Código Galaxy
Capítulo 34
Hace dos años, Base de la República en Asmara
La actividad comenzaba desde bien temprano en la sección de los clones; Arena en esos momentos les daba una buena arenga a sus compañeros, colocados en círculo y abrazados por las espaldas, de tal forma que sus cabezas quedaban en el centro. Participaban ella, Luz, Pan, Llovizna y Sastre. Ellos eran la Hornada 104.258, la mejor coordinada y trabajada de todos hasta ahora, y ese día iban a demostrar a todos el por qué: tras superar un examen práctico serían elegidos por un Xanium de la República para luchar en el frente. No se podían imaginar mayor honor, por eso la líder, Arena, los miraba con cierto orgullo.
-¡Vamos a demostrar lo que somos capaces! -gritaba- ¡Vamos a ganar, y seremos recordados como el mejor escuadrón! ¡¿Oído?!
-¡Señora, sí señora! -respondieron- ¡Au, au, au!
Y tras eso, se separaron y se prepararon mentalmente para lo que venía. Ahora que habían desayunado en la cantina tenían un par de horas antes de que comenzara la prueba, que al final siempre era la misma pero muy exigente a nivel físico; no cualquier clon era capaz de superarla, y aquellos que no podían simplemente terminaban sus vidas en trabajos menores como mecánicos, auxiliares de laboratorio o de armamento, instructores… en general trabajos poco cualificados, esperaban sinceramente no tener que acabar de esa manera.
Se encontraban en esos momentos en la planta donde tenían sus cuartos. Si se subía por el ascensor cuántico se llegaba eventualmente hasta la nave en la que se desarrollaban las pruebas que ellos mismos tendrían que superar. Serían observados por varios examinadores, un grupo de funcionarios que medirían sus aptitudes y un par de Xaniums que controlarían sobre la decisión, para que esta fuera lo más objetiva posible.
Y pese a llevarlas muy preparadas, estaban ciertamente nerviosos; contrario que sus superiores, que tenían tres intentos, ellos sólo tenían uno, por lo tanto tenían necesariamente que aprobar a la primera. La presión en ese sentido era alta aunque estaban preparados para ello, y aún así, sabían que igualmente sufrirían y se pondrían nerviosos llegado el momento. Dos de sus compañeros, Cubo y Naipe, habían sido asignados junto al resto de su grupo al gran Seriel Kimara hace menos de una semana, por lo que se alegraron muchísimo… y ahora les tocaba a ellos.
-¿Tienen que venir a buscarnos o algo?
A la pregunta de Llovizna, el resto se encogió de hombros. Ella era una de las chicas del grupo, junto a Arena y Luz.
-Ni idea, seguramente tengamos que ir nosotros, ¿sabemos la sala, al menos?
-Eso es algo que sale en las pantallas, Sastre -le respondió Pan-. Eso tengo entendido, al menos…
Los demás asintieron, despacio. Esos eran detalles menores pero importantes igualmente, así que debían tenerlos claros. Ese rato entre el presente y el examen lo dedicarían a relajar sus mentes, o al menos intentarlo de alguna manera. De hecho Luz, en lugar de quedarse con sus compañeros, fue hacia el exterior para despejarse un poco y airear su mente. Según montó en el ascensor el resto se desperdigó por las instalaciones para, durante esos minutos previos, templar sus nervios dentro de lo posible.
Tras salir al aire libre, la chica se sentó en un área de césped y contempló los bellos edificios cercanos, pensativa y sumida en su mente. Notaba un suave calor fluir por su cuerpo mientras uno de los soles se alzaba por el horizonte, ella no podía verlo por ser detenido por las construcciones que la rodeaban, pero la creciente claridad delataba aquel evento. Suspiró pesadamente, le gustaba el olor de la hierva mojada y el frescor del amanecer, la relajaban.
-¡Buenos días, compañera!
Ella se giró, por allí rondaba otro clon. Vestido con prendas largas fluorescentes, portaba una carretilla cargada de herramientas con las que trabajaba el césped de aquellos parques, así que ella, como siempre, se levantó del tirón, nerviosa.
-L-Lo siento, señor.
-No, no, quédate sentada -le pidió él-. Y no me llames señor, sino Prima.
Ella le miró, y le sonrió un poco. Él era de los primeros de los suyos, su hornada, de hecho, no pasaba de los tres dígitos. Cojeaba suavemente y caminaba con un poco de dificultad, pero esos trabajos los podía hacer. Las mutaciones en ellos, aunque poco habituales, solían suceder por ser tantos y tantos los que nacían; era una cuestión de estadística, más que otra cosa. Era lo bastante autosuficiente, también, para esas cosas… y bastante respetado por todos sus congéneres, incluida por supuesto, Luz.
La muchacha contempló cómo trabajaba con diligencia y rapidez. No entendía qué podría haber pasado para que alguien, aparentemente sano, no pudiera superar esas pruebas… tenía cierto miedo sobre eso, pero confiaba en sus habilidades, y en la de los demás, para alcanzar el objetivo. Pensando en ello salió de allí y se dirigió de vuelta a donde estaban los demás, Prima la miró de reojo y suspiró pesadamente; se planteó darle un aviso, pero precisamente estaban pasando un grupo de oficiales y decidió callar. Apretó el mango de la escoba que portaba y contuvo el gesto, limitándose a seguir limpiando sin más.
