Código Galaxy

Capítulo 9

Starlight tecleaba en silencio en la interfaz del súper ordenador de la fábrica abandonada, esperando encontrar respuestas. Esa tecnología claramente no era terrestre, estaba demasiado avanzada para ser local. La tuvo que haber construido su padre biológico, Waldo Schaeffer, tras huir de Asmara. Era el único que podría haberlo hecho, a no ser que otros científicos hubieran desertado, cosa que dudaba porque lo sabría, siendo una alta oficial.

-Maldito capullo…- murmuraba, había encontrado los archivos de vídeo en los que explicaba lo que había pasado con el súper ordenador y Aelita.

No era lo que buscaba, pero era interesante saber qué fue de él. Quería saber si en algún momento había hablado de sus orígenes, de su deserción, o algo. Aunque fuera un poco. Pero no parecía haber nada. Y eso la sacaba de quicio. Porque ella podía saber qué había pasado. Podía saber que su padre mató a su madre, que se fue con la amante, que tuvo una segunda hija, e incluso que había usado sus conocimientos para crear una abominación, mezcla de ella y la bastarda. Pero quería escucharle a él hablar de esos temas. Y estando muerto difícil lo tenía, así que tendría que conformarse con aquello.

Su rabia hacia él aumentaba según descubría. Incluso en ese planeta remoto había seguido siendo un loco demente. Había construido de cero aquella máquina, que a ojos humanos era espectacular, pero que para los ingenieros imperiales era una chapuza, llena de fallos elementales en su programación. El programa base, de nombre Xana, también mostraba fallos internos serios, siendo una versión mediocre y con muchas deficiencias de las interfaces que usaban para, entre otras cosas, entrenar sus poderes y habilidades. Cualquier estudiante lo haría mejor, esas fueron las palabras de los investigadores. Y ella lo comprobó durante la búsqueda en los archivos.

-¡Eras un puñetero inútil, viejo senil!- chilló, golpeando el teclado. Decidió que iba a ir hasta el final, no se fiaba de los informes que había recibido.

Sabiendo cómo era su viejo, estaba totalmente convencida de que tenía que haber algún tipo de información confidencial en aquel aparato. Decidida a descubrirlo, comenzó a teclear hábilmente, hasta dar con unos archivos ocultos. Tenían bastantes defensas, pero ella fue derribando cada firewall, contraseña y virus que él había preparado para ello, era torpe hasta para aquello. Luego tendría que hablar, y puede que ejecutar, a los encargados de desentrañar los secretos del súper ordenador por incompetencia o, en su caso, por ocultar información importante deliberadamente, pues dudaba que todo aquello se les hubiera pasado por alto. En unos minutos había logrado acabar con todas las protecciones, y ante ella apareció un par de archivos de vídeo, de media hora de duración cada uno.

-Joder…- murmuró, acomodándose en su posición. Eso iría para largo, así que se preparó mentalmente para poder verlo. Iba a ser duro.

-Sin duda, estoy convencido de que… bueno, todo acabará mal. Por eso, grabo este mensaje, para explicarte, mi querida Aelita, tus orígenes- se notaba que estaba guionizado a la legua. No estaba siendo sincero.

-Naciste hará… unos diez años a fecha de este vídeo. A partir del ADN de dos jóvenes, te cree como la mujer perfecta, con el objetivo de… en cierta medida…- Waldo se quedó callado durante casi un minuto. Estaba pensativo.

-Me sentía mal por perder a mis hijas, por eso te cree. Con el cuerpo de la mejor guerrera, y con la inteligencia de una de las grandes mentes de nuestro lugar de origen. Venimos de lejos, de las estrellas, de un mundo que no valoraba mi talento- Starligth paró el video, soltando carcajadas.

Pero aunque riera, se sentía furiosa. Y aun así, quería saber más- Ellos… nunca me entendieron, tenían envidia de mi intelecto superior, así que me expulsaron. Tuve que huir, y te llevé conmigo, para protegerte. No podía abandonarte-

Starlight se levantó de golpe, estaba rabiosa. Encendió su espada de luz, y lanzó un tajo horizontal contra el aparato, destruyendo la interfaz. No contenta con ello, usó su energía y derribó todo el brazo, que cayó de golpe al suelo, totalmente destrozado por los poderes de ella, y comenzó a atravesarlo con su espada. Furiosa, lanzó el aparato contra la pared, provocando grandes rozaduras en las placas de acero que formaban las paredes, e incluso una parte de las mismas fue atravesada por el metal que formaba el brazo del monitor.

-¡Hijo de puta, te mataría si pudiera, capullo!- lanzó un grito de rabia, dio una patada a los restos que quedaban más o menos indemnes, y abrió con su energía la puerta del montacargas.

Ya dentro, usó su espada para abrir un agujero en su techo, que atravesó dando un salto. Observando las paredes, usó sus poderes y, de las mismas, nació una placa de metal en uno de los laterales. Con facilidad subió hasta la misma, e impulsándose en ella, accedió hasta la parte superior, donde seguía su monoplaza. Necesitaba relajarse antes de subir a la nave principal, ver a ese viejo mentir tan descaradamente… le había hecho hervir la sangre. Se montó en el aparato, se colocó el casco, y pegó un acelerón, saliendo a toda velocidad de las instalaciones. Iría sin rumbo fijo, recorrería la superficie hasta hartarse o calmarse, lo primero que pasara, y ya entonces, y solo entonces, volvería. No quería dar la impresión de debilidad que en esos momentos seguro que tenía, por lo que prefería estar a solas un par de horas más, hasta calmar y templar sus ánimos.

