Aclaración: Hey Arnold no me pertenece ni sus personajes, solo esta historia. Imagen de portada de Mylastfantasy.
Helga casi se preguntó cómo habían llegado a esa situación. Su hermana mayor permaneció nerviosa en medio de ella y sus padres, quienes la veían como si tuvieran una persona extraña frente a ellos.
Ese bien podría ser el caso, pensó en lo más profundo de su mente, siendo realistas ninguno de ellos la conocía realmente y ella no iba a fingir que sabía todo de ellos. En algún momento de su infancia, una noche particularmente mala, había llegado a la conclusión de que solo había visto la parte menos agradable de la personalidad de sus padres, se dijo que debió haber existido situaciones en las que ellos fueron más felices.
Un pasado en el que Miriam no había sucumbido a su adicción por el alcohol y Bob no era tan inconsciente de lo que pasaba en su familia, uno en el que ambos brillaron de felicidad por lo que tenían. Un pasado en el que Olga era, básicamente, hija única.
De hecho, ella recordaba de manera muy lúcida cómo una casa en la que se respiraba calidez y felicidad (aunque Helga no estuviera incluida en ese ambiente) se volvió terriblemente fría y apagada en el momento en que Olga se marchó al internado. Fue una experiencia similar a apagar un interruptor.
Hubo un tiempo en que Helga lo intentó. La pequeña rubia trató de superar la sombra de su hermana, se esforzó por conseguir los mismos elogios y sonrisas. Su esperanza de conseguir algo de ese amor familiar fue aplastada rápidamente al ser ignorada y dejada de lado.
Afortunadamente, ella ya estaba acostumbrada a cuidar de sí misma.
Los años pasaron, de forma curiosa, muy rápido. En ese lapso de tiempo, Helga pudo entender lo que significaba tener personas que te amaban y anhelaban tu presencia cuando Olga regresaba a casa por las vacaciones y sus padres fingían que no había problemas.
Miriam se esforzaba por no tocar una botella.
Bob pasaba más tiempo en casa.
Olga se sentaba con ellos o los abrazaba libremente mientras contaba sus logros, preocupaciones y nimiedades.
Y Helga… Bueno… Ella aprendió sobre la envidia, la codicia y la negación.
Envidiaba lo que tenía su hermana mayor, codiciaba ese trato y amor que sus padres solo eran capaces de darle a ella. Aún así decidió mentirse a sí misma, diciendo que no le importaba en lo absoluto. Se negó a admitir que le dolía el pecho cada vez que veía esa escena o que, pese a todo, aún amaba a su familia.
A sus diez años, ella ya contaba con una reputación de chica ruda, una fachada que no podía permitirse flaquear. No podía mostrar lo ingenua e infantil que era. Nadie debía saber cuan crédula podía ser cuando se le mostraba migajas de amor que la llevaron a ilusionarse más de la cuenta.
Como en aquella ocasión en que su madre se hizo cargo del negocio de localizadores y le hizo una promesa que no duró ni siquiera una semana.
O aquella vez en la que Bob se había confundido y la había llevado a un estúpido espectáculo en lugar de las luchas en un intento de conectarse con ella cuando realmente no sabía nada, uno de los pocos recuerdos que atesoraba apesar de las circunstancias porque obviamente no volvió a repetirse.
Su terco corazón se empeñó en guardar esas memorias pese a que sus ilusiones de un cambio no eran más que sueños que con suerte duraban días. Su cerebro la regañaba cada vez que se golpeaba con la dura realidad, reclamando por esperar demasiado de personas que no recordaban su nombre o su edad.
Con su hermana fue similar, para su vergüenza, ella a veces caía cuando Olga decía que la amaba, pocas veces (tan raras que podía contarlas con una mano) se dejaba fundir en un abrazo de buena gana al estar desesperada por sentir afecto. Todo ello hasta que la propia Olga se encargaba de romper la burbuja que estaba creando al recordarle con acciones que no eran más que desconocidas que se juntaban en festividades.
Cuando alcanzó la edad de trece años, por algún motivo, a ella empezó a no importarle mantener su reputación y pasó de ser una chica ruda de mal carácter a una chica aburrida de todo. Fue algo extraño que sus compañeros y maestros en lugar de alegrarse por no tener que lidiar más con el caos que provocan sus peleas, la miraran con preocupación.
Su tutora incluso intentó hablar con sus padres pero, al igual que con otros maestros, se encontró con una conversación infructuosa y promesas vacías.