Luz no se dio cuenta de todo ello y volvió con su grupo, los vio repasando un poco las armas y sus equipos, charlando entre ellos y, simplemente, esperando el momento. Llegó con Arena, que ultimaba su arma de luz con Pan. Este último las había desmontado y limpiado por dentro con unos pinceles de pelos sintéticos; Luz también se puso a ello, mientras la líder del equipo se limitó a observar el proceso, para luego ir con los demás.
Llovizna y Sastre, por su lado, habían terminado de preparar unas pinturas para colocarse en la piel, pensando ya cuando superaran aquello. La idea la tuvieron días antes, no sabían de dónde venía, pero le había sido muy interesante a Arena, por lo que dio el permiso a ello. Cuando ganaran, se pondrían esas pinturas para celebrar aquello como correspondía. Y según terminaron con aquello, se dirigieron ya hacia la sala donde se desarrollaría la prueba… la suerte estaba echada. Nadie les miraba avanzar por el pasillo en silencio y desapareció en el aire como si nunca hubiera estado allí.
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Eventualmente pasaron por la puerta y llegaron a una gran sala blanca. Había zonas marcadas con luces en las que se desarrollarían grandes bloques que servirían muy probablemente, al menos algunas de ellas, como obstáculos que tendrían que superar. Allí se podían formar múltiples escenarios de todo tipo: áreas urbanas, boscosas, zonas muy abiertas como desiertos fríos o cálidos… en definitiva, se podían esperar cualquier cosa de aquello. Y eso les ponía nerviosos, pero también era un reto mayor que si ya supieran qué les deparaba.
Se posicionaron en un área concreta, previamente marcada por unos láseres. Eran observados por el grupo de examinadores que les pondrían la nota; en uno de los ordenadores trabajaba uno de los oficiales, que tecleaba rápidamente para ponerles la, probablemente, prueba más dura existente pero que sabían que esa era la única. Y, además, querían poner a prueba algo que habían visto en todo ese tiempo, de ahí que hubiera un par de Xanium bien armados. Por si necesitaban intervenir en cualquier momento.
-Buenos días, Escuadrón 104.258 -se escuchaba por megafonía la voz de la oficial-. Vuestra prueba va a comenzar, por favor, estén atentos y sigan las instrucciones.
Todos ellos se quedaron en su sitio, expectantes y con las armas preparadas. Unos veinte segundos más tarde, en torno a ellos se alzaron varias paredes de energía; encontraron que era un entorno abierto, con muchas barricadas aquí y allá, pero en un área en apariencia rural. Al fondo había una bandera amarilla, y también un grupo de soldados protegiéndolas. Al lado de ellos se generó también una camilla portátil y un puntero rojo apareció en el pecho de Sastre.
-La prueba consistirá en llevar a su compañero más allá de las filas enemigas, deberán llegar cuantos más mejor… tienen dos horas para superar la prueba.
Apareció en la camilla un cuerpo de un clon con bastantes heridas, pero en apariencia vivo. Se tensaron un poco, en ese momento sonó la alarma y vieron a los contrarios moverse a buen ritmo así que ellos hicieron eso mismo. Entre Pan y Llovizna tomaron la camilla y cargaron con ella rápidamente, llegando en una breve carrera hasta las cercanías de la primera línea de barricadas. Allí se colocaron de espaldas y bien armados, los dos cargadores se colocaron de tal manera que interponían sus escudos de energía, pues en el momento comenzaron a caer una gran lluvia de láseres en ese momento.
Sus compañeros se colocaron de tal forma que comenzaron a disparar a quemarropa hacia el frente, de donde venían muchos de esos disparos. Fue entonces que, en un acto de valentía, Arena miró al resto y asintió; comenzó a correr a toda velocidad tras salvar la barricada, y en unos pocos segundos recorrió los cincuenta metros que les separaba. La sorpresa fue grande al comprobar los contrarios cómo ella se colocaba ante ellos y podía abrir fuego, pero se abalanzaron sobre ella; a la vez, el resto corrió detrás de su líder, aprovechando el descontrol de ese momento y colocándose frente a ellos todo lo rápido que podían; como su compañera, se colocaron frente a ellos y pudieron reducirles. Aquel movimiento, por supuesto, llamó la atención de todos los Xanium presentes, que se miraron de reojo entre ellos.
Con un asentimiento general, comprendieron que era el momento. Los clones, mientras, estaban haciendo un pasillo para que Pan y Llovizna pudieran pasar, ahora que todo había sido limpiado de cualquier enemigo. Estaban atentos y miraban en múltiples direcciones para ver venir cualquier peligro, hasta que aparecieron los Xanium. Pensando que estaban allí para vigilar más de cerca no les hicieron caso, y sin embargo, se lanzaron a por ellos como si fueran unos animales hambrientos. Enarbolaron sus espadas de luz para cortar sus armas, los clones se dieron cuenta tarde de la emboscada y sólo pudieron llevar sus armas contra ellos unos segundos antes de verse desarmados por un fuerte tirón de energía.
