Perdón la tardanza, no había inspiración, pero después de mucho quemar el coco, aquí esta el nuevo capítulo.
Here We Go...
El sonido de gruñidos y chillidos aterradores se entrelazaba con el lúgubre silbido del viento. Venían de todas partes, no tenía salida.
Kalim había estado caminando por las calles estrechas y solitarias de la ciudad con la esperanza de encontrar una manera de regresar al palacio o a la bóveda del tesoro, encontrando para su disgusto que su camino estaba interrumpido por escombros o monstruos de arena. Pero en algún momento había estado corriendo por un callejón, escondiéndose de un grupo de criaturas de arena que lo habían estado persiguiendo cuando tuvo que detenerse repentinamente cuando, desde la dirección opuesta, vio un grupo de criaturas parecidas a perros, de pelaje gris y con las fauces abiertas, llenos de dientes afilados y ojos amarillos brillantes.
Perros, o lo que alguna vez fueron perros. No los había visto mientras estaba en palacio, pero supuso que esos pobres animales habían estado en las calles buscando restos de comida cuando el poder de las arenas los alcanzó, convirtiéndolos en una versión retorcida de las criaturas nobles, dulces e inocentes que eran. Ahora servían contra su voluntad al mismo hombre junto a las personas que alguna vez los alimentaron.
Las criaturas aullaron al verlo, un aullido que le heló la sangre y le puso los pelos de punta. Ellos gruñeron hacia el suelo después de eso y comenzaron a correr hacia él, quien se vio en la necesidad de pensar rápido en un plan de escape.
Había mirado a su alrededor con desesperación, teniendo que usar su lanza para luchar contra uno de los perros demoníacos, para alejarlo cuando cargó contra él en un salto. La hoja de su arma le cortó el estómago y el perro cayó al suelo, gimiendo de dolor. Pero luego otro atacó al príncipe cuando se distrajo, saltando sobre su espalda y empujándolo al suelo de cara. Kalim se había retorcido desesperadamente por liberarse, gritando de dolor cuando las afiladas garras de sus patas se clavaron en su carne y desgarraron su ropa donde no tenía armadura que lo protegiera.
Había luchado, balanceando su alabarda de un lado a otro, manteniendo alejados a los otros perros, hasta que en un movimiento su hoja se clavó en la carne del perro que lo mantenía en el suelo. Rápidamente lo empujó y saltó sobre sus pies, luchando contra los otros perros restantes a pesar de que las heridas que había recibido le quemaban de dolor y la sangre brotaba profusamente.
Siguió esquivando y contraatacando, pero al mismo tiempo su mente trabajó rápido para encontrar una manera de escapar del encuentro. A diferencia de los pájaros y los escarabajos, los perros no eran tan fáciles de eliminar. Lo habían mordido, desgarrado la carne con sus garras y, aunque había decapitado a dos de ellos, seguían acercándose y pronto atraerían a otras bestias de arena. El dolor era insoportable, el sudor cubría su piel y le dolían los músculos debido al agotador ejercicio.
Levantó la vista cuando tuvo un descanso de los perros, prestando especial atención a los postes que corrían de una pared a otra del callejón. Eran demasiado altos para alcanzarlos con un salto desde el suelo, pero eran alcanzables si uno podía correr por la pared. No dejó pasar la oportunidad, colgándose la lanza en la espalda, Kalim corrió hacia la pared y, reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, subió corriendo la pared y, con un grito de guerra, usó la pared para darse impulso y saltar al poste más cercano.
Sus dedos agarraron la superficie como las garras de un pájaro y se balanceó una vez para saltar a otro poste y colgarse de él durante un minuto para equilibrar su respiración. Una vez recuperado un poco, aún escuchando a los monstruos de allí abajo gruñendo y ladrando, comenzó a balancearse, ganando velocidad para saltar de poste en poste, siseando de dolor e ignorándolo cuando sentía que sus abrasadoras heridas se abrían peor, hasta llegar al final del callejón.
Desde allí su única manera era subir y retomar su camino sobre los tejados, sin importar lo difícil que las criaturas pudieran hacer su viaje. Entonces, se balanceó sobre el poste y saltó al poste superior, repitiendo el movimiento hasta llegar al último poste y saltó desde allí a la azotea cercana.
