Nota de autor
Hola de nuevo. Lo prometido es deuda, aunque admito que me retrasé más de lo que me hubiera gustado para terminar este. Espero que les guste.
Los guardas grises enfrentaron sus primeros desafíos dentro de la Torre del Circulo de los Hechiceros. Elsa se reencontró con su amiga, Aline, y al ver el deplorable estado en que los apostatas había dejado a su amiga, enfureció e hizo una explosión mágica, congelando viva a la última maleficar. Sus compañeros cuestionaron su acto, pero ninguno habló en contra, aun así, Elsa y Sten tuvieron un altercado. Además, descubrieron que Uldred, un poderoso hechicero, había traído a los magos de sangre y se había aliado con Loghain. También se enteraron de que Niall, un joven mago, había liderado un grupo numeroso con la esperanza de derrotar a Uldred y purgar la torre, con la ayuda de la letanía de Adralla…
Capítulo 20 — "Orgullo", "Deseo", "Pereza"
Elsa
La siguiente habitación era la capilla de la Torre, se encontraba totalmente desolada, con las bancas arrojadas por todo el lugar y unas pequeñas velas iluminaban lo iluminaban. Desde la gran estatua de Andraste, el cuerpo inerte de un caballero templario se encontraba ahorcado con una cadena negra; un escalofrío recorrió la espalda de Elsa. El ambiente cambió de inmediato, sintiéndose más pesado y lúgubre de lo que ya era.
—Tengan cuidado, algo anda mal aquí—. Elsa advirtió a sus compañeros.
Alistair y Anna bajaron con cuidado al templario colgado, dejándolo en el frío suelo de mármol. Leliana revisó con pesar en el cadáver de una hermana de la capilla. Morrigan fue al fondo buscando entre las estatuas y figuras caídas, a la izquierda de la rubia. Wynne buscó en un viejo cofre, ubicado a la derecha de Elsa. La guarda gris se acercó hasta una estatua caída, justo al centro de la capilla, con cuidado se arrodilló hasta la altura.
Algo yacía entre los escombros profanados, una pequeña filacteria de cristal que, de alguna forma, había quedado sellada por el sólido cincelado de piedra. El área era antinaturalmente fría. En el interior del frasco, unas formas oscuras nadaban alrededor de un trozo de papel. Elsa entendió de que se trataba mientras se estremecía.
"Es un Regresado", pensó, "si lo libero, será muy difícil derrotarlo. Pero tampoco puedo dejarlo aquí". La última vez que enfrentaron a un Regresado, casi los derrota y Anna estuvo a punto de perder la vida, y solo gracias a Jowan y su magia de sangre, pudieron salir victoriosos. Elsa meditó por un momento, trazó un plan de ataque y decidió ponerlo en marcha.
—Escuchen todos—. Alzó la voz—. Necesitamos enfrentar a un Regresado. La mejor forma de hacerlo es guardar nuestra distancia, sin embargo, lo que más lo daña son los ataques cuerpo a cuerpo.
—Anna y yo podríamos atacarlo con nuestras armas—. Propuso Alistair—. Mientras ustedes lo dañan desde con magia y flechas.
—No bastará con eso—. Elsa negó con la cabeza—. El Regresado que enfrentamos en Risco Rojo demostró que necesitamos algo mejor. Una trampa…
—¿De qué tipo?—. Preguntó Leliana casi al instante.
Y así se hizo. Con suerte, la trampa mantendría al Regresado ocupado mientras los guerreros atacaban por su espalda. Leliana intentaría buscar puntos débiles en su armadura y casco, para introducir flechas incendiarias, potenciadas por la magia de Morrigan. La hija de Flemeth haría trabajar sus habilidades nigrománticas, al intentar apartar al demonio del orgullo que poseía el cadáver del antiguo guerrero de Tevinter. Wynne se mantendría lo más lejana posible del Regresado, protegida por un glifo de repulsión. Y Elsa debía usar sus habilidades arcanas lo mejor que pudiera.
"La magia de hielo no funcionará contra esa cosa", recordó, rezando al Hacedor para que el plan funcionase. Elsa se lanzó un hechizo, proporcionándole una armadura natural, haciendo su piel tan dura como la roca. "Espero que con esto alcance".
Todos fueron a sus posiciones. Leliana se cubrió tras un grueso pilar cincelado, al sureste de la habitación. Morrigan se ocultó al otro lado, en el noroeste, detrás del altar al Hacedor, para su disgusto. Wynne fue la que más alejada quedó, ubicándose al lado de la puerta por donde entraron. Anna y Kristoff esperaron con sus espadas en mano, la primera a la izquierda de la estatua caída, mientras el segundo, a la derecha de esta. Elsa se acercó nuevamente a la filacteria.
Con mucho cuidado, acercó su dedo índice derecho y tocó el pequeño recipiente de cristal. Al instante se rompió. Por un momento, no ocurrió nada y Elsa se preguntó si acaso se había equivocado.
Entonces tras de sí, una nube negra apareció y el Regresado surgió del suelo. La misma armadura negra que recordaba, el mismo olor putrefacto y el sello del Imperio Tevinter lo acompañaban. Del voluminoso yelmo brillaban un par de iris rojas. Dentro del antiguo guerrero tevintero, un demonio del orgullo se hallaba alojado; los demonios más poderosos del Velo.
Elsa por poco queda atrapada por la trampa que se activó en el momento. Los frascos llenos de fuego élfico volaron por los aires, cuando el ente del Velo pisó la cuerda que Leliana había preparado hábilmente. Ambos cristales golpearon de lleno el cuerpo del Regresado, consumiéndolo en las llamas celestes. Las bancas que colocaron con precisión cayeron sobre el ser sobrenatural, cerrando su camino hacia Wynne y Leliana.
Elsa lanzó un rayo y después un ataque arcano, ambos hechizos parecieron inútiles contra el Regresado. Anna y Alistair atacaron, cada uno por un flanco distinto. Anna comenzó a batirse en duelo con el muerto en llamas, Kristoff la apoyaba, pero parecía que el Regresado tenía todo bajo control esgrimiendo su espadón en mano derecha y bloqueando con su escudo en la izquierda.
