Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es bornonhalloween, yo sólo traduzco su increíble historia con su permiso.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is bornonhalloween, I'm just translating her amazing story with her authorization.


Thank you bornonhalloween for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 18

~*~Empacador~*~

—¿Quieres tocar ya? ¡La tarta está caliente!

—Perdón —dije, preparando mi dedo para tocar el timbre de la casa en la que había vivido la mayor parte de mis veintiún años… y donde todavía vivía—. Esto es un poco raro para mí.

—Sí, para mí también —susurró Bella.

Se tensó junto a mí cuando el pomo de la puerta se movió desde adentro.

—Te van a adorar —solté justo antes de que la puerta abriéndose la interrumpiera a medio poner los ojos en blanco.

—¡Hola, hola! —dijo papá, su expresión se iluminó al ver a mi sexi novia y su tarta caliente—. Debes ser la famosa Bella. Veo que mi esposa no exageró sobre tu belleza. Es un placer conocerte.

Ella también lo analizó, supongo que buscaba en sus facciones trazos de las mías, mientras que yo estaba ocupado sacando de mi mente las fantasías sobre hombres mayores. Tenía que admitir que con sus jeans cortos y zapatos Oxford sin calcetas, casi no parecía ser el papá de alguien, excepto que se veía y sonaba como una versión adelantada de mí. Me pregunté si ambos estaban pensando lo mismo que yo, que ella estaba más cercana a su edad que a la mía.

—Gracias por invitarnos… bueno, a mí, doctor Cullen. —Los nervios hicieron palpitar los labios de Bella, pero aparte de eso, se veía bastante compuesta.

—Dime Carlisle, por favor —respondió con una sonrisa deslumbrante. ¿Carlisle? ¿En serio? Me devané el cerebro intentando recordar cuándo les permitió llamarle por su nombre a alguno de mis amigos o de mis novias. Nunca.

Carlisle —repitió Bella, enviando un cosquilleo de ansiedad por mi espalda. Se movió como si fuera a darle un apretón de manos a papá, pero terminó moviendo la tarta en su dirección—. Perdón, no puedo…

Él estiró las manos hacia la tarta.

—¿Me permites ayudarte?

Y Bella la quitó de golpe.

—No, así está bien —dijo—. Sigue caliente.

—La acaba de sacar del horno —dije, atrayendo la atención de papá mientras Bella tomaba un muy necesitado respiro—. Bella la horneó. Es de arándanos —añadí, como si la tarta de arándanos fuera la más difícil de hornear.

—Pues huele delicioso —le dijo a Bella, luego posó su enorme sonrisa en mí—. Hijo, siempre es un placer verte.

Carlisle. —Asentí con una mueca, sacándole una risita de ceja alzada a papá.

puedes seguir diciéndome papá. Entren. —Extendió el brazo para invitarnos a pasar—. Tu madre está terminando en la cocina.

—Gracias —murmuró Bella, pasando a su lado con la tarta por enfrente.

Su mirada viajó por el recibidor, cruzó directo por la sala, y no pude evitar ver nuestra casa perfecta a través de los ojos de una mujer que vivía en una mansión de Beverly Hills. Me recordé que ella no siempre había vivido así.

—Su casa es encantadora —dijo.

—¿Qué te puedo ofrecer de beber? —preguntó papá, uniendo las manos—. ¿Vino? ¿Vodka? ¿Gin?

—Oh, uh, vodka está bien.

Sonriendo, papá preguntó:

—¿Lo quieres diluido o necesitas algo fuerte para poder sobrevivir a la tarde? —Oh rayos, aquí vamos.

Bella le dedicó una de sus dulces sonrisas.

—¿Me creerías si te dijera que siempre lo bebo solo?

—Es verdad —intervine.

Bella giró su rostro ligeramente horrorizado con expresión de cierra-la-boca hacia mí, rayos, pero papá no perdió ni un segundo.

—Hmm, ¿tal vez deba servir tu bebida primero? ¿Qué te puedo ofrecer, hijo?

—Espera, ¿tú me vas a preparar una bebida a mí?

—¿A menos de que prefieras una cerveza? ¿O ahora bebes vino? —Esperó con la cabeza ladeada y la sonrisa en su sitio mientras yo contemplaba mis opciones.

—Pediré uno a la antigua.

Papá se quedó boquiabierto, y agrandó los ojos con uno… dos… tres parpadeos asombrados. Nos miramos el uno al otro, padre a hijo, hombre a hombre.

Cerró la boca con un chasquido deliberado.

—Tendré que buscar esa bebida en Google, luego vuelvo contigo.

Le dediqué un asentimiento de aprecio. Gracias por tratarme como un adulto.

—Así está bien. Tomaré lo mismo que Bella.

Con cara de aliviado, papá se volteó hacia Bella.

—Lo cual es… algo en las rocas, ¿cierto?

—Un vodka está bien —dijo.

—Sí —acepté de inmediato—. Así está bien.

—De acuerdo. Oh, qué bien, aquí viene tu madre.

Ahí venía ella, quitándose el delantal mientras avanzaba directamente hacia Bella.

—¡Por Dios! No dejen a nuestra invitada ahí parada con las manos llenas. Mmm, huele delicioso. ¿Tú lo hiciste?

