Ranma 1/2 no me pertenece. Este fanfic está escrito por mero entretenimiento.
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—Cero—
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Capítulo 11: Reza lo que sepas
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Akane llegó a la cafetería muy pasada la hora de comer. Los combates se sucedían de forma frenética, y ella volvía a tener cita con otro tipo que había insistido mucho en que quería que Ranma protagonizara una nueva película de artes marciales.
No vio a Ryoga por ninguna parte, así que compró un bento para llevar e imaginó que Ranma se las estaría apañando muy bien por su cuenta, al fin y al cabo no solo era el campeón, si no que además estaba más que acostumbrado a los mundiales. Aquel era su medio. La chica tomó una botella de agua que metió en su bolso y se encaminó rápido hacia la zona de combates.
Tenía especial interés en ver luchar a uno de los aspirantes, el birmano Suu Thaw que solía ganar por TKO. Calculó que le daba tiempo a verlo antes de reunirse en la zona VIP.
Su teléfono no había parado de sonar con nuevos patrocinadores muy interesados en reunirse con ella, pero Akane sabía que más que nunca y en ese momento debía estar con Ranma. Tenían que ver los combates juntos y analizar los movimientos de sus adversarios, debían centrarse absolutamente en la competición.
El corazón de la joven danzaba a un ritmo frenético por la anticipación, por el amor absoluto al arte, por el ambiente cargado de energía del torneo. Incluso a ella le daban ganas de saltar al cuadrilátero y lanzar un par de golpes.
Buscó a Ranma entre la multitud, pero había demasiada gente, casi todos los asientos estaban ocupados. Sacó su teléfono y le mandó un mensaje, preguntándole por su paradero, pero el chico de la trenza no parecía estar atento en esos momentos al móvil. Akane masculló una maldición hasta que una mano se alzó entre la multitud, y reconoció, con gran alegría, a su amigo Ryoga haciéndole gestos para que se acercara.
Se movió entre los asientos, disculpándose con las personas que ya se encontraban sentadas, hasta que llegó al asiento que convenientemente le había reservado.
—No te vi en la cafetería —dijo él sin poder dejar de sonreír, ella se sentó y suspiró. Los asientos eran realmente buenos, tenían una vista perfecta del ring.
Los preliminares se habían dispuesto en varios cuadriláteros, la jaula del escenario principal no se utilizarían hasta los cuartos de final. El estadio se había dividido en varios espacios, dando cabida al mismo tiempo al campeonato femenino y masculino. Los dieciseisavos darían lugar al día siguiente, momento en el que Ranma se incorporaría a la competición.
—Discúlpame, llegué tarde —dijo ella teniendo que alzar la voz por encima de la algarabía—. Tengo un montón de citas con patrocinadores pesados.
—¿Cómo dices? —frunció el ceño Ryoga, sin entenderla, por lo que Akane se vio obligada a inclinarse sobre su oído para poder tener una charla.
—Ahora soy la representante de Ranma, tengo muchos compromisos con publicistas y patrocinadores —repitió, él asintió.
—Leí que volvéis a estar… juntos —dijo mirándola con el interés brillando en sus ojos, mantenía una postura inclinada ligeramente sobre ella, con las manos relajadas cayendo entre sus piernas. Parecía tranquilo, igual de feliz que Akane por el encuentro.
—Es un poco complicado —contestó intentando dejar los temas escabrosos a un lado, porque a decir verdad ni ella misma sabía qué era lo que había entre ellos. Algo en ciernes, unos cuantos besos y más que un toqueteo. Una confusa confesión en un callejón hacía casi un mes. Nada. Todo. No quería hablar de ello, y menos con su recién reencontrado amigo del cual no había sabido nada en años—. ¿Ya has saludado a Ranma?
—Oh, no. Está ocupado, no quiero molestarle.
—¡Tonterías! ¡Se alegrará muchísimo de volver a verte!
—Quizás más tarde —dijo tensando los labios, Akane asintió planificando en su cabeza el reencuentro.
—¿Y tú dónde has…?
—Shhh —La interrumpió llevándose un dedo a la boca—. Empieza el combate —Y apuntó hacia el cuadrilátero, donde los contendientes acababan de saltar. Akane tragó saliva y prestó su absoluta atención al enfrentamiento.
Los vítores del público se volvieron aún más fuertes, pitando en sus oídos hasta convertirse en una algarabía incomprensible. Hasta el ring habían llegado los contendientes, dispuestos a batirse por un puesto en la tabla clasificatoria. Por una parte se encontraba un joven camboyano, de músculos fuertes y piel morena, y por el otro el escalofriante birmano. Ambos daban pequeños saltos, estiraban articulaciones y miraban de soslayo a su oponente. Se habían desprendido de su camiseta y sólo lucían un pantalón deportivo, y los puños enguantados, dispuestos a golpear.
—¿Por quién apuestas? —preguntó Ryoga sin perder ojo del combate.
—El birmano es infalible —contestó Akane sin poder pestañear.
La campana que anunciaba el inicio del combate sonó una vez, fuerte, y el árbitro se apartó raudo, dejando a las dos bestias sin ataduras. Ambos se evaluaron unos breves momentos, y fue entonces cuando el camboyano lanzó el primer puñetazo que su oponente esquivó presuroso, inclinándose hacia su derecha.
Se siguieron con los ojos antes de que el birmano cayera como una losa de músculo sobre su enemigo, tumbándolo en el suelo, y fue allí donde comenzaron a forcejear. El público se puso en pie, gritaban y protestaban, hasta que el árbitro separó el forcejeo otorgando el primer round al camboyano. Segundos después les invitó a volver a comenzar.
A Akane de repente los cinco rounds reglamentarios le parecieron demasiados. Ambos hombres se bailaban en amenazas de patadas y puñetazos, parecía que el camboyano tenía ventaja, arrinconando a su enemigo. De repente el birmano estalló en una explosiva combinación de golpes altos, su rival se defendió como pudo hasta que un brutal puñetazo le golpeó en la sien.
