Nota de autor

Hola de nuevo chicos, en verdad lamento la gran demora de este capitulo y se que no tengo excusas, todo lo que tengo que decir es que disfruten de este nuevo capítulo y espero que el próximo sea mucho más rápido. Suerte que salgo de vacaciones en dos semanas y tendré más tiempo de escribir e inspirarme.

Todos los derechos de autor son para Disney y BioWare.


Capítulo 16—La Legendaria Fortaleza

Anna

Habían dejado atrás las oscuras mazmorras del castillo y ahora se encontraban dentro de este, en la planta baja. Sin embargo, ya no eran solo seis quienes viajaban, sino que ahora tanto Jowan como el elfo Eärendil—que llegó después—se unieron al grupo. Eärendil les dijo que necesitaban abrir las puertas del castillo para que los militantes pudiesen abrirse paso y lograr recuperar la fortaleza, así que ahora tenían otra misión en sus manos.

Ser Kai y los militantes necesitan vuestra ayuda, ¡hay que abrir las puertas! había dicho el elfo.

Anna inhaló y exhaló agotada.

Jowan se había unido también al grupo, aunque al parecer a Elsa le resultó difícil decidir aquello. "Es tu última oportunidad, si me traicionas yo misma te congelaré",habían sido las palabras que la rubia le dijo al apostata sin mirarlo y esas simples palabras hicieron que a Anna le recorriese un escalofrió anormal por la espalda.

"Algo terrible debió pasar entre ellos, lo sé" se decía en su mente, decidida a llegar al fondo de ese asunto. No dejaba de preguntarse cuál era la relación entre ellos, ¿amigos? ¿camaradas? ¿hermanos? ¿amantes? Esta última idea le encendía un fuego ardiente que rara vez había experimentado, una palabra que revolvía sus entrañas y un vacío en el estómago se le formaba. Prefirió evitar el tema.

Alistair se opuso rotundamente a que el mago ayudara, aunque no le quedó de otra que acatar las órdenes de Elsa. Personalmente a Anna no le disgustaba la presencia del apostata, pero con sus recientes teorías ya no sabía que pensar. "Es mejor, nos conviene. Entre más, mejor." Intentaba convencerse de que era buena idea llevar al mago.

El castillo era espectacular, no se comparaba con ninguna estructura que Anna hubiese visto en toda su vida, sin duda la fortaleza de Risco Rojo estaba a la altura de su reputación. Muros de piedra lisa mezclada con rugosa, corredores amplios y llenos de intriga por conocer su pasado, con puertas de madera oscura y algunas de metal, cuadros y pinturas posando orgullosos. Algunas alfombras de color rojo oscuro estaban ornamentadas con formas excéntricas y los pilares de madera tenían formas curvas, rectangulares y muy rusticas; además algunos candelabros iluminaban el camino.

Sin embargo, el ambiente era todo menos reconfortante pues el aroma a muerte inundaba sus fosas nasales. Cada paso que daba resonaba por las paredes y eran respondidos por gruñidos y alaridos de muertos vivientes.

Atravesaron puertas y caminaron por pasillos combatiendo contra cadáveres de todo tipo, incluso encontraron algunos que combatían con magia oscura, por suerte no eran demasiado poderosos. Comenzaba a pensar que el camino seria así de fácil, combatiendo solo contra cadáveres sin mucha fuerza o destreza, pero se equivocó.

Cuando llegaron hasta la capilla del castillo, se encontraron con criaturas que Anna solo hubiera podido imaginar en sus peores pesadillas. No tenían forma alguna, parecían enormes sacos grises en formas fantasmales que superaban en estatura a cualquier hombre, tal vez incluso al qunari. Dos grandes zarpas se extendían por cada lado de las criaturas y en su cabeza ningún tipo de rostro se figuraba. El silencio producido por aquellas aberraciones las hacía más aterradoras.

—¡Sombras!—. Advirtió la voz de su líder.

"Oh, genial, Sombras, ahora sé cómo derrotarlas" pensó sarcásticamente.

—Córtalas normalmente con la espada—. Farfulló la rubia entre dientes.

Al parecer lo había dicho en voz alta y eso la avergonzó y la sangre se subió a sus mejillas, pero hizo lo que le dijeron.

—Definitivamente me estas cayendo mejor, niña—. Morrigan sonrió, pero Anna la ignoró y se lanzó a la batalla.

Se adelantó a la primer "Sombra" que vio y con la ayuda de Idun atravesó el fantasmal y grisáceo cuerpo, sin esperar respuesta, continuó con el ataque y al parecer la cosa retrocedía. El proceso continuo hasta que la Sombra cayó ante sus pies. En un abrir y cerrar de ojos la Sombra desapareció en una explosión negra dejando una opaca niebla.

El resto de sus compañeros se encargaban de las sombras restantes, al parecer no fueron un gran desafío como esperaba. El mago Jowan usaba hechizos simples que no le impresionaban en absoluto pues, al ver tanto a Elsa como Morrigan utilizar conjuros asombrosos, la magia simple era algo pasajero; "No como su hielo, su hielo es magnífico" pensó mirando a la platinada. Por suerte esta vez solo lo escucho su mente y su lengua se mantuvo atada.

Siguieron abriéndose paso entre los corredores del pasillo. Enfrentando cadáveres ansiosos por matarla y, probablemente, devorar su carne. Anna siguió blandiendo a Idun en las cabezas de los muertos vivientes y cubriéndose con su escudo cada vez que era necesario, haciendo que el blasón de Pináculo recibiera nuevas marcas. Al doblar por la izquierda de un pasillo, una puerta metálica llamo su atención; Kristoff les dijo que esa era la armería del castillo por lo que Elsa ordenó que se abriera la puerta.

Tanto Amarïe como su hermano intentaron abrir la puerta, sin conseguirlo. Anna pensó que se quedarían sin ver las maravillas tras el metal, hasta que Leliana "la monja" como le gustaba llamarla mentalmente, abrió el cerrojo tan fácil como engullir un panecillo.

"Valla cosas ensañan en la Capilla" pensó, estaba convencida de que la mujer era más que una simple monja con unas cuantas habilidades, pues al observar su forma de pelear deducía que debió llevar una vida diferente a la de un claustro. Al parecer Elsa estaba encantada con Leliana a tal punto de que esbozó una leve sonrisa y eso la molestó, pues Elsa no había sonreído desde que se encontraron con el apostata.

Morrigan resopló. —¿Segura que solo eres una hermanita del Hacedor?—. Cuestiono irónicamente la bruja mientras todos entraban a la armería, Leliana apartó la mirada, pero Anna mantuvo sus fieros ojos en ella.