—Sí —respondió Bella.

—No tenías por qué molestarte. —Escuché las palabras salir de la boca de mamá, pero también escuché lo que no decía.

Los labios de Bella se curvaron en un "Te lo dije" irónico dirigido hacia mí.

—No fue una molestia para nada.

—Dame eso para llevarlos a la cocina, ya luego podré saludarte adecuadamente.

Papá se escabulló hacia el gabinete donde estaba el licor mientras mamá le quitaba la tarta, las toallas y todo lo demás a Bella de las manos. Regresó tan rápidamente que creí haber visto las marcas que dejó al derrapar sobre el piso de madera.

—Ahora sí, hagamos esto como se debe. Bella, bienvenida a nuestra casa. —Mamá abrazó a Bella sin esperar por una respuesta.

Bella me lanzó una sonrisa cautelosa sobre el hombro de mamá. Yo le respondí con un guiño. Mamá era mamá.

»¡Y ! —Mamá se acercó a mí y me agarró de los hombros—. ¡Tocando el timbre de tu propia casa como un vendedor a domicilio!

Capté la risita de Bella por la comisura del ojo mientras mamá me besaba la mejilla.

—¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Meter a Bella por el garaje?

—Dos Ketel One en las rocas —dijo papá, apareciendo justo a tiempo con dos elegantes vasos de cristal que yo nunca había usado antes—. ¿Te preparo un martini, Es?

Noooo. Di que no, por favor…

—Creo que lo mejor es que solo beba vino esta noche —dijo—. Me serviré una copa cuando nos sentemos a cenar. —Con mamá, una sola copa de vino seguía siendo peligrosa, pero era mejor que licor fuerte. Me había salvado de una muy grande.

—De acuerdo, solo falto yo —dijo papá dando una fuerte palmada—. Los dejaré para que se sienten.

~*~Tigresa~*~

Esme me tomó de la mano y nos llevó al sofá. Podía ver de dónde había sacado mi cachorro su tendencia de someterse sin pelear. Con mamá Cullen era más fácil dejarse llevar y permitirle hacerse cargo de la logística.

Edward y yo nos sentamos juntos, apoyados en la orilla del sofá, con Esme en un sillón al otro lado de la mesita de centro. Los tres le dimos un trago a nuestras bebidas y nos sonreímos, o debería decir, Esme y yo nos sonreímos, Edward solo contuvo el aliento y se tensó.

—Algo huele delicioso —dije, esperando meterla a un tema neutral hasta que el alcohol hiciera efecto.

—Es una receta vegetariana —respondió Esme—. Edward me comentó que no comes carne.

—Oh, solo carne roja, pero siempre me las arreglo. —Miré de soslayo a Edward, que se encogió ante el latigazo tácito—. Espero que no te complicaras mucho por mí.

—En absoluto. Me dio una excusa para buscar en mi recetario. Hablando de eso, ¿supongo que no has tenido oportunidad de preparar la marinara de nonni? Me comentaron que puedes usar pollo picado, pero nunca lo he intentado.

¿Quién tenía tiempo para cocinar cuando podíamos besuquearnos?

—Todavía no. ¿Tal vez la próxima vez que Edward vuelva a casa? —La sonrisa de Esme flaqueó y comprendí mi error.

El pobre de Edward, atrapado en medio de esto donde parecía que se quedaría durante el futuro próximo, se bebió un peligroso trago de vodka.

—No en su primera noche en casa, por supuesto… —dije.

Esme se relajó.

—Bueno, no es que tengamos que aclarar todos los detalles justo en este momento. Edward no volverá a casa hasta el final del ciclo. ¿Cuánto falta? ¿Otras cinco semanas?

—Seis. —Edward me tomó de la mano. La despedida de mañana acechaba con fuerza.

—Oh. Veo que estás usando otra vez esa liga en la muñeca —dijo Esme.

Sentí que me ardían las mejillas e imaginé que las de Edward también, pero no podía soportar voltear a verlo. Me apretó la mano con un poco más de fuerza.

Con una bebida en la mano, Carlisle rodeó por atrás el sillón de su esposa y se acomodó en uno igual.

—¿Qué liga?

Edward levantó el brazo izquierdo, llevándose mi mano consigo. Uno pensaría que el colorido brazalete Chan Luu que rodeaba varias veces mi muñeca derecha habría captado la atención de Esme, pero no. Se centró en mi otra mano.

—¡Oh, mira! ¡Bella también tiene una!

Acercándose para examinarlas más de cerca, Carlisle dijo:

—¿Eso es lo que hacen ahora los jóvenes? En nuestro tiempo se usaban brazaletes de macramé. ¿Recuerdas esa noche en el muelle, Es? En la cima de la rueda de la fortuna donde nosotros…

Edward hizo ajem lo más ruidoso humanamente posible.

Carlisle se rio entre dientes.

—Fue solo un beso, amigo. Estamos hablando de tu madre. Decir PG-13 es una exageración.

—No escuché que te quejaras en ese momento —dijo Esme, bufando.

Edward posó su bebida de golpe en la mesita de centro para captar su atención.

—¿Quieren que vaya arriba y agarré más ropa sucia que podamos exponer aquí…?