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Las reacciones al discurso de Zormu no se hicieron esperar. A lo largo y ancho de la Tierra, los asistentes tuvieron que aguantar el tipo mientras tenían que estar delante de los Imperiales. Apretaban el gesto, los puños, fruncían ceños y labios, se removían en su posición molestos… pero en general, y salvo casos especiales – que eran rápidamente eliminados a disparos – la gente controlaba sus emociones. Aquello fue radicalmente diferente cuando se les permitió volver a casa, momento en el que las redes sociales se ardieron en quejas, vídeos, reacciones y comentarios en contra radicalmente de lo que se les acababa de ordenar, mostrando un descontento bastante amplio. No faltaron, sin embargo, los que estaban de acuerdo con las normas impuestas, empezando lo que más adelante se conocería como La noche de los traidores.

Pasó muy rápido: grupos organizados pro imperiales ocuparon calles y avenidas enteras, a lo largo y ancho del mapa mundial, y que tenían entre las manos lo primero que encontraron susceptible de ser usado como arma. Delante, grupos de posicionamiento contrario, igualmente armados con lo que pillaron, desde palos a rocas, pasando por cuchillos de cocina. En los casos más serios, había gente en ambos grupos que iba armada con armas de fuego, y que habían pasado los controles imperiales por ser rifles de caza, con los que se organizaban auténticos fusilamientos en las calles con los perdedores de cada batalla. Dichas armas quedaron en nada cuando las Fuerzas Armadas salieron a combate con su armamento, pues se vieron obligados a intervenir al ver que todo se descontrolaba y nadie intentaba poner orden en las batallas campales-

Estas se organizaron en apenas unas horas para luchar a muerte entre ellos. Tras apenas dos horas de todo empezar, los muertos y la sangre inundaban las calles, en las que todo era un verdadero caos. Junto con los combates, también hubo saqueos de instalaciones gubernamentales, y por supuesto, también de tiendas y supermercados, casas, y naves industriales. Pero no lo tuvieron fácil los vándalos, pues ante ellos se colocaron grupos, también organizados, no dispuestos a permitir que pudieran aprovecharse del caos general. La violencia no sólo fue física, hubo insultos, gritos y consignas de todos los lados del espectro, desde los que clamaban por la liberación del pueblo y de las cadenas del capital, hasta aquellos que exigían paz y orden a los Imperiales, y que eliminaran a los disidentes. Zromu estaba encantado con esas reacciones, había salido mejor de lo esperado.

Estaba en uno de los destructores que sobrevolaban la atmósfera superior del planeta, en concreto, en la sala de mando. Con él, funcionarios y altos mandos de la armada que dirigía usaban los ordenadores de abordo, dando instrucciones rápidas de todo tipo a las fuerzas tanto internas del aparato como las que estaban en tierra. La orden era no hacer nada, que hicieran lo que quisieran sin intervenir hasta que Zromu no dijera lo contrario.

-Monitorizadlo todo. Quiero las caras de todo el mundo que participe en las revueltas y clasificado por bandos. Si no está claro, consideradlo contrario al Imperio- tamborileó un poco con los dedos en la silla en la que estaba.

-Dentro de siete horas, quiero a toda la armada bajando al planeta y eliminando a toda disidencia. Nos han ahorrado semanas de investigaciones, con esto, es perfecto- y se recolocó en su sillón.

-Señor, Lady Starlight sigue en tierra, ¿le ordenamos evacuar?- pero él negó.

-Dejadla, con suerte la ira se apoderará de ella y querrá también acabar con toda la disidencia de un golpe- dio un vistazo rápido a toda la sala, y sonrió de medio lado.

Se levantó entonces, se recolocó la ropa tranquilamente, y se observó en el reflejo de una pantalla, a un par de metros de él. Tenía que dar otro discurso, y quería estar perfecto para el evento. Una vez que comprobó que su aspecto era impoluto, abandonó la sala, satisfecho con el devenir de los acontecimientos. Se esperaba estas reacciones pero mucho más adelante. No entendía los motivos, los servicios de inteligencia tendrían trabajo en ese sentido, pero no pudo haber salido mejor, a sus ojos. Jamás un planeta había sido más fácil de controlar, era un nuevo récord personal.

-Pasen buena noche, damas y caballeros. Me retiro a dar el discurso para Delta Airei 5, me gustaría un informe completo para mañana a estas horas, como tarde- miró a todos los presentes, que se habían girado para atenderle.

Le gustaba ser el centro de atención, así que sonrió satisfecho- Cuando la señorita Starlight vuelva, me gustaría que le comentaran mi deseo de verla cuanto antes, en mi despacho- tras eso, salió de la estancia, dejándoles trabajar.

Ya en el pasillo, Zormu se movió rápidamente por las instalaciones de la nave, como si las conociera de sobra, dirigiéndose directamente a su despacho, con la intención de hablarle directamente a su pueblo. Estaba exultante por lo logrado, así que luego lo celebraría apropiadamente, con los mejores licores de Beta Canceri 9, uno de los principales productores de la galaxia. Con suerte, dentro de una semana podría delegar en alguien en aquel primitivo mundo y volver a su hogar, junto a su marido, y dirigir ambos mundos desde su mansión personal.

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Starlight conducía a toda velocidad por las ruinas de París. Estaba haciendo trabajar a toda potencia al motor, que brillaba de un suave color azulado, creando una estela de luz y polvo por donde pasaba, como una estrella fugaz. Tenía su cabeza que ardía, entre la tensión y el cabreo no sabía que pensar, y la escena de destrucción no le había sabido a suficiente para liberarse del estrés. Y la cosa fue a más cuando escuchó una explosión a la lejanía. Empezó a frenar y miró a un lado, extrañada, y comprobó que había una gran humareda en el horizonte. Decidida, pegó un giro casi sobre sí misma, y aceleró a todo lo que la monoplaza permitía, tras lo cual se intentó comunicar con los imperiales, pero las comunicaciones fallaban. Eso a ella le pareció muy extraño, no era algo que comúnmente pasara.

