Capítulo 13

Estaba enojado, por supuesto que lo estaba. Estaba furioso, rabioso, casi rencoroso contra ella. Podría llegar a odiarla, sí, tanto como la amaba eso era seguro. Pero no, no la odiaba, la amaba más, más, tanto que sentía rabia.

No podía ni siquiera mirarla sin sentir que algo dentro de mi explotaría, que se reventarían todas las venas del cuerpo, que mis órganos explotarían contra mis músculos. ¡Joder, es que estaba decepcionado! De mí, de ella, más de mí. Pero es que no podía negarlo, debía al menos aceptar en mis adentros que cuando abrí la puerta ese viernes y la vi parada delante de mí, pensé en tantas cosas, tantas que ni siquiera me importaba que todo resultara ser ilógico al final, que muy en lo profundo de mi mente una voz gritaba que, por mucho que fingiera que no existía, ninguna de mis ideas tenía sentido. Que todo lo que sentía, además de la lujuria y la pasión que siempre me provocaba al mirarme a como lo hizo, no debería cegarme a la verdad.

Merlín mismo sabe que grité prácticamente gracias cuando fue ella la que se aventó a mis brazos y empezó a besarme como si llevara años deseándolo, como si quisiera quitarme el aire de los pulmones y comerse mis labios para que no volviera a besar a nadie más. Me volví loco, totalmente loco y feliz cuando la tuve entre mis brazos, cuando la sentí tan dispuesta, tan caliente, tan dulce también, casi rugiendo en mi interior cuando me dijo lo que había hecho pensando en mí, mostrándome aquella mano y esos dedos que me encantaban. ¡Merlín! Si es que lo único que podía hacer mientras chupaba sus dedos era imaginármela haciendo eso, masturbándose sin complejos e inseguridades, pensando en mí y gritando mi nombre al obtener su orgasmo.

Esa noche no me importó nada, aunque eso no era una novedad, normalmente cuando ella estaba conmigo no me importaba nada más que ella, ella y su boca, sus ojos, su piel suave y dulce, su cuerpo de diosa elegida para mí; no me importaba nada más que su cabello enredado, sus manos delicadas y fuertes para apretarme o enterrarse en mi espalda, o la manera en como sus caderas se movían sobre mí o debajo de mi cuerpo; no me importaba nada más que su aroma, su calor, su sudor y sus gritos y jadeos, sus gemidos controlados o aquellos que ya no soportaban quedarse en su garganta; no me importaba nada más que su mirada y su voz al decir mi nombre, al pedir que fuera más rápido o más lento, que fuera más profundo y no me alejara.

No me importaba nadie más que ella, y creí, ¡joder!, por un momento creí que la tenía, que esa noche era la definitiva, que al otro día en vez de irse corriendo de mi departamento se quedaría, que se daría la vuelta entre mis brazos y me besaría, y me exigiría como el día anterior o el viernes pasado, que quería sexo y lo quería ya. O que tenía hambre, después de todo la noche anterior no cenamos nada y estaba dispuesto a levantarme y prepararle algo de comer, después de comerla a ella, por supuesto.

Sabía que le había dicho a Theo que no la amaba, el mismo cielo sabía que no había mentido, pero durante esa noche, durante esa madrugada y mañana, supe que no era así, que la amaba completamente, totalmente, que todo de mí era de ella, porque al verla irse, sentí que se llevaba casi todo de mí con ella, se lo llevaba en aquel cabello donde enterraba mis dedos, en sus ojos cuando me miraba, en su boca cuando la besaba, en su piel que no me cansaba de recorrer y en aquel vientre donde la llenaba tanto de mí, que por primera vez me vi deseando que algo nuestro creciera.

Un hijo. Una familia. Ella y yo, simplemente eso.

El golpe de aquel deseo me dejó por un segundo desorientado, sin aliento, jamás había deseado eso. Jamás había deseado unirme a alguien, tener una familia propia e hijos, nada de eso estaba en mis planes inmediatos o de largo plazo, pero con ella, debí asumir que algún día me despertaría deseándolo, añorando como si más que un deseo fuera una necesidad, algo que extrañaba y me habían arrebatado y tenía que recuperarlo a como diera lugar.

Después de todo ella me había mostrado lo que realmente quería y deseaba para el resto de mi vida, en sencillas palabras: sólo a ella, sólo la quería a ella.

Pero no, la señorita no se daba cuenta aún, y tuvo que irse corriendo, huyendo de mí para que al llegar el lunes actuara como si me despreciara totalmente, como si yo fuera nada en su vida, como si poco importara en su existencia, ignorándome aun cuando le hablara a la cara. Tan fría, tan soberbia y cruel. Demostrado al final de todo, cómo al final de ese fatídico año, que era una serpiente de sangre, médula y corazón. Pero también pude notar algo más, un frío más escabroso, como de un abismo de hielo naciendo en ella, pues aunque luchaba para hacerla reaccionar haciéndola enojar, nada me daba resultado, recibiendo miradas ausentes y sonrisas tiranas que no hacían más que empañar su rostro que siempre me había parecido bañado de sol.

Claro, jamás le rogaría a una mujer, jamás le rogaría a una, pero por ella tal vez, sólo tal vez, haría una excepción, pequeña, casi nada, pero lo haría. Aun así mi orgullo y mi propia molestia contra ella me lo impedía, haciendo que copiara su misma actitud, aunque algo más irritado tal vez, porque era algo que no podía evitar, no podía fingir que no estaba enojado con ella y hasta conmigo, tan furioso de no poder simplemente levantarme para tomarla de los brazos y mirarla a la cara para decirle que la amaba ya y que el bendito juego era lo mejor y peor que me estaba pasando en la vida. ¡Qué pasáramos ya de él para ser simplemente nosotros!

Era obvio que aquella semana, esa semana después de su llegada y huida de mi departamento fue la peor de mi vida, verla y no poder tocarla, no poder besarla y acariciarla, y sobre todo, soportar su indiferencia, fue desgastante, agotador, casi una tortura que me hizo enfurecer más y más, hasta que llegó el viernes. Claro, ella podía correr y desparecer tan rápido como lo quisiera los sábados en la mañana, pero los viernes en la noche, tanto por decisión suya más que mía, ella me pertenecía, su cuerpo, su alma, su vida, eran mía.

Millicent Bulstrode era mía.