Se defendieron, entonces, con sus propias manos y se tiraron contra ellos, pero los Xanium eran más veloces y, simplemente, lograron derribarles contra el suelo. No entendiendo nada, intentaron liberarse antes de que les colocaran unas esposas en las manos; rodeados de una suave energía, mandaron a volar a sus captores y recuperaron un par de sus armas, que dispararon como pudieron hacia el enemigo. Si bien ellos interponían sus espadas de luz, la velocidad de la cadencia de disparo les sorprendió y, en cierta medida, les daba miedo por sus habilidades fuera de lo normal. Uno de los Xaniums hizo un suave gesto con su cabeza, y uno de sus compañeros corrió a súper velocidad para placar a Arena, que cayó a varios metros, adolorida; sus compañeros, como ellos vieron venir, se colocaron frente a ella y crearon una suerte de escudo, literal y figurado pues se formó una fina pared de energía; esta detuvo los primeros disparos, sin embargo, no pudieron con todas y eventualmente calló. Aun así ganaron el suficiente rato para poder salir corriendo e intentar acercarse más hacia la zona de seguridad, pensando que aquello era una prueba más de aquel examen.
Los Xanium, en cambio, decidieron que era el momento de hacer una pinza; se adelantó uno hacia el frente y se interpuso en el camino de ellos, que iban corriendo. Detrás estaban los otros dos, así que les atacaron por retaguardia y delantera también. Usando sus espadas de luz les llevaron a un área cada vez más pequeña; en un intercambio de disparos, sin embargo, Arena recibió uno de los láseres desviados de sus compañeros, que intentaron volver a hacer una pared pero fallaron en el momento en que, entre los tres Xanium, les arrebataron sus armas con fuertes tirones. Aparecieron un grupo de clones que encañonaron a sus compañeros, que comprendieron ese momento que estaban siendo arrestados en directo.
Colocaron sus manos tras la espalda, así como estaban, de rodillas. Una vez esposados, se levantaron a regañadientes y les llevaron a trompicones hacia un lateral para sacarles de allí. Su destino lo desconocían, igual que las razones de todo aquello… simplemente, no entendían qué había pasado o por qué les sacaban de allí. Todos permanecían en un sepulcral silencio que les ponía los vellos de punta, hasta que les sacaron hacia uno de los pasillos, que se dividieron; cada clon fue llevado por separado a una sala diferente, incluso en diferentes plantas pero se podían sentir igualmente pese a la distancia.
-¡Compañero, por favor, respóndeme! -chillaba Arena, nerviosa- ¡Sé que también eres un clon, joder, dime algo!
Pero este permanecía impertérrito. La habían colocado en una silla de cuero con finas cuerdas de energía, estaban ellos dos y desde hacía poco un equipo médico parecía estar haciendo cosas con diferentes máquinas. Ella, para su alivio, había reconocido varias de ellas y querían ver en su cabeza, pero nada más; nada de perforar o similar, eso la calmaba. Pero no le gustaba no ser atendida, y la ansiedad iba a más con el pasar de los minutos, hasta que una de las médicos se le acercó. La reconoció de inmediato como una Xanium, pero no fue del equipo que la llevó hasta allí.
-Soy la doctora Aurorameria Asgerión, amazona de la República y doctora en ejercicio -se presentó ella-. Mis… compañeros han sido algo bruscos, ¿entiendes por qué estás aquí? (1)
-N-no, mi general…
-Aquí no soy general, soy doctora -le rectificó-. Verás, has… demostrado, tú y tus compañeros, unas habilidades insólitas entre los clones, y queremos estudiarlo.
Arena asintió, despacio.
-¿Es malo?
-En teoría no… -comentó la otra- Estáis sanos todos, pero tenéis poderes como nosotros, lo cual no debería pasar, vuestro código genético está codificado y no admite mutaciones… pero ahí están.
-¿Qué nos haréis, entonces?
Arena miraba al frente, no se atrevía a contemplar a su superior. Esta, consciente, ordenó a todos salir de allí con un gesto y desabrochó la silla. Con un cabeceo le indicó ir hasta la máquina de análisis, en la que se tumbó.
-Te haré un mapa cerebral, los poderes vienen de las conexiones y las compararemos entre sí, a ver qué sale, ¿vale? -la aludida suspiró-. Sé que hará mucho ruido, pero no te asustes, todo acabará rápido.
Una suave sonrisa de Aurorameria calmó a Arena, que se limitó a cruzar las manos en sus caderas. El aparato la colocó justo debajo de un gran sensor, que dio vueltas en torno a ella y un haz de luz verde iba de aquí para allá, analizando su cuerpo. Al lado de la pantalla, la doctora observaba en silencio y suspiró un poco, vio exactamente lo mismo que cuando analizaba a alguien con poderes, pero incluso más. Parecían tener rastros de todos ellos en sus cerebros, pero no eran las estructuras completas; sin embargo, sus compañeros de profesión, mientras analizaban al resto, encontraron las diferentes partes en el resto de clones que formaban el grupo, de tal forma que, en conjunto, era como si pudieran usar todos los poderes al mismo tiempo, pero necesitaban estar todos juntos.
La razón la desconocían, tendrían que aprender de ellos pero tenía pinta de ser una cuestión hormonal. Algo que resonara en sus cuerpos de tal manera que les permitía interaccionar con el entorno, pero igualmente, ¿cómo había nacido algo así? Todos los clones eran generados a partir de una misma base, que se iba perfeccionando con el pasar de las generaciones; una muestra que, cada vez que se modificaba, era aplicada en los ordenadores para saber cuáles serían las posibles consecuencias de dichos cambios. Claramente con ellos eso había fallado, pero a saber en qué punto, tomaría demasiado tiempo analizar la línea completa… y puede también que fuera una reacción al entorno. En definitiva, demasiadas opciones estaban sobre la mesa.