Dispuesta a saber qué ocurría, se dirigió directa hacia el lugar de la explosión. Recorrió rápidamente la zona en ruinas hasta salir del área en cuarentena, y acabó llegando a un área rural preciosa pocos minutos después. Pese a ser casi de noche, el casco le permitía ver como si fuera de día, y lo que tenía delante era muy hermoso. Campos verdes con cultivos, árboles y pequeños riachuelos artificiales formaban un bello paisaje, que ella hubiera disfrutado de no estar en un planeta recién invadido, y en el que parecían haber revueltas.

Todo pese a las numerosas demostraciones de poder, a las amenazas, y a las normas que apenas unas horas antes había aprobado Zormu. Ningún planeta se había mostrado tan beligerante, y eso demostraba el valor de sus habitantes. Mirándolo desde la perspectiva contraria, eran unos locos o unos inconscientes, puede que las dos cosas a la vez. Aunque a ella eso le daba igual, iban a recibir una lección por su parte, lo tenía más que claro.

Eventualmente llegó, recorriendo una carretera aledaña a los campos, hasta una zona edificada. Esta, al contrario que el campo que acababa de abandonar, era de todo menos tranquila. Había grupos de gente peleándose entre ellos con lo que hubiera por allí, barricadas con fuego, muros derrumbados, casas asaltadas, auténticas batallas campales… y ni un agente del imperio a la vista. Esa ciudad era un caos, y nada le decía que no fuera diferente en otras partes. La sangre le hirvió de nuevo.

-¡¿A qué coño jugáis ahí arriba?!- gritó a su comunicador, pero no llegó a recibir respuesta.

Oyó disparos de pronto envolverla, y se giró, seria. Se encontró detrás de ella y algo más a la derecha con varios individuos que acribillaban a balazos a otro grupo bastante más numeroso. Los primeros iban parapetados con armas que claramente debían estar prohibidas por el calibre y la cadencia de disparos. Vestían con cascos, protecciones a lo largo del cuerpo de color negro, botas altas, y la palabra policía en la espalda del chaleco antibalas. Seguro debían ser profesionales, pues no parecían estar fallando dado el número de cuerpos que comenzaban a apilarse en el suelo. Ella se acercó hasta allí corriendo, preparando su espada de luz.

-¡PARAD!- ese grito hizo que se giraran, momento que ella aprovechó.

Cortó por la mitad el fusil de uno de los tipos, le empujó con su energía contra uno de sus compañeros, y detuvo los disparos de los otros cinco con su arma. Usando sus poderes, alzó a uno de ellos en el aire, y lo comenzó a ahogar, tras lo cual le llevó hacia ella, y atravesó su estómago con la espada, para retirarla y encarar a los otros soldados. Por sus prendas, y al ir bien preparados en cuanto a munición y armamento, seguro eran parte de las fuerzas armadas locales, y lo más seguro es que habían evitado las inspecciones imperiales, así como no acatado sus órdenes.

Comenzaron entonces a disparar contra ella todos a una, pero ella dio un gran salto, cayó en medio de ellos, y dio un giro sobre sí misma, cortando sus cuerpos como si fueran rebanadas de pan. No quedó ni uno en pie, o habían sido cercenados por la mitad, o tenían graves quemaduras en sus entrañas, pues las heridas se habían cauterizado según eran producidas. Los dos que sobrevivieron, y que tenían sus estómagos casi abiertos, huyeron como pudieron de allí, aunque acabaron cayendo al suelo, gritando entre terribles sufrimientos. Para evitarles un dolor innecesario les remató, usando su espada para detener sus corazones, dándoles un final digno. No iban a poder sobrevivir a esas heridas, y prefería no hacerles sufrir innecesariamente. Además, tenía mucho trabajo que hacer y sus chillidos no la dejarían concentrarse.

Volvió hasta su monoplaza, montó en ella, y condujo lentamente por las calles. Los disturbios, tal y como ella se imaginaba, estaban generalizados. Vio a individuos, vestidos como los que acababa de matar, disparando contra grupos de vándalos que entraban y salían de edificios, cargados con sacos de cosas. En ocasiones las fuerzas del orden intentaban detenerles, en cuyo caso, sacaban de las calles laterales furgones blindados, y metían a todos los que cabían en los mismos para llevarles presos, pero no daban abasto.

En otras ocasiones eran menos sutiles y disparaban a matar, sobre todo cuando los salteadores respondían con disparos o lanzando botes humeantes, rocas, o cascotes. Era una completa guerra civil lo que veía, la anarquía reinaba, y los pocos que intentaban poner algo de orden eran atacados por grupos ultras, que exhibían sus banderas con orgullo, como si aquel fuera el momento ideal para sus revoluciones ideales.

Ella sola podría poner orden, pero necesitaría de un pelotón de soldados, y seguía sin poder comunicarse con las naves que recorrían el planeta. En caso de evacuación inmediata no podría salir de allí, pero por lo menos podría recurrir al teletransporte, situado en las ruinas de París, y que estaba siempre custodiado por soldados imperiales. En ello pensaba cuando, delante de ella, vio la peor cara de aquella noche: vio como una chica estaba siendo derribada por un grupo de hombres, a ella revolverse, y a entre varios sujetarle piernas y brazos por estar ella dándoles puñetazos y patadas. Ella iba con las ropas militares – casco incluido – supo que era una mujer por el grito que pegó, y aunque había tirado al suelo a unos cuantos, sus agresores – entre los que se incluían a otras mujeres – eran bastantes más.

