Aclaratoria: ¡Hola! Deben saber que este one-shot fue escrito para el evento de Halloween del grupo de Facebook Fans de Granola, del que soy dueña y administradora. El GraMai es mi adorada crack ship, y por supuesto, pese a que no cuento con mucho tiempo, no podía faltar algo de ellos para esta ocasión tan especial. Otra cosa que deben saber es que no soy satánica. Creo en Dios profundamente, pero no practico ninguna religión. No tengo nada en contra de aquellas personas que las profesan; al contrario. Sencillamente no es lo mío. Así que esta fic no es apología al satanismo; es solo ficción, y un tema oscuro para acompañar el Halloween. Para escribir este trabajo me inspiré en la canción Your sweet six six six de la banda de rock finlandesa HIM. Aunque el título sea tan llamativo, no significa que sea satánica; es solo una forma metafórica de cantarle al amor; pero bueno... sin duda es oscura. Espero que disfruten mucho de este one-shot sencillito pero escrito con mucho amor.
¡Oh, my god you're so lonely!...
I'm waiting for your call and I'm ready to take your six six six in my heart —HIM
Las chicas gritaban de emoción frente al príncipe Trunks, heredero de la Corona saiyana. El ruin joven, con una sonrisa maléfica, presumía su estatus y su elevada belleza al avanzar entre las multitudes; la mayoría de ellas compuestas por doncellas eufóricas que sin duda hubieran hasta matado con tal de haber estado en el lugar de Mai, princesa de Paoz, condenada a los crueles brazos de su alteza real, primogénito del rey Vegeta IV, el descarado príncipe Trunks.
Mientras las féminas se deshacían por él, Mai, absolutamente triste, se derretía sentada a una preciosa mesa de cristal del portentoso jardín del palacio Vegeta. El corazón se le fundía.
Mai estaba adelantada a su época, al menos en pensamiento. Estas palabras jamás se hubieran pronunciado, porque sencillamente jamás habrían tenido lugar, y Mai las recitaba a diario en su mente: , y se lo había dicho a la madre, Milk, cuantiosas veces, y en todas y en cada una había explotado, rompiendo en mil pedazos el corazón de su hija por su falta de consideración, de corazón.
Estaba condenada.
Y el príncipe, al tiempo que se jactaba de su gloria, se burlaba de ella, y en los labios arqueados se dibujaba con un placer infinito.
Solo un milagro podía salvarla de lo que le esperaba; de la fría y asquerosa noche de bodas; del amarre y de la desnudez y del castigo.
...
Como en todo palacio, el cristianismo mandaba y decoraba los vitrales con colores curiosos y fosforescentes y las paredes y los pisos de un blanco sucio, o al menos así lo miraba Mai, sola en sus oraciones, sin ser escuchada por Dios. Y la madre, tosca, terca, incluso en la capilla del propio hogar la jaloneaba para que se sentase correctamente, cuando más recta y perfecta no podía estar.
Su vida era eso: un constante jaloneo por parte de todos; por parte del padre, el rey Goku, que con su amor honesto, siempre abierto, sin darse cuenta la obligaba a dar lo mejor de ella; la madre, con su locura y déficit de humanidad arrastrándola al infierno; los hermanos, ambos varones, jaloneándola en medio del vacío que representaba su presencia, pues la ignoraban. Todos llevándola al borde, ahí donde ningún ser humano quiere estar: en la más profunda desolación, y todas las noches previas a la boda lloraba, porque era una pobre criatura olvidada por Dios.
...
Como buena hija de Dios volvió a la capilla... esta vez por voluntad propia; necesitaba rezar; hablar con Dios... rogarle; que la escuchara; que la escuchara por fin, si ahora sí quería; si ahora sí se había condolido de ella... aunque fuera por puro antojo; por aburrimiento.
El bello vestido azul claro fue alzado para subir los peldaños. El padre Freezer se encontraba dentro, juzgador. —Las niñas como tú deberían tener cuidado —le dijo en cuanto entró al tiempo que prendía unas velas—, llaman al diablo con su sola presencia impía...
Mai bajó la cabeza y no habló; optó por callar; estaba harta de discutir con todos, y no lo haría con alguien que simbolizaba el silencio perenne de Dios en la Tierra.
