Ranma 1/2 no me pertenece. Este fanfic está escrito por mero entretenimiento.
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—Cero—
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Capítulo 17: La auténtica Akane
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Akane estaba exhausta.
Nabiki se aseguró de escoltarla hasta su apartamento antes de marcharse en el mismo taxi que las había traído, así que la chica no pudo más que cerrar la puerta con un suspiro y ponerse ropa cómoda, esperando lo inevitable.
Ranma dijo que iría, y no le cabía duda alguna de que lo haría. Pero no estaba de humor para pelear con él. Por un momento pensó que quizás si se ponía los auriculares con música lo suficientemente alta podría simular que no le escuchaba.
Eso sería una buena técnica evasiva, siempre que ese bruto no echara la puerta abajo. Cosa de la que, por otro lado, le veía completamente capaz.
Así que Akane encendió a desgana su pequeño televisor y se acurrucó en el sillón, mirando sin ver, mientras esperaba que aquel idiota apareciera de una vez.
Las horas transcurrieron y para su sorpresa, Akane descubrió que más que alivio sentía inquietud. Era muy tarde, y Ranma no había dado señales de vida. A regañadientes recuperó su teléfono y desbloqueó a aquel estúpido, solo para comprobar si había recibido algún mensaje suyo. Se sintió aliviada cuando vio que así era. Tenía varios mensajes, pero no entraba uno nuevo desde el mediodía.
Consultó su reloj, era casi la una de la mañana, ¿dónde andaba enredado ese idiota? ¿De verdad no iba a ir y arrastrarse hasta que ella decidiera perdonarlo?
Akane masculló una maldición silenciosa. No, no iba a llamarlo para reclamarle atención. No, no iba a preguntarle dónde estaba, o si ya se había olvidado de ella. O si era tan poco hombre que le costaba acordarse de sus promesas. No iba a hacer nada de eso.
En su lugar se mordió el labio inferior y escribió a Nabiki un mensaje, sabía que su hermana se acostaba tarde.
[Akane]
Oye, ¿sabes si Ranma tenía planes hoy?
Su hermana tardó un rato en contestar, y cuando lo hizo no tranquilizó lo más mínimo a Akane.
[Nabiki]
Sí, estaba deseando que llegaras a tu apartamento para poder disculparse por vuestra discusión de enamorados. ¿Qué ocurre?
[Akane]
No ha venido
[Nabiki]
Eso es RARO
[Akane]
Vale, gracias.
Voy a llamarle.
[Nabiki]
Me mantienes informada.
Excepto si le encuentras y os ponéis cariñosos, eso no hace falta que me lo cuentes.
[Akane]
…
La chica, muy a su pesar, marcó el teléfono del imbécil de la trenza. Y el tono sonó y sonó hasta que saltó el contestador. Akane comenzó a ponerse nerviosa. Las manos le temblaron cuando lo volvió a intentar una segunda y una tercera vez, con el mismo desolador resultado.
Tenía un mal presentimiento naciendo amargo en el final de su garganta, un peso sobre el pecho que le impedía respirar correctamente.
Y justo entonces su teléfono comenzó a sonar. Vio con alivio que ese tonto al fin había decidido devolverle la llamada, intentó serenarse y contestó con la descarnada verdad.
—Estaba preocupada, imbécil —gruñó en un tono acusador, al borde de las lágrimas, pero al otro lado solo escuchó una respiración pesada—. ¿Ranma? —continuó tentativa, pegándose aún más el aparato al oído, intentando adivinar qué estaba sucediendo.
—Hola —contestó una voz femenina, demasiado parecida a su propia voz. A Akane casi se le cae el teléfono de la impresión.
—¿¡Quién eres!? —dijo poniéndose en pie y comenzando a deambular histérica.
—¿Yo? Soy lo que queda del recuerdo de ella.
Akane gimió mientras tanteaba por una chaqueta en el colgador de la entrada. Se la puso a duras penas mientras sentía la adrenalina corriendo por sus venas, pulsando rápidamente en su garganta.
—¡Óyeme bien, si te atreves a tocarlo…!
—Ven —susurró de forma desapasionada—. Terminemos con esto, solo tú y yo.
—¿¡Qué le has hecho a Ranma!? ¡CONTESTA!
—Te espero en el paso a nivel de Kita. Si veo el menor atisbo de policía lo mataré. No tardes.
Y colgó. Akane miró el teléfono y pegó un grito acongojado, apretó los dientes mientras se calzaba a toda prisa y salía de casa a la carrera. Se estaba mareando, todo estaba borroso. No tenía un plan, pero si algo sabía es que esa desquiciada era muy capaz de matar a Ranma. Y ella jamás lo permitiría.
Ya había muerto una vez por él, bien podía hacerlo dos.
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…
Cuando llegó al lugar acordado tenía los pies helados a pesar de no haber parado de correr. Akane jadeaba aire helado, sus mejillas enrojecidas, sus ojos brillando de histeria.
Era noche cerrada y no había nadie más en la calle. Era un blanco fácil, una víctima perfecta. Giró sobre sí misma con la garganta enrojecida, apretando las manos para no frotarlas de ansiedad.