Ella dio un salto de su monoplaza, sentía curiosidad por ver qué iban a hacerle. Seguramente desarmarla y matarla, era lo más lógico, de estar en la situación de los alborotadores ella haría lo mismo. Metieron a la chica a rastras en uno de los edificios, y ella esperó un par de minutos antes de permitirse entrar. Era un inmueble de apariencia antigua, con la fachada de piedra, algunos balcones acristalados, y varias banderas con simbología que ella no entendía, con banderas rojas y negras, y pintadas a lo largo de las paredes, sobre todo, aes dentro de un círculo. El interior no estaba en un mejor estado, había muebles, sillones, sillas y cortinas tiradas por todas partes, con una ligera capa de polvo y arena por el suelo. Las paredes estaban algo agrietadas, y murmullos graves se escuchaban de fondo.

No entendiendo qué decían, ella se acercó despacio, usando las columnas para camuflarse, y con el cuerpo todo lo pegado al suelo que podía. Le daba igual llenarse la ropa de porquería, dudaba volver a vestirse de gala en bastante tiempo así que podía mancharla. Desde donde estaba podía ver la luz que desprendía un fuego pequeño, así como las sombras de varios individuos.

-¡… te vas a enterar, perra del Estado!- gritaba una voz, femenina.

-¡Prefiero que me mates, terrorista de mierda!- y de pronto se escuchó un fuerte golpe.

-Zorra… Divertíos con ella, luego podéis matarla- la misma voz femenina habló, y Starligth pudo oír varias risas masculinas.

Frunció el ceño, se levantó, y encendió su espada de luz, que iluminó la estancia. Iba a descubrir qué pasaba allí. No dio dos pasos cuando delante de ella llegó un tipejo armado con unas varas de metal oxidado, que ella dobló con sus poderes, le lanzó contra la pared, e hizo que los trozos de hierro se clavaran en su costado.

-Mierda… ¡matadla!- iban todos tapados con pasamontañas y ropa negra, eran unos matones de tres al cuarto.

La Xanium sonrió de medio lado, y, uno por uno, cercenó las cabezas de todo aquel que fue a por ella. El primero cayó al instante, los demás vinieron en grupos y tuvieron el mismo destino, probablemente pretendían hacer con ella lo mismo que con la agente que tenían presa. No le hacía falta mirar, con los gritos de dolor y los gruñidos sabía qué le estaban haciendo. Le dio tanta repulsa, que terminó en segundos con aquellos que la atacaban, movió su brazo, y dio un fuerte tirón con su energía, separando a un hombre de la agente, que estaba con las piernas abiertas, y algo de sangre por sus muslos. Starlight se giró sobre sí misma, y atravesó el pecho del hombre con unas púas que levantó desde el suelo, haciendo de su cuerpo un colador, del que comenzó a emanar sangre. Estaba rabiosa.

-Malditas bestias…- gruñó, apretando las manos. Encaró a la que debía ser la jefa, que la apuntaba con una pistola.

Temblaba como una hoja, así que la imperial aprovechó. Con un suave movimiento de su mano, comenzó a mover la de la mujer, en concreto la que llevaba el arma. Poco a poco la obligó a llevarla hasta su sien, e hizo el gesto de disparar con el índice. El cuerpo cayó como un saco de patatas tras aquello, y no fue hasta entonces que Starlight se atrevió a mirar a la agente, que la miraba con miedo, al otro lado de la estancia, y cerca del fuego. Llevaba el casco quitado, apenas pudo ver su rostro pero era evidente que tenía una expresión de pánico.

-No te haré daño- aseguró la imperial, permaneciendo en su sitio. Dio un par de pasos hacia ella, que igualmente retrocedió un poco, hasta dar con la pared.

-Duerme- ordenó, y la chica entonces comenzó a cabecear, quedándose dormida en segundos.

Starlight la elevó suavemente en el aire, la llevó hasta su hombro, y la depositó en el mismo. Parecía fuerte, valiente, sabía usar armas… No tenía razón alguna para sacarla a ella especialmente, simplemente le apetecía, y lo haría. No tenía que dar explicaciones ante nadie, ni pretendía darlas si llegaban a preguntarla. Ella era la líder de los Imperiales, y nada ni nadie tenía que decirle qué hacer o qué dejar de hacer. No por nada sería la emperatriz, y Seriel su emperador.

-Te espera una nueva vida, a mi lado…- en realidad ni ella entendía ese comportamiento. Pero algo dentro de ella le gritaba que la salvara.

Y había vivido lo bastante para saber que al instinto había que hacerle caso, dijera lo que dijera, pues al final, siempre llevaba la razón. Más si se era un experto en el manejo de la energía, como lo era ella. Tras cubrir su cuerpo con unas telas, salió a paso firme del edificio, y se encontró a varios adolescentes curioseando alrededor de su vehículo. No le hizo falta hacer nada, en cuanto la vieron la debieron reconocer, pues salieron corriendo como alma que llevaba el diablo, así que Starlight se limitó a acercarse a su medio de transporte.

Colocó a la joven encima del aparato, montó, se colocó el casco, y aseguró a la otra contra su propio cuerpo, colocando los brazos de ella alrededor de su cuello, como si estuvieran abrazadas. Ella entonces dio un acelerón, y comenzó a elevarse en el aire. Las monoplazas, así como las multiplazas podían moverse a ras de suelo y por el aire, pero en ese caso había que ir con cuidado para evitar bandadas de aves – en planetas salvajes como era ese – o para seguir la normativa de circulación cuando se estaba en mundos civilizados.