Desde una esquina, las flechas flamígeras volaban y golpeaban la armadura negra del Regresado, ninguna logró un golpe crítico. Elsa intentó aprisionarlo en un glifo, pero solo consiguió enfurecer más al malévolo espíritu. Wynne, desde la puerta, ayudaba a los guerreros, revitalizándolos y otorgándoles mayor destreza para el combate.
La rubia logró salir del punto donde se encontraba, poniéndose detrás del altar, junto a Morrigan.
—¿Algún resultado?—. La guarda gris cuestionó, entrecortada.
—Ninguno por el momento—. Gruñó la pelinegra—. Ese demonio es demasiado poderoso como para vencerlo en voluntad.
—¿Se te ocurre algo mejor? —. Preguntó desesperada, viendo como las llamas comenzaban a extinguirse del Regresado y sus compañeros perdían terreno—. Las flechas de Leliana tampoco surten efecto.
—Se me vienen algunas ideas a la cabeza—. Declaró Morrigan—. Escucha, algunos hechizos pueden fusionarse, mientras otros pueden adquirir más poder al compartir el maná entre magos. Podríamos hacer eso mismo. Sujeta mi brazo y concentra todo tu poder, como cuando curaste a la pelirroja.
Elsa lo hizo, sujetó a Morrigan y concentró todo el maná posible en el brazo. Al instante sintió que su fuerza vital era robada de golpe. Morrigan hizo una mueca por el exceso de poder y luego lo concentró todo en su retorcido bastón de la Espesura.
—Esto dolerá—. Advirtió la bruja—. ¿Lista?
Elsa asintió y un punzante dolor le recorrió el cuerpo. Ambas gimotearon por el dolor y una gran piedra violeta fue disparada a una velocidad impresionante desde el bastón. El Regresado casi cae por el impacto, apenas manteniéndose en pie gracias a su enorme escudo. Un rugido ensordecedor llenó la sala y el Regresado clavó su espada en el piso.
La hechicera sintió una tremenda fuerza sobrenatural atraerla al Regresado, solo siendo detenida por el altar. Morrigan también se sujetaba con fuerza. Elsa se dio cuenta de que ambas tenían las uñas sangrando por haberse sujetado tan duro.
Sus compañeros no tuvieron la misma suerte. El templario y la dama habían caído justo al frente del Regresado, con esa misma fuerza antinatural manteniéndolos de cara al suelo. Leliana se elevó varios metros en el aire antes de estrellarse contra un pilar. Y Wynne había colisionado con las bancas, hasta quedar a solo unos pasos del ente infernal.
—¡Me lleva!—. Blasfemó Morrigan—. Cuídame esto.
Le entregó a Elsa su bastón y, de un salto, dio una pirueta en el aire apoyándose en el altar. Un humo jacintino apareció y la mujer se había transformado en una enorme araña. "Posiblemente tiene el tamaño de un lobo" dedujo la maga asombrada.
La gigantesca araña atacó al Regresado, que apenas pudo repelerla alzando su escudo y arrojándola al muro izquierdo. Morrigan chocó con el muro, pero de inmediato se alzó en sus cuatro patas traseras, dejando el vientre expuesto y lanzando una telaraña del tamaño de una gran cadena. El Regresado quedó envuelto de los pies a la cintura e intentó zafarse.
Elsa utilizó lo último que le quedaba de maná y cargó un hechizó arcano, lo mantuvo por varios segundos antes de arrojarlo. La ráfaga morada acabó justo en el casco del tevintero, mandándolo varios metros lejos y dejando al ser sin protección en su cráneo.
El Regresado volvió la mirada contra Elsa, quien sintió la furia emanar de él. El cadáver poseído dejó caer su escudo y alzó el brazo en dirección a ella, cerró el puño y Elsa experimentó un dolor inexplicable, su garganta se contrajo y ella se elevó en el aire, sintió el aire faltar en sus pulmones e intentó zafarse sin éxito; sus pataleos y gemidos únicamente le cortaban más el flujo de aire.
Morrigan intentó lanzar otra telaraña, pero el Regresado arrojó su enorme hoja y esta se clavó en una de las ocho patas de la metamorfosea hechicera; la araña emitió un chillido de dolor y regresó a su forma humana, con el brazo izquierdo clavado al muro por el espadón.
El Regresado contrajo su brazo y Elsa sintió como era atraída a este. Una vez estar frente a frente con el ente, Elsa lo observó mejor. Su cráneo era completamente negro, incluso a través de sus inexistentes glóbulos oculares; aun había pedazos de piel putrefacta, y su aliento era tan repugnante que casi agradeció no poder inhalarlo, al estar su tráquea aprisionada.
La entidad hizo que su espada regresara a su brazo, liberando a Morrigan, pero dejándole una grave herida en el antebrazo. La pelinegra masculló de dolor, sin fuerza para seguir atacando.
Como pudo, Elsa logró alcanzar el brazo del Regresado, y aplicó toda la fuerza que le quedaba. Sintió que el frío se extendía en su palma, congelándolo, pero el cadáver poseído no pareció afectado. Su cabeza comenzó a dar vueltas, su vista se volvió borrosa y los pensamientos comenzaron a fallar; lentamente sus músculos se relajaron.
Estaba a punto de perder la conciencia.
Antes de desmayarse, Elsa sintió que era liberada, y después impactó contra el suelo. Alguien había atacado al endemoniado ser. La platinada alzó la mirada, intentando recuperar el oxígeno perdido. Sten había acudido a su rescate.
El qunari atravesó con su espadón al Regresado, lo sacó y volvió a atacar. La criatura emitió un chillido y bloqueó el golpe con su propio espadón. Ambos eran casi de la misma estatura, combatiendo con fuerza inhumana. Sten aprovechó su movilidad, para situarse en el flanco del Regresado y cortar de un gran tajo su brazo izquierdo. El Regresado emitió un espantoso alarido de dolor, con una voz demoniaca.
