¡Finalmente! Perdón de antemano por tardarme tanto.
Gracias a todos por la paciencia.
Un pequeño resumen: Seis hermanos conviven en una casa destartalada al lado de una mansión donde llegan seis hermanas recién bendecidas con fortuna gracias a una herencia lejana hacia su padre y que este herede la llave de la ciudad, objeto que otorgaría mucho poder a quien la tuviera y que podría venderse por un gran dinero y cuyos hermanos desean. Para llegar a ese logro, el mayor, Itachi Uchiha, impone una norma que debería de ser irrompible: nunca enamorarse de esas hermanas.
Sin embargo, por diferentes sucesos, esa regla termina siendo rota, pues parece que la sangre de ellas llama a los de ellos y lentamente, sus vidas se unen mucho más de lo que desearían. Hasta el punto en que ellos no tienen otra que debatirse entre el amor o el robo.
Con el dolor en el corazón y el hambre en el estómago, los chicos deberán de tomar duras decisiones.
Las hermanas, a su vez, se van dejando llevar por lo que sienten por ellos, pero que la pequeña descubriera fotos de dos de ellas despierta la desconfianza e inquieta los corazones, en especial, de Ino. La búsqueda podría abrir una puerta que no les gustaría nada…
Y ahora…
Nunca te enamores de esas hermanas
16º: Preludio
—¿Estás muy ocupado, cariño?
Rin le vio levantar la cabeza de los papeles que tenía delante y a los que parecía desear tirar por la ventana. Kakashi continuaba resultándole tan atractivo como desde la primera vez. Cada vez que le miraba el corazón parecía hinchársele más de amor y cariño.
Él enseguida sonrió y su mirada oscura brilló con la misma intensidad que la primera vez. Él podría haber amado a muchas mujeres más, pero esa mirada hacia ella, la que recordaba de antaño, continuaba tan ardiente como siempre.
—Para ti nunca —respondió echándose hacia atrás con la silla en una clara invitación que ella no descartó, sentándose en sus piernas y rodeando sus hombros con sus brazos antes de permitir que le besara la mejilla y, a continuación, los labios—. ¿Qué deseas?
Conocía suficientemente bien a su esposo como para saber que eso era una pregunta trampa, pero Rin ya era experta en desviarlas cuando no era de su interés y no quería jugar al mismo juego que él.
—Deseo que mi marido decida de nuevo una fecha para poder tenerlo para mí un tiempo.
Él frunció el ceño. La conocía muy bien como para saber que ella nunca se molestaría en su interés hacia las chicas. Es más, ella estaba dispuesta a perderse todas sus vacaciones sin dudar por ellas. Sin embargo, era consciente que, tras lo sucedido con Hinata, Kakashi tenía más la cabeza metida en los asuntos de los chicos que realmente en sus hijas. No es que las descuidara. ¡Dios, eso jamás sería posible!
—Rin… —farfulló—. Tengo que…
—No digas la palabra —advirtió antes de que la palabra "trabajo" escapara de sus labios—, porque ambos sabemos que no es eso lo que te está reteniendo aquí —recalcó—. Y tampoco son las chicas. Izumi ahora mismo está en una maravillosa rutina de cambios que ella debe de llevar a cabo sola, de expandirse como debe de ser. Hinata está estable, caminando nuevamente sola y demostrando cuan fuerte es sin la necesidad de tener un ca… un tipo encima de ella —se corrigió, carraspeando—. Ino y Sakura están bien, centradas en la universidad cada una y en lo que más desean hacer. Temari lleva su rutina médica perfectamente y ya está de nuevo dando pasos y saltos por la casa. Además, te aseguro que Shikamaru la tiene bien vigilada. Oh y no uses de excusa a Matsuri —puntualizó señalándolo con el índice—, porque estemos aquí o no, esa chica es indomable y ambos lo sabemos.
Kakashi chasqueó la lengua y frunció los labios.
—Sabes que quiero ayudar a esos chicos también —dijo sacudiendo la cabeza con pesadumbre—, lo necesitan. Igual que yo lo necesité en su momento también. ¿Lo comprendes?
—Lo comprendo bien —asintió acariciándole las mejillas—, pero también entiendo que llevas días comiéndote la cabeza buscando un oficio para Shikamaru y todavía no has logrado nada. Entiendo que sea divertido también intentar unir parejas, pero no podemos olvidar que ellos han de hacerlo por sí mismo. Hemos de ayudar en lo que esté en nuestras manos, pero no más allá.
—¿Crees que estoy descuidando lo nuestro por ellos?
Rin lo sopesó.
—Creo que estás obsesionándote con resolver los problemas que dejó otro hombre, uno cruel que no le importó traer a su prole sin miramientos a un hogar destruido bajo el mando de un crío asustado que tuvo que hacer de todo para proteger a sus hermanos como si fuera un padre. Tú has sido padre, trabajado y jamás has abandonado a tus hijas. No puedes enmendar los errores de los demás.
—Rin. Una vez me juré que si tenía dinero y veía a alguien en mí misma situación o parecida ayudaría. Y es lo que estoy haciendo. Ni más ni menos. ¿Puedes tenerme más paciencia y dejar que les ayude? Te prometo que cuando estén más estables me concentraré al cien por cien en ti.
—Ambos sabemos que eso nunca pasará y que es algo que acepté de buena gana el momento en que dije que sí —corrigió sonriente. Luego, suspiró, más enamorada de lo que sabía estar—. Dios, si no te quisiera…
—Lo sé. Sé cuán afortunado soy —reconoció él antes de besarla—. Ahora. ¿Qué tal si me ayudas a encontrar algo para Shikamaru? Oh, y creo que Gaara podría ayudar. ¿Qué te parece si le pregunto si quiere ser bibliotecario y…?
—¡Oh, Kakashi! —exclamó soltando una carcajada—. ¿Tengo que recordarte que Matsuri todavía es menor y que puedes meterle en un problema?
—Yo pensaba en la biblioteca de la que soy dueño, la que está entre el colegio y casa y que Matsuri ya ha sacado veinte libros —murmuró frunciendo más el ceño—. No pensarías que… ¡Ah! —exclamó cuando ella enrojeció delatándose—. Oh, por dios, no. ¿Cómo crees que pondría a mi hija menor en las garras de un adulto? Además, ese pobre chico siempre parece sudar horrores cuando Matsuri le ataca.
—Es que a ella le gusta él.
—¿Mucho? —cuestionó algo dolido. Rin tuvo que hacer su mejor esfuerzo por no burlarse de él. Matsuri, al fin y al cabo, todavía era una niña para él y le gustaba creer que era la que más tardaría en estirar los brazos hacia otro varón que no fuera él—. Mierda… sí, mucho. Me he centrado más en las mayores y me olvidé de que ella ya está en edad más que sentir.
—Puedes estar tranquilo —tranquilizó dándole palmadas en los hombros—. Gaara no es un mal chico. Ha tenido muchas oportunidades de aprovecharse de ella por lo que sé y nunca ha hecho nada. Además, puedes que no te des cuenta, pero Matsuri tiene a Shikamaru como el hermano preferido y este también la está vigilando mucho. Confía en su hermano mucho.
—Se me olvida a veces lo observadora que eres.
—Sé que se te olvida, no te preocupes, puedo recordártelo siempre.
La sonría le hacia doler las mejillas y él, como si lo presintiera, le acarició una con los nudillos.
—Eres maravillosa, mujer —halagó—. Cargando con mis hijas, defendiéndolas, aconsejándolas y vigilando porque no les pase nada más que yo incluso…
—Es lo que tiene quererlas.
Desvió la cara para besarle la mano, con la mirada brillante llena de promesas. No por nada se había atrevido a ir en busca de Kisame y ahora, lo tenía atado con correa. Aunque sabía que no era de fiar, no era idiota. Odiaba tener que meterse por los bajos fondos como antes, pero cuando era necesario… no le importaba.
Amaba a Kakashi y amaba a esas niñas. Sólo se lamentaba de que no fueran suyas, pero igualmente, así las sentía. Y cada vez más.
Su móvil sonó con un mensaje y Kakashi la liberó para que lo revisara. Nada más leerlo apenas pudo ocultar una sonrisa leve de superioridad. Kakashi, quien leía a su vez lo escrito, levantó la mirada hacia ella.
—¿Le conoces?
—Sí. No era un buen hombre —respondió—. No lo era —repitió.
—Debió de molestar a alguien muy importante para terminar muerto. ¿Sabes algo?
—Algo sé —afirmó guardando el móvil—. Pero ya no soy periodista y no necesito vender primicias por dinero. Ya no —negó besándole la frente—. Sólo sé que algunas personas están mucho mejor sin él por el mundo. Eso sí, mis manos están limpias y las tuyas también.
—Ya, eso lo sé —confirmó Kakashi suspirando desinteresado—. Mientras mis hijas y tú estéis bien, estoy bien.
—Lo sé —afirmó ella—, y por eso, me aseguraré de que eso siempre sea así mientras pueda. Pero desgraciadamente, ahora mismo, necesito que sea el destino el que decida qué pasos se han de dar. Más que tú, cariño —añadió acariciándole la nuca—. Así que vamos a dejar que las chicas tomen sus propias decisiones. Incluso Matsuri —añadió.
Él hizo un puchero que borró cuando la puerta del despacho se abrió de golpe. Generalmente, la hija enlazada a esas oberturas inesperadas de puertas era Matsuri, así que ambos se sorprendieron al ver una cabeza rubia asomarse.
—¡Perdón por interrumpir! —exclamó Ino acercándose a la mesa frente a ellos para posar ambas manos sobre esta—, pero tengo que pedirte algo muy importante papá.
Kakashi frunció el ceño.
—No voy a adelantarte la paga —advirtió.
—No, eso no —descartó Ino con un gesto firme de su mano izquierda—. Necesito los planos de la casa, ha poder de todo.
Ambos adultos se mostraron confusos. Rin se levantó de encima de Kakashi para dejarle hacer lo mismo.
—¿Para qué los necesitas? —cuestionó Hatake serio.
—Pues porque quiero saber dónde llegan los niveles para rodear la casa de hierbas trepadoras. No quiero que trepen por lugares inadecuados, como puertas falsas o algo así. Todos sabemos que este tipo de casas tienen cosas así de raras.
Rin se mordió el interior del labio al ver la cara de desconcierto del padre.
—Papá, en serio. Hay plantas que no puedo permitirme que entren dentro de la casa. Los destrozos serían horribles. Confía en mí. Dijiste que yo me encargaría de todo lo que conllevara el jardín y eso hago —añadió acercándose a él y jugando con la corbata.
Era tan entrañable ver a Kakashi caer ante tal embrujo de su hija. Muchas veces lo había pensado: ellas podían pedirle sus testículos que él se los arrancaría de buen grado.
—Kakashi, dáselos —invitó—. ¿Qué podría tener eso de malo? La verdad, no quiero tropezarme con ninguna rama inesperada saliendo de una pared, sinceramente.
Kakashi terminó por ceder con un gemido de frustración. Mientras Ino le guiñaba un ojo en agradecimiento, su mente empezó a sopesar muchas vertientes posibles. Claramente, Ino no quería las escrituras por algo como unas ramas invasoras. Cuando ella y Kakashi visitaron la mansión antes que las chicas se aseguraron que no hubiera grietas peligrosas ni entradas inesperadas.
—Aquí tienes —ofreció Kakashi retirando la carpeta antes de que Ino las cogiera—. No las pierdas —recalcó a lo que ella asintió repetidas veces antes de marcharse—. ¿Realmente te has creído eso?
—No —negó acercándose a él—. Estoy segura que es para buscar una ruta de escape por la que salir mientras nosotros dormimos e ir a encontrarse con Sai. Pero oye, al menos sabemos con quién está —sopesó.
Kakashi suspiró tomándola del talle.
—A veces no sé si me tomas el pelo o estás de su parte —gruñó antes de besarla.
Rin sonrió contra sus labios.
—Ya sabes que siempre estoy contigo —aclaró—, pero a veces ellas son mayoría y ya sabes…
—Traidora.
—Así me amas.
—Eso es cierto. Jodidamente cierto.
.
.
—¿Por qué querías verme con tanta prisa?
Itachi levantó la vista de la moto para clavarla sobre ella. Lentamente, antes de responder, se limpió las manos en el trapo que colgaba de su cinturón y, tras dar una indicación a otro trabajador, la tomó del codo para guiarla al interior del despacho, cerrando tras ella.
—Me estás asustando.
—Lo siento, no es mi intención —tranquilizó—. Es que tengo que comentarte algo muy serio y no sé realmente cómo empezar. Le doy vueltas y vueltas y no sé cómo va a dañarte.
Se llevó una mano a la garganta, preocupada.
—¿Vas a dejarme?
Itachi clavó su oscura mirada en ella.
—Hay más probabilidades de que seas tú la que me dejes que yo a ti, Izumi —aseguró—. Has de creerme en eso.
Ella se lamió los labios, asintiendo.
—Te creo —admitió—. Entonces. ¿Qué diablos es lo que te tiene tan serio? ¿Qué es lo que crees que puede hacerme daño?
Él hizo un ademán para invitarla a sentarse que ella descartó sin dejarle de mirarle. No quería estar en una posicion menor a él y no entendía del todo porqué. Su corazón temblaba de inquietud. Itachi no ayudaba, porque continuaba mirándola fijamente pese a que se acomodó contra el escritorio, como si buscara una postura más relajada antes de hablar.
—Es Kabuto.
Ella soltó el aire que había retenido casi sin darse cuenta.
—Itachi, ya te dije que…
—No es lo que crees —acortó antes que continuara—. Ni estoy celoso ni nada parecido. Es por su situación. Los medios han comenzado a emitirlo en televisión y no quería que te enteraras por ellos en lugar de por mí. Por eso te pedí que vinieras a verme lo más antes posible. Sé que no eres de poner la tele o la radio nada más despertar, así que…
Izumi levantó una mano para detenerle. Empezaba a notar la garganta tensa.
—Espera. ¿Por qué esto está sonando como algo trágico?
—¿No es acaso eso su muerte?