Aurorameria se limitó a hacer las pruebas hasta el final, y cuando terminaron pulsó el correspondiente botón para que el aparato parara; la cama en la que ella reposaba salió y se pudo incorporar, algo mareada, y miró a la mujer. Escribía en una tablet, pensativa, aunque le indicó con un gesto que se mantuviera sentada. En un momento dado, vinculó su aparato con una de las pantallas de las paredes, y le mostró un escaneado conjunto de sus cerebros para tener una muestra visual de lo que ella ya había entendido antes. Además, se incorporaron sus espinas dorsales y los ramales que llegaban a las extremidades.
-Bien, efectivamente podéis usar los poderes Xanium… -murmuró la doctora- Los tenéis presentes entre todos, es como si fuerais un conjunto… ¿Habéis podido usarlos todos?
-Pues… -Arena estaba algo nerviosa, se sentía encerrada- A ver, nos gusta usarlos en combate, pe-pensábamos que…
Aurorameria le colocó la mano sobre las de ella para calmarla, apretando suavemente.
-Tú sólo di la verdad -pidió-. Quiero ayudarte.
-Sí, usamos casi todos -reconoció-. Salvo transportación, que es demasiado… complicado.
La otra asintió, así que tomó sus cosas y procedió a escribir un poco antes de seguir hablando con ella. Sin embargo, a la otra la información le entraba por un oído y le salía por el otro, no se estaba enterando de nada hasta que la doctora se levantó y tiró de ella suavemente para que también se levantara.
-¿Estás bien, Arena?
-¿Eh? Sí, sí… -murmuró- Lo siento, no estoy en mi mejor momento.
-Ya lo veo… -murmuró Aurorameria- Ahora os pondremos en aislamiento y se decidirá sobre vosotros, ¿vale? Descansad.
-¿Podremos… ir al frente?
La otra se había alejado algo para abrir la puerta, así que giró sobre sí misma y contempló a la otra unos segundos antes de responder.
-¿Sinceramente? -como Arena asintió, ella suspiró un poco- Lo… dudo mucho.
Eso entristeció a la otra muchísimo, pero no lo llegó a mostrar. Se limitó a bajar la cabeza y se dejó guiar, fuera esperaban varios clones bien armados. Le colocaron unas esposas de energía y la llevaron hasta una zona de celdas, mientras Aurorameria era conducida hacia una sala de juntas a mitad de altura del edificio donde estaban. Subieron hasta la planta que correspondía y llegó hasta la sala, a la que entró; allí ya estaban los Xaniums que detuvieron a los clones y uno de sus compañeros médicos, así como varios generales más en diversas pantallas… haciendo cuentas, la otra comprendió de lo que se trataba aquello y suspiró, comprendiendo entonces por qué la llamaban para estar lista para una emergencia ese día precisamente, cuando hacía dos meses que no le decían nada al respeto.
Querían hacer un tribunal militar disfrazado de decisión médica, y eso no le gustaba… pero lo comprendía, así que se sentó en una de las sillas y se limitó a revisar sus notas. El resto de sus compañeros fueron llegando y se sentaron en los huecos preparados para ello; en ese momento comenzó la reunión, y los peores temores de ella se confirmaron.
-Hay que hacer algo con esos clones, eso es evidente -comentaba uno de los generales en pantalla-. Yo propongo sacrificarlos y dejarlos en secreto, llevarlos a primera línea y en una situación suicida.
El resto se miró y asintió con cierto interés. Fue entonces que uno de sus compañeros alzó la mano para poder hablar.
-No será necesario, creo que podemos aprender de ellos -comentó-. Sólo juntos pueden usar sus poderes, con el reseteo adecuado en sus mentes no recordarán nada y, estando lejos unos de otros, podemos… tener cobayas interesantes.
No era lo mejor, pero desde luego sí era mejor que la muerte.
-Ahora que pienso, es posible que en el Imperio haya sucedido algo así -habló el mismo general que antes-. Si ellos están afectados también… podríamos llegar a un acuerdo bajo cuerda.
No era algo que se dijera abiertamente porque no estaba bien visto, pero los clones no eran visto como iguales fuera del ejército; e incluso dentro, los había que los consideraban formas de vida de segunda categoría. Seres creados por y para la batalla, diseñados para morir en combate y, por tanto, sujetos merecedores de menos derechos que los demás. Era una visión hasta lógica si se contemplaba desde cierta perspectiva, pero los había que querían que tuvieran las mismas consideraciones que los demás, pero era realmente complicado. Aurorameria se limitó a asentir, esa decisión, aunque dura, sin duda era más humanitaria que llevarles a morir a cualquier sitio. Su destino de haber sido normales, de todas formas, sería ese mismo así que… puede que incluso tuvieran suerte.