El punto culminante, cuando finalmente su corazón se dio por vencido, sucedió una Navidad en una especie de cliché dramático de una mala novela.
Helga estaba familiarizada con los ataques de ansiedad, ha tenido suficientes como para acostumbrarse a ellos a sus dieciséis años. Sin embargo, no estuvo preparada para la intensidad con la que fue agraviada al abrir la puerta de su armario, su refugio, encontrando su altar deshecho y varios de sus libros de poemas desaparecidos.
Quizás no debió ignorar las risas que había escuchado en la sala cuando llegó.
No era consciente de dónde sacó fuerzas para levantarse y correr escaleras abajo, apenas deteniéndose en la entrada de la sala con la respiración agitada.
–¿Helga? –cuestionó su hermana al verla con las mejillas rojas y un brillo divertido en sus ojos– Hermanita bebé, estoy tan feliz de que regresaras antes de la cena. ¿Sabes? Encontré estos cuadernos en tu armario y…
La joven rubia de ojos azules no prestó atención a las palabras de la adulta, su mirada no se apartaba de los cuadernos que sostenía cada una de las tres personas en la sala junto con otros dos que estaban en la mesa. Ella no pensó dos veces antes de arrebatarle uno de sus bienes más preciados a Olga quien chilló sorprendida por el arrebato al igual que Miriam, Bob alcanzó a sostener uno de los extremos del cuaderno en sus manos antes de que su hija menor pudiera quitárselos por completo.
–¡Olga! ¡¿Qué diablos te sucede?!
Helga no lo corrigió como normalmente lo hacía, concentrada en recuperar el objeto.
–¡Suéltalo, es mío!
–¡Estás actuando como una niña! –reclamó el hombre con molestia pero soltando el cuaderno que la adolescente abrazó a su pecho junto a los otros dos que había recuperado.
–Helga, tranquila, solo les estaba mostrando a papi y mami tus poemas, son tan dulces –habló Olga dispuesta a tomar uno de los cuadernos restantes en la mesa
Ahora, si estuviera en su estado más racional, Helga probablemente solo le habría gritado a su hermana por entrar a su habitación y tomar sus cosas. Quizás solo hubiera terminado discutiendo con sus padres antes de ser castigada por no apreciar las buenas acciones de su hermana mayor.
Ese no era el caso, porque Helga estaba teniendo una tormenta de emociones en su interior que no le permitía pensar. Así que cuando vio a la rubia de pelo corto extender su mano a algo tan preciado para ella, tomado y leído sin ningún permiso, Helga vio rojo antes de empujar a su hermana tan fuerte como pudo para alejarla.
Luego se escuchó un chasquido seguido de un grito de dolor que la sacaron de ese estado caótico.
Debió haber visto venir lo que pasaría después. Bob y Miriam eran padres más que decentes cuando se trataba de Olga.
Helga se sentía culpable al ver a su hermana regresar con la muñeca de su mano derecha inmovilizada, sus padres entraron detrás de ella con una expresión lívida.
–Olga, yo lo…
–Miriam, trae todos los libros de poemas –ordenó Bob, ignorando la mirada aterrada de su hija menor
Helga intentó correr a su habitación cuando vio a su madre pasar por su lado pero Bob tomó su brazo en un agarre fuerte mientras la arrastraba a la chimenea. Olga le pedía al hombre que la soltara porque le estaba haciendo daño, por primera vez su padre no la escuchó.
El Rey de los Localizadores soltó a Helga para poder encender la chimenea, la rubia menor tuvo tiempo de entender las intenciones detrás de la acción cuando Miriam apareció cargando todos sus libros de poemas, acercándose al fuego.
–¡No! –gritó intentando acercarse siendo retenida en su lugar por un par de brazos más grandes que ella– ¡Mamá, no, por favor! –rogó, creyendo escuchar una suplica parecida con la voz de su hermana detrás de ella.
El grito que salió de ella cuando vio parte de su vida ser arrojada al fuego le desgarró la garganta.
Su cuerpo dejó de luchar, sus ojos no podían apartarse de las llamas que consumían rápidamente el papel. Para ella fueron segundos y, a la vez, horas en aquella posición.
–Oh, cálmate niña. Eran sólo un par de estúpidos poemas. No necesitas hacer un escándalo por eso.
En ese momento, fue como si algo dentro de ella terminara de romperse. Fue como si su cuerpo, corazón y mente se entumecieran. Helga agradeció que el dolor parase por un momento.
–¿Helga? –llamó Olga con preocupación, tocando su hombro– ¿Hermanita?