Allí no había nadie, las escasas farolas estaban fundidas y las aceras se encontraban en estado de abandono. Esperó lo que le pareció una vida, una eternidad entera, hasta que atisbó una sombra al otro lado de las vías. Una mujer cubierta por un grueso abrigo, cuya figura delgada y frágil parecía mecerse con la brisa. Era ella, su maldita sombra.
Akane caminó con lo que intentó que fuera un paso firme y resuelto, pero cuanto más se acercaba, más se alejaba ella, manteniendo una distancia prudencial. Sabía bien lo que estaba haciendo, quería que la siguiera. Y ella se dejaría llevar hasta el mismísimo infierno para encontrar a Ranma.
Se adentraron entre los cascotes de un edificio, un esqueleto de metal y cemento sin concluir, que se alzaba aún esperando que alguien terminara de vestirle de paredes y techos.
La mujer se deslizó por escaleras de hormigón resquebrajado y Akane la siguió, subiendo hasta el último piso. Y se quedó de pie, esperando.
—Aquí podremos hablar tranquilas —dijo la otra Akane, con su voz fría, cargada de un odio que apenas y conseguía mantener a raya.
Akane observó el lugar de forma nerviosa, en busca del chico.
—¿Dónde está Ranma?
—Está bien, está dormido.
—¿Dormido? —preguntó en un jadeo.
—El muy idiota es dócil como un corderito. Le tienes bien enseñado.
Akane apretó la mandíbula, plantó las piernas firmes mientras se clavaba las uñas en las palmas.
—¡Díme qué quieres! ¡Explícame qué te propones!
La otra Akane pareció aburrida, la observó con condescendencia.
—Quiero que admitas que eres una ladrona —dijo lentamente—, quiero que admitas que estás viviendo una vida que no es tuya. Lo sabes, ¿verdad? Tú no eres ella, eres solo una mala imitación.
Akane observó que había cerca un bloque de pisos que se caía a pedazos, pero parecía habitado, después volvió a fijar la mirada en la otra, tragó saliva.
—¿Y tú? ¿Eres mejor que yo?
—No. Pero a diferencia de ti, yo no intento quedarme con su vida. Eres ofensiva.
—¡Has asesinado a personas inocentes usando ese aspecto! Es imperdonable.
—Ya… ¿me creerías si te dijera que apenas lo recuerdo? Estaba pasando un mal momento, hasta que entendí cual era el problema —dijo alzando un dedo, la mano casi oculta en la manga del abrigo—. Tú. Debería haberlo adivinado mucho antes, pero yo también me negaba a creerlo, al fin y al cabo, ¿quién querría asumir que la persona que ama está muerta?
—Tú… ¿me amas?
La cara de odio de su reflejo la espantó de forma absoluta.
—¡No a tí! ¡A ella! No te hagas la tonta conmigo, no va a funcionar. ¡Yo era quién más la amaba, yo soy la única persona que entiende tu asqueroso engaño!
Akane bajó la mirada, el corazón martillando contra sus costillas. Sí, claro que lo entendía.
—Yo también lo sé, sé que se me olvidan cosas… Que no soy del todo la persona que era antes. Pero ya no me importa, he decidido que quiero intentarlo. Quiero vivir siendo Akane Tendô.
—¡NO TE ATREVAS A PRONUNCIAR SU NOMBRE! —chilló volviendo a apuntarla con un dedo tembloroso—. ¡Tu existencia es un insulto! ¡No eres ella!
—Tú y yo… Estamos malditas —dijo sin embargo Akane, mirando a su doble con los ojos llenos de lágrimas—. Ella nos maldijo en su muerte para poder seguir viviendo. No puedo ser nadie más, porque Ranma la necesita.
—¿Ese idiota? —rio la otra—. Si yo tomara tu lugar ni siquiera se enteraría.
—Ranma lo sabría —respondió convencida—. Puede que yo solo sea parte de lo que era, pero él me ama.
La otra arrugó los labios.
—Entonces también lo mataré.
—No lo permitiré, y si me haces algo él te matará a tí.
—Ese estúpido nunca lo sabrá, ¿aún no entiendes la diferencia? ¡Yo sí recuerdo a Akane!
Y Akane no pudo más que dejar que una lágrima de impotencia escapara de su fiera expresión. La otra Akane se abalanzó sobre ella, su rostro era una máscara de odio y determinación. Rodaron por el frío suelo lleno de cascotes, enmarañadas entre jadeos y manos que intentaban zafarse y agarrarse.
Pero la diferencia era abrumadora, pronto Akane se vio con la espalda contra el suelo y retorciéndose para quitársela de encima, pero su doble no cedía ni un ápice. Con sus manos, sus propias manos le agarró del cuello, y apretó.
Akane arañó sus brazos y boqueó un nombre. Su verdadero nombre. La otra Akane aflojó el agarre el tiempo suficiente para que ella se zafara y huyera a trompicones escaleras abajo. Se puso en pie con lentitud y la siguió.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó amenazante, con paso tranquilo. Akane se escondía tras una columna, tapándose la boca, intentando que no la delataran sus esfuerzos por recuperar el resuello—. En realidad no importa, no saldrás viva de aquí.