—¿Qué? —masculló aterrada—. ¿Qué estás diciendo Itachi?
Él soltó el aire lentamente y asintió.
—La verdad. Han encontrado su cuerpo sin vida en su casa. Sospechan de que ha sido algo turbio en lo que estaba metido. Se ha descubierto que vendía información a periodistas y chantajeaba a personas muy importantes con estos datos. Una vez lo expulsaron del servicio militar continuó utilizando sus fuentes creadas gracias a esa posición y vendiéndolas en la web oscura —explicó sin perder detalle de sus reacciones—. Ese lugar, no sé si lo conoces, pero tiene fama de ser algo horrible. Muchos años me dio miedo que mis hermanos terminaran metidos en algo relacionado con ese lugar —confesó.
Y Izumi podría haber sentido ternura o empatía hacia él en cualquier momento, pero en ese instante, no. Saber que tu primer amor había muerto, por mucho que fuera un cabrón andante, era horroroso.
Esa vez si se sentó, aturdida. Ni siquiera fue consciente de llevar su mano a la que Itachi había puesto sobre su hombro para reconfortarla.
—Dios mío…
—Tómate el tiempo que necesites —indicó Itachi con suma tranquilidad, como si pudiera contagiársela—. Yo estaré aquí.
—¿Cómo te has enterado de tanto? —cuestionó—. ¿Es por lo que pasó con Rin?
—Sí, ella es periodista y fue a contármelo —asintió—, no me ha contado sus fuentes, por supuesto, pero fue para tranquilizarme de que él no volvería a hacerte daño. Es cruel que sea de este modo, pero… Es lo que pasa cuando pinchas a la gente equivocada.
—¿Por qué parece que sabes mucho de eso?
Él suspiró y sacudió la cabeza.
—Lo siento. No debí de preguntar.
—No, debías de preguntar —corrigió él concienzudo—. Lo sé porque alguna que otra vez he tenido que hacer tratos con gente equivocada. Por suerte, salí de eso a tiempo y he mantenido a mis hermanos fuera de esos líos. También sé que a los hombres que han tenido en sus manos el poder y que encima han logrado mover a personas más débiles que ellos a placer, como tú y su esposa, suelen embriagarse de esa sensación de superioridad y utilizarlo sobre otros que creen más fuertes que ellos. Cuando no funciona, suelen pasar cosas así. Aunque sea y suene cruel. Por eso no me hundí más.
Ella parpadeó, sintiendo más húmedos los ojos.
—Lo hiciste a tiempo, él no. Como siempre, llevando todo al límite y sin tener en cuenta nada. Le ha costado su vida —susurró acongojada.
Itachi se apartó de la mesa para arrodillarse frente a ella. Sus manos fueron a sus caderas y luego a sus muslos. No había nada sexual sino algo reconfortante.
—Sí, pero no es ni tu culpa ni el resultado de lo que ha pasado estos días. Ha sido pura casualidad que ocurriera cuando regresa a tu vida. Igual al venir a esta ciudad bajó la guardia y alguien que estaba esperando ir por él, logró su cometido.
—A veces se me olvida la corrupción que existe en esta vida. Como si no hiciera poco que mi hermana estuviera en peligro por alguien así…
Se pasó una mano por los cabellos y, luego, la llevó a la cara de él, acariciándole la mejilla.
—Y que tú estuvieras cerca de caer en eso… me aterra por igual. Me duele lo que ha sucedido, no creas que no.
—No lo pienso. Sólo tengo que mirarte a la cara para saber que te duele. Me gustaría poder evitar que fuera así, pero no puedo borrar que exista un pasado entre vosotros —indicó—. Lo que me importa es el presente.
—A mí también, Itachi. Más de lo que crees. Sin embargo, siento cosas que me gustaría no sentir. Ser capaz de ser un ser frío y sin sentimientos hacia él… como lo fue con su esposa y conmigo.
—Es imposible, Izumi. Tú no eres así y menos, como él. No quieras ser un témpano cuando eres cálida y buena.
Ella parpadeó, ruborizándose. Como si él se percata de qué estaba diciendo, se levantó, incómodo, pasando una mano por su cabello y carraspeando.
—Lo que quiero decir…
—Sé qué quieres decir.
Se levantó para tomarle la mano y besársela. Itachi intentó retirarla por la grasa en ella, pero ella la ignoró.
—Gracias —dijo mirándole fijamente—. Por contarme la verdad. Por no tratarme como si fuera una cosa delicada que no podría soportarlo. Por no esconderme nada y ser quien me contaras todo. Gracias, de nuevo.
—No lo hice para que me dieras las gracias —descartó él—. Sólo consideré que sería mejor escucharlo de mis labios que verlo en la televisión.
—Eso me choca. ¿Por qué sale por la televisión un hombre como él? Es cierto que tenía contactos importantes, pero…—Se llevó los dedos a los labios, mordisqueándolos mientras pensaba.
—Es un mensaje —respondió Itachi, como si no fuera consciente de que lo había dicho en voz alta hasta que ella le miró con los ojos muy abiertos. Encogió los hombros antes de volver a hablar—. O así lo veo yo. Él estaba metido en una página muy oscura y ahí existe lo peor del mundo, créeme. Así que es un mensaje para alguien. Una advertencia, seguramente. Algo como "no vayáis por ahí o acabaréis igual que él". O quizás simplemente es que le doy demasiadas vueltas a cosas que no son.
—Tú conoces más la vida en las calles que yo —reconoció ella—, diría que le conozco a él como para defenderle, pero no. Así que no voy a descartar esa idea. Pero la cuestión es: ¿a quién y de qué?
Itachi negó con la cabeza.
—Eso ya queda fuera de mi imaginación —dijo él encogiéndose de hombros otra vez—. Lo importante es que no nos afecta a nosotros. Y menos a ti, que es lo importante. Pero si quieres llorar por él, lo entenderé. No voy a negarte ese derecho.
—No voy a llorar. No más por él. Estoy totalmente centrada en mi presente.
Tomó su rostro entre sus manos y le sonrió.
—En ti.
—Izumi… —empezó él en advertencia.
Ella lo ignoró, besándole. Itachi no se apartó, desde luego, tomándola del talle. Era como si fuera capaz de sacarle de esa nube de tormenta que siempre parecía estar en su mente, de otorgarle otro sendero diferente. Sin embargo, hasta ella era capaz de darse cuenta que él volvía a ese lugar.
Frunció el ceño para mirarle alternadamente.
—¿Qué es lo que te preocupa? Aparte de esto, claro.
—Nada.
—No te creo.
—Izumi…
Ella suspiró, cruzándose de brazos.
—Vale. Así que de esta forma funciona lo nuestro.
Él se mostró confundido.
—Sí, sabes perfectamente a qué me refiero —reiteró—. Tú eres el que siempre aportas, proteges y todo eso, pero en el momento en que yo quiero hacerlo te cierras en banda, sin permitirme que cuide de ti, te apoye o incluso ayude. Doy por echo que no estáis familiarizados con la idea de que se os ayude y, por dios, mi familia es experta en querer hacer justo eso. Pero en nuestro caso… Itachi, somos pareja. ¿O no es correcto?
Él dio más pasos, como si empezara a sentirse encerrado. Se pasó la mano tres veces por los cabellos hasta despeinarse. Luego, la miró fijamente.
—Lo somos. Al diablo si no lo somos —indicó.
—¿Y por qué tengo la sensación de que eso es malo? —cuestionó.
Él abrió la boca muy deprisa pero no salieron palabras de entre sus labios.
—¿Itachi? —cuestionó sintiéndose algo herida—. ¿Acaso no es una sensación? ¿Realmente es malo que salgamos?
—No, sí, no. Mierda, Izumi, no me hagas esto —replicó—. No cuando tengo la cabeza hecha un lío.
—Me estás liando a mí también —reconoció algo temerosa—. Sabes lo que pasó. Lo que me ha costado abrirme a ti. Si esto resulta ser un juego…
—No lo es —cortó él firme—. Eso te lo puedo asegurar. No lo es.
Ella sonrió, aunque algo inquieta.
—Está bien. Igual lo que necesitas es algo de espacio y siempre nos están pasando cosas como para que puedas tomarte un respiro.
Como si repentinamente hubiera dicho algo de alejarse, Itachi la aferró del codo. No fue un acto brusco en sí, si no algo necesitado.
—Eso no significa que tengas que alejarte —recalcó con la voz tomada—. No te alejes de mí, Izumi.
Ella posó delicadamente una mano sobre su mejilla, sonriendo más segura.
—No voy a alejarme de ti, Itachi —aseguró—. Tendrías que hacerme algo muy malo para que yo termine alejándome de ti.
Bien parecieran que esas palabras fueran detonantes para él. Itachi tiró de ella hasta atraparla entre sus brazos, con tanta fuerza que se quedó sin aliento de la misma sorpresa y el gesto. No estaba segura, pero casi le pareció escuchar un "por favor" escondido en un suspiro. Una súplica que le dio escalofríos.
—No voy a irme —logró decir.
Él asintió y como si fuera un cachorro herido la soltó para besarla con una timidez que no esperaba en él, como si esperase un rechazo inesperado.
Era agradable y tierno ver esa faceta escondida de Itachi, aunque igualmente, la aterraba las preguntas de por qué actuaba así y cuánto dolor debía de tener para hacerlo.
Eso, lo único que le daban ganas era de no soltarlo.
Jamás.
.
.
—Muchas gracias, de verdad.
Shikamaru negó con la cabeza por tercera o cuarta vez mientras que ella continuaba mirándole en agradecimiento. Sabía que no era la gran cosa, pero igualmente, debido al tiempo que habían perdido y que ella siempre consideraba un tesoro, no cesaba de sentir la necesidad de agradecerle. Shikamaru admiraba esa parte de ella.
Temari desconocía cuán de agradecido debería de estar él en su lugar. Desconocía por completo los pensamientos revoltosos que tenía en su mente desde que fue consciente de que esa mujer parecía habérsele metido bajo la piel.
Dormir a su lado esa simple noche fue un detonante superior. Esperaba encontrarse inquieto pese a que él amaba las camas. No obstante, ella estaba a su lado. Intercambiaron miradas tímidas durante un buen rato. Permitió que ella explorase su rostro sin ningún tipo de necesidad sexual, sólo curiosidad por ver un hombre dormir a su lado por primera vez y que este no fuera su padre.
Finalmente, se descubrió despertó caundo llegó el alba y saliendo a hurtadillas de la habitación con más desgana de la que esperaba. Temari se había mostrado natural al reencontrarse por la mañana tras que Izumi le pidiera el favor de acompañarla en su lugar en busca del alta médica.
A él, un ser perezoso de naturaleza, no le importaba para nada hacerlo. Le gustaba la compañía de Temari más de lo que admitiría nunca. Adoraba la sensación de su presencia, de su aroma que de vez en cuando llegaba a su nariz como una tenue caricia. De que fuera capaz de aceptar que él era un hombre silencioso sin buscar una incómoda conversación. Ella era de ir directa al punto y sin rodeos, sin buscar más de lo que sabía que podía encontrar en él.
Era sorprende y hasta aterrador encajar de esa forma con alguien. Daba una sensación de vértigo inesperada porque alguien estaba aceptándote y a su vez, cuidándote.
Tras la conversación con Itachi él sentía que, de haber una rebelión en contra de lo que habían pactado al principio, él estaría del lado de los rebeldes en lugar de los serenos y coordinantes. En ese momento, era más Gaara que el resto, estaba de acuerdo, pero cuanto más miraba a Temari más se daba cuenta de que todo aquello era una mierda y que debían de cortarlo antes de que fuera más tarde. Ni siquiera debieron de comenzarlo.
Sin embargo, ellas desconocían a qué peligros estarían expuestas de alejarse ellos de su plan original. Tampoco estaba seguro de qué sucedería de llegar a sus oídos lo que estuvieron por hacer. Por suerte, las pruebas estaban resguardadas en su sótano y nadie más que ellos tenían acceso a ellas.
—Estoy feliz —dijo ella repentinamente, sacándolo de sus pensamientos—. Por el alta —dijo—. Así puedo volver a enfocarme mejor en buscar un lugar para trabajar. Sigo pensando en ello desde que lo hablamos. Le he dado vueltas por mucho tiempo y creo que es hora de que deje un poco la cocina de mi casa para usar otros fogones.
—¿Estás decidida?
—Sí —dijo concienzuda—. Para algo estudie. Aparte del motivo real, por supuesto. Es una pena. Y después de lo que pasó con tu hermano y con Gaara, encuentro que puedo hacer más que sólo tener un restaurante para venta.
—¿Tienes pensado algo más interesante?
—Me gustaría hacer donativos a albergues, especialmente en navidades. También a centros encargados de niños o hospitales. Sé que serán grandes perdidas de dinero y comida, pero vale la pena.
Le miró fijamente, como si esperase que la criticara o algo. Él sin embargo, no podía evitar pensar en cuando era niño y en lo feliz que le habría hecho que una navidad apareciera alguien con abundante comida caliente en la puerta de su casa.
Sonrió como un estúpido.
—Eso, definitivamente, hará feliz a algunos niños.
—¿No piensas que esté loca despilfarrando ese dinero?
—No. Porque no lo gastas a lo tonto realmente —descartó con un gesto—. Alimentas a aquellos que no pueden permitírselo. Ojalá se pudiera hacer en todo el mundo, pero un pequeño aporte siempre puede parecer mucho. Igual un niño no tiene comida esa navidad y repentinamente, llega tu repartidor para llamar a la puerta de su casa. ¿Puedes imaginarte esa cara de felicidad?
—Puedo —asintió ella—. Porque yo la imaginaba muchas veces cuando era niña.
Él asintió e intercambió una mirada de entendimiento con ella. Ambos lo pasaron mal. Puede que él más que ella, no iba a ponerse en una balanza y medir sus dolorosos pasados.
—Temari Hatake.
Ambos rompieron la conexión para fijarse en la enfermera que acababa de aparecer por la puerta asignada para ella. Levantándose rápidamente la ayudó a llegar a la puerta y luego, hizo por alejarse, pero ella la retuvo.