—Está bien, está bien —dijo Carlisle, alzando la mano a modo de derrota—. Lo último que quiero es avergonzar a mi hijo.

—Al parecer, no es lo último —gruñó Edward por lo bajo.

Esme intercedió, al parecer para calmar la situación.

—Pues yo creo que sus brazaletes a juego son adorables. Todavía recuerdo el día que los recogí a Emmett y a ti del centro comercial, llevaban puestos brazaletes de la amistad. Se veían tan lindos.

—¡Estábamos en tercer año!

Se me escapó una risita. Pobre Edward.

Se puso de pie de golpe, levantándome con él.

—Vamos a poner la mesa.

—Ya la puse hace horas —dijo Esme.

—Entonces serviremos agua. Ven, Bella. ¡Y trae tu bebida! —No nos quedamos a esperar que Esme objetara.

Cuando llegamos a la cocina y escapamos del alcance de sus padres, Edward me arrastró hacia una esquina y me pegó al refrigerador.

—Recuérdame, por favor, por qué creí que esto sería una buena idea.

—No lo creíste —dije—. Así no funciona esto de los padres. Solo tienes que aguantar.

—Ugh, es terrible.

—Es mejor que te prepares. Estoy bastante segura de que tu mamá está a un paso de sacar las fotos de ti en la tina.

—Me alegra que te divierta —dijo, a pesar de que no se veía para nada alegre.

—Que te estén molestando es una buena señal —dije.

—¿A qué te refieres?

—Significa que se sienten cómodos conmigo. O intentan hacerme sentir cómoda con ellos. Me están uniendo a su círculo; estamos todos en esto juntos. Tres contra uno.

—¡Pero están todos contra mí!

—Porque tú eres el que todos aquí amamos, así que saben que puedes soportarlo. ¿Ves? —Le dediqué una sonrisa esperanzadora que él intentó corresponder.

—Supongo. Pero ¿no sería mejor que nadie estuviera contra nadie?

—Oh, no sé —dije, pegando sus caderas a las mías—. Como que sí me gusta tenerte contra mí. —Conocía a mi cachorro; la distracción era algo bueno.

Le abracé el cuello y lo jalé para darle un beso que ninguna madre debería ver. Luego de estar lo suficientemente distraído, rompí nuestro beso trazándole los labios con un dedo.

—¿Estás bien? —susurré.

—Supongo que sobreviviré.

—Me alegra saberlo —dije—. Ahora… ¿dónde guarda tu mamá la jarra del agua?

~#~#~

—¿Quieres más ensalada de quinoa con acelgas, Bella?

—Oh, no, gracias, Esme. Todo estuvo delicioso, pero estoy llena.

—¿Y tú, Carlisle?

—Estoy guardando espacio para la tarta de arándanos. —Carlisle me lanzó una simpática sonrisa.

Edward se paró de golpe de la mesa.

—Yo la traigo. —El pobrecito había estado inquieto durante toda la cena. Entre las historias vergonzosas del pequeño Edward y las referencias a la vida amorosa de sus padres, Edward apenas había tocado su comida. No podía esperar para llevarlo a casa y calmar su tensión.

—No te olvides de los platos —le dijo su madre.

—Bella —dijo Carlisle—, hay algo que he querido preguntarte.

Mi mirada siguió la espalda de Edward hacia la cocina. Estaba sola.

—¿De qué se trata?

—¿Es verdad que nuestro hijo reparó cosas en tu casa?

¿A dónde vas con esto, Carlisle? ¿Se trataba del pago por los servicios proveídos? Intenté responder sin permitir que el pavor se filtrara en mi voz.

—Es verdad.

—Y esas cosas estaban descompuestas antes de que él las arreglara, y luego… ¿funcionaron? —Sus labios se curvaron en una réplica perfecta de la sonrisa de Edward.

—Básicamente. Siendo honesta, al principio solo cambiaba focos y remplazó algunos plafones del sótano para mí. Sé que suena patético, pero no me encanta la idea de subirme a una escalera. También desmanteló algunos muebles…

—Uh —dijo Carlisle, intercambiando una mirada marital secreta con su esposa que se encontraba sentada junto a él en la pequeña mesa redonda.

—Disculpa, ¿de qué me estoy perdiendo? —pregunté.

Carlisle apoyó las manos en la mesa y se inclinó, bajando la voz para que no lo escucharan en la cocina.

—Es que no recuerdo haber visto a Edward alguna vez cambiar un foco en casa. ¿, Es?

Ella respondió con una risita.

—Tal vez una vez… pero solo porque no podía ver los bigotillos que intentaba rasurar.

—Ah sí —dijo Carlisle—, los alegados bigotillos. Según recuerdo, tampoco pudo verlos con la luz encendida.

Esme me guiñó.

—Tampoco nosotros.

Oh, mi precioso cachorro, debiste ser un adolescente muy bonito.

—Y ahora —Carlisle sacudió la cabeza— ¡descubrimos que sabe desmantelar muebles! —La forma en que dijo la palabra "desmantelar" me hizo lamentar haberla usado en primer lugar. Alzó las manos como si aventara confeti—. ¿Quién lo diría?

