Código Galaxy

Capítulo 5

Durante los siguientes cuatro días, a los chicos les hicieron toda clase de pruebas médicas complementarias a las del primer día, aunque no salieron en ningún momento de la habitación en las que les tenían encerrados. Les dijeron que tenían que permanecer allí durante tres semanas estándar – el equivalente a 26 días terrestres, 21 días galácticos de 30 horas cada uno – antes de poder salir con garantías de que estaban sanos, tanto de enfermedades foráneas de su planeta como de galácticas, ya que las infecciones se podían transmitir con una facilidad pasmosa en un grupo tan diverso de especies. Más cuando Asmeya y Seriel, al menos en apariencia, eran de su misma especie, o al menos de una que se parecía especialmente. Cosa que, según Jeremy, era extraordinariamente improbable, pues la evolución no funcionaba de esa manera. Pero evidentemente eran muy parecidos, y eso era muy extraño.

-Me pregunto si habrá más así por aquí… creo que los soldados que tienen en la República también se parecen a nosotros- comentó Jeremy.

Estaba sentado con su camisón en la cama. A su lado derecho estaba Yumi, y a su izquierda, Odd. En frente se encontraban Ulrich y Aelita, que también tenían una bata blanca para mayor comodidad, aún no les habían dado ropa nueva desde que estaban allí. Pero en el cuarto tenían unos baños mixtos para que pudieran hacer sus necesidades, y tenían una especie de televisor en una de las paredes laterales para poder entretenerse. En un lateral tenían unas máquinas para poder ejercitar su cuerpo ante la falta de movimiento, y aunque no las habían llegado a tocar, si que andaban un poco por el cuarto, ya que no tenían ningún aparato conectado. Al finalizar el primer día habían logrado encender aquella pantalla y que les permitía ver la infinita cantidad de canales que había.

-¿Cómo harán para que haya señal de televisión aquí, Jeremy?- preguntó Yumi, este se hundió de hombros.

Estaban viendo un programa con varios individuos hablando, parecían estar hablando de la última polémica en Asmara. Ellos recordaban que así se llamaba el lugar del que venía Asmeya, pero no sabían cómo era. Pero se lo imaginaban como un lugar resplandeciente. O eso creían ellos, pero al parecer habían encontrado indicios de corrupción en alguien importante en la galaxia, un senador o algo así. Aquella era la única manera de entretenerse, no había entrado nadie en la sala, no que ellos vieran, desde que les habían visitado el primer día. No les habían explicado en qué consistían las operaciones que a todos les habían hecho, ni qué consecuencias tendrían ni nada en absoluto. Lo que sí se habían dado cuenta es que sus heridas habían cicatrizado en poco tiempo, apenas unas costras quedaban ya, cosa sorprendente dado que normalmente tardarían casi un mes en cerrarse la piel enteramente. La única interacción que tenían con el exterior era cuando les traían las bandejas con la comida cad horas, y que se trataba de una mezcla insípida totalmente que al principio ni Odd tragaba, pero que eventualmente tuvieron que comer, aunque fuera a disgusto. Era una suerte de puré de un marrón muy claro y que estaba algo caliente, pero ni sal debía llevar. Puede que esas gentes ni supieran lo que era la sal.

Pero si nadie les había ido a ver en esos cuatro días no era por gusto. Habían estado discutiendo sobre una cuestión muy relevante durante ese tiempo, algo fundamental. El evidente parecido físico entre Aelita y Starlight no le había pasado desapercibido a nadie de los que habían estado con los chicos, y eso reforzaba lo que ya casi todos sabían desde hacía veinte años, pero Asmeya se negaba a darle explicaciones de ningún tipo a la chica. No consideraba que tuvieran que contarle nada, por ahora. En cambio Seriel defendía esa postura, tarde o temprano lo debía saber. Además, parte del problema era la propia existencia de la joven de pelo rosa, a la que algunos deseaban incluso llegar a sacrificar por ser una aberración. Esto último lo pensaban los más conservadores, que se negaban a considerarla una forma de vida equiparable a ellos. Y como era habitual, al tercer día de reuniones hubo filtraciones en la prensa, que amanecieron con la noticia: encontrada la clon perdida desde hacía más de veinte años en un lejano planeta subdesarrollado con la apariencia física de una menor de 14 años, y que había huido con el criminal Waldo Schaeffer.

Precisamente de eso estaban informando en el programa que estaban viendo. El director, un robot, hablaba a cámara de forma directa. Su voz, lejos de ser mecánica, parecía muy propia de un ser humano, en concreto la de una mujer joven, cercana a la treintena.

-Última hora desde el frente de la República, señores, ¿se acuerdan de ese científico, Waldo Schaeffer?- en cuanto dijeron el nombre Aelita saltó.

-¡Desde luego, cometió varios delitos imperdonables!- exclamó uno de los que estaban a la mesa. Estaban hablando en el típico plató de televisión que uno pudiera ver en los programas de la mañana, con una gran mesa y en torno a ella varios individuos.

La criatura que hablaba era grande y peluda, con varios brazos y el pelo, largo y negro, estaba bien cuidado. Podía medir cerca de tres metros de alto, y con sus cuatro brazos intimidaba- Así es. Para los espectadores que no se acuerden él…- los chicos ya no escuchaban lo que decían.

-Venga ya, no es posible- dijo Odd- Lita, no puede ser tu padre, él…- pero Ulrich tuvo que callar.

En la esquina inferior izquierda apareció la foto del individuo del que estaban hablando. Era un hombre de unos 45 años, pelo empezando a volverse gris, algo de barba, bata de médico y ojos pardos. Parecía un tipo perfectamente normal. Y ninguno de ellos dudo en que él era el padre de Aelita. ¿Pero cómo era eso posible?

-Callaos, por favor- murmuró ella, más a modo de orden que petición. Yumi subió el volumen para oír mejor.