—Entra conmigo.
—Pero…
—¿Por favor?
La enfermera los miraba alternadamente, elevando una ceja. Temari empezó a soltarse y él aferró con más firmeza su mano.
—De acuerdo.
La consulta no fue muy larga. Temari y el doctor se adentraron tras una cortina donde él la revisó. Mostró sus últimas radiografías e hizo preguntas que demostraron alguna incomodidad para Temari. Más por frustración que por vergüenza, se percató, porque siempre que podía miraba la silla con un odio tremendo.
Que el médico le indicara que ya no iba a necesitarla, pero sí continuaría rehabilitación y llevando una muleta, pareció agradarle mil veces más que la idea de ser empujada a todos lados.
—No sabes qué alivio tengo ahora mismo —dijo ella nada más salir, apoyándose en la muleta y en él—. Prefiero mil veces esto antes que seguir dejando que mis hermanas manejen mis pasos. Especialmente Matsuri. Esa niña es capaz de llevarme al infierno.
—Se preocupa por ti.
—Y también se mete en chismes que no son de su incumbencia —recordó algo azorada.
Shikamaru asintió, sintiendo cierta punzada de alerta que le hizo mirar a su alrededor. Pensaba que era más por el hecho de que Matsuri estuvo rebuscando por su salón o que Gaara estuviera a punto de tener un ataque de pánico por ella, pero no. Cuando vio a la mujer comprendió que su instinto de supervivencia acababa de despertarse.
Tragó, inquieto, al ver que caminaba hacia ellos con determinación. Se detuvo a apenas dos pasos de ellos y empujó un delgado y firme dedo justo sobre su pecho.
—Te dije que dejaras a mi marido lejos de tus asuntos, Shikamaru Uchiha —espetó firme. Él se mostró incómodo, empezó a abrir la boca, pero Karui Akimichi le detuvo antes de que continuara—. Mi marido es un hombre trabajador que lleva su restaurante con orgullo y sudor, no con trapicheos ni fechorías innecesarias. Así que deja de rondarle. Durante el tiempo que has estado lejos de él su vida cambió para bien. No vuelvas a remover todo.
Él apretó los labios, sintiéndose avergonzado, como un niño pequeño al que regañan.
—¿No crees que te has pasado con tus palabras?
Fue Temari a su lado quien habló. Por un momento se había olvidado por completo de que ella estaba allí, aferrada a él y que miraba la escena sin comprender. Karui también parecía haberse percatado por primera vez de que ella estaba allí. Intercambió una mirada firme, como si estuviera estudiándola. Cuando pareció satisfecha asintió y tras cruzarse de brazos, habló nuevamente.
—No sé quién eres ni de qué palo vas, pero considero que siempre es bueno ayudarnos entre mujeres, así que te daré el mejor consejo que van a darte en toda tu vida: no te mezcles con este chico porque no es un buen hombre. Búscate uno decente, corazón. Antes de que sea tarde; huye.
—¿De qué estás hablando? —cuestionó Temari frunciendo el ceño.
—Hazme caso. Luego me lo agradecerás —indicó rebuscando en su bolso hasta dar con una tarjeta que le extendió—. Este es nuestro restaurante. Si algún día entiendes qué te he dicho, ven a hablar conmigo. Te invitaré algo.
Luego, le metió la tarjeta en el bolsillo más a la vista de la ropa de Temari y se marchó, no sin antes lanzarle una mirada ufana.
Temari se quedó en silencio a su lado, observándole.
—Su marido y yo fuimos juntos al mismo colegio —explicó sin dejar de mirar por donde se fue Karui—. Nos criamos juntos y hacíamos muchas locuras juntos. Algunas chiquilladas o idioteces de adolescentes. Choûji siempre tenía algo que compartir conmigo de comida. Su vida cambió cuando su padre murió y decidió tomarse más en serio el retomar lo que su clan siempre hizo: cocinar. Se marchó para estudiar cocina y cuando volvió, estaba casado con ella. Desde el momento en que me conoció me odia…
Se encogió de hombros.
—Dicen que los hombres cambiamos cuando tenemos una mujer al lado —puntualizó mirándola—. Yo creo que es cierto.
Ella parpadeó, como si intentara poner en orden todo aquello y hacer frente a sus últimas palabras, las cuales, claramente, tenían un gran significado de él hacia ella.
—Sí, mi padre cambiaba siempre que tenía una mujer en su vida —corroboró—. Supongo que nosotras también cambiamos cuando tenemos un hombre en nuestras vidas.
—Supongo —musitó—. Es ley de vida. O algo así. ¿No dice nada de eso en tus novelas?
Ella se ruborizó.
—Oh, cállate y camina —ordenó iniciando la marcha—, tengo energía acumulada y voy a gastarla. Estés dispuesto o no.
Él sonrió, rascándose la nuca mientras chasqueaba la lengua junto a su frase predilecta. Aún así, caminó a su lado sin chistar.
Sí, definitivamente, las mujeres llegaron al mundo para cambiar a los hombres. Para mal o bien, pero tenían ese don.
Porque cambiar a un vago como él era algo increíble. Lo mirases por donde lo mirases.
.
.
Gaara había esperado verla pasar por más de dos horas y media sin lograr nada. Empezaba a sentirse frustrado. Si bien era cierto que él solía tener mucha paciencia, puede que incluso a veces más que Itachi, en ese momento se sentía incómodo e inquieto. No sólo por los acontecimientos que estaba sucediendo con sus hermanos y que tarde o temprano iba a estallar, sino también porque no cesaba de pensar en que Matsuri era peligrosa.
Algo dentro de él le gritaba que esa niña sabía más de lo que decía. Que ese día que se marchó de su casa sabía algo que la hizo alejarse rápidamente, como si la persiguiera el mismo diablo.
Shikamaru alegaba que eran preocupaciones tontas suyas y aunque Itachi prometió investigar esa mañana al irse, no cesaba de pensar que ninguno de los dos lograría algo más que él.
Y aunque no le hacía feliz la idea de fingir interés en una chica a la que prefería rehuir antes que se le metiera por completo en los huesos, debía de reconocer que era el único capacitado para indagar.
Sin embargo, la muy condenada no había pasado como todas las mañanas por su casa y él estaba empezando a molestarse y cuestionarse un sinfín de problemas, a cuál más alarmante. Hasta que se asomó desde la ventana del cuarto de Itachi en vez de la suya.
Reconoció su cabeza castaña en el cenador que Sai se encargara de pintar. Fue un leve momento, pero bastó para que él soltara todos los improperios que conociera mientras bajaba las escaleras y salía a la calle hasta llegar al jardín de los vecinos, plantarse en las escaleras con las manos en las caderas y mirarla como si fuera una crueldad lo que había hecho. O más bien, lo que no había hecho.
—¿Por qué no has pasado por delante de casa como todas las condenadas mañanas? —acusó.
No se dio cuenta de que jadeaba hasta que soltó aquellas palabras. Matsuri, quien parecía tener más interés en el libro que había sobre una manta en la que estaba estirada, levantó la cabeza para mirarle con los ojos muy abiertos y la boca ligeramente abierta en forma de o.
—Hoy es… —tartamudeó, confusa—, mi día libre. No voy a clases, así que no paso por delante de tu casa a menos que tenga que hacer algo.
Él se quedó procesando por un momento la información hasta que fue consciente de qué día era y lo estúpido que estaba siendo en ese instante. Abrió la boca. La cerró. Metió las manos en los pantalones. Las cerró y abrió. Empezó a sentir las orejas enrojecer y algo dentro de él gritó porque huyera, pero Matsuri ya se había levantando y su gesto de perplejidad había desaparecido por uno más interesado, escandalosamente debía de admitir.
—¿Estabas preocupado por mí? —preguntó tan rápido que a él le costó entenderlo—. ¿Lo estabas?
Era como tener un mosquito revoloteando a tu alrededor hasta que te cansas y decides actuar.
—Sí —respondió casi sin darse cuenta que lo hacía. Decir la verdad fue casi aliviador, pero no era lo que quería, así que enderezó la postura—, porque si un mono como tú vuelve a perderse, tendremos de nuevo muchos problemas —añadió.
Ella se echó a reír, lejos de molestarse como esperaba.
—¡Oh, dios mío! —exclamó llevándose las manos al estómago—. ¡Eres más tierno de lo que yo esperaba!
Gaara se mostró perplejo, parpadeando rápidamente.
—Yo no soy… ¿Qué? —masculló confuso—. ¿Cómo puedes pensar que soy tierno? Es justo, al contrario. O tú tienes un entendimiento retorcido de qué es tierno en preocuparse por alguien. Y dado que deberías de enfocarte en chicos de tu edad, pensar que un adulto es tierno es algo sumamente peligroso, ya te lo advierto.
—Tranquilo, no se lo diré a nadie que no seas tú.
De nuevo, patidifuso.
Esa condenada era capaz de dejarle con la boca abierta y sin palabras que salieran de ella, como si fuera un estúpido que acabara de olvidar que era un ser racional y capacitado para el habla y la coherencia.
Y le encantaba.
.
.
Hinata suspiró por tercera vez mientras intentaba comprender qué estaba intentando hacer Ino y cómo la había convencido para enredarla en todo aquello. Las escrituras de la casa estaban desperdigadas sobre la mesa del gran comedor de la casa, uno que hasta ahora nunca habían utilizado, pues Temari y Izumi insistían que ese lugar sería sólo para ocasiones especiales. Sin embargo, eso no impedía que su hermana menor extendiera diversos papeles y empujara jarrones a diestro y siniestro.
—¿Se puede saber qué estás buscando? —cuestionó ya harta de tantas vueltas y de ser usada como pisapapeles.
Ino la estudió con la mirada antes de elevar sus rubias cejas inquisitivamente. Antes de que hablara Hinata ya sabía que iba a devolvérsela.
—¿Es que tienes prisa? Porque te he visto ir de aquí para allá toda la mañana, nerviosa, negándote a salir de casa y cuando vas a hacerlo, te escondes como si temieras encontrarte con algo… o alguien.
Hinata no era una persona de maldiciones, pero en ese momento una le llenó por completo la mente y la abría soltado por la boda de no tener años de autocontrol con sus hermanas.
—No digas tonterías —descartó—, estoy esperando una llamada importante. Pero me dijeron que también podía llegar por carta, así que estoy mirando a ver si viene el repartidor de correo.
Ino apretó los labios de esa forma en que reconocía una mentira y se debatía entre rebuscar entre las posibles excusas o lo que le interesaba. Hinata sintió alivio cuando bajó la mirada hacia los papeles en vez de continuar insistiéndole.
—Es una oferta de trabajo —añadió. Eso ya no era mentira.
Ino dio una cabezada afirmativa pero no retiró los ojos de los muros hechos de tinta. No entendía la obsesión con ese tema, pero se tomó un momento para divagar en que Ino realmente tenía razón en una cosa: había huido.
Lo de la oferta de trabajo no era una mentira. Realmente esperaba una respuesta, pero cuando decidió salir para dar un paseo en lugar de quedarse encerrada, esperando que el ejercicio le diera otro punto de vista a sus pensamientos, descubrió que Naruto salía de su casa para ir a la universidad o a donde fuera.
Automáticamente su necesidad se convirtió en el deseo de esconderse. Sintió su cuerpo arder ante la idea de encontrarse con Naruto. Como si quemara por dentro. No como algo sexual, justo, al contrario. Eran nervios ardiendo. Miedo.
Sabía y entendía que el beso fue sin querer, que fue un mal movimiento entre ambos y que Naruto no tenía malas intenciones. Podía seguir insistiendo en que lo viera como hombre (por dios, ya sabía de sobras que lo era), pero estaba segura de que jamás haría algo así adrede.
Debía de ser lo adulta que se esperaba de ella enfrentando esa situación, pero extrañamente, se sentía justo al contrario y eso la contrariaba. Odiaba sentirse como una adolescente que no entiende nada.
Bueno, nada no.
Sabía que estaba muy agradecida con él por abrirle los ojos, sacarla de su zona falsa de confort creada por otra persona. De recuperarse a sí misma y a sus hermanas, a las que habría perdido para siempre de dejarse hundir por todo eso, especialmente, por los recuerdos que Toneri logró encajar en ella como algo natural en sus acciones diarias.
Quizás fuera un momento de cambio idóneo, pues para nadie era un secreto que Izumi también estaba madurando y cambiado gracias a Itachi. Ambos hermanos eran capaces de lograr eso, el problema es que Izumi estaba coladita por Itachi y ella no estaba segura de querer estarlo por Naruto.
No, al menos, tan pronto. No podía pensar que le debía algo a Toneri, por supuesto eso sería hasta vomitivo, pero se había prometido a sí misma sanar y tomarse su ritmo para eso. Y si se enfocaba más en Naruto, sabía que estaría perdida. Porque su deseo de hacerlo sin estar bajo el yugo de un hombre no iba a funcionar. Sabía que de dejarse llevar por las palabras de Naruto él se convertiría de nuevo en su centro y, aunque estaba segura de ello, Naruto no era como Toneri, ella deseaba ser libre por ahora y no permitir ese acto.
—Naruto.
Dio un respingo y levantó la mirada hacia Ino. Los ojos muy abiertos. Pero su hermana estaba señalando otros planos diferentes a los que antes sostenían.
—¿Perdón? —preguntó, carraspeando.
Ino la miró, luego el papel que sostenía entre sus dedos.
—Digo que estos planos son los de la casa de al lado. Contaba las habitaciones. Porque estas dos de aquí son de Sasuke y Naruto.
—Oh —comprendió más aliviada. Luego, frunció el ceño—. ¿Por qué tienes las escrituras de la casa de los chicos?
—Estaba entre las nuestras —explicó—. Ya papá dijo una vez que la casa de los chicos en realidad pertenecía a la mansión. Es decir, si él quisiera podría exigir el hogar de los Uchiha como suyo. Esa casa antes era para la servidumbre, así que sospecho que…
Calló, como si acabara de estar a punto de contar un secreto que no deseaba que nadie más supiera.