Avanzó inexorable, como un fantasma entre las columnas desnudas. Y Akane sabía que no tenía nada que hacer, que estaba perdida si volvía a atraparla. Pero después iría a por Ranma, y eso sí que no pensaba consentirlo.
Las piernas le temblaron mientras se ponía en pie y se aproximaba hacia el borde de la construcción. Su doble la observaba en tenebroso silencio. Los pies de Akane rozaron el abismo, al cual se asomó cauta. Era una caída de más de diez metros, imposible sobrevivir. Tomó aire, sabiendo que se lo jugaba todo, que hacerla caer en su propio delirio era la única manera de salir de allí.
—¿Sabes? Cuando desperté después de ahogarme me sentí desorientada. No sabía dónde estaba o lo que me había ocurrido, apenas y podía juntar dos ideas sin que me doliera la cabeza. Pero sí había cosas que recordaba: a mis amigos, los rostros de mi padre y de mis hermanas, y que estaba enamorada de Ranma.
La otra la observó con los ojos afilados, acercándose poco a poco. No quería hablar, y Akane lo sabía, pero esa era su única oportunidad, al fin y al cabo, ella no recordaba bien el pasado. No había llorado la muerte de su madre, no había sufrido por amores estudiantiles, ni la habían pretendido un montón de chicos en la escuela. No había corrido por ayudar a sus amigos, no se había vuelto a levantar ante la derrota.
Ella no era tan buena persona como lo hubiera sido la auténtica Akane Tendô.
—Si tanto te duele que yo ocupe ese lugar, si tanto te molesta que viva, quien sobra eres tú —dijo firme, con los ojos incendiados y brillantes, reteniendo las lágrimas—. Dices que la amabas, ¿por qué ahora no puedes amarme a mí?
—Tú, asquerosa… —masculló entre dientes aproximándose de forma peligrosa.
—Quizás ella también guardaba sentimiento por ti —mintió con la garganta seca—, yo poseo parte de sus recuerdos, entiendo mejor que nadie lo que guardaba en lo más profundo de su corazón. Sí, quizás… ella…
La copia se detuvo, y por primera vez pareció dudar.
—Eso no es verdad —escupió en la oscuridad—. ¡Sólo quieres confundirme!
—¿Quieres tenerme? —preguntó temblando—. Te dejaré hacerlo.
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Ranma había vomitado. Se retorció sobre el sucio suelo donde Akane le había dejado atado después de drogarlo. No, no era Akane, era esa otra. La asesina.
Forcejeó con las cuerdas que rasgaban sus muñecas, si él estaba ahí eso significaba que Akane podía correr peligro mortal. Esa chica tenía una fuerza descomunal, y demonios si no se parecían: Era su puta copia, pero quizás, si le hubiera prestado la necesaria atención habría visto los gestos diferentes, ese aire descarado, casi silvestre. Esos ojos turbios, de un color erróneo.
Apretó los dientes mientras sentía la piel ceder y abrirse, ahogó un gemido cuando consiguió liberar su mano derecha, sabía que estaba herido, se había dislocado un par de dedos y su hombro no corría mejor suerte. Lo sentía hinchado, quizás se lo había provocado al caer al suelo, o mientras ella le arrastra. No recordaba gran cosa después de que le inyectara lo que quiera que fuera.
Liberó sus piernas y se puso en pie, la habitación giró a toda velocidad sobre sí misma, y el guerrero se llevó una mano a la boca para contener las náuseas. Se agarró de un marco y caminó como si fuera un bebé dando sus primeros pasos, inestable y al borde de desparramarse por el suelo.
Consiguió alcanzar una puerta, que aunque endeble, estaba cerrada. Maldijo mientras se agarraba torpemente a las paredes y la lanzaba por los aires de una colosal patada. Después perdió el equilibrio y cayó de rodillas en un pasillo desangelado al aire libre, sin luces y con restos de basura. Se arrastró hacia lo que parecían unas escaleras de bajada.
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—¿Crees que puedes tentarme? —dijo la otra Akane, arrugando el rostro en un gesto de profundo asco, acercándose de forma peligrosa a su víctima, la cual se mantenía a escasamente un metro del borde del edificio.
—¿No es eso lo que quieres? —dijo Akane sin embargo, intentando mantenerse firme en su afirmación, intentando con toda su rota alma no echarse a temblar.
—No lo entiendes, eres incapaz de entender lo que éramos ella y yo.
—Te equivocas… lo sé todo. Y te perdono.
La otra lo sopesó un instante, y volvió a avanzar.
—¡Tu falsa benevolencia no me importa!
—¿Entonces qué quieres? ¿Quieres ser perdonado? ¿¡Quieres que te ame!? ¡No lo entiendo!
—¡Quiero que desaparezcas! —gritó perdiendo los nervios, y Akane vio cómo temblaba, como sus manos se movían en espasmos y su boca se apretaba en un gesto de rabia absoluta.