Esme tenía la expresión de alguien a quien le acababan de decir que su hijo había aterrizado en la luna.

—¿Quién lo diría?

Edward regresó con los brazos cargados de tarta y platos.

—¿Quién diría qué?

—¿Quién diría que nuestro hijo era tan habilidoso? —preguntó Carlisle.

Edward se miró las manos.

—No es para tanto, papá. La tarta ya no está caliente.

Todos nos reímos de Edward. Puso los ojos en blanco.

—¿Quién va a cortar la tarta?

—¿Por qué no haces los honores, Bella? —dijo Esme.

Corté una rebanada generosa para Carlisle, cuyo tenedor ya estaba en su boca antes de que yo pudiera entregarle la siguiente rebanada a Esme. Los sonidos de placer que salían de la boca de ese hombre me hicieron pensar cosas inapropiadas. Cuando Esme añadió sus ruiditos de felicidad, sentí el calor subir a mis mejillas, y eso que no solía sonrojarme. No confiaba en mí para hacer contacto visual con Edward, no cuando él se unió a su coro de gemidos después de su primer bocado. Recordé ese descanso en el estacionamiento de Nature's Bounty, cuando le había dado a Edward su primera probada de mi tarta de arándanos, después de lamerme el orgasmo de los dedos.

Al sentarme con mi propia rebanada, los halagos empezaron a llegar. Esme me interrogó sobre el relleno, la corteza y qué clase de mantequilla y harina había usado. Podía sentir el calor del orgullo de Edward radiando sobre mí, no solo por hornear una simple tarta, sino por saber que era lo que debía hacer.

Carlisle rechazó una segunda rebanada y empujó su plato, la única evidencia que quedó de su postre era una ligera mancha azul que no pudo recoger con su tenedor.

—Bueno, hijo, me sorprende que no hayas subido diez kilos desde diciembre. Bella, cocinas de maravilla.

—Gracias. Básicamente solo pelo y rebano cosas…

—Y pide a domicilio —murmuró Edward, luego tosió en su servilleta.

—… pero sí me gusta hornear de vez en cuando, en especial para un público tan agradecido.

Recordé las primeras galletas con chispas de chocolate que le había horneado a Edward con mucha anticipación por su placer y cómo es que ese momento se arruinó cuando lo vi con "otra mujer" en el estacionamiento, la mujer que estaba sentada a mi izquierda.

—¿Y qué haces cuando no estás rebanando y horneando?

Oh.

Me cosquilleó la nuca por su pregunta, la primera pregunta seria que me habían hecho hasta el momento, y no tenía una buena respuesta para ella. Si fuera un desconocido en una fiesta, quizás hubiera optado por mi respuesta automática sobre la vida de una socialité, pero dudaba mucho que eso fuera a impresionar al buen doctor. Y me di cuenta de golpe que sí quería impresionarlo, y a Esme también.

—Varía dependiendo del día —dije con lo que esperaba fuera un tono relajado. La mano de Edward encontró mi rodilla, un gesto de apoyo, o tal vez un ancla para mantenerme en mi lugar si es que decidiera huir.

Carlisle se reclinó en su silla.

—¿Y cómo es un día típico? —A pesar de su tenacidad, seguía sonriendo con benevolencia, un profesor que esperaba que su alumna pasara el examen.

Mi mirada no se apartó de la de Carlisle —el contacto visual rara vez me resultaba difícil— pero podía sentir la tensión creciendo alrededor de la mesa. Si Esme se oponía al interrogatorio de su esposo, no hizo intento por detenerlo. Edward estaba atado de manos y lo sabía.

Hmm, un día típico… asumiendo que Edward no esté en casa de vacaciones… —Edward carraspeó y se removió junto a mí. Apoyé mi mano en la suya y metí mis dedos entre los suyos.

—Cuando estás sola, por así decirlo —incitó Carlisle.

De acuerdo, papi C, tú lo pediste. Mi vida era mi vida y no iba a disculparme ni a mentir para impresionar a nadie. Si esto no era lo suficientemente bueno para su hijo, ni modo.

—Pues me levanto temprano, así que usualmente empiezo mi día con una clase de yoga en mi estudio favorito. Si hay buen clima, que usualmente lo hay porque, hola, estamos en L.A., doy un paseo por la cuadra y me siento afuera con un capuchino. Si estoy metida en un libro particularmente bueno, lo saco y leo por un rato, o a veces solo observo a la gente. Después de eso, me voy a casa, limpio… si no tengo planes de salir a comer con alguna amiga, quizás vaya al cine…

Esme me interrumpió.

—¿Tú sola?

—Sí —dije, sonriendo ante su expresión de asombro—. Me encanta ir al cine sola, y las matinés son las mejores. No hay mucho ruido de la audiencia que arruine la película.

—Nunca he ido sola al cine —dijo Esme, haciéndome reír.

—¡Deberías intentarlo! O podríamos ir juntas —dije, sorprendiéndome tanto como todos los demás en la mesa—. Bueno, si es que alguna vez no puedes convencer a Carlisle de ir a ver algo.

—Me agrada esa idea —respondió Esme.

Carlisle finalmente intervino después de ver este intercambio con creciente interés.