—¿Ino?
—No vas a presionarme —le ordenó casi en súplica—. No me hagas ser mala contigo, Hinata.
—Es que me da que vas a ser mala con otra cosa y me preocupas —objetó calmadamente—. ¿Por qué no me lo cuentas? Puede que pueda ayudarte.
—Dudo que puedas —descartó rápidamente Ino. Sí. Definitivamente, estaba tramando algo. Ino siempre actuaba de esa forma desde que era niña y estaba a punto de cometer una travesura. Generalmente, Sakura estaba con ella, pero, en esos momentos, parecía que esa aventura estaba surgiendo en solitario—. Además, no voy a hacer nada malo.
—Ino…
—De verdad —aseguró Ino con firmeza y el ceño fruncido—. Te aseguro que no voy a hacer nada malo. Pero quiero averiguar algo y tengo que hacerlo sola. O, al menos, sin una hermana mayor encima de mí. Te agradezco de corazón que hayas ayudado como pisapapeles, pero por favor, te lo suplico: no te metas.
Hinata suspiró.
—Ya sé que me vas a dar un sermón —habló Ino antes—, pero esta vez tenéis que confiar en mí. Sé que me hago y es importante.
—Ino, si quieres arreglar su hogar o algo así, ten por seguro que papá seguramente ha pensado en ello. Y si no ha pedido o exigido que esos chicos entreguen las tierras es para no herir su orgullo, así que has de ser delicada con esto. Según lo que hagas podrías poner en riesgo los sentimientos de esos muchachos.
La mirada de Ino tomó un cariz preocupante.
—Lo sé. Sé que hay muchos sentimientos en juego. Más de los que crees, Hinata —aseguró—. Hermana, sé que igual es confuso lo que te digo —añadió tomándola de las manos—, pero te aseguro que no haría esto si no lo considerase necesario. ¿Puedes darme el beneficio de la duda? —cuestionó con voz melosa—, te juro que serás una de las primeras en enterarte de todo.
Unió las manos en rezo, dando saltitos como cuando era pequeña y quería averiguar qué iban a traerle los reyes magos por navidad o papá Noel.
Y lo peor de todo es que funcionaba…
—Vale —aceptó alargando la palabra y colocando las manos en las caderas—, pero has de saber que como te pase algo nunca me lo perdonaré y que lloraré por años por ti, traeré tu fantasma a este mundo para darte en el trasero tanto que…
—Vale, vale, vale —detuvo entre risas—, lo acepto. Lo prometo. Todo eso que quieras para que me dejes seguir mis deseos.
Hinata le atrapó la nariz con fuerza, quitándose sólo cuando se quejó.
—No hagas que me preocupe —advirtió—, que todavía puedo darte un par de azotes.
—Lo tengo en cuenta. Aunque… —añadió frotándose la nariz enrojecida—. ¿Por qué tus orejas se han enrojecido cuando he dicho "Naruto"?
Hinata sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho, si es que eso será posible. Estaba segura de que sus orejas habían vuelto a enrojecer y que Ino estaba disfrutando con eso.
Levantó la mano derecha para señalarla con el dedo índice extendido. Esperaba que el poder que ese dedo otorgaba a las mujeres funcionara todavía en Ino.
—No me tientes, mocosa, no me tientes —ordenó.
Ino, sonriendo y con rápidos gestos con sus brazos y manos, atrapó los papeles y echó a correr.
Hinata se quedó a solas, abanicándose, preguntándose por qué diablos sólo el nombre de ese muchacho era capaz de hacerla sentir de esa manera.
Una idea loca pasó por su cabeza. Sacudió la cabeza, negativa.
—Ni lo pienses, Hinata —se dijo a sí misma, con menos determinación de lo que le gustaba. Levantó el mentón y caminó hacia otra habitación en busca de otra cosa que hacer.
Pero en su mente cosquilleaba aún esa idea que no se había atrevido a poner en palabras junto a una afirmación.
Porque Naruto te ha hecho sentir más mujer con sólo ese beso de lo que te hizo sentir Toneri en toda tu vida…
.
.
Sasuke gruñó por no sabía qué vez.
Naruto estaba demasiado en las nubes como para contarlas y eso también le hizo gruñir.
Que su hermano fuera un idiota que frecuentemente estaba en las nubes era algo normal, pero ese día parecía ser aún peor. Hasta tuvo que evitar que se chocara contra una farola de la universidad, aunque la tercera vez ya dejó que se comiera el cartel de promoción de helados de un grupo de estudiantes de empresariales que no tuvieron agradables palabras hacia el rubio.
—Eres un idiota. Simplemente. —Fue todo cuanto dijo antes de que otra cosa le hiciera gruñir.
Podría decir que eran cosas tontas y que generalmente ignoraba lo que le sacaban gruñidos.
Ver a Deidara caminar hacia ellos no ayudó en nada. Había escuchado la noticia por boca de su hermano antes de que se marchara al trabajo. No esperaba ver al muchacho en la universidad. Él no querría ir a clases si uno de sus hermanos hubiera fallecido. Estaba seguro de que sería un terrible caos para él. Podía negar a regañadientes que los quería, pero… la muerte sería una gran bofetada. Hasta del idiota que tenía siempre consigo.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Naruto al ver que Deidara se detenía junto a ellos y suspiraba.
—Bien, supongo. En realidad, pensaba largarme de la ciudad. Después de todo, mi hermano estaba metido en mucha mierda y puede que me salpique. No tengo ganas, pero… ya empieza a mirarme raro la gente que sabían que éramos hermanos.
Como para resaltar sus palabras miró por encima de su hombro a su alrededor. Sasuke siguió su gesto ya por costumbre.
—Estoy seguro de que hay alguien vigilándome y eso me incomoda. Siento que voy a explotar —protestó Deidara frotándose la nuca—. Buscaba a Sakura para despedirme. Sé que no hemos terminado en buenos términos, pero…
Sasuke gruñó de nuevo para sus adentros.
—¿Terminado? —Ladró Naruto para su sorpresa—. Ni siquiera empezasteis nada. Te ignoraba los mensajes y te aceptaba por educación frente a todos.
Deidara levantó el dedo corazón.
—Me jodisteis la caza, admitirlo —dijo clavando la mirada en especial sobre él—. Los celos no son buenos, Sasuke.
Sasuke lo ignoró bostezando y metiendo las manos en los pantalones. No quería tener nada más que ver con él. Muerto el perro se acabó la rabia. Deidara dejaba de serle alguien preocupante.
—En fin, me iré. Mandarle saludos a Sakura de mi parte por favor.
—Cuanto menos la relacionen contigo, mejor —habló, finalmente—. Si está en peligro por tu culpa…
—No quedará nada de ti para recoger —terminó Naruto a su lado, posando una mano en el hombro de Deidara para reafirmar que no era una amenaza vana—. Y no sólo Sakura. Ninguna de esas hermanas, Deidara. Ninguna.
Deidara entrecerró los ojos y enderezó la espalda.
—Siempre habéis sido igual de capullos —insultó soltándose y alejándose.
Ambos hermanos se miraron por un momento y luego, tras encogerse de hombros, ambos adoptaron de nuevo la misma pose del principio. Naruto no tardó en quedar ensimismado y él, de volver a gruñir de nuevo hasta porque fuera de día y hubiera sol.
Entonces, repentinamente, apareció la causa mayor de sus gruñidos: Sakura Hatake.
Era como si viera a otra persona en esos momentos. La Sakura que se había abierto a él en el parque, la que logró que le besara y s dejara llevar por completo, rompiendo sus condenadas reglas, la principal en especial, dejándole caer al mismo pozo que sus condenados hermanos.
Pensó que ella actuaría diferente cuando se vieran esa mañana, pero pasó de largo con su coche mientras masticaba una tostada. Naruto, demasiado ensimismado en sus cosas, ni se percató de que era ella, pero Sasuke, quien siempre había gozado de una visión perfecta, sí.
No quería que Sakura le recogiera para ir a clases, pero tampoco esperaba que cada vez que se vieran ella actuara como si simplemente fueran desconocidos y nunca se hubieran metido la lengua hasta la garganta el uno al otro.
Incluso si sus miradas se encontraban ella simplemente elevaba las cejas y desviaba como si no pasara nada, con cualquier excusa para evitar mirarle más de lo necesario.
Era confuso y extraño.
Molesto e irritante.
Gruñó de nuevo.
Y otra vez más cuando pasó al lado de ellos y sólo levantó la mano mientras se perdía con un grupo de chicas en dirección a la sección de medicina. Lo peor: a él llegó ese aroma tan peculiar suyo que descubrió que se pegó a su ropa aquella noche y estuvo toda olisqueando su piel para asegurarse de que no estaba allí. Incluso cuando se bañaba lo hizo dos veces por si acaso, esperando que sus hermanos no se burlaran de él por oler a Sakura.
Empezaba a sentirse frustrado. Él le daba vueltas a las cosas y ella sin embargo, no. Más fresca, más libre que él.
—La vas a desgastar con los ojos, Teme.
La voz de su hermano resultó irritantemente un alivio para sacarlo de su estupor. El enfado no incrementó, pero ese llamamiento bastó para darse cuenta que estaba saliéndose de sí mismo.
—Olvídame.
—Sasuke… que se te iban los ojos —aseveró Naruto colocándose las manos en la nuca—. Y para que yo me de cuenta ya tiene que ser obvio.
—Hace nada estabas en las nubes —rememoró—. Así que no me des lecciones.
—Es que… no estaba en las nubes por querer estarlo, ¿vale? —protestó carraspeando y bajando las manos de la nuca para tirarse de cuello de la camiseta, el cual ya era bastante grande de por sí por ser una camiseta más que reutilizada—. Es que no puedo sacarme de la cabeza algo.
—¿Lo de Hinata?
Naruto dio un respingo.
—La besaste.
—¿Cómo lo…? Bah, no me molestaré en preguntar —descartó con las mejillas enrojecidas—. ¡Fue sin querer! Yo estaba allí y ella ahí y entonces pasó porque eso sucedió y…
Sasuke empezó a alejarse. Suficientes problemas tenía ya él con sus propios dilemas como para que escuchar los de Naruto.
—¡Espera, diablos! —protestó Naruto siguiéndole—. No puedes ignorarme de ese modo. He metido completamente la pata, Sasuke —confesó con la voz tensa.
Esa vez, Sasuke se detuvo para mirarle y acercarse la distancia que los separaba. Elevó las cejas, muy serio.
—¿Qué has hecho?
Naruto tragó, mirando a su alrededor, nervioso. Casi podía jurar que estaba sudando más de lo normal en él.
—Yo es… es que… quizás fue desde que me obligaste a aceptarla y dejé de mirar a Sakura para… bueno, Hinata… Han pasado muchas cosas y pues… —Sasuke emitió un gruñido de impaciencia y Naruto dio un respingo, incómodo. Tiró de él para alejarse de bullicio y una vez a solas (o lo suficiente que considerara Naruto), continuó—: he roto la regla.
Sasuke le miró impasible.
—Vale, vale, sé que he roto muchas —reconoció nervioso—, pero me refiero a la última, la de que no nos enamoráramos de ellas. Yo lo empecé como un juego o una posibilidad de que Hinata se sintiera más mujer, más capaz después de lo que el mierda de Toneri hizo con ella, pero se me ha ido de las manos y…
Sasuke gruñó para interrumpirle, le dio la espalda y juraba maldecirse más tarde a sí mismo, pero su boca le traicionó. Definitivamente, compartía genes con ese estúpido.
—Deja de creerte el epicentro de todo —aseveró—, no eres el único que ha roto esa regla. Yo lo advertí.
Y también caí, maldita sea si no he caído por esa condenada mujer.
—Sasuke… ¡Entonces…!
—Olvídate si crees que eso va a solucionar las cosas —interrumpió, entendiendo por donde iban los tiros—. No te emociones. Además, que tu la ames no quiere decir nada. Ella es diferente a ti, más madura y más serena. Tú eres un crío todavía a su lado.
—¡Solo me lleva cuatro años!
—No lo digo por la edad, idiota —espetó—, si no su mentalidad. Para ella sería como tener un niño al que cuidar. Y por otro lado…
Tragó.
Enamorarse de ellas implicaba que era más difícil elegir qué hacer. Si dejaban de intentar robar la llave otros lo harían y no serían tan delicados como ellos. Puede que no fueran buenos o que quisieran robar algo más en el trascurso…
—Eso lo entiendo —dijo para su sorpresa Naruto, mucho más serio de lo que se esperaba de él—. Si nos rendimos alguien podría venir y… —Se pasó una mano por los cabellos—. ¿Te imaginas qué podría hacerles a ellas?
—No quiero imaginármelo —descartó—. Olvídate de eso.
Repentinamente, Naruto lo tomó de los hombros para sacudirlo, como asi fuera a sacar una pila de ideas de su cabeza y no crearle el dolor de cabeza que estaba creciendo en él.
—Entonces, espera, Sasuke —dijo rápidamente—, si nosotros no podemos dejarlo, si les robamos igualmente… ¡Eso provocará un caos! ¿Por qué no simplemente nos quedamos con ellas y custodiamos la llave? ¿Eh, eh? ¿No se podría hacer eso?
Sasuke aferró sus manos para soltarse.
—Piensa un momento —indicó—. ¿Crees que ellas perdonarían el dolor que implicaría en su orgullo saber que estábamos dispuestos a utilizarlas? Ponte en su lugar, dobe.
Naruto retuvo el aire hasta que lo soltó.
—Hinata es muy buena, yo lo sé. Si aguanto al idiota de Toneri…
—Justo porque fue dañada por Toneri ahora mismo, que se enamorara de ti: ¿no sería peor? —cuestionó tras meditarlo un momento—. Piensa que de nuevo la hieres… Destrozarías todo lo que estás intentando levantar.
—Lo sé. Mierda si no lo sé. Llevo pensando en ello todo el tiempo. Lo mismo que tú llevas pensando en Sakura todo el tiempo —añadió. Cuando Sasuke gruñó, elevó ambas cejas—. ¿Lo ves? Estás más gruñón de lo normal. Fuera lo que pasara entre vosotros te ha marcado mucho.