Decidió ir así para evitarse encontronazos indeseados, era perfectamente posible que más gente quisiera meterse donde no les llamaran y atacaran, o que se tuviera que enfrentar a más guerrilleros con deseos de sangre, o a saber con qué. Volvería cuanto antes a la seguridad de las naves imperiales, y, en cuanto descansara un poco, pondría orden ahí abajo. Zormu seguro lo sabía, tenía que estar al corriente, pero el muy capullo no quería intervenir, por a saber qué razones. Tendría que hablar con él a ver a qué estaba jugando. Al ir por el aire, por encima de los edificios, pudo ir mucho más deprisa en dirección al transportador, al que llegó tras unos pocos minutos. Los pocos soldados que había a cargo de la zona se cuadraron en cuanto la vieron, y por supuesto no dijeron nada al ver a la chica que llevaba en brazos.

-Preparad el teletransporte, y rapidito- ante esa orden, el encargado de los mandos asintió, y, cuando ella se colocó en posición, apareció ante ella la pantalla para elegir destino, y se identificó.

Ya pudiendo elegir cualquier emplazamiento, seleccionó la nave principal de la armada, y, hecho eso, fue rodeada por una fuerte luz que comenzó a girar en torno a ella. Segundos después, apareció encima del transporte que se encontraba en la nave. Con cara de pocos amigos se dirigió hacia sus estancias, que se encontraban a unos cuantos pasillos de distancia. Por ser el área de oficiales había muchos soldados defendiendo el sector, que saludaban marcialmente a la mujer, pero no le decían absolutamente nada al verla con el ceño fruncido. A paso firme, no tardó demasiado en llegar hasta su cuarto, al que entró tras posar su mano en la pantalla lateral, siendo la única manera de poder acceder a su área privada. Una vez que la puerta se abrió, ella entró, y dejó a la muchacha en su cama, la tapó con las sabanas, y salió inmediatamente. Tenía mucho que hablar con Zormu, y lo haría ahora.

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De vuelta en Alfa Leoni 1 – Asmara – una joven se miraba al espejo. Era alta, casi metro ochenta, su piel era del color de la tierra mojada con pigmentaciones blancas a lo largo del rostro, pecho, brazos, estómago y piernas. Contaba con ornamentaciones cartilaginosas en el cráneo, que formaban dos trenzas que bajaban desde sus orejas hasta el pecho, y que le servían a su especie como forma de atracción, y para comunicarse con ultrasonidos. Su cuerpo era delgado y esbelto, con largos brazos y piernas, llevaba unos pantalones cortos de deporte y una camiseta holgada blanca, con unos brazaletes de cuero en los brazos. Tenía forma humanoide, y su especie, proveniente del planeta Delta Leonis 7 – conocido popularmente como Mebara – era famosa por su facilidad para llevarse bien con casi todos. Sus manos y pies contaban con cinco falanges, y sus sentidos eran parecidos a los humanos, aunque su vista y oído eran más finos.

Ella, de nombre Dayamnelis Akidora, era una aprendiz de la Orden Xanium, y, por tanto, era una Lakios. Ese día podía graduarse, y convertirse en amazona Xanium de pleno derecho. En esos momentos, en el ejército republicano ella era coronel, si lograba su ascenso a amazona también adquiriría el puesto de General, estando en la parte más alta de la cadena de mando. Por delante sólo estarían los líderes de los Xanium, los miembros del Congreso, y el Presidente de la República. Claro que todo ese poder la haría responsable de millones de vida. Por tanto, si bien tendría mucho poder, también estaría a cargo de muchas responsabilidades, lo que compensaba las capacidades de mando que ostentaría. Aunque ya estaba acostumbrada por su puesto actual, y por el ascenso en el escalafón que había tenido en ese tiempo que duraba la guerra civil. Y aún así la mera idea le daba vértigo.

Las pruebas para el ascenso eran tres. La primera suponía derrotar a su maestro en un duelo, usando con la maestría necesaria la espada de luz, y sin usar en ningún momento sus poderes, siendo por tanto un ejercicio de puro virtuosismo con el arma. En segundo lugar, había que superar una serie de peligrosos obstáculos, para lo cual se tenía que usar los poderes aprendidos durante el entrenamiento, siendo la Energía lo único que el aspirante podía usar. El tercer y último desafío era el más duro, y en el que más Lakios caían: debían demostrar liderazgo en combate, junto a ellos irían un grupo de soldados a los que no conocían en absoluto, y debían tomar una base o posición. El problema venía cuando esos clones eran, por así decirlo, defectuosos. Indisciplinados, sin entrenamiento físico, y con poca o nula capacidad física para luchar.

En teoría con eso se demostraba, además, el valor intrínseco del aspirante, su motivación, y su capacidad de superación. En realidad era una manera de hacer cribado, pues lo habitual era que la mayoría superaran las dos primeras, y que unos pocos pudieran con la tercera. Era en cierta medida un secreto a voces el hecho de que había cierto tráfico de influencias en esta pruebas, y si bien ella quería pensar que no era así, lo cierto es que era sospechoso que los hijos de los Congresistas, así como los de los grandes empresarios y líderes planetarios siempre o casi siempre lograran ascender a la primera, y que los demás casi agotaran los intentos de los que se disponía antes de lograr el objetivo.

Ella estaba en esa situación. Estaba en el tercer y último intento, en la ocasión anterior había acabado desquiciada por culpa de la insubordinación de sus tropas, que acabaron en el suelo y con ella en solitario para tomar la plaza, lo que se consideraba como No Apto. Eso, pese a las muchas historias de Xanium que, habiendo quedado solos en primera línea, habían conquistado por su cuenta una localización importante. Eso le parecía injusto, absurdo y hasta hipócrita, pero no se podía quejar, menos ahora. Se estaba jugando acabar fuera de la Orden, esta era su última oportunidad, y nada podía fallar.

-Va… tú puedes… eres una campeona, lo vas a lograr…- murmuraba, mientras golpeaba el cristal suavemente con la frente, mirando a los ojos a su reflejo.