Y si la República podía llegar a temblar sobre sus propios cimientos, al Imperio le pasaba igual. Era un problema social, además, seres vivos de segunda con las habilidades de los mejores de cada generación del grupo más importante y de los más apreciados por la sociedad galáctica… sí, sin dudas podía llegar a ser problemático. No es que los Xaniums tuvieran privilegios, precisamente, pero eran muy queridos, y aquello podría sr visto como equiparar a los clones con sus superiores en rango. A Aurorameria le hacía gracia esa dicotomía y era, ciertamente, hipócrita que aquellos que más hablaban de igualdad fueran, a la postre, los que más separaban a la población. Al final el Imperio sufría de más o menos de los mismos males, pero los ocultaban detrás de un aura de cierta superioridad moral que, simplemente, habían replicado de los republicanos.
La doctora suspiró un poco y se cruzó de brazos mientras decidían, como ella había pensado era sólo una puesta en escena dado que la decisión estaba tomada… Se rascó un poco el cuello, pensativa, y se limitó a emitir su voto. En cuanto terminaran iría a tomarse algo a la cantina, estaba segura que el resto del día no tendría que hacer nada, por lo que podía estar bebiendo allí abajo con sus amistades sin peligro.
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Las horas pasaban y los diferentes clones, cada uno encerrado en un sitio diferente, esperaban pacientemente por lo que el destino les deparara… al principio. Según pasaba el tiempo, y no teniendo ningún tipo de referencia, se iban agobiando poco a poco y, acelerados, incluso rompían a sudar en algún momento. Comenzaron a andar en círculos en el cubículo, vigilados en todo momento por cámaras de seguridad y un grupo de clones… que cierta pena sentían por sus compañeros. Desconocían qué habría pasado, pero esas celdas estaban pensadas para, precisamente, desestabilizar a cualquiera que entrara a ellas. No tenían ni una mota diferenciadora más allá de la puerta, así que no había nada en lo que centrarse o poder pensar; ni siquiera alguna referencia, nada, eran ellos y sus mentes.
Y gente como ellos, nada acostumbradas a estar a solas con sus cabezas, era simplemente insoportable. No tenían nada que hacer y querían saber su destino ya, pero nada, aparentemente, se estaba decidiendo sobre ello. Puede… que simplemente fuera un castigo temporal y que al día siguiente pudieran seguir la prueba. Querían pensar en ello, pues la otra opción era demasiado desgarradora. Arena miraba en silencio la puerta, con las manos tras la espalda, muy concentrada hacia el frente… una idea loca crecía en su mente, pero no sabía si era buena o las consecuencias que pudiera tener, y le daba miedo. Puede que, incluso, fuera perjudicial para los demás, pero… ¿y si salía mal? Nunca lo habían intentado…
-¿Vosotros… qué haríais?
No podía escucharles, obviamente; ni podían leerse las mentes mutuamente, pero sí que podía sentir su miedo, su frustración… notaba su odio, su molestia y la ira, en su piel corrió el deseo de libertad, y, simplemente, desapareció en el aire en una bolita que placó la puerta y la atravesó; apareciendo de nuevo en el pasillo, impresionada. No tardaron sus compañeros clones en aparecer, sorprendidos, por el pasillo; pretendieron apuntar hacia ella, pero no fueron capaces de disparar en ningún momento, lo que demostraba la razón por la que estaban allí. Eran incapaces de disparar a otro como ellos, lo que les impedía participar en una guerra en la que, al final, los enemigos eran sus hermanos y hermanas.
Arena no se paró a pensar en ello y corrió por los pasillos en busca del resto, que debieron tener la misma idea, pues las alarmas resonaron por todas partes. Era todo bastante angosto, pero ella era lo bastante ágil para poder moverse con facilidad, y gracias a que los guardias no disparaban pudo llegar con facilidad hasta el ascensor cuántico. Si les conocía bien, evitarían ir a lugares intrincados, como el interior del edificio, y apostarían por espacios amplios… lo que implicaba ir a la zona de parques de la planta baja, así que allí que fue. Instantes después ya estaba recorriendo los caminos de tierra antes de dar con Sastre, uniéndose los demás al minuto, aunque tras ellos iban multitud de clones que, ahora sí, disparaban.
Cayeron en la emboscada, por supuesto, pero por suerte para ellos, no eran disparos letales. En pocos segundos acabaron abatidos y en el suelo, siendo llevados por separados cada uno a un lugar diferente, esa vez aún más lejos, y es Aurorameria entendió su reacción pero, esa vez, no podría protegerles. Ya teniendo los datos de sus cerebros y sistemas nerviosos no necesitaban demasiado más, aunque sí sería interesante ver cual es su evolución… por separado. Y para poder hacer algo así, en clones que claramente no llevaban bien cumplir normas que no compartían o que sentían injustas, necesitarían de… por así decirlo, reconfigurar sus mentes.
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Concretamente tuvo el encargo de "arreglar" a Arena, y con una información muy precisa. Cuando se la llevaron había sido sedada y en camilla, estaba bastante apagada pero parecía muy tranquila, como una niña pequeña soñando con su propio mundo. No pudo evitar no tocarle el pelo, ligeramente largo y sedoso, habían pasado un par de horas desde el incidente. El informe que traían con ella sus compañeros era demoledor, pero mentiría si dijera que no lo entendía. Mandarían a algunos al Imperio, y ellos mismos recibirían a varios de ellos también, en un intercambio de clones "defectuosos", y que compartían este mismo mal.