Así que con una sonrisa, una que empezó a ser verdadera esa mañana del viernes, fue que le recordé a qué hora pasaría por ella. Y fue ahí, en ese momento, donde la vi reaccionar por primera vez, porque me miró confundida y llena de incertidumbre, me miró como si jamás lo hubiera esperado. Entonces sonreí más, ¿de verdad pensaba que esto acabaría? ¿de verdad creía que no sería mía una vez más o que yo no le pertenecería de nuevo? ¿de verdad pensó que esto había terminado? ¡Merlín! Si esto aun no terminaba, de hecho estaba empezando y no iba a terminar jamás, jamás iba a terminarse lo que había entre nosotros.

Ella no tiene ni idea de las ganas que tuve de verla nuevamente aparecer en mi departamento como la vez anterior, que llegara agitada, decidida, tan demandante y entregada también, que llegara desaliñada y preciosa, que llegara tan firme y suave, tan tierna y tan húmeda también. De hecho, lo esperé hasta el último minuto posible hasta que di por hecho que no tendría tanta suerte, así que salí a buscarla. Si al menos hubiera tenido el mismo valor que ella cuando toqué a su puerta. Ojala hubiera sido más determinado para tomar su rostro y besarla, y decirle que nos olvidáramos otra vez de la cena, que tenía ganas y hambre de ella tan sólo.

Pero era obvio que aquí la valiente era ella y no. Y no, no es que fuera un cobarde, los cielos sabían que pasé por tanto como para haber dejado de temerle a muchas cosas, pero con ella, con ella no era precisamente cobarde, sólo que no quería hacer algo que la alejara definitivamente de mí, quería hacer todo lo posible para complacerla y si ella quería ir a cenar bien, si ella quería sexo (decisión gloriosa para mí) bien, yo no era nada más que su lacayo, un sirviente a sus demandas y caprichos.

Y esa noche, si yo creía que no podía haber mejor noche que la anterior, y no es que hubiera escogido una de mis noches con ella como la favorita, debía admitir que esa en especial jamás dejaría mi mente.

Recordaba que apenas terminamos la cena, cuando le abría la puerta del auto y antes de que ella se apeara a él, la tomé del hombro para girarla y besarla, enterrando esa misma mano en su bonito recogido para arruinar un poco su peinado y tomar sus rizos con cada uno de mis dedos. Sus manos me enmarcaron el rostro y respondió con el mismo deseo e ímpetu que yo, demostrándome que también lo había esperado con ansias, tanto que no fue una sorpresa que al separar nuestros rostros, la viera totalmente ruborizada, con la mirada embriaga, murmurando:

—Tu casa, Zabini, tu cama. Ahora...

Era un simple sirviente de sus deseos. Así que eso hicimos.

No perdí el tiempo en trivialidades, pues apenas pusimos un pie en la acera delante del edificio, nos hice aparecer en mi habitación donde la empujé a la cama, posicionándome sobre ella sin dejar de tocarla, sin dejar de besarla y sin dejar de murmurar todo el deseo que tenía por ella.

La comí completa, desde la frente hasta los dedos de sus pies, desde su nuca a sus talones, todo perfectamente alabado, memorizado, degustado. Pero cómo no hacerlo, cómo no perderme en su cuerpo y su piel, cuando era tan dulce, tan suave, tan musical, porque ella realmente se dejaba hacer a complacencia, tanto que uno podría creer que yo era quien tenía el control, hasta que la miraba a los ojos y me daba cuenta que no era así, que yo era un simple mortal adorando a una diosa, una diosa con una mirada de cielo pecaminoso y una voz de afrodisíaco, pues su boca se volvía simplemente en puros gemidos, jadeos y gritos.

Pero si entre más la besaba, entre más la tocaba, más sentía que alguien la había creado para ser mi perdición, para ser mi salvación, para demostrarme que la perfección existía, pero que tenía que ganármela a pulso, que tenía que ser digno de ella. Porque eso era algo que también debía aceptar: yo no era digno de Millicent Bulstrode y no estaba ni cerca de serlo, pero de verdad estaba luchando por ello. Y como deseaba viajar en el tiempo y decirle a mi versión joven que fuera más inteligente, que abriera bien los ojos, que ahí donde pensaba que no había nada, estaba el mayor tesoro de su vida y que por imbécil iba a perderlo por tantos años y uno no sabía si el cielo volvería a ser tan misericordioso para devolvérselo.

Y nuevamente agradecí a la vida cuando me sentí entrar en ella, cuando la sentí tan tibia, tan aterciopelada y apretada, tan jodidamente buena alrededor de mí. Tuve que apretar los dientes cuando el placer me golpeó sin piedad, enterrando mis dedos en la piel de sus caderas, de sus benditas caderas, y tuve que mirarla a los ojos para intentar ver si ella se sentía de la misma manera que yo, y lo que vi me dejó perplejo, sin aliento, como si el corazón fuera a explotarme en ese momento.

Tenía la mirada brillante, pero no por la lujuria, sino por algo más que no supe determinar, pero lo único que sentí que debía hacer era besarla, besarla más y más, y no porque tuviera que hacerlo por el obvio momento, sino porque todo lo que sentía me abrumaba y no sabía de que otra manera demostrarlo. Le besé en la boca, la frente, la nariz y el cuello, empezando a moverme dentro de ella con más calma de la que creí al principio, deseando hacerlo durar lo más que pudiera, aumentando poco a poco el ritmo al ver sus reacciones, viendo con deleite como lentamente su cuerpo se arqueaba y sus caderas se movían también.

La sentí y la vi llegar sin dejar de mirarme, sin dejar de decir mi nombre, y no pude evitarlo, no pude evitar beberme sus lágrimas mientras aceleraba mis caderas contra ella hasta obtener mi propia liberación, que no hizo más que aumentar cuando la escuché jadear y apretarme los costados con sus piernas, como si quisiera retenerme así, en su interior, tan unidos que nada nos hubiera hecho separar.

—Preciosa Millicent —dije contra su oído, para luego besar su pómulo y encontrando su mirada de miel caliente—. Mi preciosa Millicent, tan mía, tan mía... —suspiré contra sus labios antes de besarla con intensidad.