Aspiró hondo, cerró los ojos, y comenzó a murmurar para animarse a si misma durante unos instantes, tras lo cual, se dispuso a salir de allí. Fue directamente en dirección a la zona de pruebas, en el piso más bajo de la Gran Academia de la Orden, donde se había estado formado durante los últimos 20 años de su vida, es decir, el total. Como la mayoría de los que estaban allí, en realidad, en ese sentido no era diferente a los demás.

Los pasillos eran amplios, de piedra y mármol, en contraste con la altísima tecnología de las puertas, ascensores de carga, y armas que portaban los habitantes del edificio. Tras identificarse en el montacargas, se teletransportó hasta el pabellón de las pruebas, donde varios maestros Ekios esperaban, eran cinco en total, cada uno diferente en aspecto. Ella no les conocía, pero sin duda debían ser increíblemente sabios y poderosos.

Era un lugar muy amplio, con grandes columnas bellamente decoradas, puertas laterales en cada lado, una grada en forma de semicírculo, y, bajo el suelo, todo un sistema de engranajes para cambiar totalmente la explanada central en función de las necesidades de las pruebas. Ella se acercó hacia los grandes maestros, entre los que se encontraba aquel que le enseñó, un Xanium de Asmara, de piel negra y ojos grises, que la tomó del hombro.

-¿Estás lista?- preguntó, y ella asintió. Él tenía unas ropas parecidas a las de ella, solo que las mangas eran más largas.

-¿Cree que lo lograré, maestro?- preguntó ella, algo insegura.

Este asintió- Y en todo caso, estaré orgulloso de mi mejor alumna- ella sonrió un poco, y suspiró, algo tensa.

Su maestro la condujo hasta los Ekios, y, tras las presentaciones oportunas, ella se dirigió hacia la arena de combate, arma en mano, lista para la primera prueba. En frente, su maestro, colocado con la espada de luz en posición defensiva, esperando a que fuera ella la que atacara. Apretó su empuñadura, y se lanzó al ataque. Dio un par de pasos, y comenzó con veloces estocadas, que su maestro detenía hábilmente. Ella era tan veloz que costaba seguir el movimiento de su hoja, que se movía de lado a lado como un péndulo, en una demostración de habilidad realmente increíble. Si bien su maestro se defendía igual o incluso mejor de lo que ella atacaba, eventualmente tendría que pasar a la ofensiva, cosa que pasó a los pocos segundos, instante en el que ella colocó su arma de tal manera que estaba paralela al suelo, ya que él hizo una estocada vertical.

Sabiendo que no podría aguantar siempre esa posición, dio un salto atrás, recuperó terreno, y siguieron las estocadas. Cada uno atacaba y se protegía hábilmente, con rapidez y precisión quirúrgica, sus habilidades eran espectaculares en ambos casos. Se juntaron varias veces entre los golpes, estando frente a frente, luchando por la superioridad y por ganar el envite, pero en cuestión de fuerza física estaban empatados. En esos momentos, ella le empujaba de un fuerte golpe con los brazos, separándose de él, y le pasaba por encima de un salto, impulsándose en la espalda, y cayendo a un par de metros. Era entonces que se daba la vuelta, y, con un impulso, giraba sobre sí misma y realizaba un potente corte vertical, del que él se defendía de la misma manera que ella lo hizo en un primer lugar.

La lucha se estaba alargando demasiados minutos, y aunque a ella le hubiera encantado seguir así por horas, sabía que había un tiempo límite que, si bien no era oficial, se solía tener en cuenta para determinar si se había superado la prueba o no. Por ello, y decidida a terminar con aquello cuanto antes, haría uso de algo que llevaba entrenando las últimas semanas con su mejor amiga, Asmeya. Dio varias volteretas hacia atrás, se impulsó con las piernas, y retrocedió lo suficiente para, usando las piernas, impulsarse y realizarle un placaje a su maestro, que se sorprendió de ese gesto, logrando evitarlo al saltar sobre ella. Creyendo que podría ganarla, quiso colocar su hoja en el cuello de la joven, pero esta lo tenía todo previsto. Nada más aterrizar, se inclinó sobre si misma, hizo un barrido con los pies, y le derribó como a un saco de patatas. Victoriosa, le puso su hoja en el lateral del cuello, con la respiración algo acelerada. No se giró al oír los aplausos, claramente provenientes de los Ekios.

-Enhorabuena, Daya- murmuró su maestro, y ella le tendió la mano para ayudarle.

-A usted, señor- y le hizo una reverencia suave, a modo de reconocimiento.

Venía ahora la segunda prueba. Esta se realizaría en una de las salas laterales, teniendo ella que elegir, al azar, una de las cuatro opciones. Nunca se sabía qué se tendría delante, pues se usaba un programa que aleatorizaba escenarios entre millones de posibilidades, por lo que era imposible conocer de antemano qué habría tras cada puerta. Suspirando, y esperando tener suerte, ella se acercó a la segunda puerta a la izquierda, y entró. Sabia que estaría siendo observada en todo momento por los Maestros, que estaban tras unas pantallas de plasma, comprobando su uso sobre la Energía.

-Mierda…- aquella palabra le salió de lo más profundo.

Delante de ella tenía un entorno urbano, lleno de todo tipo de obstáculos. La idea era atravesar el escenario hasta llegar al final, y aunque en apariencia parecía sencillo, en realidad tendría muchas dificultades para hacerlo. En su primer intento, y por ir de confiada, cayó en la segunda prueba teniendo delante un entorno desértico, pues pensaba, inocentemente, que no tendría problema alguno. Cerró los ojos, se concentró, y se rodeó de su energía, de un suave tono morado, y empezó a correr. Apenas dio cuatro zancadas cuando se alzó ante ella una altísima verja de metal, y que tenía pequeñas y afiladas cuchillas cubriéndola. Tuvo entonces que usar sus poderes: en sus manos creó un par de haces de energía, y que lanzó contra el metal cortándolo, haciendo que la vaya cayera, y permitiéndole superar el obstáculo.