El público se alzó de nuevo en sus asientos intentando adivinar la figura tirada en el suelo, el árbitro le dio unos segundos para levantarse, pero viendo que el luchador apenas y se mantenía consciente concedió la victoria al birmano.
—Un KO técnico en el segundo round. Es una mala bestia —dijo ella sin aliento, sintiendo que debía ir con Ranma y hablar con él cuanto antes, debían replantearse la estrategia.
—Tiene la mejor pegada del campeonato, eso está claro —dijo Ryoga cruzándose de brazos, pensativo. Akane frunció el ceño sin querer parecer tan agraviada como se sentía por el comentario.
—Debo encontrar a Ranma, ¿vienes?
Ryoga negó mientras desviaba la mirada.
—Quizás más tarde. Quiero ver el siguiente combate.
Akane asintió y se despidió de él con una sonrisa, pensando que quizás podrían reencontrarse más tarde y, esta vez sí, hablar de los viejos y nuevos tiempos.
Tomó su teléfono y soltó un lastimero quejido viendo la hora, debía reunirse con ese maldito productor. Hablaría con Ranma más tarde.
Caminaba entre la masa de personas que se movían con la tranquilidad propia de quien se encuentra disfrutando de un evento, y no trabajando en el mismo. Exhaló con desesperación y disimuladamente se metió por una de las puertas laterales de los vomitorios.
Después de la visita de cortesía a las instalaciones sabía que había pasillos privados para el acceso a los diferentes puntos del estadio, aunque sólo estaban permitidos para el personal. Esperaba que, de encontrarse con alguien, hiciera la vista gorda.
Caminó resuelta, en divina soledad mientras se orientaba mentalmente sobre la salida más cercana a la sala VIP. Y entonces al doblar una esquina se dio de bruces con la única maldita persona que estaba tratando de esquivar con toda su alma, a parte de su ex-jefa.
Jun Ichirakawa se apartó casi un metro de un salto cuando se la topó. Se llevó una mano al pecho, sorprendido y la miró con ojos fijos, respirando agitado.
—¿Q-qué estás haciendo aquí? —preguntó contrariado, mirando hacia ambos lados del pasillo con preocupación, lo cual a Akane le pareció bastante impertinente.
Se aclaró la garganta intentando manejar la situación.
—Discúlpame, hay demasiada gente en los pasillos. Ya voy tarde —Inclinó la cabeza con educación e hizo ademán de esquivarlo, pero para su absoluto asombro el luchador la detuvo, apoyando un brazo en la pared, impidiéndole dar un paso más.
—Me toca salir a luchar —dijo. Akane le dio un repaso completo, percatándose de su atuendo, con pantalones anchos y una camiseta ajustada a sus pectorales que se retiraría nada más saltar al ring. En su rostro solo había determinación.
—Suerte entonces —contestó ella comenzando a estar claramente incómoda, ¿es que iba a interrogarla justo ahora? ¿Antes de su primer combate?
—¿Nada más? —preguntó, aún sin apartar el brazo. Akane tomó aire y le enfrentó, estaba perdiendo la paciencia, apretó el teléfono fuerte dentro de su mano por no estamparle un codazo en las costillas.
—Bien. Dilo. Hazlo de una vez.
Él volvió a mirar a ambos lados del pasillo, retiró su brazo de la pared sólo para agarrarla duro, con sus manos haciendo presión contra sus finas muñecas, alzando sus brazos sobre su cabeza e inmovilizándola contra la pared. Akane jadeó, pero siquiera pudo protestar cuando se encontró con sus labios. La sorpresa superó por mucho la impotencia, el absoluto estupor se sintió como una maldita bofetada en mitad de una plácida siesta.
No supo reaccionar, sus manos se quedaron flojas y su teléfono chocó contra el suelo con un crujido estruendoso. No pestañeó, sólo se sentía mareada y débil, a punto de vomitar.
—Oh no —dijo él jadeando, soltándola de golpe y mirando con lástima el pobre celular, cuya tapa trasera había salido volando—. Lo siento muchísimo —Se disculpó dejándola ir y comenzando a recoger los pedazos del carísimo aparato, mientras Akane se pegaba a la pared, con las rodillas temblando y el rostro pálido—. Creo que se ha roto completamente —comentó entregándole a la chica todos los pedazos, entre los que se encontraba el cuerpo principal, con la pantalla rajada y astillada.
La mandíbula de Akane tembló mientras apretaba entre sus manos los pedazos de plástico y metal, los miró sin procesar lo que tenía en las manos, sin entender qué es lo que acababa de pasar en aquel pasillo.
—No te enfades —concluyó con una sonrisa traviesa, tras lo cual volvió a darle un beso breve en la boca a modo de despedida. Luego la miró satisfecho antes de comenzar a alejarse, directo a su combate.
Akane intentó tomar aire, y sorprendentemente descubrió que no podía, el aire no alcanzaba sus pulmones por más que lo intentara. Se estaba ahogando. Jadeó mientras las piernas la traicionaban y caía desmadejada, sentada sobre su trasero en el solitario pasillo entre vestuarios y armarios de limpieza.
Nunca había tenido un ataque de ansiedad, pero pensó que quizás se parecía bastante a aquello. Las manos le temblaban tanto que dejó caer lo que restaba de su teléfono, intentó volver a tomar aire a sorbitos ligeros, y eso solo consiguió marearla aún más.
Se descubrió desquiciada, con los ojos bailando de lado a lado y sin ver nada. Tragó duro y apoyó las manos en el frío suelo, tiritó mientras se sentía invadida de calor. Tardó un buen rato en poder reaccionar, y cuando lo hizo, cuando al fin pudo respirar con algo parecido a la normalidad sus piernas traquetearon amenazando con volver a tirarla. Apoyó una mano débilmente en la pared para mantenerse en pie. No sabía dónde estaba, ni recordaba el camino que había seguido hasta llegar a ese lugar.