Después de eso simplemente me di la vuelta con ella entre mis brazos hasta dejarla sobre mí. Creí que ella se alzaría y empezaría a trazar aquellos movimientos que me volvían loco sobre mi cadera, pero hizo algo mejor: su rostro se elevó a mi altura para besarme de nuevo y sus manos fueron lentamente bajando por mi cuerpo, mientras una de sus piernas se metía entre las mías, empezando un suave restriego que elevó mi libido de por si excedido al tenerla sobre mí, llevándome a desearla más y más, tanto que sentí que podría matarme ahí mismo, ardiendo a fuego lento otra vez cuando sentí su centro humedecer mi pierna, mientras sus pechos se posicionaron casi contra mi barbilla cuando ella se levantó con la fuerza de sus manos sobre mis hombros.

Iba a explotar, iba a combustionar en ese momento, iba a arder y quemarme y quemarla a ella de paso, pues no podía hacer más que flexionar mi rodilla para presionar más la piel de mi muslo contra su centro, pasar mis manos de su espalda a su caderas y luego hacia su trasero, apretándola contra mí y acelerando ese bendito movimiento que casi me llevó a enloquecer, sintiendo mi propia erección subir contra la suave piel de su cadera. Mi boca tampoco se separaba de ella, besando la piel que cubría sus senos o su pezón cuando ella lo acercaba lo suficiente.

Era claro que eso no me haría llegar, pero jamás creí que sentiría la gloria cuando la sentí y la vi llegar a ella, sintiendo como su orgasmo era sacado a pequeños gritos sobre mis labios y luego sintiendo aquel calor resbaladizo en el interior de mi muslo derecho, mientras su espalda se arqueaba y su cabeza casi apuntaba al techo.

La sentí caer de nuevo sobre mi cuerpo, respirando agitadamente contra mi pecho, pero sin dejar de lamer la piel que tenía a su alcance. Sonreí con satisfacción al sentir el movimiento de su boca y lengua, cerrando los ojos al ser totalmente consciente de su corazón latiendo enloquecido contra mi pecho, sintiendo en todo mi cuerpo el calor que salía de su piel y tomando con mis manos el ligero sudor que la cubría, empezando desde sus nalgas, bordeando sus caderas, hasta acariciar su espalda.

—Zabini —la escuché susurrar, lanzando su tibio aliento contra mi piel aun más caliente.

—Shhh... descansa un momento —susurré y apreté mis manos en sus omóplatos para que no se moviera.

Ella musitó algo entre dientes, pero no se movió y noté como poco a poco su respiración volvía a la normalidad. Volví a cerrar los ojos, intentando respirar todo lo profundo que podía. Sólo necesitaba unos minutos, sólo eso. Ambos lo necesitábamos. No había nada de malo en ello, en cerrar los ojos y descansar. Era la primera vez que nos tomábamos un momento de verdad para hacerlo, para disfrutar esa paz llena de endorfinas que se conseguía después de un orgasmo placentero, después de todo, creía que ninguno de los dos podía simplemente controlar aquellas hambrientas ansias de devorarnos sin descansar.

Después de lo que me parecieron horas, aunque seguramente fueron minutos, la sentí mover las manos, su mano derecha específicamente. Sus dedos rozaron mis costados, arañando mi pectoral izquierdo, moviendo una fina uñas sobre mi pezón, causándome un delicioso escalofríos que me hizo gruñir y apretar la piel de su espalda. Pude sentirla sonreír contra mi piel, para después seguir descendiendo hasta alcanzar mi ombligo.

En ese momento su rostro se elevó, despegando su mejilla de mi pecho para mirarme a la cara.

—Te deseo, Zabini —murmuró contra mi barbilla antes de buscar mi boca con el mismo desenfreno de antes, como si jamás nos hubiéramos detenido.

Enterré una de mis manos en su cabello y la presioné con fuerza, abrazándola de nuevo. Gruñí contra sus labios cuando su mano dejó de acariciar el hueso de mis caderas para tomar mi erección por completo, empezando a moverla de arriba abajo con maestría.

—Móntame, por favor, Millicent —dije con voz ahogada, porque realmente necesitaba más que su preciosa mano en mi erección, necesitaba estar dentro de ella, la necesitaba totalmente dominante y fuerte, la necesitaba totalmente complacida y en movimiento.

Ella se alejó de mi boca y la vi sonreír con una mirada de pecado puro. Su mano me soltó y se apoyó de mi pecho para levantarse, colocando cada pierna a los lados de mi cadera. Le sonreí fascinado al verla en posición, mirando el bendito monumento que tenía encima de mí, mirándome con ardor, cubriéndome con su calor y su aroma, perfectamente moldeada y excitada.

Ella no tenía ni una maldita idea de que tan gloriosa se veía en esa posición y yo no iba a aceptar que nadie más que ella y yo lo supieran.

—¿Quieres que te monte, Zabini? —preguntó con voz lujuriosa empezando a moverse en círculos, tocando con sus nalgas mi erección que sólo buscaba resbalar entre ellas o hundirse en su interior.

—Estoy loco porque lo hagas —acepté y apreté mis manos en sus muslos, subiendo poco a poco a sus caderas para apretarlas con fuerza y jadear cuando empezó a moverse más rápido.

—Ayúdame —dijo con los ojos cerrados, en medio de un gemido, empezando a agitarse de igual manera.

La detuve por un instante y la escuché murmurar complacida, antes de elevarla para posicionarme en su entrada y luego la dejé caer lenta y suavemente alrededor de mí. Gruñí ante la magnitud de la realidad, sintiendo que era un pase directo al paraíso entrar en su interior, sintiendo la suavidad y el calor que me envolvían y me enloquecían.

Era mía. Era mía. Era mía.

Era todo lo que podía pensar, creer y desear.

Ella era mía.

Era mía, pero seguía sin verlo, después de semanas enteras, meses completos, seguía sin ser suficiente al parecer. Ella seguía corriendo cada sábado al ver el sol y cada lunes parecía despreciarme, aunque aquella frialdad abismal que había colocando en la primera semana de haber llegado a mi casa, no se hizo presente. Se podría decir que volvió a comportarse como siempre, fingiendo que nada pasaba entre los dos, que sólo entre ambos había un trato de jefe y asistente y nada más.

-Pero eso no es suficiente, jamás lo será -murmuré antes de darle un sorbo a mi taza de café.