Tragó saliva y bajó la cabeza.
—¿Quieres… que salte? —preguntó quedo, casi susurrando mientras miraba a su espalda—. ¿Crees que así terminará? Sólo la matarás un poco más.
La otra Akane tomó aire.
—Si tú mueres se acabarán las pesadillas.
Akane jadeó.
—Tú también sueñas con ella… ¿Sueñas que se ahoga y despiertas sin aire? Yo también tengo esos sueños, esos recuerdos. Y siento informarte que ni mi muerte podrá librarte de esas pesadillas.
—¿Qué?
—¿Por eso lo hiciste? ¿Por eso te ibas con hombres y luego los… ? Querías dejar de soñar, quizás pensaste que si eras un poco más ella y menos tú funcionaría, pero no lo hizo, ¿me equivoco? Nada funciona, solo yo.
—¿Tú?
—Yo soy más ella que nadie, soy el recuerdo en cuerpo y alma de su vida. Ranma deja de soñar si me abraza, quizás podrías intentarlo.
—¡Estás mintiendo otra vez!
Akane la vio acercarse con zancadas rotas, con pasos cáusticos. Sus pupilas estaban dilatadas en la agonía de la adicción, le pareció que iba a empujarla desde aquella altura, supo que estaba a un instante de encontrar de nuevo su final, cayendo en la oscuridad.
Y también entendió, con absoluto pavor, que Ranma sería el siguiente, que aquella espiral de tristeza y muerte no se detendría nunca, hasta que destruyera la maldición.
Abrió los brazos, dio dos pasos decididos y la recibió entre ellos, apretando sus dos cuerpos gemelos, ahogando a su copia en un fuerte abrazo que pareció quebrar su ímpetu. La otra se resistió, quiso empujarla lejos, quiso gritar… y sin embargo se encontró cara a cara con su más inconfesable debilidad.
Le devolvió el abrazo, se recostó sobre ella. Se quedaron quietas un instante eterno en el que sus corazones de alguna forma se reconocieron y templaron el uno al otro. Sincronizando sus latidos, entendiéndose partes de algo mucho más grande y complejo, pero solas y abandonadas en aquella crueldad.
La otra jadeó en una agonía contrita, como si recibiera calor después de un infinito vagabundeo en mitad de una nevada. La sintió temblar, sintió su sufrimiento, su fragilidad.
—Podemos arreglarlo —dijo Akane—. Solo tenemos que regresar a Jusenkyo.
La otra se quedó callada, aún respirando agitada.
—Sabes que no. Sólo hay un final —Su reflejo alzó la mirada, sus ojos cuajados en lágrimas—. Hagámoslo juntas.
Sus manos se encontraron, se apresaron las unas sobre las otras en un nudo irrompible. Y la arrastró hacia el borde.
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Ranma daba pasos inestables, apoyaba los pies con dificultad uno detrás de otro, mientras su visión borrosa apenas y ayudaba a guiarle.
Sabía que Akane corría peligro de muerte. Se lo decía su instinto, ella lo necesitaba.
Con las rodillas temblorosas, y sus muy mermados reflejos alcanzó a escuchar voces en la cada vez más escasa oscuridad. No tardaría en amanecer.
Apretó los dientes y tirando de voluntad consiguió empezar a correr descoordinado, torpe, aunque veloz. Llegó hasta la base de un edificio en construcción, las voces femeninas se amortiguaban en la altura, parecían estar peleando.
—¡Akane! —gritó, o al menos lo intentó, porque la voz salió débil de su garganta.
Buscó la entrada y a unos metros adivinó una valla tirada, la atravesó y vio unas escaleras en cemento grueso, inició un agónico ascenso, hasta que escuchó el golpe.
No fue un golpe cualquiera, fue un descomunal impacto: estruendoso y húmedo. Los pies del artista marcial se quedaron clavados en el sitio. Las voces de la pelea habían desaparecido.
—¿Akane? —dijo con miedo, sintiéndose helado y rígido, miró hacia arriba esperando algo, y sin embargo todo estaba sumido en un espectral silencio.
Giró sobre sus pasos, y antes de poder detenerse a razonar, antes de poder pensarlo dos veces corrió hacia el lugar donde había caído aquello.
La nube de polvo aún titilaba en el aire, formando cúmulos que comenzaban a atravesar los débiles rayos del sol. Ranma se detuvo y su cerebro simplemente no pudo procesar lo que le mostraban sus ojos.
La sangre salpicaba más de cinco metros alrededor del cuerpo.
Y la extraña forma, de articulaciones luxadas y huesos blancos atravesando la tierna piel le devolvió la mirada con ojos abiertos y ensangrentados.
Las piernas de Ranma no soportaron su peso y se combaron, haciéndole caer. Retrocedió asustado, alejándose como pudo de la visión mientras negaba con la cabeza, pero sin poder parpadear.
Se descubrió sin aire, las lágrimas cayendo por su pálido rostro ante lo innombrable. El terror le sobrepasó, ni siquiera se dio cuenta de que había comenzado a gritar. Incapaz de cerrar los ojos los tapó con sus manos entre convulsiones, y el resuello de su respiración fue acompañado de un nuevo alarido de irrefrenable pánico.