Echó a duras penas su destrozado teléfono al bolso y con pasos salteados caminó hasta que encontró una puerta sobre la que estaba pintado el ideograma de salida. La empujó y se descubrió en algún lugar del gran pabellón, rodeada de gente. El sonido de la muchedumbre la atontó, buscó un baño, y cuando lo encontró se encerró en una de las cabinas y vomitó el escaso contenido de su estómago en un inodoro. Eso la ayudó a tomar aire de verdad. A empezar a pensar.
Qué demonios.
Qué mierda acababa de pasar.
¿Ella le había dado pie? Nunca le había demostrado ni la más mínima familiaridad, siquiera le agradaba hablarle, ¿era una especie de venganza? ¿Una forma de tomarse las cosas por su mano a cambio de no delatarla? ¿Pero es que acaso él conocía de su secreto? No tenía sentido, y cuanto más lo pensaba menos lo entendía.
Jun Ichirakawa era un santo. El niño bueno del deporte japonés, un luchador impecable, honestamente bueno. Respetuoso con sus rivales, amante de las normas. Aliado de las causas sociales, ¡hasta donaba parte de sus ingresos a caridad! No era un mal tipo, al menos hasta donde ella sabía. Mucho menos uno que fuese agrediendo mujeres.
Con el sabor amargo del vómito en la boca Akane salió de la cabina y se enjuagó en el lavabo. El agua le hizo sentir un poco mejor.
Si ese tipo sabía lo que estaba haciendo… Si ese tipo lo había hecho a propósito, Ranma lo mataría. Akane pestañeó, eso era. Ranma. Todo era por Ranma.
No tenía al luchador japonés por una persona calculadora, pero estaba claro que su manager podía haberle influenciado. Pretendían desestabilizar a su rival, y ella era su punto débil. La excusa perfecta para hacer que Ranma se volviera loco y perdiera los papeles, que le descalificaran incluso.
Akane tragó saliva y se miró al espejo, aún con el nudo en el estómago. Intentó fingir una sonrisa y una lágrima traidora resbaló por su mejilla. La apartó con rabia, tomó aire y lo volvió a intentar. Esta vez le quedó mejor.
Si ese era su asqueroso plan estaba más que dispuesta a decepcionarlos.
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La ocupada representante no pudo acudir a la cita con el productor, en su lugar se ausentó varias horas que invirtió en buscar la tienda de electrónica más cercana y adquirir un teléfono exactamente igual al que tenía. Pagó un extra para recuperar su información y contactos en tiempo record. Fue el equivalente al salario de más de un mes de su anterior empleo.
Regresó al estadio apenas unos minutos antes del cierre del evento, habiéndose tomado dos tés Oolong de una máquina de refrescos y sintiéndose bastante recuperada.
Daba gracias de no haberse puesto tacones.
Con paso resuelto y su nuevo teléfono entre sus manos mandó una apenada disculpa al productor y a todos los que había dejado colgados. También se dio cuenta de que tenía una alarmante cantidad de mensajes del chico de la trenza.
Sus hombros se tensaron al pensar en enfrentarlo. Aunque había ensayado su sonrisa, era consciente de que por más que lo intentara la alegría de sus labios no se comunicaba con sus tristes ojos. Era como un cuadro abstracto, un mal intento de la verdadera Akane.
Y entonces el teléfono comenzó a sonar. Pegó un brinco al ver en la pantalla que se trataba de su, seguramente, muy alterado cliente. Con un suspiro decidió responder.
—Hola Ranma —dijo tranquila, sintiéndose muy orgullosa de ella misma.
—¡¿Dónde estás?! —le escuchó aullar al otro lado de la línea, lo cierto es que el sustantivo alterado se le quedaba muy corto. Ranma jadeaba mientras hablaba por el teléfono a toda velocidad.
—Estoy en el estadio, estaba a punto de llamarte para saber si quieres regresar ya al hotel —continuó con toda la normalidad que era capaz de simular.
—¿No has visto mis mensajes? ¡Llevo horas buscándote por todas partes!
—¿Ah, si? Tuve un accidente con mi teléfono, se me cayó y tuve que salir a comprar uno nuevo.
—¿Cómo? —dijo incrédulo.
—He estado incomunicada unas cuantas horas, discúlpame —continuó.
El silencio ocupó la línea como un invitado molesto. Akane esperó que él volviera a hablar, pero en lugar de eso se encontró con una presencia a su espalda, se giró para ver al chico de la trenza, delante de ella prácticamente sin aliento y viéndola con preocupación, aún con el teléfono apoyado en su oreja. Ella colgó.
—¿Qué tal los combates? —preguntó con su estudiada sonrisa, Ranma arrugó las cejas.
—¿Qué te ha ocurrido?
—¿Qué? —contestó lentamente, como si su corazón no acabara de dar un salto en su pecho.
—Con el teléfono… —continuó él, Akane soltó el aire que estaba reteniendo.
—Se cayó al suelo y se rompió, ¿ves? —dijo sacando el viejo aparato de su bolso, mostrándole los irreparables daños. El artista marcial ladeó la cabeza.
—¿Por eso tienes esa cara? —dijo observándola, y ella suspiró internamente, ¿a ese hombre no podía esconderle nada o qué?
—Es muy caro. No me gusta gastar tanto dinero, y menos por mi torpeza.
—Si ese es el problema yo lo pagaré. Es material de trabajo. Además, no soporto que estés tan… sumisa —soltó sin dejar de mirarla, y solo entonces Akane se dio cuenta de que tenía razón. Ese no era su carácter, y menos con él.
—Disculpa, ha sido un día duro —dijo fingiendo un bostezo, y aquello le hizo bajar ligeramente la guardia.
