el gran puente de piedra que atraviesa el lago por arriba desde las colinas hasta el castillo se sentía lúgubre y aterrador.

Lucharían al lado de los valientes caballeros del Arl Eamon, aunque solo fuesen cuatro de ellos, tres guerreros y un arquero. Pero también se encontraba con ellos el enano Dwin junto con dos de sus matones, sin duda la presencia del enano motivaba a los soldados sobre todo a los militantes. También se encontraban otros dos arqueros de la milicia.

Los barriles de aceite fueron derramados sobre un pequeño risco que llevaba directo a las colinas para acceder al gigantesco puente del castillo. Por lo que solo se espera algo de fuego para que estos comiencen a arder e impedir el paso a los monstruos, que Elsa estaba ansiosa por conocer pues su conocimiento sobre estos era nulo.

Aunque su mente también se preocupaba por su hermana, quería quedarse con ella todo el tiempo posible y esta noche no era la excepción pues su corazón le dictaba que debía protegerla todo de cualquier cosa que la quisiese atacar. Pero se reprendió a si misma pues estaba a punto de arriesgar su vida una vez más y seguramente su hermana estaría bien, o al menos eso se hizo creer.

De repente, unos enormes golpeteos a madera gruesa se escucharon al otro lado del risco, hasta que, de un solo estruendo, la gran puerta del castillo se abrió y una gruesa neblina color verde, similar al Velo, salió de entre las puertas del castillo. El hedor a muerte intoxicó el aire.

Las campanas vibrantes de la capilla dieron la señal a todos los defensores para ponerse en sus puestos.

—¡No mostréis piedad, caballeros!—. Demandó Ser Perth golpeando su espada al escudo decorado con una gran torre sobre una colina roja, la heráldica de Risco Rojo, causando un sonido chirriante—. ¡Esas cosas ya no son nuestras familias, ni vuestros amigos! ¡No mostréis piedad pues vosotros no la recibiréis! ¡Demostradles el filo del acero fereldeano! ¡Haced que conozcan a los mejores caballeros de Ferelden! ¡Por Risco Rojo!... ¡Por el Arl!—. Rugió levantando su espada.

—¡Por el Arl!—. Repitieron los caballeros levantando sus armas, incluidos Elsa, Leliana y Ser Kai.

—¡Encended el fuego!

Y el arquero lanzó una flecha llameante al aceite esparcido por el rojo firmamento de las colinas. Las llamas crearon una barrera que detendría a cualquier bestia y humano, incluso un engendro tenebroso lo pensaría dos veces antes de cruzar.

Elsa no comprendía lo que dijo con respecto a "amigos y familiares" pero no le tomó importancia y preparó su bastón.

Entonces el chillido aterrador de docenas y docenas de criaturas se escuhó de entre la espesa niebla verde, hasta que se visualizaron las primeras criaturas descendiendo por la colinas. Un enorme escalofrió recorrió la espalda de Elsa mientras sus manos temblaban y su corazón aumentaba el ritmo; eran muertos vivientes.

El hedor podrido, los huesos expuestos y la carne en trozos se hicieron presentes. Algunos llevaban armadura y pocas armas, pero otros… otros tenían puestos ropas de campesinos, vestidos y pantalones; pero lo peor, lo peor fueron los niños… pues detrás de los grandes, los cuerpos muertos de niños corrían mostrando muecas horripilantes, vio a uno ser aplastado por los grandes exponiendo una profunda herida en la garganta, seguramente la forma en cómo murió.

Ahora entendía el temor de todos los pueblerinos y las palabras del caballero.

Elsa tragó saliva y suspiró apuntando su bastón al primer cadáver que descendía por el acantilado pues parecía que, a pesar del fuego, no pararían.

Trató de no pensar en el destino de esas almas malditas. Nadie se merece tal destino, nadie.

Ella respiró hondo, intentando calmar sus nervios y mantener una mente fría. Fijó su mirada cerca de los barriles mientras rayos azules comenzaban a formarse desde sus manos hasta la punta del bastón, hundió su miedo tal y como le enseñaron en la torre.