Gritó incontenible, temblando en un amasijo de pavor y llanto. Quería morir, quería arrancarse el corazón. Su peor pesadilla, su mayor terror, frente a él.
—¡Ranma! —Y de repente unos brazos, sus brazos intentando agarrarle—. ¡No soy yo! ¡Ranma, no soy yo!
Pero el horror le dominaba, negó fervientemente como si ella no estuviera frente a él, como si no le estuviera hablando, incapaz de entender.
Akane se puso de rodillas y abrazó su cabeza, tomándola firme entre sus brazos, enterrando su rostro en su pecho, para que pudiera escuchar su corazón. El guerrero temblaba y sus gritos hicieron que ella misma comenzara a llorar de impotencia al verle tan alterado.
—¡Estoy bien, estoy viva! No soy yo, no soy yo. ¡Mírame Ranma, no soy yo! —exclamó intentando hacerle entender, y Ranma agarró sus brazos, clavó las uñas en su piel, se separó de ella apenas unos centímetros. Su pecho subía y bajaba histérico mientras las lágrimas caían a cascada por su duro rostro.
—¿Akane? —gimió su pregunta, ella asintió conmovida. Sus mejillas estaban arañadas, igual que su ropa, sucia y rota después de ser arrastrada por el suelo.
El chico de la trenza apretó los dientes en un gruñido lastimero, un sollozo de alivio. Se asió a ella con la fuerza de la vida misma, se meció histérico contra su cuerpo caliente y palpitante mientras Akane acariciaba sus cabellos intentando tranquilizarle.
Y mientras el sol se asomaba e iluminaba la inefable escena, se alcanzaron a oír los lejanos ecos de las sirenas de policía.
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La mano de Ranma descansaba cerca de su regazo. Akane entrelazó sus dedos con los suyos y paseó el pulgar suavemente contra el dorso de su mano, en un gesto que intentaba transmitirle la calma que ya sabía, no sentía.
El artista marcial tenía el rostro girado hacia la ventanilla del taxi, su mano libre apoyada en su rostro, a veces la pasaba por sus cabellos, a veces se tapaba con ella. Una rodilla se movía histérica, arriba y abajo.
La chica suspiró sabiendo que no podía decirle nada que no hubiera oído ya un millón de veces, las frases manidas sobre respirar o dejar de pensarlo estaban de más.
El vehículo se detuvo frente a un camino pequeño y casi invisible en mitad de aquella tortuosa carretera de montaña. Akane soltó su mano con un profundo suspiro y salió, él la siguió y ayudó al taxista a bajar sus mochilas.
Cuando se quedaron a solas Akane se ajustó la mochila a los hombros y miró resuelta hacia delante.
—Tú guías, ya conoces el camino —dijo con una pequeña sonrisa, pero el rostro de Ranma estaba ceniciento, inexpresivo.
Iniciaron la subida a Jusenkyo en un silencio incómodo, solo interrumpido por los vacuos intentos de Akane de iniciar una conversación casual y los hoscos murmullos del muchacho que no podían calificarse de respuestas. La noche les sorprendió cuando apenas y atisbaban los característicos picos de las montañas que custodiaban el lugar.
Decidieron acampar.
Montaron la tienda y tras una escueta cena Ranma anunció que se iba a dormir. Ella volvió a suspirar. Se preparó un té amargo en la pequeña hoguera y se dedicó a contemplar la hermosa noche estrellada en soledad. Hacía frío, pero la taza templaba sus manos y era agradable.
Akane no pudo evitar divagar sobre lo que había ocurrido, y en lo que le esperaba cuando llegara a Jusenkyo. A su poza.
Echó un anhelante vistazo hacia la tienda sabiendo que de seguro ese idiota tampoco estaría durmiendo, pero se encontraba demasiado enfadado para hacerle compañía.
Desde que la otra Akane murió algo había cambiado entre ellos. No lo decían, pero estaba allí, presente en sus escasas conversaciones, en sus miradas nerviosas y esquivas. Algo dentro de Ranma se había retorcido hasta romperse.
Y Akane creía comprender de qué se trataba. Sorbió su té con pesar.
Verla morir una vez casi había acabado con él, pero dos eran simplemente demasiado.
Ni ella misma entendía cómo había conseguido librarse de la caída, después de forcejear como una loca se había agarrado desesperada al suelo, clavando las uñas en el duro cemento hasta que le sangraron, y llevada por la adrenalina, por la cercanía de su inminente muerte, había conseguido empujarla lejos… Demasiado lejos.
El golpe llegó a ella como una ola de inquietud sin fin. La sintió irse, y del propio estupor se quedó allí en lo alto, mirando el espeluznante desenlace de su pelea, a su copia muerta en el suelo. Sintió un escalofrío al verse de aquella manera, lo que podría haber sido su futuro. No pudo reaccionar hasta que escuchó gritar a Ranma.
