Ranma 1/2 no me pertenece. Este fanfic está escrito por mero entretenimiento.
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—Cero—
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Capítulo 10: Reencuentros y revelaciones
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A Ranma le costó mucho convencimiento y aún más valor regresar al dojô Tendô. Después de sus más de dos semanas entrenando en la soledad del bosque, bebiendo de manantiales de montaña, haciendo equilibrio sobre riscos y respirando el aire puro pensaba que había logrado vencer a sus demonios y darle paz a su atribulada mente.
No había soñado nada, había descansado maravillosamente y se sentía preparado para regresar junto a Akane. El amanecer del tercer día de viaje le descubrió llegando a su destino. Cuando estuvo delante de los grandes portones de madera se dijo que lo mejor era desempacar su mochila y justo después, enfrentarla.
No podía ser tan malo, ¿o si? Sólo se habían besado, él la había besado. Ahora sólo tenía que poner una buena excusa que lo justificara.
—Has regresado —Y allí estaba, la fuente de su angustia y su miedo, su única salvación. Akane había salido a correr y a su regreso, sudada y con la respiración entrecortada le había visto dudando frente a la puerta.
—S-sí —dijo él, viendo cómo la muchacha empujaba las puertas sobre sus goznes y entraba en la casa sin ceremonias ni saludos, evidentemente molesta
—Pues date prisa si quieres desayunar. Ah, y voy a bañarme, así que tendrás que esperar —Y desapareció por la puerta principal, el chico de la trenza masculló una maldición sabiendo que esta vez no podía escapar de una disculpa en condiciones.
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Pasó en la tarde del segundo día tras su regreso. Se encontraba leyendo un aburrido libro de texto tirado en el dojô. Ya había entrenado por la mañana, y había intentado disculparse con Akane al menos en dos ocasiones sin resultado. Kasumi le había aconsejado que le diera un tiempo y él, por una vez, había decidido hacerle caso.
Se sentía relajado, bostezaba de vez en cuando, rodaba por el suelo, cambiaba de postura. Y entonces lo sintió, tan repentino como el alcance de un rayo: la melancolía, la tristeza inexplicable. Era un agujero profundo en la boca de su estómago, era un puñal clavado hasta el fondo de su pulmón. Sintió cómo le faltaba el aire, boqueó retorciéndose en extrañas posturas hasta que dio una honda bocanada que entró ardiendo en su garganta seca. Y con ese valioso aire, con todas sus fuerzas restantes, gritó.
Fue un alarido, un dolor solo comparable a la pérdida de un miembro. Las lágrimas bajaban por sus mejillas mientras él intentaba una y otra vez recomponerse, dejar de revolcarse en el suelo, asustado, herido, roto.
No sabía de dónde venía, no sabía pararlo. Se sentía bajo ataque, histérico intentó mirar con sus ojos nublados, se arrastró por el suelo en busca de ayuda, algo, alguien, lo que fuera. Y en ese momento llegó ella.
Akane se agachó a su lado con el rostro compungido, pálida e igual de asustada que él.
—¿¡Qué ocurre!? ¿Qué te pasa? ¡Ranma! —dijo apoyando las manos sobre su costado, intentando calmarlo, entender de dónde provenía el dolor agudo, los gritos y las lágrimas. Y el chico, grande y robusto, el artista marcial más fuerte que hubiese conocido consiguió arrastrarse hasta su regazo y abrazar su cintura. Jadeó mientras enterraba el rostro contra ella y se hacía pequeño, una bola de carne temblorosa y asustada. Akane no pudo más que sentirse aterrada mientras pasaba la mano por sus cabellos y los descubría empapados en sudor.
—Oh, no. Ranma, Ranma, tienes que decirme dónde te duele —suplicó.
Y el chico volvió a temblar contra ella, mientras sus manos se afirmaban sobre su cintura, como un náufrago a la deriva agarrándose a la triste madera de su balsa rota. Akane sintió como sus propios ojos se cuajaban en lágrimas.
—¡Papá! ¡Kasumi! ¡Ayudadme, por favor! —chilló abrazándolo, sintiendo que algo acababa de romperse para siempre.
Afortunadamente la ayuda no tardó en llegar. Genma y Soun acudieron raudos a su auxilio y encontraron la escena perturbadora. Ranma no emitía una sola palabra, sólo temblaba con un jadeo mientras se agarraba a Akane y ella les miraba confundida. No había explicaciones posibles a semejante crisis, nada que ellos pudieran comprender.
Tras un largo rato consiguieron que el chico de la trenza soltara a Akane. Entre todos y sirviéndose de palabras amables y manos firmes consiguieron llevarle hasta su habitación, donde procedieron a acostarlo en el futón. Akane se quedó a su lado e intentó que bebiera algo, que pronunciara alguna palabra, pero Ranma parecía a punto de perder la cabeza. Se mecía sobre sí mismo y en cuanto podía volvía a asirse a ella, encontrando en su presencia el único consuelo.
—Se ha ido… —susurró quedo, horas después. Akane no pudo más que parpadear perpleja ante sus primeras palabras.
—¿Quién? —preguntó sobrecogida.
—Ella —dijo sin más, antes de adoptar posición fetal dentro de su arrugado futón.
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Akane se miró en el espejo una vez más. El torneo arrancaba al día siguiente, pero de nuevo tenían que asistir a otro acto oficial. Se trataba de la gala de inauguración, que tendría lugar en el salón de uno de los hoteles de lujo más exclusivos de la capital japonesa. Todos los participantes estaban invitados. También acudirían políticos, personalidades, famosos y, por supuesto, la prensa.
Que el campeón actual se ausentara sería una fuente de comentarios, pero que se presentaran juntos podría ser aún peor. Ranma había sido tajante, solo iría si iba ella, así que a Akane no le había quedado más remedio que ceder.