Sasuke no abrió la boca, la cerró. No. No iba a contarle nada. No le explicaría cómo un condenado beso le llevó a sentirse completamente perdido. Con los vellos de punta y el corazón alimentándose del momento. Con el cuerpo y sus labios ansiando más.
Y no es que él fuera cursi, pero esa mujer le había atizado justo donde menos quería: en el corazón.
—¿Qué vas a hacer, Sasuke? —cuestionó Naruto afligido, frotándose el pecho después de hacer la pregunta para modificarla—. No. ¿Qué vamos a hacer?
Sasuke negó con la cabeza.
—No tengo ni idea.
.
.
Itachi le reconoció al instante y supo que algo había cambiado en él incluso antes de que abriera la boca. Kisame caminaba con un aura más calmada, las manos en los bolsillos, como si no fuera un gigante al lado de él o los mecánicos. Sus ojos estudiaron a su alrededor, como si evaluara si era un buen momento para interrumpir o no.
—No te he llamado —dijo como salutación.
Kisame se encogió de hombros.
—Quería hacer una visita.
—Tú nunca haces visitas sin más.
Su boca que siempre le daba sensación de un tiburón acechando se abrió para mostrar sus afilados dientes. Era como si la naturaleza se hubiera equivocado con él a la hora de convertirlo en humano.
—Qué bien me conoces, Itachi —farfulló entre dientes. Claramente, sarcástico.
—Más de lo que crees. —Le hizo un gesto para que lo siguiera hasta el despacho y esperó a que cerrase tras él—. Habla.
Kisame no lo hizo al instante. Se detuvo para olisquear el aire.
—Huele a mujer.
—Izumi ha estado antes aquí —respondió.
—Claro —ironizó—. Eso forma parte de tu plan. ¿Verdad?
Lejos de contestar, Uchiha se llevó la mano al puente de la nariz para apretárselo con firmeza.
—Si vienes a tocarme los huevos con más mierda de que me de prisa…
—Esta vez es más como consejo que como necesidad —expresó—. Mis bolsillos están bien llenos este tiempo —reconoció—. Lo suficiente para que tenga toda mi vida sin problemas y sin dar golpe al agua. Aunque he de trabajar para mantenerlo. No te diré en qué exactamente para proteger tu trasero y el de tus hermanos. Pero sí que quiero ayudarte con algo. Igual para bien o para mal.
—¿Por qué?
Kisame guardó silencio y miró a su alrededor.
—Me salvaste el trasero, viejo.
Itachi se apoyó contra el escritorio, cruzándose de brazos.
—¿Has venido para ponerte melodramático?
Kisame se encogió de hombros.
—Alguna que otra cerveza llevo en el cuerpo —bromeó, pero la sonrisa no llegó a sus ojos, parecía estar algo perdido en el tiempo—. Anoche mi vida cambió.
—¿Acaso has matado tu a ese militar?
—No —negó—, pero podría saber quién lo propuso, aunque no quién lo llevó a cabo y eso, es lo que más me asusta. Cuando el resto de gente sabe más que llego, es terrorífico.
Itachi apenas podía creerse que un hombre tan grande como Kisame tuviera miedo. Ahora entendía su comportamiento.
—Hace años me habría dado igual pero ahora… ya sabes…
—Sí.
—Es algo que sólo tú sabes. Lo he mantenido todo lo secreto que he sido capaz. Sin embargo, ayer sentí que ese secreto podría salir a la luz y me acojoné, sinceramente. No tiene que ver especialmente con ese militar muerto, pero gracias a él ocurrió todo.
—¿De quién estamos hablando?
Kisame se frotó la cabeza, pensativo.
—Ahí está el condenado dilema, Itachi.
—Desembucha.
En lugar de responder, Kisame se puso a dar más vueltas por la habitación, pensativo.
—Éramos críos cuando nos sacaste de aquella mierda —dijo, repentinamente, cuando estaba a punto ya de preguntar de nuevo—. Éramos solo dos mierdas en este condenado mundo grande que te engulle, pisoteándote y recordándote lo pequeño que eres. Descubrimos que o nos lo comíamos o él lo hacía con nosotros.
—Te metiste en mierda que no debías —recordó—. ¿A quién se le ocurre robarle a Danzo?
—Lo sé. Ese cabrón iba a por mí a muerte —recordó sonriendo y soltando su característico deje de risita—. Debí de hacerte caso, pero ya sabes que cuando el hambre aprieta y ves a alguien que quieres sufrir…
—Sí —masculló con dolor. No quería pensar en las veces que sus hermanos lloraron por hambre.
—No estoy diciendo que seas un héroe, pero me salvaste cuando bien podrías haberme dejado atrás y salvarte tú. Por eso, durante muchos años sentí que te debía algo y te estuve ayudando. Pero ambos sabíamos que esos favores tarde o temprano se terminarían.
Sí, Itachi era consciente de eso. Al fin y al cabo, ya no existían las deudas de por vida.
—¿Has venido a decirme que nuestro contrato se ha terminado?
—No. Seguiré ayudándote en lo que pueda —descartó—, y por ello me veo en mi deber de informarte de algo. Probablemente me maten por esto, pero…
—Entonces, igual no deberías de hablar —advirtió Itachi levantando una mano para acallarle.
Kisame negó cabezonamente.
—He de hacerlo. Puedes tomarlo como una locura de mi parte, pero sé que me agradecerás lo que voy a decirte.
Itachi comprendía que no serviría de nada negarse. No podía evitar sentir cierta preocupación de que por salvarle su trasero el de Kisame terminara bajo dos metros de tierra.
—Cada quien se juega su vida como quiera y ya eres un adulto. No voy a pedirte más veces que te cuides tu trasero. Así, pues, escucharé lo que tengas que…
Cerró la boca al escuchar un chasquido metálico y un grito masculino de advertencia. Se incorporó para salir de la garita y actuar enseguida. Miró por encima del hombro a Kisame.
—¡Aferra esa cadena, tú eres capaz de hacerlo! Vosotros, quitáis de ahí —ordenó rápidamente a medida que se acercaba más a los chicos y sabiendo que Kisame no remugaría, actuando a la par—. Y tú, Kaito, no hagas movimientos bruscos hasta que yo te diga.
—Sí —farfulló el hombre—, juraría que he bloqueado el gato, pero…
—Da igual, no te preocupes —descartó acercándose al panel de mando— y entregándoselo a uno de los otros chicos—. Cuando yo te diga, presiona el botón de elevación —susurró—, y hazlo bien o la vida de Kaito terminará en tus manos.
—Lo haré —afirmó el hombre severo.
Itachi asintió y rápidamente, llegó al punto donde Kaito se encontraba, apretándole los tobillos. Miró a Kisame una vez, quien asintió. Sus brazos estaban tensos por la presión que ejercía y pero su agarre era firme. Ese condenado tenía una fuerza casi sobrenatural.
Se volvió para hacer una señal al otro trabajador y en un acto de tres personas bien organizadas, lograron sacar a Kaito de debajo del coche. Con el corazón en vilo, todos aplaudieron cuando se terminó. Aunque el desayuno de Kaito terminó en el suelo y su cara pálida de terror no necesitaba palabras.
Itachi le dio palmadas en la espalda de animo y, tras sacudir la cabeza varias veces, le dio el resto del día libre.
—Definitivamente, siempre tienes que arriesgar tu culo por cualquiera —bromeó Kisame—. Si ese coche llega a ceder, tú y ese chaval estaríais aplastados.
—Son gajes del oficio.
Tras encogerse de hombros, se aseguró de que el resto estaba bien y volvían al trabajo antes de regresar su atención a él.
—Más bien: ¿acaso no es esto un taller de motos? ¿Por qué tenéis un coche?
—Como no sabes mucho del tema lo resumiré en: misma marca, dinero igual —respondió estudiándole con la mirada—. ¿Qué vas a hacer? Siempre puedo darte un puesto…
—No, no hablar. No sé nada de mecánica y sigue sin interesarme —descartó—. Ni te molestes. Además, tengo un sueldazo de por vida —canturreó, aunque no tardó en obtener su gesto severo de nuevo—. Eso me recuerda el por qué he venido.
—Eso digo yo —protestó—. ¿Vas a decírmelo ya o tengo que adivinarlo? ¿Tenemos que esperar que vuelva a ocurrir otro accidente?
—No —negó Kisame sacudiendo la cabeza—. ¿Qué tan bien conoces a tu suegra? —cuestionó.
Itachi enderezó la espalda, interesado.
—Sé que es una madre gallina para esas chicas y que no se detendrá para hacer lo necesario de mantenerlas a salvo. Fue ella quien expuso a Kabuto y…
—Ella sabe todo —interrumpió Kisame sin tapujos.
Itachi cerró la boca, elevando las oscuras cejas.
—¿A qué te refieres con todo?
—A todo, Itachi —respondió bajando la voz pese a que estaban de nuevo a solas en la garita—. Sabe lo vuestro, lo del robo de la llave, que estáis jugando con fuego con esas chicas y está esperando como una condenada zorra qué vais a hacer.
Se quedó helado. Ya sabía por intuición que Rin era peligrosa, pero no era conocedor de cuánto sabía de ellos.
—Mierda…
—Sí, estáis de mierda hasta el cuello. Ahora tenéis una hija de perra mordiéndoos el cuello. Y créeme, esa cabrona cuando muerde, muerde de verdad —aseguró.
Se frotó el entrecejo. Más problemas y más dilemas al saco.
—Lo sé porque esa condenada vino ayer a mi casa —confesó Kisame—. Y me amenazó de lo lindo. Sabe hasta de esa persona —gruñó—. Y mira qué pasó con ese militar. ¿Crees que tú y tus hermanos seríais diferentes?
No. Desde luego que no. Durante esas horas pensó que era una madre gallina, pero resultó ser una condenada loba con unas fauces hambrientas y una paciencia de mil demonios.
—¿Cómo ves el tema?
—Jodido. Muy jodido.
.
.
Naruto abrió la puerta con una pesadez tremenda en el estómago esa tarde. Esperaba que fuera Hinata, a la cual había visto salir de su casa justo cuando él entraba en la suya, demasiado temeroso de sus propios demonios como para confrontarla. Más que por el beso, lo que ello conllevaba. Enamorarse, saber que era imposible sin fallar a una de las dos partes y el resultado siempre era que la perdía igualmente.
Aunque no podía negar que le hacía sentir bien pensar en el beso. La suavidad de esa boca femenina se le antojaba algo más deseable de lo que debería. Quizás pudiera acusar a sus hormonas, claro. Sería un tonto de remate de hacerlo. Eso tenía más que ver con el corazón que con otra cosa.
Para su suerte —o quizás no— fue Ino quien llamaba y a quien se encontró tras la puerta. La más rubia de las hermanas le miró parpadeando inocentemente, como si se hubiera esperado encontrar a otro hermano. Suponía que a Sai.
—Si buscas a Sai…
—Sí, claro —dijo ella, que se había puesto de puntillas para mirar por encima de su hombro y carraspeó después al ser pillada—. ¿Dónde está? ¿En el salón?
—No. Ha salido a por unas cosas que tu hermana le pidió que le ayudara a comprar. Al final, Izumi se ha ido con él —explicó rascándose la nuca.
La verdad era clara: Izumi podía hacer con ellos lo que quisiera. Pareciera que al haberse emparejado con su hermano se hubiera convertido en una reina madre a la que todos debían de obedecer.
—Vaya. ¿Crees que tardarán mucho? —cuestionó Ino llevándose un dedo a la boca.
Naruto se encogió de hombros.
—Ni idea, la verdad.
—¿Te importa si los espero un poco aquí? —preguntó.
—No, claro —aceptó permitiéndole pasar.
Ino caminó como por su casa. Se asomó a la cocina y luego, a las escaleras y finalmente, entró al salón.
—Te aseguro que no te he mentido.
—Lo sé, lo sé —aceptó ella con un gesto que, por un momento, se le hizo familiar a Hinata. No era raro, al fin y al cabo, eran hermanas—. Es sólo por si había algún hermano más y para saludar. La educación ante todo.
—Entiendo —aceptó rascándose la nuca—. Pero ya te podría haber dicho yo que estoy solo. Hasta Gaara está fuera dando una vuelta.
—¿Está bien como para eso?
—Claro. Ha mejorado mucho. Más ahora que tiene sus medicinas al día.
—Ah, pues me alegro mucho —dijo ella sinceramente, sentándose en el sofá y mirando a su alrededor—. ¿Me darías algo de beber? Un té si puede ser.
Naruto asintió, encogiéndose de hombros, antes de dirigirse a la cocina. No era muy bueno con eso, más bien, Itachi a veces le vetaba la entrada si no fuera para cocinarse ramen. Pero hacer un té no era tan difícil. Colocó la tetera tras echarle agua, esperó a que esta hirviera y, después, agregó lo demás poco a poco, canturreando en voz baja.
Cuando volvió al salón, Ino estaba al lado de la estantería, mirando el techo con sumo interés.
—¿Telarañas? —cuestionó.
Ella dio un respingo para mirarle.
—No, que va, para nada. Es imposible con Izumi a los mandos —descartó ella concienzuda—. Naruto. ¿Esta casa cuantos años tiene? Porque estamos haciendo una apuesta mi padre y yo a ver si adivino cuánto tiene la mansión.
—Pues la verdad, es que te podría decir que mi edad o la de Itachi, porque llevamos toda la vida aquí. Puede que tenga muchas más años de lo que parece. Tu té.
Pero Ino movió la mano, descartándolo.
—Me sabe mal decirte que no después que me lo has hecho, pero tengo que irme —anunció—, lo siento, de verdad.
Naruto miró el té que sostenía y negó, encogiéndose de hombros.
—No pasa nada, pero creía que ibas a esperar a Sai.
—Oh, él seguro que viene cuando sepa que he estado aquí buscándole —aseguró ella dirigiéndose hacia la puerta.
Naruto frunció el ceño.
—¿Seguro que va todo bien?
—Sí, claro, te lo aseguro. ¡Hasta luego!