—Por si no lo sabías... —continuó el padre Freezer— esta tierra es del diablo; ¡de Satanás! —expresó con cierta pasión—. Ha vivido por muchos años en este palacio, lo sé. Y se alimenta de jóvenes vírgenes impuras como tú; el no haber probado la carne no te hace limpia, niña... —y el gélido hombre de la iglesia golpeó a Mai en la cabeza con una Biblia; la princesa siguió con la cabeza abajo— es por eso que debes aceptar al príncipe Trunks como tu dueño; solo las mujeres sumisas con los hombres alcanzan el cielo.
Prefirió aguantar la ira; era mejor que saliera con astucia que con gritos absurdos... que de nuevo nadie oiría. Mai sonrió y le preguntó: —¿Y cómo encuentro al diablo aquí?
Freezer se espantó y por dicho susto expulsó un quejido. —¡Pero qué estás preguntando...!
Mai, mirándolo a los ojos con sus preciosos iris índigo brillando de la emoción y sonriendo, le respondió: —Pero usted me dijo que aquí vive el diablo; ¿por qué no me dice dónde puedo encontrarlo? ¡Quizá sea más benevolente que todos ustedes!
Y tras el grito la muchacha arrojó la Biblia con la que el padre le había golpeado la cabeza y se aproximó a las velas encendidas para tirarlas, después se marchó.
...
Ya en la cena, al lado del rey y la reina, degustando un trozo de pollo, le preguntó a su miserable madre: —¿Es cierto que el diablo vive aquí?
La reina escupió su vino por reflejo y el rey se atragantó. —¡Pero...! ¡No digas esas cosas en la mesa! —la regañó su madre para enseguida limpiarse los labios.
—¡Es verdad! —dijo el príncipe Gohan, el primogénito—. ¿Acaso no lo sabías? —preguntó casi ofendido—. El diablo vaga por aquí todas las noches. Se pasea por los jardines, especialmente cerca de tu ventana, que es la única que da al jardín de las flores blancas; le gustan las jovencitas inocentes.
—¡Gohan, ya basta! —gritó la madre colérica y estrellando las palmas en la gran mesa.
Mai miraba al hermano con los ojos despidiendo destellos; estaba a punto del llanto; ¿por qué quería asustarla? ¿acaso no era suficiente con su abandono?
La princesa no dijo nada más y prosiguió comiendo.
...
Fue a la cama y se cubrió con las sábanas blancas, frescas; todo ahí era blanco: la dulce piel de Mai, la enorme habitación, el lecho y las flores del exterior; todo casaba con la hermosa durmiente, que si bien el sueño no lograba conciliar; estaba pensando en su muerte mientras las lágrimas, pesadas, escurrían desde el extremo del ojo hasta las orejas. Quería morir y estaba planeando su muerte; nadie la quería lo suficiente como para frenar su dolor, ni siquiera el padre que de todos era el más dulce, el más bondadoso.
Estaba pensando en ahorcarse o tal vez en arrojarse al río; la segunda opción era la más viable, femenina y elegante.
Se limpió mal las lágrimas y se descubrió para levantarse.
Un velo, también blanco como su pureza, colgaba desde lo alto de la ventana, escondiendo el exterior como una cortina, y ondulando al viento algo frío de la noche, que raramente no se miraba tan oscura; parecía la madrugada por el color azul, casi índigo, como sus ojos, que teñía al ambiente. Se quedó observando apenas el jardín a través del velo blanco; tal vez fuera la proximidad de la muerte, pero todo se miraba más hermoso que nunca; la madrugada era exquisita, aun cuando no lo era; de eso estaba segura porque se había ido temprano al lecho. Fuera cual fuera el misterio que envolvía a la falsa madrugada, no le importaba; se miraba hermosa, y se llevaría ese último viso con ella.
De pronto una figura, aparentemente masculina, y vestida de negro, según parecía más allá del velo, se acercó un poco desde el vasto jardín. Mai, cansada por tanto llorar; ida, no se amedrentó; solo abrió la boca ante la presencia asaz elegante —esto conforme a lo que le devolvían sus bellos ojos—. La figura de negro se detuvo, y la cabeza se ladeó; parecía observarla. —Señorita... —le soltó. La voz era hermosa y grata; tranquilizó el corazón de la princesa con solo oírla una vez, y era tan refinada...
Los labios rojos de Mai se abrieron un poco más.
