Capítulo 24. El Templo del Lago Hylia.

El lago Hylia estaba al noreste de Kakariko. La primera vez que fue, Zelda tuvo que recorrer muchos kilómetros, más de lo normal, porque además tuvo que hacerlo desde la Montaña del Fuego, a lomos de Centella. Era una yegua veloz, y más en aquellos años, pero aún así tardó varias semanas en llegar hasta la puerta del laboratorio del profesor Hederick Sapón y encontrarse por primera vez con Cironiem.

Ahora, el camino lo hizo por el aire, y tardó mucho menos, aunque en realidad venía de más lejos. Cruzó la llanura occidental, con todo su destrozo y huellas de la terrible batalla, y se deslizó por cordilleras, sobrevolando vientos llenos de niebla y aires helados. Había nevado en más lugares, y no había pico ni montaña que no tuviera una capa blanca. Zelda descendía con Saeta, en pequeñas grutas o resguardos, hacía una hoguera y dormía allí parte de la noche. Se levantaba al amanecer, y volvía al camino.

Se encontró con enemigos: pequeñas patrullas de goblins, de esos seres medio humanos medio orcos, y una vez, hasta tres lizalfos que tenían la piel reptiliana de color blanco y azul. Los eliminó, con cuidado con estos últimos, porque descubrió que podían soltar un aliento gélido capaz de congelarla. Resultó que la nueva Espada Maestra era un arma resistente, veloz. Se ajustaba a su mano, al peso de su cuerpo, era equilibrada y fuerte. Zelda no podía dejar de admirar el trabajo de Leclas. Puede que su poder fuera nuevo e incomprensible, pero Leclas parecía no solo haberlo dominado, sino alcanzado cierta maestría.

Una de esas noches, a falta de compañía, le dijo a Saeta:

– Siempre se le ha dado bien construir. En el refugio, cuando tenía algún material, era capaz de arreglar cosas como el techo, hacer un corral o la plataforma que usé para dormir en el árbol. Pero nunca habría imaginado esto. Urbión se habría quedado de piedra…

Detuvo la frase. Para su sorpresa, se echó a reír, antes de recordar que de Urbión ya no quedaba nada, ni siquiera la estatua en el Mundo Oscuro. "Cuando liberé por segunda vez la Espada Maestra, la estatua se convirtió en polvo. El sello no sirvió de nada". Fue hasta la entrada de la gruta, para mirar el paisaje bajo sus pies. Al día siguiente, llegaría al lago Hylia. Saeta soltó un gritito, y se acercó a ella para darle un golpe en la espalda.

– ¿Tú crees que Kandra de verdad nos ha traicionado? Como ya hizo Urbión… – Zelda acarició la cabeza de Saeta y este respondió con un arrullo, como si fuera un gato –. No sé, tuvo oportunidades, ¿sabes? Pudo callarse, esperar a que le presentara a Link y matarlo. De hecho, en la fortaleza del Pico Nevado, si no hubiera intervenido, Link y Medli habrían muerto. Si hasta los curó. Y a mí, pudo dejarme morir en el arca. Y, sin embargo, no solo me curó, me cuidó mientras estuve herida. No tiene sentido… ¿Por qué cambiaría de bando?

Recordó su plan: primero, a por esa tal Lady Faren. Después, iría a buscar a Kandra y le pediría explicaciones.

Tras acariciar a Saeta, fue hasta el rincón de la cueva, se sentó frente al fuego abrigada con la capa y se quedó dormida sentada.

El lago Hylia, como muchos de los lugares que había visto en Hyrule las últimas semanas, había cambiado. Desde luego, no era el pacífico y solitario lugar al que llegó una tarde, hacía más de cinco años, para entrar en el laboratorio en el centro. Recordó esa primera visita, y esa extraña construcción, a medio camino entre choza, torre o carpa de circo. El profesor Sapón le contó que su familia había vivido en ese lugar durante generaciones, investigando las propiedades del lago, y que él, después de pasar años vagabundeando como médico, había acabado haciéndose cargo de las investigaciones. Zelda pasó por allí a menudo a lo largo de los años siguientes. A veces, se inventaba una misión para ir a propósito, porque la verdad es que el lago era tranquilo. Podía pescar, pasar varios días durmiendo a la intemperie, comer ojos de sapo fritos que (y esto no se lo había contado a nadie) le encantaban. El profesor no le cuestionaba nunca su forma de vestir, ni su educación, y su esposa le parecía muy bien que prefiriera dormir bajo un árbol. Los niños que adoptaron habían estado antes en el refugio del bosque, así que agradecían la visita de Zelda y le preguntaban por los demás.