—Que el Hacedor guíe su camino…

Y del bastón fluyo la electricidad, viajando con extremada precisión hasta golpear al primer muerto, de ese rayo fluyeron diez más, golpeando al resto de la horda de cadáveres. Si aún sentían dolor, incluso después de la muerte, no lo demostraron y solo chillaron furiosos.

Elsa vio varias flechas incrustarse en los muertos vivientes, pero solo tenía ojos para las mejores: las que se quedaban incrustadas en la cabeza con precisión monstruosa, sabía que era Leliana, pero esas flechas solo caían sobre los cadáveres con armadura los que parecían soldados, no civiles ni mucho menos niños.

Algunos cadáveres caían antes de llegar hasta las flamas, pero los que seguían en pie cargaron incluso cruzando el fuego. Los podridos cadáveres traspasaron el muro de fuego cubiertos en llamas, pero seguían corriendo, creando una imagen espelúznate.

Elsa sabía que, si lanzaba algún hechizo de hielo, el muro de fuego podría deshacerse y los monstruos pasarían mucho más fácilmente, por lo que tendría que arreglárselas sin su magia helada.

Visualizó a Sten cargando contra los cadáveres sin el menor rastro de miedo con Ser Kai a su lado y tres caballeros más, uno de ellos era Ser Perth, también el enano Dwin y sus dos matones se unieron al combate. Los guerreros combatieron con experiencia y agresividad contra los monstruos los cuales eran torpes pero resistentes, además los cadáveres al estar envueltos en llamas, los humanos debían tener extremo cuidado; por fortuna Ser Perth les había dado ungüentos para ayudarles a que su piel resistiese el fuego.

Elsa seguía lanzando hechizos sin parar, con Leliana a su lado disparando flechas a todo cadáver que intentase herir a sus aliados, al igual que los otros dos caballeros. Sin embargo, cada vez que un muerto caía, se levantaba sin inmutarse, después de todo ya estaban muertos. Pero Elsa notó que cuando algún guerrero decapitaba a cualquier cadáver, este se quedaba en el suelo.

—¡Tienen que decapitarlos!—. Reveló Elsa.

Inmediatamente todos atacaron con sus filosas espadas y duras mazas directo a las cabezas y, como estas estaban casi desprendidas de sus cuerpos, fue muy fácil cercenarlas de una sola barrida. A los caballeros que portaban mazas, les bastaba con un buen golpe para decapitar a las criaturas.

Aunque ninguno se atrevía a tocar a los niños, ni siquiera los matones, excepto Sten quien decapitaba a cualquier cadáver viviente que se le pusiera enfrente.

Elsa continuaba lanzando sus hechizos, pero ahora apuntaba a las cabezas de los monstruos. Vio que un cadáver pudo rodear a los guerreros y se dirigía directo a ella. Intentó lanzarle un rayo, pero su maná se había agotado, por lo que el bastón solo arrojaba pequeños rayos blancos que enfurecían más a la criatura.

Cuando se dio cuenta, el cadáver estaba sobre ella. La derribó, perdió su bastón, e intentaba arañarle el rostro e incluso morderla. Estaba a punto de ceder ante la presión del muerto, pero de pronto este dejó de moverse. Luego de quitárselo de encima, se dio cuenta de que tenía dos flechas incrustadas en el cuello, de tal forma que su cabeza quedo inutilizable. Miró a Leliana y asintió.

Una vez de pie y con su bastón recuperado, vio a su alrededor percatándose de que todos los cadáveres ya habían sido casi aniquilados y ahora solo se escuchaban los sonidos de batalla debajo de la colina, en el pueblo.

De repente, por el acantilado que baja al pueblo, un soldado llego corriendo agitado.

—¡Los monstruos atacan desde el lago!—. Gritó el militante—. ¡Van hacia las barricadas! ¡Necesitamos ayuda!

—¡Caballeros!—. Elsa alzó la voz en una orden—. ¡Quédense aquí y proteged el paso!

—¡Vamos! ¡Tenemos que apresurarnos!—. El soldado salió corriendo por donde vino.

Elsa lo siguió sin pensarlo dos veces y sin siquiera esperar al resto de sus compañeros, debía llegar con Anna lo más pronto posible.


