Cantos de Sirena

No era muy dado a las fiestas, pero aquella noche había sido una excepción. Miroku lo había arrancado de su cómodo y viejo sofá verde para arrastrarlo hasta una de las discotecas más prestigiosas de Tokio.

Suspiró desganado.

El ambiente estaba cargado por la máquina de hacer humos y por el calor humano, un calor asfixiante que se le colaba por las fosas nasales, asfixiándolo. Se sentía como un perro enjaulado y atado con una correa de púas. El alcohol, bastante barato para el dinero que se había dejado su amigo en las dos entradas, ni siquiera le ayudaba a olvidarse de sus penurias, por lo que decidió salir fuera.

Fue a sacar un cigarro del cartón cuando escuchó un grito desgarrador.

En contra de todo pensamiento racional, Inuyasha se dirigió hacia la parte trasera de la discoteca, que daba al río Meguro, siguiendo el grito que había escuchado. Delante de él, se encontró a una joven de cabello azabache sentada en el suelo, sollozando y temblando de frío. Él miró a los lados, esperando encontrar a alguien cerca, pero parecía que la joven estaba completamente sola.

—¿Estás bien? —preguntó aun sin acercarse, no quería asustarla.

Ella lo miró, asustada en un principio. Los ojos oscuros se verían vacíos y la piel del rostro era muy pálida y el color de los labios muy morados. Él suspiró y se quitó la chaqueta tejana que llevaba puesta. Se acercó a la joven y se la acercó, esperando a que ella la cogiera.

—¿Por qué…?

—Keh —interrumpió sin dejarle continuar—. No me gusta ver a mujeres llorar —contestó con simpleza. Se giró y esperó a volver a la discoteca, pero la mano helada de la joven lo detuvo— ¿Qué?

—¿Podrías llevarme a casa? —Inuyasha la examinó con más detenimiento. La joven llevaba la ropa desarreglada, estaba despeinada y parecía haber llorado durante horas. No hacía falta ser un genio para saber qué le había pasado.

—¿No será mejor que te lleve a un hospital? —la joven lo miró sorprendida—. No quiero ser entrometido, pero deberías ir a un hospital y luego a la policía y denunciar al desgraciado que te ha hecho eso. —Ella lo observó indecisa—. Yo puedo acompañarte —dijo, otra vez, sin pensar.

—¿Harías eso por mí? —aquella pregunta con aquel aire inocente y lleno de esperanza cambió de forma radical sus rasgos faciales. La hicieron más bella si podía y más interesante.

Inuyasha quedó embobado con aquel cambio, perdiéndose en aquellos ojos chocolate y en aquellos labios carnosos que habían dejado el color morado.

Apartó su rostro hacia el lado opuesto al del de ella y se serenó. Acababan de abusar de ella, joder, tenía que ser más considerado.

Se giró para encararla, observando que lo miraba extrañada como si no actuara de la manera que ella esperaba. Suspiró por segunda vez, la pobre mujer estaba esperando una respuesta y él solo hacía más que perderse en sus pensamientos extraños.

—No hay problema —contestó. Ella lo miró más sorprendida si podía—. Mi nombre es Inuyasha y estaré encantado de hacer de chofer —le dejó el brazo para que ella se agarrara.

—Kagome —contestó abrazándose a su brazo—. Prefiero ir a casa, de verdad. Solo necesito descansar.

El tacto en su brazo era gélido, pero decidió avanzar si decir ningún comentario. De más cerca, podía sentir el perfume que emanaban sus cabellos, sorprendiéndole el olor a jazmín que detectó. Su olor preferido.

Sus sentidos reaccionaron, pareciendo un animal en celo que solo era contenido por su raciocinio. Nunca había sentido una sensación tan profunda y tan excitante con ninguna otra mujer, achacándolo a que llevaba más de dos meses sin tener intimidad.

Era un jodido salido.

Abrió el coche y la dejó entrar en el asiento de copiloto. Rodeó el coche y se sentó delante del volante, contando hasta tres una vez más. El olor a jazmín casi lo estaba volviendo loco.

—¿Sabes llegar o pongo el GPS? —Hizo caso omiso a sus instintos y decidió ser el caballero que le habían enseñado a ser. Por tercera vez en la noche, la joven lo observaba como si le hubiera salido una cabeza.

—Yo te guio —concluyó ella después de unos segundos. Se abrió un poco la chaqueta, como si ya hubiera recuperado el calor corporal y se acomodó en el sillón.

Inuyasha hizo todo lo posible por mirar al frente.

Con toda seguridad ella no se habría dado cuenta, pero aquella postura solo hacía más que incitarle a saltar como un animal salvaje. La joven, que rezaba para que fuera mayor de edad, tenía un cuerpo exquisito, moldeado por la luna llena de aquel octubre. Escuchaba el roce de su piel con el vestido que llevaba e incluso intuía, no sabía bien como, la ausencia de ropa interior bajo aquel vestido.

Se estaba volviendo loco. Necesitaba dejarla en su hogar y desaparecer, no quería comportarse así, él no era así.

Llegaron a una casa alejada del vecindario, de estilo antiguo, con un patio para dejar el vehículo. Estacionó donde ella le sugirió y esperó a que bajara del coche, intentando no mirar hacia el nacimiento de sus pechos ¿habían crecido más o se lo parecía a él?

—¿Quieres entrar? Podría invitarte a una taza de té para agradecértelo.