—No tomen tantas cosas—. Pidió el segundo guarda gris—. Son propiedad del Arl.

Pero nadie le hizo caso. Todos menos los hechiceros comenzaron a inspeccionar el armamento.

Hermosas espadas yacían sobre estanterías junto a poderosas mazas y largos arcos, la monja y el elfo tomaron uno cada quien, la elfa cambió una de sus dagas por una espada larga. Kristoff cedió ante sus impulsos y reemplazó su espada por otra, junto a su escudo por uno cometa de metal, con la torre de Risco Rojo decorándolo.

Anna se negó a cambiar sus armas, pero no negó tomar un yelmo de soldado completo que le quedaba un poco grande, con un visor algo reducido que por suerte se podía abrir. Estaban a punto de inspeccionar las lujosas armaduras de placas plateadas, pero Elsa lo impidió.

-No tenemos tiempo para que intercambien armaduras-. Dijo con voz dudosa- …ni dinero para pagarlas. Continuemos el camino, debemos abrir las puertas a la milicia.

Anna gimió, queriendo protestar, pues le había fascinado una armadura de placas resplandeciente como la plata con engranajes cobrizos, grebas rojizas y guanteletes del mismo tono, en el peto la gran torre sobre una roja colina le daba un toque único, la cota de malla debajo era roja y quedaba perfecta con el resto de la armadura; ¡además era casi de su medida! Mantuvo la boca cerrada pues sabía que Elsa tenía razón y seguramente esa armadura estaba reservada para un gran caballero al servicio del Arl. Se conformó con el yelmo y salieron a prisa de la armería.

Corrieron por el pasillo, pero al final de este, un leve sollozo llamo su atención. Al escuchar con más detenimiento se dio cuenta de que había alguien detrás de una puerta de madera. Sin pensarlo dos veces abrió la puerta de golpe.

—¡Ay!—. Chilló una voz—. ¡No me hagáis daño! ¡Os lo imploro!—. Era una jovencita de cabello rubio oscuro, de no más de quince años y estaba acurrucada en una esquina.

—Cálmate, no pienso hacerte ningún daño—. Le dijo Anna ofreciéndole una sonrisa y ayudándola a levantarse—. ¿Por casualidad eres Valena, la hija del herrero?

—¡Sí!—. Afirmó la chica con su ánimo recobrado—. ¡Sabía que mi padre no me dejaría sola! ¡Gracias por haber venido a ayudarme!

—Algo así. Debes salir de aquí—. Dijo Anna—. Al final de la fortaleza hay una escotilla, lleva al molino, ve con tu padre.

—¡P…pero los monstruos!—. Tartamudeó asustada—. ¡Me mataran!

—Hemos acabado con todos—. Dijo Elsa quien se había unido a ella—. No tienes nada que temer, pero si tienes miedo puedo proporcionarte alguien para que te escolte.

—N…no, no será necesario-. Balbuceó Valena—. Yo misma puedo ir. ¡Gracias una vez más!—. Y la jovencita salió corriendo directo a buscar la escotilla, Anna se preguntó si la encontraría, pero sacudió la cabeza y siguieron avanzando.

Atravesaron un corredor amplio antes de llegar hasta la puerta que conducía al Salón principal pero no sin luchar contra una docena de cadáveres vivientes, Anna se encargó de despachar cinco de ellos con una sonrisa orgullosa. Intentaron abrir la puerta por todos los medios posibles, pero fue inútil, incluso Elsa la congeló para intentar destrozarla, pero ni aun así la puetra se movió.

—¿Y ahora como se supone que lleguemos al patio?—. Cuestionó Anna irritada.

—Sigamos por ahí derecho—. Señaló Kristoff un corredor al otro extremo—. Ese pasillo lleva al sótano y por allí hay un pasadizo que nos lleva directo al patio, donde está la gran puerta. Además, podremos ingresar al Salón Principal desde el patio.

—¿Cómo lo sabe?—. Cuestionó Amarïe.

—Cuando era niño solía colarme fuera del castillo por allí—. Respondió con una sonrisa

—¡No perdamos el tiempo!—. Ordenó Elsa quien ya corría hacia el pasillo.

Había un pequeño cuarto, pero muy acogedor con una chimenea en un extremo y del otro extremo algunos estantes y mesas, pero siguieron el camino hasta llegar a una especie de alacena, muy similar a la de Pináculo, donde bajaron unas escaleras. El sótano era amplio y oscuro, aunque al otro extremo se visualizaban otras escaleras, la subida al patio.

Al salir al patio principal, lo primero que Anna notó fue el pozo de agua situado a su derecha y un enorme árbol a su izquierda; las grandes murallas cubrían todo a su alrededor: altas e imponentes como montañas, alcanzó a contar seis torres a lo largo de la muralla y también varias almenas, a la izquierda la gran puerta estaba situada y era esa la que debían abrir. A la derecha había una gran rampa escalonada que abría paso a la puerta que llevaba al interior del castillo, además de servir como una posición ventajosa para cualquier arquero.

Parecía que sería sencillo, ir a la puerta, jalar la palanca y listo, todos los militantes ingresarían a la fortaleza, "Entonces conquistamos la fortaleza, sin recurrir a ningún asedio" pensó Anna con entusiasmo pues conquistar un castillo era una fantasía que soñaba desde los quince años.

Pero, al dar un paso, una flecha le golpeó su yelmo haciendo que su cabeza ladeara, retumbante, y perdiera el equilibrio, aunque logró mantenerse en pie. La cabeza le daba vueltas y cuando se dio cuenta ya estaban siendo atacados por enormes grupos de cadáveres vivientes.

"Mierda, parece que esas cosas salen del maldito suelo".

Algunos estaban situados sobre las torres y almenas, otros se encontraban en el segundo piso cerca de la puerta y el resto en el patio, acercándose peligrosamente con espadas y mazas en mano. Otra flecha voló hacia ella, pero pudo desviarla con el escudo. Los demás ya se encontraban por todo el campo luchando contra los muertos.

Anna se bajó el visor del yelmo y comenzó a blandir a Idun al tiempo que avanzaba hacia el centro del patio, golpeado cuerpos con su escudo y bailando a la par de las mazas. Un cadáver intentó apuñalarla por detrás, pero ella fue más rápida y con una patada le derribó, cercenando su cabeza. Algunas flechas le rosaron las escamas de acero así que comenzó a moverse para esquivarlas.