Sospechaba que los posibles rumores sobre su relación estaban aún más extendidos desde su paradisíaca estancia de entrenamiento en Filipinas. De nada le había servido la nota de prensa, y a la vista estaba que tampoco el soborno a Santos.
Esa era la única explicación que le encontraba a la insinuación de Okubo el día anterior mientras recorrían las instalaciones deportivas. El recordarlo le hizo sentir humillada.
Aún así y tal y como le había repetido Nabiki, "parecer exitoso es mucho mejor que serlo", y para ratificar sus creencias su hermana mayor le había obligado a adquirir un vestido condenadamente caro. Obviamente asistir a la gala de inauguración del torneo entraba dentro de lo que podía denominar trabajo, pero no se había atrevido a pedirle a Ranma dinero para pagar semejante bomba. Tampoco se había atrevido a decirle lo que llevaría, y no es que estuviese deseando una cara de sorpresa o un halago por su parte, es que realmente no sabía cómo reaccionaría cuando la viese así.
Después de los últimos acontecimientos Akane se atrevía a afirmar que el artista marcial estaba exactamente a una copa de meterse en sus bragas. La copa era para ella.
Dejó en paz el espejo, sólo tenían que hacer acto de presencia durante un par de horas y después podrían largarse lo más discretamente posible. Era cierto que Ranma no competía en la primera ronda, pero eso no quitaba porque fueran a primera hora a ver a sus futuros contendientes.
La chica salió del dormitorio con toda la dignidad que le permitían los altos tacones, tomó su bolso y consultó su pequeño reloj de muñeca. Ojeó impaciente hacia la entrada porque no esperaba que un hombre tardara más que ella en arreglarse.
—¿Qué sabes de nudos de corbata? —preguntó su voz saliendo de la habitación, con un traje de color negro y una camisa gris perla, la corbata colgaba en su mano mientras se aproximaba. Akane alzó una ceja, Ranma se detuvo con un traspiés.
Ella se aclaró la garganta mientras el calor se extendía por sus mejillas, él tuvo la decencia de cerrar la boca.
—No sé mucho de corbatas, pero podría intentarlo —dijo ella dejando el bolso en una pequeña mesa auxiliar. Él le tendió la suave franja de tela, era oscura y tenía estampados graciosos dibujos de espirales de pescado.
Akane se puso de puntillas, rodeó el grueso cuello de Ranma con manos suaves (maldito fuera, qué bien que olía) hasta que tuvo un cabo de tela en cada mano y comenzó con su labor, pasando la corbata sobre sí misma dos veces y luego anudándola por debajo. El resultado fue espantoso, lo deshizo y volvió a empezar ante la atenta y muda mirada del artista marcial.
—¿No vas a decir nada? —preguntó Akane sintiendo los nervios explotar en su piel, mirándole de reojo, y el chico arrugó los labios, tomó aire y se aclaró la garganta.
—No debería decir lo que estoy pensando —contestó, ella se estremeció mientras ajustaba su segundo intento de nudo.
—¿Es algo malo? —preguntó con inocencia, pero en el fondo escondía un sentimiento codicioso. Ansiaba con su alma arrancarle un halago rotundo y claro. Suspiró hastiada mientras deshacía la corbata de nuevo.
—¿El vestido es nuevo? —dijo él, ella asintió con una pequeña sonrisa.
—Si.
—Parece caro.
—Lo es.
—Sería una pena que alguien te lo arrancara.
Akane apretó el nudo hasta que Ranma comenzó a toser.
—Bien, me vale. Vámonos —dijo agarrando el bolso, con las mejillas ardiendo y el corazón corriendo en su pecho. ¿Desde cuando ese idiota se había convertido en un atrevido? Ranma salió tras ella, la alcanzó cuando ya subían al ascensor.
El artista marcial deshizo el estrangulador nudo de la corbata y con dos gestos expertos se la anudó perfectamente. Akane puso los ojos en blanco y negó incrédula. Él sonrió satisfecho.
El que se había convertido en su conductor habitual les esperaba a la salida del hotel. Subieron al vehículo y se abrocharon los cinturones.
—Deberíamos regresar antes de medianoche, mañana es un día importante —dijo Akane consultando el correo en su teléfono.
—No te separes de mí, ¿entendido? —Le advirtió el artista marcial mientras se espanzurraba en su asiento—. Esos sitios suelen estar llenos de viejos verdes.
Ella resopló.
—Van todos los patrocinadores, este vestido es justamente para atraer viejos verdes con dinero. Si todo sale bien puede que acabemos la noche con un par de contratos más bajo el brazo, y yo me ahorre varias reuniones.
—¿Para eso es el vestido? Nabiki dijo que era para mí —rezongó mirándola descarado, a Akane se le escurrió el teléfono de entre las manos.
—¿Dijo eso? ¿Y por qué hablas con Nabiki de mi vestido?
—Me mandó fotos mientras te probabas modelitos. Lo elegí yo —sonrió con semejante descaro que hubiera merecido un bofetón, pero Akane no pudo más que farfullar mientras toda la piel expuesta (que era bastante) se ponía roja. No pudo evitar taparse el escote y dirigir miradas nerviosas al conductor, el cual se mantenía al margen de forma absolutamente profesional.
—E-eso es… —tragó saliva, titubeó, estrujó su bolso. Intentó tomar aire.
Ranma agarró su mano, tiró de ella suave mientras sus ojos azules, salvajes y peligrosos la miraban con la calma que precede a la tormenta. Alzó la delicada mano hasta que presionó sus labios suavemente contra sus nudillos. Por algún motivo aquel gesto lleno de reverencia se le antojó como un preludio a algo mucho más obsceno.