-Cuando se quiere, qué rápido se ponen de acuerdo… -murmuró- Ojalá lo hicieran en todo…
Junto con la orden, también recibió la correspondiente carta de traslado. Sabía demasiado, así que iría al área de cuarentena cuando pasaran un par de meses, para, de esta manera, no llamar atenciones indeseadas. Dejó los papeles a un lado y se limitó a rebuscar en un armario cercano y sacó instrumental, concretamente una especie de casco con cableado a lo largo de su superficie y varias jeringuillas con líquido ya preparadas para ser suministrada. Una vez las inoculó en una vía que tenía preparada al efecto, suspiró un poco y le colocó el casco con cuidado, que conectó a la máquina principal de resonancia. Preparada, la puso en marcha y se alejó un par de pasos mientras leía por encima de nuevo el informe, algo entristecida.
Estaba ensimismada cuando llegó uno de los clones, que se quedó quieto unos segundos antes de decir nada, aunque rápidamente se dirigió hacia Aurorameria, que le miró de reojo con cierto interés. Dándose cuenta de se había percatado de la presencia de Arena, le sonrió un poco y esperó a que hablara, así que el clon comenzó a hablar.
-Mi general, me avisaron que mandó llamar.
-Sí, así es -murmuró-. Cubo, hiciste muy bien tus pruebas, ahora… Me gustaría pedirte un favor.
-Lo que sea, mi general -se cuadró, como siempre hacía, sin quitarse el casco-. A su servicio, como siempre.
La aludida le sonrió un poco, antes de mirar una vez más a Arena. El programa iba avanzando despacio, así que tenía tiempo…
-Ella es Arena, creo que la conoces, ¿verdad?
-Sí, así es -comentó-. ¿Le sucede algo? No… no superó las pruebas, ¿verdad?
-Ni siquiera las pudieron completar, no te puedo dar demasiados detalles, pero… -se levantó entonces, y miró al otro- Digamos que… ellos pensarán que son defectuosos, me gustaría que, dentro de lo posible, la tengas vigilada y me informes de sus movimientos, ¿vale? Me gustaría llevar a cabo una investigación.
-¿Es un programa de la República, mi general?
-Algo así -le respondió-. Ya sabes cómo son a veces los científicos, con todas esas milongas sobre ética y moral, ¿verdad?
Una suave risa salió de ambos, y el clon se limitó a hacer el saludo marcial, acataría la orden como siempre hacía.
-¿Algo más?
-Sí, de esto… no le hables a nadie, ¿entendido?
Al clon le costó asentir, por nada era alguien que seguía las normas a rajatabla y nunca se las saltaba… pero ella era una superior, y su general durante su formación, por lo tanto, no podía fallar en esa misión, que llevaría a cabo con la diligencia de siempre.
-Entendido.
-Puedes marcharte, entonces.
-Mi general, una última cosa -comentó este, ella le miró con interés-. ¿Cada cuanto tiempo querrá los informes?
-Una vez al trimestre estará bien -murmuró-. ¿Qué tal está Naipe, por cierto?
-Bien, como siempre, estaba antes engañando a un par de alférez para jugar con ella a las cartas…
Aurorameria se rio un poco, y dejó ir al otro. Sin embargo rápidamente se acordó de lo que tenía entre manos, así que posó su vita en la clon nuevamente, y se limitó a guardar su sueño de brazos cruzados, deseando que aquello no hubiera pasado nunca…
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Los días pasaron, y Luz no llegó a despertar hasta un par de jornadas después del incidente. Estaba algo atontada pero rápidamente reconoció el sitio donde estaba, y suspiró un poco… ser conserje en Delta Escorpi 8 no era lo que ella hubiera esperado de su vida, pero era mejor que pegar tiros en el frente, o eso se decía a sí misma para animare un poco. Se notaba cansada esa jornada, pero lo achacó a que el día anterior se tuvo que quedar hasta tarde recogiendo en uno de los hangares que ella tenía asignados.
Estaba recostada en su catre pero se levantó con cuidado y, como un androide, se dirigió hacia la cantina para desayunar y ponerse el mono de trabajo para realizar sus labores. El horario era siempre el mismo y sus tareas repetitivas en buena medida, aunque era lo que se había ganado por no lograr superar las pruebas un par de meses antes… le dolía la cabeza según intentaba recordar ese momento, pero no era capaz, sí que debió ser malo para no ser capaz de rememorarlo… La base en la que estaba era una con poca actividad, relegada a ser más un trastero que un lugar boyante y a pleno rendimiento, pero no era mal destino, al menos estaba en un planeta por el que podía pasear.
Ya en la cantina tomó una de las bandejas y se comenzó a servir con aquello que deseaba, sin percatarse de algunas miradas de sus compañeros, que, sabedores, tenían la orden de no decir nada a la clon relacionado con nada de lo sucedido… tampoco es que pudieran dar información alguna ya que esta era secreto de estado, pero la advertencia estaba ahí igualmente. Luz, en cualquier caso, se sentó en un de las mesas y comenzó a desayunar tan tranquila, sin pensar o recordar nada de su antigua vida y, simplemente, pensando en lo que le deparaba aquella jornada que no se le hacía nada novedosa…
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La suerte de Arena no fue especialmente diferente, pero ella sí se quedó en la República, ni cambió de edificio en el que trabajaba pues querían ver cómo reaccionaba a los mismos estímulos ahora que habían alterado sus recuerdos y, en cierta medida, percepción del entorno en el que vivía desde su nacimiento. Pero en lugar de estar de conserje, permanecía de guardia en las mismas celdas en las que permaneció ella y el resto de su hornada días antes, pero lógicamente no se acordaba de absolutamente nada al respecto.
