Hola:

Perdón por la tardanza, he tenido algo de bloqueo para escribir. Les dejo la continuación del capítulo anterior, pues Anna tiene que cumplir con el trato hecho con Minos, así que se reencontrará con él una semana después. Muchas gracias por leer y comentar.

Advertencias: Lemon explícito con descripciones detalladas. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic.


Sobre sus comentarios:

Natalita07: Muchas gracias por la paciencia y tienes razón, Minos está como quiere y pues Anna debe aprovechar para sacarle información, pero eso sí, debe cuidarse. Agradezco tus palabras, eres un gran apoyo :D

Ginink: Saludos, es bueno leerte de vez en cuando por aquí. Gracias por comentar y estoy de acuerdo, muchas envidiamos a Anna XD

AleSinsajo: Bienvenida y gracias por tus palabras, me alegran mucho :D Es un gusto saber que disfrutas de la lectura. Agradezco la paciencia y aquí dejo el nuevo capítulo ;D


Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso :P


Capítulo 8: Fuera del Santuario II

Guerra Santa, siglo XVIII.

Santuario de Athena, cabañas de las Amazonas.

Anna tocó la puerta de aquella choza un par de veces. Después de unos segundos, una mujer madura abrió, mirándola con una ceja levantada. Era la tercera vez que la visitaba en ese mes, lo que se le hizo bastante raro, puesto que las fechas eran muy cercanas una de otra.

—¿De nuevo aquí, amazona de Péndulo? — se cruzó de brazos.

—Vamos Circe, necesito tu ayuda— hizo un mohín la joven. —Ya te platiqué mi situación. —

—No, no me has dicho todo jovencita— se hizo a un lado para dejarla pasar y luego cerrar la puerta.

—Te dije que fue una emergencia… aquello resultó inesperado. —

La mujer mayor le dirigió una mirada del tipo "madre regañando a su hija". Y es que, Circe, tenía la jerarquía para regañar a cualquiera de las guerreras de Athena, puesto que era una de las amazonas de mayor rango y edad. Ya estaba retirada del campo de batalla, pero no del servicio a la diosa. Ella era una hábil curandera, que conocía hierbas, pócimas y medicamentos de todo tipo. Sus conocimientos médicos eran sumamente valiosos y necesarios para el Santuario.

Ambas tomaron asiento en una mesa central de la estancia.

—Claro, una "emergencia"— Circe la miró suspicazmente. —Hace poco más de una semana, viniste a pedirme un extracto de hierbas para esa emergencia. Luego, tres días después, regresaste por otra infusión con el mismo pretexto y, si no me equivoco, de nuevo me pedirás lo mismo— la mujer mayor soltó un suspiro cansado. —Anna, no hay problema con que quieras divertirte con algún santo o un soldado, pero ten presente que un embarazo puede ser muy arriesgado y más en estos momentos. —

—Lo sé, y por eso es que necesito otro brebaje, para evitarlo— indicó la guerrera de Péndulo.

—Y por qué mejor no se abstienen de follar en tus días fértiles y se esperan un poco— propuso Circe. —No debes tomar la infusión tantas veces en una semana, podría provocarte efectos secundarios. —

Anna rodó los ojos, no había querido decirle a la curandera lo que realmente ocurría. Circe creía que estaba sosteniendo encuentros sexuales de forma arriesgada con algún santo u otro hombre del Santuario. No obstante, la realidad era otra: Se había convertido en la amante de un espectro de Hades. Y no de cualquiera, sino de un juez infernal. Claro que esto tenía una justificación, y esa era, obtener información para ganar la guerra santa.

Sin embargo, no iba a correr riesgos con Minos.

Lo iba a utilizar como informante, y si eso requería tener sexo con él a cada rato, entonces lo haría. Pero no podía permitir que la embarazara. Dicha situación era peligrosa en tiempos de paz, así que no quería ni imaginar lo que sucedería en éste momento de conflicto bélico.

—No me preocupa eso—respondió Anna. —Escúchame, te diré la verdad, pero necesito que guardes el secreto y que me des más del brebaje. —

La amazona retirada aceptó con un movimiento de cabeza. Después de todo, confiaba plenamente en todas las guerreras de Athena, ella había entrenado personalmente a la mayoría de ellas.

Al cabo de unos minutos, su expresión palideció cuando Anna terminó de contarle todo.

