Final imaginario del siglo XIX
En estos tiempos, las personas que poseen extraños poderes provenientes de su cuerpo o incluso de misteriosas y poderosas armas, son conocidas como ladrones, escoria de la humanidad que roba hermosas y valiosas obras de arte, estatuas o joyas de diversos museos de todo el mundo, con la esperanza de reunir los 108 trozos de inocencia perdidos.
OOOOO
Al norte de Rumania, InuYasha, Allen, Lenalee y Kagome, encontraron el pequeño pueblo donde se cuenta la leyenda, de una bestia que secuestra y se come a sus víctimas. Para saber si aquello era verdad, decidieron buscar a alguien que pudiera explicarles la historia completa. Sin embargo, a esa hora de la noche, no había nadie en las calles. Todos los habitantes se encontraban resguardados en sus casas... excepto un vendedor de almuerzos.
-Disculpe... - lo llamó Allen, consiguiendo que volteara hacia él y sus compañeros. - ¿Podría contarnos sobre...?
Sin dejarlo terminar la interrogante, el hombre salió corriendo de su puesto. Los muchachos vieron aquello confundidos. ¿Lo habían ofendido o algo similar? De repente, contemplaron al otro lado de la calle, como volvía a ellos... ¡Con un grupo de pueblerinos armados con tridentes!
-¡ATRÁPENLOS! - gritó el señor de los almuerzos, señalando a los jóvenes, quienes solo soltaron unos débiles gritos, antes de comenzar a correr.
Para su mala suerte, InuYasha y Allen fueron capturados con cuerdas, mientras que a Lenalee y Kagome las sujetaron de los hombros.
PPPPP
-Mi nombre es George, soy el alcalde de este pueblo. - se presentó con propiedad el señor de los almuerzos, sosteniendo en sus manos una taza de té.
Frente a él, los ladrones se encontraban amarrados a unas sillas de madera, rodeados por los mismos pueblerinos que los habían capturado recién. Las chicas sonreían con nerviosismo. InuYasha le dedicaba una mirada asesina y Allen solo pudo suspirar.
-Hace 10 años, un hombre solitario llegó aquí y se internó en lo profundo del bosque. Cierto día, una jovencita llamada Sara fue a buscarlo. Y cuando volvió al pueblo, le pidió a los habitantes que no lo molestaran. Ella era una sacerdotisa muy respetada de la región, por eso muchos la escucharon y cumplieron con su petición. Sin embargo, cuando murió hace 5 años, de una terrible enfermedad, el hombre comenzó a secuestrar a las personas del pueblo. No sabemos bien que hace con ellas cuando las lleva a sus dominios. Pero creemos que se las come porque, cada vez que alguien atraviesa el bosque, encuentra rastros de sangre y huesos.
-Q-Qué horrible... - dijo Kagome, temblando en su silla.
-Afortunadamente, no todo ha sido tan malo como parece. - prosiguió el alcalde. - Verán, hace 2 años, un hombre de cabello rojo, usando las mismas ropas que ustedes, llegó a nuestro pueblo, preguntando también por aquella bestia. Tratamos de advertirle sobre lo peligroso que sería buscarlo, pero no nos hizo caso. En su lugar, partió de inmediato, lanzando una carcajada tras otra. Pasados 3 días, creímos que la bestia lo había asesinado, dejando sus huesos por ahí. Sin embargo, para nuestra gran sorpresa, volvió como si nada y se marchó en silencio.
-Hace 2 años, he... - comentó InuYasha.
-El maestro debió venir mientras estuvimos perdidos en la India. - agregó Allen, con la frente azul.
-¡SE LOS DIJE! - gritó George, asustando a los muchachos. - ¡LES DIJE QUE ESTOS CHICOS CONOCEN AL HOMBRE DE CABELLO ROJO! ¡LO SUPE POR SUS ROPAS!
Kagome lo vio con una gotita de sudor bajando por su cabeza.
-Pero, si el cazador Cross estuvo aquí... - dijo Lenalee. - ¿Por qué no resolvió este caso?
-Ese viejo borracho tiene la mala costumbre de dejar asuntos pendientes. - respondió InuYasha, frunciendo el ceño.