Al contrario que su compañera, ella sí estaba en pie al día siguiente. Ayudaba que no tuviera que viajar una larga distancia a través del espacio, así que no había tanta anestesia recorriendo su cuerpo y se había recuperado en poco tiempo, que fue aprovechado para alterar los registros de las cámaras y aportar una carpeta secreta a su expediente a la que sólo se podía acceder con las credenciales adecuadas como oficial de alto rango en el ejército. Al final aquel era un secreto bastante oscuro y peligroso que debía mantenerse, precisamente, oculto y fuera de la circulación del conocimiento general.
El brazo le ardía suavemente por culpa de la retirada del tatuaje que tenía en el brazo con el número de su escuadrón, precisamente para evitar que investigara en un futuro. Ella, como la líder antigua, era la más inteligente de todos y, por supuesto, la más audaz y con capacidad para poder descubrir la realidad… cosa que no se podía permitir, por supuesto. En cualquier caso salió de su cuartito habilitado de la planta para el personal y fue hacia el puesto de trabajo, una mesa con una silla y un par de ordenadores desde los que realizar sus labores. Era por turnos y debía estar vigilante en todo momento durante el mismo, pero en ese momento no tenía a nadie allí así que podía relajarse algo más, lo cual agradecía, extrañamente se sentía más cansada de lo que recordaba estar, pero lo compensaría comiendo bien para aliviar el hambre.
Como siempre ya tenía preparado el cuenco con la fruta, los frutos secos, agua y zumo de frutas locales, así que comió tranquilamente con una radio de fondo. En cuanto terminara bajaría al parque cercano y metería los pies en la tierra como casi siempre hacía, le encantaba la sensación y le gustaba sentir el césped y la arena en las plantas de los pies. Mientras estaba en ello se rascó algo la cabeza, pensativa, y miró en concreto a una de las celdas… es verdad, tenían que ir a arreglarla, al parecer se estropeó en el turno anterior, así que tenían que ir un par de operarios a hacer los apaños oportunos.
-Esas puertas son de plasma… ¿cómo se habrán roto?
Pero no era algo que le incumbiera, razonó, así que se limitó a seguir con sus tareas: encendió el ordenador y siguió comiendo, cuando acabara acercaría la bandeja a la salida. Una vez la dejara en una mesita volvería a su puesto a, básicamente, aburrirse mirando en las cámaras o escribiendo informes incompletos que tuvieran pendientes.
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Sastre y Llovizna no tuvieron tanta suerte, en cambio. Los médicos decidieron que sería interesante mantenerlos juntos para ver cómo reaccionaban, pero estarían en las peores condiciones posibles en cuanto a tranquilidad. No en el frente, que podría hacer saltar sus cerebros y recordar; en su lugar fueron mandados a las minas de Epsilon Tauri 4. Estarían como guardias, pero también tendrían que trabajar en ellas llegado el momento si los esclavos imperiales no eran suficientes para llegar a los objetivos establecidos.
La diferencia era que sí era bien tratados y armados pero era una pantomima en eso último, pues las que tenían a disposición apenas tenían potencia de fuego y sólo servían para poder golpear con cierta fuerza y sin llegar a matar, sólo provocar moratones en el objetivo. Ellos eran conscientes, pero comprendían la razón: no querían una escabechina por nada, al final los esclavos tenían que mantenerse con vida y sanos el más tiempo posible para poder trabajar con eficacia, así que los alimentaban y tenían con asistencia médica, pero sin capacidad de poder ir a ningún lado, sin sueldo y sin demasiado descanso fuera de las horas de sueño necesarias, por lo que eran trabajos extenuantes y tremendamente duros.
Pero ellos, en su inocencia, creían que ese era su destino favorito tras perder unas pruebas que ni habían terminado. Y era mucho más fácil tenerlos controlados allí dado que la seguridad de allí era totalmente nueva, así que desconocían plenamente su pasado. Sólo el equipo médico de la base sabía de ello, y ellos mantendrían el secreto so pena capital… tampoco es que tuvieran problemas morales al respecto, total, eran clones… ¿A quién le importaban unos pocos clones, cuando había tantos?
Estaban apostados en la parte superior de la zona, una mina a cielo abierto pero que contaba también con túneles que se hundían en la tierra en torno a la zona central. Esta no era demasiado grande, un círculo de ochenta metros de diámetro y escalonado hacia abajo con raíles anchos en los diferentes pisos que se unían a través de rampas; y en las paredes grandes huecos que permitía entrar al interior de las galerías de la mina. Ellos dos estaban ahí para evitar que algún esclavo pudiera escapar y sublevarse, aunque casi nunca pasaba… pero la experiencia decía que un casi no era lo bastante poco probable y en más de una ocasión se había intentado en el pasado. Ellos impedirían que algo así pasara de nuevo…
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Por último, el destino de Pan fue acabar de guardia personal de uno de los grandes líderes políticos de la República, concretamente uno de los congresistas, que necesitaba los servicios de escolta por un intento de acabar con su vida, o eso atestiguaba a raíz de una serie de cartas que recibió en su despacho unas semanas previas… y por supuesto, saber que un clon tan bueno estaba disponible para el puesto le decidió a adquirirlo. No le volvía eso exactamente un esclavo, era algo más cercano a un mercenario pero sin cobrar todo lo que recibía uno, pero era mejor eso que cualquier otro destino, después de no lograr un lugar en el frente.