Anna se encontraba combatiendo con tres cadáveres a la vez, los cuales tenían espadas y uno llevaba una maza; habían logrado traspasar las barricadas y ahora luchaban en el centro. No es que fueran mucho problema para ella, pues sus torpes y lentos movimientos le facilitaban el trabajo. Sin embargo algunos de los muertos eran más hábiles y rápidos, y juntos resultaban una verdadera molestia.

Desde que los monstruos aparecieron por el lago no tuvo descanso alguno. A pesar de que tenían algunas barricadas y un buen número de militantes a su lado, conformando una sólida defensa, la situación parecía cada vez más desesperada pues los números de cadáveres no disminuían; sin importar a cuantos derribasen, siempre aparecían más.

Además de que era sumamente difícil matarlos pues ya estaban muertos, para su suerte descubrieron que la única forma de acabarlos era decapitándolos pero fue muy tarde, y los números de cadáveres ya eran exorbitantes.

Con un barrido de Idun cerceno la cabeza de un cadáver mientras golpeaba al otro con su escudo, derribándolo. El tercer muerto viviente intento golpearla con una maza pero ella, al ser más ágil, pudo esquivarla causando que esta solo raspase su armadura. Sin embargo, las molestas escamas de acero se volvían incomodas con cada movimiento que realizaba y se incrustaban en su piel con cada golpe, limitando su velocidad y haciendo que gruñese de dolor.

Entonces vio al cadáver perder equilibrio inexplicablemente y uso esa oportunidad. Enterró a Idun en el cuello del monstruo al tiempo que, con el escudo, aplicaba presión al lado contrario hasta que la cabeza, desprendiéndose del cuerpo, cayó inerte al pasto manchado con sangre seca. Ladeando el filo de Idun, cerceno la cabeza del tercer cadáver que se encontraba en el suelo.

Escuchó varios golpes ásperos detrás de ella, al voltearse vio que dos cadáveres intentaban derribar la puerta de la capilla, sin pensarlo se lanzó contra ellos. El golpe de su escudo tiro a uno mientras el otro ya estaba siendo aniquilado por Idun, para después terminar con el primero.

Cuando observó el campo de batalla, vio que muchos militantes habían caído durante la batalla, la mayoría eran arqueros sin mucha armadura. Murdock aún se encontraba en pie, pero en su espalda baja se veía una horrible herida, además de que tambaleaba al moverse, Anna supo que no duraría mucho. El elfo espía de la cantina también seguía combatiendo, manteniendo una distancia segura con su arco y flechas, pero los proyectiles no eran muy efectivos para cortar cabezas.

Kristoff combatía unos metros delante de ella, Olaf estaba a sus espaldas mordiendo y destrozando cadáveres pero siempre manteniéndose cerca de ella, no veía a Morrigan pero pudo visualizar un extraño rayo verde caer sobre un grupo de cadáveres. Cuando dirigió su vista al norte, otro grupo de cadáveres llegaba desde el lago. Recupero la espiración y se preparó para seguir combatiendo.

Si esto continuaba así, tendrían que luchar toda la noche y no sabía si podrían resistir.

Anna bloqueó el avance de una daga con su hoja y golpeó al monstruo con el escudo, estaba cansada y los cadáveres no dejaban de aparecer. Sin embargo, ningún combatiente desistió y lograron mantener a raya a los monstruos, pero la pelirroja sabía muy bien que necesitaban refuerzos. Para empeorar la situación, los cadáveres ya no eran campesinos ni civiles y ahora solo muertos armados aparecían de la verde oscuridad que cubría el lago.

Tras de sí, dentro de la capilla, escuchó los llantos de niños y las plegarias de sus madres mientras intentaban calmarlos. Al oír esto, Anna recuperó parte de su vigor. No dejaría que más inocentes muriesen.

Ni siquiera estaba segura de cuánto tiempo había pasado, ¿diez minutos? ¿una hora? ¿dos? Todo lo que le importaba eran los difuntos reanimados que continuaban atacando.

Continuó decapitando cadáveres con la ayuda de Idun y con su escudo cubría todos los ataques enemigos. Pero a pesar de que su mente y corazón estaban completamente entregados a ganar, su cuerpo cedía por cada minuto que pasaba; las escamas de acero se encajaban en su piel cada vez que recibían un golpe y eso le entorpecía sus movimientos además de causarle dolor. Nunca había estado en una lucha de esta magnitud y ahora comprendió lo que en verdad se siente estar en el frente de batalla.