—Estás preciosa —dijo con ese tono de voz bajo y sugerente que la hacía retorcerse entera.
—Gracias. Tú también estás muy guapo —contestó intentando mostrarle una pequeña sonrisa que salió insegura y temerosa de sus labios.
Se encogió de placer al reconocer la mirada de deseo que la recorría entera, despacio y perturbadora. Oh, no estaba a una copa de distancia, era mucho más grave: estaba a otra de esas miradas descaradas de quitarse ella misma las bragas. ¿Pero qué estaba pasando? ¿Dónde se había quedado la Akane seria y profesional de apenas unas semanas atrás?
La competición estaba a punto de empezar y allí estaban ellos, perdiendo el foco en su tensión, en un tira y afloja que sólo podía llevarles hasta el abismo. Y cómo deseaban caer.
El coche se detuvo y bajaron delante del hotel, había prensa y una alfombra roja en la que se hacían fotos varios artistas, así como los luchadores con sus parejas y acompañantes. Akane le miró y arrugó las cejas. Ella no era su amante ni su novia, ellos tenían una relación profesional (casi todo el tiempo). Se puso tensa, se alejó de él discretamente y Ranma lo aceptó sin dramas, sonrió y repartió saludos y autógrafos entre el público que se mantenía fuera de la recepción, ella le esperó paciente. Después entraron juntos, sin tocarse, manteniendo perfectamente las apariencias delante de un montón de desconocidos.
—No te alejes —repitió Ranma cerca de su oído cuando entraron al salón principal, estaba cuidadosamente decorado con flores blancas y rojas, como la bandera de japón, y todo un elenco de camareros repartían canapés y copas. Ella negó con la cabeza.
—Tengo que trabajar.
—Pues trabaja cerca de mí.
—Sabes que eso es difícil.
Él gruñó. La miró de nuevo conteniendo el aliento. Akane llevaba un vestido color negro que resaltaba con su hermosa piel blanca. La tela se ajustaba a su figura de forma maravillosa, marcando su cintura. Tenía una sola manga, larga y estrecha sobre su brazo derecho, dejando el izquierdo completamente desnudo. La falda caía divinamente hasta el suelo ajustándose a sus caderas, y cada vez que caminaba una prominente y deliciosa raja enseñaba su muslo izquierdo. Iba subida sobre unos stilettos negros que la habían hecho ganar al menos diez centímetros de altura. También había tenido una sesión de peluquería, donde habían rizado la punta de sus mechones negros y le habían colocado varias peinetas, por no hablar del maquillaje ligero aunque hermoso, que resaltaba sus mejillas y la línea de sus afilados ojos. Decirle que estaba preciosa era faltar horriblemente a la verdad, porque estaba absolutamente increíble.
Ranma tampoco podía ignorar el odioso fantasma de los celos, siempre había sido así. Se había prometido a sí mismo mesura, pero desde que se habían besado le había estallado la cabeza, literalmente. No podía controlarse ni ansiaba hacerlo, la quería a ella y que le partiera un rayo si le importara lo que pensara el mundo entero.
Se sentía codicioso, envenenado. Desde luego muy alejado del luchador calmado y controlado que con toda su alma quería ser justo antes de la que sería, posiblemente, la competición más decisiva de su carrera.
Ella siempre había tenido ese poder sobre él, y la muy tonta siquiera se daba cuenta.
Quizás el remedio fuera peor que la propia enfermedad, pues no se le ocurría cómo expulsarla de su sistema, mucho menos lo haría si comenzaban a dormir juntos. Y por dormir no se refería a dormir.
El artista marcial le dirigió una última y hambrienta mirada antes de morderse la lengua y asumir que, posiblemente, lo mejor era esperar a que finalizara el campeonato. Mal que le pesara, mal que se muriera. Podría empezar a hacer meditación, diez minutos todas las mañanas. Y al medio día. Quizás diez minutos más por las noches.
En todo caso la vio marchar no sin reticencias, mientras tomaba un vaso de agua y comenzaba a charlar de forma coloquial con algunos de los organizadores. Estrechó manos, saludó, rio, se comió exactamente una unidad de canapé de cangrejo.
Y fue entonces cuando ella se coló en su campo de visión, Nabiki Tendô se acercó a él como un cocodrilo nadando al acecho en un río de aguas turbias, con una sonrisa llena de afilados dientes.
—Mi cliente favorito —dijo como saludo, y Ranma no pudo más que mirar con preocupación a su alrededor.
—¿Cómo te has colado?
—Oh, por favor. Soy la acompañante de un luchador. Creo que era ese de ahí… —dijo apuntando con desinterés hacia un concurrido grupo de contendientes—. En todo caso venía a saludarte, no hace falta que te pongas tan tenso.
Tomó un martini blanco de uno de los camareros que pasaban cerca, después cogió delicadamente el palillo que sujetaba la aceituna que flotaba dentro, y se la llevó a la boca con deleite. Ranma no era idiota, Nabiki siempre quería algo.
—Que yo sepa ya te pagué el último favor —susurró, a lo que ella le miró con chispas en los ojos.
—¿Es de tu agrado?
—Mucho.
—¿Y dónde está? —dijo dando una vuelta sobre sí misma, exagerando una cara de desconcierto—. ¿No queréis dar nada de qué hablar a la prensa? El último escándalo fue hace tres días, están pasando hambre. Los paparazzis también tienen familia. Se rumorea que hasta corazón.
—En serio, ¿a qué has venido?
—A hacer negocios. He repartido unas cuantas tarjetas, ya sabes. Los eventos nacionales son una fuente fija de ingresos: divorcios, bodas con acuerdos prematrimoniales, demandas por difamación… Y eso por no hablar de todos los golpes ilegales y las peleas en los vestuarios.