No tuvo tiempo de tomar aire porque después de unos momentos, aparecieron más criaturas de arena que lo atacaron y tuvo que empezar a correr para salvar su vida.
Zervan estaba decidido a verlo muerto, esa era la única explicación para tantos monstruos de arena detrás de él. Kalim resopló mientras corría, rodaba, esquivaba y saltaba hacia su destino, que podía ver claramente desde allí arriba. Ese estúpido viejo era aún más estúpido al subestimarlo si pensaba que se rendiría o sería derrotado tan fácil.
Por momento, se acercó al palacio y sus esperanzasse renovaro, pero uno de los tejados estaba demasiado dañado y cedió bajo sus pies mientras corría, haciendo que cayera al suelo de una estructura de dos pisos.
Se quedó en el suelo gimiendo de dolor durante unos segundos, siseando y respirando entrecortadamente, hasta que lentamente apoyó las manos contra el suelo y se levantó. El dolor recorrió su cuerpo ante el movimiento, sintió que los cortes aumentaban, pero apretó los dientes y se obligó a soportar el sufrimiento y seguir adelante. Estaba más cerca que antes, no podía detenerse ahora, no podía perder tiempo o los letales sirvientes de Zervan lo encontrarían.
Se enderezó lo mejor que pudo y miró a su alrededor, hacia el lugar donde había caído. Era una cámara con poca luz, con rejas de hierro, cortinas de diseños intrincados, estatuas y estanques de agua perfumada y fuentes. Las cámaras de un harem, le informó su mente ligeramente nublada por el dolor. Cojeando, y aprovechando el descanso de la persecución, se dirigió hacia el estanque que había en el centro de una de las cámaras y se arrodilló ante él, dejando a un lado su lanza para hundir las manos en el agua tibia y perfumada. No le gustaba cuando perfumaban el líquido con flores, la dulzura lo hacía sentir mal pero no había tiempo siquiera para sentir asco o quejarse de la situación, necesitaba lavar sus nuevas heridas.
Se lavó la cara, se desató el paño que le rodeaba la cabeza y se vendó la herida con un trozo de tela que cortó de una cortina. Su trabajo no era tan bueno como el de su hermana o su amante, pero tenía que servir por el momento.
Una vez que se ocupó de los asuntos más urgentes, empezó a buscar una forma de avanzar y salir de allí. Buscó en los alrededores, con el arma desenfundada, listo para atacar si surgía algo, pero todo estaba inquietantemente tranquilo.
Receloso por segundos, Kalim comprobó puertas con barrotes de hierro, movió estatuas y tanteó paredes que parecían más débiles que el resto, pensando que tenía que haber un pasadizo secreto, una puerta rota o algo así. Finalmente, tras mucho buscar, encontró en una de las cámaras un trozo de pared que parecía a punto de desmoronarse a la menor presión.
Desenvainó su lanza y asestó varios golpes a la pared, hasta que ésta cedió y parte de ella se desmoronó, creando un agujero por el que pudo pasar.
Sin apartar el arma, el príncipe cruzó a la otra habitación, teniendo que apartar una cortina que cubría la pared. Prestando atención a lo que le rodeaba, le pareció oír el sonido amortiguado de una lucha, y se puso alerta, los monstruos estaban atacando a alguien, alguien que no había sido corrompido. La puerta de barrotes que comunicaba con el pasillo estaba rota, así que la cruzó sin inconvenientes, y se dirigió apresurada pero cuidadosamente hacia donde había oído el alboroto, con sus esperanzas acrecentandose.
Lo que vio allí le paralizó, pero también le llenó de alivio. Allí estaba su hermana, sana y salva, con el arco preparado, disparando flechas a sus atacantes.
Farah no reparó en él al momento, ocupada encargándose de defenderse de los demonios de arena. Así que decidió apoyarla, apareciendo a su lado y atravesando con su lanza el centro luminoso de una de las mujeres de arena.