—Entonces deberías descansar. Regresemos al hotel.
—Puedo regresar sola, tú puedes quedarte si quieres.
—Mañana tengo mi primer combate, yo también necesito descansar —dijo él comenzando a caminar hacia la salida, ella se puso a su lado perdida en sus cavilaciones y silencios.
Mientras esperaban a su coche habitual Ranma comenzó a parlotear sobre los combates que había estado presenciando, Akane asentía mientras comprobaba sus emails. Nada más llegar su transporte cayeron rendidos en los asientos, el chico de la trenza lo hizo con un suspiro de satisfacción. Akane había cerrado los ojos.
—Me tuviste preocupado cuando no contestabas a mis llamadas ni a mis mensajes. La próxima vez que tengas algún percance, búscame.
Ella abrió un ojo.
—Te envié un mensaje y fue inútil, ¿dónde querías que te buscaras entre tanta gente?
—Pues fijemos un punto de encuentro.
—Bien, si se me vuelve a romper el teléfono me quedaré quieta junto a la cabina de megafonía —bromeó ella, lo cual hizo que el humor de Ranma mejorara exponencialmente.
—Así me gusta —concluyó satisfecho.
Llegaron en tiempo récord, y tras agradecer a su chófer subieron a la suite. Ranma pidió comida al servicio de habitaciones, Akane volvió a bostezar.
—He pedido la cena, ¿quieres que veamos juntos el combate de Ichi? Ha estado brutal, no sabía que hubiera mejorado tanto, ha ganado por sumisión en el quinto, pero la verdad es que el último golpe ya tenía al coreano shockeado —dijo de corrido, encendiendo la televisión con ojos ansioso y buscando rápidamente el video en el canal oficial de la competición.
Akane sintió la bilis volver a subir por su garganta al escucharle hablar de ese tipo.
—Quizás mañana, aún tengo mails que responder, y no tengo mucha hambre.
—Oh, vale. Hasta mañana entonces —Se despidió él, y ella cabeceó mientras cerraba lentamente la puerta de su habitación. Después se dejó caer hasta el suelo, agotada de sostenerse. Tragó saliva, intentando una vez más controlar las náuseas.
Claro que en otras circunstancias le habría encantado ver el combate, es más, antes de que todo ocurriera casi no podía pensar en otra cosa. Se arrastró hasta el baño y cerró la puerta, llenó la bañera de agua hirviendo y se sumergió dentro, recuperándose en cierta medida. Sentía el frío del miedo aún helando sus huesos, llegando hasta su propia alma. Atenazando su corazón. El agua le hacía bien, le daba una paz inexplicable.
Frotó su cuerpo con pausa. Lloró de rabia, con los dientes bien apretados para evitar que se le escapara siquiera un sollozo y cuando se sintió limpia por completo se envolvió en un albornoz y se dejó caer en la cama.
Mientras el sueño la acechaba recordó que le hubiese gustado hablarle a Ranma del combate que había visto, y sobre todo, le hubiese encantado contarle acerca de su encuentro con Ryoga.
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Ranma y Akane aparecieron en la competición tres horas antes del inicio de los combates. El campeón actual debía disputar un total de tres encuentros antes de meterse en la final.
El artista marcial se había levantado al alba para correr y había continuado con un desayuno ligero seguido de un calentamiento de patadas y puñetazos dentro de las instalaciones del hotel.
Como resultado a su llegada estaba absolutamente centrado, luciendo una paz de espíritu y un saber estar envidiables. Akane no podía más que observar con admiración, pues esa faceta de su persona le resultaba tan fascinante como desconocida. Ranma miraba con calma, su semblante estaba relajado, aunque vigilante. La competición era su único pensamiento, y no podía más que estar muy orgullosa de él en ese momento.
Su combate era el más esperado del día, y sería contra un luchador experimentado en el circuito oriental; Uno de los famosos gemelos Wan, el más violento de los dos.
Akane sin embargo no podía sentirse más tensa, se retorcía las manos mientras veía entrar y salir a diferentes profesionales del colosal camerino que habían habilitado para ellos. Varias personas de staff técnico le daban instrucciones al luchador, incluso apareció un masajista y un médico que revisaron su condición física. Ranma fue concienzudamente pesado, medido y balanceado. Después realizó estiramientos con ayuda de un instructor federado.
La nota distendida la aportó la aparición de su entrenador filipino. Santos hizo acto de presencia repasando la estancia con admiración y sonriendo complacido al ver a su chico dispuesto a darlo todo. Akane se lo agradeció de corazón, y más cuando se ofreció a asistirle en la lona.
Ranma aceptó de inmediato y ella dudó de su baja percepción del hombre y de su incuestionable amor por el dinero.
Apenas una hora antes de saltar al ring, Ranma y ella recibieron otra visita inesperada. Nodoka Saotome se personó en la puerta del vestuario ataviada con un precioso kimono y una sonrisa deslumbrante.
La alegría del reencuentro fue grande y fugaz. Ella sonrió de forma hermosa y abrazó a su hijo, dándole ánimos antes de subir al ring. Las manos de Akane para entonces temblaban de una forma difícil de disimular, muerta de miedo por el primer combate que él iba a disputar desde que trabajaban juntos.
La fiereza de la afición se escuchaba desde los vestuarios, era un rugido, un mar embravecido imposible de ignorar. El ambiente se sentía pesado, como cargado de demasiadas respiraciones. Ranma estaba por salir, pero antes miró a su pequeño tormento, a su temblorosa representante, y sin importarle lo más mínimo que su madre siguiera presente agarró sus manos con confianza, enredó sus dedos enguantados (con las puntas cortadas y los nudillos vendados) con los suyos. Le dedicó una sonrisa radiante, llena de confianza.