Él la observó a los ojos. Aquellos ojos chocolate parecían tener algo hipnótico en sus pupilas. Su voz parecía retumbar en su mente, incitándolo, invitándolo a un cúmulo de ideas abstractas y sensuales que despertaban su lívido de una forma insospechada. Ella le acarició la mano y una descarga eléctrica le recorrió todo su cuerpo despertándole de un tirón una insospechada erección. Su rostro parecía haberse transformado en la de un ser hermoso pero indescriptible, parecía estar viendo un ser mitológico. Los labios, carnosos y brillantes, le preguntaron algo, pero no consiguió escuchar ningún vocablo claro, solo sonidos inconexos que parecían adormecerlo y llevarlo a un mundo imaginario. Pero algo sí que llegó a su mente, deteniéndolo de golpe.

—Tengo que pagártelo —dijo ella en un meloso susurro, acercando sus labios a su oreja, expulsando el aire caliente sobre la misma. Se separó de ella y, en contra de todo su instinto, la apartó.

—No tienes que pagarme nada —dijo con voz entrecortada. El rostro pareció cambiarle, había perdido otra vez aquella extraña figura—. No lo hago para aprovecharme o recibir algo a cambio. Yo no lo hago para que te acuestes conmigo… —soltó sin pensar. La joven alzó una ceja—. Es decir, no es que no me agrades… solo tienes que ver a mi… ¡No lo mires! —suspiró exasperado y cerró los ojos. No sabía hablar con una mujer—. De verdad que solo quiero que llegues bien y si te apetece, podemos hablar más y conocernos. —Ella soltó una carcajada, seca y ruda, rompiendo la magia que los rodeaba—. ¿Qué?

—Eres bueno —contestó entre el llanto. Se limpió las lágrimas aun con los espasmos de la risa—. Eres bueno de verdad. ¿Sabes lo difícil que es encontrar personas buenas en esta vida? Y yo tenía que encontrarme contigo.

Inuyasha la miró asustado, la voz de la joven se había tornado más ruda. La imagen hermosa de la joven fue desapareciendo con lentitud, dejando ver a una figura femenina pálida, con ojos salidos, recordándole a un sapo, una nariz minúscula y una boca enorme llena de dientes afilados. La piel se tornó de un azul enfermizo y sus manos, las que podía ver, estaban llenas de escamas que acababan en afiladas y putrefactas garras. El monstruo volvió a sonreír, esta vez, más moderado.

—¿Qué…?

—No puedo alimentarme. No de ti —suspiró decaída—. Ese es el trato.

—Alimentarte… ¿de mí? —preguntó una vez más asustado.

—No te preocupes, ni siquiera lo notarás. —Se acercó a él con una rapidez antinatural y lo abrazó, aprisionándolo con sus grandes garras.

Inuyasha entró en pánico. Notó como aquel ser lo aprisionaba, dejándole poco espacio para respirar o ver lo que ocurría a su alrededor. Las garras se mecían en su espalda, rasgándole de forma leve la camisa y el aliento se le metía en sus fosas nasales, impregnando su cerebro de un olor entre agrio y pescado en mal estado, generándole unas arcadas insoportables. Aquella sensación era viscosa y asquerosa, sabiendo que no podría aguantar más aquella tortura.

Se perdió en la inconsciencia con un solo pensamiento. Era imbécil por ser buena persona.

Abrió los ojos de golpe, siendo aún presa de la impresión que aquel ser le había causado. Se tocó el pecho, palpándolo, notando como su corazón bombeaba ansioso y comprobando que no tenía ninguna herida en su cuerpo. Suspiro de alivio al verse en su habitación, todo había sido una maldita pesadilla.

Cogió el teléfono para mirar la hora encontrando una veintena de mensajes de su compañero. Suspiró, lo había dejado en aquella discoteca solo, seguramente estaría enfadado y con razón. Se sentó en la cama, apoyando la espalda en la pared, y se dedicó a abrir los mensajes, leyéndolos uno a uno.

No le dio tiempo a leerlos, cuando el teléfono sonó, siendo Miroku quien lo llamaba.

—Sé que te dejé tirado, perdón —dijo a modo de saludo. Una risa se escuchó al otro lado del aparato, reconociéndola al instante —¿Miroku?

—¿Te acuerdas que te dije que es difícil encontrar buenas personas en el mundo? —La piel se le erizó. Ahora sí estaba seguro de que era ella— Tu amigo es uno de ellos.

—¿Qué le has hecho a Miroku? —preguntó asustado.

—Nada que él no quisiera hacer conmigo —contestó ella—. Eres un espécimen singular, Inuyasha, y por eso, estás vivo. Recuérdalo siempre.

La llamada se cortó dejándolo con una sensación de inseguridad recorriéndole el cuerpo. Recibió un mensaje en el móvil y, nuevamente, sin pensar en las consecuencias, decidió abrirlo, encontrando una fotografía.

Tuvo que salir directo al baño a vomitar.

En la imagen se veía a cuatro hombres sentados en una silla, observando el objetivo. Tres de ellos no los conocía, pero sabía que el cuarto era Miroku por la vestimenta que llevaba. Su rostro, sin embargo, era irreconocible. Su joven amigo, igual que los otros tres, parecía que había perdido toda el agua que tenía en su interior, recordándole a una momia de museo. Bajo a aquella imagen, podía leerse un mensaje de texto.

Nunca escuches los cantos de sirena.


Como hecho especial... traigo otra historia más.
¡Espero que la disfrutéis!