Sorprendida, Farah miró a un lado, con el arco preparado, su expresión de decisión y dureza se transformó en una enorme sonrisa al ver a su hermano allí, a su lado, aunque preocupada al notar sus numerosas heridas.
—¡Kalim! ¿Qué...?
—Más tarde, hermana, ¿sí? ¡Tenemos una situación que controlar!
Farah cerró la boca y asintió, colocándose junto a su hermano para repeler a las bestias, aunque sabía que sería una tarea inútil, ya que acabarían levantándose para seguir luchando. Estuvieron así un rato hasta que Farah habló de nuevo.
—¡Tenemos que encontrar una forma de salir de aquí! —gritó por encima de todo el ruido.
Kalim, de espaldas a ella mientras vigilaba su costado desprotegido, pensó en sugerir por dónde había venido, pero no había forma de subir hasta arriba y quedarían atrapados si les perseguían. No, tenían que seguir adelante.
—¡Debe haber alguna salida secreta, o un interruptor para abrir alguna puerta oculta!" Mencionó el príncipe—. ¡Encuentra algo, yo te cubriré!
Confiando plenamente en su hermano mayor, Farah, sin guardar su arco, comenzó a comprobar los alrededores. Miró detrás de las cortinas, empujó con cierta dificultad algunas estatuas y finalmente, en el suelo, encontró una placa de presión sobre la que se puso de pie. Oyó el sonido de un mecanismo que se activaba y la puerta que se abría en alguna parte.
—¡Kalim! —Llamó Farah.
Su hermano comprendió de inmediato y se puso a buscar la puerta que se había abierto. La encontró al final de un pasillo y, mientras esquivaba monstruos, puso un trozo de escombro para bloquearla y que no se cerrara del todo. Luego se dirigió a su hermana, alzando la voz.
—¡Lo he encontrado, ven rápido!
Farah saltó de la placa de presión y fue hacia su hermano. Kalim le indicó que atravesara la puerta, que él la seguiría. La princesa se arrastró para poder pasar al otro lado, y entonces Kalim la siguió. Y una vez a salvo al otro lado, el joven retiró el pesado escombro y la puerta volvió a cerrarse con un estruendo.
Como no había demonios de arena en esa sección, se permitieron un breve descanso.
Y Farah hizo lo que había deseado en cuanto lo vio. Se arrojó sobre él y lo rodeó con sus brazos, escondiendo el rostro en su pecho y dejando escapar algunas lágrimas. El príncipe siseó de dolor por sus heridas latentes, pero ignoró su malestar y recibió gustoso el abrazo, envolviendo a su hermana entre sus brazos con fuerza.
—Tranquila, hermanita, no llores —le dijo mientras le acariciaba el pelo.
—No sabes cuánto temía que no hubieras sobrevivido —comentó Farah, sollozando suavemente.
Kalim soltó una suave risita para tranquilizarla.
—Qué poca fe tienes en tu hermano mayor.
—Es que... todo se derrumbó, y hay tantas trampas, además de las criaturas y...
—Shh —Kalim besó la coronilla de su cabeza—. Sí, todo estaba en mi contra pero aquí estoy, concentrémonos en eso ¿esta bien?
Todavía aferrada a su hermano, Farah asintió. Después de eso, se separaron y Kalim secó las lágrimas de los ojos de su hermana.
Tenía sus propias preguntas, como por ejemplo cómo había sobrevivido su hermana, con quién había estado, pero estaba agotado y antes de cualquier conversación, necesitaba descansar.
Así que Kalim se sentó en el suelo, exhalando agotado y haciendo muecas de dolor por sus maltratados músculos, y su hermana aprovechó el momento para curarle las nuevas heridas, utilizando un trozo limpio de cortina para humedecerlo en el agua y lavar la sangre y la suciedad.
Permanecieron en silencio, ocupados en sus propios pensamientos. Farah sabía que pronto volvería a encontrarse con el príncipe persa, y debía advertir a su hermano.