Me recargué por completo en el respaldo de mi silla y me giré lo suficiente para mirar por la ventana y poder apreciar la vista que contaba desde mi oficina. No sabía que hacer, por mucho que Theo dijera que hablara con la verdad, sabía que ella no me creería nada, nada al menos que lo hubiera demostrado antes. Pero si es que ya no sabía cómo demostrarle. Vale, que el sexo no era la única manera en cómo se podía demostrar que deseaba estar con ella. Pero es que, ¿acaso no lo notaba durante las cenas, durante aquellas conversaciones, esas charlas que generaban pensar y reír?, ¿acaso no veía cuanto disfrutaba estar a su lado y que ella también lo hacía?

Dejé la taza de café sobre mi escritorio y respiré con fuerzas, intentando dejar mi mente en blanco. Hoy era viernes, quizá eso era lo único que podía calmar mi mente y mi espíritu. Saber que volvería a tenerla solo para mí, que podría verla, tocarla y besarla por largas horas, era lo único que me mantenía cuerdo después de días equilibrándome sobre una cuerda floja que ella ponía siempre los sábados en la mañana.

Me di la vuelta de inmediato al escuchar la puerta abrirse sin permiso. No había caso molestarme, la única que se atrevería a entrar de esa manera era la única que podía hacer lo que quisiera con este lugar y en mi vida, y si lo hacía era por algo urgente.

La vi entrar y me levanté de la silla en un solo salto. Jamás había visto a Millicent en ese estado, no aparentemente al borde de los nervios, con los ojos abiertos a todo lo que da, ligeramente pálida y con una mano temblorosa sosteniendo una hoja ya arrugada.

—¿Que pasa? —pregunté demasiado serio, pues hasta mi voz se volvió dura.

—Es Pansy, está teniendo a su bebé —dijo con nervios y la voz aguda. La miré detenerse y pasarse una mano por la frente.

Entendí porque se sentía de esa manera, yo también empezaba a sentir preocupación, un parto nunca era fácil, lo había visto cuando Daphne dio a luz a su primer hijo y yo no dudé en regresar a Inglaterra cuando Draco me mandó esa misiva diciendo que se estaba complicando un poco. Me quedé la tarde y noche completa con Theo en el hospital, aunque el decía que no era necesario, pero no hice caso a ello y simplemente lo acompañé. Pero Daphne tuvo a Theo, Pansy estaba sola, completamente sola por culpa del estúpido, maldito e inútil de Potter, si hubiera sabido que esto pasaría, juraba que me hubiera robado a Pansy el mismo día de la boda con ese imbécil, me la hubiera llevado lejos y estaba seguro que Theo y Draco me hubieran apoyado, a ninguno de nosotros tres nos agradaba la idea de verla casada con aquel tipo, pero la mirada y la sonrisa de mi amiga al estar a su lado, fue lo único que nos detuvo para no interponernos.

—Bien. Te veo en treinta minutos en el ministerio —ordené mientras acomodaba unos papeles sin importarme el orden. No iba a perder el tiempo en esto cuando mi mejor amiga me necesitaba- Ve por algo de ropa, yo haré lo mismo, y pediré un traslador a Nueva York.

—De acuerdo —fue todo lo que dijo y salió de nuevo.

Me aparecí directamente en mi habitación y a punta de varita, abrí el armario y saqué una valija, y sin mirar bien lo que iba poniendo en ella, metí varias cosas. No podía tardarme más, de verdad que no podría hacerlo, por lo mismo no me importó como dejé mi oficina o lo pendientes que tenía. Era seguro que tuviera que mandarle una carta a mi vicepresidente para que se hiciera cargo de todo hasta mi regreso, pues aunque Pansy sólo pedía que estuviera con ella durante el parto y los días posteriores, sabía que no podría dejarla en pocos días. También sabía que Millicent podría quedarse con ella, pero definitivamente mi consciencia y preocupación no me dejarían ni cerrar los ojos hasta que viera a mi mejor amiga totalmente recuperada y estable, a ella y al bebé también.

Cerré la valija con un fácil hechizo y encogiéndola, la metí a mi bolsillo. Miré una vez más mi habitación y caminé hacia la puerta. Estaba a punto de abrirla cuando por el rabillo del ojo pude captar el destello de aquella fina pieza de encaje color rojo que colgaba de la esquina de mi espejo. La miré un sólo segundo antes de ir a tomarla, guardándomela en el interior del saco.

Sonreí sin ganas al imaginar lo que las personas pensarían de mi si vieran esto en mi espejo, sabía que Draco y Theo creerían que era un pervertido de lo peor, posiblemente la mismísima Millicent también lo pensaría, pero ellos no sabían, ni siquiera ella, lo que significaba no tener nada, absolutamente nada de la persona que amas. No sabían lo que era pasar días enteros y no poder acercarse siquiera un poco a ella, poder verla, sentirla y hasta olerla tan cerca sin poder estirar la mano para tocarla. Era una agonía prácticamente. Y por eso necesitaba esto, por eso cada sábado en la mañana, después de verla irse, sacaba esta pequeña tanga y la colgaba ahí, porque necesitaba verla y sentir que al menos por unas horas, cada siete días, ella realmente estaba aquí, que ella realmente estaba conmigo.

Todos los días al despertar la veía, cada vez que terminaba de arreglarme para ir al trabajo la observaba y cada vez que regresaba de la oficina la contemplaba, era como un eco de que esa mujer era mía, tan mía como yo lo era de ella. Era una resonancia de que bien podría estar aquí también, que podría despertar cada día entre mis brazos, que podría besarla y acariciarla antes de que se levantara, que podría hasta intentar convencerla de no ir al trabajo para estar más tiempo juntos; o en las noches, al estar ya en la cama para dormir, podría susurrarle todas mis fantasías, toda mi devoción y hasta todos los pecados que quería cometer con ella y luego ponerlos en práctica, para después caer totalmente dormidos.

Pero no, no la tenía, y esa era la razón por lo cual guardaba esta pieza de su ropa, para al menos sentir que ella de algún modo estaba aquí conmigo, aunque fuera solamente por una cuantas horas antes de huir.

Salí de mi habitación y sin esperar más me aparecí delante del ministerio. Miré el edificio y respiré con fuerzas, intentando reunir cada pequeña partícula de paciencia que tuviera en mi interior por si el lugar estaba lleno de gente. Sin pensarlo más entré y me dirigí a pasos largos al área de trasladores. Me coloqué en la fila más corta que encontré, pero aun así había tres personas delante de mí.