—¡¿El juez Minos de Grifo?! — preguntó nerviosa. —¡Pero cómo se te ocurre jovencita! —

—Ya te lo dije Circe, él me tenía acorralada, no tuve más opción que ceder, y no, no me lastimó en ningún momento— rodó los ojos y resopló con resignación. —La verdad es que, el desgraciado resultó ser buen amante, no lo puedo negar. —

La curandera la miró sin saber qué decir. Pero tuvo que darle la razón, el ataque de Hades y la emboscada al santo de Tauro, habían provocado demasiado alboroto en el Santuario. Anna había estado en desventaja y no podía juzgarla por usar sus propios medios para sobrevivir. Aunado a esto, la información recabada era muy valiosa para ganar la guerra santa.

—Bien, no necesito saber los detalles, ¿Entregaste la información al patriarca? —

—Sí, lo hice, pero tuve que mentir respecto a la forma en cómo la obtuve, él cree que fue gracias a un descuido de los espectros, que se pusieron a hablar mientras yo escuchaba desde otro lado— soltó una exhalación y se alzó de hombros. —No es muy recomendable que sepan lo sucedido. —

—Comprendo, y estoy orgullosa de ti, la verdad, es que no cualquiera se enfrentaría a un juez del inframundo— reconoció Circe, levantándose de la silla. —Ven, te daré otra infusión de hierbas, la vas a necesitar después de esta noche. —

Anna la siguió a la cocina, donde la vio buscar algo en un gran estante.

—Sí, esta noche voy a encontrarme con él, así que cruza los dedos, necesito sacarle la mayor información que pueda. —

—Sé que puedes hacerlo, simplemente, complácelo con algunos trucos que te voy a decir— le sonrió la curandera pícaramente, mientras le entregaba una redoma con hierbas oscuras. —Toma, es igual que la otra vez, dos cucharadas en una olla pequeña, puedes beberlo desde ahorita y lo sigues consumiendo hasta tres días después del encuentro. —

—Muchas gracias Circe, y ahora, dime qué puedo hacer para engatusar al juez— Anna sonrió divertida ante la complicidad de la otra amazona.

.

.

Esa noche.

Anna llegó al mismo claro del bosque de la vez anterior. El lugar estaba bastante retirado del Santuario, así que no tenía que preocuparse porque hubiera soldados vigilando. Había tenido que escabullirse de su cabaña con mucho sigilo para no despertar a sus compañeras. Y es que nadie, excepto Circe, estaba al tanto de su salida, la cual consiguió gracias a que conocía ciertos senderos ocultos en la ladera montañosa.

No estaba segura si el juez del inframundo aparecería, pero, aun así, decidió arriesgarse. Después de caminar unos metros más, encontró el mismo roble de grandes raíces donde ella y Minos estuvieron retozando la semana pasada. Dejó sobre una rama la lámpara de aceite que llevaba consigo para iluminar su camino una vez que se adentró en el bosque.

—Espero no tarde demasiado— dijo, sentándose en una raíz.

De repente, escuchó el sonido metálico e inconfundible de un Sapuri. Cuando giró el rostro, casi brincó del susto al ver a Minos parado a escasos metros de ella. El espectro la observaba con una sonrisa divertida, como si todo el tiempo hubiese estado ahí.

—¡Maldición, no hagas eso! — reclamó la amazona, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. —¿En qué momento llegaste?, ¿Por qué no te escuché siquiera? —

—Tardaste en llegar, ya tengo rato esperándote— habló el juez, manteniendo su mueca juguetona. —Y no pudiste verme porque así lo quise, nosotros los espectros, tenemos la capacidad de pasar inadvertidos ante los demás si queremos. —

Anna hizo un gesto de comprensión. Aquella era una buena habilidad, y muy peligrosa también.

—No pude llegar antes porque se me complicó salir del Santuario, han pasado muchas cosas en esta semana, así que la vigilancia aumentó— se acercó despacio y con precaución, pues no dejaba de ser un enemigo.

El juez Grifo imitó sus acciones, aproximándose también, pero sin dejar de observarla con atención. Ambos empezaron a caminar en círculos con relativa calma, mientras hablaban y se ponían al día de los eventos recientes.