Le cerró la puerta casi en las narices. La vio correr hacia la mansión por la ventana y se preguntó si habría hecho algo malo. Suspiró. Igual iba a ganarse otra regañina. Sólo que esa vez no sabría por qué.
Antes de volver a la cocina para tirar el té, la puerta volvió a sonar. Esa vez, sí fue su temor quien apareció tras ella y con tan mala pata que le tiró el té encima. Hinata, quien se mostró completamente atónita, levantó los ojos hacia él lentamente. Casi pareciera que tuviera ganas de llorar.
O era él quien las tenía.
Abrió la boca. No tenía voz.
—Creo que... he venido en mal momento —balbuceó Hinata—. Volveré en otro momento o… no sé.
Luego, le dio la espalda y en completo silencio se alejó en dirección a la mansión. Naruto estaba seguro de que no debía de permitírselo, sin embargo, de cierta forma, pareciera que alguien hubiera pegado sus pies al suelo con pegamento o clavos y que estos no estaban dispuestos a moverse para nada.
¿La habría cagado antes de tiempo o Hinata realmente sería más madura que él a futuro?
Sabía que ella era una buena mujer, que no iba a gritarle o armarle dramas innecesarios por tirarle el té sin querer. Igualmente, era una persona de carne y hueso y cualquier se enfadaría si una persona de la que no sabes qué esperar tras una situación tan incómoda le tiraba bebida encima. ¿Acaso en las novelas no siemrpe la mujer tiraba agua sobre el chico como castigo por algún tema doloroso para ella?
Empezó a sentir pánico, hasta que una cara conocida apareció frente a él. Sai elevó las oscuras cejas mientras su boca se torcía ladinamente.
—¿Se te ha frito el cerebro o se te han congelado los huevos?
Mordió con fuerza para no soltar una grosería, especialmente, cuando Izumi resopló tras Sai, escandalizada por su comportamiento y palabras.
—¡Oh, por favor, Sai! —aseveró—. Claramente ha pasado algo. ¿Acaso no ves la cara de miedo que tiene? Pobre cachorro —murmuró acariciándole la mejilla y dándole las bolsas a Sai, quien las cogió a regañadientes—. Dame, anda —pidió tocándole la mano que sujetaba aún la taza—. Vamos dentro. Igual sentarte te sienta bien.
Naruto se dejó hacer como si fuera un niño pequeño repentinamente. De nuevo, las ganas de llorar llegaron a él. Izumi, lejos de preguntarle o comportarse de forma extraña le permitió tomarse un momento para él, fingiendo estar ocupada en otra cosa —más bien en evitar que Sai se metiera con él y echarlo de la cocina—, dándole su espacio, cosa que le ayudó a no derrumbarse.
—Ino te buscaba —logró gesticular.
Sai, quien estaba divirtiéndose en provocar a Izumi, quien estaba muy tentada ya a coger el cazo, le miró y tras un pestañeo, se marchó sin decir mucho más. Izumi suspiró aliviada, colocando los brazos en jarras.
—Desde luego, cada vez admiro más a Itachi —confesó mirándole—. ¿Mejor?
Negó y admitió a la vez. Ella elevó una ceja.
—He tirado té sobre Hinata —confesó. Era como estar frente a una profesora cuando eres pequeño y espera que confieses. Lo soltó sin más.
Izumi le observó un buen rato, sin hablar, como si estuviera castigándole de esa forma. Hasta que, finalmente, suspiró.
—Ella no está enfada por eso —descartó sentándose a su lado—. Puede que sorprendida y confusa, pero no enfadada. ¿Sabes la cantidad de veces que sin querer las demás chicas le han tirado algo sin que ella se lo esperase? Una vez, por ejemplo, Matsuri le tiró su plato de comida —callos, por cierto—, encima por error. Quería tirarlos a la calle y justo cuando abrió la puerta para hacerlo, Hinata llegaba a casa. Ella se quedó congelada, parpadeando como si fuera un oso y completamente enmudecida. En silencio, se metió al baño para acicalarse y no volvió a hablar hasta que salió de él. Me preguntó "Oye, Matsuri está enfadada conmigo. ¿Le he hecho algo?" Y yo me reía porque no fue ese el caso. Además, la pequeñaja estaba realmente asustada con que Hinata se enfadara. Porque cuando se enfada, da miedo, créeme. Así que no tienes que preocuparte pero sí darle su espacio.
Le dio palmaditas en el brazo para consolarlo.
—Hinata tiende a congelarse en ciertos momentos. Pensaba que ya no le pasaba —reconoció pensativa—. Sólo cuando era con nosotras. Es decir, las personas que le importamos. Así que, felicidades, parece que le importas más de lo que crees. Aunque no hablaré más —añadió justo cuando le vio abrir la boca para preguntar—. Dale tiempo y espera un poco. Cuando se arregle, seguro que vuelve.
—¿Y si no vuelve? —cuestionó temeroso.
Izumi se encogió de hombros.
—Chico; vivimos en la casa de al lado —dijo sonriendo en broma.
Algo que le reconfortó, de cierta forma.
—Vale, Aunque la paciencia no es mi fuerte —reconoció frunciendo el ceño—, pero esperaré por Hinata. El tiempo que sea necesario.
Ella silbó.
—Ni que fuera una confesión de amor— bromeó.
Naruto sólo la miró un instante, el tiempo suficiente para que ella enrojeciera. Decidió que era mejor escabullirse antes de que las preguntas llegaran. Salía de la cocina cuando llegó la primera.
—Eso es una broma. ¿Verdad? ¿Naruto?
No le contestó.
Porque no podía negar una verdad.
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Todo encajaba de una forma retorcida. Lo peor de todo es que sus miedos también iban acomodándose como un cosquilleo aterrador tras su nuca. Una advertencia a la que no quería hacer caso. El deber y el querer comenzaban a enzarzarse en una pelea aterradora.
Se tomó un momento para tomar aire mientras miraba la puerta que llevaba al ático. Aquella podría ser su última pesquisa importante y si cuadraba, si conseguía descubrir algo más… Sintió un escalofrío que le dejó el cuerpo helado.
No era un detective experto. ¡Por dios! Ni siquiera debería de ser capaz de estar haciendo esa investigación. Pero había buscado por internet algunas formas de descubrir algo y se estaba enfocando tanto en ello, que la estaba frustrando más ver que iba bien que ir mal. ¿Por qué? Porque eso abría una puerta aterradora.
En cuanto a sus pesquisas en internet, por ejemplo, para saber si una puerta realmente estaba tapiada le indicaron usar un espejo y un hilo. Ambas cosas habían funcionado cuando las puso en la puerta que había inquietado a Matsuri, donde encontró las fotografías. Engañar a Naruto fue más fácil de lo que pensaba y saber que estaban a solas, fue un gran acto de suerte (O casualidad, como si el destino quisiera que siguiera esos pasos) que no dudó en aprovechar.
Se marchó algo aterrada.
Las escrituras coincidían. Las palabras de Matsuri y su miedo no eran mentiras o imaginación.
Ya sólo quedaba un último paso por hacer.
Sin embargo, sus pies parecían incapaces de moverse. Los ojos comenzaron a anegársele en lágrimas.
—Debo de hacerlo.
—Pues adelante.
Dio un respingo al escuchar la voz. Al volverse, se encontró con unos ojos negros y una sonrisa que conocía bien. Esa clase de mueca que sólo tenía para ella. Una sonrisa mentirosa…
—Sai.
—¿Mhn? —cuestionó dulcemente—. Naruto me dijo que me buscabas. Yo también quería verte.
Ella sonrió tirantemente. Porque sus sentimientos luchaban contra el terror y el amor. Una parte de ella quería huir y otra parte quería abrazarle y suplicarle que le dijera la verdad. Ojalá fuera capaz de leer las mentes de verdad —Sakura solía decir que parecía tener ese don. Mentira— y conocer qué pensaba. Conocer la verdad.
—¿Está todo bien? —preguntó.
Ella se recompuso lo mejor que pudo y asintió.
—Sí, todo bien. Fui a buscarte porque quería verte —dijo echándole los brazos a los hombros, como haría siempre—. Me dijo Naruto que fuiste a comprar con mi hermana. ¿Te ha utilizado de tractor?
—Bueno, a cambio le he sacado algo de información sobre ti.
Un escalofrío aterrador le recorrió el cuerpo. Él le retiró algo de cabello de la mejilla.
—No te preocupes, no es nada vergonzoso. Si no consideras vergonzoso comerte un montón de polvorones de una tienda y pensar que puedes irte sin pagar.
Ino abrió la boca, sorprendida, maldiciendo mentalmente a Izumi por contar algo tan vergonzoso. ¡Jamás olvidaría aquello!
—¡Sólo tenía hambre! —protestó—. ¡Estaba muerta de hambre!
Él sólo sonrió, apacible.
—Lo sé y te comprendo.
Eso no era mentira. O al menos, lo sentía de esa forma. Sai no mentía en cuanto a sus escaseces. Eso siempre le creaba ternura. En ese momento, nuevamente, su mente y su corazón parecían librar una guerra. Una dura batalla.
—Perdón, no quería traerte malos recuerdos —se disculpó.
Él negó.
—En realidad, me parece una anécdota muy divertida. Imaginarte de pequeña corriendo por la tienda con los cachetes llenos…
Ella le devolvió una dulce sonrisa, cómplice del sentimiento tan dulce que le hacía sentir ante ese acto.
—De todas maneras —dijo él mirando escaleras arriba—. ¿Pasaba algo con ir arriba?
Ino siguió su mirada.
—¡No nada! —negó—. Es sólo que hemos subido muchas cosas arriba y no encuentro una de mis palas. Estaba sufriendo ante la idea de tener que hacerlo y rebuscar por taaantas cajas. Y sé por experiencia que mis hermanas son de guardar cosas aterradoras de años atrás.
—Oh. ¿Quieres que te ayude a buscarla?
—No —negó ella automáticamente—. He pensado que mejor me acompañes a comprar una y así nos damos un paseo juntos.
Él asintió, con la oscura mirada brillante de emoción. Le extendió el brazo dócilmente.
—Todo tuyo —anunció.
Luego, ambos pasaron por delante de Sasuke, quien los miraba con una ceja alzada. Ino se detuvo para indicarle otras escaleras, las que daban al dormitorio.
—Ella está arriba.
Sasuke carraspeó y negó con la cabeza adentrándose en el despacho de su padre, como si fuera ese su refugio.
Sai sonreía mientras la observaba.
—Creo que sé por qué estoy cada vez más enamorado de ti —anunció—. Disfrutas torturando a los demás tanto como yo.
Ella apretó los labios en una tirante sonrisa.
—Hasta un límite, por supuesto —añadió.
—Hasta un límite —repitió ella mientras internamente pensaba que no.
Ella no sería capaz de engañar de esa forma como él. Todavía no entendía por qué tenían las fotografías sobre ellos, pero estaba segura de que tarde o temprano se enteraría y que en ese momento, iba a gritar como loca.
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Sakura salía de la ducha justo cuando se lo encontró recostado contra la pared de su dormitorio. Había algo salvaje y atractivo en ese acto, aunque por un momento la aterró y estuvo tentada a gritar, se detuvo al reconocerlo. Sasuke Uchiha no parecía estar de muy buen humor. Ya lo había notado en la universidad, aunque debía de confesar que se día fue demasiado atareado en clases, con el curso intensivo y encima, el laboratorio cargado de tareas que no tuvo el tiempo suficiente como para pensar en lo hermoso que fue todo con él y las ganas que tenía de verle.
Era justo ahí cuando sentía que su cuerpo finalmente estaba relajándose y que deseaba correr hacia él para abrazarlo con todas sus fuerzas.
Sin embargo, algo le advertía que no debía de hacerlo. Sasuke, además de enfadado, parecía completamente confuso.
—¿Por qué no has dicho nada? —dijo ella para liberar la tensión—. Me has asustado.
Él hizo un gesto con los hombros.
—Necesitaba pensar —explicó.
—¿En mi cuarto? ¿A solas? ¿Mientras me ducho? —cuestionó.
Era consciente de que eran muchas preguntas y que quizás lo confundieran más, pero hasta había algo divertido en hacerle entender por qué ese comportamiento era raro y hasta vergonzoso. Especialmente, cuando parpadeó, mirándola de arriba abajo y dándose cuenta de que estaba desnuda bajo la toalla.
Fue icónico ver a un chico muy alto, demasiado delgado gracias a su escasa alimentación y que te mirara como si fuera repentinamente consciente de que estaba frente a una chica desnuda. La adolescencia golpeaba de lleno.
—Eh… Cierto —logró gesticular.
Le vio dar un paso hacia delante y luego, la espalda hacia ella, de nuevo, de cara, abriendo la boca como si quisiera decir algo, pero sus ojos traicioneros volvieron a recorrerla y su mente volvió a quedarse en blanco.
—Sasuke, cálmate o tendrás un ataque —aconsejó haciendo un gran esfuerzo por evitar echarse a reír. Sabía que el orgullo del chico no perdonaría algo asi—. Deja que me vista primero. Puedes… Eh… no sé, mirar las marcas que hay en la puerta si quieres.
Él no dijo ni una palabra, pero obedeció. Sakura se quedó un momento observándole. Se preguntaba si comportaría como el adulto que se jactaba siempre de ser. O sería el adolescente hormonal que realmente era. Decidió mejor dejar de torturarle. Aunque no podía negar que era algo divertido.
Caminó hacia su cama, donde había dejado su ropa limpia y la interior. Se mordió el labio inferior mientras tomaba valor. Puede que le gustara jugar, pero a veces podía sentirse algo insegura con su cuerpo. Aún así, se armó de él y dejó caer la toalla. Por el espejo logró captar que él había movido un poco la cabeza, como si pudiera verla por el rabillo del ojo.
Tomó la parte inferior y se agachó descaradamente para colocarse la prenda, subiéndola más lentamente de lo normal por las piernas.
Luego, todo fue muy rápido.