Cerré los ojos por un momento, realmente me estaba poniendo tenso, sentía que ya estaba tardando demasiado para llegar con Pansy. El movimiento impaciente de mi pie delataba lo ansioso que me estaba poniendo por segundos, pero al menos pude controlarme mejor cuando vi que aquella primera persona de la fila, terminaba su proceso y se retiraba.

El segundo sujeto tardó un poco más. La solicitud y entrega de un traslador realmente no era algo que tomara tanto tiempo. El problema era si la persona que lo solicitaba no estaba acostumbrada a pedirlo o hacer uso de uno: sólo era cuestión de rellanar un papel con un par de datos, pagar y esperar un minuto a que te dieran el traslador, pero si la persona tenía dudas, entonces empezaba hacer preguntar y el de la ventanilla tenía que responderlas si o si.

Casi suspiré aliviado cuando vi que le entregaban el traslador, pero bufé, si, bufé escandalosamente cuando el anciano que estaba delante de mí se dirigió a pasos lentos hacia la ventanilla y empezó a hablar igual de lento. Pude sentir varias miradas irritadas, pero es que no tenía tiempo para esto, definitivamente para la próxima llamaría a uno de esos servicios de asesor de viaje, como lo hacía Draco, el cual desde los juicios había prometido no pisar el ministerio al menos que fuera una obligación ineludible; pero un asesor siempre era conveniente, podían conseguir un traslador en el momento que fuera, recibiendo, por su puesto, una jugosa comisión, pero eso que importaba.

No supe cuanto tiempo pasó, no quería realmente razonarlo, pero cuando el anciano se retiró apenas necesité de dos zancadas para ocupar su lugar y solicitar un traslador para ya mismo. Para que se dieran mayor prisa dije hasta la mentira de que mi esposa estaba del otro lado del mundo teniendo a mi hijo. Era seguro que Pansy me hechizaría si me escuchara o le diera perfectamente igual con tal de que llegara pronto.

—Para dos personas, la prima de mi esposa igual viene conmigo —dije sin dejar de escribir el formulario, pasándole de una vez el dinero para que se cobrara. Aquel tipo lo tomó y empezó a contarlo de inmediato, moviéndose de igual manera para entregarle a su compañera los datos para el traslador.

—Zabini —estaba terminando de colocar mi firma cuando escuché la voz de mi preciosa asistente. Apenas le miré de reojo, viendo que estaba algo agitada y un poco más nerviosa que cuando salió de mi oficina.

—Firma tan sólo, ya puse tus datos —dije ofreciéndole la pluma y el papel, y ella casi sin mirar lo hizo.

¡Vaya! ¿Será que podría distraerla lo suficiente como para que firmara un acta de matrimonio sin ver?

Quise sonreír con aquel pensamiento, sabiendo que ella me mataría si hiciera tal cosa y Pansy la ayudaría sin dudar, aunque Draco y Theo, estaba seguro, dirían que era una muy buena estrategia.

Dejé de pensar en tonterías cuando el hombre de la ventanilla me extendió el traslador en forma de un lápiz.

—Se activara en ocho minutos, les sugiero correr.

Nos volteamos a ver por un momento y echamos a correr hacia el área que estaba destinada para ello. Al llegar nos colocamos dentro de uno de aquellos círculos marcados para prepararnos. Nos pusimos frente al otro y pude darme cuenta que no sólo había corrido de la ventanilla a este lugar que no estaba tan lejos, sino que seguramente lo había hecho desde la entrada, porque sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas y su respiración era algo agitada, cosa que controló con unas respiraciones profundas.

Verla en ese estado sólo me llevaba a pensar cuando la dejaba sin aliento al besarla, cuando yo mismo ignoraba el hecho de que necesitaba respirar con tal de seguir pegado a sus labios, comiendo al completo su boca y al alejarme, sólo podía verla cogiendo aire, antes de que sus manos y boca me llamaran de nuevo.

Ofrecí el extremo de aquel objeto y ella lo tomó con la mano completa. Era un traslador, era una forma segura de viajar, pero al verla ahí delante de mí, no podía dejar de pensar que estábamos demasiado lejos y que algo podría pasarle si no la sostenía, sino la apretaba fuerte a mi pecho. Pero era demasiado, ella no se dejaría, al menos que no tuviera opción. Entonces eso haría, no le daría opción para evitar que la cuidara como deseaba hacerlo siempre.

Ambos sentimos vibrar el lápiz en nuestras manos y sólo me tomó un instante para pasar mi brazo por su cintura, pegándola a mí y apretarla con fuerza.

—Zabini —la escuché decir con algo de asombro y queja. La vi elevar el rostro para verme, mirándome con algo de molestia también, mientras la mano que tenía libre hacía presión contra mi pecho intentando alejarse, pero la tenía bien sujeta y no pensaba soltarla hasta llegar.

—Es más seguro así —musité y la apreté con más fuerza al sentir el típico jalón cuando el traslador se activó, abrazándola prácticamente como pocas veces me permitía hacerlo durante nuestras noches de los viernes.

Sólo quería que llegara bien, que estuviera a salvo, sentir su respiración y su corazón latiendo contra mi pecho.

Era todo lo que quería. Ella era todo lo que quería.

La vida de Millicent era más importante que la mía, eso era todo lo que sabía.


No sabía porque lo había hecho, pero de un momento a otro había pasado su brazo por mi cintura y me había pegado a él con firmeza. Lo miré al rostro, no sabiendo como sentirme en realidad. En días normales, días ordinarios, días que no son noche de los viernes, no nos tocábamos, es más, ni siquiera nos rozábamos por error. Pero ahora, en este momento tenía su respiración sobre mi frente, su boca tan cerca que podría alzarme sólo un poco para besarlo y mis manos bien podrían iniciar un candente recorrido sobre su pecho.

Pero el traslador siguió temblando en mi mano y cuando la sensación de succión en el estómago se hizo más que insoportable, cerré los ojos y me apreté a él, tanto que podrían confundirnos con un mismo ser. Apreté mi mano encerrada en nuestros pechos en su ropa y no respiré hasta que nos sentí llegar. El aterrizaje siempre era uno de los momentos más difíciles de controlar y asimilar, pero estaba acostumbrada, juraba que si, pero a toda esa sensación que otorgaba el viaje, debía sumarle a los nervios que iniciaron antes de éste y lo que ahora sentía al tenerlo todavía tan cerca.