Cuando estalló la guerra, mientras los chicos y ella estaban de viaje a Gadia, Sapón tuvo que huir con su familia a Términa, dejando su querido laboratorio atrás. Puede que creyera que le esperaría allí cuando regresaran, sin embargo, Zelda tuvo que aceptar que iba a darle malas noticias.

Donde antes estaba esa torre, en una isleta en mitad del lago Hylia, ahora había un gran cañón de hierro forjado. Era más grande que los que había visto usar en el campo de batalla, y disparaba con mayor precisión. En cuanto Saeta sobrevoló el lago, escuchó la explosión. Fue su pelícaro quien, sin aviso y sin esperar órdenes, hizo un requiebro en el aire y esquivó la bala de cañón.

Estaba demasiado lejos para ver quiénes disparaban, pero no lo necesitaba. Eran sin duda miembros del bando enemigo. "Vale, parece que quieren jugar", se dijo, mientras Saeta la ponía fuera del alcance del cañón. "Juguemos".

Con una mano, extrajo una semilla ámbar y la puso en la flecha hueca que había creado Leclas. El shariano no solo había vuelto a forjar la Espada Maestra, sino que además había creado variedad de armas, algunas más provechosas que otras. Con restos de los kull metálicos y de la armadura del Gran Poe había fabricado flechas que eran veloces y certeras, y esta que tenía podía llevar semillas de ámbar o luz. Zelda las había probado, y era sorprendente. No se parecían a esas flechas de fuego y hielo que Link podía conjurar en el Mundo Oscuro, pero se acercaban. Aquellas ardían nada más ser disparadas. Estas tenían efecto cuando se estrellaban contra el blanco.

Zelda esperó a que el cañón fuera cargado. Saeta se movió en el aire haciendo una figura de ocho, a una distancia prudencial, lo bastante cerca para obligar a disparar, lo suficientemente lejos para que Zelda pudiera estar a salvo. Cuando la bala pasó otra vez, Zelda le ordenó, con un golpe de talón, que se precipitara sobre el cañón, sobre el mismo orificio. Descendió rápido, mucho más de los que los tipos estos podían cargarlo, y Zelda apuntó. No disparó al cañón. Si algo sabía de estos es que siempre necesitaban tener cerca las balas necesarias y barriles de pólvora para ser cargados. Un fallo común, le dijo su padre, era que ambas cosas estaban cerca del cañón y, además, unas junto a otras.

Disparó tres flechas con semillas de ámbar. No se quedó a ver el estropicio. Saeta se elevó en el aire, abriendo las alas y dejando que el mismo viento los elevara arriba, como una cometa. Las tres flechas se clavaron en el blanco: los barriles de pólvora, el cañón y las balas.

Desde su posición elevada, Zelda no pudo evitar reírse. El cañón reventó como una piñata un día de cumpleaños, lanzando a los tipos al agua. Ardió en una violenta explosión. Si quedaba algo aún, aunque fueran los cimientos del laboratorio, después de esto, ni siquiera habría isla. "A Sapón le diremos que fue el enemigo" se dijo, y pidió disculpas al médico.

Saeta descendió, y por si acaso, Zelda bajó preparada. La Espada Maestra brilló de color azul y el Escudo Espejo devolvió a los pocos enemigos que habían sobrevivido su imagen llena de ceniza y hollín.

– ¡Marchaos! Decidle a vuestro falso rey que sus días están contados – gritó Zelda –. La primer caballero de Hyrule devolverá el trono al verdadero.

El que tenía más cerca era casi tan alto como ella, y le pareció extrañado, intimidado. Como todos los demás, tenía esos raros dientes y aspecto más cercano a un orco, pero en este caso, le sorprendió ver que sus ojos eran verdes como los suyos, y, además, tenía el cabello largo y rizado. Zelda bajó un poco el escudo, para poder ver mejor. ¿Era una chica? No estaba segura, tenía un cuerpo recto, sin curva ni pecho, pero esos ojos y la forma de mirarla… Otra de esas criaturas habló usando un lenguaje gutural, y la chica, la que parecía ser una, miró a Zelda por última vez, antes de levantar una maza, dar un grito y precipitarse sobre ella. Zelda la esquivó. De repente, no tenía ganas de acabar con su vida.