Al mirar a su izquierda vio que la gran puerta seguía cerrada y ya se visualizaban los primeros soldados al otro lado de la colina, pero para que llegaran primero se tenía que bajar el puente. El rugido de un cuerno retumbó en las murallas del castillo y Anna pensó que era similar al silbido del viento que pasa sobre las montañas, solemne y sabio pero atemorizante a la vez. Sin pensarlo salió corriendo directo a la palanca situada a la derecha de la puerta.

Esquivó algunas espadas y golpeó cualquier cosa que tuviera enfrente, con la poca visibilidad que le dejaba el visor rectangular del yelmo. Estaba a punto de llegar, "tan cerca, vamos un poco más".

De pronto sintió que un fuerte golpe, que la mandaba varios pasos al frente provocando que chocara con las rejillas de la puerta. Trató de reincorporarse, pero el dolor en su espalda era inhumano y volvió a caer.

Ni siquiera supo cuando perdió el yelmo, pero aparentemente ya no lo tenía puesto; sentía las escamas de acero hundirse en su espalda y la humedad recorrerle desde la nuca hasta las rodillas. Un hilo rojo bajó por su boca y una tos manchó de rojo el piso. El grito de dolor fue sofocado en un gruñido al intentar moverse. Su vista cada vez era más borrosa, vio el cielo azul mezclado con cobrizo y sintió que las murallas se cerraban contra ella.

La figura de un imponente caballero completamente negro y con un enorme espadón en una mano y un escudo en la otra fue todo lo que vio antes de que todo se volviera oscuro.


Elsa

La batalla estaba siendo bastante dura, montones de cadáveres vivientes se atascaban ante ellos. Sin embargo, no era un problema que no pudieran solucionar.

Elsa esquivaba con elegancia cada ataque, cada flecha y cada mano huesuda, era como un baile para ella una danza mortal en la cual el menor error se pagaba con su vida, pero Elsa era una excelente bailarina; aunque su mayor afición no era bailar, lo hacía con una perfección alucinante y esos movimientos le estaban ayudando para la batalla. Aunque estaba segura de que un baile no podría hacer frente a oponentes más sabios, experimentados y temibles, pero era ideal para una danza mortal con los muertos vivientes.

Cada hechizo que conjuraba frenaba a los muertos, pero aun así eran demasiados y se encontraban en campo abierto. Con velocidad se movió al gran árbol a su izquierda para tomar un respiro, una vez que estuvo protegida pudo recuperar su maná perdido.

Percibió los sonidos de batalla a su espalda, el chirreo del acero al chocar y los silbidos de las flechas al volar.

Se armó de valor y salió del árbol. El bastón comenzó a enfriarse lentamente, listo para lanzar un hechizo, pero al momento de observar la gran puerta su respiración se cortó. Una enorme figura negra, más alto que Sten, se alzaba sobre su hermana inconsciente, con un enorme espadón a punto de ser blandido.

Antes de que se diera cuenta ya estaba a medio camino, corriendo a enormes zancadas, esquivando flechas y eludiendo espadas. La criatura era mucho más aterradora de cerca, con un terrible hedor emanando de ella. Un gran peto cubría su pecho mientras una túnica morada oscura fluía de su cintura hasta el piso, el blasón del imperio Tevinter adornaba su grisácea armadura y un gran yelmo puntiagudo cubría su cabeza.

La enorme y pesada hoja giro en su dirección, obligándola a rodar por el suelo para después reincorporarse e intentar un hechizo de hielo, pero la criatura se mantuvo inmutable ante la magia helada.

—¡Regresado!—. Escuchó la voz de Jowan mezclada con el ardor de la batalla—. ¡Elsa, no puedes dañarlo con ningún tipo de magia de hielo!

Elsa maldijo en voz baja y retrocedió dos pasos lejos del "Regresado", asegurándose de mantener una distancia prudente para estar a salvo, pero cerca para defender a su hermana. Esta vez grabo un glifo debajo del Regresado para encerrarlo temporalmente, pero la criatura continuaba sin inmutarse ante su magia.

"Maldito seas" gruñó Elsa frustrada, "Debí recordar que los Regresados también tienen una gran resistencia mental contra los hechizos".

De hecho, los Regresados eran de las criaturas más peligrosas del Velo, pues se decía que eran antiguos guerreros del Imperio Tevinter, poseídos por demonios del orgullo, capaces de invocar una magia extraña para mejorar su combate cuerpo a cuerpo, además de que estaban llenos de una furia y rabia incontrolables. Elsa creía que los textos, relatos y leyendas sobre la ferocidad de estos espectros eran exageraciones, hasta ahora.

Al ver que sus hechizos no resultarían efectivos para dañarlo, Elsa entendió que no podría derrotarlo sola, así que se acercó a su hermana con movimientos rápidos pero cautelosos, una vez al otro lado, giró para intentar llegara a la palanca, pero de repente una extraña fuerza la atrajo hacia atrás y sintió como volaba por el aire hasta impactar con el espectro.

—¡Elsa!—. Una voz gritó y no gritó supo con exactitud de quien se trataba, todo le daba vueltas y sentía que su mente explotaría en cualquier momento.

Vio que el Regresado movía su gran espadón para darle el golpe final pero un golpe le hizo tropezar.

Era Kristoff quien le salvó la vida, que ahora se batía en duelo con la gigantesca figura. Si el templario se movía con rapidez, el Regresado era aún más veloz; si el guarda gris era hábil con su espada y escudo, el Regresado era mortal con la gran espada. El duelo inicio algo parejo, ambos se lanzaban estocadas, pero las del templario parecían inofensivas comparadas con la gran espada. Alistair combatió con todo lo que tenía, pero fue inútil, pasó de atacar constantemente a limitarse a cubrirse y esquivar.

Elsa vio la enorme espada balancearse en dos vueltas inhumanas, pasando por encima de la cabeza del Regresado, antes de dirigirse contra su amigo.

El choque del enorme espadón contra el escudo cometa fue todo lo que se necesitó para mandar a Kristoff varios pasos atrás, con el chirrido del metal aun retumbando en sus oídos Elsa vio cuando su compañero caía en un golpe sordo de espalda al suelo.

Intentó levantarse, pero esa extraña fuerza la obligaba a mantenerse en su posición, era como si docenas de hombres le aplastaran el cuerpo, además de que cada vez le costaba más respirar. Con impotencia observó el trascurso de la batalla. El Regresado se movió rápidamente para ejecutar al guarda gris, ni siquiera algunas flechas que se incrustaban en él pudieron detenerlo.