Estaba nerviosa, ¡joder! Estaba más que nerviosa y eso era absurdo, porque en palabras técnicas entre nosotros ha habido más intimidad que este burdo abrazo que me dio para viajar. Pero si es que nos conocíamos al completo, creía para estas altura no había parte de su cuerpo o el mío que no hubiera sido tocado o besado por el otro, así que no entendía porque mi corazón brincaba casi desesperadamente.

Cuando mis pies tocaron el suelo, fui incapaz de irme hacia atrás como siempre me pasaba. Me quedé tan firme y quieta gracias a sus brazos, pues aquel que había sostenido junto a mi mano el traslador, se soltó de él y fue pasado por mi cintura de igual manera, apretándome para que no perdiera el equilibrio y tan fuerte como si yo fuera a escapar de sus brazos en cualquier segundo. Solté el traslador sin pensarlo y mi mano derecha ahora libre se apretó a la manga de su saco para poder sostenerme.

Me obligué a abrir los ojos y sólo pude ver el color azul de su camisa, así como sentí el rápido latir de su corazón, seguramente por el viaje. Separé el puño de su pecho y liberé su ropa de mis dedos, levantando la cabeza lentamente, para encontrarme con su mirada intensa sobre mi rostro.

—No tenías que hacerlo —murmuré y respiré profundamente para reunir el deseo y las fuerzas para alejarme de sus brazos, sobre todo lo primero.

—Sé que no. Pero ahora vamos —dijo soltándome y pude ver sus manos apretarse a sus lados.

Me dio una última mirada dura, mostrando aquel rostro igual de serio e imperturbable, como si se hubiera molestado conmigo por lo que dije. Apreté los labios con rabia, llena de molestia porque él de verdad no entendía lo que su cercanía me provocaba, lo que ocasionaba en mí aun sabiendo que jamás podría tenerlo más allá que físicamente cada viernes. Quería decirle algo, cualquier cosa, pero eso sólo me dejaría en una terrible situación. Lo bueno fue que no tuve tiempo de decir algo antes de que empezara a caminar directamente a la salida.

Rodé los ojos y lo seguí, mientras iba maldiciéndolo en mi interior, alcanzándolo y colocándome a su lado, después de todo, aquí no era mi jefe y yo su asistente, aquí, en esta ciudad que nunca duerme, sólo éramos los amigos de Pansy.

—¿Sabes donde iba a estar? —preguntó casi cerca de la puerta que daba al mundo mágico directo, pero lo detuve y lo hice caminar a la segunda puerta, donde con un letrero en la pared indicada la salida al mundo muggle.

—Es más fácil por aquí —dije cuando me miró interrogante. Él resopló y abrió esa puerta, invitándome a salir primero.

Al salir fue inevitable no mirar mi ropa y la de él. Él lucía demasiado elegante para el mundo muggle, impactándome una vez más con el ruido de los autos y las vestimentas más pintorescas que había contemplado. Miré mi ropa y yo me veía muy uniformada por así decirlo, no desentonaba tanto, pero no teníamos tiempo para eso o para buscar un cambio de ropa más acorde.

—Sé donde esta —dije e hice memoria, recordando que había acompañado a Pansy a uno de sus chequeos y también me había mostrado la forma de llegar a él, insistiendo que me aprendiera perfectamente la dirección—, pero tomaremos un taxi.

Bajé aquellos escalones de piedra casi corriendo. Tanta había sido mi adrenalina en la oficina al recibir la carta, que ni siquiera me acordaba que llevaba unos tacones de tacón fino que casi me hizo tropezar. No le di mayor importancia a la ligera incomodidad en mis talones y me coloqué a la orilla de la acera, levantando mi mano y moviéndola para detener un taxi.

Miré a Zabini a mi lado, luciendo algo escéptico con eso de pedir el servicio de un taxi, pero se tendría que aguantar, después de todo aquí no teníamos uno de sus lindos autos deportivos y aunque lo tuviera, no tenía la dirección para llegar sin contratiempos. No pasó más que un par de minutos para que un taxi de color amarillo se detuviera delante de nosotros. No perdí el tiempo con formalidades y abrí la puerta de atrás, aunque pude ver la mano de Zabini intentando hacer el mismo gesto caballeroso cuando me abría la puerta de sus autos.

Apenas él se subió y cerró la puerta, le indiqué al conductor a donde tenía que ir, mirando mal a Zabini cuando le pidió que se apresurara, que de verdad lo hiciera porque llevábamos prisa. El hombre al volante sólo lo miró divertido y con una sonrisa algo burlona, antes de arrancar velozmente. Para ser un señor con anteojos y varios años en su haber, era realmente bueno manejando, no sólo encontraba la mayoría de los semáforos en rojo, sino que se había inmiscuido en pequeñas calles, diciendo la palabra atajo cada vez que volteaba en una de ellas. Sinceramente no hacía falta que mencionara esa palabra, después de todo ninguno de los dos conocía esta ciudad para saber donde estábamos.

Cuando menos lo esperaba, el hombre se estacionó delante de un teatro seudo abandonado, con una marquesina casi vieja en color verde y dorado, el cual se suponía aun funcionaba algunas noches por mes, pero lo más importante era que a su costado se encontraba el callejón que daba acceso al hospital donde estaba Pansy ingresada.

—Muchas gracias, señor —dije con una sonrisa, mirando sus ojos por el retrovisor y tomando la mano de Zabini al momento de salir. Al estar ya en la acera, abrí mi bolso y saqué aquellos dólares que aun conservaba de mi visita anterior, algo que agradecía enormemente al no cambiarlos cuando regresé a Italia, y se lo extendí por la ventanilla del copiloto—, quédese con el cambio por el excelente servicio -dije cuando vi que intentaba regresarme el cambio.

—Fue todo un placer, linda. Espero que su esposo este complacido con la rapidez —reí entre dientes por la burla y negué con la cabeza, alejándome sin querer perder el tiempo intentando explicarle que Zabini y yo no éramos nada.

—Yo iba a pagar —lo escuché gruñir y lo miré con molestia.