Siguió corriendo, y de los lados, totalmente inesperados, aparecieron dos grandes bloques de roca que la intentaron aplastar. Ella dio un salto, evitando por poco que la aplastaran, aterrizando por encima de los mismos. De la nada vio que llegaban hasta ella dos misiles de frente, a los que lanzó sendas hojas de energía, que cortaron el metal e hicieron explotar la munición de los aparatos. Evitando la honda expansiva, ella aterrizó en el suelo boca abajo, reptó un par de metros, y dio una vuelta sobre sí misma, evitando que la aplastara unos bloques de hormigón. Una sombra sobre ella que se agrandaba por momentos le indicó que llegaba un tercer bloque, por lo que ella colocó por delante las manos, y, usando toda su energía, evitó por poco quedar aplastada. Con cuidado se fue levantando, al mismo tiempo que alzaba la enorme pieza grisácea, y la lanzaba hacia el frente, rompiendo unos muros que se habían levantado ante ella.

Dio varios saltos, y corrió a toda velocidad por el intrincado laberinto que se iba formando según avanzaba, teniendo varias veces que sortear un abismo del que no hubiera podido salir ella sola. Cansada de no encontrar una salida, dio un salto, intentando sortear el muro, pero este se elevó en la misma medida que ella, por lo que estaba en la misma situación. Sin embargo, fue más inteligente que eso, y se impulsó en la pared contraria, logrando subir unos metros más, haciendo lo mismo varias veces, hasta, usando sus haces de energía, destruir la pared que le impedía seguir adelante. Estando a unos diez metros de alto, ella pudo ver la salida, estaba cerca.

-¡Allá vamos!- gritó, y dio un alto salto, con los brazos extendidos, como si fuera a volar.

De las paredes aparecieron púas, dispuestas a atravesar su piel, pero ella las rompió antes de que lograran ese objetivo, así como los disparos que le llegaban desde el suelo y el techo, de los que se defendió usando sus poderes, desviando el curso de los proyectiles lo suficiente para que no la alcanzaran. En apenas unos segundos, aterrizó justo delante de la puerta, y colocó la mano, algo sudorosa, en la placa lateral para indicar que había logrado llegar hasta allí. En ese instante, el escenario ante ella desapareció, revelando una sala totalmente blanca, y con luces y bandas a lo largo de paredes, suelo y techo. Era una sala holográfica que representaba de forma bastante realista cualquier escenario, y a ella le había tocado uno especialmente difícil.

-Buen trabajo, aspirante- la voz venía desde la megafonía, la reconocía como la de uno de los maestros Ekios.

-Gracias, señor- ella hizo una reverencia al aire.

La puerta se abrió entonces, dejándola pasar a la tercera y última prueba, la más difícil, y la que la separaba de la gloria y el éxito, o del fracaso más estrepitoso. De los próximos minutos dependía que ella lograra su objetivo, haría todo lo que estuviera en su mano para lograr superar ese examen.

-Como ya sabrá, joven- ella se giró al oír esa voz.

Era uno de los Ekios- Tiene media hora para determinar su plan de actuación con los clones que se le ha asignado, con el objetivo de tomar ese pabellón- y señaló en dirección al fondo de la sala.

Comprobó entonces Daya que ante ella tenía una especie de montaña escalonada bastante grande. Era de césped y roca, estaba bien defendida por varios robots de combate, los mismos con los que ella muchas veces había combatido en primera línea. Estos tenían forma humanoide, y una puntería tal que acertaban en blanco 99 de cada 100 disparos. Se encontraban localizados en los flancos y el centro de la ascensión, estando el estandarte, con la bandera de la República, en lo más alto. Como en la primera prueba, estaban al aire libre y con una grada en forma semicircular por detrás de la montaña, así como en sus lados, teniendo también altas columnas con dinteles en el perímetro, formando una hermosa imagen, como si fuera el escenario de una obra de teatro.

Le presentaron entonces a su batallón al mando: tres hombres y dos mujeres, canosos y con una sonrisa afable que, en cuanto la vieron, le empezaron a dar golpecitos en el hombro y riéndose a carcajadas, ajenos a la tensión que ella tenía.

-¿Cómo se supone que voy a lograr nada con… ellos?- murmuraba ella, nerviosa, mientras su maestro se hundía de hombros.

-Ya sabes, toma el pabellón, y lo habrás conseguido- le dio unos golpes en el hombro para reconfortarla, y fueron hacia el lateral, tras una pantalla de plasma, a observar su forma de actuar.

Lo primero que hizo fue observar detenidamente por dónde era mejor ir para llegar hasta la bandera, aunque los clones no lo ponían fácil, pues no paraban de parlotear y bromear. Luego, intentó explicarles el plan a seguir, pero estos estaban demasiado ocupados apostando sobre el próximo partido de aroko como para hacerle caso, lo que la desesperaba. Y cuando ella intentó explicarles que por favor se centraran, la invitaron a unirse a ellos en la timba que estaban organizando.

-¡¿Me vais a hacer caso de una puñetera vez?!- gritó, mientras agarraba a dos de ellos por la camisa.

-¡Me estoy jugando mi futuro, maldita sea, así que hacedme caso, joder!-

Uno de ellos se rio- Pero señora, si solo…- pero ella negó.

-¡Haréis lo que os diga, cuando os diga, y como os diga!, ¡¿entendido?!- chilló, a lo que ellos solo pudieron asentir.