-Pues durante esas investigaciones que estaba realizando, los Xanium se llevaron a su hija mayor, Asmae Schaeffer, mientras la más joven, Asmeya, permanecía en casa con su madre tras la separación, aunque poco tiempo después se uniría también a la orden- movió sus papeles un poco la criatura peluda.

-Fue aquí cuando cometió su crimen: clonar a la mayor de sus hijas. Tomó muestras de ella en una visita, e hizo un clon con crecimiento acelerado. Por aquel entonces la niña no debía tener más de cinco años, y se piensa que…- antes de que pudieran seguir oyendo la tele se apagó.

Todos se giraron de golpe, allí estaban Asmeya y Seriel. Aelita estaba llorando, agarró lo que más cerca tenía, que era su almohada, y comenzó a tirarles cosas a los otros dos, tuvo que ser sujetada por Yumi y Jeremy para que no se lanzara contra ellos.

-¡Dime que no es verdad!- gritó, su voz se rompía- ¡Dime que mienten!- ella lloraba de rabia e impotencia.

Seriel miró a su compañera en silencio, y abandonó la sala. Ella estaba cabizbaja- No se supone que deberíais estar viendo esto…- gruñó, y recogió la almohada.

-¿Cuándo nos lo ibais a decir, eh?- preguntó Yumi, estaba con los brazos cruzados. La mayor la miró con el ceño fruncido.

-Es más difícil de lo que pensáis. Por culpa de ese suceso empezó todo este jaleo, te lo aseguro- le tendió la almohada a Aelita.

-Explícate- pidió Jeremy- Normalmente no empiezan guerras por la mala praxis de alguien, menos las de un científico- añadió.

Asmeya se sentó entonces de costado en la cama de Aelita. Ella seguía rabiando, podía notarlo desde allí. Lo pensó durante unos segundos antes de seguir.

-Mi padre era científico, pero nadie relevante. Se dedicaba a estudiar las algas de los mares occidentales del planeta oceánico Beta Gemini 7, cuando pasó lo que visteis por la tele. Él… no estaba dispuesto a dejar ir a sus dos hijas a la orden, por que sabía que no las volvería a ver- explicó.

Revisó entonces sus bolsillos, y sacó lo que debía ser algo parecido a un móvil, pero era mucho más fino, maleable, ligero, y fácil de usar. Colocó su pulgar encima, y se iluminó. Se movió por la interfaz con soltura, y se detuvo tras unos segundos, mostrándoles una foto. Eran cuatro personas, dos niñas pequeñas pelirrojas que sonreían, el propio Waldo, y una mujer también pelirroja, alta y de facciones delicadas, parecía disfrutar de la compañía de los otros tres, por la sonrisa que tenía. Aelita frunció el ceño, aquella mujer era idéntica a su madre, pero con la tonalidad de pelo algo diferente. Pero evidentemente no lo era.

-Él… siempre creyó merecer más que mero investigador de lo que el llamaba "plantas de jardín botánico". Quería estudiar las estrellas, pero no lo dejaban, así que lo hacía por su cuenta, gastándose mucho dinero en los equipos, pero al menos teníamos dinero para vivir bien. Hasta que… me llevaron a mi también-

Esa parte debía ser dura, pues apretó los puños. Unas lágrimas amenazaron con salir de sus ojos, pero se contuvo- Antes de irme, él me cortó un mechón de pelo, y lo mismo hizo con mi hermana, Asmeya, cuando, un día, se coló dentro de las instalaciones de la Orden para buscarla. Debió recibir ayuda porque era imposible que pudiera hacerlo él sólo… En cualquier caso, con nuestro material genético, y llevado por el dolor de perder a sus dos hijas, hizo lo peor que se puede hacer: creo una copia de nosotras dos: tomó mi mente y el cuerpo de mi hermana, y creó una forma de vida artificial en su laboratorio- Aelita escuchaba todo, su rostro no mostraba sensación alguna, pero sus ojos mostraban sus ansias de que la otra terminara cuanto antes.

Y los demás también querían saberlo, para qué engañarse- Le acabaron pillando cuando estuvo dos semanas sin ir a su trabajo, y le descubrieron con esa aberración en los tubos de ensayo en pleno desarrollo. Le quisieron capturar y juzgar, pero… el muy… tomo a mi madre del cuello y se la colocó entre él, los tubos, y los guardias que fueron a por él, que no se atrevieron a abrir fuego en esa situación- Aelita ya en ese punto lloraba.

Todos la intentaban consolar sin éxito alguno, pero Asmeya tenía que seguir- Con mi madre de rehén logró escabullirse a donde tenía ella su nave, al ser cónsul de la República ella tenía pase diplomático para ir a cualquier lugar, y no había dado tiempo a avisar a todos los puestos fronterizos fuera del sistema para que le impidieran el paso, así que logró huir, dejándonos a mi hermana y a mi huérfanas, estigmatizadas, y con sólo la Orden para poder tirar adelante-

Aelita no tenía fuerzas ni ganas de preguntar, pero Jeremy si- Vuestra madre… ¿se fue con él, o se quedó aquí- preguntó.

-Él le pegó un tiro en el pecho antes de salir. Debía conocer el destino al que se dirigía, siempre le contaba sus secretos, y ese debía ser uno… La verdad, no me extrañaría. Estaba loco, era un simplón enfermo que no tenía habilidad alguna y destrozó nuestra familia por su enorme mediocridad. Desde entonces le han llamado Prestidigitador, y cosas peores- suspiró entonces, y alzó la mirada.

Miró a Aelita a los ojos. Ella estaba temblando, su corazón latía con fuerza, su garganta no era capaz de dar sonido alguno en esos momentos, y estaba abrazada a Jeremy. Parecía un cachorro asustado, más que una clon peligrosa a la que había que destruir.