El artista marcial la miró sin creer una palabra.
—Bien, si te interesa tanto tengo otro objetivo. He venido a ayudar a mi hermana.
—¿Y a qué la vas ayudar exactamente?
—A conseguir clientes —dijo dándole un trago a su martini. Ranma sintió que la bilis se le acumulaba en el estómago, amenazando con una úlcera.
—Akane ya tiene mucho trabajo conmigo —espetó molesto.
—Pero no te enfades, cuñadito. Ya sabes que es malo poner todos los huevos en la misma cesta, otro cliente nunca está de más, y en todo caso comenzaría después de esta cosa de ahora.
—El torneo.
—Sí, eso —dijo Nabiki sacudiendo una mano, como si se estuviera quitando una molesta mosca de encima.
El chico de la trenza miró con urgencia hacia la sala, porque si bien era cierto que Akane era una gran profesional y estaba más que dotada para atender a varios luchadores, el no ser el único capaz de generarle dolores de cabeza le ponía de los nervios.
—No lo hará.
Nabiki asintió.
—Probablemente, pero aún así es mejor tener opciones. Y hablando de eso, tengo un chisme excelente y sólo te costará veinte mil yens.
—No lo quiero, además, te estás volviendo insoportablemente cara.
Ella guardó silencio un par de segundos.
—Estoy de oferta, por tratarse de ti lo dejo en catorce mil. Lo puedes pagar hasta en tres cómodos plazos, sin intereses —Ranma gruñó hastiado—. ¿Estás seguro? Tú mismo, pero ya sabes que acepto transferencias. A cualquier hora. Ciao.
Y con las mismas, la incisiva abogada se marchó en busca de una nueva víctima. El artista marcial suspiró agotado, decidió que era hora de encontrar a su manager y largarse de aquella fiesta.
El salón era grande, lujoso y lleno de recovecos. Ranma paseó aparentemente desinteresado, hasta que encontró a Akane rodeada de un grupo de hombres. Se dirigió hacia ella, llegó a captar su mirada de auxilio, rogando por un rápido rescate.
Sobre ella se inclinaban como buitres dos de los luchadores de Myanmar y otro de los coreanos, aparentemente muy interesados en sus nuevas tarjetas de visita.
Ranma sonrió, pero lo hizo lleno de cinismo. Le encantaría decirle "te lo dije", pero no quería que le diera un codazo en el estómago y vomitar su canapé.
Con ese vestido estaba absolutamente encantadora, y en eso mismo debían estar pensando sus acompañantes. Akane tenía una copa de vino en la mano que apuró en apenas dos tragos. El artista marcial no se dejó consumir por los celos, se acercó de forma calmada y fingió un largo bostezo que hizo que la chica entendiera enseguida lo que debía hacer.
Akane se disculpó con un cabeceo, los luchadores se dispersaron y ella se apresuró a ponerse a su altura.
—Vámonos —dijo agarrándose ligeramente a su brazo, el gesto hubiese hecho a Ranma brincar de felicidad si no fuera porque parecía ligeramente inestable.
—¿Has bebido? —preguntó con el ceño fruncido.
Ella le devolvió una mirada afligida.
—Tres copas —contestó arrugando la nariz de forma adorable.
—¿Tres? Tampoco son tantas, ¿no puedes caminar? —murmuró sin querer llamar la atención, ella se agarró aún más fuerte a su brazo.
—Es que me dolían mucho los pies, estos zapatos son terribles. Pensé que el vino me ayudaría pero es aún peor —contestó haciendo un puchero, Ranma tuvo que respirar profundo porque estaba tan adorable que la podría haber besado allí mismo.
—Son unos cuantos metros hasta la salida. Avisaré al chofer, pero tendrás que andar.
Akane asintió firme, como un soldado ante una misión.
—Estoy lista.
Se encaminaron lentamente hacia el hall del hotel, cabecearon hacia conocidos y se despidieron con sonrisas. La gente murmuraba al verlos pasar, seguían siendo una buena fuente de chismorreos. Cuando estaban a apenas unos metros de alcanzar la salida alguien se les puso en medio, un hombre de complexión delgada enfundado en un traje negro.
El hombre sonrió y abrió los brazos, Ranma le miró apenas un segundo antes de sonreír de igual forma y entrecharle fuerte, arrastrando a Akane a la demostración de cariño pública.
—¡Shô! —exclamó, su amigo rio entre sus brazos
—¡Mírate! ¡Estás genial! —dijo su ex-representante distanciándose un poco y dirigiendo una apreciativa mirada a Akane—. Obviamente tú eres la culpable de este milagro —dijo estrechándola a su vez ante la mirada feliz del chico.
Diez minutos después los tres se reunieron en el bar del hotel. Akane estaba sentada en una banqueta, bastante más aliviada de los pies. Shôichiro había insistido en pedir una botella de champán. Conversaron animadamente y se pusieron al día, e incluso hablaron con preocupación de los tres luchadores que habían muerto en los últimos meses.
—No me puedo creer que entrenaras con Santos —dijo Shôichiro alzando su copa y volviendo a llenar la de Akane, quien le dio un sorbito educado.
—Fue muy duro, pero genial. Creo que me ha ayudado —admitió el luchador con una sonrisa. La copa de Ranma estaba a medias y había rechazado educadamente tomar más.
—Un brindis por Akane Tendô, cuya pericia ha superado por mucho la mía —dijo con una mano en el pecho, los tres brindaron alegres.
Al parecer el antiguo representante de Ranma había regresado a la explotación ganadera familiar que aún mantenían sus padres en Hokkaido. Quería hacerse cargo del negocio, eso le había llevado a la capital para afianzar algunos contratos, y aprovecharía la visita para ver la competición.