Escuchó el gruñir de un cadáver detrás de ella, pero no giraría a tiempo, entonces oyó como el muerto era derribado y destrozado, al voltear vio que fue Olaf quien le salvó.

Mientras recuperaba la respiración observó el terreno.

El guarda gris luchaba protegiendo al alcalde quien apenas podía moverse, los arqueros ahora peleaban con dagas y los guerreros militantes hacían todo lo que estuviese en sus manos, el elfo espía ya no era visible... Al ver a la bruja, al otro lado cerca de las casas, estaba siendo rodeada por tras cadáveres. Aunque Morrigan no le caía nada bien, sabía que no debía dejarla morir.

—¡Olaf!—. Ordenó a su sabueso seguirla mientras corría en ayuda de la bruja. El perro le siguió enseguida rebasándola en unos cuantos segundos hasta que se abalanzo sobre los cadáveres, rompiendo su formación y dándole a la bruja la oportunidad de escapar. Anna llego con su perro y juntos acabaron con los muertos vivientes.

Vio a Morrigan y esta le lanzó una mirada fruncida pero agradecida para después continuar lanzando hechizos y maldiciones. Anna siguió peleando contra los que llegasen, a pesar de sus deseos de salir directo al encuentro de los monstruos, se obligó a si misma a quedarse detrás de las barricadas pues sabía que sería un suicidio.

Los combatientes que quedaban no tenían heridas muy preocupantes, pero sí que estaban muy cansados. Anna no había recibido ataques mortales, pero de lo que sí estaba segura era de tener rasguños y rozamientos por la armadura, además de varios moretones. Pero eso cambio de un momento a otro…

Pues mientras blandía aceros con un cadáver, sintió un dolor palpitante y muy duro en su pierna derecha, cuando se dio cuenta, ya había sido derribada por el golpe de una maza, un grito de dolor se escapó de sus labios. Nadie estaba cerca para ayudarla por lo que ella debía arreglárselas sola.

Con el escudo se protegió de un nuevo ataque de la maza, provocando que su brazo se encogiese al impacto, pero la espada del otro cadáver le arrebato su escudo. Con su pierna sana, pateo al primer muerto que vio al tiempo en que trataba de alcanzar a Idun, pero lo único que su mano encontró fue una gran roca así que, sin dudar, golpeo al monstruo con la roca directo en la cabeza y el impacto fue tan fuerte que su cabeza quedo colgando.

Pero vio a otros dos cadáveres muy cera de ella y esta vez no podría hacer nada más que aguardar su muerte. Cerró los ojos y espero, orando al Hacedor para que la llevase con su familia y que Howe pagase por sus crímenes, no pudo evitar sentirse enojada y frustrada por fallar en su misión. Pero cualquier impacto nunca llegó.

Al abrir los ojos contempló maravillada a ambos cadáveres congelados en un hielo azul y blanquecino. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.


Elsa descendió por la colina lo más rápido que pudo incluso rebaso al militante en su carrera, nunca fue buena velocista, pero esta vez tenía que serlo, no le importó quien le siguiera detrás o si un demonio estuviera esperándola bajo la roja colina, lo único que tenía en mente era ayudar a su hermana.

En su descenso alcanzó a visualizar algunos cuerpos de militantes junto a varios monstruos decapitados. El sonido del acero chirriante al blandirse se hacía cada vez más claro, mientras sollozos de niños apenas eran audibles.

Finalmente terminó de bajar por el risco y llegar hasta una pequeña colina sobresaliente del suelo, desde ahí pudo observar todo lo que la luz de la luna le ofrecía apoyada por unas cuantas antorchas y faros, su respiración se detuvo, Anna estaba a punto de ser atacada.

Sin pensarlo dos veces, elevó su bastón y de un solo movimiento congeló en seco a los dos cadáveres, aunque el hechizo también alcanzo a otros tres que estaban más al norte. Aun sin sentirse aliviada, Elsa continúo congelando a todo aquel que estuviese cerca de Anna. Sintió que Leliana se posicionaba a su derecha mientras veía a Sten, Ser Kai y el militante pasar de largo hasta encontrar a los cadáveres y ayudar al resto de combatientes.