Su uniforme ahora era sencillo, una armadura de cuerpo completo con el emblema del congreso y un fusil en las manos, sin casco pero con un comunicador en la oreja con su respectivo micrófono en las solapas de la pechera para comunicarse con el resto de la seguridad del político. Era un grupo de varios mercenarios pero que trabajaban en solitario o en dúos por turnos, así que tenían semanas enteras de descanso en los que Pan se dedicaba a pensar y, en especial, a beber para quitarse esa sensación de vacío que notaba cada vez que se quedaba ocioso, como… si le hubieran arrancado algo, hasta que llegó un chispazo según veía caer el licor en su copa un medio día que tenía libre.
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Pues lo que unía a toda la hornada 104.258, que eran sus recuerdos y vivencias juntos, se había esfumado como las cenizas en el viento… o eso creyeron todos hasta que Arena recibió un fuerte chispazo en la cabeza. Había pasado cerca de un año desde el accidente, y ese día ella tenía que controlar a un recluta algo fuera de sí y que se revolvió, tomando el arma eléctrica de ella y dándole un severo golpe con la vara en funcionamiento. Esta fue lo bastante potente como para que recorriera la totalidad de su sistema nervioso, coincidiendo aquel evento con uno de los viajes de Larfiria a través de las dimensiones, conocedora de aquel detalle tan importante y que lo hizo absolutamente adrede.
Aquella reacción física no sólo afectó al cerebro de Arena, pues sucedió al unísono con Pan, Llovizna, Sastre y Luz, cada uno en sus respectivos trabajos o descansando… llegándoles los nombres del resto de sus compañeros, su aspecto, personalidad… y por supuesto, el número de su hornada. Como si sus cerebros se hubieran unido durante un instante, pero fue tan rápido que ni los nanobots de su sangre pudieron notar aquella súper conexión.
Recorrió sus mentes como un haz de luz, y aunque Arena acabó en el suelo mientras sucedía aquello fue rescatada por uno de sus compañeros, que metió al tipo en su celda y llevó a la compañera a la enfermería más cercana para que la atendieran, algo dolorida y con un ligero hilo de sangre cayendo por su cabeza, pero, al menos, consciente.
-Qué hijo de puta… -gruñó, apoyándose en el otro- ¿Estás bien, Hora?
-Sí, ¿y tú, compañera? -este la acomodó y siguió adelante- Ya lo he encerrado, espero que no sea nada lo tuyo…
Ella asintió y suspiró un poco. Los recuerdos llegaban poco a poco y como si fuera un goteo constante pero aún quedaban incógnitas que no podía resolver al menos por ahora… Y desde una posición de superioridad todo era observado por Larfiria, sentada en la quinta dimensión y con las piernas cruzadas, las movía con cierto nerviosismo. Se levantó con cuidado, dio un par de pasos y apareció al lado del puesto de mando de una gran nave estelar, un destructor al mando de Asmae Starlight. De pie y con los brazos tras la espalda, ante ella tenía los mandos del aparato y un grupo de personas preparando un viaje a través de la galaxia.
Dio unos pasos hacia la general y ella se giró sobre sí misma, con su espada de luz preparada para decapitar a quien quiera que fuera, hasta que reconoció a su interlocutor. Provista con un casco y ropa ceñida que tapaba todo su cuerpo, Nadie le hizo una suave reverencia.
-¿Qué tienes hoy para mí?
-Unas coordenadas galácticas, general Starlight -señaló-. Allí encontraréis un nuevo planeta y a una aprendiz Xanium en problemas.
-¿Quién?
-Su hermana, Asmeya Likarys, en desobediencia a Seriel Kimara.
Los ojos de ella se iluminaron un poco y rápidamente dio la orden, así que Nadie desapareció de nuevo en el aire y contempló de nuevo cómo la nave se movía hacia la Tierra, y suspiró un poco… aquella vez debía salir bien. Pero tenía cosas que hacer así que no se podía parar a contemplar la batalla aunque quisiera, así que fue hacia dónde se suponía que debía estar en esos momentos. En pocas horas se daría una gran batalla en los cielos del planeta que ella tan bien conocía, y eso mismo repercutiría en cierta medida en aquellos que intervendrían en ellos… sus pasos resonaban a través del espacio y el tiempo, y algunos – especialmente los clones – eran en particular sensibles a aquella influencia. La naturaleza tenía caminos complicados, y ella los asumía como elementos necesarios siempre y cuando no interfirieran en sus planes de llevar a lo más alto del trono imperial a su mentora Starlight. Costara lo que costara, aunque fuera su propia vida… todo valdría la pena, y acabaría con los peones que hiciera falta para ello. Su siguiente parada: los juegos Lakyos.
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(1) Por coherencia interna de la trama, se sustituye Aurora O'Hara del capítulo 4 por Aurorameria Asgerión, se cambia también en este.
Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.