—Que ya no esté en el negocio no significa que no te apoye. Más te vale ganar, Ranma. Me he dejado toda la salud mental en ti —confesó con una sonrisa cargada de cariño. Ambos volvieron a darse significativos golpes en el hombro y en un momento el chico de la trenza se excusó para ir al baño, pero Akane hubiera jurado que tenía los ojos húmedos.
Sonrió agradecida, pues los buenos amigos no abundaban. Eso le hizo recordar otros tiempos, ya lejanos, en los que aquel variopinto grupo de amigos y enemigos solían pelear demasiado y gritarse aún más, pero que concluían con largas cenas en el dojô bajo las estrellas. Le dio otro ligero sorbo a su copa sintiendo las burbujas bailar en su paladar, el champán le supo a nostalgia.
—Parece feliz —dijo Shô cuando al fin se quedaron a solas, Akane no pudo más que mirarlo con reservas—. En todos los años que pasamos juntos nunca sonreía así. Siempre tenía cara de pez muerto, creo que oscilaba entre diferentes grados de sentirse miserable —Le dio un largo trago a su copa hasta que la apuró y se sirvió más, también volvió a rellenar la copa de Akane para espanto de la muchacha.
Ella la movió nerviosa entre los dedos, evitando el contacto visual.
—Tus apuntes están siendo muy útiles, gracias —dijo ligeramente avergonzada, él asintió, parecía mucho más relajado que cuando se conocieron—. ¿Dejaste la libreta de citas a propósito? —preguntó observándolo con sospecha, Shôichiro se encogió de hombros.
—Puede. Por cierto leí tu nota de prensa, muy profesional.
—Gracias —contestó ella.
—¿Seguís peleando?
—Diría que cada vez menos.
—Es un comienzo.
—Supongo.
—Apuesto que las discusiones son mejores sin terminan de forma… amigable.
Akane puso mucho interés en parecer especialmente ofendida, aunque después de tanto champán sólo consiguió emitir un gruñido equivalente al de un cachorro de labrador. Shôichiro comenzó a reír mientras ella se ponía roja.
—¿Sabes? —continuó mientras la miraba de soslayo—. Nunca me lo contó, pero siempre supe que le pasaba algo, que en algún lugar tenía a alguien especial. Hubo un tiempo en que intenté que abandonara su obsesión por ti, pensé que un clavo podía sacar otro clavo… De veras que lo intenté, pero al final entendí que si doblegaba su voluntad, si conseguía hacerle ceder en su más íntimo anhelo le arrebataría su espíritu de lucha. Toda esa mortal obcecación que le ha convertido en quien es. Es un bruto, un terco cabezota, pero seamos sinceros, para ser realmente bueno en algo hay que ser de una pasta especial. Posee una fijación obsesiva con aquello que ama, y ama las artes marciales de la misma terca manera en la que te ama a ti. Así que no dudes nunca de su obstinado amor.
Las manos de Akane comenzaron a temblar tanto que casi se le cae la copa, Ranma hizo su reaparición justo a tiempo, cuando ella sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas y Shô se levantaba de su sitio y se despedía con un nuevo abrazo.
La pareja caminó (ella mucho más inestable que él) hacía el coche que les esperaba. Llegaron a su propio hotel en tan poco tiempo que Akane apenas tuvo oportunidad de intentar tranquilizar su estúpido y desbocado corazón.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Ranma preocupado, Akane negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa cálida, ligeramente tímida.
—No, estoy bien.
—¿Qué te ha dicho Shô? —insistió mientras el coche frenaba. Akane volvió a negar sintiendo que sus mejillas se inundaban de calor.
—Sólo hablábamos de tí —dijo, lo cual no tranquilizó al artista marcial en absoluto.
La ayudó a salir del vehículo, tomó su mano y después no la soltó. Subieron al ascensor y en la larga y silenciosa espera hasta su piso Ranma se acercó a ella y posó con delicadeza sus labios sobre el punto exacto en el que su hombro desnudo se articulaba con la clavícula. Fue tal la lentitud que casi pareció que estuviera degustando el más fino plato del mejor restaurante, como si llevara toda la noche deseando hacerlo, pensando en el sabor de ese exacto centímetro de piel. Akane se estremeció, el momento era pura fantasía. El tacto de sus labios, el olor a madera de su perfume masculino, sus dedos enredados en su mano, calientes y gentiles. La muchacha masculló una maldición mientras se mordía los labios y el ascensor alcanzaba la suite.
No fue un acto calculado, siquiera pensado en absoluto. Era el producto de demasiadas cosas, de un corazón a punto de explotar. Akane se colgó de su cuello y lo atrajo contra ella, besándolo incontenible. Y Ranma, que apenas y había llegado a dar dos pasos fuera de la cabina, no pudo más que responder con furia y deseo. La estrechó contra sí en el mismo pasillo, arrinconando su cuerpo contra el suyo, loco y deshecho, con las manos prendidas en su cintura y los labios hundidos en su boca, abriendo sus fauces hasta que sus lenguas se cruzaron en un delicioso beso, húmedo y prometedor.
Sus respiraciones se aceleraron, y en cuanto Ranma se separó apenas un momento para rebuscar en los bolsillos internos de su americana la llave de la habitación, Akane se desestabilizó y dio un traspiés que terminó por tirarla de sus stilettos. Aún así la chica se recompuso en seguida. Tomó los zapatos con una mano y con la otra tiró de la maldita corbata hasta que el guerrero volvió a tener los labios sobre los suyos, moviéndose en besos profundos y agotadores.