Y corrió hacia él, pero aunque lo intentó todo, aún hoy sentía que no lo había conseguido. Ranma continuaba histérico. Y también estaba esa manera de mirarla como si fuera a desaparecer, como si el fantasma de su muerte fuera a estar siempre entre ellos como un molesto invitado.
No lo podía cambiar por más que le explicara, por más que le contara con todo detalle lo que habían hecho, o donde habían estado. O esas cosas que le había susurrado dulcemente al oído en la intimidad. Sus ojos seguían sobre ella, demasiado atentos.
El cansancio pudo al fin con Akane, y dejó sus neblinosas reflexiones por el momento. Se coló en la tienda y se metió en su propio saco. Ranma le daba la espalda.
Claro, también estaba eso, su insistencia en regresar allí.
Él se había negado de pleno, ella le dijo que iría de todas maneras, y como no podía detenerla, no le quedó más remedio que acompañarla. Aunque eso no significaba que fuese a hacerlo de buenas.
¿Qué les esperaba al otro lado de las montañas? Y sobre todo, ¿qué hallaría ella en ese lugar? Sentía que todas las respuestas estaban allí, sólo tenía que tener valor para alcanzarlas.
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Antes de medio día llegaron a Jusenkyo. Ranma se adentró en el lugar con paso renqueante, y no reprimió un enervado bufido cuando Akane exclamó asombrada ante la visión que se extendía ante ellos.
Las pozas estaban, efectivamente, destruidas. Las aguas se habían mezclado unas con otras formando charcas de grosores variables, y las cañas que una vez sirvieran para entrenar a los más grandes artistas marciales se encontraban, en el mejor de los casos, tronchadas o simplemente desaparecidas.
Además, el lugar estaba lleno de vida. Los pájaros bebían en las fuentes, los conejos correteaban entre las lindes y las hierbas altas. Y no sólo los animales habían regresado, las personas también lo habían hecho.
Un grupo de mujeres lavaba la ropa mientras charlaban entre ellas, y dejaban, sin preocupación, que sus pequeños hijos juguetearan cerca.
El lugar se había convertido en otra cosa, en una suerte de estanques completamente anodinos. Como si allí nunca hubiera sido de otro modo.
—Ya te lo dije —masculló el chico de la trenza con mal humor—, aquí no queda nada.
Pero ella ignoró el comentario y caminó admirando la nueva forma de Jusenkyo. Lo descubrió lleno de alegría, renacido. Correcto.
Tomó aire y cerró los ojos. Sabía que debía estar oculto, en algún lugar, quizás más cerca del gran monte.
—Es por allí —dijo convencida, echando a andar a través de las destruidas pozas, pisando charcos. Ranma la seguía esquivándolos, como si se hubiera quedado en él el recuerdo indeleble de su antiguo poder.
—Allí tampoco hay nada —gruñó agresivo, y aún así arrastraba los pies tras ella. Akane continuó, aceleró el paso, no tenía intención de detenerse y menos ahora que sentía que estaba tan cerca.
Caminaron sin descanso, ni siquiera pararon a comer, y antes del anochecer ella se detuvo. No habían dejado de ascender y sus pasos les habían conducido hacia un pequeño claro.
Ranma dejó caer la mochila con un suspiro y comenzó a montar de nuevo el campamento, pero Akane escudriñaba los alrededores, atenta, escuchando.
—Ayúdame con esto —pidió el chico, pero ella negó con la cabeza.
—Está cerca —dijo dejando la mochila en el suelo—. Debo ir.
Ranma se puso en pie, mirándola de esa forma.
—¡No hay nada!
—¡Está aquí! ¡Yo lo sé! —explotó volviendo a internarse en el espeso bosque, el lugar estaba sumido en un extraño silencio. Allí no cantaban las aves, apenas y entraba la mortecina luz del sol poniente.
Akane apartó ramas, pisó arbustos y maldijo cuando una zarza arañó su rostro, pero aún así continuó. A su espalda escuchaba los quejidos de Ranma, quien no parecía ni mucho menos contento con el hecho de haber reiniciado la exploración dejando atrás todas sus cosas.
Y entonces lo vio. Era una charca ínfima, de apenas dos metros de largo, pequeña y contenida, de aguas claras y cristalinas. Oscuras. Akane se agachó al borde, con reverencia, Ranma se quedó detrás de ella, en pie.
Podía escucharlo, era como un susurro, leve, constante. Una dulce melodía en su oído que le hablaba. Y le pedía que huyera.
Akane extendió la mano hacia la superficie, Ranma agarró su muñeca con fuerza, impidiéndole hacerlo. Miró al hombre con disgusto, y estaba a punto de reclamarle cuando vio su rostro descompuesto, sus ojos a punto de romperse en lágrimas.
—Akane… Akane, vámonos de aquí, por favor —suplicó con voz rota y temblorosa, mirando hacia la pequeña poza y apartando la mirada a toda velocidad. Sus ojos azules se fijaron en los suyos, y sus jadeos nerviosos inundaron sus oídos—. Yo no puedo estar aquí, tú no debes estar aquí.