Kalim era amable y amistoso, pero sólo con los que conocía. No sería tan amigable con el príncipe persa, pero ella no quería eso de él, su hermano era difícil para perdonar y olvidar, no es que ella lo hubiera hecho tampoco, olvidar el dolor, pero podía continuar sin traer a colación sus dolorosos recuerdos cada vez que miraba al príncipe. Y se recordaba a sí misma que el príncipe también había sido traicionado y había perdido sus seres queridos, como todos. Quería que su hermano lo entendiera, que mantuviera la calma y la paz, que comprendiera que una alianza con el príncipe era necesaria para lograr su objetivo. Él tenía su mismo objetivo, había demostrado ser un aliado confiable y capaz, era valiente y noble. Si unían sus fuerzas, tendrían la victoria asegurada.
—Kalim, antes de continuar nuestro viaje, hay algo que tengo que decirte —empezó ella.
Kalim, que había cerrado los ojos para descansar un rato, asintió.
—Te escucho, hermanita, ¿de qué se trata? —preguntó.
—Es sobre la daga del tiempo.
Farah detuvo sus manos de atar un trozo de tela alrededor de un corte en el antebrazo de su hermano, pensando bien sus palabras antes de levantar la vista y continuar.
Kalim, tras notar que su hermana dudaba, abrió los ojos para mirarla con curiosidad.
—La daga está en posesión del príncipe persa —reveló ella.
Su hermano asintió solemnemente y exhaló.
—Bueno, tendremos que encontrar la manera de quitársela —dijo—.No será fácil seguirle la pista en este infierno, pero si también va por el reloj de arena, al final nos cruzaremos con él, no tendrá ninguna oportunidad contra nosotros dos.
Farah bajó las manos y las colocó sobre su regazo, humedeciéndose los labios mientras se preparaba para volver a hablar. Sabía que lo que tenía que decir a continuación no le gustaría a su hermano, pero tenía que hacerlo.
—Hermano, hay más... cuando todo se derrumbó, sabía lo que tenía que hacer pero no sabía qué te había pasado, y estaba desesperada, sabía que no podría llegar hasta el visir sin la daga y por mi cuenta, así que...
Kalim tenía los ojos entrecerrados por la sospecha pero no dijo nada y esperó a que su hermana continuara.
—Me encontré al príncipe, nos ayudamos y... hice una alianza con él para detener juntos al Visir.
Kalim se había hecho a la idea de que Farah debía de haber recibido ayuda de alguien para llegar hasta allí, pero no se le había pasado por la cabeza que era el príncipe persa -el hijo del hombre que los atacó, el culpable de haber liberado las arenas, el culpable de convertir a su amor en un monstruo- quien estaba con ella. Su reacción fue la que su hermana había imaginado.
Se levantó, con el ceño fruncido por la ira.
—¿Te aliaste con el persa? ¿Cómo has podido, Farah? ¡Él es uno de los culpables de que todo esto haya sucedido! —Exclamó con desaprobación.
Farah se levantó también, manteniendo la calma para apaciguar a su hermano.
—Él tenía la daga, y yo no sabía dónde estabas, no tenía otra opción que aliarme con él si quería tener una oportunidad de sobrevivir y conseguir nuestra revancha —Explicó—. Tenía mis dudas, no voy a mentir, pero demostró ser un aliado confiable y leal, además, fue víctima de los designios del visir como nosotros, está dispuesto a ayudar a derrotarle, cuanta más gente luche con nosotros, mejor.
Kalim apretó los labios, apartando la mirada. Su hermana tenía razón, como siempre le demostraba por qué era conocida como inteligente y astuta a pesar de su aspecto dulce e inocente. Farah no era imprudente, no tomaba decisiones sin antes pensar detenidamente y analizar los pros y los contras. Tenía buenas razones para aliarse con aquel príncipe. Pero él era otra historia.
Le costaba dejar de lado sus diferencias para enfrentarse a un mal mayor. Aquel joven era hijo de un enemigo, cuyo ejército había invadido y destruido su hogar, no podía hacer la vista gorda.
—No puedo confiar en él, por muy dispuesto que esté a detener al visir, no puedo olvidar todo lo que nos hizo su padre —confesó.
Farah suavizó su expresión y le tomó las manos.