Entraron tambaleantes a la suite, sin poder frenar, sin dejar de tocarse sobre la ropa. Ranma se deshizo de la chaqueta, Akane tiró los zapatos y el bolso al suelo.
—Sabes a alcohol —dijo él sobre sus labios, y ella, con la vista nublada y absolutamente entregada al momento volvió a abalanzarse contra él.
—Estoy bien —respondió alzando los brazos y pasándolos entre sus cabellos, comenzando a juguetear con su trenza.
Ranma no pudo más que detenerse y tras sólo un instante de observación la tomó en brazos y la llevó directamente hasta su cama, como una novia en su noche de bodas.
Akane rio mientras el suelo y las paredes pasaban por el rabillo de sus ojos a toda velocidad, y de repente fue como si alguien hubiera cambiado todo el decorado moviendo un par de palancas entre bambalinas.
Súbitamente estaba tumbada en su cama y Ranma estaba encima, apretado contra todo su cuerpo, besando su cuello mientras ella gemía desesperada por más caricias.
El guerrero se detuvo en su desquiciado ímpetu, el azul contra el castaño. Se miraron a los ojos con las bocas entreabiertas mientras su mundo se desbordaba. Él con las manos temblorosas, con una mano entre sus cabellos y la otra en su costado. Akane le agarraba los hombros, y ante su inquisitiva mirada sonrió ebria, deslizando una mano sobre su mentón.
—¿Por qué eres tan incre-increbledente…?
—¿Increíblemente? —adivinó Ranma.
—Sí, incredebletendente atractilivo—dijo moviendo las manos hasta su gigantesca espalda, atrayéndole sobre ella y ocupando su boca con intensidad.
Las gruesas manos, llenas de marcas y nudillos se deslizaron sobre sus piernas, cálidas y posesivas, Akane giró el rostro obnubilada por la sensación. Jadeó agónica, cerró los ojos un instante… Y él se detuvo. Ella esperó, la habitación daba vueltas sin cesar, el único punto fijo era Ranma, con los brazos apoyados a ambos lados de su cuerpo, observándola con seriedad.
—¿Qué ocurre?
El chico se retiró con un hondo (hondiiiisimo) suspiro. Se llevó las manos a la cabeza y murmuró algo ininteligible.
—¿Ranma?
—No sabes lo que he deseado esto. La de noches que… maldita sea.
Y ella parpadeó lento, intentó alzarse pero el cuerpo le pesaba demasiado, se quedó de lado en la cama, adivinando la espalda encorvada de Ranma.
—Duerme —dijo grave, ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Estás borracha, y esta vez quiero hacerlo bien. Necesito hacerlo bien. Si mañana despiertas y no te acuerdas de nada, o piensas que me aproveché de la situación me querré morir. O quizás me mates tu, creo que incluso te dejaría hacerlo, así que duerme.
Ella se recargó con muchísimo esfuerzo contra el cabecero de la cama, le miró intentando parecer enfadada, pero en realidad solo parecía a punto de dormirse.
Ranma suspiró una última vez, recogió la corbata del suelo y sus zapatos, se acercó a ella con la intención de besarla de forma dulce, un deseo de buenas noches, y Akane, orgullosa, le apartó el rostro. El guerrero no se dejó amedrentar.
—Cuando esto ocurra necesito estar seguro de que te acuerdas de todo lo que vamos a hacer —declaró con voz aterciopelada en su oído, ella le miró con los labios apretados en una línea firme, él se marchó cerrando la puerta despacio al salir.
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Akane lo recordaba absolutamente todo, y eso sólo hacía que se quisiera morir por muchos más motivos. No debía volver a beber, el alcohol la convertía en una versión de sí misma demasiado peligrosa, sacaba a la superficie sus instintos y dejaba expuestos sus más oscuros deseos.
Así que después de pasar más de una hora debajo de la ducha pegando grititos histéricos, golpearse la frente contra los azulejos del baño repetidas veces y darse tortazos en las mejillas decidió que era buen momento de enfrentar sus problemas. Además, estaba la maldita competición. ¿No habían venido a eso?
Se peinó y maquilló, se vistió informal, con jeans gastados y un jersey amplio que dejaba (de nuevo) uno de sus hombros al descubierto. Se colgó del brazo un ancho bolso y se puso unas grandes gafas de sol. En verdad dentro de la habitación no le hacían falta, pero evitar el contacto visual era una gran ventaja. También se acordó de respirar y de ensayar una versión fiable de los hechos.
A efectos prácticos iba a simular no recordar absolutamente nada de la noche anterior, específicamente desde que llegaron al hotel hasta que voluntariamente se fue a dormir como una niña buena.
Abrió la puerta y se asomó con cuidado. Terminó de salir pensando que de momento podía esquivar el incómodo encuentro, incluso podría desayunar en alguna cafetería cercana al estadio e intentar esquivar a Ranma durante todo el día, con excusas de reuniones de trabajo.
—Buenos días —dijo una cantarina voz a su espalda.
Akane gritó, y fue un grito verdaderamente dramático. Cuando miró a su espalda contempló con horror que el artista marcial no solo estaba despierto, si no que además estaba perfectamente preparado y aseado. Se sentaba delante de una mesa con dos desayunos completos que debía haber pedido al servicio de habitaciones. Él ya había empezado hacía un rato, pues estaba terminando de picotear los escasos granos de arroz que aún quedaban por su bol.
Ella se llevó una mano al pecho e intentó recuperar la respiración, se ajustó las gafas de sol y se aclaró la garganta teatralmente.
—B-buenos días —dijo sin sonreír, examinando la mesa y sintiendo como le rugían las tripas.
—Come o se quedará frío. También pedí un batido de verduras para la resaca.
—Ah, gracias —acertó a articular intentando ceñirse a su versión de los hechos, él examinaba su teléfono móvil sin prestarle la más mínima atención, lo cual agradeció enormemente.