—Tranquila, ganaré —dijo con el convencimiento firme en sus hermosos ojos azules, y ella frunció el ceño, devolviéndole una mirada angustiada.
—Ten cuidado, por favor —rogó, y esas no eran las palabras de una representante, ni mucho menos. El chico de la trenza asintió, soltó sus manos y salió por la puerta del vestuario, seguido de un séquito de ayudantes y con Santos caminando a su derecha.
Akane se encontró plantada estúpidamente en el vestuario, retorciéndose de preocupación.
—Vamos a nuestros asientos —propuso Nodoka, quién había asistido a la escena con una satisfacción absoluta. Akane asintió y ambas mujeres salieron por el pasillo y ocuparon sus asientos en la grada de honor, con unas vistas perfectas del ring.
—Es la primera vez que le ves en directo, ¿verdad? —preguntó la mujer, alzando la voz entre el gentío, acercándose a la muchacha. Akane afirmó con la cabeza más veces de las necesarias.
—Hasta ahora todos sus combates profesionales los vi por televisión —confesó sin poder apartar los ojos de la lona, nerviosa por ver a Ranma.
—Te entiendo, yo también me sentía así la primera vez —intentó tranquilizarla la mujer, pero al ver que sus palabras no bastaban puso una gentil mano sobre su rodilla, Akane la miró con un amago de sonrisa—. Ganará, ya lo verás. Contigo a su lado es invencible.
Esas palabras se clavaron en el pecho de la representante, Akane agarró la mano de Nodoka, apretándola fuerte.
—Tengo miedo de no haber hecho suficiente, de haberle distraído demasiado —confesó con las mejillas ardiendo, la mujer a su lado sonrió muy interesada, los ojos le brillaban de absoluta dicha.
—Oh, bueno. Pensar tanto en las artes marciales tampoco es sano. Las parejas tienen …necesidades.
Akane la observó con ojos fijos, sintió como se le secaba la boca y se le aceleraba el corazón. Quería negarlo todo, pero las manos de Nodoka eran cálidas y su sonrisa suave. No quería mentirle, tampoco sabía qué pensaría de la verdad.
"No, no. Ranma y yo no tenemos una relación sentimental. Sólo nos hemos besado una vez y anteayer estuvimos a punto de acostarnos. Ah, y estoy tomando anticonceptivos". Si, la verdad era compleja.
En su lugar Akane tomó aire y cambió de tema, dando la callada por respuesta.
—¿Dónde está el tío Genma? —preguntó en su lugar, Nodoka ladeó la cabeza, pensativa.
—No te preocupes por él, se encuentra bien, es sólo que últimamente su relación con Ranma es un poco complicada. Pero sin duda acudirá a la final, de eso no te quepa duda —concluyó soltando sus manos, el estadio rugió cuando los dos contendientes hicieron acto de presencia en el ring.
Akane no pudo evitar ponerse en pie en su asiento, con el estómago hecho un nudo y la piel erizada. Estuvo en vilo hasta que Ranma se puso su protector bucal, se desprendió de su camiseta y los ayudantes de ambos luchadores les dejaron a solas en la cruel jaula, con la única presencia del árbitro como autoridad.
Y el combate comenzó. Nodoka tiró del brazo de Akane, obligándola a sentarse, lo cual hizo a regañadientes. El chino y él se miraron mientras su pies pateaban la lona, ligeros, vacilantes. Se evaluaron con falsos amagos y pasos inciertos, hasta que Wan atacó. Fue rápido, con un golpe que iba directo a la mandíbula del japonés, el cual Ranma desvió golpeándole a su vez en el puño. Volvieron a retroceder. El chico de la trenza lanzó una patada baja, su rival la bloqueó y tras ella comenzaron la verdadera pelea. Su contendiente era agresivo, pero Ranma lo era aún más. Le puso contra la reja en menos de diez segundos y el árbitro les separó. Akane suspiró aliviada al ver que el primer punto era para él.
Los asaltos se solaparon hasta que el tiempo se extinguió y el árbitro declaró a Ranma ganador por cuatro asaltos a favor. Había sido una victoria amplia, Akane no podía estar más satisfecha. Ranma se veía cansado pero feliz. la chica del pelo corto se alzó, dispuesta a regresar al vestuario cuanto antes.
—Tu chico está en forma —dijo una voz masculina, interceptándola a su salida de la grada VIP. Akane miró a ese maldito representante que parecía perseguirla allá donde fuera, y detrás… a pocos metros estaba él. Ichirakawa la miraba fijo, pero cuando ella intentó asesinarlo con la mirada tuvo a bien apartar la vista, aparentemente avergonzado.
—Gracias, ojalá y pudiera decir lo mismo —respondió ella ofensiva, cosa que hizo fruncir el ceño a Okubo.
Se libró de ellos sin despedidas, con el corazón en la garganta, corriendo por las escaleras y dejando atrás a Nodoka. Y no sabía si guiada por la adrenalina, o por el colosal alivio que le suponía la victoria de Ranma se dirigió como una bala directa a él.
Lo que no se esperaba la preocupada muchacha era una comitiva. De alguna manera, el discreto acceso lateral a los pasillos se encontraba abarrotado. Toda una amplia marea de mujeres más y menos jóvenes bloqueaban los accesos, con carteles y gritos. Akane alzó una ceja, viendo como la seguridad del recinto se veía sobrepasada por las peligrosas y nada discretas fans de Ranma.
Se acercó intentando pasar, pero era inútil, no podía avanzar. Decidió regresar sobre sus pasos, derrotada e irritada, hasta que alguien le puso una mano sobre el hombro.
—¿Eres tú? —preguntó una mujer, de manos fuertes y con una camiseta con la cara de Ranma impresa a demasiada resolución. Akane pegó un grito interno.
Se la quitó de encima sacudiendo los hombros y comenzando a caminar a paso ligero en dirección contraria. A su espalda los gritos arreciaron, y cuando se atrevió a mirar hacia atrás se encontró perseguida por más de una decena de fans enfadadas.