—No lo dudo, tu gente ha resultado ser algo problemática, es decir, lograron sellar a los dioses gemelos y eliminar a las deidades menores del sueño. —

La amazona asintió, tratando de concentrarse en recabar información.

—Así es, nuestra diosa recuperó el alma de Sísifo de Sagitario y el santo de Pegaso tuvo su primer enfrentamiento contra el dios Hades, o, como tú dijiste, contra el joven Alone. —

—Sí, pero el muchacho es peligroso— el juez hizo un gesto de burla. —El ejército de Athena no debió haber ido al Castillo, los idiotas fueron masacrados por el engaño de una simple ilusión— se alzó de hombros con indolencia.

Anna frunció el ceño, le molestaba como Minos se expresaba con frialdad de las muertes de sus compañeros. Pero no podía esperar menos de un enemigo, así que decidió ignorar su enojo y continuar con su plan.

—Pero el Castillo cayó y tu señor tuvo que huir— hizo una media sonrisa. —¿Qué es lo que hará ahora? —

El espectro fue cerrando el círculo, acercándose poco a poco a la mujer. Ella hizo lo mismo, sin demostrar temor alguno, igual que las veces anteriores. Esto comenzó a incitarlo, pues le agradaba la valentía de la guerrera.

—Alone seguirá pintando su lienzo, así que deberían prepararse— advirtió él.

—¿Por qué lo dices? —

—Porque su poder ha aumentado, lo que pinte ahora, será devastado por completo— reveló con fría tranquilidad.

La amazona de Péndulo hizo un leve gesto de preocupación, deteniéndose frente al hombre.

—¿Hay manera de evitarlo? —

El espectro también se detuvo, contemplándola con interés.

—No— levantó el brazo, acercando su mano al rostro femenino—Si él quisiera, podría pintar el Santuario y éste sería destruido en un santiamén. —

Anna se sobresaltó por sus palabras. Sin embargo, se mantuvo quieta, permitiendo que el juez le acariciara la mejilla y luego el cabello, el cual traía suelto esta vez.

—¿Por qué no lo ha hecho? — quiso saber.

Minos se agachó levemente y comenzó a olfatear el mechón de pelo, haciendo una mueca complacida por su fresco aroma.

—Alone es perverso, así que está pintando algo mucho más grande, lo que provocará un mayor número de muertes— su mano soltó el cabello, para subir a la cabeza de la joven y tomar la tiara de su armadura.

—¿Qué es? — lo miró juguetear con la pieza entre sus dedos.

—Linda, haces demasiadas preguntas, así que dime, ¿Qué estás dispuesta a hacer para obtener dicha información? — sonrió ladino.

La guerrera tragó saliva, había llegado el momento de actuar. Tomó un poco de aire y lo soltó despacio. Entonces, subió una de sus manos para colocarla sobre el peto del Sapuri. Hizo una sonrisa coqueta, al mismo tiempo que deslizaba sus dedos hacia abajo con lentitud.

—Si te quitas esto— acarició el faldón de la armadura que protegía la parte media del espectro. —Yo podría hacer algo divertido con mi boca— se humedeció los labios sensualmente.

Minos entornó la mirada y sonrió con evidente lujuria ante la obscena propuesta. Le agradaba la iniciativa de la amazona, y como esto era un juego donde él intercambiaba información por sexo, lo aprovecharía al máximo.

—De acuerdo, veamos qué sabes hacer— chasqueó los dedos.

El Sapuri se desmontó de su cuerpo, ensamblándose a un par de metros más allá.

La mujer amplió su sonrisa, quitándose los guanteletes de las manos y tirándolos por ahí. Se acercó un poco más, posando sus tibias palmas sobre aquel torso desnudo. Empezó a tocarlo con interés, dándole miradas insinuantes, al mismo tiempo que su boca se acercaba para dejar besos superficiales sobre su piel.

El juez observó encantado su proceder, le agradaba sentir aquellas caricias y notar aquel brillo astuto en los ojos de Anna. Un sutil escalofrío se deslizó por su nuca cuando ella alcanzó su vientre, y no pudo evitar soltar un gruñido de excitación cuando sus finos dedos jugaron con el borde de la tela. No la retiró todavía, sino que empezó a tocar su entrepierna con morbosa lentitud. La punzada que sintió en el bajo vientre lo hizo jadear, al mismo tiempo que su miembro se endurecía con rapidez.