—Bien, me hubieras avisado que traías dólares contigo —contesté y sonreí al ver que apretaba los labios, mirando hacia otro lado y bufando, dándome a entender que realmente no contaba con ellos, pero era seguro que no tardaría en conseguirlos.

No dije nada más y caminé hacia aquel callejón, sacando mi varita para usar sobre la pared del fondo, formando el patrón que daba acceso al hospital de aquel lugar. La barrera mágica se abrió en ese momento y pudimos ver la entrada al hospital al cruzar lo que parecía ser una calle supuestamente desierta. Cruzamos el asfalto y entramos corriendo prácticamente. Realmente no habíamos pasado más de una hora u hora y media en llegar, pero sentía que habíamos tardado demasiado, que Pansy jamás no los disculparía, sobre todo al ver la luz del sol alumbrando toda la ciudad ya.

Cuando entramos me dirigí directamente a la recepción, llamando la atención de la señorita que estaba detrás de aquel lugar.

—Busco a Pansy Parkinson, entró a labor de parto hace... —la carta de Pansy no daba indicio de a que hora fue, así que suspiré frustrada y la miré con alarma, esperaba que eso fuera todo lo que necesitara, pues los nervios empezaba de nuevo a golpearme por dentro y tuve que apretar las manos sobre el frío metal de ese mostrador.

—Necesito algún tipo de identificación para proporcionar...

—Somos su amigos, ella nos pidió estar aquí —habló Zabini con voz dura e impaciente, inclinándose sobre ella con ojos realmente molestos.

—Está bien, está bien, revise los papeles, por favor, me ha colocado como su contacto de emergencia, pero estaba en Italia y apenas he llegado, ya que me avisó otra persona —expliqué apresurada, mientras apretaba mi mano sobre el brazo de Zabini y lo alejaba de aquella mujer rubia que lo miraba algo alarmada.

—De... de acuerdo —contestó y la buscó a punta de varita, revisando rápidamente en los cajones de un enorme archivero. Vi una carpeta de color rosa salir de uno de ellos para llegar hasta sus manos y abrirla.

—Aquí está mi identificación, igual me hicieron firmar unos cuantos papeles en diciembre —aclaré y ella los constato de inmediato, asintiendo.

—Correcto, puede ir al piso cinco, la señora aún no sale de la cirugía —dijo entregándome mis papeles de vuelta.

Mis manos temblaron al escucharla y prácticamente Zabini tuvo que sostenerme del brazo para avanzar. No se suponía que Pansy entraría a cirugía, se suponía que su embarazo estaba estable, iba bien y sería un parto de igual naturaleza, un parto normal, doloroso a como debía ser, pero bien, correcto, natural, sin más peligro que lo que un parto como tal llevaba.

Realmente necesitaba saber que había pasado, porque estaba en un quirófano en medio de una cirugía, pero tendría que hablar directamente con su obstetra.

—Ella... Pansy... Zabini —balbuceé sin saber bien que decir, mirándolo y viendo como su mandíbula se apretaba pero sorpresivamente sus ojos se suavizaron.

—Tranquila, Pansy estará bien, es la mujer más terca que conozco, y se peleara con la vida misma para salir de esto —dijo Zabini mientras estábamos en el elevador.

Asentí obligándome a creer lo mismo, porque así es como era Pansy de verdad, ella estaría bien, lo sabía, porque Pansy lo que más amaba y deseaba ahora era estar con su bebé y lo estaría aun así tuviera que pelear con el mismísimo Merlín de ser necesario. Respiré con fuerzas y agradecí que la campanilla sonara indicándonos que habíamos llegado a nuestro piso. Las puertas dobles se abrieron y quedamos parados en medio de una sala más chica que la recepción principal, pero que contaba con un mostrador también.

Caminé a él sin detenerme e hice la misma pregunta, intentando obtener información de Pansy. La señorita nuevamente empezó a buscar algunos papeles pero desde ya me dijo que ella seguía adentro y no había salido nadie a dar información.

—¿Millicent? ¿Millicent Busltrode? —giré al escuchar aquella pregunta, elevando una ceja al encontrarme con un hombre bien parecido, vestido apenas con una camisa blanca, pantalones azules y un suéter color café, despeinado y algo ojeroso también, como si hubiera tenido la noche más cansada de su vida.

—¿Sí? —pregunté confundida y también desconfiada.

—Soy Ryan Brennan, colega de Pansy —saludó formalmente, ofreciendo su mano.

Asentí y acepté su mano. Sentía algo de sorpresa por verlo aquí sinceramente, Pansy me había hablado de él y del aparente y obvio interés que tenía en ella, interés que ella rechazó desde el principio, pero que él no aceptaba todavía según sus palabras. No sabía como sentirme respecto al hecho de que estuviera aquí, sabiendo que Pansy no lo quería precisamente con ella en este día, con esta situación, sobre todo después de aquel episodio en unas de sus citas medicas y tuvieran una discusión por el bebé de Pansy.

—Un gusto —dije apenas y luego miré de reojo a Zabini colocándose a mi lado—. Le presentó a Blaise Zabini, mejor amigo de Pansy.

—Claro, ya había escuchando de él, de ustedes en general —contestó con la voz algo apagada, mirando a Zabini con algo de duda, cosa que no podía ser de otra manera, sobre todo cuando Zabini lo miraba como si fuera a matarlo ahí mismo—. Un gusto conocerlo, señor Zabini.

—De manera muy general, ¿verdad? —preguntó Zabini y lo miré mal, suspirando entre dientes, sabiendo que tampoco era de su agrado tener a alguien aquí que fuera un total desconocido para él muy cerca de Pansy. Siempre estaba dispuesto a sobreprotegerla, cuidarla, aunque Pansy pocas veces necesitara de ello—. Lo mismo digo —fue lo más amable que pudo ofrecer al final.

—¿Cómo está ella? —pregunté antes de que Zabini dijera algo más. El tipo parado delante de mí parpadeo una vez antes de dejar de ver a Zabini para enfocar sus ojos en mí.

—Ella está bien, sólo que no estaba dilatando como debía y el bebé quería salir ya, así que para beneficio de ella y de su hijo, era mejor que entrara a cirugía. No han de tardar en salir, entraron un poco después de que yo les enviara la carta que ella me pidió enviar —contó y luego pude ver su mano pasando por su cabello, al parecer yo no era la única nerviosa aquí.