"Oh mierda" pensó mientras apuraba el paso intentando perderlas, ya tendría tiempo de lidiar con ellas en otra ocasión. Lo que desde luego no esperó es que fueran tan persistentes.
La persiguieron entre gritos y acusaciones hasta uno de los reservados, y en su intento de huída Akane terminó por abandonar el estadio y refugiarse en un restaurante cercano. Aprovechó para mandar un mensaje a Ranma desde su teléfono, felicitándolo por la victoria. El no respondió. Ella se mordió el labio inferior, adivinando su cara de decepción.
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Se encontraron horas más tarde, ya de regreso en el hotel. Akane había pedido un festín al servicio de habitaciones, cosa que el chico le agradeció con una sonrisa tensa. Ella trató de explicarse, le dijo lo que había pasado con el tumulto de fans locas, y también le dijo que no se perdió ni un segundo de su pelea, y que estaba muy orgullosa de él.
Ranma cabeceó entendiendo, pero aún dolido, y Akane sintió cómo se le partía el corazón al ver sus grandes hombros abatidos, la profunda decepción en su rostro. Como si le costara creerla.
—Te juro que mañana estaré tras tu combate, encontraré la manera de que no me vean y de terminar con todos los compromisos a tiempo —dijo mientras el chico se llevaba a la boca un pedazo de un sándwich de cangrejo, para después dirigirse a su habitación.
—Desde que comenzó la competición es como si te esfumaras, no sé dónde te metes — dijo arrugando las cejas, sin ocultar el deje de incomprensión en su voz. Ella suspiró sin saber qué responder, igualmente frustrada.
Tras una tensa despedida se fueron a dormir, cada uno a su habitación.
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El segundo combate de Ranma era contra el camboyano Keo Moeuk. Era un tipo duro, capaz de resistir los directos y con un juego de piernas sobrehumano, pero eso no parecía poner nervioso al japonés. Su representante no podía decir lo mismo.
Ichirakawa acababa de vérselas con el chico revelación del campeonato, Jayson Moreno. Era joven y lo había intentado, pero la amplia experiencia del luchador japonés le había valido el triunfo.
Y eso no hacía más que aumentar la presión sobre la espalda del chico de la trenza, el cual se veía seguro, al menos por fuera. Esta vez, Akane había tomado la firme determinación de cumplir su promesa acerca de permanecer a su lado, por lo que estuvo todo el día sin atender a su teléfono, y evitando cuestiones de terceras personas.
Cuando llegó el momento de dirigirse al ring, Ranma le dedicó una mirada plena, adornada con una tímida sonrisa de agradecimiento. Y eso le bastó. Aquel gesto fue suficiente para saber que estaba haciendo lo correcto. Ella le siguió, pegada al equipo técnico que le acompañaba para asistirle en la pelea, y se sentó entre ellos. Cerca, demasiado cerca.
Desde aquel lugar podía escuchar a los jueces, veía sus expresiones, sus pies sobre el ring recién fregado tras la pelea anterior. El olor a lejía del suelo se mezclaba con el color parduzco de la sangre, en un ingenuo intento de limpiarla sin dejar marca.
Ranma estaba concentrado, no veía a nadie más que a su contrincante, y eso hizo que la muchacha se tensara como la cuerda de un piano. Cuando el juez indicó el inicio del combate el mundo desapareció ante ella, se sintió mareada, tensó los puños como si también fuera a golpear al contrincante del chico de ojos azules.
Y la pelea comenzó. Los golpes caían violentos, duros. Y cuando se abalanzaban uno contra otro, el público rugía mientras Akane se llevaba una mano al corazón. La congoja se hacía hueco y dejaba de ser la analista experta, la manager con consejos. De pronto se dio cuenta que se había convertido en una auténtica inútil que solo sufría por Ranma.
El luchador japonés encajó una patada en el abdomen de su adversario, lo cual le dio el primer round, pero durante el segundo no tuvo tanta suerte; el camboyano le acertó en pleno rostro, haciendo que la trenza de Ranma se bamboleara de lado a lado, mientras intentaba no perder la conciencia. El japonés se defendió como pudo, pero le había pillado con la guardia baja. Perdió el segundo round de forma aplastante, y en el descanso obligatorio Akane se quedó en pie, viendo como el equipo le asesoraba, le daban apenas un trago de agua y le echaban vaselina para que la sangre no manara de los golpes de la cara.
Ella retorció las manos, sus miradas se cruzaron, Akane entreabrió los labios respirando agitada, él le sonrió y le guiñó un ojo ligeramente hinchado. Aquel gesto de absoluta confianza no la calmó en absoluto. El combate prosiguió tras el sonido del brillante timbre de campana, y los golpes continuaron implacables.
Ranma se libró de su rival con una finta, y aplicando su entrenamiento en inmovilizaciones en suelo consiguió barrerle hasta forzar una caída que concluyó con ambos luchadores intentando una sumisión total que finalmente consiguió el japonés.
Ganó el combate en el cuarto round en una exhibición de fuerza y disciplina para la cual todos los presentes no tenían más que halagos. Comentaban a voz viva que, de seguir así revalidaría el título en dos combates más.
La sensación de alivio que invadió a Akane cuando le vio bajar del ring fue tan intensa que tuvo que sentarse para que le dejaran de temblar las rodillas. La tensión la había agotado por completo. Jadeó agarrotada mientras intentaba recuperarse, sus manos se retorcían en espasmos.
Ranma caminó hacia el vestuario y ella se obligó a moverse tras él, atontada, con el corazón latiendo demasiado fuerte y el ruido en sus oídos enmudeciendo sus propios pensamientos.