El extranjero fue arrojado por la magia del Regresado. Entonces Elsa vio que Sten era congelado. Antes de que el bélico ente pudiera atacarlo, Kristoff, quien apenas podía moverse, hizo un ademán con sus manos y un destello inmaculado recorrió el área. Elsa se sintió debilitada: su magia se había disipado. Vio al Regresado tambalearse, y el hechizo de hielo usado en Sten desapareció.
Anna y Alistair se levantaron, pues aquella fuerza etérea que los aprisionaba también se había ido. Los dos fereldeanos cargaron contra el tevintero, atravesándolo con sus espadas. Aun así, el Regresado se mantuvo en pie. Ambos retrocedieron y continuaron atacando al moribundo ser.
Elsa sacó un frasco con lirio de su mochila. No obstante, en lugar de usarlo para ella, la guarda gris se lo arrojó a Wynne quien apenas tuvo la fuerza de agarrarlo y beberlo. La Encantadora del Circulo recuperó su maná, por lo que utilizó su bastón para potenciar un hechizo que revitalizó a todo el equipo, luego realizó otro, el cual hizo que las magas recuperaran su poder y los otros, su vigor de batalla.
La guarda gris, sintiendo su cuerpo recuperarse y su reserva de poder regenerarse, se reincorporó preparando un rayo. Morrigan preparó su propia chispa sin usar su brazo lesionado, aunque la herida ya se había cerrado debido a la magia de Wynne. Leliana tensó con fuerza una flecha ígnea, tras haberse levantado. Anna, Sten y Kristoff cargaron con sus espadas al Regresado.
Todos atacaron al mismo tiempo con un grito de batalla único; las ráfagas eléctricas golpearon sus piernas, la flecha atravesó su cuello y las tres espadas se incrustaron en diferentes partes de su abdomen. El Regresado rugió y finalmente fue derrotado. Elsa alcanzó a ver un espíritu demoniaco salir del antiguo guerrero de Tevinter; el demonio del orgullo se retorció y murió ahí mismo.
Elsa suspiró agotada y se dejó caer en el pilar a su derecha. Los demás también se veían exhaustos, a excepción del qunari.
—Sten…—. Elsa nombró, mirando al qunari—. Gracias.
El qunari asintió con su habitual ceño fruncido, pero parecía un poco menos molesto. Además, la miraba diferente, tal vez era un poco más de respeto, no era mucho, pero Elsa se sintió mejor consigo misma.
—Uuff —. Anna se quitó el yelmo, dejando caer su hermoso cabello cobrizo sobre sus hombros—. Por favor díganme que ya falta poco para acabar con esta maldita Torre.
—Apenas es la mitad—. Comentó Elsa con diversión. En ese momento olvidó lo sucedido hace algunos días con su hermana y solo se dejó llevar—. ¿No me digas que ya te cansaste?
—Oh, aún tengo más energía, que no se te olvide—. Anna bromeó guiñándole un ojo, Elsa se sonrojó y desvió la vista con vergüenza—. Solo que ya estoy harta de caminar en círculos.
—Al mal paso, darle prisa—. Leliana canturreó—. Esto me recuerda algunas aventuras en Orlais.
—Seguramente debieron ser historias aburridas, teniendo en cuenta tu vida como hermana de la Capilla—. Morrigan dijo venenosamente, dirigiéndose al altar en busca de su bastón—. A menos que haya cosas que aún no nos cuentas… Me resulta interesante que una sacerdotisa sea capaz de armar trampas tan complejas, y realizar movimientos tan hábiles con las armas.
La pelirroja de cabello corto se puso rígida como una tabla y su mirada se oscureció.
—Una chica debe aprender a cuidar de sí misma—. Respondió con indiferencia, pero Elsa notó el dolor en su voz—. Sobre todo, una hermana de la Capilla; los caminos están llenos de peligros y nunca se sabe cuándo se necesite protección.
El tema quedó cerrado con un incómodo silencio.
—Al menos conseguimos algo de oro—. Anna rompió el silencio. Se encontraba buscando entre los harapos y el acero del Regresado—. Una moneda de oro y setenta de plata. ¿Para qué necesita un muerto tanto dinero?
—Yo que sé—. Alistair se encogió de hombros—, pero ya sabes lo que dicen, "al bien regalado, las garras hay que guardar".
—Así no es—. Anna negó con la cabeza—. Se dice, "a caballo regalado no se le mira el diente", ¿O era el colmillo?
Elsa sonrió internamente, sin embargo, la mueca no llegó a sus labios. Sacó una cataplasma curativa y procedió a untarla en varias partes del cuerpo.
—No—. La gruesa voz del qunari negó—. En Kont-aar y Qundalon se bebe la cataplasma, ya que proporciona propiedades curativas al cuerpo. Y el cuerpo, sana más rápido que si solo se pone en la piel.
Elsa lo miró interrogante, luego vio el bálsamo rojizo. Con sus dedos derechos cogió un poco y se lo llevó a la boca. El sabor era horrible, pero Elsa se obligó a tragar. Cuando terminó sus compañeros la miraban confundidos y divertidos, incluso Sten.
—Para evitar el mal sabor, las Tamassrans preparan la cataplasma en un líquido mezclado con una flor de Beer-eerk—. Explicó, regresando a su seriedad.
Elsa sintió sus mejillas colorarse, y usó su magia helada para enfriar su sangre. Su compañero guarda se acercó y le tendió la mano, Elsa la sujetó y se impulsó hacia adelante. Una vez al estar de pie, la guarda gris anunció:
—Hay que seguir moviéndonos. No importa que aberraciones y demonios nos encontremos en los siguientes niveles, si nos mantenemos unidos, como un equipo, seguro que lograremos vencer a todo lo que se nos ponga enfrente.
Salieron de la capilla de la Torre, apenas recorrieron unos cuantos metros y se encontraron con la siguiente habitación: el estudio del Primer Encantador. Y un poco más adelante, las escaleras que conducen al siguiente piso. Antes de continuar ascendiendo, Elsa decidió echar un vistazo rápido al estudio de Irving. Sabía que no era correcto revisar allí, pero tuvo una intuición la cual le dijo que debía entrar.