—Lamento molestarla —prosiguió—, parece ser que me he perdido; he venido en busca de su padre el rey, pero por mi torpeza he dado con su ventana en vez de con la puerta de su suntuoso palacio.
Y la figura oscura algo dejaba en el alma de la princesa, que la confundía pero fascinaba. Agitó su cabeza para volver en sí lo poco que era capaz. —Ah... comprendo —el dedo índice de Mai se alzó para indicarle el camino correcto al intruso—. La entrada está por allá, pero no se preocupe; a veces pasa eso; incluso yo me confundo —y rio como pudo, aun en su tristeza que desde luego que la sombra había notado.
El intruso apreció y aplaudió internamente su amabilidad que no desapareció ni siquiera en su muerte espiritual. El intruso sonrió y rio con finura y amabilidad. —Le agradezco su cortesía, señorita —y la sombra se inclinó en respeto a través del velo que los separaba.
Mai sonrió débilmente. La sombra se irguió; continuaba observando a la princesa por medio de la delgada lejanía; no lograba verla muy bien, pero gracias a sus poderes sí que sentía su inmenso dolor. Se acercó un poco más. —Parece usted muy triste; ¿se encuentra bien?
Mai rio irónica mas no grosera. Volvió a limpiar sus lágrimas, que ya comenzaban a escurrir otra vez. —Sí... No... no se preocupe.
—Sé intuir tristeza cuando la veo.
Mai alzó la cabeza; miraba a la figura a través del velo; se preguntaba cómo era su rostro; la intimidaba su tamaño; parecía un hombre muy grande y musculoso; podía notarlo incluso con el velo estorbando y las ropas negras.
—¿En serio? —preguntó Mai con mucho interés—. ¿Acaso usted está triste? —hizo la observación preocupada y con los ojos vibrándole a través del brillo de las lágrimas que se estaban formando.
Y ahora la sombra rio irónica. —He estado triste durante eones.
Mai frunció los labios por lástima y se aproximó más al velo, por poco tocando al intruso. —Sin duda se ha sentido triste por mucho tiempo.
—Sí, pero puedo vivir con ello; en cambio tú... —finalizó con pena, y el rostro descendió hasta el de la princesa, quien de inmediato bajó el suyo. El velo fue retirado y el cuerpo de la virgen abrazado con fuerza y la calidez máxima—. Fue tu pena la que me llamó... princesa; estás tan sola... —dijo casi llorando—. No me resisto a tu inocencia, juventud y virginidad.
Mai, llorando, alzó la cabeza, y el diablo conoció por fin la faz del ángel, y quedó intrigado y abobado, porque nunca, nunca, en eones, vio algo igual; los ojos de Mai poseían una belleza inagotable e indescriptible; los iris del color y lo misterioso del océano se clavaban en su alma de ángel caído y centelleaban, atrayéndolo; los labios rojos pedían un beso y la piel blanca rogaba ser protegida, venerada y tocada. Se enamoró.
Y el amor fue a primera vista, pues los ojos del ángel humano se clavaron en los ojos desiguales; el azul miraba con bondad y el rojo devoraba el alma y le hacía el amor sin siquiera haberle pedido permiso; supo entonces que esos no eran los ojos de un simple visitante; esos eran los ojos del mismísimo demonio, y el demonio tenía la piel clara y el cabello alborotado, verde como el pistacho.
El diablo la tomaba de las mejillas; sus cuerpos estaban muy juntos, quizá demasiado; él la rodeaba demasiado aun cuando sus brazos se encontraban ocupados.
—¿Q-quién eres? —le preguntó Mai con una mezcla de miedo y encanto.
—Tengo muchos nombres —le dijo mirándola fijamente a los ojos—, pero entre los hombres más modernos y abiertos de mente me conocen como Granolah —la mirada era seria, mucho.
Mai echó una risita inocente, como ella misma. —Es un nombre muy curioso, pero me gusta; es hermoso.