—¿Acaso me quejé cuando quisiste ver esa película del perro la semana pasada?

Esme soltó un bufido que decía "¿Ves lo que tengo que soportar?".

—No en voz alta —replicó, más para mí que para su esposo.

—En serio, Es, ¿existe alguna película que tú quieras ver a la cual yo no quiera llevarte?

Edward se desplomó sobre su silla con un aquí-vamos-otra-vez muy resignado. Reconocí su gesto por los años de peleas entre padres que tuve que soportar de niña, pero existía una enorme diferencia: quedaba claro que estos dos disfrutaban de un buen debate mientras que mis padres estarían buscando alguna debilidad para causar una herida.

Al final, como testamento de su confianza, Esme soltó lo que obviamente había sido un secreto muy bien guardado.

¡Thor: Ragnarok!

Ahogué las ganas de gritar "¡Eso, chica!". El pobre Edward gimió a mi lado. Pero la reacción que todos estábamos esperando, la de Carlisle, me reveló todo sobre su matrimonio. Con una enorme sonrisa extendida sobre su rostro, se acercó y le acarició la mejilla.

—Nunca me dijiste que querías ver esa película, querida.

Ella solo se encogió de hombros con la mirada clavada en el plato. Supe en ese momento que la amaba no solo por la pasión que sentía hacia Thor, sino porque se las arregló para echarse encima la presión del interrogatorio de Carlisle cuando fácilmente pudo haberla redirigido de regreso a mí, un acto de hermandad que reconocí en un nivel muy primitivo y que se había ganado mi gratitud.

—Me encantó Ragnarok —dije—. Deberías verla en streaming para que estés al día cuando salga Love and Thunder.

—¡Oh! ¿Cuándo sale esa? —preguntó.

—Dentro de dos años —dije—. Tienes tiempo.

Nuestra charla de películas siguió, Esme mencionó algunas "películas de chicas" que iban a salir pronto y prácticamente organizó una cita para ir a verlas juntas. Ya tenía a la madre, me faltaba el padre, pero no me ganaría tan fácilmente a Carlisle. Sentí que la habitación respiraba con la calma entre conversaciones. Carlisle había esperado con paciencia por una apertura y no perdió la oportunidad.

—Bueno, parece que tienes una agenda muy ocupada, Bella.

Si esto hubiera sido una entrevista de trabajo, habría llenado los espacios con mi resumen de trabajos al azar que había hecho después de graduarme de la universidad, antes de que ser la señora de Jacob Black se convirtiera en mi trabajo de tiempo completo, o con los eventos y galas que había organizado después. Pero Carlisle no me quería contratar; quería entenderme: quién era, cómo pasaba mi tiempo, qué me importaba, qué significaría todo esto para su hijo. La verdad era que no tenía esas respuestas empaquetadas en una linda caja para entregárselas.

—Sí —respondí, eligiendo mis palabras con cuidado—, me siento muy afortunada al poder llenar mis días con las cosas y la gente que amo. —Apretando la mano de Edward con mis dedos, giré mi mirada, repentinamente acuosa, hacia Edward—. También me siento increíblemente afortunada por haber encontrado a este hombre.

El labio superior de Edward desapareció entre sus dientes. Estaba segura de que mi rara demostración sentimental también lo había sorprendido. Edward me apretó la mano; sus sentimientos no me eran ajenos.

—Bueno —dijo Carlisle, su tono gentil apartó mi concentración de Edward—, creo que es justo decir que mi hijo siente lo mismo por ti. —Si es que esto era lo suficientemente bueno para el padre, Carlisle no lo comentó, pero parecía lo suficientemente animado como para darme una oportunidad.

Esme se levantó, se puso detrás de la silla de Carlisle y puso las manos en los hombros de su esposo.

—Le prometimos a Edward que no los ocuparíamos mucho en su última noche juntos —dijo—, así que aquí nos despedimos. ¿Pasarás por aquí mañana antes de irte, Edward?

—Sí. —Edward se levantó de su silla con el mismo entusiasmo que siempre mostraba al quitarse la ropa. Como nuestras manos estaban fuertemente entrelazadas, me levantó junto con él y mis rodillas rozaron la mesa al levantarme.

—Gracias por la cena, mamá. Papá, uh, gracias por el vodka. —Me jaló para rodear la mesa, donde Esme me dio un cálido abrazo.

—Me siento mal por dejarte todos los trastes sucios —dije.

—No digas tonterías —respondió Esme, tomando mis manos en las suyas—. Eres nuestra invitada —se inclinó y me guiñó— esta vez. —La implicación me derritió: la próxima vez, vendría siendo familia. Una vez más se me acumularon las lágrimas.

—Oh, pensaba ofrecer a Edward. También es buenísimo lavando los trastes, por si no lo sabías.

—Qué graciosa es mi novia —gruñó Edward mientras intercambiábamos abrazos con los padres.

Un Carlisle muy sonriente tomó mis manos, manteniéndome a un brazo de distancia como si me estuviera revisando en busca de algún detalle importante que se le hubiera pasado.

—Me agradas. —Sin esperar respuesta, me abrazó y me susurró al oído—. Sé buena con él.