-Ni me lo recuerdes... - comentó Allen. - de solo pensarlo me duele el estómago.
PPPPP
-¡VIVAN LOS UNIFORMADOS! - gritó George, despidiendo a los muchachos con los habitantes del pueblo, en la entrada del bosque.
-¡VIVAN! ¡VIVAN!
Al escuchar las porras que les dedicaban, InuYasha resopló malhumorado. Allen y Kagome tuvieron tics en sus ojos izquierdos y Lenalee sonreía nerviosa. Unos segundos después, se internaron en el bosque, atentos a cualquier cosa que estuviera oculta en la oscuridad.
-Lenalee... - la llamó Kagome. - en los reportes de los buscadores, ¿No dice nada sobre la apariencia de la bestia?
-Solo dice que presenta conductas muy extrañas y que hay que verificar si un trozo de inocencia es el responsable. - respondió, recordando con claridad los papeles entregados por el señor Reever.
Caminaron algunos metros más, hasta que llegaron cerca de un gran lago.
-Bueno... - dijo InuYasha, sentándose en la orilla y clavando su espada enfundada en la tierra. - mientras aparece, ustedes descansen un rato. Yo vigilaré.
-¿Estás seguro? - cuestionó Allen. - Sé que no has estado durmiendo bien.
-¡JA! - bufó con arrogancia. - Claro, puedo con esto.
El chico de cabello blanco se encogió de hombros. Les ayudó a las chicas a armar un campamento improvisado y, a los pocos segundos, se quedaron dormidos en la tierra, usando sus chamarras negras como almohadas y sus capas como cobijas.
SSSSS
Había vuelto a ese lugar cubierto por una espantosa neblina. No podía escuchar ni ver nada. Entonces, al girarse, sintió que algo se clavaba en lo profundo de su corazón. Al principio, creyó que se trataba de la flecha de Kikyo. Sin embargo, para su gran sorpresa, no era eso. Era el filo de una espada. Temeroso, levantó la vista. Sus ojos se abrieron de par en par al encontrarse con la diabólica y furiosa mirada de su hermano mayor.
¡InuYasha! ¡InuYasha!
SSSSS
-¡InuYasha! - al escuchar su nombre una tercera vez, el mencionado finalmente despertó, jadeando asustado. - ¡¿Te encuentras bien?! - interrogó Kagome, sentada a su lado derecho.
Él, un poco más tranquilo, tomó de nuevo su espada; tirada en el suelo, y la juntó con su frente.
-¿InuYasha?
-Déjame solo. - pidió en voz baja.
Kagome, en lugar de obedecer, se acercó más hacia él y rodeó sus hombros gentilmente con su brazo derecho, recostando su cabeza sobre su hombro. El Hanyou, sorprendido, se quedó lo más quieto que pudo, al mismo tiempo que su corazón latía con fuerza.
-Sé lo que se siente tener una pesadilla. - dijo la joven, cerrando un segundo sus ojos castaños. - Está bien si no quieres hablar de ella ahora. Pero, por lo menos, déjame acompañarte.
InuYasha se permitió relajarse. Con su mano izquierda, sostuvo la de la joven. Aquello la asombró, pero no se movió.
-Hace 52 años... - comentó de pronto. - ...mi madre y mi hermano menor, fueron asesinados.
Kagome abrió los ojos como platos.
-Todos los días, sin falta... salía al bosque para conseguir algo de comida. Cuando volví... el imbécil de Sesshomaru ya se había cubierto con la sangre de ambos. Unos días antes, tuve la fortuna de recibir, por parte de un herrero, una de las tres espadas de mi padre. Después de ir por ella, peleamos a muerte. Pero, cuando estuvimos a punto de acabar con el otro... el suelo colapsó. Y me encontré con Kikyo, a quien había conocido 2 meses atrás.
Apenada por sus palabras, la chica de cabellos negros arrugó un poco las mangas de su abrigo.
-Lo lamento, InuYasha. - el mencionado bufó, sonriendo con melancolía.
-Pasó hace décadas. Pero, de todas formas... aún no he conseguido superar sus muertes.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAHHHH!
De pronto, ambos escucharon un grito en las cercanías. Poniéndose de pie en automático, corrieron por la orilla del lago hasta internarse en el bosque. Gracias a su olfato, InuYasha sabía exactamente a dónde ir, esquivando por instinto las ramas que se le atravesaban en el trayecto.