La amazona de Péndulo se concentró en lo que estaba a punto de hacer, una felación para un espectro. Jamás pensó que haría esto con un enemigo, sin embargo, la idea estaba excitándola más de lo esperado. Cuando habló con Circe, ésta le preguntó si alguna vez había dado sexo oral a un hombre. La joven respondió que un par de veces, pero no tenía suficiente práctica, por lo que la curandera la asesoró.

Concéntrate en la punta de su miembro, es muy sensible la corona, también esmérate en su tallo con lamidas largas e intensas, y cuando lo tengas en la cúspide, puedes estrujar con suavidad sus bolas, eso lo hará terminar rápido y con fuerza, tanto, que se quedará debilitado.

Recordando aquellas palabras, Anna comenzó a tirar de la prenda oscura que Minos vestía, notando el abultamiento de su carne. Era de esperarse que reaccionara rápido, el deseo se le notaba en las pupilas. Lo liberó por completo, asombrándose del sicalíptico aspecto que tenía: Hinchado, enrojecido, palpitante y húmedo.

El líquido preseminal que había liberado, resultó demasiado, al grado de que comenzó a escurrir con descaro. La mujer dejó escapar un jadeo bajo, apenas disimulando la impresión que le provocaba. Tomó aire de nuevo, bajando un poco más la tela, mientras se arrodillaba. La protección de su armadura evitó que sintiera cualquier molestia del suelo.

Minos sonrió con cierta perversión.

Le agradaba cuando una mujer lo complacía de esta manera, y si la guerrera conseguía satisfacerlo, le diría lo que quisiera. De repente, un sonido áspero escapó de su garganta cuando ella comenzó a recorrer su tallo con sus tibias manos. Su atención se clavó por completo en el rostro de Anna, quien volvió a sonreírle traviesa, casi como si hubiera leído sus pensamientos.

La amazona de Péndulo estrujó con la presión exacta aquella pulsante virilidad, recorriéndola con interés. Era imposible no prestar atención a su latido, a sus notorias venas y a la morbosa humedad. Pero como no deseaba perder demasiado tiempo, aplicaría los consejos de Circe.

Después de sonreírle al juez, su lengua emergió, dispuesta a lamer su longitud. Aquella caricia lo hizo estremecer y casi trastabillar cuando alcanzó la punta de su miembro. El sabor semi salado no le desagradó, por el contrario, se concentró en paladear de forma circular tan sensible área.

Minos jadeó guturalmente, sintiendo que todo su cuerpo se estremecía. La lengua femenina estaba haciendo un trabajo maravilloso. Aquellas lamidas le provocaron deliciosas cosquillas a lo largo de su endurecida carne. Pero cuando ella se concentró en su corona, sintió que la mente se le derretía. El entorno dejó de existir para él y sólo se concentró en el placer que la boca de Anna le brindaba.

La joven se esmeró en su libación, y no pasó demasiado tiempo antes de notar que el juez del inframundo estaba sudando y temblando. Había cerrado los ojos, mientras colocaba las manos sobre la cabeza de ella, asegurándose de que no pudiera apartarse de su miembro, obligándola a tragarlo casi por completo.

¡Maldita sea, apenas puedo controlar el reflejo de las arcadas! — pensó inquieta.

Era evidente que el hombre estaba aprovechando su posición dominante, y aunque ella no quisiera, tendría que soportar lo que vendría. La idea no le molestaba tanto, así que continuó estimulándolo con la lengua lo mejor que pudo, mientras una de sus manos se deslizaba hacia el saco seminal.

Siendo lo más delicada posible, tomó entre sus dedos aquellas bolas, las cuales se contraían al ritmo de la respiración alterada del juez. De nuevo lo escuchó gemir en abandono, permitiéndole tocarlo libremente. Así que Anna se entretuvo recorriendo su piel y sus contornos, estrujándolo con suavidad, presionando también la base de su miembro con la otra mano.

La combinación de estímulos enloqueció a Minos, quien sintió que las piernas se le doblaban, al grado de tener que usar un brazo para sostenerse de una de las ramas cercanas del árbol. La guerrera era demasiado hábil con su lengüeteo y la succión que ejercía, ya lo había llevado al límite. Sentir su travieso tacto fue el complemento que necesitó para dejarse caer al abismo del placer.