Una vez que Elsa congeló a cualquier cadáver que viera, bajo su mirada hasta su hermana y, preocupada, se dio cuenta de que no podía levantarse así que sin perder tiempo, dio un salto bajando de la colina y corrió hasta ella.

—¡Anna!—. Exclamó sin ocultar su preocupación mientras se agachaba a la altura de su hermana—. ¡¿Estas bien?!

—Por supuesto—. Respondió la pelirroja riéndose entre dientes, aunque sin poder ocultar una mueca de dolor—. ¿Creíste que unos cuantos muertos podrían conmigo?

La rubia no contestó y solo la abrazó fuertemente.

—¡Oh! ¡Está bien! Está bien…—. Susurró la pelirroja confundida—. No sabía que te importara tanto una noble malcriada-bromeo con una sonrisa, pero Elsa la ignoró.

—¿Dónde estás herida? ¿Puedes caminar?—. Preguntó una vez que se separaron.

—Creo que sí—. Intentó reincorporarse, pero se tambaleo una vez que su pierna derecha piso firme, un gemido de dolor se hizo audible, pero Elsa la agarró impidiendo que se cayera.

—¡Tienes que ir a la capilla ahora mismo!—. Ordenó la guarda gris.

Anna frunció el ceño. —¿Qué?—. Preguntó indignada y algo ofendida—. ¿Crees que una pequeña herida me detendrá? ¡Pues claro que no! Esto es solo un pequeño detalle que no me parará. Te agradezco que te preocupes por mí, pero puedo cuidarme sola.

Elsa sabía muy bien que Anna no cedería pues era demasiado terca y orgullosa como para rendirse, pero no podía permitir que se lastimase o peor aún, muriera. Vio algunas flechas volar sobre sus cabezas y a Sten delante enfrentando tres cadáveres, pero poco le importó.

—Solo necesito un respiro—. Expresó Anna al ver la preocupación en su cara—. Estaré bien lo prometo.

Se miraron a los ojos por un segundo y la rubia asintió levemente.

—¡Vamos, que no podemos detenernos en plena batalla!—. Exclamó Anna mientras se separaba de la platinada para recuperar a Idun y su preciado escudo.

—Primero déjame curar esa herida—. Exigió la guarda gris, a lo que la pelirroja suspiró, derrotada y se sentó otra vez sobre el firmamento. Elsa puso sus manos en la pierna de su hermana y concentró todo su maná, intentando que el hechizo funcionase; ella no era una curandera y lo único que sabía sobre magia de curación era lo que leyó en viejos libros, aun así, no perdió la fe.

Sin embargo, tampoco quería lastimar a su hermana por lo que tensó su cuerpo, impidiendo poder hacer su hechizo. Sabía que para ese tipo de magia necesitaba relajarse y dejar que todo fluyera, necesitaba liberarse, soltarse. Era lo contrario a lo que siempre hacía, y a como la educaron por sus "habilidades especiales", pero si era para ayudar a Anna, lo haría. Así que se dijo a sí misma algo que nunca imaginó decir:

"Suéltalo, suéltalo, sé libre, sé libre"

—Relájate…

La voz susurrante de su hermana le ayudó y lentamente sintió como de sus manos fluía un leve hormigueo. Y de un momento a otro Anna se levantó como nueva y la miro agradecida.

—Ahora, tenemos cadáveres por aniquilar y un pueblo que defender—. Animó Anna mientras Elsa asentía y ambas continuaron con la batalla pues los monstruos no dejaron de aparecer.


El Sol finalmente salió detrás de las rojas colinas y con él llegó la victoria, bañando en una bella luz al pueblo de Risco Rojo. Sin embargo, la escena que iluminó fue todo menos hermosa: cuerpos decapitados de monstruos con militantes al lado, el rojo cubría al verde forraje, pero no fue por las colinas.

Arriba, en el molino, los caballeros lograron contener a los muertos y solo los matones del enano Dwin perecieron, o eso creía Elsa hasta que los soldados bajaron el cuerpo del valiente caballero Ser Perth en una camilla: tenía múltiples flechas incrustadas en el cuerpo con varios cortes de espadas más algunos moretones de mazas y sangre seca por toda su armadura, sin duda el caballero dio una gran y honorable lucha antes de caer, cuando pasaron a su lado Elsa bajó la cabeza en señal de respeto.