Y el encanto era compartido a través de la mirada; se sonrieron, y el diablo, como un caballero, le ofreció la mano a la dulce señorita y la dirigió por los jardines, hasta llegar al laberinto. Ahí las flores blancas, excesivas, casi tupían los muros verdes. Se sentaron en una de las bancas, asimismo albas. La princesa Mai estaba sumida en la extraña hermosura de su acompañante infernal; el perfil era extraordinariamente bello; perfecto; podía pasearse, si así lo deseaba, todo el día y toda la noche por la línea sutil que marcaba el contorno de dicho perfil, desde el inicio de la frente hasta el mentón; toda esa línea masculina, dibujada por Dios, sin duda alguna. Granolah volteó a verla, acabando con la placidez, y Mai, en lugar de gritar, suspiró asustada y avergonzada; las mejillas se le tornaron rojas y al demonio también.
La conexión en el vientre y el hechizo en que lo mantenía atrapado Mai no era de este mundo. Ya había compartido con otras mortales... muchísimas otras, y jamás se sintió igual; tan atraído...
—También estás muy solo... lo veo en ti —le dijo Mai, todavía sonrojada.
—Conoces mi historia; claro que lo estoy.
—El ángel más precioso de Dios arrojado a la Tierra por su error —recitaba Mai mirando como fascinada al cielo nocturno.
—Tú puedes salvarme —le ofreció el diablo, guiándola del mentón con suavidad adonde él se encontraba—. Solo debes aceptarme en tu corazón.
La belleza de Mai pareció incrementarse con el enamoramiento que le suscitaba el ángel caído. —¿Aceptarte? ¿Cómo?
—Ámame —le respondió rápido él—, llévame en tu corazón, olvídate de Dios y de todos; quémate conmigo; te dirigiré a las llamas y los dos arderemos, pero no habrá dolor... porque nos amaremos en esa obscuridad —por poco le rogaba entretanto la sacudía un poco de los hombros; Mai solo lo miraba alelada. Pronto sonrió como hace poco.
—A-acepto quemarme contigo.
Granolah sonrió; había ganado. —Entonces ven conmigo —la invitó mientras la mano se pasaba despacio por la mejilla como de seda—; no tengas miedo —le dijo con una sonrisa perversa.
Mai tragó saliva, pues sabía lo que venía. Y el diablo la llevó abajo, al césped helado y bañado en rocío de la noche. Las piernas fueron abiertas lo suficiente y resaltaron por el blanco de su belleza y perfección anormales; la falda del vestido que no fue quitado para dormir estaba alzado hasta el ombligo, y las prendas interiores se exhibían, igualmente blancas; todo blanco en Mai.
Granolah, sin abandonar su sonrisa, le pasó las manos por las mejillas y luego las llevó abajo; al cuello y a los hombros y después a los pechos, aún tapados. El vestido fue roto a la mitad bruscamente, y la bestia, dichosa, se preparó para tocarla, hacerla suya; se deshizo de las elegantes prendas y pegó su cuerpo perfecto, desnudo, al suyo; helados bajo el halo de la noche.
La bestia gruñó al hallarse dentro, y entonces lo supo: entendió por qué se había enamorado y estaba fascinado... para siempre; porque Mai era también un ángel, aunque uno bueno; uno que no había sido desterrado, sino que, sencillamente, había sido engendrado en la Tierra. Había seducido a una hija directa de Dios, y eso lo estaba volviendo loco; de pura excitación por el hecho de haber triunfado, se encajó con todo en la entrada femenina y vertió su esperma. Mai despidió un grito ahogado con la espalda arqueada. Ya estaba hecho, y portaría la corona como la reina de los infiernos.
El beso fue ardiente, y los dos se quemaron juntos, conforme a la promesa.
...
Frente al malévolo príncipe Trunks se presentaron, justo el día de la boda. Mai, con una sonrisa distinta, ya no bondadosa, avanzó de la mano de su esposo Granolah hasta el altar humano. Los labios de Milk temblaban, y la mirada de Su Alteza Real era de odio y estupefacción. El príncipe y sus soldados se lanzaron al ataque, mas, con un simple chasquido de los dedos de Su Majestad Infernal, todos se quemaron, a excepción del rey Goku.
Granolah y Mai le dirigieron una mirada amable sin soltarse de la mano. —Me amaste a pesar de saber que no era tu hija; te lo agradezco —le dijo Mai a Goku, quien no podía ni hablar—. Te aconsejo buscar algo mejor —dijo la reina de los infiernos tras ver a la exmadre chamuscada.
Y los dos, marido y mujer, mirándose con una sonrisa llena de amor, regresaron a su hogar rojo, donde el amor jamás finalizaría.