El orgasmo explotó en su vientre, generando una sacudida que escaló por su columna vertebral, para luego extenderse por todo su cuerpo. Su miembro pulsó con fuerza dentro de la boca de Anna, liberando su semen sin remordimiento alguno, acompañando dicha acción con un clamor casi animal.

La amazona no perdió detalle de sus expresiones faciales ni un segundo. Tan pronto vio que se deformaban en un rictus de placer, contuvo la respiración. Tuvo que tragarse buena parte de aquella sustancia blanca y viscosa. No obstante, aunque la situación no era muy cómoda, de inmediato supo que el juez estaba en sus manos.

Verlo temblar de pies a cabeza cuando se apartó de ella, aunado a su errática respiración y mirada perdida, fue suficiente para hacerla sonreír vanidosa. Es decir, cuántas guerreras podían presumir que sedujeron a un juez infernal. Ahora tenía una muy buena historia para presumir en la taberna con las demás.

Minos tomó asiento en una de las grandes raíces. Se sentía aturdido, pues la culminación lo había debilitado de cierta forma. Mantuvo los ojos cerrados por un instante, a la vez que intentaba recuperarse. Escuchó que Anna se ponía de pie, acercándose para sentarse a su lado.

—¿Estás bien?, parece que perdiste el color— dijo burlona, mientras se limpiaba los restos de semen de la boca.

—Chupas muy bien, linda— respondió él con una media sonrisa, reclinándose en el tronco del árbol. —Joder, pocas veces alguien ha conseguido hacer que me venga con tanta fuerza. —

—Gracias, aunque no me sorprende que lo digas— echó un vistazo hacia abajo, percatándose de que su miembro permanecía semi erecto y goteante. —Veo que tienes bastante resistencia, una mujer común no te aguantaría el paso. —

El juez ladeó el rostro, cuya expresión ladina no disimuló ni un poco. Entonces, la sujetó de un brazo, atrayéndola hacia él.

—¿Por qué crees que me agradas, amazona? — la sujetó del mentón, clavando en ella sus intensos ojos violáceos. —Tú sí puedes hacerlo, así que quiero que sigamos follando. —

Antes de que Anna pudiera reaccionar, el espectro la besó con ímpetu, sin importarle en lo más mínimo que aún tuviese su sabor en la boca. El morboso acto la tomó por sorpresa, pero casi de inmediato comenzó a excitarse, y más cuando la lengua del juez la invadió para jugar con la suya.

Sintió que se quedaba sin aire, pero no deseaba apartarse de él. Su forma de besar, posesiva y casi malévola, le gustaba más de lo que deseaba reconocer. Esto no podía ser bueno, pero a su cuerpo poco le importaba, y eso lo comprobó cuando el calor de su vientre se hizo presente.

Maldito juez, eres demasiado tentador— divagó, antes de gemir contra su boca.

Por fin se distanciaron, respirando con dificultad, pero sin dejar de observarse. Era innegable el apetito carnal que uno sentía por el otro.

—Bien, me gusta la idea— Anna tomó aire para recuperarse. —Sigamos con el trato, pero como ya te complací, quiero que me digas algo más. —

Sin dejar de observarlo, deslizó su mano por el muslo del juez, para luego bajar hacia la base de su miembro y rodearlo. Comenzó a estimularlo de nuevo, arrancándole un gemido ahogado.

—¡Condenada… mujer… me encantas! — gruñó entre dientes, disfrutando del manoseo. —Alone está pintando… la península Itálica… yo no les recomendaría ir por allá… podrían quedar atrapados en el lienzo perdido… o morir en medio de la destrucción territorial— masculló despacio.

La amazona se inquietó ante semejante revelación, pero se mantuvo concentrada en el lascivo masaje.

—¿Hay alguna manera de alcanzar la guarida de Alone? —

Minos soltó una risa burlona. A pesar de que su carne estaba endureciéndose de nuevo, no pudo dejar pasar la oportunidad de molestar a la guerrera.

—Sólo que tengan alas, o un medio de transporte capaz de llevarlos a las nubes— atrapó su mano, deteniendo la caricia, para luego ponerse de pie junto con ella. —Pero tú, mi querida Anna, no vas a ir a ese lugar, así que, ten cuidado con la información que te he dado. —

—¿Por qué lo dices?, mi deber es luchar al lado de Athena— habló contrariada y con una ceja levantada.