La puerta metálica se abrió con un chirrido, después de que la guarda gris la empujase con cuidado. Una fina alfombra azul con encajes dorados se extendía desde la puerta hasta el otro lado, en el muro norte un escritorio con varios papeles y frascos se alojaba, a su izquierda, una gran estantería con libros forrados en cuero se alzaba hasta casi tocar el techo, y a la derecha, una larga mesa con todo tipo de frascos y filacterias; algunas pinturas decoraban los muros, entre estas había un mabari en un bosque, otra era el retrato del rey Maric y, por último, la imagen de Andraste la bendita.
—Todo parece demasiado… normal—. Declaró Elsa, mirando a todos lados en busca de ese algo que la había impulsado a entrar.
—Sí, todo luce igual que la última vez que vine—. Wynne estuvo de acuerdo.
Al inspeccionar mejor, Elsa divisó un cofre, en el extremo noroeste de la habitación, al lado del librero y pegado a la pared. Sus compañeros se dispusieron a revisar el lugar. Leliana encontró unos frascos de lirio que Wynne y Morrigan guardaron. Elsa revisó que nadie la estuviera mirando y se acercó al cofre.
Al abrirlo, encontró una cataplasma curativa superior y un libro. Sin embargo, no era un libro común, estaba forrado con un cuero negro que, al tocarlo, Elsa sintió el cuero más grueso que alguna vez conoció; además, le transmitía un mal presentimiento.
—Ah, lo encontraste—. Una voz detrás suyo la hizo saltar. Elsa giró los ojos y se encontró con el rostro de Morrigan—. Es el grimorio de Flemeth.
Elsa se estremeció ligeramente—. ¿Esto pertenece a Flemeth?
—¿Qué comes que adivinas?—. La bruja rodó los ojos—. Hace tiempo, unos templarios lograron robárselo y desde entonces ha intentado recuperarlo como loca. Te estaría muy agradecida si me lo das.
—¿Piensas devolvérselo?—. Elsa cuestionó con desconfianza; si la Bruja de la Espesura necesitaba este libro, no podía contener nada bueno.
—¿Devolvérselo?—. Cuestionó ofendida—. En absoluto, de hecho, pienso quedármelo. Veras, mi madre solía ocultar sus mayores secretos en esta cosa: conjuros, rituales, maleficios… Son cosas que a mí nunca me enseñó y quiero conocer.
La guarda gris lo pensó por un momento, sin estar segura de que hacer con el grimorio. No confiaba plenamente en Morrigan, pero tampoco tenía muchas razones para dudar de ella. "Y, si quiero que me aprecie, tal vez pueda cumplir con sus demandas", pensó, "Pero, por otro lado, Morrigan podría usarlo en contra de personas inocentes". Luego de meditarlo, Elsa decidió qué hacer.
—Te lo daré—. Ante estas palabras, el rostro de la morena se alzó en triunfo—. Pero con varias condiciones que deberás cumplir al pie de la letra—. Su cara de triunfo desapareció—. Primero, deberás cuidar más tu lengua, lo que significa no más insultos sin sentido a los demás. Segundo, tendrás que unirte a nosotros en la fogata, al menos una noche a la semana. Tercero, te lo daré una vez que salgamos de…
—No puedes estar hablando en serio—. Morrigan gruñó molesta—. Podría simplemente quitártelo.
—Puedes intentarlo. Pero no me hago responsable si quedas como una estatua de hielo, decorando la Torre—. Elsa sonrió triunfante, Morrigan hizo una mueca.
—Puedo convertir a tus amiguitos en sapos—. Amenazó la bruja, no obstante, su tono no fue hosco, más bien divertido.
—Encontraría la forma de revertir el hechizo, después de congelarte, por supuesto—. Elsa le sonrió con ironía, para después suspirar—. Solo acepta, Morrigan. Estoy segura de que puedes lograrlo. Y sí puedes insultar de vez en cuando, siempre que alguien te haya provocado antes. Te daré el grimorio solo si aceptas mis condiciones, y una vez que estemos fuera de la Torre.
La bruja suspiró derrotada. —Bien, tenemos un trato. Pero no prometo guardarme mis comentarios todo el tiempo. Tu misma fuiste quien dijo que no me guardará nada, ¿recuerdas?—. Morrigan sonrió sarcásticamente—. No te preocupes, que mis deseos de leer ese grimorio son más grandes que cualquier aversión al mundo.
Las dos magas estrecharon las manos. Elsa guardó el libro negro en su mochila, ante la mirada voraz de la bruja. Ninguna de las dos volvería a decir palabra del grimorio hasta que estuvieran fuera de la Torre.
—¡Oigan, vengan a ver esto!—. Anna exclamó, se encontraba frente a una mesita de noche—. Alguien podría decirme, ¿qué es esto? Las encontré dentro de aquel cajón.
La platinada se acercó hasta la cobriza, quien estaba examinando dos rocas con grabados diferentes. Elsa comprendió de inmediato de qué se trataba.
—Son piedras rúnicas, o simplemente runas—. Explicó, tomando una de las dos—. Sirven para encantar diversos objetos, mediante la utilización de un yunque. Esta es una runa flamígera, observa las líneas rojizas que forman un fénix—. Anna las miró asombrada. Elsa tomó la segunda piedra—. Esta es eléctrica, su delineado morado forma la figura de un relámpago.
—O sea que si quiero encantar algo como, no sé, mi espada… ¿se puede?—. Preguntó con una pizca de emoción en su voz. La rubia apenas contuvo una risita.
—Sí, así es—. Afirmó, guardando ambas runas en su zurrón—. Aunque se necesita un yunque, y personas que sepan trabajar el encantamiento. Los enanos son expertos en eso. Creo que Bodahn y su hijo, Sandal, tienen un yunque en su carro—. Dijo, recordando al enano mercader que se unió a ellos y se quedó en Risco Rojo, con Gerda y Ser Kai.
—¡Eso es genial! ¡Idun pronto tendrá una mejora!—. Chilló Anna con emoción. Elsa se le quedó mirando, casi paralizada. Anna se sonrojó levemente—. ¿Qué? toda espada necesita un nombre. Idun es el nombre de la mía.