-Por esto dudábamos de si contarlo o no. Pero la prensa, como siempre, ha tomado la decisión por nosotros. Dadle las gracias al topo, o topos, que haya en este aparato. Es imposible que se haya filtrado sin la intervención de uno de ellos. Sea quien sea se debe haber forrado con la exclusiva…- murmuró, con cierto desdén.

Se levantó entonces, y acarició el hombro de Aelita- Por cierto… ahora que ya es de dominio público… tendrás que aguantar de todo. Nosotros te protegeremos, lo juro… Perdona mis palabras de antes, no deseaba llamarte engendro o abominación, yo…- pero la aludida tomó su mano en silencio y sólo asintió.

Se notaba el arrepentimiento en ella, por sus palabras y el tono de su voz. Así que simplemente la otra se dispuso a salir sin más, no quería molestar más a la otra, así que se fue. Esta rompió a llorar una vez más, chilló y gritó, se dejó la voz insultando de todas las formas posibles que a ella se le ocurría a la República, a su padre, a las dos chicas de las que venía, a Xana, e incluso al Imperio, les deseo las más duras muertes y los peores improperios que su mente podía dar, golpeó su cama con la amargura de saber que, lejos de ser alguien de verdad, era una copia barata de dos personas, que por su culpa su vida se había ido a la mierda, y lo que es peor, tendría que vivir con el estigma de ser sólo una sombra, de no ser nadie en realidad.

Se sentía una marioneta perpetua, allí donde fuera ella era usada y luego desechada cuando no hacía falta más. Sólo su grupo de amigos, sus hermanos, eran algo de verdad para ella. Sólo con ellos tenía una relación de amor y amistad verdadera, y sólo con ellos se sentía alguien único, y no u producto prescindible, como se sentía ahora, en aquellos momentos.

-No sabía que Aelita pudiera decir cosas así…- murmuraba Jeremy, se sentía impotente en esos momentos. Los cuatro se habían puesto en un lateral mientras Aelita desataba toda su rabia y frustración tirando cosas por el suelo, rompiéndolas.

-Está totalmente fuera de sí, se podría hacer daño- comentó Ulrich, pero Yumi negó- Necesita romperse para volver en sí… tiene que soltarlo todo ahora, o el veneno podría dejarle secuelas de por vida. Seguro… que en unos días estará mejor, ya lo veréis-

Odd también lloraba un poco- Como bien dijo antes Lita, nos han jodido la vida, y por todo lo alto…- gruñó.

La chica estuvo durante una hora pagando su frustración con lo que pillara, hasta que encontró un objeto para golpear y desquitarse: un saco de boxeo. O lo que ella entendió por uno, le daba igual. Lo golpeó, pateó, le dio con los puños, le chilló, y hasta mordió, en un alarde de violencia impropio de ella pero que necesitaba realizar para agotarse.

Cayó rendida eventualmente al suelo, su cuerpo sudaba y estaba con magulladuras por todo lo pasado, así que simplemente la ayudaron a levantarse y la llevaron de vuelta a la cama, donde la dejaron reposar un poco. Jeremy no pudo resistir contemplar su rostro durante unos segundos y perderse en sus facciones. Con suavidad, pasó su dedo por la mandíbula de la chica, y le dio un suave beso en los labios. Yumi rio un poco por eso, así como Ulrich.

-Eh Jeremy, no seas malo y no la quieras despertar aún- comentó Odd, divertido. Le hubiera encantado ser él el del beso, pero bueno.

Sin que ellos lo supieran, el proceso entero fue presenciado por Asmeya, Seriel, Aurora, y un Xanium más. Este era bajito, no debía medir más de un metro. Parecía un elfo, con largas orejas puntiagudas, el pelo cano despeinado, sonrisa traviesa y mirada penetrante, sus ojos grises lo analizaban todo minuciosamente. Se trataba de un habitante del planeta Alfa Canceri 7, mejor conocido como Ahara, así que él era un ahariano. Se llamaba Puck, y era uno de los principales líderes de la Orden, uno de los miembros del Consejo Xanium, y por tanto un Ékios.

-Esa joven… apasionada es. Fuerte carácter tiene, sí. Y gran corazón, desde aquí sentirlo puedo. Entrenarles debemos, ¿superado las pruebas han?- preguntó (1). Su voz era suave y melódica, casi como si el viento pudiera hablar.

Asmeya asintió- Así es, gran maestro- explicó. Este asintió complacido- Bien. Descansar deben, en tres semanas su entrenamiento comenzará- dicho eso, se retiró de allí, y junto a él, todos los demás.

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El abuelo Tom no tardó demasiado en desarmar los artefactos que sus nieto habían traído. Descubrió cómo funcionaban, aunque no entendiera la ciencia detrás de ellos podía reconocer qué servía como munición, qué como lanzadera para el arma, el gatillo, y el cargador de las armas. Era algo que le venía muy grande, pero comprobó que tenía varias placas hechas de metal y cobre que daban la orden cuando posaba sus dedos en un sensor que tenían en la parte de abajo, e instantes después disparaban un haz de luz que hacía un buen destrozo cada vez que se usaba. Por suerte para ellos, al anciano se le ocurrió trabajar fuera de la casa, con sus dos nietos observando con interés su trabajo, escuchando sus viejas historias de cuando estuvo en el frente de combate. Siempre se le veía alegre cuando hablaba de eso, cosa que sorprendía a los amigos de ellos dos. Pero ellos entendían que él, lejos de quedarse con el evidente mal que se producía en todo conflicto, prefería simplemente recordar a sus hermanos y hermanas de batalla. Por que sí, también había chicas con ellos, y algunas de ellas eran oficiales de reputación.

-¿Crees poder hacer algo parecido, abuelo?- preguntó Percy, en su mesa tenía la parte de la espalda del peto de uno de aquellos hombres.