Akane se bebió el asqueroso batido de un trago, después intentó bajar el sabor con su desayuno perfectamente japonés, compuesto por pescado fresco, sopa de miso, arroz, huevos y verduras encurtidas. No fue hasta que comenzó a comer que se dio cuenta de que estaba verdaderamente hambrienta. Masticó diligente y en silencio, hasta que Ranma dejó lo que estaba haciendo y se cruzó de brazos, observándola con curiosidad.
—¿Ves bien con esas gafas?
—Perfectamente.
—Umh… —tarareó, y a ella no le cupo la más mínima duda de que estaba sonriendo.
—¿Ya sabes qué combates quieres ver? —preguntó Akane intentando cambiar de tema.
—De la primera ronda solo me interesan cuatro, aunque dos de ellos coinciden en diferentes rings, aún me estoy decidiendo —explicó encogiéndose de hombros, y ella rezó todo lo que sabía porque la dejara tranquila y decidiera volver a sus asuntos.
Akane comió a toda prisa siendo atentamente observada por su cliente/ex-prometido/rollo (el concepto la tenía bastante desquiciada), hasta que se disculpó de nuevo a su habitación para terminar de arreglarse.
No había sido tan malo. Repasó su maquillaje y terminó de asearse antes de salir fresca y dispuesta a enfrentar el día. Fuera de la habitación la esperaba Ranma con los brazos cruzados. Parecía serio.
—¿Nos vamos? —dijo ella, de nuevo deseando que el artista marcial no tuviera ganas de hablar, pero al parecer no tendría tanta suerte. El chico se aclaró la garganta.
—Recogí tu bolso —dijo clavando los ojos en ella, a lo que Akane contestó ajustándose las gafas de sol y frunciendo el ceño.
—¿Que hiciste qué?
—Lo vas dejando todo tirado, no me mires así.
—Ah. Gracias entonces —dijo ella extendiendo su mano, esperando que él se lo entregara, pero el ceño de Ranma se hizo un centímetro más profundo.
—Dijiste que te encontrabas bien —contestó con tono acusador—. Y no me refiero a tu borrachera de anoche, si no a… ya sabes, todo— Ahora el turno de fruncir el ceño fue de Akane.
—Lo estoy —contestó sintiendo la inquietud trepar por su garganta, ¿es que acaso él había descubierto algo? No, imposible. Su mano extendida tembló y la apartó llena de dudas.
—Pues entonces, ¿qué es esto? —preguntó sacando del bolsillo de su pantalón un bote de pastillas. Sus malditas pastillas anticonceptivas.
Akane abrió los ojos hasta que casi se le salieron de las cuencas. Boqueó roja como una grosella lo que él interpretó como una confesión de su supuesta mentira.
—Eso… eso es…
—No son analgésicos, eso seguro —sopesó dándole vueltas en su mano—. Dime qué te ocurre —exigió con los ojos llenos de ira y valiéndose de su superioridad física para amedrentarla, cosa que obviamente no consiguió.
Akane se acercó a él, se quitó las gafas de sol con rabia y le arrebató el bote de pastillas.
—Esto es una invasión de mi privacidad. Podría denunciarte —dijo empujándolo en el pecho con su fino dedo índice, asomando entre la manga del amplio jersey. Ranma resopló con desdén.
—No más secretos, ¿recuerdas? —dijo con un gruñido, y ella no pudo más que apretar la mandíbula y tomar aire llena de furia, ¿es que nunca iba a terminar de sentirse humillada? Ni muerta iba a confesar algo así
—¡No es asunto tuyo!
—¡Todo lo que tenga que ver contigo es asunto mío! —contestó obstinado, Akane miró hacia el techo de la habitación, tan desesperada como cansada de discutir con él.
—Se las estoy guardando a una amiga.
—¿En serio? ¿¡Crees que soy tu madre!? —estalló indignado.
—¡Pues si no lo eres deja de comportarte como tal! —chilló ella sintiendo que perdía el control de la situación, se estaba poniendo de los nervios.
—¡Dímelo!
—¡Eres… imposible! —dijo mientras conseguía encontrar su bolso sobre una de las mesas de la entrada y metía dentro sus pastillas, se lo echó al hombro dispuesta a salir por la puerta como si aquella conversación no estuviera teniendo lugar.
—¿A dónde crees que vas?
—Oh, por favor. El coche nos espera y la competición empieza en menos de una hora. Tengo bastantes cosas que hacer —razonó ella sintiendo como le empezaba a pulsar un incipiente dolor de cabeza, ya fuera por la resaca o por la discusión.
—Si crees que vas a librarte de esto estás muy equivocada —Ranma se puso a su altura, nada dispuesto a pasarlo por alto, y ella comenzó a estar desesperada. Ese maldito hombre parecía tener la habilidad innata de cabrearla, hurgando justo en lo menos adecuado.
—Vamos a llegar tarde.
—Me da igual.
—¿Cómo puedes decir eso?
—¿Por qué no puedes contármelo?
—¡Porque es… absurdo! No son lo que crees que son, ¡no me pasa nada!
—Entonces dilo y te dejaré tranquila.
—No, no lo harás. Tendrás muchas preguntas a las que me da demasiado miedo contestar.
—Ahora sí que no vamos a ir a ninguna parte hasta que no me lo digas —declaró apoyándose contra la puerta con todo su peso. Akane se llevó una mano a la cara absolutamente frustrada.
— …ivos —murmuró con la palabra saliendo escasa entre sus dientes.
—¿Qué dices?
—¡Anticonceptivos! —gritó con las mejillas encendidas en furia y vergüenza.