Los orcos, los goblins, los hombres lagarto, centauros… Eran seres que Ganondorf, cuando era un ser vivo y se levantó contra la corona, trajo de lugares remotos más allá del desierto de las gerudos, de las mismas entrañas de la tierra. Eso recordaba haber leído en sus cuentos de niña. Sin embargo, estos que tenía delante parecían ser una nueva raza. Sí, eran feos como demonios, pero sus ojos parecían inteligentes, al menos los de esta chica.

Aunque no fuera de listos atacar a la heroína de Hyrule con una maza.

Por eso, Zelda no la atacó. Devolvió su violento ataque, y usó el escudo para asestarle un golpe en la sien. La muchacha cayó como un saco de patatas, y los otros, que no eran más que dos, empezaron a gruñir, pero por fin captaron la indirecta. Salieron corriendo hacia el paso de las montañas, sin mirar atrás.

– Han abandonado a una compañera, pandilla de… – Zelda envainó. El resto del lago estaba despejado. Saeta caminó a su lado, soltó un chillido y la miró, impaciente –. Ya, ya… A ti solo te importa la comida, ¿verdad?

Miró por el rabillo del ojo a la chica a sus pies.

– ¿Y ahora qué hago contigo?

La chica despertó, y se encontró con que estaba atada al tronco del raquítico árbol, el único que quedaba de los que plantó la mujer de Sapón. Zelda la observó desde el otro lado de la hoguera. Le había vendado la herida que le hizo, y al ver que despertaba, se acercó y le ofreció agua. La chica se removió, soltó más palabrejas en su idioma y, para dejar claro lo que opinaba, soltó un escupitajo que Zelda logró esquivar.

– Eh, que solo quería ser amable.

Su cautiva soltó más gruñidos y otro escupitajo.

– Sí, te he atado. Soy amable, pero no tonta – Zelda regresó al otro lado de la hoguera –. Tus compañeros se largaron y te abandonaron, y yo no voy por ahí matando a gente desarmada. Así que hazme el favor de estar tranquila, ¿de acuerdo?

Los ojos de la chica la observaron, sin decir nada más. Zelda estaba segura de que no se podría librar de las ataduras. Había encontrado cuerdas en los restos del cañón, por suerte. Se había criado en Lynn, una zona marítima. Sabía de buenos nudos marineros, por no hablar de que su padre le había enseñado como reducir a un enemigo para interrogarlo. "Gracias, papá, por esta educación tan extraña que tuve… No sabré usar más de un tipo de tenedor, pero puedo atar a un monstruo en segundos".

Monstruo… No sabía decirlo. Era fea, pero porque Zelda no había visto criaturas de estas. Seguro que entre ellos se consideraban hermosos y la fea era ella.

– ¿Hablas mi idioma? ¿Gerudo? Um… ¿qué otros idiomas hay? ¿Gadiano? ¿Hyliano? Pero eso solo lo entiende Link, yo no he aprendido más que algunas palabras… Labryness…

La chica soltó otro escupitajo y dijo:

– Hablo tua idioma, yilian roja. Vasa ara morir.

Zelda pestañeó, sorprendida.

– Lo último si lo has pronunciado bien, el resto… Pareces de Lynn, pero además como si tuvieras una patata en la boca. No te preocupes, nos entendemos. Podemos hablar. Sí, voy a morir, tú, yo, todos, algún día… – Zelda tomó la rama dónde tenía un trozo de conejo asándose al fuego –. Pero no hoy. No me des motivo, no quiero acabar contigo. Contesta algunas preguntas, y te dejaré ir tranquila.

La chica no pareció entenderla, porque la miró con el ceño fruncido. Zelda suspiró, y entonces dijo, mezclando labrynness con palabras sencillas:

– Te podrás largar por patas a tu madriguera si cantas como un canario. No quiero despellejarte.

Interpretó el gruñido que siguió como una forma de decir "sí", y entonces Zelda preguntó:

– ¿Qué eres? ¿Cómo se llama tu raza?