Hace dos días que habían logrado quitarle la armadura completa a uno de esos individuos del imperio, poco tiempo después del asalto al planeta. No fue difícil, habían emboscado a uno de ellos simulando un atraco junto con varios más, y, ya tirado en el suelo, le noquearon entre todos y arramplaron con todo lo que tenían, para llevarle cuanto más material mejor al anciano. Este suspiró, y se retiró las gafas, su mirada empezaba a cansarse.

-No sé, hijo, no sé… yo ya no estoy para estos trotes- murmuró, y su nieta, detrás suya, le abrazó y besó su mejilla- Tranquilo abu, seguro que lo logramos- sonrió ella.

El anciano miró al cielo- Querida… yo ya estoy viejo. No creo volver a ver de frente la libertad, la verdad- ella le miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada.

-Toma el arma- pidió, ella no entendía muy bien, pero así hizo- ¿Ves la ranura que hay al frente?- preguntó, y ella asintió.

-Sirve para apuntar. Lleva suavemente un dedo al sensor de la parte de abajo- ella así hizo. Y se sorprendió.

-Noto… noto algo… como… un calor- el hombre asintió entonces- No sé como lo habrán hecho, pero reaccionan al cuerpo, y… de alguna manera te guían. Es raro…- murmuró.

Ella soltó el arma, y miró al anciano. El sol estaba bajando y la suave brisa marina acariciaba sus cuerpos con delicadeza, hubiera sido una tarde fantástica de no estar aquella gente por allí. Y hubiera sido mejor de estar por allí Odd dela Robbia. Pero… no sabía nada de él desde la invasión, y de eso distaban ya cuatro días. Durante los mismos se habían dedicado a marcar a todos los residentes, pero la vida no había cambiado especialmente. Apenas había presión policial, la gente seguía yendo y viniendo al trabajo… lo único malo que había pasado fue, durante el primer día, la desaparición de un tercio de la población, al parecer se los habían llevado para trabajos forzados. Pero en según qué lugares la tensión con los políticos locales era evidente.

Pero la gente, por ahora, no se atrevía a nada. Aún estaba demasiado fresca la imagen de París y cercanías arrasadas, pero, horas después, las autoridades habían ido allí a hacer una investigación y ver qué encontraban. La zona cero, en un radio de kilómetro y medio, había quedado desolada, era casi todo polvo y roca lo que quedaba. Desde ese punto hasta los ocho kilómetros, los edificios se habían mantenido pero habían quedado derrumbados, con partes enteras derruidas, los desdichados de esa zona sí habían sobrevivido en parte, aunque miles habían quedado entre los escombros, pues a esas horas quien no estaba en el trabajo estaba en casa o de camino a ella en plena ciudad, así que muchos se quedaron en esa precaria situación. Los equipos de atención no daban a vasto, y los cuerpos de seguridad intentaban encontrar a cuantos más supervivientes mejor, pero no ayudaba tener a los imperiales en todo el medio dando órdenes y castigando al que no las cumpliera inmediatamente, pero con el paso de las horas las posibilidades de encontrar a alguien con vida descendían vertiginosamente.

Habían levantado un hospital de campaña en las cercanías, siempre bajo la atenta vigilancia del imperio, y los equipos médicos y de rescate podían moverse libremente, excepto por la zona del río Sena, en las cercanías del único edificio que había quedado en pie y que resultaba ser la fábrica abandonada. Es cierto que durante las primeras horas de caos absoluto las autoridades hicieron un cerco en cuanto vieron que era lo único que permanecía intacto, pero rápidamente fueron expulsados por los invasores, que hicieron un perímetro de un kilómetro alrededor de la zona en la que nadie que no fuera del imperio podía entrar. Sam se preguntaba qué podía esconder aquel sitio que fuera tan importante para que las atenciones de esa gente se centraran tanto ahí. En cualquier caso probablemente jamás lo sabrían.

Decidiendo volver a su trabajo, ella siguió examinando los aparatos que tenía a su lado, se trataba de las partes de las piernas y brazos. Trabajaban por las mañanas aprovechando que estaban solos en casa, sus padres jamás permitirían que siquiera se acercaran a los invasores. Se preocupaban mucho, eran conscientes del peligro y no querían eso para su familia, pero ellos estaban dispuesto a correr el riesgo. ¿Era algo egoísta? Sí, pero, si ellos no lo hacían, puede que nadie se atreviera. Su madre le decía que veía demasiadas series de novelas y adolescentes en las que los buenos ganaban, eso en el mundo real no pasaba. Pero ella prefería luchar y caer antes que ser esclava.

Se acordaba también muy bien de las historias que su abuelo les contaba de pequeños, de la parte de su familia en EEUU que, generaciones antes, habían sufrido la esclavitud. Y de cómo entre los humanos, dando igual el color de su piel, también habían cercenado su libertad a través de los continentes y el tiempo, obligando a trabajar en las peores condiciones imaginables a sus iguales. Aquel era un mal que aún se daba en partes del mundo, aunque ellos ya no lo tuvieran cerca. Y ese recuerdo, ese hecho, les hacía querer la libertad que ellos tanto habían disfrutado para todo el mundo. Puede que fuera un pensamiento infantil, puede que les deparara la muerte por el disparo del enemigo en el paredón, pero valía la pena si con ello lograban que los demás se levantaran. Ese mismo razonamiento lo seguían otros muchos, pero no podrían ponerse en comunicaciones fácilmente, las hondas de radio ya estaban totalmente copadas por el imperio. Pero Sam había tenido una buena idea al respecto. Había pensado en usar a su favor el sistema de mensajes Morse, ellos no podrían descubrir, al menos al principio, el cómo se usa. Y sabía, por su abuelo, que durante la última guerra mundial fue muy habitual el uso de unas máquinas de cifrado electromecánicas y que encriptaban los mensajes bastante bien. Era una tecnología desfasada totalmente, con Internet era algo que ya apenas se usaba y ella no tenía ni idea de cómo se hacía, pero sabía que el abuelo Tom sí que sabía y podía instruirla tanto a ella como a su hermano.