Al haber pasado por un divorcio muy feo, no era ingenua respecto a las muchas maneras en que se podía disolver una relación, pero conociendo lo que sentía por Edward, la promesa salió con facilidad de mis labios:

—Lo haré.

Suspiré al separarnos, ganándome una mirada preocupada de Edward, lo cual se convirtió en una mirada llena de dureza hacia su padre. Despreocupado y posiblemente divertido por los instintos protectores de Edward, Carlisle ladeó la cabeza hacia la puerta.

—Más te vale salir por donde entraste —dijo.

—Oh, ¡espera! —Esme se dirigió a la mesa—. ¡Déjame darte tu refractario!

—No, quédatelo. Disfruten la tarta.

—No podríamos…

—Aceptamos tu amable oferta —dijo Carlisle sobre las objeciones de su esposa, lanzándome una sonrisa—. Esme te lo puede regresar cuando tengan su primera cita para ver películas.

~*~Empacador~*~

—¿Quieres manejar tú ahora que ya no llevas una tarta caliente en el regazo? —Incluso mientras se lo ofrecía, le abrí la puerta del copiloto a Bella y deseé que dijera que no.

—¿Estás jugando? ¿Y robarme la oportunidad de ver tu cara de convertible todo el camino a casa?

—No tengo una "cara de convertible". Ni siquiera sé qué significa eso. Cara de convertible. ¡Ja! —Y qué si no podía dejar de sonreír luego de acomodarme tras el volante. ¿Cómo sabía Bella que no se trataba de alivio puro al haber salido vivos de la casa de mis padres?—. Por cierto, lamento que mi madre haya decidido secuestrar tu refractario.

—De hecho, creo que fue tu padre el que lo decidió.

—Así es —recordé con un bufido—. Siento la necesidad de disculparme por el comportamiento de mi padre.

—¿Por qué? ¿Porque me preguntó qué hago en todo el día?

—Se sintió intrusivo. No sé.

—Edward, quiero preguntarte algo, quiero que te tomes tu tiempo y me respondas con honestidad.

¿Por qué de repente sentía como si la carretera se hubiera convertido en arenas movedizas bajo las llantas?

—¿De acuerdo?

—¿Te avergüenzas de mí?

¿Qué? ¡No! ¿Cómo podría avergonzarme? ¡Eres maravillosa!

—Bien… ahora, quiero que te tomes tu tiempo y pienses en mi pregunta antes de responder. —Reconocí la expresión de seriedad que portaba: me estaba midiendo, midiéndonos para ver si funcionábamos. Yo quería que funcionáramos.

Asentí para hacerle saber que esta vez la había escuchado.

¿Me avergonzaba que me vieran con Bella? Claro que no. Cualquier hombre se sentiría orgulloso de tenerla a su lado. Sexi, inteligente, graciosa… y el que ella me hubiera elegido, a un hombre más joven, y creyera que valía la pena para algo más que los juegos sexuales era un gran estímulo para mi autoestima. En definitiva, no me avergonzaba que me vieran con Bella. Fui yo quien presionó para que saliéramos a la luz.

Pero si era honesto, la pregunta de papá me asustó. ¿Qué hacía Bella de su vida cuando no estaba de compras ni haciendo ejercicio? Hasta donde sabía, ella tenía años sin trabajar. Se había casado a una familia de dinero y probablemente se había divorciado con más dinero. ¿Yo me desgastaría trabajando si me entregaran una mansión en Beverly Hills y dinero suficiente para comprar todo lo que mi corazón deseara?

La frase recurrente de papá sonó en mi mente: "Si solo trabajas por dinero, terminarás odiando a tu jefe". Yo había sido testigo de su gentil tolerancia hacia la creciente burocracia en el hospital y la menguante paga. De vez en cuando despotricaba en contra de las compañías de seguros y se quejaba de que cualquiera que eligiera ir a la escuela de medicina "estaba demente", pero a pesar de todo eso, papá nunca vacilaba en su devoción al trabajo y a sus pacientes.

Mamá dejó de trabajar cuando yo nací y siempre bromeaba con que yo era un trabajo de tiempo completo con tiempo extra sin pagar. Aun así, hasta donde podía recordar, ella llenaba sus días con la asociación de padres, siendo auxiliar en el hospital y una docena de causas más que le llamaban la atención.

Tal vez me sentía más sensible sobre el tema después de mi proclamado año "sabático" que cualquier otro chico de mi edad. Sabía lo que ese trabajo en Nature's Bounty me había dado, no es que cobrara muchísimo dinero siendo empacador, pero me había dado orientación, disciplina, un lugar donde estar y alguien a quien responderle. Ese viejo cliché, autoestima, me regresó a la mente. Bella no parecía tener problemas en esa área, pero ¿qué tan bien conocía en realidad su corazón?

Miré a Bella, que estaba viendo por la ventana, posiblemente reconsiderando su decisión de darme tanto tiempo para caer por la madriguera del conejo. Tomé su mano y se sobresaltó ante el toque.

—Perdón —dije con gentileza—. Bella, la respuesta es no. No me avergüenzas.

—Como tanto te gusta decir, presiento que viene un pero.

Pero… —estiré la palabra hasta que ambos sonreímos—. Tu estilo de vida no es algo a lo que esté acostumbrado y eso me asusta un poco.