—Hermano, por favor. Sé que es difícil, el dolor fue insoportable, pero no podemos centrarnos en el pasado, tenemos una amenaza inminente que debemos detener, nuestras energías deben dirigirse a ese objetivo. No te pido que olvides el dolor que nos causó su ejército, solo te pido que dejes el sentimiento a un lado para derrotar al verdadero culpable de todo, ese es nuestro objetivo común, alcanzar el reloj de arena, porque cuando lo hagamos, todo ese dolor y esa pena se borrarán —le recordó suavemente.
El príncipe exhaló derrotado. Aunque no le gustaba la idea de tener a un enemigo como aliado, tenía que aceptar que las palabras de Farah tenían sentido. Era muy convincente con sus palabras.
—Creo que puedo aceptar su ayuda —se rindió—. Pero te advierto que lo vigilaré y no dudaré en ponerlo en su lugar si hace algo mal.
Farah sonrió aliviada a su hermano.
—Gracias.
—Da igual... ¿dónde está, entonces? —Optó por preguntar, mirando a su alrededor como si esperara que apareciera.
—Nos separamos y prometimos encontrarnos aquí, debe estar en camino —Explicó Farah.
Kalim no pudo evitar darse cuenta de que su hermana había sonado preocupada al pronunciar esas últimas palabras. Sus ojos habían mirado por encima del hombro hacia la puerta por la que habían entrado. Bueno, por supuesto que estaría preocupada. El príncipe tenía la daga, era el principal objetivo de Zervan seguramente. Tal vez temía que los demonios de la arena lo hubieran atacado y le hubieran quitado la daga. Él, en cambio, temía que el príncipe hubiera decidido ir solo a la cruzada, dejando a los dos hermanos a su suerte. Bueno, a Farah, de seguro su hermana no habría revelado la presencia de un tercero.
—¿Le dijiste algo más de las arenas? ¿Para qué podría quererlas el Visir? —preguntó.
Tal vez, la codicia era hereditaria y el joven quería el poder para él y su reino, y ya había huido con la daga.
Ella negó con la cabeza mientras fruncía las cejas.
—Me conoces mejor que eso, hermano —le recordó—. No le dije más de lo necesario, que pueden revertir todo esto —respondió ella, agitando una mano señalando a su alrededor.
Su hermano la miró con picardía.
—Así que no te fías mucho de él, ¿eh?
Farah le dirigió una mirada seca.
—Confío en que nos ayudará a derrotar al visir, pero como guardiana de las arenas, no puedo hablar demás sobre ellas a alguien ajeno a nuestra familia, ya lo sabes —le recordó.
Él se encogió de hombros.
—Lo siento, quería asegurarme, y... ¿qué haremos exactamente con las arenas cuando las encontremos? —preguntó.
No tenía mucha idea de como funcionaban, o como podían "revertir" la situación, como nunca nadie las había liberado, los textos no eran muy claros al explicar esa situación, y él tampoco era dado a la búsqueda de conocimiento.
—Usar la daga para romper el cristal, así las arenas deberían de regresar, y... y eso es todo lo que sé —exhaló Farah.
—¿Cómo que todo lo que sabes? —cuestionó Kalim, confundido—. ¿No recuerdas más de los textos?
—No decían mucho más, no daban una explicación completa de los resultados, solo que hacer y como, y que todo se arreglará —explicó la joven—. Es la única opción que tenemos.
—O sea que vamos a llevar a cabo un plan sin saber si dará resultado... —observó Kalim.
Su hermana bajó la mirada, nerviosa y resignada.
—Es todo en lo que pude pensar...
Kalim la abrazó, ella alzó la vista y él le dio una media sonrisa.
—Es más de lo que hubiera pensado yo, y me gusta tu nueva forma temeraria de pensar.
La hizo sonreir y tranquilizarse.
—No le des vueltas al asunto, ya nos ocuparemos de eso cuando llegue el momento, no puede ponerse peor —declaró Kalim, dejando el asunto de lado—. Ahora ¿Qué sigue, princesa?
—Tenemos que llegar a la torre del alba, allí es donde el visir se llevó el reloj de arena.
—Así que ese fue el lugar que vi... —murmuró el mayor.
Su hermana lo miró interrogativamente.