-Samantha, querida, ¿en qué piensas?- ella salió de sus pensamientos y le miró. Le sonrió afablemente.

-Abuelo, ¿cómo podremos comunicarnos con los demás, sin que los imperiales se enteren?- le preguntó. El hombre suspiró, y le pidió que se acercara.

-Tendríamos que ir con cuidado al principio, querida. Hay que ser inteligentes. ¿No conocías a un muchacho muy inteligente? Uno rubio- ella asintió, y sonrió.

Pero no sabía si Odd estaría disponible en esos momentos- Odd conoce a un chaval súper inteligente que controla de ordenadores, podríamos preguntarle- le dijo.

-Llámale, haz como si sólo quieres tomar algo con él, no le digas nada hasta que no sepas que se puede confiar en él, hija- advirtió, y ella asintió.

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El primer día fue el peor para los que había sido capturados por el Imperio. Una vez subidos en las naves, les separaron y colocaron unos collares en las muñecas para identificarlos por un largo número, pero no veían esos elementos en otros esclavos que llevaban allí más tiempo, así que a saber cómo lo hacían. Ya con números asignados, les llevaban a unas salas donde les obligaron a estar debajo de nubes de vapor que asumió Hertz que se trataba de algo para desinfectar, no sabía si tenían que respirar o no, aunque les hablaban a voces ellos no entendían nada en absoluto. Los tres profesores procuraban mantener a todos juntos, aunque seguían preocupado por Dumbar, que había sido llevado a parte, junto con otro muchacho, a otro punto de la nave. No pudieron hablar de aquello mucho pues les habían conducido inmediatamente a otro cuarto, dónde les obligaron a cambiarse a unos monos blancos, y les colocaron en fila. Jim mantenía la moral alta.

-Tranquilo chicos, esto seguro que no es nada- hablaba- Pensad… pensad que es como cuando vais con la enfermera a que os hagan el chequeo médico habitual- sonrió entonces.

Fumet, justo detrás de Hertz suspiró -No sé cómo hace para mantener la moral alta- la mujer asintió. Era la mayor de los tres, tenía el pelo largo ya de un suave tono gris, su piel blanca surcada por algunas arrugas en manos y rostro denotaban el inicio de la vejez, pero seguía tan vivaz mentalmente como cuando era joven.

-Según él fue soldado… le enseñarían eso, supongo- murmuró- Ese hombre ha tenido, según él, más trabajos que años- comentó el hombre.

La mujer ahogó una risa. En esos momentos cualquier cosa que le dijeran le haría gracia, sentía demasiada tensión y estaba muy sensible en esos momentos. Al menos así podría relajar un poco su pulso, estaba demasiado alto y eso no le convenía para nada. Espiraba y aspiraba, con los ojos cerrados, intentando mantener el control. Podía oír los murmullos nerviosos de los chicos, mientras Jim contaba historias para relajar un poco el ambiente. Se sorprendía de que ningún guardia les dijera nada, o le gritasen o golpeasen de alguna forma. Algo de humanidad tendrían, en ese caso. La cola no tardaba demasiado en avanzar, y eventualmente metieron a los tres profesores juntos en una sala.

A juzgar por lo que había dentro de la sala, parecía una preparada para operaciones. Varias camillas con aparatos en los laterales que pitaban, varios robots pululando por el aire en plena tarea de lo que parecía desinfección, mientras varios tipos se encontraban revisando el material quirúrgico. Ellos no entendían qué hacían allí, pero desde luego no les gustaba nada lo que veían, y se pusieron más tensos aún al no ver a ningún alumno por allí, debían estar en otro lado en esos momentos. Hertz podía observar los líquidos en las bolsas que en teoría ella suponía les pondrían, pero no tenía ni idea de que se trataba, no aparecía fórmula alguna, aunque de haberla no sabía si podría entenderla. Los soldados de la entrada les empujaron en esa dirección golpeándoles en las espaldas con las culatas de sus armas hasta las camas.

Allí, les obligaron a tumbarse, e inmovilizados cada uno entre varios, les inyectaron un líquido de dudosa procedencia en los cuellos. El que más se resistió fue Jim, que gritaba y forcejeaba como un animal, incluso llegando a morder a uno de los guardias. Dormidos los otros dos, los soldados que les habían bloqueado corrieron a ayudar a sus compañeros, golpeando con violencia a Jim, que acabó con feos moratones en el rostro y un ojo empezando a hincharse, con sangre empezando a nacer de su boca. En ese momento le inyectaron aquel líquido para dormirle, y en ese instante sintió que todo se desvanecía.

-Avisa a Lady Starlight, creo que le gustará este espécimen en concreto. A los otros dos hacedle el análisis estándar- dijo uno de los guardias.

Los médicos asintieron, y ordenaron que se los llevaran para las operaciones y análisis correspondientes, y se llevaron las camillas con todo el aparataje que tenían a su alrededor para poder realizar el proceso, que sustituyeron por otras tres camillas, como habían realizado durante las últimas dos horas. Tenían intención de hacerles dos trasplantes: por un lado, el chip en la cabeza para poder hablar la lengua estándar de la galaxia; y por otro lado, dos placas creadoras de nanobots, implantadas cada una en las pantorrillas, con las que se fabricarían diariamente varios cientos de millones y que servían para mantener bien el cuerpo y sano. Era una inversión más o menos grande pero, haciéndolo en masa, permitía ahorrar luego en gran medida en gastos médicos y, además, era muy útil cuando un esclavo quedaba herido, pues todo era mucho más veloz y se hacía de forma más directa todo.