—Nada de eso— la contempló con seriedad por un segundo. —No quiero que te suceda algo, es decir, me interesa seguir fornicando contigo— sonrió con cinismo.

La guerrera quiso protestar, pero no tuvo tiempo. Con un movimiento rápido, el juez hizo que le diera la espalda, para luego empujarla hacia uno de los raigones que sobresalían un poco más del suelo.

—Quítate la armadura— ordenó, mientras la obligaba a inclinarse sobre la raíz.

—¡Eres un idiota! — masculló Anna.

Pero viendo que no tenía más opción, tuvo que ceder. Tras una vibración de su cosmos, la armadura de Péndulo se desmontó, ensamblándose junto al Sapuri. Ni lento ni perezoso, Minos le rodeó las caderas, manoseándola a su completo antojo.

—Di lo que quieras— se inclinó sobre su espalda, resoplando contra su nuca. —Recuerda que tenemos un trato, y tu muerte prematura no está incluida en los términos— deslizó una mano entre los muslos femeninos. —Ahora, relájate un poco y pórtate bien. —

La amazona respingó y no pudo evitar jadear cuando los dedos del juez acariciaron su entrepierna por encima de la ropa de entrenamiento. Aquella simple fricción, fue suficiente para que sus pliegues punzaran adoloridos. El deseo de su cuerpo se hizo más evidente, pues el juez estaba tocándola con la presión exacta.

Diablos, me voy a condenar por esto, pero ya no importa— divagó la mujer, decidiendo ya no hablar.

A pesar de lo patán que era el espectro, sus perversas caricias la estimulaban demasiado bien. Tanto, que ni siquiera se dio cuenta en que momento él aflojó su camisola por la parte baja, consiguiendo acceso a sus pechos con la otra mano. La estimulación de su turgencia y los suaves pellizcos sobre sus pezones, la invitaron a clamar por más.

Minos sonrió engreído, pues disfrutaba tener a la mujer en esa posición. No obstante, su juego apenas iniciaba, así que mantuvo sus caricias unos instantes más. Pero, cuando la oyó resollar más rápido y notó la humedad de la tela, supo que podía pasar al siguiente nivel. Dejó de tocarla y procedió a tomar el ceñidor de la prenda que vestía, para tirar hacia abajo de ella, llevándose también de paso la pieza interior.

—¡Espera, no quiero que rasgues mi ropa esta vez! — se quejó Anna, levantándose un poco al sentir su trasero al aire.

—Quédate quieta y abre más las piernas— dijo el juez, presionando su espalda con el brazo para que no se enderezara.

La guerrera resopló no muy convencida, pero cuando el pantalón se deslizó hasta el suelo, ella levantó un pie para sacarlo y tener más libertad de movimiento. En ese instante, con una rodilla, Minos hizo que separara los muslos todavía más, dejándole en claro que la tomaría en aquella posición.

El espectro se deleitó con la imagen de aquel sexo húmedo, pues la lubricación escurrió como transparente rocío. De igual forma, se percató de que estaba temblando ligeramente, así que no prolongaría demasiado esto.

—Que agradable vista— dijo con tono lascivo, acercando un par de dedos a la cavidad femenina. —Vamos Anna, quiero escucharte. —

Palpó el contorno de su entrada con intencional parsimonia, notando su contracción acorde a los círculos que delineaba para distribuir su humedad. Esto provocó que la joven gimiese entrecortado, ya que dicha zona, era increíblemente sensible. El juez lo sabía muy bien y lo aprovecharía al máximo.

La joven sitió que el aire le faltaba de pronto. Su interior empezó a constreñirse y a dilatarse con mayor intensidad, exigiendo que algo lo colmara. Su cuerpo tembló aún más cuando una potente descarga remontó por su médula espinal.

—¡Más, por favor! —

Minos se relamió los labios cuando notó sus dedos completamente mojados. Pero no los introdujo tal como ella deseaba. Dejó de tocarla y procedió a lamerlos con avidez, gruñendo con satisfacción. Acto seguido, acercó las caderas al trasero de la mujer, mientras la sujetaba de los costados, manteniéndola quieta. Su hombría ya había recuperado volumen y ahora palpitaba ansiosa por entrar en aquella cálida feminidad.