—Fui arrastrado por una de esas columnas naranjas de aspecto extraño —explicó—. Tuve unas visiones raras, vi el reloj de arena.
Farah asintió. Eran las mismas en las que se metía el príncipe para saber adónde ir.
—Leí sobre eso en nuestros textos sagrados, los hemos estado usando para orientarnos por aquí... pero desconfío de lo que muestra —dijo algo preocupada.
—¿Por qué?
—Porque no tienes la visión completa, sólo una pequeña porción de una imagen mayor, podría llevarte a cometer errores o asumir cosas.
—¿Temes que pueda mostrarle al príncipe algo que le haga creer que podríamos... traicionarlo o algo así?
Ella se encogió de hombros.
—Entre otras cosas.
–Bueno, menos mal que estoy aquí para vigilarlo, entonces —bromeó él para calmar su preocupación.
Farah sonrió ante la forma en que su hermano trataba de aliviar sus preocupaciones. Pero entonces, algo destelló delante de ellos en varios puntos. Ambos se tensaron y sus manos fueron a acariciar sus armas. Y de repente, tras un momento de silencio, un montón de monstruos de arena aparecieron de la nada, gruñendo y agitando armas. Pero uno de ellos en particular paralizó al príncipe al verlo.
El corazón de Kalim se detuvo y se apretó cuando sus ojos la vieron, o lo que quedaba de ella. De nuevo, aquella versión retorcida de Arundhati aparecía para atormentarle.
Farah jadeó sorprendida y desconsolada al verla. Reconoció a la dulce y tímida doncella que su hermano amaba, pero lejos estaba aquel demonio de la mujer grácil y amable que ella conocía. Su hermoso rostro se había contorsionado en una grotesca máscara de agonía, y sus ojos brillaban con un resplandor amarillo siniestro. Era más alta, pero estaba encorvada. Sus manos eran garras que blandía en su dirección. No se había preguntado qué había sido de ella, porque con las arenas, cualquiera que estuviera desprotegido se perdería en la corrupción. Pero le dolía igualmente descubrir la cruda realidad.
La pena envolvió a Kalim y, por un momento, no pudo moverse. Observó, congelado, cómo la criatura transformada, que una vez fue su amada Arundhati, se tambaleaba hacia él con una velocidad antinatural.
Farah pensó que tendría que intervenir y despertar a su hermano del estado de aturdimiento en el que había caído, pero éste se despertó por sí solo y desenvainó su lanza con un grito de guerra con tintes de dolor a tiempo para correr hacia ella y acuchillar a la criatura con la afilada punta de su arma.
Al ver que su hermano no necesitaba ayuda, se centró en las otras criaturas, cubriendo la espalda de su hermano.
Una vez más, Kalim intentó desprenderse de los recuerdos de su amada, para centrarse en rechazar los ataques de la bestia, para liberarla de la agonía de vivir siendo aquella retorcida criatura. Estaba haciendo un buen trabajo enfrentándose a ella, pero sólo conseguía debilitarla, nunca acabar con ella. Sabía que era inútil intentar matarla definitivamente, pero no había más que hacer. A su lado, Farah disparaba flecha tras flecha, ganando el tiempo suficiente para que descansaran unos segundos antes de ser atacados por el siguiente demonio.
—¡¿Cómo demonios podemos matar a esta cosa?! —Preguntó con voz desesperada, más de forma retórica que esperando una respuesta.
Pero su hermana le dio una.
—¡La daga! —gritó la jovrn sobre el sonido de la batalla—. ¡Es la única hoja capaz de acabar con ellos!
—¡Será mejor que tu príncipe se dé prisa! —Gritó su hermano mientras luchaba contra el demonio de arena para contenerlo.
Sin que ellos lo supieran, el príncipe antes mencionado se dirigía hacia donde esperaba encontrarse con Farah nuevamente, sin saber que ella se había reencontrado con su hermano. Escuchó el sonido de la batalla cerca mientras buscaba un camino hacia los baños. Sus pensamientos inmediatamente se dirigieron a la princesa y se preocupó, Farah estaba sola luchando contra monstruos que no podía matar, no podría aguantar los ataques en solitario durante mucho tiempo, tenía que alcanzarla y ayudarla. Comenzó desesperadamente a buscar una manera de entrar, y la vio pasar corriendo desde una de las habitaciones enrejadas.