—¿Qué te asusta sobre tener seguridad financiera, manejar el carro de tus sueños y poder viajar a cualquier parte del mundo?

La enorme brecha entre nosotros abrió su enorme boca y amenazó con tragarme completo. No solo se trataba de la diferencia de edades. ¿Cómo podría encajar con las herederas ricachonas y los millonarios con los que ella se codeaba?

—No hay nada de malo en tener esas cosas… si es que yo me las gané. Crecí con la filosofía de que todos los caminos te llevan a una satisfactoria carrera y con ello una vida llena de significado. Esfuérzate por tener buenas notas, actividades extracurriculares sólidas, entra a la universidad adecuada, esfuérzate un poco más; aunque requerí de un poco de refuerzo extra para que esa última parte me entrara en la dura cabeza.

—Es mejor tarde que nunca —dijo, ya un poco más animada.

—Es verdad. Supongo que no tendría ni idea de qué se supone que debo hacer conmigo si no tengo que trabajar para vivir.

—¿No cuenta mantenerme sexualmente satisfecha?

—Oh, claro que sí cuenta, pero necesitaré algo que hacer las otras cuatro horas del día.

—Supongo que veinte horas al día serían suficientes. —Una sonrisa pícara se extendió por su rostro—. Puedes hacer lo que sea que desee tu corazón. Esa es la belleza de ser tan rica; el dinero trabaja para ti.

—¿Y qué es lo que desea tu corazón, Bella?

—¿Aparte de ti? —Estaba acostumbrado a sus desvíos. Esperé a que pasara este—. No sé si tengo algún deseo ardiente. Ciertamente no necesito más cosas materiales. Me gusta mi vida, especialmente contigo en ella. Lo siento si eso te decepciona.

—No me decepciona. Solo intento entender dónde encajo en esa imagen.

—Bueno —dijo con una sonrisita tirando de su boca—, ciertamente sería más fácil si quisieras ser un mantenido.

—He sido un mantenido toda mi vida. Apenas me están sacando del Banco de Mamá y Papá, y es algo aterrador, pero al mismo tiempo, creo que me gusta la idea de mantenerme por primera vez.

—Lo entiendo —dijo—. Una vida de ocio no es para todos.

—Claro. Solo los pocos afortunados pueden prosperar, y el resto de los vagos tenemos que seguir esforzándonos.

—¡Exacto! —Se removió, derrochando sarcasmo—. Pero en serio, Edward, admiro tu integridad.

Podía notar que no estaba siendo condescendiente conmigo, pero ¿seguiría sintiendo lo mismo dentro de cinco años? ¿En diez? No había muchas entradas a los que estaban dentro del uno por ciento. Era poco probable que alguna vez pudiera cerrar esa brecha.

—Me espera un largo camino por delante solo para conseguir un trabajo en nivel principiante.

—Oye, tú haz lo tuyo. No necesito tu dinero. Eso debería ser liberador, ¿no?

Su argumento era convincente, o como mínimo me distraía. Ciertamente no sería el primer chico en tomar esa ruta.

—Tal vez solo soy un idiota. Estoy seguro de que Indigo está lleno de chicos de mi edad en busca de una tigresa rica que los saque a pasear y los llene de ropa cara, carros rápidos y no pida nada a cambio más que tener una follada rápida y buena cuando ella quiera.

—El Indigo, ¿eh? —Me alegraba escuchar la sonrisa en su voz—. ¿Eso es lo que piensas que sucede ahí?

—No sé. Es lo que he escuchado. ¿Por qué? ¿No es verdad?

Soltó una risita suave.

—Diría que es bastante acertado. Y para que conste, no suelo ir ahí, jamás, por esa misma razón. Es demasiado obvio. Nunca me sentiría atraída a un vividor.

No, ella encontraría al chico inconscientemente ansioso que haría todo lo posible solo para ganarse su sonrisa. Un chico cuyo pensamiento más complejo era cómo meterse en sus pantalones. Un chico como yo.

—Exacto. Pero incluso esos otros chicos con los que has…

¿Sido tigresa?

Me atasqué ahí. Dudaba que decir "con los que había salido" la pusiera en un enfoque más halagador. Me encogí de hombros.

—Ninguno de tus cachorros se ha prestado para algo duradero.

—Y tú sigues aquí, y estamos yendo a casa después de haber cenado en casa de tus padres; algo a lo que ambos sobrevivimos, debería añadir. Eso a mí me parece como algo "duradero".

—Hablando de padres… ¿cuándo tendré yo el placer de escuchar las historias más vergonzosas de tu infancia? ¿Eh? ¿Cuándo me llevarás a casa?

—Ah —dijo, toda la alegría escapó de su voz—. Dirás casas. Mis padres están divorciados.

No sabía por qué eso me sorprendía, pero retrocedí como si alguien me hubiera golpeado, o a Bella.

—Vaya. No tenía idea. ¿Cuándo sucedió?

—Oh, se esperaron hasta que salí de la universidad. Supongo que pensaron que ya había madurado, así que no importaría después de eso… ¿o quizás pensaron que mi hermano y yo no lo notaríamos?

—Lo siento. Es una pena.