Entonces una figura se posicionó delante de la criatura. Esta vez fue Jowan quien se interpuso entre la vida y la muerte de un guarda gris. La mente de Elsa se llenó de preocupación por su antiguo amigo pues sabía que no tenía el poder necesario para combatir al guerrero del Velo.

No obstante, el apostata sacó un cuchillo y, sin pensarlo, se lo clavó en la mano izquierda, justo en su muñeca. La sangre manó como una fuente y de alguna forma Jowan utilizó esa sangre para mandar un hechizo contra el Regresado quien sorprendentemente retrocedió. Sin embargo, Jowan aún no había acabado y con sus manos invocó un nuevo ataque que terminó desapareciendo al espectro.

La mandíbula de Elsa se abrió junto a sus ojos incrédulos.

Todo había sucedido tan rápido, Jowan, sangre y el Regresado eliminado, tan rápido que Elsa sintió náuseas y mareos. Pero ya no sentía la fuerza aprisionándola por lo que se levantó con dificultad. Jowan se acercó a ella, pero se veía mucho más cansado y dolorido que ella.

—G…gracias, Jowan—. Respiró Elsa agitada, intentando recobrar el aire.

Inmediatamente recordó a su hermana y se acercó a ella lo más rápido que pudo. Se arrodilló ante Anna y se dio cuenta que una horrible mancha negra se extendía desde su abdomen, como si la armadura se estuviese pudriendo y entró en pánico al pensar en lo que había debajo del metal; su respiración era anormalmente corta y su cuerpo no dejaba de temblar.

—¡Anna!—. Ahogó un grito de pánico—. Por favor no… Anna…

—Debemos curarla lo más rápido que podamos—. Expresó Jowan acercándose a ellas—. Una herida de un Regresado puede ser mortal en poco tiempo, incluso si no es tan grave

Elsa no perdió tiempo y rápidamente usó el mismo hechizo de curación de la noche anterior, esta vez no le tomó ninguna clase de esfuerzo. Pero la mancha no desapareció de hecho, parecía incrementar. La platinada entró en desesperación.

—¡¿Por qué no ocurre nada?!—. Exigió como si Jowan fuese el culpable o tuviese la respuesta.

—No me veas a mí—. El apostata se encogió de hombros.

—Por favor—. Suplicó Elsa con la voz encogida—. Ayúdame a salvarla.

—Vale, vale—. Aceptó Jowan con su cuchillo en mano—. Pero tendré que usar magia de sangre, así que mantente alejada ¿bien? Mierda—. Maldijo el castaño con una mueca—. ¡No puedo usar mi sangre para el conjuro! Si lo hago podría morir, usé demasiada sangre para el Regresado…

Elsa comenzó un conflicto interno pues temía por su hermana, pero no quería usar magia prohibida, mucho menos magia de sangre.

—¡Entonces que hacemos!—. Exclamó Elsa alterada.

—Necesito la sangre de alguien más—. Explicó el apostata—. Sería mejor si fuese de algún familiar, alguien de su misma sangre…

De un solo movimiento Elsa le arrebató el cuchillo de la mano y sin pensarlo dos veces se apuñaló ella misma, justo en la muñeca izquierda intentando parecer fuerte ante el dolor, "Hazlo por Anna, ella te necesita". La sangre emanó de la herida provocando un sollozo por parte de la rubia.

Jowan no perdió tiempo y, haciendo uso de sus habilidades, manipuló la sangre de Elsa para que de alguna forma fuese transformada en una extraña niebla roja que entró por los orificios nasales de su hermana.

"Por el halito del Hacedor" fue todo lo que pudo pensar sorprendida por la magia oscura mientras esperaba que Anna estuviese bien, se acercó nuevamente a su hermana y puso su cabeza cobriza sobre su regazo.

Momentos después observó maravillada como la mancha negra desaparecía de la armadura de la pelirroja y su respiración volvía a la normalidad, mientras dejaba de temblar y, en cambio, se pegaba más a ella. Elsa alejó su mano izquierda para evitar que la sangre manchara su hermoso rostro.

"Hacedor, se ve tan hermosa" pensó mientras movía algunos mechones rojos de su cara, con tanto cuidado y delicadeza posible. Por ahora solo eran ellas, el resto del mundo se derritió a su alrededor y Anna era su única preocupación…

—¡Elsa!—. Kris proclamó.

El pequeño momento se rompió y todo regreso, los muertos, la batalla y el olor a sangre. Ahora todos sus compañeros la rodeaban, sudorosos y fatigados, mientras un gran número de muertos vivientes se acercaban peligrosamente, arrinconándolos contra la gran puerta de la fortaleza.

—Carajo…—. Murmuró mientras buscaba cualquier milagro que pudiera salvarlos.

Morrigan utilizó su magia para crear un escudo espectral pero no duraría mucho; los muertos comenzaban a golpearlo y rasgarlo haciendo que la bruja empleara más poder en su hechizo.

"¡Tengo que hacer algo o nos matarán!" pensó desesperada y de pronto una idea iluminó su cabeza.

—¡La puerta!—. Indicó—. ¡Que alguien baje la palanca! ¡Rápido!

—¡Ya estoy en ello!—. Expresó Eärendil quien intentaba inútilmente bajar la palanca, al parecer estaba atorada. Pero Kristoff se unió al joven elfo y juntos lograron hacer que se moviera, causando un chirrido del acero desprendiéndose de la tierra mientras la enorme puerta se elevaba, al mismo tiempo que el puente caía para dar paso a los militantes y caballeros del Arl que ya cabalgaban y corrían directo a la fortaleza.

Un cuerno se elevó sobre las murallas y Elsa pensó que no había sonido más placentero.


El Sol ya se encontraba en su punto más alto y el olor calcinado de cadáveres intoxicó el aire.

Elsa se preparó para entrar en el castillo junto a todos sus compañeros: Alistair, Morrigan, Leliana, Sten, Ser Kai, los hermanos e incluso Jowan. No se sentía cómoda dejando a Anna al cuidado de los militantes, "al menos Olaf está con ella", pues aún no había despertado, pero Jowan le aseguró que estaría bien. No tuvo más remedio que confiar en la palabra del apostata.

Le dio a Murdock la orden de atacar el castillo si no regresaba en media hora, ya que decidió entrar solo con sus compañeros pues sentía que una fuerza mayor alertaría a lo que fuese que estuviese dentro del castillo, además de poner en peligro a los posibles sobrevivientes y aún no habían tenido noticias del Bann Teagan.

Previamente todos se habían curado las heridas con cataplasmas curativas, además de tomar un descanso para estar completamente preparados para lo que les esperase en el castillo.