—¡Farah! —llamó.
Kalim escuchó la voz del Príncipe, y giró la cabeza para mirar a su hermana, viendo como ella se detenía por un segundo para dibujar una breve sonrisa de alivio. Ese pequeño gesto no le cayó bien, pero estaba ocupado manteniendo a Arundhati, no, al monstruo, a raya, para comentar algo.
—¡Aquí estoy! —Respondió Farah, para guiar al principe, y luego continuar disparando flechas.
El príncipe persa se sintió tranquilo al escuchar su dulce voz y se sintió más decidido a unirse a ella y salvarla.
Kalim dudó entonces si fuera prudente unirse a su hermana y que el príncipe persa supiera de su presencia. Él no era solo un indio, sino el hijo del Maharaja, el heredero. Farah era bondadosa e idealista, confiaba un poco en ese otro príncipe porque había atestiguado su valor y nobleza, pero no tenía manera se saber si el persa se mantendría como su aliado si supiera de la existencia de su hermano. No quería decirle a Farah sus sospechas, que quizas no la veía como una amenaza y además era muy bonita y que esa podría ser la razón por la cual había permitido que fuera con él. Pero él era el heredero del trono en una ciudad que habían saqueado y masacrado, si hubiera sido al revés, Kalim desconfiaria por completo.
No, lo mejor era permanecer en las sombras y seguirlos de cerca, aunque eso supusiera arriesgarse a ser perseguido por criaturas a las que no podía vencer. Farah podía mantener la fachada de que solo eran ellos dos, mantener al príncipe tranquilo e ignorante de su hermano, usarlo para llegar al Visir, y solo entonces Kalim haría acto de presencia. Esperaba que en ese momento tuvieran las manos llenas como para que el persa se preocupara por posibles traidores.
—Debo irme —informó a su hermana mientras blandía su alabarda de espalda a ella.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —preguntó confundida su hermana.
—Es lo más prudente —respondió Kalim bajando la voz, derribando a un lancero con su arma—. Los seguiré de cerca, pero el persa no debe verme, podría arruinar la alianza que formaste con él.
Farah quería disuadir a su hermano. Ella no quería separarse de él de nuevo, ahora que sabía que estaba bien. Pero no tenían tiempo para discutir. Kalim debía tener sus buenas razones, y sabía que no iba a poner en riesgo la misión que tenían con alguna imprudencia, Kalim podía ser imprudente a veces pero también podía reprimir ese impulso si entendía que era necesario.
—Tendre cuidado —prometió enviándole una mirada suave como adivinando sus pensamientos—. Créeme que lo que decidí es para el bien de esta misión.
Farah asintió con solemnidad y disparó otra flecha.
—Trataré de dejarte el camino despejado —dijo ella.
Kalim le sonrió, luego se dió la vuelta y fue a internarse más en esas salas para evitar al príncipe persa. La criatura que una vez fue una doncella quizo ir tras él, pero con sus flechas Farah la detuvo. Su hermano no tenía manera de acabar con ella, pero el príncipe persa sí, y si la retenía allí el tiempo suficiente, el la destruiría.
El persa finalmente encontró la entrada a la zona en la que ella se encontraba y rápidamente se dirigió hacia ella, uniéndose a la batalla. Notó una criatura que nunca había visto hasta ese momento empezar a brillar mientras yacía en el suelo, para erguirse de nuevo. Estaba por atacarla, pero el demonio de arena desapareció luego de mirar a su alrededor, quedando solo las demás criaturas comunes. Eso le pareció extraño, pero no pudo reparar mucho en eso porque pronto estuvieron rodeados por los demás monstruos.
Kalim oyó el sonido de la batalla, y deseó poder unirse como el guerrero que era, pero sabía que no era aconsejable. No, debía mantenerse escondido hasta el tiempo apropiado para dejarse ver. Lo bueno fue que la criatura le perdió el rastro nuevamente, pero sabía que solo era cuestión de tiempo hasta volver a cruzar caminos. Lo enfrentaría lo mejor que pudiera.