Primero le escuchó jadear, soltar un improperio y volverse hacia ella. Sakura se había subido las braguitas cuando se volvió a él y pudo enfocarlo. Tenso, con los puños cerrados un abultamiento entre sus piernas.
En medicina le enseñaban esas cosas también. Era algo incluso que te enseñaban en secundaria. Pero siempre había tenido sus dudas de que los hombres fueran capaces de "levantarse" tan fácilmente. Aunque fuera un poco. Sasuke estaba siendo el claro ejemplo de que era posible.
La boca se le hizo agua ante la idea de que él avanzara hacia ella, de que mostrara cuán necesitado de su persona estaba. Por eso, cuando dio el primer paso no se extraño de que un gemido de alivio y deseo escapara de sus labios.
No se cortó al darse la vuelta totalmente hacia él. Sabía que su pecho era pequeño, diferente al de sus hermanas. Ahora mismo, sólo Matsuri tenía su misma talla y era mucho más joven que ella. Ya se había dado por vencida con el hecho de que fueran pequeños. Ni masajes ayudaban.
No importó para nada. La forma en que sus ojos negros brillaban de deseo al verlos, tan libres, endureciéndose de excitación, fue suficiente. Le vio tragar pesado. Abrió la boca sin decir nada, como si estuviera llamándole silenciosamente.
Sin embargo, Sasuke no actuó como esperaba.
No se abalanzó sobre ella, si no que pasó de largo a su lado y se asomó al balcón. Y, como si acabara de olvidar que su habitación tenía puerta saltó por él.
Sakura casi gritó, corriendo detrás de él sin importarle que estuviera desnuda.
—¡Dime que no has hecho eso! —exclamó. Pero Sasuke ya no estaba. Como si se hubiera esfumado por completo—. Oh, por todos los demonios —exclamó.
Estuvo un momento ahí, mordiéndose el pulgar hasta que recordó que estaba desnuda y que era mejor vestirse antes de que pillara un constipado.
Se sentía confusa y completamente frustrada. Como nunca. ¿Cómo podía un hombre ponerla tanto y huir mientras estaba claramente excitado?
No lo comprendía.
Se miró al espejo antes de vestirse. Su cuerpo estaba limpio, su pecho era firme. No había nada de grasa en ella, pero tampoco estaba gorda. Su trasero, desde su punto de vista, era apetecible. Ino siempre le había repetido que ese era su mejor atributo.
—¿Acaso…?
Una idea cruzó por su mente.
Sasuke era torpe en sus besos, en su forma de expresarse y amar. ¿Acaso era la primera vez que le pasaba esas cosas con una chica?
—¿estaba asustado de verdad?
Entonces, pasó que, en lugar de enfadarse, le dio mucha ternura. En lugar de estar frustrada, pasó a estar más excitada ante la idea de hacerlo suyo.
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Matsuri se despidió de él en la entrada de su casa, pero Gaara esperó hasta que ella llegó a la suya antes de entrar. No podía quitarse la sonrisa de la cara, aunque continuaba preocupada por lo que descubrió e Ino la tranquilizó lo suficiente como para saber que era capaz de disfrutar de un paseo junto a Gaara.
No fue extraño. Se sintió cómodo. Ella podía hablar e imaginar y él escuchaba tranquilamente. A veces preguntaba cuando ella se quedaba callada, en especial. Matsuri lo hacía porque llegaba a pensar que él estaba aburriéndose, así que cuando mostraba interés en ella y lo que estaba contando, su corazón se llenaba de felicidad y una sonrisa feliz inundaba su rostro.
Le gustaba Gaara más de lo que pensaba y aunque era un ser muy misterioso para ella, no le importaba.
Además, era hermano de Temari y eso indicaba mucho de él.
El mayor problema que encontraba ella es que no sabía qué pensaba realmente de ella. Cuando pensaba que no podía preocuparle nada o que podía forzarse a cambiar por él sin ser tan invasiva, él aparecía para exigirle el motivo de su ausencia.
Jamás olvidaría esa cara de frustración y terror. Había deseado tanto fundirse contra él y acomodar su rostro entre sus manos, jurarle que nunca iba a irse y dejarle. Pero luego no volvió a mostrar mucho más.
Debía de reconocer que le gustaba llevarlo un poco al límite. Adoraba ver como se mostraba confuso, claramente por su causa y sus palabras. Matsuri no iba a dar rodeos como sus hermanas. Ella era directa, le gustaba serlo. Le gustaba mover cielo y tierra si tomaba una determinación. Como el día en que escaló aquel árbol y se cayó.
Gaara sólo era una de esas ramas difíciles que aferrar y sólo tenía que calcular y esforzarse el cómo aferrarlo. Y ella estaba lista.
La pregunta era: ¿él lo estaba?
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—¿Va todo bien?
Izumi elevó una ceja cuando vio a Itachi aparecer esa tarde, dejando la moto de cualquier forma aparcada y el casco en la entrada. Le había pedido a su padre que le obligara a llevar uno y Kakashi ya había resulto ese problema. Seguramente, se lo llevara al trabajo para que él no pudiera negarse. ¿Cuándo? Eso ya no tenía respuesta.
Itachi parecía tentado a negarse, pero al percatarse que era ella, sacudió la cabeza negativamente.
—Sólo me duele la cabeza. He estado a punto de perder al chaval nuevo bajo un coche y no dejo de darle vueltas a que fue…
—Negligencia tuya —continuó antes que él. Itachi la miró por un instante—. Culpa tuya —se corrigió para que él la comprendiera mejor.
—Sí —admitió encogiéndose de hombros y acercándose a ella. Su ceño estaba tan fruncido que le salían arrugas—. Se ha salvado por los pelos.
—Está vivo. Es lo que cuenta.
—Debí de estar atento —puntualizó—. Igualmente, ya pasó.
—Si ya pasó no estarías tan preocupado —dijo ella acariciándole la mejilla cuando estuvo cerca.
Él meneó la cabeza afirmativamente, pensativo. Luego, la miró más fijamente y se inclinó repentinamente para besarla, rodeándole la cintura con su brazo para acercarla más a él. Con gusto, ella se aferró a sus hombros, sorprendida, esbozando una sonrisa cálida.
—¿Y esto?
—Tenía ganas —respondió—. ¿No puedo?
—Siempre que quieras —admitió dócil.
Él asintió, rozando su nariz contra su mejilla antes de separarse y mirar a su alrededor.
—¿Dónde están los monstruos?
—Pues… ¡Itachi! —regañó echándose a reír—. No llames monstruos a tus hermanos.
—Lo son. No quieras creer que son angelitos —recomendó.
Izumi sabía que estaba de broma, pero de alguna forma, que Itachi no sonriera o que mantuviera ese nivel de seriedad a veces la asustaba. Pintar a su familia como si fuera algo malo para la suya parecía su nueva afición.
—Naruto está arriba atormentado —explicó.
—¿Qué ha hecho?
—Tirarle té a Hinata —respondió encogiéndose de hombros—. No te preocupes —frenó—. Hinata no está enfadada, sólo en shock. Necesita un tiempo y lo arreglará. Es adulta.
—Y el mío un crío —protestó él—. ¿Y del resto?
—No sé dónde está Shikamaru, pero dado que Temari no ha regresado todavía, doy por hecho de que están juntos. Sai se fue a la mansión con Ino y no sé dónde están. Sasuke ha subido las escaleras hace un rato a toda prisa y si no fuera porque justo salía para guardar los vasos en la cristalera del salón no me habría dado cuenta de que estaba aquí.
—¿Por qué? —cuestionó Itachi levantando la mirada hacia la escalera.
—Estaba de pie en el salón, a oscuras. Ni siquiera escuché que entró.
Él cabeceó.
—Es normal. Cuando les da la gana de hacer travesuras son muy silenciosos. Igual, si sólo está en casa, ya hablaré con él después. ¿Gaara?
—Arriba. Acaba de dejar a mi hermana Matsuri —explicó encogiéndose de hombros—. No parecía muy cansado, pero me dijo que se iba a dormir, que lo necesitaba. Y como está regular, le he dejado.
—Sí, ya es normal para nosotros sus horarios raros de sueño —admitió Itachi. Luego, suspiró aliviado—. Al menos, ya sé dónde están todos. Y dónde estas tú —añadió.
Ella asintió y tras darle un beso corto, se apartó.
—Iré a casa.
—¿No te quedas esta noche?
Sintió que sus mejillas enrojecían y su cuerpo quemaba. Por suerte, su cordura era más sensata.
—No, me gustaría, pero no —negó—, tengo que ver qué tal va todo por casa y si puedo convencer a mi padre y Rin de que se vayan a seguir con su luna de miel.
Él asintió, sin pelear ni existir.
—¿Qué tal te llevas con ella?
—¿Con Rin? —cuestionó sorprendida por la pregunta. Él asintió y ella intentó sopesarlo—. Bueno… ahora, la verdad, las cosas han cambiado mucho con ella —reconoció—. Cuando la conocí estaba algo arisca con ella porque… porque siempre perdemos madres a las que queremos. Tomé el rol materno de mis hermanas, así que dudaba que Rin estuviera preparada para trabajar con ellas. Es cierto que mis hermanas no recurren a ella, pero tras lo que pasó con Kabuto me di cuenta de que realmente ella nos quiere y que está ahí. Sólo que ha estado en las sombras porque nosotras la relegamos allí. Sin embargo, ahora sé que si estiramos los brazos hacia ella nos lo devolverá sin alejarnos o sentirnos menos querida.
Itachi asintió.
—Como una loba paciente.
Izumi lo sopesó, abriendo la boca con sorpresa.
—Pues mira, ahora que lo dices, sí.
Sonrió, mucho más calmada en lo referente a Rin.
—Sí, por eso ahora siento que puedo irme más tranquila de casa. Vale que las chicas ya son mayores, pero igualmente me sentía responsable como madre. Algo que no me corresponde a mí, pero si a Rin. Y estoy segura de que lo está deseando ejercer. Sin prisas, pero con deseo.
—Estoy seguro de que sí.
Ella le miró con ciertas dudas.
—¿Por qué ha sonado como si lo dijeras entre dientes?
—No lo hice —negó sorprendido—. Es sólo que… —Lo pensó un buen rato antes de responder, inquietándola—. Es una madre. Puede que no salierais de su vientre, pero lo sois.
Entonces, comprendió.
Itachi no conocía el calor que brindaba una madre. Aunque esta no fuera biológica. Sólo sabía ser padre más que hermano. No tuvo una figura materna y las mujeres que conocía le querían más por lo que tenía entre las piernas que realmente por ser un niño que necesitaba prostituirse.
Ninguna abrió la cartera gratis o por compasión.
Lo estrechó entre sus brazos sin pensarlo y eso pareció asustarle repentinamente, porque dio un paso atrás, incrédulo.
—Lo siento —se disculpó ella tomándole las manos—. Lo siento. Ojalá pudiera hacer que entendieras mejor ese sentimiento.
Él se encogió de hombros.
—Viví lo que me tocaba. Nada más.
Ella le sonrió dolida. No sabía cómo ayudarle realmente, porque era una faceta que nunca podría rellenar.
—Contigo —añadió casi en voz tan baja que apenas pudo oírle. Bien pareciera algo que no dijera él. Pero ahí estaba, en sus labios. Y casi sonaba a promesa.
Ella no preguntaría, por supuesto, pero sí que abrazaría esas palabras con dulzura.
Claro que, por aquel momento, ella desconocía lo que su hermana pequeña estaba por descubrir o lo que estaba a punto de derrumbarse…
.
.
Temari sonrió mientras se estiraba cuanto podía antes de volverse hacia él. Shikamaru estaba acostado en la arena y pareciera que realmente se hubiera dormido. Así que caminó de puntillas hacia él. Sin embargo, aunque le hubieran dado el alta no significaba que su cuerpo estuviera del todo bien y sus pies actuaron con torpeza y cayó de bruces sobre él.
Shikamaru, como un gato, reaccionó, atrapándola justo a tiempo.
—Cuidado —dijo preocupado.
—Pensaba que dormías —explicó sorprendida—. Qué buenos reflejos.
Él bostezó y la dejó caer suavemente sobre él, como si no fuera incómodo para él sostener su peso o que su cuerpo se amoldara a él. Mantuvo una mano en su cintura y la otra, la colocó tras su nuca, relajado, usándola de almohada.
—Ya te dije que si veníamos a la playa terminaría durmiéndome sobre la arena —le recordó—. Además, esta noche no he dormido del todo.
—¿Cómo que no? —exclamó sorprendida—. Cuando te miraba parecía que…
Se cubrió la boca al instante. Notó las mejillas enrojecidas al percatarse de que él abría un ojo para mirarla divertido. Se había delatado ella sola y eso, le gustaba.
—¡Serás…! —exclamó enfadada. Aunque no tardó en ceder a la calma caundo él se echó a reír—. Diablos, eres un tramposo.
—No lo soy. Sólo saco la verdad a mi modo —dijo encogiéndose de hombros—. Y a veces me cuesta entender en qué piensas.
Ella guardó silencio.
—Lo dices porque he guardado silencio desde lo que ocurrió en el hospital.
—Sí…
Esa vez, ella se alejó y él se lo permitió. Se sentó a su lado y buscó el mar como punto fijo. Las olas golpeaban contra las rocas, rompían contra la orilla suavemente y pareciera que nada pudiera romper su ritmo.
Debía de reconocer que aquel encuentro le pareció extraño. Al principio pensó que era una ex novia o algo así que, al verle aferrado al brazo de otra mujer, pensó que era mucho mejor exponer a su ex ante esta nueva novia por tal de joderle la vida. Pero luego, la cosa fue diferente.
No podía negar que sentía curiosidad y cierta parte en su cabeza parecía gritar que corriera y que esa mujer tenía razón. Pero, ¿cómo iba eso a ser coherente con las veces que les habían ayudado? Además, se sentía cómoda y segura con él. Cuando le miraba no veía a un chico malo como Karui había proclamado. Igual sólo era una mujer celosa de que alguien robara a su hombre. Existían mujeres así.