Con un suspiro abrió la puerta, el interior era muy parecido a los salones y habitaciones anteriores; un pequeño pasillo daba paso al salón principal donde se encontraban varias personas.

Al acercarse se dio cuenta de que el Bann Teagan era una de esas personas y que, además, estaba bailando y comportándose como un bufón, dando piruetas y marometas, subiéndose a la larga mesa y jugando con las sillas. Frente a él se encontraba una mujer, era lady Isolda la Arlesa de la finca y a su izquierda un niño de aproximadamente nueve años con cabellos rojizos y ondulados; además de que varios guardias y caballeros los custodiaban desde atrás, cerca de una chimenea al centro de la pared.

El niño aplaudía divertido ante los actos del Bann mientras que la Arlesa solo miraba con tristeza y temor, los caballeros veían impotentes tal acto de humillación, pero algunos parecían tener la mirada perdida.

"Parece que están hechizados".

Al verlos acercarse, el niño hizo una señal para que el Bann se detuviese y este lo hizo sin apelar, moviéndose a la derecha del niño, cerca de la Arlesa.

—Con que estos son los visitantes—. Habló el niño con una voz demoniaca provocando que Elsa se erizase, una voz que definitivamente no era la de un niño—. Los que mencionaste… madre.

—S…sí, Connor—. Masculló lady Isolda.

Connor frunció las cejas. —¿Y Esta es la que ha derrotado a mis soldados?—. Cuestionó enfadado—. ¿Los soldados que había mandado a reconquistar mi ciudad?

—S…sí—. Murmuró la Arlesa aterrada.

—¡Y ahora me está mirando! ¿Qué es madre? No puedo verla del todo bien—. Dijo frunciendo el ceño como si tratara de observar mejor.

—Es… es una mujer, Connor. Igual que yo…

—¡Mientes!—. Gruñó el niño—. ¡Esta mujer no se te parece en nada! ¡Mírala! Le doblas la edad y es mucho más bonita que tú. Me sorprende que no hayas ordenado que la ejecuten en un ataque de celos—. El niño la miró de arriba abajo y Elsa sintió náuseas y algo de temor, no le gustaba para nada esa mirada.

—¡C…Connor, te lo suplico, no le hagas daño a nadie!—. Imploró la madre del pequeño. El niño se agarró la cabeza y frunció las cejas, confundido.

—¿M-madre?—. Preguntó confundido y asustado el niño, pero esta vez su voz se escuchó como la de un niño normal—. ¿Qué… que pasa? ¿Dónde estoy?

—¡Oh, gracias al Hacedor! ¡Connor!—. Lloró la Arlesa aliviada—. ¡Connor! Connor, ¿Me oyes?

—¡Aparta, vieja loca!—. Rugió Connor recuperando la voz demoniaca con odio y furia—. Empiezo a cansarme de ti.

—Guarda gris… por favor,—. Suplico lady Isolda—no le hagas daño a mi hijo. ¡No es responsable de sus actos!

—Entonces él es la fuerza malvada de la que hablabas—. Dijo Morrigan adelantándose a Elsa.

—¡No, no digas eso!—. Chilló desconsolada la dama del risco.

—¿Así que el niño se ha convertido en una abominación y ha desgarrado el Velo?—. La bruja bufó con su característico tono cruel.

—¡Connor no pretendía hacer eso!—. Replicó la Arlesa, para después fijar su vista cargada de odio en Jowan—. ¡Fue él, ese maldito mago! El que envenenó a Eamon… ¡Él es el culpable! ¡El invocó al demonio! ¡Connor solo intentaba ayudar a su padre!

—¿E hizo un trato con un demonio para ello? Que niño más estúpido…

—¡Morrigan!—. Leliana reprendió a la pelinegra.

—¡Fue un trato justo!—. Rezongó el niño-demonio—. Padre está vivo, tal como yo quería, ¡Ahora me toca a mí sentarme en el trono y enviar a mis ejércitos a la conquista del mundo! ¡Nadie volverá a decirme lo que tengo que hacer! ¡Nadie!

—¡Nadie volverá a decirle lo que tiene que hacer! ¡Nadie! ¡Ja, ja, ja!—. Se mofó el Bann Teagan ganándose una mirada de repulsión del niño-demonio.

—¡Silencio, tío! Ya te he advertido lo que te podría pasar si seguías gritando, ¿verdad? Sí, lo hice—. Después se giró para ver a Elsa y su grupo nuevamente—. Pero mantengamos la calma. Esta mujer debe tener la audiencia que busca. Dinos, mujer ¿a qué has venido?

—A ayudar—. Afirmó Elsa con determinación aferrándose a su bastón—. Ayudar a las personas que has aterrorizado.

—¡Solo me estaba divirtiendo!—. Exclamó el niño-demonio con una risa macabra—. ¡Todo ha sido tan divertido! ¿No te estas divirtiendo, tío?—. Miro al Bann sentado a sus pies.

—¡Claro, claro! ¡Todo es diversión! ¡Diversión! ¡Ja ja ja ja!—. El Bann se rio histéricamente, rodando sobre su espalda y sofocando su risa cuando el niño le dio una bofetada.

—¡Silencio, tío! ¡Ya te advertí lo que te pasara si me irritas!

—Esto se acabó—. Sentenció el extemplario con dureza dando un paso al frente y su mano en el pomo de su espada—. Liberarás a esta gente o sufrirás las consecuencias, demonio.

—¡No he terminado de jugar! ¡No puedes detenerme!—. Berreó pataleando y maldiciendo—. ¡Creo que están tratando de arruinarme la diversión, madre!

—No…—. Comenzó lady Isolda—. No creo que…

—¡Pues claro que no crees ni sabes nada!—. Interrumpió el furioso niño—. Desde que enviaste a los caballeros lejos de aquí, no has hecho nada más que arruinarme la diversión. Empiezo aburrirme, madre. ¡Anhelo diversiones! ¡Diversiones! ¡Esta mujer quiere terminar con mis diversiones! Salvando esta estúpida ciudad—. Habló mientras su mirada se oscurecía y ponía sus ojos llenos de odio en Elsa—. ¡Ahora me las vas a pagar! ¡Mátenla! ¡Quiero su cabeza!

Connor salió corriendo por una puerta que había al final del salón, al otro lado de donde se encontraban Elsa y sus compañeros por lo que no pudieron seguirlo.