Pronto, los sonidos de batalla se atenuaron, hasta que solo oyó el sonido de las aguas y las voces de su hermana y el príncipe. Se atrevió a acercarse y espiar, frunciendo el ceño cuando lo vió meterse en una de esas columnas y permanecer allí unos minutos antes de ser despedido varios metros lejos.
Farah se le acercó, acomodándolo mientras aun estaba inconsciente, cuidando de él hasta que recuperara la consciencia. Murmuró algunas palabras, pero fueron ininteligibles desde su posición.
Cuando el príncipe despertó, movió una estatua para que Farah pudiera pasar por ella y acceder a la plancha de presión que abría la puerta. Ella lo hizo sin protestar, pues sabía que su hermano estaba cerca así que no debía temer porque Kalim no permitiría que nada le pasara.
Cuando el príncipe estuvo fuera de aquella sala y la puerta se cerró, Kalim salió de su escondite y se acercó a donde su hermana. Farah estaba aun dentro de esa cámara, y sonrió aliviada al oír su voz.
—¿Cómo continuarás? —inquirió Kalim.
—Hay una grieta aquí también, veré a donde conduce —explicó su hermana—. Pero tu debes apresurarte y cruzar la puerta, no tengo nada aquí para mantenerla abierta.
—De acuerdo, dame unos segundos, y... cuidado, hermanita ¿si?
La suave risita de Farah traspasó las paredes.
—Lo tendré, ahora ¡de prisa! El príncipe me está esperando.
Kalim se dirigió rápidamente a la puerta para salir de allí, pero con mucha cautela pues no quería sorprender al persa y arruinar el plan. Se encontró solo en un pasillo a la intemperie, que tenía una palanca para abrir la puerta al final de la vuelta, la cual estaba abierta. Y a lo lejos, oyó de nuevo el sonido de batalla. Más tuvo que mantenerse al margen, reprimiendo el deseo de lanzarse a pelear.
OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
En lo alto de la torre, observando por medio de los ojos de sus sirvientes, estaba Zervan. Maldijo el que la criatura le hubiera perdido la pista al príncipe y que tuviera que buscarlo otra vez, pero ahora tenía armas con las cuales debilitar la alianza de la mocosa y el muchacho si se presentaba la posibilidad de que llegaran al reloj. El persa era manipulable, así que sería fácil hacerle creer que la mocosa iba a traicionarlo, sobretodo porque de por si desconfiaba de ella. Provocaría su propia ruina, Zervan se haría por fin con la daga después de matarlos y antes de transformar el resto del mundo a su gusto, buscaría a Kalim para enseñarle la cabeza de su hermana antes de acabar con él de una vez por todas. Y así, con todas las reliquias juntas, sería inmortal e imparable, un dios.
Una risa gruesa y malvada escapó de sus labios, seguida de un ataque de tos. Aunque fuera tentador que llegaran al final solo para perder por la inexperiencia y dudas de un mocoso, esperaba que las criaturas que tenía listas para despachar contra ellos los detuvieran antes de tener que enfrentarlos, su tiempo se estaba acabando más rápido de lo que deseaba.
OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Creo que no lo expliqué antes, así que: Zervan no puede ver que hacen los protagonistas si no hay criaturas cerca. Así, solo sabe que el principe Kalim se fue, pero no sabe a donde o que planearon los hermanos.
Mi idea original era que ambos principes se conocieran por fin, pero no creo que el Príncipe hubiera reaccionado bien a la presencia de Kalim, apenas confía en Farah. Aunque si van a conocerse en algún punto, descuiden.
Al final del juego, Farah no le cree al príncipe al principio, así que imagino que no sabía exactamente que resultado tendría romper el cristal con la daga de nuevo porque ¿por qué no creer la historia si ella sabía como funcionaban las arenas? y seria muy extraño que un extranjero supiera cosas como esas sin haberlas visto. Por lo que voy con la idea de que en realidad Farah solo tenía teorias pero no tenía más que perder y decidió intentarlo.
Todo aclarado, see ya!
