Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 4
Cullen me persiguió.
Sí. Lo hizo mientras gritaba como loco por la calle. Aceleré mis pasos llevando conmigo a Lu, el transportador pesaba más que ella y los brazos me empezaban a doler.
― ¡Pagarás las curaciones de Sultán! Tu fea gata lastimó su ojo.
Juraba que quería gritar. Pero no haría tal ridículo como lo hacía él, así que volteé a enfrentarlo. Me di cuenta que había corrido para alcanzarme porque tanto él como su perro estaban agitados.
La fría brisa congeló mi cuerpo, me estremecí sintiendo como la lluvia de hojas caían sobre nosotros. Hubiese sido un espectáculo digno de apreciarse sino fuera por Cullen me seguía mirando con el ceño fruncido.
― ¡Lu no es fea! ―aclaré―. Y déjame de perseguirme, todos empiezan a mirarte como si estuvieses loco.
Mi gata fue menos amable. Maulló fuertemente al perro creyéndose que podía atacar estando en un transportador.
Debía admitir que su perro era bonito. Grande y panzón, también muy cobarde porque se escondió detrás de su amo.
― Tu sola presencia me saca de quicio ―admitió haciéndome sonreír.
No podía creer que mi presencia pudiera arruinar la vida de Cullen. Era agradable saberlo.
― No tengo el poder de desaparecer cuando tú llegues a algún lugar ―bromeé. Lo que para mi fue gracioso en él no, ignoré su mueca de amargura―. ¡Bueno ya! Vamos a olvidar que nos vimos y que mi Lu se puso intensa con tu amigo, nos vemos el lunes en la oficina… para tu desgracia ―añadí. Si gozaba de más burlarme.
― ¿Por qué no tienes coche?
Me empezaba a preocupar sus cambios de humor.
― Porque… ―dudaba en decir la verdad, pero también decidí que era lo mejor, nunca había sido buena mentirosa― necesitaba dinero para seguir pagando mi renta.
Fue graciosa la forma en que estrechó sus ojos hasta casi cerrarlos.
― No entiendo. Qué necesidad tienes de vivir con carencias cuándo puedes comprar lo que tú quieras, eres una Swan, hija del gran Charlie. Su hija consentida.
― Te sacaría de tantas dudas que tienes, sin embargo debo volver a mi apartamento. Tengo un poco de frío.
― Podría llevarte, no caminarás a la intemperie cuando está a punto de llover. Te llevó a tu casa.
Miré hacia el cielo gris comprobando lo que decía: estaba a punto de llover y las nubes negras eran una advertencia.
― No vivo tan lejos. De hecho, creo que son cuatro bloques.
― Me sentiré mejor si te llevo.
Realmente debía analizar los bruscos cambios de personalidad de Cullen; quizá padecía trastorno de identidad disociativo y había olvidado medicarse.
Sin mucho ánimo acepté que me llevara al apartamento. No antes respondí a todo su interrogatorio del porqué estaba viviendo lejos de casa.
Tal vez quedó con más dudas porque su semblante parecía meditabundo. No quise saber el porqué se importaba.
Solo bajé de su camioneta dándole las gracias, también aproveché y me despedí de Sultán, ese peludo era la cosa más adorable que haya conocido, no comprendía porque había sido adoptado por Cullen que era todo un amargado.
El resto del sábado lo pasé en casa.
Ignoré las llamadas de mis padres y hermanos. Pero el domingo muy temprano mamá interrumpió mi paz mental.
― ¿Por qué no me avisaste que vendrías?
Mamá meneó la cabeza e ingresó al apartamento supervisando que todo estuviera en orden. Sin disimulo alguno pasó la punta de sus dedos por la encimera y corroboró que no había una mota de polvo.
Si algo tenía yo era la obsesión por la limpieza y el orden.
― Oh, mi niña. Tu padre está padeciendo insomnio porque no duermes en casa, hace falta tu alegría, cariño ―me apretó muy fuerte a su pecho―. Es tiempo de dejar la independencia y volver con los tuyos.
Lu apenas asomó la cabeza detrás del sofá y dio media vuelta volviendo a la cocina. Era una gata arisca que no se interesaba en nadie.
― Mamá, no volveré. Me siento bien, teniendo mi propio espacio.
La escuché resoplar mientras se sentaba de forma recta en el sofá. Mamá era muy propia en los modales, varias veces me pregunté si tenía algún problema de columna y por esa razón siempre mantenía su espalda derecha.
― ¿Por qué te has negado a nuestra ayuda? Mínimo debes aceptar a una persona para el aseo y que te cocine, has perdido peso, nena.
― Mamá, aceptar su ayuda es caer en lo mismo. Es admitir que solo soy la chica adinerada que está acostumbrada a que le resuelvan la vida ―la miré fijamente― yo solo pedía una oportunidad en la agencia de mi padre, no la obtuve y está bien, buscaré otros lares.
― ¿Cómo Cullen Marketing?