Al ser algo muy habitual cada vez que invadían un planeta, tardaban poco en realizar las operaciones, una hora era suficiente para todo, tenían que ponerles a trabajar a todos de inmediato, ya tenían incluso preparados los compradores y el destino que tendrían, y el grupo de Kadic no era diferente. Les habían comprado una productora de armas de fuego que, a su vez, les vendía sus armas al Imperio. Este permitía que usaran sus esclavos para no tener gastos de empleados de casi ningún tipo, y que sólo tuvieran que afrontar los gastos en los materiales y la energía para mantener en marcha la fábrica. Una parte de la producción, la oficial para la República, sí pasaba por controles, pero la mayoría, y en cierta medida el armamento de mejor calidad, iba a parar a manos secesionistas.

La tenencia de armas era algo poco común en la República, sólo los que contaban con permiso de armas podían portar una y tenía que ser necesariamente de poca potencia de fuego y portables en una sola mano, así que para no levantar sospechas en cuanto a beneficios también les vendían armas a la República. Era una asociación de armeros que se estaban beneficiando altamente de la guerra, y aunque los imperialistas sabían de sus tratos con el bando contrario, el trato más favorable lo tenían con ellos. Y Starlight estaba dispuesta a mantener ese trato, aunque los armeros no lo desearan. Precisamente ella se encontraba en el puente de mando, observando como sus naves atravesaban los largos caminos estelares que recorrían la galaxia, y que unían puntos a miles de años luz en tan sólo horas, sólo así podía llegarse a lugares tan distantes en poco tiempo. Esa tecnología había permitido que las especies inteligentes pudieran conectarse entre ellas, cuando, miles de años antes, los primeros exploradores descubrieron la primera gran ruta.

La galaxia era como un mar embravecido, le explicaron en su día. El viento que llenaba las velas de los barcos era sustituido por las enormes fuerzas que hacían arder a las estrellas. Las mareas, creadas por las órbitas de los cuerpos celestes, que creaban grandes perturbaciones en el espacio que recorrían miles de años luz si esta era lo suficientemente fuerte. Las tormentas, potentes explosiones de estrellas moribundas que perecían en una última demostración de poder y gloria, que podían acabar con flotas y planetas enteros en instantes. Un lugar en apariencia tan tranquilo como era el espacio profundo en realidad estaba surcado por terribles y letales peligros. Por ello, y por las tremendas distancias que hacían inviable los viajes yendo por el espacio como quien andaba por su casa, se hizo necesario buscar medios alternativos. La velocidad no era una solución, así que hubo que usar el ingenio.

Y en eso, los mejores eran sin duda los grandes arquitectos de Alfa Gamma Capricorni 1, los Señores del Espacio les gustaban que les llamaran. Eran arrogantes a más no poder, pero nadie podía negar su extraordinaria inteligencia. Los primeros en viajar a través de las estrellas, las leyendas dicen que incluso aprendieron el viaje en el tiempo con sus naves, ridículamente pequeñas por fuera pero inmensas por dentro. Lastima que apenas quedaran unos pocos a causa de guerras pasadas, pero a Starlight le daba completamente igual. Con ellos como los expedicionarios, los demás fueron detrás según eran descubiertos por aquella raza que había aprendido los secretos del espacio, y que compartieron con las demás especies. De aquello hacía mucho, la República aún no estaba ni en ciernes, de hecho muchos mundos estaban en un estadio de desarrollo parecido al de ese planeta que ella acababa de conquistar horas antes.

Desde entonces se descubrieron miles de rutas seguras y que permitían unir dos puntos del espacio en unas pocas horas, de hecho se podía ir de punta a punta de la galaxia en dos días estándar, y de una de las esquinas hasta la esquina de enfrente, se tardaba cerca de cuatro días galácticos, por la forma ovalada de la misma. Todas las rutas tendían a hacer giros en torno a los puntos peligrosos para evitarlos, ya sean agujeros negros, nebulosas en proceso de formación, o estrellas explotando, aunque se tenían que actualizar a menudo para hacerlo de forma eficiente. También estas rutas se entremezclaban entre ellas, existiendo así puntos que permitían ir en diferentes caminos que daban cada uno a un lugar diferente, pero estas rutas no estaban permanentemente formadas. Esas rutas no eran como las carreteras, en el espacio era casi imposible poder construir, y pretender crear una carretera era poco menos que imposible, pues la misma, con semejante tamaño, supondría que la estructura tuviera una masa tal que acabaría formando un agujero negro tras su colapso, y eso seria contraproducente.

Por ello, la analogía de que el espacio era como el mar era bastante adecuada: las rutas estaban creadas en base a coordenadas galácticas que se insertaban en los ordenadores de abordo, y una vez introducidas, las naves entraban en los agujeros de gusano que usaban, y que se generaban cada vez que una nave quería ir de un punto a otro, activando para ello unos grandes sensores que los cerraban y abrían según la necesidad, y que eran controlados desde puestos de mandos. La mayoría de rutas eran de acceso libre y nadie las controlaba para facilitar el tránsito por la galaxia, sobre todo por que si alguien intentara controlarlas estallaría una guerra brutal, demasiados intereses estaban en juego en esos casos. Por eso, salvo que esas rutas fueran creadas estrictamente por el gobierno de algún planeta o conjunto de planetas, como pueda ser la República, todos podían usarla. En el caso de tener el acceso restringido, normalmente se limitaban a los ciudadanos del planeta o planetas que formaban parte del Gobierno que había generado esos portales, y que, si se deseaba realizar esa ruta por parte de los ciudadanos de otros mundos, tenían que pagar por ello o llegar a acuerdos diplomáticos para que la otra parte también pueda usar las rutas exclusivas del primero. Había muchas opciones, tantas como imaginación tuvieran los diplomáticos.