– Gorlok. Siomos gorloks – fue la respuesta, tras un rato de silencio.

– ¿Tienes algún nombre? Soy Zelda, ¿cómo te llamas tú?

Escuchó algo que pareció como si dejaran caer un balde de agua contra una piedra. Zelda insistió en que repitiera, y entonces la chica dijo:

– Olonk.

– Vale, Olonk. Necesito saber de dónde viene tu tribu, por qué estáis en Hyrule.

Vio que vacilaba, y que desviaba la mirada. Zelda, tratando de ser clara, le dijo en labrynness y usando un poco de lo que le había escuchado y entendido:

– Mio palabra de que te dejaré marchar para correr con los tuyos. Solo responde. Tribu, por qué estáis en Hyrule.

La chica chasqueó la lengua. Lo siguiente que soltó fue incomprensible, una mezcla de palabras raras que no tenían ni pie ni cabeza.

– Une sorcieri apareció. Prometió richeses a mio pueblo, si batacheamos contra yilians e yumanos. Travesamos un portale…

– ¿Travesar un qué? – preguntó Zelda, sorprendida. No había entendido ni una palabra.

La chica miró alrededor, y sus ojos se clavaron en el escudo de Zelda, que estaba en el suelo, al lado de Saeta. Indicó con la barbilla y Zelda le preguntó si quería ver el escudo. La chica asintió, y entonces Zelda, sin apartar la vista de ella, caminó hasta cogerlo. Quizá quería usar el aliento y escribir o dibujar algo en él. Caminó, dudando si liberarle al menos una mano o pedirle que hiciera el dibujo con el pie, cuando la chica, con un salto, se liberó de las ataduras y atacó a Zelda.

Le había quitado todas las armas, pero no se había dado cuenta de que tenía las uñas largas y afiladas, como garras. Zelda la esquivó y pensó en dejarla inconsciente otra vez con el escudo, cuando vio por el rabillo del ojo algo plateado surcar el aire nocturno. Sin pensarlo, alzó el Escudo Espejo y detuvo a tiempo una flecha. Olonk se quedó plegada al suelo, con cara de susto. Las dos estaban rodeadas de zoras. Todos llevaban sus lanzas, espadas y arcos apuntando no a Zelda sino a la chica.

– ¡Alto! – pidió Zelda.

– Ma–Zelda, amiga del pueblo zora – dijo uno de ellos, el que llevaba un casco elaborado con forma de pez –. Hemos venido a escoltarla hasta el Templo del Agua. Esa criatura es un enemigo que trata de asesinarla. Deje que nos ocupemos de ella…

– No, no le hagáis nada – Zelda sopesó la situación. Volver a atarla era inútil, no con esas uñas. Olonk no iba a dejar que se las cortara. No tenía nada parecido a una cadena, y no le gustaba la idea. Por eso, tras sopesar la situación, dijo –. Dejad que se marche. Ya me ha dicho lo que necesitaba, y le di mi palabra de que la dejaría libre.

Los zoras se miraron entre ellos, un poco perdidos. La cara de Olonk era la más extraña. Parecía asustada, pero no intranquila. Miró a Zelda y dijo, con un tono de pregunta solo la palabra "ir". Zelda respondió con un gesto de cabeza, y la chica no lo pensó ni un segundo. Corrió con el cuerpo plegado sobre sí misma, los brazos largos y las piernas encogidas. Se perdió en la oscuridad, y, aunque los zoras siguieron desconcertados, respetaron esta decisión.

Una vez Olonk desapareció, Zelda se giró hacia el zora que había hablado. Le preguntó su nombre y este le respondió que era Mikau, lugarteniente a las órdenes de la sacerdotisa. También, que era primo de Cironiem.

– Nuestro príncipe alaba siempre su inteligencia y valentía, Ma–Zelda. Sin embargo, estoy intranquilo. Esa criatura traerá a más como ella a esta posición…

– Puede. Por eso, vamos a darnos prisa. ¿Dónde está Laruto?