Abajo, en el pueblo, la situación tampoco fue tan beneficiosa pues más de la mitad de militantes perecieron durante la noche, afortunadamente el alcalde Murdock logró pasar la noche a pesar de sus heridas para posteriormente ser curado por la maga, además todos los compañeros de Elsa estaban sanos y salvos, solo con heridas menores.

Ahora todos limpiaban el lugar antes de que los civiles saliesen de la capilla, ellos no necesitaban ver esa horrenda escena. Aunque, a pesar del número de bajas, todos los soldados estaban felices y satisfechos de haber defendido a sus familias. Pusieron a todos los cadáveres detrás de la capilla para después incinerarlos con gran pesar y dolor en sus corazones.

Una vez que todo estuvo en orden, Murdock fue directo a la capilla para pedir que las puertas se abriesen desde dentro. El Sol ya cubría todo Risco Rojo y las sombras finalmente habían sido apaciguadas.

El Bann Teagan reunió a todos fuera de la capilla, poniéndose al frente de todos con el alcalde a su derecha y Elsa con su grupo a la izquierda.

—Llega el alba y hemos sobrevivido la noche—. Suspiró el Bann, aliviado—. ¡Hemos vencido!

Todos los pueblerinos gritaron en alegría y jubilo con algunos soldados apoyando.

—Y aunque la victoria nos ha salido muy cara,—continuó el hermano del Arl—debemos recordar que ninguno de nosotros estaría aquí si no fuera por el heroísmo de las buenas personas que tengo a mi lado—. Se giró directo a la maga—. Te doy las gracias, mi querida amiga. En verdad, el Hacedor nos sonrió cuando decidió enviarte aquí en nuestra hora de necesidad.

—Me alegra haber participado en la defensa de la ciudad—. Respondió Elsa con sinceridad, aunque algo apenada por la atención—. Aunque aún hay mucho que hacer, Bann Teagan.

—Esta gente se merece una pequeña celebración, ¿no te parece?—. Comentó el noble con una triste sonrisa—. Aún hay tiempo.

En ese momento la reverenda madre comenzó a orar por todos los caídos.

—Inclinemos la cabeza en reconocimiento a aquellos que han dado su vida en la defensa de Risco Rojo—. Y todos guardaron un momento de silencio, incluso los bebes y niños inquietos.

—Ser Perth…—. Murmuró Teagan rompiendo el silencio, pero con voz solemne—. Valiente caballero al servicio del Arl Eamon Guerrin de Risco Rojo, te saludamos, que el Hacedor guíe vuestro camino.

—Tú, y todos los que, como tu han caído aquí—. Prosiguió la reverenda madre—. Acudid al encuentro de vuestro Hacedor. Que Él os tenga en su santo lecho para siempre.

—Que así sea…—. Susurró Elsa y el Bann volvió a tomar la palabra.

—Con la ayuda del Hacedor, el golpe asestado hoy me permitirá entrar en el castillo y encontrar a vuestro Arl. Tened cautela y manteneos vigilantes. Volveremos con noticias tan pronto como sea posible.

Y todos los pueblerinos se retiraron a sus hogares, con nuevas esperanzas y dolores en sus corazones, pero sobre todo con el deseo de que su Arl estuviese bien.

—No podemos perder más tiempo—. Le dijo Teagan a Elsa—. Vayamos al molino ahí seguiremos hablando—. Y el noble salió directo al molino, solo.

Elsa soltó un largo y cansado suspiro para posteriormente seguir al hermano del único hombre en Ferelden que podría oponer una verdadera resistencia contra el Teyrn Loghain y contra los engendros tenebrosos. Aunque su cuerpo estuviese completamente cansado, debía continuar.

Esperaba poder tener un tiempo de descanso y congeniar con sus compañeros, pero el Bann tenía razón, debían apresurarse para obtener noticias del Arl, si no es que ya estuviese muerto.


Nota de autor

Nuevamente pido disculpas por la demora del capitulo, espero no tardar mucho en la escritura, revision y publicacion del siguiente.

Gracias por todo su apoyo. Nos leemos en el siguiente capitulo. :D