Era obvio que toda la familia estaba enterada de que estaba trabajando con los Cullen.
¡Al demonio! No les debía explicaciones.
Como si fuera un muñeco de trapo me desparrame en el sofá y también crucé los brazos bajo mis pechos.
― Si Cullen me dio una oportunidad, la aprovecharé.
― No quiero que te haga daño. Recuerda todo ese enamoramiento que tuviste por Edward y que nunca aceptaste porque…
― ¡Mamá! ―la interrumpí― era una niña.
― No entiendo porque nunca aceptaste salir con él, tenías mi permiso ―comentó―. Hubiera sido algo muy hermoso y dulce.
Hice un gesto al ver la felicidad de mi madre.
Ella desconocía que a Cullen le gustaba hacerme rabiar. Ese siempre ha sido su pasatiempo favorito desde que lo conozco.
»Ven, siéntate aquí ―palmeó el sofá― necesitamos ponernos al día. Cuéntame, ¿sigue siendo un bombón? ¿Te trata bien?
Llevé las manos a mis orejas. No tenía intención de contarle nada, nunca. Jamás.
XX
Salí corriendo. Porque últimamente mis días eran correr y correr de un lado a otro.
En realidad era porque el bus estaba por pasar y tenía que llegar a la estación. Mi abrigo se abrió cuando salí corriendo del edificio y mi café se derramó en el concreto cuando vi la Chevrolet Silverado en color gris rata estacionada frente a la acera.
¿Qué hacía él aquí?
No negaré que mi boca se abrió al verlo descender con ese maldito andar felino; abrió la puerta del copiloto y me señaló con la mano que subiera.
― Sube. Está cayendo una llovizna helada y puedo enfermar si paso cinco segundos más esperando tu respuesta.
― Sí que eres un caballero ―me burlé.
― Lo sé, soy un romántico ―tiró de mi mano y me ayudó a subir.
Fue agradable sentir el calor en la cabina y que el delicioso aroma de su colonia me impregnara por completo.
― ¿Por qué viniste por mí? ―Sentí un cosquilleo en mi barriga al saber que había venido a buscarme para que no pasara frío, era un bonito detalle.
― Porque te dejé mil mensajes diciéndote que hoy teníamos un desayuno importante. ¿No lees los mensajes? Se trata de un tema pendiente que debo cerrar.
Miré fuera de la ventanilla, la llovizna estaba más tupida.
Era desilusionante que no hubiese recordado el maldito desayuno. No, no, era más desilusionante saber que no se presentó por ser un héroe.
Aunque Cullen estaba muy lejos de serlo. Sacudí la cabeza para que todas las telarañas salieran de mis pensamientos.
»¿Dije algo que te molestara? ―inquirió―. Tu rostro se ve abatido, como si algo te hubiera disgustado.
― Estoy bien, solo no recordaba el desayuno ―le sonreí.
― ¿Te ha vuelto a molestar Volturi?
Lo miré de inmediato. Cullen también me vio por algunos segundos que posó su vista en mi antes de continuar conduciendo.
― ¿Cómo sabes? Es decir…
― Volturi acostumbra acosar jovencitas, es un viejo degenerado que cree que por tener la posición que tiene puede acceder a lo que quiera.
― No. Conmigo no podrá, no soy ninguna dejada.
― Eres una Swan, sabe que si se atreve Charlie es capaz de refundirlo en el calabozo el restos de sus días. No es tan estúpido como creemos, pero por si le queda alguna duda.
Estacionó de forma brusca. Mi cuerpo se sacudió y se detuvo con el cinturón de seguridad. Mi cabello cubrió mis ojos, despeje mi rostro y miré que bajó de la camioneta, se encaminó con esa gallardía muy propia de él, se giró hacia mí y me hizo una seña para que lo alcanzara.
Rápidamente bajé y lo seguí.
La temperatura había bajado significativamente; solo llevaba un ligero abrigo encima de mí vestido. Me abracé a mí misma y caminé a su encuentro.
― Esa parte de caballerosidad es lo que más me gusta de ti ―mascullé entre dientes, caminando junto a él.
― No veo por qué debo ayudarte a bajar. Digo, la que usa esas faldas tan cortas eres tú.
― Deja de ver mis piernas y camina más rápido que tengo frío.
Al entrar, el mozo nos indicó la mesa reservada. Había pocos comensales para la hora de la mañana, pero eso no fue de importancia cuando divisé a Aro en la mesa del fondo, se puso de pie al vernos.
Fruncí mi entrecejo.
― Aro ―Cullen lo saludó efusivamente―, espero que cumplas tu parte del trato porque yo cumplí la mía ―me señaló.
Mis tripas se resolvieron y el ardor en mi estómago subió por mi garganta.
Cullen estaba haciendo lo mismo que mi familia.
Era un…
Hola, les agradezco mucho su interés y apoyo para esta historia. ¿Qué crean que quiera Aro?
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Gracias totales por leer 🍂