El grito de lady Isolda Guerrin corriendo a una esquina para protegerse fue opacado por el sonido de una docena de espadas desenvainándose…


Anna

Se despertó con una sensación rasposa y húmeda en su rostro, abriendo mejor los ojos se dio cuenta de que era Olaf quien le lamia la cara. Levantándose y tratando de quitarse al animal de encima, recordó la batalla que había tenido momento solo unos segundos antes.

"Odio cuando pasa esto. Ni siquiera supe si ganamos o no la batalla. Aunque sigo con vida, supongo que…"

Una mancha blanca se abalanzó sobre ella.

—¡Ay, Olaf! ¡Quieto! Sentado, ¡sentado! Eso es—. Miró al mabari blanco mientras este se sentaba a sus pies. Acarició con suavidad el pelaje de su querido perro al tiempo en que inspeccionaba su alrededor. Estaba en una camilla militar improvisada, la sombra del gran árbol le cubría de los rayos del sol y el pozo de agua estaba a su derecha.

—Ah, lady Cousland—. Dijo una voz conocida para ella—. Me alegro de ver que ya estés despierta.

—Murdock—. Nombró Anna al hombre—. ¿Sabes qué pasó?

—Te quedaste inconsciente en el combate—. Confirmó el alcalde de la ciudad.

"Gracias por decir lo obvio", Me refería a lo que paso después—. Anna rodó los ojos y el hombre sonrió satisfecho.

—Tus compañeros nos abrieron las puertas y mandamos a todos esos bastardos al infierno del que salieron.

Anna sonrió levemente por la actitud del hombre y se incorporó de la camilla. Para su sorpresa no sentía dolor alguno y había sido despojada de su armadura, dejándola con una camisa de lana y unos pantalones de cuero negro.

—¿Dónde están mis armas?—. Cuestionó estirando los brazos.

—Allí mismo, y también un nuevo yelmo, ¡cortesía de la milicia!—. Comentó señalando a su izquierda donde su espada y escudo yacían acotados en el árbol, junto a un brillante yelmo completo: la cimera estaba decorada con una torre y la visera tenía grabados de montañas. Sin pensarlo corrió directo al yelmo mientras lo inspeccionaba y se lo ponía ¡Le quedaba de maravilla!

—Así sí que pareces un caballero del Risco, je—. Le dijo el alcalde.

—¿Y mi armadura?

—Mhm—. Murdock hizo una mueca—. Se oxidó, no preguntes cómo porque no tengo idea. Pero la milicia te ha proporcionado una nueva—. Señaló hacia un costado.

Anna se acercó a la nueva armadura y pasó un dedo por las firmes placas de acero brillante. Sin pensarlo, comenzó a ponérsela. Cogió a Idun junto a su escudo, tomando una vaina que Murdock también le ofrecía, se la ajustó en la cintura y guardó su preciada espada.

—¿Sabes dónde está Elsa?—. Le pregunto mientras acariciaba nuevamente a su perro.

—¿La guarda gris? Ella y su grupo entraron en el castillo. Dio órdenes de atacarlo si no regresaba en media hora. Han pasado como veinte minutos.

—Muy bien, voy a entrar.

—¿Tu sola?—. El hombre ahogó un gemido incrédulo.

—-Por supuesto, además no voy sola—. Afirmó Anna—. Olaf me acompañará ¿no es así, chico?

El mabari ladró en respuesta y la pelirroja comenzó a caminar directo a la puerta del castillo.


Elsa

Se limpió el sudor mientras jadeaba intentando recuperar la respiración, algunos cuerpos yacían inconscientes a su alrededor, lamentablemente dos muertos también estaban entre ellos. A pesar de que Elsa ordenó que solamente los dejasen inconscientes, la ferocidad con la que atacaron los caballeros del Risco fue brutal haciendo que Sten y Ser Kai tuviesen que recurrir a métodos más eficientes para salvar a Amarïe que estaba a punto de ser asesinada por un caballero.

Por fortuna el Bann Teagan no era ninguno de los muertos y ahora estaba recuperando la conciencia con lady Guerrin a su lado, ayudándolo, y Elsa frente a él.

—¡Teagan!—. Exclamó la Arlesa con preocupación al tiempo en que el hombre se sentaba sobre el suelo con dolor—. Teagan, ¿estás bien?

—Estoy… estoy mejor, creo—. Respondió el noble con la mirada avergonzada—. Mi mente vuelve a ser mía.

—¡Andraste bendita!—. Expresó la dama—. Nunca me habría perdonado que te mataran después de haberte traído aquí. ¡Que estúpida soy!—. Fijó su mirada llena de arrepentimiento y suplica en la maga—. ¡Por favor! ¡Connor no es responsable de sus actos! Tiene que haber algún modo de salvarlo.

—No estoy dispuesta a matar a un niño—. Dijo Elsa con convicción.

—Connor ya no es un niño—. Habló Jowan detrás de ella—. Es una abominación.

—¡Tu! ¡TU le has hecho esto a Connor!—. Rugió lady Isolda.

—¡No! ¡No he convocado a ningún dominio, ya se lo dije!—. Se defendió el mago—. Si me dejarais ayudar…

—¡¿Ayudar?! ¡Eres un traidor! ¡Te traje aquí para que ayudaras a mi hijo y, a cambio, envenenaste a mi marido! Deberías estar encerrado en las mazmorras.

—Pensé que podría ayudarnos—. Dijo Elsa tragándose su orgullo—. A fin de cuentas, él lo empezó todo.

—¿Ayudarnos?—. Cuestionó la Arlesa furiosa—. ¡Después de todo lo que ha hecho, habría que ejecutarlo!

—Fue tu secretismo lo que hizo posible todo, Isolda—. Acusó el Bann.

—Pero yo… yo no quería…

—Se… lo que debéis pensar de mí, mi señora—. Murmuró Jowan melancólicamente—. Me aproveché de vuestro miedo, lo siento. En verdad lo hago. Nunca pensé que fuera a pasar algo así.

—Bueno no voy a rechazar su ayuda, al menos no de momento—. Comentó el Bann mientras se reincorporaba—. Y si Connor es realmente una abominación…

—No ha sido siempre el demonio que visteis—. Explicó la dama del risco—. Connor sigue en su interior y a veces sale a la superficie. ¡Por favor, solo quiero protegerlo! ¡Si hubieran descubierto que Connor poseía magia se lo habrían llevado! Pensé que si aprendía lo suficiente entonces… ¡Por favor, es mi hijo! ¡Mi único hijo y es solo un niño pequeño!

—Ya dije que no pienso matar a un niño—. Le refutó Elsa.

—Normalmente,—. Comenzó Kristoff con voz baja—yo nunca sugeriría que matáramos a un niño, pero… eso es una abominación. No creo que haya alternativa.