– En la entrada del templo del agua. Me pidió que le diera esto – y el zora le tendió un broche. Era muy parecido al que le dejó en esa ocasión Hederick Sapón, solo que este estaba montado sobre una placa de plata, y parecía más resistente y bonito que aquel –. Le permitirá moverse bajo el agua y ver como nosotros, pero me han advertido que sus poderes tienen limitaciones, en este caso solo durará dos horas. Por eso, debe prepararse bien…

– Sí, ya voy. Gracias, Mikau. ¿Laruto está sola ahí abajo? ¿Nadie más la acompaña?

El zora se giró, y el resto del grupo hizo lo mismo, porque Zelda había empezado a desvestirse.

– No podemos entrar en el Templo del Agua, solo ella. Debe darse prisa…

Zelda dejó la túnica azul, la cota de mallas y las hombreras de metal, se dejó la camisa blanca. En el agua, serían un estorbo, aunque se iba a sentir desprotegida. También se quitó las botas. Bastante estropeadas estaban ya gracias a las últimas aventuras. Volver a hundirlas en agua helada no sería bueno para el cuero. Bajo el agua, sus semillas de ámbar eran inútiles. Las de luz… Quizá podría provocar algún destello que pudiera ayudarla o guiarla. O cegar. Se metió el bote de semillas en el bolsillo del pantalón, tomó la Espada Maestra y el Espejo. También se llevó la ballesta. Quizá podría funcionar bajo el agua, no lo había probado. Al hacerlo, se preguntó por lo poco que Olonk le había dicho. No había entendido ni palabra. Algo de un sorciere, lo que fuera eso. Y estaba muy interesada en el escudo…

Anunció que ya estaba lista, y entonces le pidió a Mikau que le indicara cómo llegar al templo. En aquella ocasión, pudo encontrarlo gracias a las indicaciones de Cironiem. El zora le dijo que la acompañaría un tramo. Al meterse en el interior del agua, Zelda miró hacia los otros zoras que siguieron en el campamento. Les gritó que cuidaran de Saeta, y empezó a avanzar.

El agua ya le llegaba a la cintura, cuando vio que Mikau no estaba. Se había hundido mucho más rápido que ella. No tenía la culpa: los zoras no sentían el frío igual que ella. Tomó aire, se dijo mentalmente que el dolor era mentira, que estaba bien, y terminó por meterse en el agua. Sintió en el rostro cada músculo contrayéndose por el frío, igual que si le clavaran un montón de agujas a la vez. Abrió los ojos, y vio que estaba hundiéndose entre algas, limo y algún pez despistado. Tocó el suelo, y dejó la superficie solo unos metros por encima. Mikau nadó entre las algas, le hizo un gesto para que la siguiera, y Zelda empezó a bracear en esa dirección.

Poco a poco, se hundieron en lo más profundo del lago Hylian. El profesor le había explicado alguna vez que el lago era grande y profundo, y contenía muchos secretos y misterios. Sus aguas eran oscuras, y por eso resultaba difícil ver qué había debajo de la superficie. Para alguien que había vivido toda su vida en una costa con aguas turquesas y claras como Zelda, se le hacía un poco extraño nadar en plena oscuridad. No debía de ser seguro. Al anochecer y al amanecer, es cuando las criaturas salen para comer, se dijo, aunque desechó el pensamiento.

Vieron pasar un banco de peces plateados, bastante inofensivo. Después, Mikau le hizo un gesto para que aguardara, y entonces sí que pasó algo que parecía una especie de serpiente grande, que se deslizó en el agua haciendo eses. Las dejó en paz, y desapareció entre unas rocas. No había ningún ruido en el agua, solo silencio y más oscuridad.

En ese primer viaje, Zelda recordaba que le costó mantenerse en el agua. El cuerpo se le inclinaba hacia delante, y tenía que hacer un esfuerzo extra con las piernas para mantenerse erguida. Quizá ahora era más fuerte, al menos más alta, y no le costó tanto. Llegaron muy rápido al dintel que indicaba la entrada al templo del agua. Aquí, Mikau le indicó con el brazo que debía seguir adelante en línea recta. Zelda le agradeció con otro gesto y se dio prisa para pasar por la sala donde aún estaban los barcos hundidos por el Aquamorpha, el recordatorio de que estuvo una vez allí y que fue temible. Zelda dejó atrás la habitación con un escalofrío. Casi muere allí.