Aquella ruta que estaban siguiendo era exclusiva de esos mineros, habían realizado una enorme inversión, y sólo ellos, y ahora los imperiales, podían usarla libremente. Eso era lo más importante en muchas ocasiones, ser los únicos en poder usar esas rutas. Otros podrían crear rutas diferentes que llegaran al mismo sitio, sin duda, pero tardarían mucho y tomaría muchísimo tiempo, de ahí que los acuerdos fueran tan importantes y necesarios. Ya apenas se creaban, tan solo cuando encontraban planetas que tuvieran vida para acercarlos al resto de la galaxia, como había pasado con Gamma Sagitari 12. (2)

Y aquel se había creado hacía varios siglos, cuando fue descubierto por los científicos de Asmara, y se encontró como ideal para crear una colonia. Mandaron a muchas personas para que exploraran aquel pequeño y lejano planeta, pero por desastres naturales varios – tormentas, maremotos, y sobre todo vulcanismo – toda comunicación se perdió durante varios años. Se llegó a decir que habían sido una incursión de enemigos del gobierno de Asmara lo que causó aquello, pues el planeta era rico en minerales importantes para la industria galáctica, y curiosamente pasó cuando la civilización incipiente de humanos de Asmara estaba en uno de sus buenos tiempos, en una época de avances bastante importantes.

Tiempo después equipos de exploración volvieron a ver qué había pasado, y se encontraron con que los colonos de un inicio habían pasado de ser individuos con altos conocimientos científicos y con los valores propios de una democracia consolidada como la de Asmara, a ser guerrilleros cuyo mayor gesto era atacar a las tribus vecinas y robarles o el ganado o a las mujeres. Su decepción fue alta, pero ya poco se podía hacer. No podían acabar con ellos ni tampoco someterles, así que se dedicaron a simplemente observar desde arriba qué era lo que hacían, al menos hasta que se acabó el dinero para seguir haciéndolo. No era un planeta que tuviera nada interesante más allá de los materiales, y los mismos se podían encontrar en otros lados donde las cosas serían más fáciles. Si había población local esta tenía que ser respetada, tenían que tener contratos de explotación donde una parte de las ganancias fueran para los locales, y un largo número de regulaciones y exigencias que dificultaban las cosas. Por ello se prefirió ir a lugares más sencillos para esas labores.

En estas cuestiones pensaba ella, cuando un oficial llamó su atención. Se cuadró ante ella, que le devolvió el saludo formalmente- Lady Starlight, los dos jóvenes que mandó preparar para usted ya están listos en su alcoba, señora- ella asintió, complacida.

-¿Ha sido avisado el Congreso Imperial de nuestra adquisición?- el hombre asintió- ¿Y que han dicho?-

-No entienden por qué se gastaron recursos en un planeta sin demasiado interés más allá de mano de obra esclava, que ya tenemos en buen número, mi señora- explicó. Ella frunció algo el ceño, pero asintió.

-Pide en mi nombre una reunión. Habla con mi robot personal, es un C3S4R, lo encontrarás en el cuarto de mantenimiento, le están colocando nuevas baterías- ante la orden, el oficial se cuadró ante ella, y salió de allí con la orden.

-¿Cómo va la ruta, Teniente Yvin ?- elevó la voz ella. El aludido se giró y se levantó- Todo en orden, estamos solos y sin avistamientos cercanos de lluvias de meteoros- ella asintió.

-Mantenga rumbo, entonces. Deberíamos llegar a Epsilon Tauri 4 en 5 horas, si hay alguna novedad me avisan por radio- antes de que saliera el teniente le dijo una cosa más.

-Señora, me comunican que tienen un espécimen que a usted le puede interesar, está con los otros dos- comentó, y ella asintió.

Sin decir más salió de la sala de mando, y anduvo rápidamente por los pasillos de la nave hacia sus estancias personales. Estas no eran muy lujosas, las paredes apenas tenían decoraciones y las que tenían eran bastante suaves, la ostentación brillaba por su ausencia. En su lugar contaba con un apoyo para su armadura, que la dejó en su sitio tras tocar unos botones en su antebrazo, y, una vez sin sus protecciones, quedó con ropa de civil. Era una camiseta de manga corta blanca, unos pantalones cortos de deporte, y poco más. Se quitó el coletero de su pelo, dejando su melena roja caer, y se contempló en el espejo.

Aún recordaba a esa niña de pelo rosa asustadiza, y que era como ella pero con diez veinte años menos. Ella suspiró, y apretó los puños. Su pasado la golpeaba en la cara de nuevo, pero ahora estaba más cerca de la justicia que ella merecía por todo lo que le habían hecho. Se sentía orgullosa de tener un nombre fuera de la mala influencia de su padre, aunque ahora esa chica podría suponer una amenaza… Si era una copia perfecta, potencialmente podría ser igual de poderosa que ella, y en garras republicanas probablemente le comieran la cabeza con esa estúpida forma de pensar en la que todo era felicidad sin sufrimiento, en la que todos tenían derecho a todo, y que había llevado a la República a una decadencia de siglos de la que sólo se podría salir con un cambio de rumbo. Y si la gente no lo permitía con las votaciones, ella lo forzaría con las armas.

Tras entrar en su cuarto personal, comprobó sonriente a tres individuos colocados de rodillas, con unas esposas de energía y un cable de luz que les ataban desde el cuello al suelo, impidiendo así cualquier tipo de huida. En la sala sólo había su cama, unas mesas con documentación, y un armario empotrado en una de las paredes que le servía como ropero, aunque ella llevaba pocas prendas además de la que tenía en ese momento junto a su armadura, pero nunca se podía saber cuándo se necesitaría ir a una cena de gala. Probablemente pronto, dadas las circunstancias.

Dos de sus presos eran los adolescentes que ella había separado de los demás, mientras que el otro era un tipo enorme, más alto y corpulento que ella, pero con bastante tripa. Y no paraba de cacarear.