Elsa no se quedó en shock por la espada, sino por escuchar el nombre de su madre. Le hizo querer sollozar, abrazar a su hermana y cobijarse bajo gruesas mantas, como en su infancia. La rubia sacudió la cabeza y desvió la mirada.
—Vamos, ya hemos perdido mucho tiempo aquí—. Ordenó, y todos salieron del estudio del Primer Encantador.
Al salir, las escaleras estaban prácticamente al lado. Comenzaron la subida y Elsa se preguntó qué clase de criaturas y demonios enfrentarían arriba.
Anna
Anna maldijo mentalmente. La batalla se estaba complicando, otra vez. Luego de subir al tercer nivel de la Torre, el Gran Salón, fueron recibidos por montones y montones de cadáveres vivientes. Los decadentes huesos sobresalían de los trozos de metal oxidado usado como armadura, los cráneos putrefactos se cernían con una siniestra mueca dentada. Anna pensó que estas cosas no serían tanto problema si no hubiera un maldito espectro al fondo de la habitación jodiendo todo el tiempo.
El espectro tenía complejos trozos de tela amarrados en una única cinta roja, la ropa se veía rasgada y acumulada de polvo; sus esqueléticos brazos desprendían trozos de carne negra y culminaban en cinco largos dedos con uñas tan largas que parecían garras. Su cráneo estaba protegido por un yelmo con dos púas doradas, del que brillaban sus intensos ojos rojos. Por si fuera poco, aparentaba una figura traslúcida y, además, flotaba sobre el piso.
La pelirroja estuvo a punto de destruir a un muerto, pero el espectro la hechizó de manera que sus movimientos se ralentizaron y se volvía cada vez más torpe. El espectro arrojó una bola de hielo que casi la golpea, pero Morrigan fue capaz de derretirla a unos centímetros de Anna, empapándola con agua helada.
—¡QUE ALGUIEN MATÉ A ESA COSA!—. Gritó con furia y frustración cuando unos susurros fantasmales le hicieron perder la cordura, el dolor en la cabeza era tal que tuvo que soltar su escudo para llevarse la mano a la cabeza, intentado inútilmente aliviar el sufrimiento.
—¡Agarra esto!—. Kristoff le arrojó un medallón dorado, con el sol templario en llamas grabado en él.
Anna apenas cogió el medallón en el aire, sintiendo su mente a punto de explotar. Casi al instante de haber tomado la reliquia mágica, los susurros desaparecieron. La cabeza dejó de doler y pudo respirar tranquila. Un cadáver intentó atacarla, pero fue congelado en seco por la guarda gris. Anna le agradeció con una sonrisa.
—¡Leliana!—. Elsa exclamó señalando hacia el espectro, hizo un ademán con su bastón y las flechas de la exsacerdotisa se iluminaron en verde fosforescente. La bardo, sin dudar, cargó una flecha en el arco y la tensó con tanta fuerza que la cuerda parecía a punto de romperse.
El proyectil fue lanzado y se incrustó en el pecho del espectro, al parecer el encantamiento había logrado disipar la transparencia del fantasmal ser. El espíritu se tambaleó, perdió su transparencia y Sten arrojó su espadón con un movimiento circular, la enorme espada de hierro se movió con una fuerza centrípeta tan brutal que, cuando golpeó al cuerpo del espectro, se destruyó por completo en un humo verdusco similar al vomito.
Dos cadáveres atacaron al qunari desarmado, pero él los acabó simplemente con su enorme fuerza en los brazos. Anna bloqueó el ataque de una espada retorcida y atacó al muerto con Idun. Cuando finalmente acabaron con todos los enemigos de la zona, la Cousland le devolvió el medallón al guarda gris.
—Eso de ahí fue un horror arcano—. Explicó Wynne—. Se crean cuando un demonio del orgullo posee el cuerpo de un mago muerto. Se especializan en las maldiciones y hechizos que atacan a la mente de la víctima, y si esta no tiene una voluntad lo suficientemente alta para resistir, puede llegar a morir. Si nos encontramos con más de estos, procuren proteger sus mentes con esto.
La Encantadora le entregó a cada uno un frasco lleno de un ungüento celeste.
—Yo no lo necesito—. Afirmó Alistair con confianza—. Tengo mi antiguo medallón que me dieron cuando me instruía como templario. Y mi voluntad crece cada día que pasa.
—Estos jóvenes de hoy en día—. Se lamentó la maga con una mano en la frente—. ¿Crees que por tener un poco de entrenamiento templario te va a salvar? Mira a tu alrededor, muchos magos y templarios fueron derrotados por demonios y demás aberraciones. Y todos ellos tenían más temple que tú, jovencito.
Kristoff se puso rojo de vergüenza por el regaño y aceptó el frasco que Wynne le ofrecía. Anna se burló de su amigo, pero la mirada desaprobatoria de la anciana le cerró la boca.
Continuaron el recorrido por la contaminada Torre. Algo captó la atención de Anna: todas las estatuas de Andraste que veía estaban decapitadas. Había figuras representando a antiguos guerreros, pero esas no habían sido dañadas, solo las de la bendita Andraste. "Eso no es una buena señal. Parece que esos demonios quieren aterrarnos antes de enfrentarlos"
Además, una extraña consistencia carnosa se aferraba a los muros, era similar a la carne de las abominaciones, incluso parecía estar viva pues al verla, Anna creyó que esa cosa palpitaba. Se estremeció de tan solo pensarlo.
Una puerta se abrió frente a ellos de golpe, un grupo de cinco templarios los encararon. Por un segundo, Anna bajó la guardia pues los templarios seguramente los ayudarían. Sin embargo, los caballeros se abalanzaron contra ellos, esgrimiendo sus espadas de acero y golpeando con los escudos del mismo material.
Cousland bloqueó el tajo de una espada, pateó al templario y luego lo derribó con su propio escudo. Una vez en el piso, Anna hundió a Idun a través del visor del yelmo, y el caballero murió. Lanzó una estocada al siguiente templario, pero la gruesa armadura de acero parecía proteger cada centímetro de su cuerpo. Finalmente vio un punto débil, cuando el caballero alzaba el brazo su axila quedaba al descubierto y la armadura no lo protegía en esa zona; el templario levantó el brazo con intención de atacar, pero Anna fue más rápida y atravesó la zona desprotegida con su espada; el hombre se retorció de dolor y dejó caer sus armas. Anna lo mató igual que al anterior.