—No podemos matar a un niño, demonio o no demonio—. Protestó Leliana-. ¡Por favor, no me digáis que estamos pensando en ello!

—Mátenlo—. Gruñó el qunari Sten—. Es el único camino. Es lo que hace mi gente.

—Seguro que debe haber otra salida—. Dijo ser Kai—. ¿Dónde está el honor en matar a un niño? Se supone que los fuertes deben proteger a los débiles…

—Tiene razón, Ser—. Expresó el joven elfo—. El deber de un caballero es proteger a los inocentes, esos son sus votos; estoy seguro de que los guardas grises también lo hacen.

—Viste esa cosa, hermano—. Señaló Amarïe—. Para nada es inocente. Debe morir…

—¡Amarïe!—. Exclamó el elfo indignado.

Un caballero que había recuperado la conciencia momentos después del Bann y que se había mantenido al margen de la conversación se acercó.

—Mis señores si me permiten… Vi con mis propios ojos como el niño ordenaba la ejecución de mujeres y niños por simple diversión. Buenos hombres murieron gracias a él. Les cortó las orejas a los sirvientes y se las dio de comer a los perros; luego… pasó por la espada a todos, incluidos los perros. Yo… con todo respeto, no creo que esa cosa sea lord Connor…

—¡¿Cómo osas…?!—. Gruñó lady Isolda—. ¡Jurasteis protegerlo! La sola idea de matarlo es traición. ¡Debería hacerte ejecutar!

—Isolda, Connor es mi único sobrino, pero… también está poseído por un demonio—. Dijo el hermano del Arl sombríamente—. Matarlo sería… un acto de misericordia.

Elsa se sintió enferma y asqueada por la sola idea de matar al niño, el hijo del Arl Eamon y único heredero de Risco Rojo. Un nudo se formó en su garganta mientras intentaba decidir qué hacer, ¡por qué todo se lo dejaban a ella!

—Hay… otra opción—. La voz de Jowan cortó sus pensamientos—. Aunque… detesto tener que mencionarla. Un mago podría enfrentarse al demonio en el Velo, sin necesidad de hacerle daño al propio Connor…

¡Claro! Como pudo olvidarlo, todavía quedaba esa opción y Elsa se sintió agradecida con su antiguo amigo, por mucho que le pesase aceptarlo.

—Físicamente el demonio no está dentro de Connor—. Explicó Elsa esta vez al ver las caras confundidas a su alrededor—. El demonio lo absorbe en el Velo, en sus sueños, y lo controla desde allí. Podemos utilizar la conexión que los une para encontrar al demonio.

—¿Puedes entrar al Velo y matar al demonio sin dañar a mi hijo?—. Preguntó la Arlesa esperanzada.

—Oh, creo que se olvidan de un pequeñísimo detalle—. Dijo Morrigan con su sarcasmo de siempre—. Para ingresar al Velo se necesita una gran cantidad de Lirio. Sin mencionar que aquí solo somos tres magos, no tenemos el poder suficiente para hacerlo.

—Ahí entro yo—. Jowan dio un paso al frente—. No tenemos el lirio ni los magos necesarios, pero yo poseo… magia de sangre.

Y todo volvió a derrumbarse para Elsa pues sabía muy bien que la magia de sangre utiliza la fuerza vital de los demás como poder, ¡lo acababa de ver momentos antes cuando Anna fue curada! Además de que entrar en el Velo significaba hacer una absorción de poder desorbitante, tal vez significaría la muerte del "donador".

—La magia de sangre está prohibida. Esa no es una opción—. Negó Elsa intentando sonar más decidida y fuerte de lo que en verdad se sentía.

—¡Pero si hay una forma, por favor, debo conocerla!—. Suplicó la Arlesa.

Jowan cerró los ojos. —El lirio proporciona el poder que necesita el ritual. Pero puedo extraer ese poder de la energía vital de una persona… pero requiere todala energía de esa persona—. Explicó el mago—. Alguien debe… morir.

—¡No!—. Protestó Alistair—. ¡No podemos usar magia de sangre! Tan solo hace un momento ya fue utilizada, ¡y dos veces!

—¿Y preferirías matar a un niño?—. Cuestionó una nueva voz proveniente del pasillo por el que Elsa había llegado—. Tal vez deberías ser el que mueva la espada si estas tan seguro…

Cuando Elsa volteó se encontró con la cabeza roja de su hermana, instintivamente buscó sus ojos intentando encontrar más claridad para decidir. Aunque no pudo evitar preguntar cuanto tiempo llevaba su hermana ahí, su mabari caminaba junto a ella.

—Elsa,—. La voz de Anna le revolvió la mente— no puedes considerar matar a ese niño… Y si lo haces…—. Sus ojos se volvieron feroces mientras una mirada asesina recorría su cuerpo—. No lo permitiré.

—Yo… yo—. Elsa intentó encontrar su voz pero le resultaba difícil, teniendo que apartar los ojos de su hermana—. Debe haber otro método.

—Necesitamos poder—. Insistió Jowan—. Y el lirio o la sangre proporcionan ese poder. No hay término medio.

—Que sea sangre—. Lady Isolda habló con completa determinación a pesar de tener los ojos llorosos—. Sacrificadme a mí. O alguien mata a mi hijo para que podamos destruir a la criatura que lo posee, o doy la vida para que él pueda vivir. Para mí la respuesta está muy clara.

—Magia de sangre, ¿creéis que necesitamos más maldad?—. Espetó el ex templario—. Dos errores no componen un acierto...

—Me parece una solución más sensata—. Dijo Morrigan, sorprendentemente sin su habitual veneno—. Teniendo en cuenta que tenemos una voluntaria.

—Aquí tu eres la maga y guarda gris, no yo, amiga—. Le dijo Teagan—. Serás tú quien entre en el Velo. La decisión, pues, está en tus manos.

Nuevamente sintió ganas de gritar debido a que la desesperación le carcomía el alma, todo lo que quería era irse de ese lugar y dejar que alguien más decidiese por ella. Una mano se situó en su hombro y supo de inmediato que pertenencia a Anna, sintió que una gran carga se desprendía de sus hombros y por un momento todo estuvo bien.

Sin embargo, debía hacer lo correcto.


Elsa caminó por los amplios pasillos del castillo de Risco Rojo, sus pasos resonaban al ritmo de su corazón. Con una sensación amarga en su boca que se hacía más fuerte con cada pisada. El simple hecho de pensar en lo que estaba a punto de hacer le provocaba náuseas y odio hacia sí misma. Estaba a punto de matar a un niño.