Su grito resonó en toda la habitación, pareció prender el eco en las paredes o al menos así lo sintió ella, rebotando en su cerebro y delante de sus ojos, hasta alcanzar al artista marcial. Ranma dejó caer ligeramente la mandíbula.
—¿Es… en serio?
—Borra esa expresión de estúpido de tu cara —ordenó Akane mortificada.
—¿Desde cuándo?
—Sabía que querrías explicaciones —suspiró llevándose las manos al rostro—. ¿Podemos irnos de una maldita vez?
—¿Fue…fue por lo que dije en Filipinas?
—Esto no para de volverse más y más humillante —protestó ella a la nada. Tomó aire, le miró desafiante, dispuesta a zanjar la conversación—. Me las recetó mi médico tras un chequeo de rutina. Y ahora que lo sabes date por advertido, no vuelvas a hurgar en mi bolso. ¡Puede que no quiera más secretos, pero tengo mi privacidad! —estalló, tras lo cual le aventó a un lado y salió por la puerta de la suite.
Marcó el botón del ascensor, el artista marcial se unió a ella con apenas unos segundos de retraso, se aclaró la garganta, tenía la piel del rostro roja y el calor se extendía hasta su cuello y sus orejas. De no estar demasiado enfadada para apreciarlo, a Akane le habría resultado adorable.
—Lo siento, tienes razón. No debí insistir —Se disculpó mientras se paraba a su lado, mirando hacia el frente. Ella gruñó en respuesta—. Aunque me alegra mucho saber que te encuentras bien.
Akane se cruzó de brazos, poco dispuesta a ser tan fácil. Subieron al ascensor y el chico de la trenza suspiró apoyándose contra uno de los laterales. La tensión había regresado, pero de alguna forma se sentía más densa, llena de electricidad pulsátil, a un estímulo de prenderse en chispas.
Salieron del hotel y se subieron al coche con su conductor habitual, el cual les llevó directos al estadio. Ranma comentó que quería saludar a unos cuantos compañeros y después ir a ver el primer combate de uno de los gemelos chinos. Se despidieron en la entrada, ella le dijo que luego le mandaría un mensaje, él asintió y la miró largamente, después se mordió los labios.
—Ten cuidado —dijo feroz—. No hables con extraños.
Ella sonrió condescendiente.
—Es un evento a nivel mundial, todos son extraños. Lo único que espero es no encontrarme con mi ex-jefa.
Ranma sonrió un poco, cabeceó y se marchó por uno de los pasillos laterales. Akane tomó una bocanada de aire y se dio un par de manotazos en las mejillas, intentando templar sus ánimos. Caminó hacia la gradería donde había quedado con un productor de anuncios para plataformas digitales. Mientras lo hacía sacó su teléfono móvil y se dispuso a contestar unos cuantos mails, además debía responder varias llamadas y cerrar citas para después del campeonato.
Caminaba sin ver, con la vista fija en su teléfono, cuando alguien la interceptó entre la multitud.
—¿Akane? ¿Eres tú?
Ella se giró y alzó la mirada. La voz le llevó de regreso a un lugar que hacía tiempo que no visitaba, a sus maravillosos recuerdos adolescentes. El estómago le dio un vuelco y sintió el corazón acelerado mientras sus ojos reparaban en la figura de un hombre; alto, fuerte, con una sonrisa inconfundible en sus labios. Pegó un grito que casi hace que se le caiga el caro teléfono al suelo.
—¡Ryoga! —chilló sintiendo que sus pies volaban, que la indescriptible alegría del reencuentro la atraía hacia él con la fuerza de la gravedad, hasta estar prácticamente encima suya y tener que disculparse, avergonzada, por su comportamiento.
El chico rio mientras sus ojos brillaban de alegría, ampliando aún más la sonrisa, haciendo asomar sus caninos por encima de los labios.
—¡No puede ser! —exclamó él —. ¿Cuánto tiempo hacía? ¡Te ves genial! No has cambiado nada —dijo haciéndole un barrido completo, ella no pudo más que sonreír emocionada.
—¡Tú también! Oh por favor, tenemos que ponernos al día, ¿qué haces aquí? ¿Vives cerca? ¿Qué has estado haciendo todos estos años? —soltó ella como una ametralladora, y justo entonces su teléfono comenzó a sonar exigiendo su atención. Ambos miraron el aparato, resentidos.
Akane arrugó el entrecejo y se revolvió inquieta.
—Tengo una cita ahora, pero por favor, no te vayas. Búscame a la hora de comer, seguro que estoy en la cafetería —dijo apurada, el chico del colmillo asintió.
—No te preocupes, entiendo que estás liada, luego hablamos —dijo comprensivo.
Akane descolgó la llamada y le dijo a su interlocutor que estaría allí en apenas dos minutos, volvió la cabeza para despedirse de su amigo, pero Ryoga ya se había ido.
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¡Hola de nuevo!
Siento mucho la espera para esta actualización, en realidad mi excusa siempre es la misma; Sufro de una indecente falta de tiempo. Agradezco enormememnte vuestros comentarios y entiendos las desesperaciones, jajaja, para la siguiente actualización prometo tardar mucho menos. Muchas gracias por tomaros el tiempo de dejarme vuestras impresiones y sensaciones sobre este pequeño fic, me encanta leer vuestras teorías.
También es cierto que voy a participar en la iniciativa de la RxA Week propuesta por Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma, y la preparación de esos shots me está llevando un tiempo que "robo" a mis otros proyectos.
Y espero que hayais disfrutado mucho del capítulo, a mi me gustó mucho escribirlo.
Gracias como no a Lucita-chan y a SakuraSaotome, por estar ahí siempre a pesar de los pesares.
Mil besos y nos leemos pronto.
LUM