—¡Maldita sea, ya no me hagas esperar! — refunfuñó Anna, dándole una mirada de soslayo.

Él no respondió, simplemente acercó la punta de su miembro y comenzó a restregarlo contra los pliegues externos de la joven, consiguiendo que se estremeciera un poco más.

La amazona de Péndulo profirió otro sonoro gemido, y una sonrisa libidinosa se dibujó en sus labios cuando, segundos después, sintió que el grosor inicial de aquella virilidad se introducía en su cavidad. Pero nada más.

Minos jadeo ásperamente al sentir la notoria palpitación de la entrada femenina, exprimiendo de forma placentera la corona de su miembro. Todavía no deseaba penetrarla por completo, sino más bien, torturarla un poco con la estimulación que hacía en ese momento. Cosa que consiguió alterarla de sobremanera, pues las sensaciones que se desplegaron, la hicieron ronronear de forma sumamente voluptuosa.

¡Desgraciado… hijo de…! — la mente de Anna no pudo seguir razonando, pues las sensaciones la enturbiaron.

Aquel vaivén corto y lento, que le permitía sentir sólo una parte de su dura carne, justo en la entrada de su sexo, estaba enloqueciéndola. El placer inducido por aquella carnal fricción era por demás celestial. Pocas veces la amazona había experimentado eso, en menor grado y únicamente con sus propios dedos. Era extremadamente raro que un hombre supiera hacerlo. Otra razón más para seguir tolerando a Minos.

Sus gemidos se tornaron largos y obscenos. Todo en ella volvió a estremecerse, mientras sus uñas arañaban la corteza de la raíz y sus caderas buscaban ansiosamente mayor contacto con el juez. Pero éste la mantenía aferrada de tal forma, que moverse le era imposible. Esto la frustraba un poco, pues era él quien tenía el control y quien decidía cuanto de su falo darle.

Incluso así, lo estaba disfrutando demasiado, al grado de perderse de la realidad. Por lo que su cuerpo se encargó de expresar el intenso goce, con el temblor de sus piernas, el calor de su vientre, el arqueo de su espalda, el clamor de su garganta y el escurrir de la saliva por las comisuras de su boca. Ahora, era su rostro el que se transfiguraba en completa lujuria.

El espectro jadeó entre dientes una vez más. Aquella estimulación había conseguido llevar a la mujer al límite, pero también lo arrastró a él con deliciosas consecuencias. Podía notarlo en su suave y constreñida cavidad, la cual lo abrazaba con mayor intensidad, atrayéndolo a su interior. Decidió que ya era momento de darle todo su miembro, así que se hundió en ella por completo.

Anna casi gritó al sentir como la llenaba, más que nada, porque dicha acción desencadenó el inicio de su orgasmo. Las terminaciones nerviosas de su vientre convulsionaron, induciendo la presión de sus paredes íntimas alrededor de la longitud del juez, quien se quedó quieto, jadeando muy cerca de su oído. El éxtasis continuó su propagación, llevándola a un estado de increíble satisfacción.

Minos notó que el abrazo íntimo de la mujer casi dolía. No obstante, era demasiado agradable estar en aquella posición. Sus manos aún la sujetaban con fuerza, mientras que sus pliegues húmedos chocaban contra sus testículos. La joven pronto comenzaría a relajarse, por lo que debía apresurar su propia culminación. Soltó un gemido grave cuando inició la ondulación de su pelvis, el cual fue secundado por otro de ella, quien seguía delirando todavía.

Debido a toda la estimulación previa, con unas cuantas potentes embestidas, el espectro alcanzó rápidamente el punto de no retorno. El clímax estalló en su bajo vientre, extendiéndose vertiginoso e imparable, obligándolo a clamar con mayor intensidad. Su semilla se derramó, y el mundo desapareció en una absoluta complacencia.

La amazona de Péndulo apenas estaba volviendo a la realidad. La enorme raíz continuaba siendo su soporte, mientras intentaba recuperar el aliento. Aquel encuentro había sido delicioso y no estaba segura de poder regresar pronto al Santuario, pues todo el cuerpo le temblaba. El juez aún estaba detrás de ella, sosteniéndose con sus propios brazos, respirando con modorra sobre su hombro.

—¿Qué más tienes para mí? — susurró por lo bajo.

Minos hizo un leve sonido de cansancio, pero contestó sin demora, pues la guerrera se lo había ganado.