Vio un hueco, parecido a una puerta. Zelda miró hacia la pared. Era algo propio de Link mirar primero paredes y grabados, y le había escuchado hablar sobre el tema miles de veces. Hasta ella pudo reconocer el símbolo. Era el mismo que aparecía grabado en el medallón del Templo del Agua, el que puso en el pilar en el Templo del Tiempo. Zelda cruzó el portal y allí, se llevó una buena sorpresa.

Para empezar, había escalones, y estos conducían al interior de una cueva, fuera del agua. Empezó a salir, temblando porque tenía frío. Estaba en una estancia amplia, con columnas, escaleras doradas y hasta luces muy tenues. De pie, al final de la escalera, estaba aguardando Laruto. La zora estaba sentada, con el arpa entre sus dedos palmeados. Al ver a Zelda se puso en pie y sonrió. Zelda escupió un poco de agua antes de preguntar, en voz tenue:

– Hola, Laruto. Encantada de verte.

Los zoras se saludaban con cariño alargando las dos manos y estrechándolas. Zelda hizo esto. En el pasado, había tenido pocas misiones que involucraban a los zoras, pero había aprendido de sus costumbres gracias a Cironiem. A Laruto la había visto con menos frecuencia, siempre ocupada en su entrenamiento como sacerdotisa bajo la tutela de Jabu–Jabu.

– También me alegro, Ma–Zelda. Te agradezco que te hayas dado prisa.

– ¿Qué es este lugar? – preguntó Zelda –. La otra vez no llegué tan lejos en el templo…

– Esta es la antecámara. Al fondo del templo, Lady Faren está allí, durmiendo.

– ¿Ha estado aquí todo este tiempo? ¿Por qué no te ayudó cuando te capturó el Aquamorpha? – Zelda se retiró un mechón de pelo que se había quedado pegado a su nariz.

– Lady Faren fue un poderoso dragón de agua, una muestra del poder de la diosa Hylia, la creadora de la Espada Maestra. Después de su desaparición, algunos avatares decidieron sumirse en un letargo hasta la llegada de la reencarnación de la diosa. Lord Valú no quiso abandonar a los ornis, se quedó con ellos. Otros avatares se refugiaron en templos y cuevas, esperando… Has conocido a varios de esos avatares, como al Árbol Deku, o Gaia… Lady Faren fue uno de ellos. Protegió a los zoras hasta que Lord Jabu–Jabu, uno de sus hijos, se ocupó de nosotros. Entonces vino a descansar aquí – Laruto caminó hacia el interior. Su voz hacía eco en las paredes. Zelda notó que el aire estaba enrarecido. Eran los primeros seres vivos en respirarlo después de siglos de oscuridad.

La verdad, entre los sabios, siempre había tenido una relación distante con la sacerdotisa zora. No era culpa de Laruto. Era amable siempre con ella, pero a veces le parecía algo orgullosa y altanera, como si supiera que era poderosa. Antes de ser sabia, ya tenía poderes de adivinación y de sanación. Había nacido sabiendo que era una elegida para su pueblo, y lo llevaba con orgullo. Zelda había pasado más tiempo con Cironiem, cuando era necesario estar con los zoras por alguna misión. Esto la llevó a preguntarse si conocía a Laruto. ¿Qué sabía de ella, realmente?

Laruto dejó de caminar. Señaló a unas grandes puertas, de mármol a juzgar por el brillo que emitían. Entonces, Laruto se dirigió a Zelda, con una sonrisa extraña. Le dijo que ya habían llegado.

– ¿No se enfadará si la despertamos? – preguntó Zelda.

Laruto sonrió. Se giró hacia Zelda y entonces, con voz cavernosa, dijo:

– Es probable que nos devore… Pero tenemos la Espada Maestra, ¿cierto? Lo comprenderá.

– Sí, claro – Zelda entonces llevó la mano a la empuñadura de la espada y sintió la vibración, el familiar anuncio de que se venía una prueba del espíritu. Un leve resplandor salía de la vaina. La había visto brillar así solo ante presencias malignas. Miró hacia la espalda de Laruto, y vio otra vez el arpa. Desenvainó, y, todo lo rápido que pudo, cogió el arpa y tiró de ella. Laruto se tropezó, dio un grito de rabia y se giró, para encontrarse con la punta de la Espada Maestra apuntando a su garganta. La labrynnessa, con los rizos pegados al rostro más oscuros de lo normal, la miraba con los ojos rasgados un poco encogidos.