Sus compañeros acabaron con los templarios restantes.
—¿Por qué nos atacaron?—. Cuestionó Anna revisando el cadáver de uno. En el cuello del templario colgaba un medallón similar al de Kristoff, así que la pelirroja se lo quitó y lo usó para ella. "Así no tendré que preocuparme por esos terribles hechizos mentales".
—Estos templarios han sido poseídos—. Declaró Wynne—. ¿Viste sus ojos? Eran de color lavanda brillante. La brillantez de los ojos es un indicio de posesión demoniaca. Y el color lavanda es señal de solo una cosa: demonios del deseo.
—Siento que la rasgadura del Velo es más intensa en esta zona—. Elsa expresó pasando su mano por el aire—. Si hay un demonio del deseo aquí, será mejor que se pongan el ungüento que nos dio Wynne. Y hagan lo que hagan, no sucumban a las tentaciones que el demonio ofrezca.
La siguiente habitación estaba vacía, únicamente dos cofres aguardaban su entrada. Dentro, los viajeros encontraron dos frascos de lirio y una cataplasma curativa superior. Salieron, caminaron algunos pasos y se encontraron frente a la siguiente puerta. Anna sospechó que al otro lado los esperarían cosas más peligrosas que simples cofres.
Elsa abrió la puerta de metal y Anna la siguió junto a Alistair y Sten, mientras Morrigan, Wynne y Leliana cuidaban la retaguardia. La habitación se iluminó en una nube diluida lavanda, Anna tuvo que cerrar los ojos. Cuando el lugar fue visible, Anna se dio cuenta de que sus sospechas no eran equivocadas.
—Vaya, vaya, miren que tenemos aquí—. Ronroneó dulcemente una voz, era una mezcla entre demoniaca y aterciopelada.
Una figura femenina con piel grisácea y vetas rosadas surcando desde sus brazos hasta la cabeza, donde una especie de corona purpura parecía adherida a ella, y tenía dos grandes cuernos marrones a cada lado; pequeñas y finas cadenas de oro ocultaban su desnudez, dejando expuesto casi todo su cuerpo y mostrando sus curvilíneas caderas; su rostro se asemejaba al de una mujer hermosa, con carnosos labios rosados, nariz pequeña, pómulos altos y ojos verdes; Anna sintió un repentino apetito sexual, se relamió los labios y sus ojos miraron a la belleza etérea con un deseo enfermizo. El demonio se encontraba flotando en medio de la habitación, y un templario se encontraba a su lado.
—¿Qué, qué es, amor mío?—. El caballero sin casco tenía una voz adormilada—. ¿Acaso hay una amenaza?
Al observarlo mejor, Anna se dio cuenta de que sus ojos brillaban en lavanda.
—Deja que me encargue, querido—. El demonio pasó una de sus delicadas manos por el rostro del caballero y lo besó—. Ve a cuidar a los niños.
—Como digas, mi amor—. El templario retrocedió unos pasos y se quedó simplemente de pie, mirando al muro. Otros dos templarios se encontraban al fondo, sentados en un par de sillas. Anna supuso que ellos eran los "niños" de la fantasía que allí tenía lugar. Momentáneamente, Anna tuvo el deseo de unirse a ellos, de fingir tener una familia nuevamente.
El ente demoniaco con apariencia femenina se volvió hacia ellos.
—¿Qué es lo que deseas?—. Cuestionó con la mínima preocupación.
—Hemos venido a derrotarte y liberar a estos templarios—. Proclamó Elsa dando un paso al frente y preparando un hechizo en su bastón.
—Antes de cometer semejantes barbaries— el demonio comenzó con voz astuta—, déjame cuestionarte, ¿para qué? Si estos hombres son más felices de lo que alguna vez fueron. Y todo gracias a mí. Yo les obsequio sus más profundos deseos y su ellos obtienen la felicidad eterna, a cambio de su alma, por supuesto. Pero ¿de qué sirve tener alma, si su vida será miserable e infeliz? Dejadme que me quede con estos tres. Si nos dejan tranquilos, prometo ayudaros en un futuro.
El demonio miró directamente a todos, cuando sus ojos color jade se posaron en Anna, un escalofrió le recorrió el cuerpo, no fue desagradable, al contrario, pues el placer era casi palpable; pero también se sentía mal, como si supiese que aquel placer únicamente le traería dolor y sufrimiento; además de que percibió a sus sentidos fallar.
Sin previo aviso, Anna y los demás comenzaron a caminar lentamente hacia el bello ente, incluso Kristoff, a excepción de las hechiceras. Pero a la Cousland no le importó, todo lo que quería era alcanzar a ese hermoso y etéreo ser, el cual, con cada paso que daba se asemejaba más a cierta rubia platinada, mientras la fría y grisácea habitación se asemejaba gradualmente al pintoresco castillo de Pináculo.
"Ven Anna, mi dulce amor. Ven y baila conmigo", la voz de Elsa ronroneó en su cabeza y Anna se dejó llevar…
Una explosión de escarcha azul disipó el humo lavanda que había comenzado a infestar la habitación. Los pensamientos de la pelirroja se aclararon y volvió en sí, con la cabeza dándole vueltas. Estaba a unos metros del demonio, con sus compañeros siguiéndola.
—¡Basta de trucos, demonio!—. Exigió Elsa—. Ha llegado el fin de tus días.
La batalla comenzó antes de que Anna pudiera darse cuenta. Y las hechiceras hicieron casi todo el trabajo, pues el resto del grupo aún se encontraban demasiado aturdidos para hacer algo. Alistair, sin embargo, se recuperó más rápido y comenzó a atacar.