Alcanzó a ver al luchador sobre una camilla, siendo atendido por un fisioterapeuta que flexionaba su brazo derecho con cuidado mientras un enfermero miraba con el ceño arrugado una herida en su mentón. Ranma se sujetaba una bolsa de hielo contra la cara con su única mano libre. Lucía lamentable, y aún así eso no le impedía verse absurdamente atractivo, ¿cómo lo hacía?
Akane se colocó a su lado e igualmente examinó sus heridas con gravedad.
—No es para tanto —susurró él con voz rasposa, pero ella no opinaba igual.
—El golpe del segundo round podría haberte tumbado —dijo inclinándose sobre él y ayudándolo con el hielo.
—Hace falta mucho más para tumbarme —contestó presumido.
—Mañana vas a estar horrible.
—Por suerte no tengo que pelear la semifinal hasta dentro de dos días.
Su representante le quitó el hielo, miró alrededor y habló firme y clara.
—Todos fuera, yo me ocupo —dijo posando los ojos sobre todos y cada uno de los hombres que se esparcían por el vestuario en diferentes tareas. Ellos miraron entre sí antes de obedecer. Cerraron la puerta al salir.
—¿Sabes? Necesitaba esos estiramientos.
—Estaba asustada —confesó mientras le retiraba el hielo de la cara y se alejaba unos pasos en busca de un botiquín para iniciar las curas, como tenía costumbre hacer cuando eran adolescentes.
Ranma no habló, sólo la dejó hacer en un silencio tenso, observador. Las manos de Akane siguieron temblando mientras mojaba algunas gasas en desinfectante y comenzaba a limpiarle las heridas de la cara.
—Ya me habías visto pelear otras veces —comentó casualmente mientras reprimía un gesto de dolor.
—No en directo, y no así. En el siguiente combate no te dejes golpear —dijo ella apartando la mirada y comenzando a rebuscar el material de curas.
Los ojos de Ranma eran azules como una profunda laguna. Su oleaje solo parecía la calma que precede a la tormenta.
Él examinó cuidadoso su posición, sentado en la camilla, con las piernas colgando por un lateral mientras ella se afanaba en llenarle la cara de pequeñas tiritas.
Buscó sus iris, pero ella le esquivaba la mirada, evidentemente nerviosa intentando centrarse en su tarea.
—No me pasará nada —dijo él en un susurro íntimo, con voz aterciopelada que hizo que las manos de la muchacha temblarán indecisas antes de poner unos cuantos puntos de papel sobre su mejilla.
—Eso no puedes asegurarlo —contestó obstinada, y no le faltaba razón. Famosos eran los casos de luchadores que a causa de un mal golpe en la cabeza habían tenido que abandonar de forma abrupta su carrera profesional, o cuyas secuelas habían llegado a ser incapacitantes, y en el peor de los casos, mortales.
Ranma sintió la duda, el miedo, sus ojos esquivos y brillantes, los labios apretados en una mueca recta.
Agarró su muñeca con suavidad, obligándola a girarse, atrayéndola hacia él y situando su cuerpo entre sus piernas. Akane no se resistió, no hizo fuerza ni intentó liberarse de aquella jaula, el chico volvió a buscar su mirada, pero ella parecía mucho más interesada en sus propios pies.
—Se va a poner peor —confesó serio—, pero si te quedas a mi lado no tendré rival.
Ella alzó la vista despacio, encontrándose peligrosamente cerca de su rostro magullado, emitió un gemido patético a medio camino entre la frustración y la desolación.
Ranma resopló divertido, observándola con adoración. La madurez la había dotado de nuevas expresiones faciales, de una forma diferente de entender el mundo y la vida. La preocupación por él era deliciosa, tanto como en la adolescencia lo era su fe ciega en sus habilidades.
—¿Puedo besarte? —Se encontró preguntando, sorprendido de la traición atroz de su cerebro a su lengua. Ella brincó mientras sus mejillas se coloreaban, atrapada en la sorpresa.
Akane balbuceó mientras sus orbes miraban nerviosos alrededor, asegurándose de que aquellas palabras no hubiesen acabado accidentalmente en oídos indebidos.
—Yo… —tragó saliva, Ranma no perdía detalle de ninguno de sus gestos pero no se atrevía a hacer otro movimiento, nada que pudiera incomodarla en demasía—. E-es que…
Le miró suplicante, sintiéndose alborotada, culpable. Miraba sus labios, recordaba otros, atacándola. Tragó saliva mientras asentía imperceptiblemente, en la creencia de que quizás aquello lo borraría todo, de que los besos de Ranma podían limpiar la culpa y las preguntas.
Fue tierno, delicado. Fue tan tenue que apenas y hubiese jurado que pasó. Cuando Akane abrió los ojos él sonreía satisfecho por el tímido contacto. Suspiró meneando la cabeza, con la boca llena de palabras sin pronunciar.
—Necesito una ducha —dijo poniéndose en pie, ella se apresuró a apartarse.
El chico le volvió a dirigir una sonrisa pequeña y hermosa antes de entrar en la zona de duchas de su vestuario privado. Akane tragó saliva, pues la culpa no había desaparecido. El beso solo la había dejado aún más confusa.
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…
Cuando Ranma salió de la ducha Akane ya no estaba allí. Se vistió despacio y se acicaló como pudo, comprobando que tenía las extremidades machacadas y apenas podía moverse correctamente. Se echó su bolsa de deporte sobre un hombro y abrió la puerta. El joven luchador transitó el pasillo de camino a la salida, mientras comprobaba los mensajes de su teléfono móvil.
En sus labios había una sonrisa y una melodía que silbaba inconsciente, sin poder evitarlo.
El lugar gozaba de un sonido amortiguado, el silencio después de que el público dejara el estadio. Sintió una presencia, y al alzar la vista se encontró con Jun Ichirakawa, esperándolo apoyado contra una de las paredes del pasillo de personal.