Si a su familia le sorprendió o no que al pararse dejase ver su rostro con lágrimas fluyendo libremente a través de su expresión devastada, ella no se quedó para saberlo. En el fondo de su mente, recordó que era la primera vez que se había permitido llorar en años.
A partir de entonces, todo fue cuesta abajo. O más rápido de lo que ya lo estaba, siendo honestos.
La joven rubia encontró una forma de distraer su mente con la señora Vitello, la mujer la había encontrado en una vista miserable bajo la lluvia semanas después y la había invitado a pasar al interior de su tienda. La anciana no la interrogó, simplemente le ofreció chocolate caliente y una manta.
Hubiese sido sorprendente el tiempo en que a sus padres les tomó darse cuenta de lo tarde que regresaba a casa si a ella todavía le hubiera importado. Cuando la afrontaron, tomó prestada una de las actitudes de la pareja y los ignoró
Días después, por alguna razón, Bob y Miriam intentaron estar más tiempo con ella.
Fue desagradable e incómodo, así que Helga escapó tan pronto como pudo de la situación. Solo una vez alcanzó a ver la expresión triste de su madre cuando había rechazado ir con ella a una función de baile.
Fue curioso que su pecho ya no doliera ante la vista.
El día de su cumpleaños número dieciocho había terminado de empacar su maleta con todo lo importante que tenía, lo que era muy poco en realidad. Por supuesto, el destino no la dejaría marchar de manera tranquila, o eso pensó cuando escuchó la voz animada de su hermana mayor desde la entrada de la sala.
Consideró salir por la ventana para evitar la confrontación pero ella merecía más que escapar como una fugitiva. Entonces tomó su maleta y bajó, pasando junto a la familia sumergida en un abrazo de bienvenida.
–Helga, ¿a dónde vas?
–He empacado todo lo que considero mío, pueden tener mi habitación y tirar las cosas restantes o hacer lo que quieran con ellas, eso ya no me incumbe -explicó a su sorprendida audiencia–. No necesito de ninguna manutención, Bob, así que no tienes que preocuparte por eso. Agradezco todo lo que me dieron, y espero algún día devolver todo el dinero que gastaron en mí.
–¿Qué estás haciendo, Helga?
–Irme –respondió con tranquilidad mientras revisaba los mensajes en su celular.
–No puedes irte, eres menor de edad –replicó su madre con inseguridad.
–Desde el día de hoy, ya no.
El silencio invadió el ambiente en la entrada de la casa Pataki, el cual fue roto por el sonido de un carro al parar frente al grupo. Helga sonrió al ver el vehículo y tomó su maleta empezando a bajar las escaleras.
–Hermanita, espera.
–¿Qué quieres, Olga? -cuestionó sin ningún tono de fastidio en su tono, hubo una sincera curiosidad.
–Lo que quiera que haya pasado con mami y papi, podemos arreglarlo. No tienes que irte. Estoy segura de que si hablamos, podemos hacer las cosas bien y…
–Olga, tuvimos dieciocho años para hacer funcionar esto –interrumpió ella como alguien que regaña a una niña por dejar sus tareas para el final del plazo–, y, de hecho, ellos intentaron arreglarlo –señaló a sus padres inmóviles–. La cosa es que desde hace mucho tiempo que no quedó nada para reparar –comentó con algo de lástima por romper las ilusiones de su hermana–. Solo, fue demasiado tarde.
Helga avanzó hacia el auto, Phoebe la esperaba apoyada en la puerta del conductor y le ayudó a poner sus cosas en el maletero. La rubia se detuvo un momento a mirar a sus parientes desde la puerta del copiloto y les sonrió con algo de tristeza.
–Quizás no funcionó para mí, pero aún se tienen entre ustedes. Espero que esta vez no lo dejen escapar entre sus manos y, por el amor que alguna vez sentí por ustedes, deseo que ese vínculo que tienen nunca se extinga.
Con aquella despedida, abordó el auto y dejó que su mejor amiga lo pusiera en marcha. Decidió no mirar por los espejos el pasado que empezó a dejar atrás, podía sentir la mirada preocupada de Phoebe, aún así suspiró con paz.
Sabía que ella misma tenía un largo camino para sanarse a sí misma, así como sabía que eventualmente lo lograría. Por primera vez en mucho tiempo, sintió su corazón latir tranquilo en su pecho.
Fin
Espero les haya gustado y les agradezco mucho por leer.
Con amor,
Miko Eiko