Los templarios poseídos también desenvainaron sus espadas y alistaron sus escudos. Anna parpadeó varias veces antes de recuperar el equilibrio. La punta de una espada se aproximaba a su pecho, la heredera de Pináculo apenas se movió un paso a la izquierda, y el arma golpeó el peto de su armadura plateada; la pelirroja se tambaleó antes de recomponerse. El siguiente ataque fue más fácil de bloquear, pues Anna se cubrió con su escudo y después se batió en duelo con el templario.
Las estocadas volaban por ambos lados, pero ninguna conseguía un golpe certero. Anna barrió la espada, pero ni un rasguño logró en el templario, gracias a su gruesa armadura de acero. El hombre la golpeó con su propio escudo, haciéndola retroceder y romper su defensa; el templario soltó el escudo y alzó la espada con ambas manos, intentando asestar un golpe crítico. No obstante, su defensa quedó descubierta y Anna se lanzó con todas sus fuerzas hacia delante con un grito de batalla.
Ambos cayeron al concreto, Anna comenzó a golpear repetidamente el yelmo del hombre con el pomo de Idun. Por fin el templario dejó de moverse, la pelirroja se apartó agitada. El duro acero del casco se abolló hasta dejar su cráneo casi irreconocible. Anna se sintió culpable por semejante atrocidad.
—Gr…gracias—. Tosió el hombre moribundo, una vez liberado de la posesión demoniaca, antes exhalar su último aliento.
Anna se preguntó qué clase de sufrimiento tuvo que soportar al estar poseído, para agradecerle después de haberlo dejado así. Antes de que tuviera tiempo de reflexionar, la voz de Alistair la regresó a la realidad.
—¡Habla demonio!—. Gruñó al demonio que se encontraba en el suelo, de su brazo izquierdo brotaba un extraño y espeso liquido morado; la chica Cousland supuso que se trataba de su sangre.
Ahora que Anna veía mejor al ser, ya no le parecía tan atractivo, de hecho, sintió repulsión tan solo de pensar que haya llegado a sentirse atraída por esta… cosa.
—¿Qué sabes sobre Uldred el hechicero?— La maga Wynne exigió saber—. ¿Acaso fue él quien te invocó a este lugar?
—¿Uldred el hechicero? Uldred la abominación querrás decir, anciana—. El demonio se carcajeó malévolamente.
—¿A qué te refieres?—. Elsa preguntó.
—Oh, vosotros los mortales son demasiado ingenuos—. Su voz, a pesar de seguir siendo femenina, había adquirido un tono más grave—. Cuando ese tal Uldred nos llamó desde el Velo intentó controlarnos, pero, bueno, digamos que la jugada le salió mal—. Una sonrisa siniestra adornó sus labios violetas—. Él ya había dominado sus más profundos deseos; la pereza nunca pudo afectarle; supo mantener ocultos sus miedos; siempre dominó su cólera; su avaricia no presentó ningún problema. Sin embargo, su enorme orgullo fue su perdición…
—Eso es todo lo que necesitábamos saber—. Kristoff movió su espada y de un tajo le cercenó la cabeza. El cuerpo del demonio comenzó a desintegrarse en un aura plateada, hasta que simplemente quedó un montoncillo de cenizas blancas.
—Tal parece que el tal Uldred no es tan poderoso como imaginé—. Dijo Morrigan en un bostezo—. Vaya que ser poseído por un demonio…
—O tal vez se dejó poseer a sí mismo—. Propuso Anna, a pesar de que todavía no comprendía del todo el asunto de la magia—. Digo, si fue un demonio del orgullo es probable que hayan hecho algún trato, ¿no? Tal ves un poder super poderoso, algo así…
—Tomen lo que necesiten de aquí y rápido—. Ordenó Elsa—. El tiempo se nos acaba.
Leliana tomó las cadenas de oro que el demonio había dejado al morir y las guardó, mientras los demás buscaban en los cuerpos de los templarios. Anna encontró tres medallones similares a los de Alistair en un tocador, junto a dos frascos de lirio. La pelirroja se quedó con uno mientras los otros dos se los daba a la orlesiana y al qunari.
Cuando llegaron al siguiente piso de la Torre, se encontraron con un grupo numeroso de abominaciones y varias sombras. Era una sala amplia, igual que las otras, pensó Anna, solo que esta tenía un enorme altar en el centro. Al fondo, Anna vio una barrera mágica y dentro había cuatro personas resguardadas.
Las aberraciones atacaron y los viajeros se lanzaron para combatirlos. La batalla fue rápida, gracias a que todos trabajaron en conjunto.
—¡Gracias al Hacedor, estamos salvados!—. Exclamó uno de los magos sobrevivientes, cuando la barrera mágica fue disuelta.
—Os agradecemos por acudir a nuestro rescate—. Dijo una mujer que llevaba la armadura de templario.
—Sí, santo Velo, creí que moriríamos—. Expresó otro mago, este era un elfo—. Tomad esto en agradecimiento—. El elfo les entregó un yelmo de acero, pero más ligero.
—Si pudiéramos saber los nombres de nuestros salvadores…—. Dijo la cuarta persona, era una aprendiz.
—Somos guardas grises—. Respondió Elsa con confianza—, eso es todo lo que necesitan saber por el momento. No tenemos tiempo para las presentaciones.
—¡Alabada sea Andraste! ¡Ha enviado a los heroicos guardas grises en nuestra ayuda!—. Clamó el primer hechicero, quien era el más joven de todos, probablemente apenas contaba con quince días de cumpleaños.
—Mmmh… Tu cara me resulta conocida—. Meditó el elfo mirando fijamente a Elsa—. ¡Ah ya recuerdo! Eres la aprendiz que reclutó el Comandante Duncan hace meses, ¿cierto? Me alegra verte con vida.
—En efecto, Zir'o—. Elsa dijo—. Recuerdo haberte visto muchas veces en la biblioteca. Sin embargo, me temo que no tenemos tiempo para hablar. Necesitamos encontrar al Primer Encantador y detener a Uldred lo más rápido posible.
—Sí, Uldred debe ser ejecutado por sus crimines—. Mencionó la templario con un brillo de venganza—. Si me permiten, me gustaría ayudarlos a asesinarlo. Por culpa suya mis compañeros… cayeron.
—Me temo que yo no podré seguir adelante—. Dijo el elfo—. Durante la batalla fui herido por una sombra y afectó todos mis poderes.