—Pero Ranma, ¡es esto! Es lo que he venido a buscar. Estoy ahí dentro, yo… debo…
—¡NO! —explotó él tirando fuerte de ella, alejándola a empujones de la poza—. ¡NO! ¡MALDITA SEA, NO! No voy a perderte, ¡no lo haré otra vez aunque tenga que encerrarte!
—¡Pero es que…!
—¡Vas a escucharme! —chilló acorralando su espalda contra unos apretados bambús, ella alzó la mirada para encontrarlo descontrolado, más de lo que le había visto jamás—. ¡Vas a escucharme y grabarte en esa dura cabeza cada una de las palabras que voy a decir!
Y Akane tragó saliva, sin pestañear, atendiendo al hombre que amaba, a aquel hombre fuerte que se había roto por su culpa, otra vez.
—Entiendo lo que te ocurre. Entiendo lo que es estar maldito y sentir que no tienes poder sobre nada, pero puedes controlarlo. Yo te ayudaré a hacerlo.
—Eso no es…
—Es magia antigua —masculló como si decirlo en voz alta fuera una invocación a lo innombrable—. Lo cubre todo, te hace mierda la cabeza. Yo tampoco termino de entenderlo, pero sé cómo luchar.
—Ranma… —gimió ella intentando explicarle.
—No, escúchame. Tú… tú eres Akane, no eres nadie más. Eres mi Akane, con o sin maldición que te atormente. Nunca he dudado de eso, pero sí entiendo que la maldición puede haberte hecho algo que nunca llegaremos a entender. Y es mejor que siga así.
—¿Qué dices? ¿Es que acaso no quieres saberlo? ¿Si sigo allí dentro?
—¡Tú estás aquí, conmigo! No sé lo que hay allá y no quiero averiguarlo, solo quiero que nos alejemos de este maldito sitio. No te debería haber permitido…
—Las pesadillas —susurró Akane inclinando la cabeza, intentando adivinar la poza por el rabillo del ojo—, puede que allí esté la respuesta, podrías volver a dormir en paz.
—Pagaré encantado ese pequeño precio. Y ahora júramelo. Júrame que no tocarás ese agua, ¡júrame que no volverás a este lugar! —jadeó con las manos clavadas en sus brazos y sus ojos azules perforando el castaño claro, intentando arrancarle esa eterna promesa de los labios.
—E-es que…
—La magia existe y nos rodea, siempre lo he sabido, por momentos hasta la he sufrido —dijo quedo, arrullando su rostro entre sus grandes manos—. Pero yo… la mayor magia que me posee es la que me lleva hasta tu lado, ¿qué es si no este deseo de no querer soltarte? ¿Por qué vuelvo a tí una y otra vez? ¿Por qué te persigo hasta en mis sueños? No hay mayor magia que la que siento por tí, y con eso… Gracias a eso podré luchar. Akane, vámonos.
Las lágrimas cayeron cálidas por el rostro de la muchacha, quien cerró los ojos ante su súplica, su hermosa confesión. Asintió tenue, y Ranma no necesitó más para llevársela de allí. La guió sin palabras, de regreso al claro, donde la noche engullía con ansia los restos de luz.
Montaron la tienda, y la chica incluso pudo percibir un atisbo de sonrisa en el hasta entonces ensombrecido rostro del luchador. No llegaron a cenar, en cuanto tuvieron el campamento listo Ranma se dedicó con ímpetu y exquisita minuciosidad a retirarle la ropa e intentar recuperar el tiempo perdido. Entre besos cálidos, susurros y promesas de un futuro nuevo y brillante se enredaron el uno en el otro hasta la madrugada.
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…
En el pálido silencio antes del amanecer, Akane despertó.
Abrió los ojos para encontrarse en el estrecho espacio con su fuerte guerrero, quien recostado sobre ella en acto protector, dormía desnudo y exhausto.
No le fue fácil escabullirse, pero aún así lo consiguió. No quería romper su promesa, pero debía saber.
Se vistió fuera de la tienda y se calzó las botas cuando ya estaba lejos, para que él no la escuchara. Caminó deprisa por el sendero que había recorrido el día anterior, casi por instinto.
Lo oía, podía oír el susurro en su cabeza.
Akane se abrió paso hasta que volvió a encontrarse frente a la pequeña poza. Sus aguas claras, de fondo oscuro le devolvieron la mirada. Se agachó a su orilla, extendió la mano.
La retiró asustada. Había algo, muy al fondo.
Se asomó apoyando las manos en el borde, estirando el cuello, intentando ver. El frío se agarró a su corazón, sintió una punzada de terror acompañada de un extraño pitido en los oídos que rápidamente se transformó en un acuciante dolor de cabeza.
—¿Sigues ahí, Akane Tendô? —preguntó con desvaído aliento.
Esperó, y unas pequeñas burbujas se alzaron hasta la superficie.
Akane ahogó un grito de terror y salió corriendo, esta vez sí, para jamás regresar.
FIN
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Gracias por leer hasta aquí.
Un final es un final, aunque no sea satisfactorio para todos. Pero puedo decir que este es justo el final que quería darle al fic, así que yo, personalmente, estoy satisfecha.