—Ya te lo dije, no vayan a Italia, manden exploradores si gustan, pero es bajo su propio riesgo— explicó en un tono relajado e indiferente, como si hablase de algo trivial. —También deberían pensar en buscar aliados, Hades no es tan fácil de vencer— bostezó, apartándose de ella con lentitud.

Anna se estremeció, percibiendo el débil palpitar que aún persistía en su sexo, así como la mezcla de fluidos deslizándose por sus muslos internos. Al menos podía estar tranquila al saber que no quedaría preñada. Tomó una bocanada de aire y la soltó pausadamente, logrando recuperar un poco de estabilidad. Se enderezó y comenzó a vestirse.

—La diosa Athena puede ganar sin necesidad de aliados— expuso, llamando a su armadura para que la cubriese.

—Entonces dile a tu diosa que consiga un barco de guerra— Minos acomodó sus vestiduras y se sentó en otro raigón, apoyándose contra el árbol, tomando una postura de descanso. —El ejército de espectros tiene un navío con la capacidad de volar, el cual usará para atacarlos. —

El desconcierto se dibujó en el rostro de Anna. Era imposible que una embarcación cruzase las nubes como lo hacía en las aguas del mar.

—¿Estás bromeando? —

El juez se alzó de hombros y sonrió con ironía.

—No me creas si no quieres, pero ten en cuenta que Alone se esconde en uno de los templos del lienzo perdido, si tu diosa no tiene el poder para ir allá, ¿Cómo lo vencerá? — se estiró un poco, llevando los brazos por detrás de la nuca para estar más cómodo. —En serio amazona, no sean estúpidos y busquen todos los medios posibles para ir hacia él, no les conviene que los ataque de nuevo en el Santuario. —

Ella exhaló con fastidio, pues el juez del inframundo tenía razón. Por simple estrategia de guerra, Alone ya les había hecho bastante daño, así que no debían confiarse.

—¿Algo más? —

—La mitología dice que el Pegaso siempre acompaña a la diosa de la guerra, así que, ese mocoso llamado Tenma, debería entrenar más, su debilidad es patética— Minos bostezó otra vez. —Por cierto, el juez Rhadamanthys es quien se enfrentará con ustedes ahora, es un poco hocicón, pero tiene bastante poder, le agrada Pandora, así que podrían tomar ventaja si atentan contra ella. —

La joven lo contempló con una ceja levantada. Era asombroso el comportamiento amoral de aquel hombre, pues no le profesaba lealtad a nadie. Ya no tenía dudas, la información que le daba, era real. Sin embargo, aunque la entregase, no dependía de ella su ejecución en el campo de batalla.

—En realidad no te importa nada ni nadie, ¿Verdad?, tú sólo quieres ver el mundo arder— se acercó, hasta quedar frente a su rostro, contemplándolo con seriedad. —¿Cuál es tu propósito final en esta guerra? —

Los ojos amatista de Minos no revelaron absolutamente nada, pero su malicia natural se distinguía perfectamente en ellos. Mantuvo una sonrisa astuta cuando le respondió, a la vez que acortaba un poco más la distancia entre ellos.

—Sobrevivir, y fornicar contigo la próxima semana— sin darle tiempo de reaccionar, la atrapó de la nuca para besarla nuevamente.

La mujer no se sorprendió tanto, así que aceptó el ósculo, dejándose llevar por su caprichosa forma de actuar. Quedaba en claro que su trato seguía vigente, así que esto era sólo un recordatorio. Cuando ambos se apartaron, la complicidad se les notaba en la cara. Y aunque Anna se sentía un poco preocupada, se justificó diciendo que, con esto, ganarían la guerra santa.

—Tengo que irme— se despidió, tomando la lámpara de aceite.

—Nos vemos después linda, y procura no morirte— se relamió los labios, al mismo tiempo que se tocaba la entrepierna con obscenidad. —Que aún puedo darte mucha más información. —

Anna rodó los ojos y le dio la espalda, emprendiendo rápido la marcha, pues ya no deseaba lidiar más tiempo con Minos. Ahora sólo debía preocuparse por cómo entregar la nueva información al patriarca. Quizás debería consultarlo antes con Circe.

Fin del capítulo 8


Continuará...

Gracias por leer.

14/Noviembre/2023