—No hay problema, Zir'o—. Afirmó Wynne —. Lleva a los aprendices a los pisos de abajo, el Caballero Comandante ha sellado las puertas, pero un grupo de niños están siendo cuidados por dos de mis estudiantes. Y en el almacén se encuentra Owain junto a una aprendiz.
—Así lo hare, Encantadora Superiora. Cuídese—. Asintió el hechicero—. Layla, Norrey, es hora de irnos. Nunca debimos haber intentado detener a Uldred por nuestra cuenta; éramos ocho aprendices, cuatro magos y una caballeriza, no teníamos oportunidad. Tan solo espero que Niall y los demás estén bien.
—Espera—. Intervino la guarda gris—. ¿Ustedes vinieron junto con Niall?
—Sí, todos lo seguimos una vez que los demonios aparecieron—. Murmuró la templaria—. Era eso o quedarnos de brazos cruzados mientras esos malditos maleficars traían demonios a nuestra Torre—. Su voz se quebró—. Nuestro hogar.
—Y vaya discurso dio Niall—. Mencionó la aprendiz de nombre Layla—. Digo, así cualquiera se hubiera unido. Aunque no resultó muy bien al final—. Susurró bajando la mirada.
—Cuando empezamos a subir la Torre, éramos trece—. Explicó melancólicamente el chico de nombre Norrey—. Tan solo llegamos siete hasta aquí. Y al final, nosotros nos quedamos luchando contra los demonios, mientras Niall, Darcy y Arin siguieron subiendo.
—Encontramos a Aline en el segundo piso—. Dijo Elsa con voz metódica —. Ella también sobrevivió.
—¡Gracias al Hacedor!—. Proclamó Norrey—. Creí que éramos los únicos que sobrevivieron…
—Hora de movernos, chicos—. Anunció Zir'o—. Buena suerte, guardas grises. Y por favor… salven a Irving y a la Torre, es nuestro hogar, el único que conocemos.
Anna sintió un nudo en la garganta cuando los tres magos se alejaron. Ella conocía ese sentimiento al ser arrebatado de todo lo que amas, de tu hogar, de tu familia… "Supongo que nunca sabemos lo que tenemos, hasta que lo perdemos", reflexionó la pelirroja con tristeza; el remordimiento vino a ella al recordar sus rabietas y la forma en que trataba a las personas, incluso en ocasiones a sus padres. "No es momento de llorar, Anna. Tienes que ser fuerte, ya llegará la venganza", se dijo a si misma e intentó suprimir su melancolía y enfocarse en la misión.
—Entonces…—. Kristoff comenzó a hablar, distrayéndola de su pesar—. Yo soy Alistair Kristoff, mucho gusto.
—Y yo Leliana—. Exclamó la orlesiana alegremente—. El grandote es Sten, no habla mucho así que ni te esfuerces. Supongo que ya conoces a Wynne y a Elsa ya que, bueno ya sabes, ellas vivieron aquí. Anna es la otra pelirroja. Y Morrigan es la pelinegra, puede ser muy hermosa, pero es una verdadera bruja.
—Ja-ja, muy graciosa, bardo—. Refunfuñó la hechicera sarcásticamente, aunque sus mejillas se habían colorado ligeramente.
—Yo soy Enni—. Dijo la mujer de cabellos castaños—. Caballeriza templaria.
La templaria no dijo nada más, aún seguía en duelo por sus compañeros muertos.
Anna tampoco se presentó formalmente, aunque sintió que no era necesario. Una sonrisa casi adorna sus labios al pensar en lo que su madre habría dicho "Así no es como debe comportarse una dama de alta cuna, Anna. E incluso una campesina puede tener buenos modales. Recuerda que una persona educada siempre será bien recibida, tanto en los finos castillos como en las más humildes chozas", Anna alejó la fantasmal y delicada voz de su madre muerta, guardando un sombrío silencio.
Atravesaron un salón de armas, con espadas de acero y mazas de hierro esparcidas por el lugar, claramente las criaturas del Velo también habían dañado ese lugar. Antes de llegar a las escaleras que los conducirían hasta el último piso de la Torre, la sala de la angustia, una especie de abominación bloqueaba el camino.
Su cuerpo era una masa de carne rojiza, hinchada pero no putrefacta. Sus pequeños ojos jade estaban cubiertos por una mata de púas que simulaban cabello. Una toga color vino colgaba de su pecho cicatrizado por un peto de dorado.
—Oh, mirad, visitantes—. Habló cansadamente el demonio, pero su voz era muy grave además de que parecía arrastrar la lengua—. Os entretendría… pero requeriría de demasiado esfuerzo
Un hombre yacía detrás del demonio, enterrado en una enrome masa de carne hinchada.
—¿Quién ese ese hombre y que le estas haciendo?—. La fría y elegante vos de Elsa exigió.
—Oh simplemente descansando—. El demonio bostezó con pereza—. El pobre esta muy, muy cansado. Quieres unirte a nosotros, ¿no? ¿No os gustaría poder sentaros y olvidar todo esto? Dejarlo atrás.
Sin esperarlo ni quererlo, Anna comenzó a tener un cansancio excesivo, sus parpados comenzaron a cerrarse y cada vez le costaba mas mantenerse en pie.
—¿Qu… que pasa? —, incluso su voz era somnolienta, intentando ahogar un bostezo.
—No puedo… no puedo mantener… ojos… abiertos—. Susurró Kristoff.
—Mi cabeza—. Gimió Leliana.
—No, resistan—. Elsa también sonaba cansada— Debemos mantenernos… despiertos o todo estará perdido.
Un ligero humo blanco llenó la habitación, el cual manaba del demonio.
—¿Por qué luchar?—. La voz del demonio le provocaba mas cansancio—. Os merecéis más: descansar no daña a nadie. El mundo puede seguir sin vosotros…
Anna se desplomó en el piso lleno de sangre.
Nota de autor
Gracias por leer y llegar hasta aquí, agradezco a todos por sus comentarios y el apoyo que le brindan a la historia.
Nos leemos en la próxima :D