Me habéis dejado un millón de dudas y preguntas, y mucho me temo que muchas no son completamente contestadas dentro de la historia, pero voy a aprovechar que tengo vuestra atención para intentar solventar o aclarar mi punto de vista.
Este fic trata sobre una pregunta sencilla y a la vez complicada de responder: ¿qué sentido tiene la existencia de un estanque de la Akane ahogada? Ya sé que la propia Rumiko Takahashi no le daba mayor recorrido ni peso a sus ocurrencias, pero a mi me generó una serie de cuestiones como: ¿qué es realmente una maldición? ¿a quién maldice? ¿cuánto dura?
En el fic se narra como los malditos de Jusenkyo fueron repentinamente y casi al mismo tiempo, liberados de sus cargas. Este hecho no es importante para la narración, pero podéis imaginar muy libremente a una sacerdotisa apiadándose del lugar y bendiciendo las pozas, o podéis haceros una imagen mental de Kikyo con sus shinidamachu recogiendo las almas de las pozas, lo mismo da.
Este acontecimiento les genera un "trauma", tal y como yo lo veo su alma estaba unida al de otro ser y al separarse se produce una herida o desgarro. En el caso de Ranma mucho más acusada, al estar su alma unida al de otra persona y no a la de un animal.
Obviamente esta unión debía de verse reflejada de algún modo, y esto me hizo preguntarme otra cosa más: ¿cuánto de Ranma era Ranma realmente? Quiero decir, ¿cuántas cosas de la chica ahogada vivían junto a él, formando parte de su propia alma? Es una cuestión sobre la que solo paso de puntillas haciendo alusión a recuerdos perdidos, pero en realidad su carácter tampoco es completamente el mismo que en el manga, algo que bien podemos asociar al propio proceso de madurar. Quién sabe, en todo caso le cuesta sanar, pero cuando lo hace no duda en ir a buscar a quien necesita a su lado.
Y vaya si la encuentra, aunque no se espera todo lo que ella carga.
Algunos me preguntáis, ¿Akane murió? Mi respuesta es: Sí. Ella murió, pero encontró la manera de seguir viviendo. Obviamente esta es mi visión para esta historia del concepto de maldición y de alma, entendiendo que el cuerpo puede estar vivo o muerto, pero el alma permanece, aunque solo sea a pedazos.
Nuestra Akane siempre ha sido la auténtica Akane, la única verdadera, pues a mi modo de ver, ella es cuerpo y es alma, aunque haya pedido esos pedazos que se traducen como recuerdos. ¿Pueden haber más copias de Akane sin que ella lo sepa? Sin duda, pero para este fic he elegido no hacerlo, ya bastante lío suponía una sola copia.
¿Se quedará por siempre su alma en la poza? Bueno… quién sabe. Jugué una temporada con el concepto de "inmortalidad del alma". En este fic, y de nuevo, a mi modo de ver, ella es un ser inmortal. Mientras se mantenga en su forma maldita, no morirá. El alma ata al cuerpo, el cuerpo quiere un alma. Obviamente es un concepto que por la longitud de la historia desarrollada no he llegado a incluir, pero sí que me gustaría que lo tuviérais presente.
¿Qué hubiera pasado si ella llega a caer de nuevo en la poza?
Esta es la única pregunta a la que no alcanzo a encontrar una respuesta, así que lo dejo a vuestra imaginación.
Y hasta aquí las respuestas, de nuevo espero que hayáis disfrutado del fic, yo lo he hecho, desde luego.
¿Qué? ¿Que no he aclarado quién era la otra Akane? Bueno, me ha costado mucho escribirlo todo sin hacerlo, no echaré a perder tanto esfuerzo, pero creo que las pistas son suficientes. La reflexión que se esconde detrás de la otra Akane es la obsesión. El recuerdo del pasado siempre es más dulce que el presente, y en este caso la otra Akane se encuentra conviviendo con un alma humana, con una gran parte si me preguntáis, y además, con recuerdos que no cuadran con los suyos propios, todos mezclados. De la obsesión no tarda en pasar a la locura, y de ahí… Cae en un abismo de desesperación al que no encuentra salida.
Y creo que esto es todo.
Gracias a mis sufridoras betas, Lucita-chan y SakuraSaotome a quienes este último capítulo les ha hecho odiarme un poquito más que de costumbre, pero me perdonaron rápido (inserte aquí sticker de gatito con ojos lagrimosos).
Y gracias mil, mil, mil millones de veces y mil millones más a vosotras, mis preciosas lectoras. Con vuestros comentarios alegrándome el día y dándome ánimos a continuar a pesar del cansancio diario. Con vuestras locas teorías y vuestro apoyo con cada publicación. No puedo pedir nada más.
Me habéis dejado cientos de comentarios, ojalá tener tiempo de responder a todos y cada uno de ellos, lamentablemente no es así. Pero sabed que os lo agradezco de corazón y me arrancáis innumerables sonrisas.
Nos leemos en mi siguiente fic.
Besos
LUM.