Unos minutos después, llegaron a un claro iluminado por la luz de la luna, el cual, mostraba en silencio el cadáver de un hombre, tumbado junto a las raíces de un árbol. Kagome tragó saliva. Era la primera vez que veía algo así y se sentía sumamente aterrada. Tanto como para aferrarse a las ropas del Hanyou. Este último, notando su estado de pánico, la tranquilizó al tomar sus manos y observarla fijamente.
-Quédate aquí. - le pidió, con una sonrisa comprensiva curvando sus labios.
Ella asintió. Con cautela, InuYasha se aproximó al cuerpo y se arrodilló a su lado. Estaba acostado bocabajo, con la cabeza dirigida a su derecha. Despacio, acercó sus garras hacia el cuello de sus ropas, tratando de encontrar qué tipo de herida lo había dejado en ese estado.
-¡InuYasha! - en eso, Allen y Lenalee llegaron al lugar.
Unos minutos antes, habían visto como sus compañeros se internaban por su cuenta en el bosque, levantándose de inmediato de la tierra para comenzar a seguirlos.
-¿Qué sucedió? - interrogó la joven de cabello verde oscuro, observando el cadáver con inquietud.
-Allen... - lo llamó InuYasha. - ¿Recuerdas a las criaturas que vimos hace un par de años en la India?
El muchacho de cabello blanco se quedó pensativo.
-¿Te refieres a los Akuma?
Su compañero asintió. Levantó el cadáver, de un solo movimiento y le descubrió el cuello. Pese a tener una mirada de horror en su rostro, los ladrones fueron capaces de concentrarse en su piel morena, observando atónitos los pentagramas negros que tenía.
-Quién sea que se trate de la bestia que ronda por aquí... - comentó. - sabía perfectamente que este hombre se trataba de un Akuma.
-Perdón, pero... - dijo Kagome, volteando hacia Allen y Lenalee.
-Los Akuma son seres malignos que fueron creados hace mucho tiempo por el Conde del milenio. - explicó la hermana de Komui, recordando la información escrita en un antiguo libro de la orden oscura. - Una tragedia, un alma y una máquina, es lo único que necesitan para poder existir en este mundo.
-Su objetivo principal eran los humanos. - agregó InuYasha. - Entre más mataban, más poderosos se volvían. - arrojó el cadáver en el suelo y se aproximó a sus compañeros. - En mi época como Exorcista, el nivel máximo que pudieron alcanzar, fue el 3.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAHHHH!
Nuevamente, escucharon otro grito, volteando en automático al oscuro cielo que los acompañaba. El pueblo. Pensó InuYasha. Corrió entre los árboles y los arbustos, siendo seguido por los demás, hasta que volvió al mismo sendero por el que habían pasado para entrar al bosque.
Unos metros más adelante, los aldeanos gritaban y se quejaban confundidos, consolando a otro que sufría por un ataque de pánico, tirado de rodillas. Intercambiando una mirada rápida, los ladrones corrieron hacia ellos.
-¡Qué bueno que están aquí! - exclamó el alcalde al verlos, señalando una dirección. - ¡La bestia acaba de llevarse a uno de mis hombres!
De repente, el viento comenzó a soplar con más fuerza. En las pupilas de InuYasha, se reflejó una figura que no había visto en años. Largo cabello plateado. Ojos dorados, piel blanquecina. En su frente, portaba la marca de una media luna de color azul oscuro. En cada una de las mejillas de su rostro, tenía un par de franjas de color purpura.
Vestía un largo kimono negro, el cual, lucía descuidado por las manchas de sangre en su costado, gracias al cuerpo del hombre muerto que cargaba en su brazo derecho. Parado sobre el techo de un enorme edificio, miraba con curiosidad a los jóvenes con ropas oscuras... hasta que sus ojos se detuvieron en InuYasha. Este último, reaccionando a su gesto, sacó a colmillo de acero de su funda y dio un gran salto.
-¡Finalmente pagarás por lo que hiciste...! - gritó, con su sangre hirviendo por la ira. - ¡...Sesshomaru!
Fin del capítulo.