– ¿Quién eres? ¿Cómo has conseguido esto?

Tenía el arpa en la otra mano. Laruto pestañeó. Sus ojos oscuros de zora parecían serenos, como si no estuviera amenazada. Esto hizo vacilar un poco a Zelda, pero enseguida volvió a levantar la Espada Maestra.

– No lo entiendo, Zelda. Soy yo, Laruto – dijo, con las dos manos levantadas. Había temor en su rostro, pero Zelda no bajó el filo.

– La Espada repele el mal, y ahora mismo, todo en ti grita que eres un enemigo. Dime quién eres, y dónde está la auténtica Laruto. Como le hayas hecho daño…

La falsa Laruto negó con la cabeza. Bajó las manos, y entonces tuvo lugar una transformación. Dejó de ser una zora, se convirtió en una criatura transparente, una especie de niña con la piel, cuerpo y cabellos blancos. Sin ojos ni boca. Zelda apretó los dientes y se apartó un par de pasos.

– Lamentamos esta confusión, Zelda, Heroína de Hyrule. Laruto descansa en la siguiente sala. Está bien, no hemos hecho nada con ella. De hecho, la hemos protegido.

– No te creo. Tienes su arpa, eso quiere decir que tratabas de engañarme.

– No te negaré que el falso rey Link, el que tú conoces por su nombre verdadero de Zant ya ha tratado de hacerse con la Sabia del Agua. Sabíamos que aprovecharía esta ocasión, y que también tiene interés en ti. Por eso nos adelantamos, para ayudarte – la criatura tenía una voz cavernosa, algo lejana. Zelda pestañeó. ¿Por qué de repente le parecía tan familiar? –. Te has enfrentado a muchos de mis parientes. En tiempos lejanos, todos fuimos espíritus libres. No teníamos una afiliación: ni pertenecíamos a las diosas, ni tampoco al señor del caos, ni mucho menos a los humanos. Un día, un hombre oscuro nos propuso un pacto: nos sacó de nuestros lugares abandonados y nos prometió alimentarnos, con lo que más deseamos. Aceptamos, y le servimos fielmente. Hace no mucho que te has enfrentado a algunos de nosotros: El mismo Aquamorpha, Gohma y sus hijos, Los grandes Poes… Yo he tenido más reencarnaciones, esta que ves es la más reciente. Al fin y al cabo, me derrotaste en el templo de la Sombra, hace ya mucho tiempo.

Zelda controló el temblor de la mano. En aquel templo, la criatura contra la que luchó era invisible. Si Link no le hubiera ayudado con la Lente de la Verdad, a saber cómo habría terminado.

– Pero no temas, no queremos atacarte. Hemos venido a pedir ayuda a la Heroína de Hyrule y al rey líder de los sabios. Las criaturas mágicas que aún vivimos en Hyrule os necesitamos.

– Ah, ¿sí? Eso sería una novedad…

– Estamos siendo atacados por Zant y por su magia oscura y lejana. Nos está transformando en monstruos hechos de metal, sin alma. Nos obliga a atacar.

– ¿Qué diferencia hay entre este nuevo amo y el anterior? Hacéis lo mismo.

– Una diferencia bien grande, jovencita – la figura se deslizó en el aire –. Antes, firmamos un pacto, de forma libre. Teníamos elección. Ahora, nos capturan y obligan. Somos esclavos. Deseamos la libertad. Queremos hacer un pacto con vosotros, os lo ofrecemos porque tenemos un enemigo común. Os ayudaremos, a cambio de que nos dejéis ser libres después. Es un precio muy bajo para todo lo que ganaréis.

La niña dejó de flotar. Ya estaba bastante lejos de la Espada Maestra. Esto último lo dijo con una voz cavernosa:

– La dueña original de ese instrumento se encuentra detrás de esas puertas. Debes tocar la lira, y atravesar las puertas. Zant ha venido antes, y ha puesto una de sus máquinas sin corazón para proteger la entrada de Lady Faren. Cumple con la prueba, y verás que te hemos dicho la verdad – con estas últimas palabras, la mujer desapareció.

Zelda soltó una maldición y dio una patada al suelo. Miró el arpa, y entonces, dijo en voz alta, para estar segura de que esta entidad la escuchara:

– ¡No sé tocar esto!