Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi.


Día cuatro.


Hoy fuimos al mercado, acompañados por su abuela. Apenas llegamos, Calvera le compró pan a un vendedor ambulante, y caminamos por todo el mercado comprando cosas para la ofrenda.

Cuando Calvera nos presentó, su abuela me miró de arriba a abajo y después sonrió, diciendo algo que me sonó rudo, a burla; Calvera me aseguró que no dijo nada malo, para mí. A mí me aprobó, me aceptó, me guiñó el ojo y me asintió. Había pasado la prueba más grande, según Calvera, la prueba de fuego; no importaba que su padre y hermano me detestaran, tenía la bendición de su abuela, y con eso ya había ganado.

Me sentí feliz, emocionado, fuerte, como Superman cuando está bajo la luz del Sol. Las acompañé en sus compras, cargué todo lo que pusieron en mis manos y cuando Calvera aparecía con algún pan, que sólo ella sabe de dónde sacó, abría la boca y dejaba que ella me la llenara del manjar.

Comimos poco, estuvimos más ocupados comprando y comprando.

Al llegar a su hogar su abuela me empuja hacia adentro, invitándome a pasar, por decirlo de alguna forma. Entré preocupado, temeroso de que en cualquier momento aparecieran su padre y hermano.

No aparecieron, en cambio, me sentaron en la cocina y comenzaron a cocinar y charlar entre sí, la mayoría de las veces invitándome a participar.

Por primera vez en tres días su abuela me dio algo que no fuera pan. Bendita mujer, ya la considero mi abuela también, mi yiayiá. Como me entretuve en mi comida dejé que ellas continuaran en lo suyo; de vez en cuando levantaba la mirada, cuando Calvera levantaba la voz, emocionada. Amo verla sonreír, emocionarse, fruncir el ceño cuando está concentrada y agarrar pedacitos de comida cuando cree que nadie la ve.

Ahí, en la cocina, puedo imaginarme nuestro futuro. En nuestro hogar, ella se encarga de que no muramos de hambre y yo de mantenerlo todo en orden. Puedo vernos hablando de todo y nada mientras desayunamos, comemos o cenamos; nos imagino dando largos paseos por el centro de Atenas, yendo todos los días al mar si eso es lo que quiere; estoy seguro de que veremos televisión, después del trabajo, y discutiremos sobre nuestras series favoritas, ella con sus dramas médicos y yo con mis series policiacas; conviviendo con los chicos los fines de semana, viajando a aquí en las vacaciones, para que su padre y hermano me miren como si fuera una cucaracha. Y todas las noches, cuando nuestro hogar esté en calma, sé que la abrazaré con fuerza, y antes de dormir la besaré en la frente, feliz de sólo estar con ella, sentirla cerca.

Cuando estaba por terminar mi bistec con papas, Calvera salió de la cocina y entonces su abuela me miró. Sin dejar de mover lo que sea que estuviera haciendo en la estufa, sonrió de lado y chasqueó la lengua. En ese preciso momento preguntó, sin censura, en un perfecto inglés, cuándo le propondría a Calvera que fuera mi esposa.

No lo sé, le respondí, alzando los brazos y ganándome un ataque con una servilleta de tela justo en el rostro.

Pronto, espero que pronto. Temo que yiayiá me ataque con un objeto más grande y pesado la próxima vez que pregunte.