—He tenido diecisiete años para hacerme a la idea, pero no es algo agradable. Mamá es muy pasivo-agresiva y papá es de los que gritan, así que… sí, yo no crecí con bromas juguetonas durante la cena como tú.

Mis pensamientos retrocedieron hacia los conflictos que habíamos tenido —o que habíamos evitado— y los proyecté hacia el futuro: ¿qué significaba todo esto para nosotros como pareja?

—¿Cómo es ahora la relación que tienes con tus padres?

—Es todo un proceso —dijo—. Mamá intentó arreglar las cosas conmigo cuando notó que me estaba acercando a la fortuna de la familia Black. Ja. —Una risa brusca se escapó de los labios de Bella y se me rompió el corazón por ella—. Puedes imaginar cómo resultó eso. Y papá… probablemente es bipolar aunque no tenga diagnóstico, pero aun así encontró una compañera bastante amable hace seis años y se ven felices juntos, para irritación infinita de mamá.

—No sé qué decir.

Bella me miró como si le sorprendiera encontrarme ahí. Acababa de revelar más sobre su infancia que todo lo que había aprendido en seis meses.

—Espero que entiendas por qué no te someto a conocer a mis padres. Tendrás que creerme cuando te digo que no es por ti; es por ellos.

Ya sabía que era mejor no presionarla en temas sensibles.

—Lo entiendo por completo, Bella.

Estiró el brazo sobre mí y me dio un apretón en la mano.

—Gracias.

—Deberíamos ir al cine —dije.

—¿Qué? ¿Ahora mismo?

—Síp.

—¿Te das cuenta de que es nuestra última noche juntos?

—Estoy plenamente consciente, gracias.

Bella cruzó los brazos. Estoy seguro de que habría visto su ceja alzada si la tuviera de frente.

—¿Y aun así te quieres sentar en un cine oscuro rodeado de otras personas durante las siguientes dos horas, sin poder tocarnos adecuadamente?

Tuve que ahogar una sonrisa.

—Definitivamente podemos tomarnos de las manos, y dependiendo de la película, quizá incluso podamos besarnos.

Uh, tenía algo más perverso en mente —dijo, y le creí por completo.

—Ya que no planeo dejarte dormir en toda la noche, te prometo que tendremos tiempo suficiente para todas las cosas perversas más tarde.

—¿Quieres decirme de qué se trata en realidad todo esto? —Me dedicó su mirada de huelo-tus-mentiras, y me desmoroné como una galleta podrida.

—Bien. ¿Te has dado cuenta de que nunca hemos visto una película juntos en un cine de verdad? No puedo soportar la idea de que vayas al cine con mi mamá antes de que vayas conmigo.

—Solo si quiero recuperar mi refractario —dijo sonriendo. Me alegraba haberle mejorado el humor después de esa pesada conversación.

—Es una excusa patética para pasar tiempo con mi novia.

—Deja de culpar a tu mamá.

—Oh, cierto. Hablando de las locuras que dijo mi padre, ¿qué sucedió cuando se abrazaron al despedirse? Te veías un poco conmocionada.

—No conmocionada en realidad… solo un poco sentimental. Me dijo que fuera buena contigo.

—Excelente. Eso no es para nada incómodo.

—De hecho, pensé que era dulce. Eso implica un futuro para nosotros, igual que planear una noche de chicas con tu mamá.

—O tal vez él solo quería zafarse de tener que ver la siguiente película de Chris Hemsworth con ella.

—Funciona para mí —dijo—. Planeo atiborrar de alcohol a esa mujer y sacarle más de sus historias sobre el "pequeño Edward".

—¿Intentas hacerme vomitar? Porque no creo que las manchas de arándanos puedan limpiarse de tus interiores de piel, y va a ser culpa tuya.

—Por si te preguntabas qué le dije a tu papá —para que conste, me estaba muriendo de curiosidad—, le prometí que lo sería.

—Esas son buenas noticias.

Las expresiones de cariño de Bella eran como los arcoíris dobles, raros y deslumbrantes. Y breves.

Llevó nuestras manos unidas a mi entrepierna y frotó mi polla creciente con sus nudillos.

—¿Acaso no siempre he sido buena contigo, cariño? —Había cierta provocación en su voz a la que no me atreví a sucumbir si es que queríamos sobrevivir las siguientes dos horas en público.

—Puedo decir con honestidad que incluso cuando estás siendo muy, muy mala; de hecho, en especial cuando estás siendo mala, siempre has sido buena conmigo.

—Ajá. Sin embargo —carajo, aumentó la presión de sus nudillos—, ¿insistes en desperdiciar las siguientes dos horas en un cine?

Exhalé un suspiro y levanté su mano de mi regazo.

—Sí.

—De acuerdo —dijo, resignándose a seguirme la corriente—. ¿Qué película quieres ver?

—Lo que sea. Tú escoge.

Tomando mi invitación como un reto, agarró su teléfono y empezó a buscar.

—¡Nada que sea triple x! —añadí, haciéndola reír.

—¡Me conoces muy bien!

No era así, no todavía, no más que la imagen borrosa que ella me permitía ver. Pero por primera vez creía de verdad que tendría la oportunidad para conocerla.