—Me he concentrado más en gastar energía y pasármelo bien a tu lado. Cada persona tiene una perspectiva de otra y no he dejado que me afectara. Tú has estado aquí, ayudándome. Salvaste a mi hermana pequeña y eso, dice mucho de ti.
Cuando los hermanos eran halagados actuaban de la misma forma: arrugaban el ceño, sacudían la cabeza y negaban concienzudos. Aunque nunca les permitían ver qué era lo que les hacía sentirse así.
Temari sólo podía especular, desde luego, mas eso no le gustaba.
Entendía que a nadie le gustaba que le hicieran sentir como un Superman cuando no se sentía de esa forma. Lo aceptaba.
Shikamaru, en silencio, se había incorporado y atrapado un mechón de su cabello rizado entre sus dedos.
—Me preguntó muchas cosas sobre ti, Temari —reconoció—, y no sabes cuánto me gustarían descubrirlas poco a poco.
Ella parpadeó, sorprendida por tal declaración.
—Shikamaru…
—No me mal interpretes —pidió—. No estoy pidiéndote que te desnudes para mí ni nada de eso. Hablo de algo más común, más… tradicional o social.
—Oh —musitó ligeramente molesta, frunciendo el ceño.
Él levantó las cejas.
—Espera. ¿Quieres que te pida que…?
Ella parpadeó muy deprisa y eso, pareció desconcertarle tanto como gustarle. La mano que mantuvo en su cabello se desvió por su mejilla, como si así pudiera asegurarse de que ella no escapara para dar su respuesta.
—Temari…
—Yo…
No podía negarse. Por alguna razón sus cuerpos reaccionaban y ambos eran conscientes de la reacción que creaban en el uno en el otro.
—No me importaría —dijo, finalmente.
La oscura mirada brilló como respuesta. Antes de que pudiera decir algo más, la boca de Shikamaru estaba sobre la de ella y sus labios, cálidos y firmes, presionaron con una suavidad que le sorprendió pese a la furia del deseo que parecía experimentar en ese momento.
Le gustaba ser besada por él. Le gustaba su aroma, el sabor al tabaco no la desagradaba tanto como esperó que pasara. Tomó el rostro de Shikamaru entre sus manos y eso, pareció detenerle.
—¿Tú quieres? Porque no quiero estar con alguien que no quiere.
Él soltó el aire entre los dientes.
—¿Qué pregunta es esa cuando estoy así?
Le llevó una de las manos a sus ingles. Estaba duro. Su mano tembló al tocarle.
—Sí, bueno —carraspeó—, me refiero a que… si quieres, pero conmigo. Con los sentimientos de por medio y…
Shikamaru volvió a besarla y eso, la descolocó. Era algo que pasaba en sus novelas, desde luego, pero siemrpe encontró algo irrespetuoso que hicieran eso y cortaran la conversación cuando a una le gustaría terminar sus frases.
Sin embargo, se dio cuenta de que le gustaba. Más que enfadarla, provocaba que su corazón latiera con más fuerza, expectante.
—Sí —respondió él contra sus labios—: sí. Incluso si después me odias, esto lo haré con total gusto.
—No voy a odiarte —dijo, segura de sus palabras—. Creo que no podría.
Él sonrió, ocultando su rostro en el pliegue de su cuello.
—Eres demasiado…
Shikamaru no terminó la frase pese a que le preguntó. Sólo sacudió la cabeza y luego, tras volver a preguntárselo de nuevo, retomó el camino que había tomado al inicio. Sus labios, sus mejillas, su cuello.
No estaba segura de en qué momento quiso también tocarle. Pese a no saber qué lugares podría gustarle más, lo tocaba. Porque quería aprender sobre su cuerpo, descubrir qué era capaz de hacerle suspirar o poner los ojos en blanco como describían los libros.
Shikamaru se lo permitió con gusto. La dejó quitarle la ropa suficiente para que, en caso de llegar alguien inesperado, pudiera vestirse rápidamente. Pero no descartó ningún otro tipo de exploración.
Llegó un momento en que tocar no era suficiente. También quería ser tocada, disfrutar de esas manos grandes sobre su piel. Shikamaru fue cuidadoso también con la ropa que le quitaba a ella y pese a que claramente estaba disfrutando con lo que sus dedos encontraban en sus caricias, tenía un ojo puesto en sus alrededores.
—¿Viene alguien? —preguntó una de esas veces ella, quedándose muy quieta, con él sobre ella y una de sus manos sobre uno de sus pechos, acariciándolos gentilmente.
Él agudizó el oído y la vista y tras revisar a su alrededor, negó. Luego, para distraerla, bajó su otra mano hasta pasar la cinturilla del pantalón y llegar a ese lugar.
—Oh. ¡Oh! —exclamó ella parpadeando, descubriéndose abriendo las piernas mucho más, empujando con las caderas hacia sus dedos, ansiosa de más—. Oh, Shikamaru… quiero…
—Lo sé —aceptó él—, lo sé. ¿Aquí?
Ella asintió, cerrando la boca para tragar al quedársele la boca seca por los suspiros.
—Ahí. Más. Quiero más… y…
Él cabeceó obediente y sus dedos hicieron repentinamente magia. Encontraron un punto exacto que terminó volviéndola loca y cuando se dio cuenta, se había aferrado a él con ambas manos, necesitando sentirle, a la par que su cuerpo parecía expulsarla de alguna forma por un momento extasiado.
—¿Temari? —cuestionó él sin dejar de mover su mano en lentos círculos—. ¿Más?
Por un momento quiso asentir, pero luego recordó que era cosa de dos.
—¿Y tú?
—Te diría que estoy bien, pero te mentiría.
Llevó una mano a su mejilla en busca de sus labios.
—Dime qué tengo que hacer —le dijo.
Él asintió tras sopesarlo un momento. Se incorporó, poniéndose de rodillas y con cautela, llevó una de sus manos a sus ingles de nuevo. Temari no se asustó esa vez, pero se sorprendió de que estaba aún más duro. Era pesado en su mano, firme.
—Acaríciame —le pidió.
Ella obedeció. Se dejó llevar, sosteniéndolo cálido, suave y firme en su mano. Llegaba a la base, subía ala punta, más blanda y húmeda. Percibía cómo el calor masculino aumentaba, su boca se tensaba, concentrado. A veces, siseó entre dientes, obligándola a preguntarse si le habría hecho daño, pero él, quien parecía ver la duda en su rostro, negaba alentándola a seguir.
Pero cunado estuvo a punto de llegar, se apartó de ella, dándole la espalda y terminando por él sus últimos movimientos. Temari se quedó muy quieta, escuchando y preguntándose qué diablos estaba pasando. Hasta que él se dejó caer contra la arena, jadeante, con una sonrisa satisfecha en los labios.
Ella tomó aire muy suavemente sin dejar de mirarle, preguntándose nerviosa cuándo vendría lo demás.
Sin embargó, él no parecía querer moverse más.
—¿Ya está? —preguntó sin poder controlarse.
Él elevó una oscura ceja.
—Cierto, las mujeres sois multiorgásmicas —recordó incorporándose.
—Espera —detuvo y él lo hizo enseguida—. Me refiero a que si no vamos a…
—Ah —comprendió él rascándose la nuca—. No tengo condones —explicó algo frustrado—. No voy a hacer más sin ellos.
Asintió al comprender, avergonzada. Shikamaru se movió lánguido contra ella al final, con su palma acariciando su vientre. Su sexo palpitó por él y como si fuera capaz de entenderla, bajó de nuevo ahí.
¿Cuántas veces logró él solo con su mano perderla?
No estaba segura ni le importaba contarlas.
.
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—Todavía no puedo irme, por más que insistas.
Izumi resopló frente a ellos cruzada de brazos. Rin simplemente sonreía, observándoles por encima de un libro que fingía leer sentada en la sala de té. Estaban acurrucados, cada uno con algo de lectura en sus manos, cuando ella entró dispuesta a convencerlos de nuevo de que se marcharan de luna de miel.
—Papá…
—No. Tengo muchas cosas que hacer y Rin está de acuerdo conmigo. ¿Verdad, cariño?
Ella fingió haber estado en otra cosa, pero asintió a Izumi caundo él le hizo un gesto.
—Claro, nosotros queremos dejar bien organizado todo esto antes de irnos —explicó. Luego, dejó el libro a un lado y se acercó a Izumi, tocándole las mejillas maternalmente—. Cariño, dime una cosa. ¿Te encuentras bien con lo que pasó?
Kakashi no entendía a qué venía esa pregunta y por la forma en que su hija le miró, luego a su madrastra, comprendió que era algo que no le contaría fácilmente. Era algo de ellas.
—¿Puedo si quiera preguntar? —cuestiono cuando Izumi se hubo marchado.
—No —negó Rin rápidamente, rebuscando su móvil cuando sonó. La sonrisa que había aparecido en su rostro desapareció lentamente antes de responder—. Hatake.
La persona al otro lado debió de decirle algo importarte, porque su gesto pasó a aquel que tan bien conocía él y que no aparecía desde que era periodista.
—¿Qué ocurre? —preguntó cuando ella colgó.
Ella le besó los labios, luego se apartó y se dirigió a la salida. Él la siguió hasta la salida curioso.
—No me vayas a seguir —le dijo levantando un dedo autoritario hacia ella—. Confía en mí. Quiero a esas niñas y no dejaré que nada les pase.
Kakashi entrecerró los ojos.
—Rin, eres consciente de que si te pierdo a ti no podré levantarme. ¿Verdad? Eres mi última casilla.
Ella le acarició la mejilla.
—Lo sé. No va a pasarme nada.
Luego, volvió a besarle y se marchó.
Kakashi nunca había sido celoso, pero si protector de sus mujeres. No las seguía por si se veían con hombres y siempre fue muy confiado en ellas. Amaba que Rin amara a sus hijas, pero a veces, parecía una loba enloquecida y eso, le asustaba.
Rebuscó su móvil y se alejó de la puerta.
—¿Asuma? Sé que estás de baja de paternidad, pero…
—No, joder, pídeme lo que sea menos cambiar pañales.
Kakashi sonrió divertido.
—Necesito que vigiles a Rin.
Asuma silbó y maldijo.
Él se sintió corrompido.
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Sai no perdió detalle de ella en todo ese tiempo. Ino no actuaba como siempre. Parecía tensa, podría decir que hasta asustada. Si se acercaba demasiado silencioso ella actuaba como un gato asustado y aunque luego intentaba relajar el ambiente con una sonrisa, Sai se percataba perfectamente de que algo iba mal.
Sin embargo, no se atrevía a preguntar.
Hacía poco que se habían reconciliado. ¿Y si de nuevo pasaba algo? Por más que intentaba pensar en ello no se le ocurría qué podría ser. Bien podía ser porque las mujeres tienden a creer que los hombres son capaces de leerlas sin necesidad de palabras, cosa que no es cierto y que les complica la vida. O simplemente, es que algo malo le había sucedido y no se atrevía a contárselo.
Y la quería. Dios si la quería. Por eso, no podía pensar si quiera en que le pasara algo y que él pudiera ayudarla de alguna forma. Si algo había aprendido con el paso del tiempo es que si no preguntabas: no te enterabas de nada.
Así que abrió la boca para preguntar y fue peor que si ella le hubiera dado una bofetada la mirada de dolor que llenó sus ojos.
—Por favor, Sai, no me preguntes —suplicó alejándose de sus manos cuando intentó asirla de los codos con suavidad.
—Pero, Ino… —masculló sorprendido. Bajó la voz al ver que algunas personas se volvieron para mirarlos—. Escucha, yo no quiero hacer daño. Es justo, al contrario. Quiero ayudarte si puedo.
—Oh, Sai —farfulló alejándose de él—. Dudo mucho que puedas ayudarme —aseguró—. Es más, no quiero que te inmiscuyas en esto que me pasa.
—Ino —se detuvo pese a que ella continuó caminando. Con el ceño fruncido esperó hasta que ella se dio cuenta de que él no la seguía, volviendo hacia él. Antes de que ella hablara, él lo hizo—. ¿Has escuchado lo que has dicho, Ino? —cuestionó—. ¿Qué ocurriría en ti si fuera yo quien te dijera algo así?
Ella apretó los labios, asintiendo, pensativa.
—Tienes razón —reconoció—. Y no tienes idea de cuánto lo siento. Pero ahora mismo no te gustaría ser yo para nada. Estoy en una montaña rusa horrible, Sai —expresó con los ojos brillantes—. Es más, ahora mismo no puedo estar más contigo y sé que esto terminara en una pelea si no lo paro.
—¿Me estás dejando? —cuestionó notando un nudo en la garganta.
Perderla de nuevo iba a ser horrible.
Ino le tomó el rostro. Tenía las manos frías.
—No. No te estoy dejando —aseguró firme—. Sólo te estoy pidiendo que me des mi tiempo. Estoy concentrada en algo muy fuerte para mí. Algo que podría crear una bomba y que podría provocar un gran caos. Así que te pido que no te inmiscuyas conmigo estos días. Te lo pido. No. Te lo suplico —corrigió ansiosa—. Sai, de verdad, no sé cómo pedírtelo sin hacerte daño.
Él sonrió tirante, de esa forma que sólo él sabía hacer. Ino debería de reconocer su actitud fácilmente, porque ya le había regañado alguna que otra vez por ejercerlo con ella, asegurando que no funcionaba ya en ella. Si lo notó no dijo nada.
La tomó de los antebrazos para hacer que le soltara.
—Vale, lo entiendo. Te daré tu espacio.
Luego, giró sobre sus pies y se alejó. La dejó atrás, sola, en sus pensamientos o siguiendo los motivos que necesitara para satisfacer ese momento.
Sin embargo, no entendía nada de nada. Sólo era capaz de comprender que le dolía mucho el hecho de que ella no confiara en él como para inmiscuirlo en su periplo, dejar que la acogiera en su dolor o ayudara. Se sentía vacío, inservible.
Abandonado…
Y eso ya sabía qué era desde que nació.
Continuará…
¡Nos leemos espero que pronto!
Este 27 es el aniversario de este fic. ¡GRACIAS POR ACOMPAÑARLO TODOS ESTOS AÑOS!