-¡Tú, suéltame y verás lo que es bueno! ¡Te voy a dar tal somanta que ni en casa te van a reconocer!- gritaba Jim.

Ella notó que en las cabezas de los tres había una parte con el pelo recortado, y entonces alzó al tipo con su energía. Le levantó en el aire sin demasiado esfuerzo, y le acercó a ella. Le agarró de su ropa, y le encaró- Ladras mucho, pero seguro que apenas muerdes…- ella le retiró toda cadena que impidiera de alguna manera sus movimientos, y le lanzó contra la pared.

Este cayó aturdido, pero se levantó, dispuesto a pelear. Corrió hacia ella como una locomotora, tenía los brazos extendidos para atraparla y aplastarla en torno a sus brazos. Pero ella dio un ágil salto, le pasó por encima, y dejó que se chocara de bruces contra la pared contraria. La chica se puso en posición de combate, en cuanto Jim se dio la vuelta ella le dio una fuerte patada en el pecho, pero antes de que cayera al suelo, le propinó unos golpes más en la cabeza, derribándolo. Patrick y William la miraban asustados, ella era muy fuerte, y mucho mejor luchadora que ellos dos juntos, lo más seguro.

-Esto es sólo una pequeña muestra, señores- ella alzó con sus poderes a Jim, que tenía algo de sangre cayendo de su nariz.

Los nanobots ya debían estar actuando por que los moratones que ella le había hecho desaparecían muy despacio.

-Si seguís empecinados en no obedecer mis órdenes, convertiré vuestro planeta, y a todos sus habitantes, en una gran esfera de fuego y ceniza, totalmente estéril. Dependerá de vosotros que eso nunca pase- tras ponerle de nuevo los grilletes, ella le colocó de nuevo al lado de los otros dos.

-Y si eso no es suficiente…- ella rebuscó en una de las mesas, y sacó un reloj con pulsera.

-Los implantes que os hemos puestos son especiales. Con este botón, puedo haceros explotar. Ante una señal de rebeldía, haré detonar a los nanobots de vuestro cuerpo. Millones explotarán a la vez, rompiendo vuestro cuerpo por dentro, y matándoos en el acto- ella sonrió un poco al ver su miedo.

-Yo ya estoy acostumbrado a servir, Starlight- gruñó William- Ya he sido esclavo, no me importa serlo de nuevo. Pero a ellos déjales- ella se giró a encararle.

Con un gesto le levantó del suelo, y contempló su rostro, en silencio- Eres valiente, sin duda… ¿en vuestro planeta existe la esclavitud? Mejor, así podremos llevarnos a esclavos ya bien amaestrados- comentó ella.

Ni Jim ni Patrick no entendían nada, ¿a qué se referiría William? Este respondió rápidamente a esas preguntas cuando siguió hablando.

-No, no existe, no al menos en una parte… Me refiero a una I.A. bastante peligrosa, a la que vencimos unos amigos y yo- Starlight se giró interesada por esas palabras.

-Déjame adivinar… ¿una que se encontraba en un súper ordenador cuántico en lo más profundo de una fábrica abandonada en las cercanías de la ciudad que ordené erradicar?- el chico la miró con cierto miedo.

Ella sonrió socarronamente, complacida por eso- Es el único edificio que se mantiene en pie de esa zona. Lo investigamos, y resultó ser un ordenador bastante potente, para los estándares humanos, claro. Cualquier terminal que un civil del imperio tenga en su casa es bastante más potente que ese aparato primitivo, pero… ahora al menos sé algo que antes no sabía- comentó ella.

Los chicos no se atrevieron a preguntar de qué se trataba. Starlight hizo un gesto con su mano, y varios soldados entraron y tomaron a los tres, que tuvieron que dejarse conducir por ellos- Dadles ropas de entrenamiento, y que permanezcan en unas celdas especiales. Les entrenaré yo misma- sus hombres asintieron y les sacaron de allí obedientes.

Una vez a solas, ella suspiró, y se acercó a la mesa de nuevo, en la misma, además de papeles de todo tipo, tenía una interfaz bastante delgada y que servía para poder moverse rápidamente en torno a mucha información. Tras encenderla, ella fue consultando los datos de los nuevos esclavos. No había nada especial en ninguno de ellos, salvo en los tres que ella había seleccionado. Pero había una hembra entre ellos, una de edad avanzada, pero que parecía bastante capaz. No físicamente, pero sí intelectualmente. Interesada, observó sus datos más detenidamente. No estaba en la flor de la vida precisamente, pero si se programaban los nanobots adecuadamente, su vida útil se podía llegar a duplicar. No tenía nada que perder con ella, no serviría demasiado de esclava en una mina, ni seguramente tuviera el físico para tareas de una naturaleza más femenina, así que aprovecharía su aparentemente alto intelecto para el imperio. Dio la orden de que la separaran y la colocaran en la sección de ciencia, allí sólo iban los que tenían la capacidad para ello, los demás eran enviados a trabajos físicos acorde a su naturaleza.

Ella suspiró, esas cosas… ¿Eran necesarias? Se lo preguntaba a menudo, no sabía si era lo ético o adecuado. Cuando lo comentó, le dijeron que eran acciones necesarias para lograr la depuración definitiva de la República, pero ese momento no acababa de llegar. En cualquier caso, ella tenía claro que ese tipo de prácticas se acabarían en cuanto ella llegara al trono imperial, y, junto a ella, estaría Seriel, o no habría nadie. Cuando dudaba se decía a si misma que eso sólo sería temporal, y que con ella al mando, todo eso dejaría de pasar. Y esa vez no fue menos.

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(1) Como ya muchos habrán notado, este fanfic tiene inspiración en el universo de Star Wars, pero no será, ni mucho menos, igual. Esto es sólo un pequeño guiño.

(2) Nombre oficial galáctico para la Tierra.

Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.