—Felicidades por el combate —dijo el que, muy seguramente, sería su rival en la final. Ranma sonrió orgulloso.
—Gracias, era un rival duro. Me encajó un buen golpe —contestó acercándose al muchacho, el cual apretó los labios en una fina línea, estaba serio, demasiado serio. Se conocían desde hacía años, Ranma borró la sonrisa de su cara y frunció el ceño—. ¿Ocurre algo?
—Te respeto como rival y como luchador. Lo sabes, ¿verdad?
El chico de la trenza asintió con lentitud, sabiendo que indudablemente había algo que no estaba bien.
—No tendré piedad contigo, si es lo que estás pensando.
—No es nada de eso —El otro japonés resopló, como si aquellas palabras le estuvieran costando un mundo, su propia cordura—. No me gustan los secretos y no quiero malentendidos. Es sobre Akane.
Los ojos de Ranma se desorbitaron en un segundo, su corazón comenzó a cabalgar desquiciado mientras sentía las manos débiles y la boca seca.
—¿Le ha pasado algo?¿¡Dónde está!?¿¡Se encuentra bien!? —Caminó hacia su rival con las pupilas ocupando la totalidad de sus iris azules, mientras el ahogo de la congoja apretaba su garganta.
Ichirakawa alzó ambas manos, intentando explicarse.
—Ella está bien. Es decir, supongo que está bien.
Pero la respiración de Ranma estaba alterada, todos sus sentidos estaban de punta ante la sola mención de su nombre. Y fue entonces cuando se percató… ¿por qué Ichirakawa se refería a ella por su nombre? La había llamado Akane, y que él supiera ellos apenas se había dirigido la palabra en un par de ocasiones, y siempre en su presencia. Nada justificaba aquella familiaridad, nada que él pudiera entender.
—Qué mierda te pasa —dijo empujándolo alterado.
—No quiero salir en todas las malditas revistas del corazón, aunque tú estés acostumbrado sabes que no es mi estilo.
—¿Qué? ¿Peró qué demonios hablas?
—Me pidió que no te lo dijera, pero no soy ese tipo de hombre. No sé qué relación crees tener con ella y tampoco me interesa, no hemos hecho nada malo así que no veo motivo para esconderlo.
Y en ese punto Ranma ya no entendía nada. Le miró boquiabierto, pestañeó lento y la sorpresa dio paso al estupor. Sus hombros se sacudieron en una carcajada sin humor.
—Qué gracioso, Ichi. No sé que te has bebido, pero vuelve a tu hotel, métete en la cama y deja de decir gilipolleces.
Intentó pasar de largo, pero su hasta ahora amigo y rival se puso en medio, impidiéndole el paso.
—Te lo digo en serio, no quiero que montes un numerito ni que tomes represalias.
—¿Qué estás insinuando? —preguntó con voz peligrosa, a la par que dejaba caer su bolsa de deportes al suelo y lo enfrentaba mirándolo a los ojos, a una distancia para nada prudente—. Repítelo.
—Ya te he dicho que no quiero un show internacional, pero prefería que lo supieras por mi. No me asustas, como ya he dicho te respeto como luchador. Te aseguro que no lo tenía planeado, solo pasó —confesó a su pesar.
Los ojos de Ranma eran dos pozos negros rodeados de un diminuto iris de un azul turbio, casi gris. Sus fosas nasales se abrieron respirando un aire que le supo viciado, rancio. Sus dientes se apretaron en una mordaza, como la sonrisa de una calavera.
—No te tenía por ese tipo de hombre, y has resultado ser un mentiroso sin honor —masculló arrugando los dedos en un puño, duro como el granito.
—¡No miento, nos conocimos en Singapur!
Y Ranma no se contuvo, ya había tenido suficiente palabrería. Su corazón hirvió al mismo tiempo que lo hacía su cabeza, y a pesar del dolor de los brazos y las piernas tras la reciente pelea agarró a la montaña de músculos que tenía delante y le estampó con violencia contra la pared a la vez que le agarraba del cuello de la camiseta y le gruñía a la cara, con rabia y determinación.
—¡Si querías cabrearme ya lo has conseguido! ¡Si vuelves a nombrarla te mataré!
—Y-yo… —Las manos del artista marcial, grandes y poderosas se movieron rápidamente. Con la derecha le rodeó la mandíbula y apretó fuerte, haciéndola crujir, mientras la otra le agarraba el cuello, hundiendo los dedos alrededor de su tráquea.
—Estoy hablando en serio, Ichirakawa. Como el nombre de mi prometida vuelva a asomar en tu jodida boca te arrancaré la lengua y te la meteré por el culo, ¿¡está claro!?
Los ojos del otro luchador le miraron rígidos, pero a su pesar asintió. Ranma le soltó no sin propinarle un fuerte empujón que concluyó con un nada deportivo codazo en las costillas.
Su respiración era superficial, y sus pupilas se movían espídicas por el estrecho pasillo. Con dedos temblorosos el chico de la trenza recuperó su bolsa de deporte y caminó sin mirar atrás, abriendo y cerrando las manos. Absolutamente desquiciado.
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¡Hola de nuevo!
Aquí llego con una nueva actualización antes de irme de vacaciones.
¿Qué tal estaís pasando el verano? Por España hace muchíiisimo calor, pero con baños en piscina y aire acondicioado se lleva un poco mejor.
Sobre el capítulo tengo que decir que es normal si os resulta confuso, lo escribí así a propósito XD. Cada vez queda menos para entender qué es lo que está ocurriendo, y mucho me temo que nuestra querida pareja está mucho más involucrada de lo que ellos mismos pueden creer.
Gracias por vuestros hermosos comentarios que siempre me sacan una sonrisa y me laegran el día, gracias por seguir leyéndome.
Y gracias amis betas Lucita-chan y SakuraSaotome por sus correcciones e ideas.
Nos leemos en breve, ¡prometido!
LUM