Más calmada, les fue contando. Tres de ellos, los que tuvieran mejor puntería, permanecerían en la parte baja del montículo, tras unas rocas que ella alzaría del suelo para que se protegieran. Mientras, ella y los demás irían subiendo, acabando con los robots enemigos, hasta limpiar lo suficiente para que uno de ellos pudiera tomar la bandera. Fácil, si tuviera un equipo competente, pero… no era el caso.

-¿Lista, joven? Le queda un minuto para prepararse- avisó uno de los Ekios, y ella asintió.

Con un gesto, ordenó a todos que se colocaran en su posición, y, en cuanto trascurrió ese minuto, comenzaron los disparos, estuvieran ellos preparados o no. Empezó el fuego en cuanto sonó la alarma, y era tal su intensidad que apenas pudieron dar un par de pasos para irse moviendo. La cadencia de disparos obligó a que ella usara sus poderes para mover la barricada que usaban para defenderse, mientras los clones intentaban dar al enemigo e inutilizarlo.

-Bien, vamos a empezar con el plan, ¿listos?- preguntó, y los clones que ella había elegido, las dos chicas, asintieron.

Salieron corriendo a los laterales, lo suficientemente rápido como para que no les llegaran a dar, mientras sus compañeros las cubrían, pero sin dar en blanco ni uno sólo los disparos. Su puntería era nula, al parecer, lo que complicaba todo. Daya y una de las clones se había colocado tras unas rocas, así como la otra, que estaba frente a ellas. A unos metros por encima, la primera línea de defensa les recibió con una muralla de fuego tan intensa que apenas podrían avanzar. La única opción para ella era usar la energía, así que se centró en los dos androides, y les apretó la zona del pecho, destrozándola, y derribándoles en el proceso.

-¡Como mola la jefa!- gritó una de las clones, que se alzó de pronto y comenzó a disparar a bocajarro sin casi apuntar.

Daya se levantó y la bajó de un tirón, evitando que los androides de combate enemigos la acribillaran a disparos.

-¿¡Estas loca!?- le gritó sin entender ella, pero la mujer se hundió de hombros.

-Un poco- reconoció, y entonces se le acercó un poco.

-Oiga… use sus poderes para tomar esa maldita bandera, y gane esta misión- esa vez habló muy seria.

Dayamnelis la miró sorprendida. En realidad… la misión era tomar la bandera, nadie había dicho nada sobre tomar la parte más alta de la montaña. Apurando, sacó un poco la cabeza por encima de la roca tras la que estaban, localizando el estandarte, y se concentró en el. Usando su energía, logró levantarlo, y lo atrajo volando hacia ella, mientras los disparos enemigos no cesaban. En cuanto estuvo delante de ella, tomó el estandarte, y victoriosa, lo comenzó a mover de lado a lado, gritando, así como los clones, que lo celebraban como si fuera cosa de ellos.

Segundos más tarde las hostilidades cesaron, los androides se retiraron, y ella, junto a sus soldados, bajó hasta donde los Ekios esperaban. Estos se acercaron, y, tras una suave reverencia, ella esperó intranquila el veredicto de los Maestros, que cuchicheaban entre ellos. Los clones, en cambio, estaban la mar de tranquilos, y en sus miradas se atisbaba la satisfacción del trabajo bien hecho.

-Desde luego, ha sido una formula… curiosa, de lograr el objetivo. Bien hecho, joven- ella puso una expresión de sorpresa, para luego sonreír.

-¿He… he pasado la prueba, señor?- preguntó, y su maestro asintió.

-Enhorabuena, Amazona Akidora, ha logrado su graduación- la saludó con una pequeña reverencia.

-Gracias, maestro- tras felicitarla, y sin más bombo, los grandes Maestros salieron de allí.

En cuanto se quedó ella sola con los clones, comenzó a festejarlo como se merecía. Dio saltos de alegría, gritó y se abrazó a todos ellos, como si fueran amigos de siempre, besándoles incluso en la mejilla, afectuosamente. Estos se dejaron hacer, sabiendo que era un momento importante para ella. La clon que le contó el secreto fue la última en recibir su efusividad, con una suave sonrisa.

-Muchas gracias…- murmuro, y la otra le acarició la cabeza mientras se abrazaban, afectuosamente.

-De nada. Eres la primera que se ha preocupado por nosotros en los dos años que llevamos aquí, creo… que merecías una ayudita- le guiñó un ojo entonces.

-Somos buenos actores, ¿eh?- preguntó otro, y ella le miró con sorpresa.

-¿Estabais actuando?- preguntó, y todos asintieron,

-¡Claro! A ver, somos algo anárquicos y malos apuntando, pero nuestra misión es poner de los nervios a los aspirantes, para saber si pueden tener la sangre fría y la capacidad de decisión necesaria- explicó uno de los hombres.

Ella sonrió, y, en señal de respeto, se cuadró ante ellos- Ha sido un honor, soldados. Gracias por combatir conmigo- ella habló sinceramente, se le notaba en el rostro.

Ellos, a modo de respuesta, también hicieron el saludo militar, y la observaron partir, convertida en toda una amazona. Esperaban que pudiera servir con honor en el frente, era lo mejor que podría pasarle. Por su parte, ella no estaba dispuesta a dejarles acabar sus días en esa situación, quería darles el final heroico que se merecían, en el campo de batalla, luchando junto a ella por la República… sí, eso sería el mejor regalo que pudiera darles ella, a modo de agradecimiento. Ser hermanos de combate sería un honor para ella, que no sólo había cambiado de rango, también la visión que de los clones tenía.

-Tengo que avisar a Asme, seguro que alucina…- murmuró, sonriendo victoriosa, según salía de las instalaciones, pensando en qué ponerse para la celebración de esa noche, cuando la ascendieran a General de la República.

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Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.