Era esto o arriesgarse a usar el ritual de Jowan, ritual que consistía en el uso de magia prohibida e inestable, incluso el hechizo podría fallar y volverse contra ella causando más problemas de los que ya tenía. Además, se prometió que nunca usaría esa magia, no se convertiría en un monstruo. Pero de una u otra forma terminaría siendo uno.

Elsa no podía pensar en algo que la hiciera más miserable. Oh es cierto, su hermana la odiaría por siempre.

Las escaleras y rampas que daban lugar al segundo piso parecían eternas. Con antorchas y velas observando cada uno de sus movimientos, como los ojos amarillos de una manada de lobos acechando a su presa, aguardando el momento para atacar.

Los retratos de los antiguos amos y señores del Risco adornaban los gruesos muros de roca, vio algunos grabados en la piedra representando el castillo situado en una colina roja, todo bellamente tallado. Sin embargo, la belleza del castillo no disminuyó en absoluto su agonía mental.

Aun recordaba las miradas de sus compañeros cuando tomó la decisión de acabar con la vida del heredero al Arlingo. Pero en ese momento solo tuvo ojos para un único rostro, una cabeza rojiza que le miró con tal odio y desprecio que Elsa se hundió en propia miseria. Esos ojos azules que le recordaron a su padre aquella fatídica noche. No quería revivir ese momento.

Suspiró pesadamente al tiempo en que deslizaba una fina daga por su temblorosa mano derecha, el arma con la que daría el golpe. Tal vez usar magia para detener el corazón del infante sería más adecuado y menos cruel, sin embargo, el arma estaba encantada y Alistair—extemplario—le aseguró que el demonio solo sería destruido cuando la daga sintiera los últimos respiros de Connor, de lo contrario solo el niño moriría.

Finalmente llegó hasta el cuarto del niño Guerrin. Parada desde la puerta alcanzó a ver algunos dibujitos decorando la pared a su izquierda, montones de juguetes y libros obstruían el piso, una cama pegada a la pared derecha, un estante con montones de libros se aferraba al muro central y justo en el centro se encontraba Connor de espalda a ella.

—Connor...—. Apenas encontró su voz.

El niño se volteó y la miró con inocencia, rompiéndole más el corazón.

—¿Has visto a padre?—. Preguntó el niño—. Está muy enfermo, solo quiero ayudar...

—Tu padre se pondrá bien—. Aseguró Elsa acercándose cuidadosamente al niño, esquivando juguetes y demás artilugios—. Te lo prometo.

—¿Quieres jugar conmigo?—. Le dijo Connor con una sonrisa despreocupada para después fruncir el ceño angustiado—. Padre ya no puede jugar conmigo... Está todo en día en la cama y no hace nada. Dicen que se va a morir...

Elsa se arrodilló a la altura del niño intentando tomar fuerza y voluntad para hacer lo que debía hacerse. En ese momento recordó las palabras de su padre "Un Cousland hace lo que debe" se repitió, "pero yo ya no soy una Cousland" pensó con tristeza "entonces que soy, ¿quién soy yo? Tal vez un monstruo después de todo."

—Pero yo voy a salvarlo—. Afirmó Connor con seguridad—. Salvaré a mi familia y después la protegeré. ¿Entonces, juegas conmigo o no?

Elsa, decidida a que los últimos momentos de Connor fueran de lo mejor posible, jugó con él durante lo que parecieron horas, riendo y saltando por todo el cuarto. Elsa y Connor jugaron juegos tradicionales de Ferelden como "conquistar la fortaleza", "construye mi castillo" o "el dragón y el cazador" además de que la rubia le leyó algunas historias y narró cuentos de terror que provocaban gran satisfacción en el rostro del niño. Al final la platinada casi olvidaba la razón por la que estaba allí.

—Eres muy buena, lady Elsa—. Comentó Connor con un bostezo una vez que Elsa lo estaba arropando, "Todos merecen una muerte rápida y sin dolor" se dijo la maga "al menos puedo darte eso, pequeño"

Connor se acomodó entre las mantas dispuesto a dormir, no sin antes cuestionar nuevamente por su padre e incluso su madre, Elsa respondió mintiéndole que estaban bien y que pronto los vería de nuevo. La respiración de Connor se volvió cada vez más regular hasta que estuvo completamente dormido.

Elsa miró la daga otra vez, viendo su reflejo a través del metal. ¿En verdad haría esto? ¿Mataría un niño por el bien mayor? Ahora comenzaba a comprender un poco mejor a su padre, que la entregó al Circulo para proteger a su pueblo y familia. Sin embargo, eso no reducía el dolor.

"Las cosas van más allá del blanco y el negro", comprendió en aquel instante, "somo grises".

De repente el reflejo cambio y el rostro de su padre cobró vida, mirándola con esos ojos decepcionados que aún le rompían el corazón.

¿Lo ves, Elsa? Eres igual a mí, eres lo que tanto temías ser...

Con un grito dejo caer el arma, la voz fue exactamente igual a la de Agdar Cousland y eso le heló la sangre. "No, nunca seré como tú" Elsa se preguntó si acaso se había vuelto loca, las paredes se hacían cada vez más pequeñas, más pequeñas, engulléndola en una oscuridad desoladora.

Recuerdos comenzaron a inundar su mente, los castigos, los regaños, pero sobre todo la soledad que vivió durante sus primeros años volvió para atormentarla. Sin darse cuenta, sollozaba con la cabeza envuelta entre sus rodillas, tratando de ocultar todo el dolor. Sintió que el piso se ponía helado y la temperatura bajaba radicalmente, hielo, estaba dejando que sus emociones la controlaran y no podía permitirlo.

Cuando abrió los ojos se encontró nuevamente con la daga encantada. Mantuvo los ojos en la maldita arma, se armó de valor y la cogió.

Dando una última mirada al niño dormido, se alejó con determinación.

"No seré como tú" Y entonces arrojó la daga por la ventana.


Nota de autor

Nuevamente me disculpo por la tardanza del capítulo, pero tenía poco tiempo para escribir y no me llegaba la inspiración y las ganas para seguir escribiendo. Pero ahora estoy de nuevo en sintonía para continuar con el próximo capítulo que probablemente termine dentro de semana y media.

Déjenme saber sus opiniones y díganme que creen que elija Elsa, o si tal vez haga algo distinto...

Si tienen dudas sobre la apariencia de un Regresado imaginen un Nazgul de El Señor de los Anillos.

Espero que les haya gustado el capítulo y nos leemos en el próximo. :D