—¿Porque te lo pidió a ti? —apreté los labios con disgusto y miré a Zabini cuando hizo aquella insolente pregunta, pero él ni siquiera se inmutó al mirarme, sino que estaba cruzado de brazos viendo directamente a Brennan.

—Somos amigos...

—Colegas -contradijo Zabini.

—Amigos, buenos amigos —repuso el hombre, pareciendo realmente molesto y mirando a Zabini casi desafiante.

—Lo que sea. Gracias por enviar la carta —intervine y ellos me miraron. Brennan asintió a mis palabras—. Zabini, lo más importante es que Pansy no estuvo sola y si lo llamó es porque realmente necesitó que alguien la trajera aquí mientras llegábamos —no quería decir que de lo contrario jamás lo hubiera contactado, ella me lo había dicho, dejándome más que claro su molestia por aquel día.

Guardamos silencio después de mis palabras, y el tipo también me miró como si lo hubiera ofendido, seguramente captando mis palabras, pero no hice caso de ello, y sólo me fui a las sillas que estaban pegadas a una pared, cruzándome de brazos para esperar a que alguien saliera a decirnos que estaba pasando. Zabini se acercó a mí después de darle una mirada altanera a aquel hombre y se sentó a mi lado. Sinceramente no sabía si quería tenerlo cerca o no, aunque debía admitir que su cercanía aplacaba poco a poco los nervios y la ansias que tenía por no saber nada de ella, me hacía sentir un poco segura y calmada.

No pude estar tranquila hasta que vi salir a un medimago de unas puertas dobles casi una hora después. Me puse de pie cuando vi a Brennan hacer lo mismo del otro lado de la sala, al parecer mis palabras lo habían molestado un poco porque ni siquiera nos volteaba a ver. No me interesaba sinceramente, la molestia de Pansy aun la tenía muy fresca como para querer ser amable en este momento de tensión.

—¿Es acompañante de la señora Potter? —preguntó el medimago cuando me vio de reojo a su lado, mientras firmaba unos papeles que le había dado la señorita de la recepción.

Pude escuchar el bufido de los dos hombres detenidos a mis lados por sus palabras y yo sólo rodé los ojos, no era lugar o momento para eso. Además, no sabía que era lo que le sorprendía a Zabini, Potter ya había dejado en claro que no le daría el divorcio, así que técnicamente seguían casados y Pansy seguía siendo una Potter por mucho que ella y todos los demás lo odiaran, y Brennan sabía eso, sabía que era casada y aunque era seguro que sospechara que ya no estaban juntos realmente, su molestia era lo que más me molestaba a mí a ahora.

—Sí, yo soy —dije y él asintió, devolviendo los papeles—. ¿Cómo esta ella? —pregunté.

—Bien, sigue inconsciente, pero pronto pasara.

—¿Y el bebé? —preguntó Zabini y yo sonreí al detectar las ansias en su voz.

—Es una niña, perfectamente sana.

—Niña —jadeé y el sanador sonrió con tranquilidad mientras asentía—. Una niña Parkinson. Zabini, una heredera Parkinson —no pude evitar emocionarme, girándome para abrazarlo.

Pude sentir a Zabini sorprenderse por mi gesto, pero aun así lo correspondió, y al separarnos, pude ver una genuina sonrisa en él. Esto era fantástico, Pansy era madre de una niña, una niña preciosa porque dudaba que teniendo a los padres que tenía, no fuera una total belleza de pies a cabeza. Y pensando en eso, no pude evitar pensar en Potter también, y aunque aun estaba enojada con él y le guardaba algo de rencor por cómo vi llorar a Pansy por él, sentía un poco de tristeza y culpa al saberlo totalmente ignorante de todo esto, al pensar que no sabía nada de que su hija había nacido al otro lado del mundo sin que él lo supiera o estuviera próximo a saberlo.

No podía hacer nada contra eso, no podría ir en contra de los deseo de Pansy o siquiera pensar en convencerla de que se lo dijera pronto o le avisara que estaba aquí, ella tenía sus razones para no hacerlo, validas razones para proteger su tranquilidad y seguridad. Tal vez mi cariño por ella era demasiado grande como para resistir la idea de al menos comentarlo, pero estaba segura que entre todo esto había un poco de injusticia, empezando por la estúpida acción de Potter que rompió su corazón, pero la bebé que acababa de nacer no tenía culpa de nada y ella merecía tener a sus dos padres con ella.

Después de eso nos dijo que estaban terminando de pasar a Pansy a su habitación, que la niña estaba en los cuneros, pero que una vez que la madre estuviera instalada, podría quedarme con ella adentro ya que eso fue lo que especificó Pansy, así que la cuna sería trasladada a su habitación también. Sonreí feliz y agradecida con el hecho de poder conocerla de una vez.

Empecé a sentirme nuevamente impaciente, caminando de un lado a otro por el vestíbulo, hasta que me detuve cuando sentí el suave y tibio tacto de la mano de Zabini en mi mano. Lo miré y él me sonrió de una manera pequeña. Resoplé y me senté a su lado.

—Ella está bien, ellas están bien y pronto las veremos —dijo como si intentara consolarme y funcionó. Respiré profundo y solté un largo suspiro.

No pasaron más que un par de minutos cuando salió una enfermera y nos pidió seguirla. Pregunté si Zabini podía ir y ella asintió. No me acordé de Brennan en absoluto hasta que me llamó. Me detuve y di la vuelta, viéndolo acercarse con ambas manos dentro de la gabardina y mirándome con algo de incertidumbre. Elevé una ceja por su trémula reacción, cuando desde que llegamos se había mostrado demasiado serio y seguro en esto.

—Tengo que ir a la oficina, ¿puedes decirle a Pansy que regresare por la tarde? —preguntó y yo asentí—. Gracias.

Fue todo lo que dijo antes de dar la vuelta y caminar hacia el elevador. Lo mire con extrañeza y me mordí el labio. Sabía que no habíamos sido lo más amable con él desde que llegamos, pero realmente había esperado que insistiera en entrar o que no se retiraría hasta poder verlas. La verdad es que no iba a permitirle la entrada, no al menos hasta escuchar a Pansy de que así lo quería.

—¿Millicent? —me llamó Zabini y giré para alcanzarlo.

Cuando entramos a la habitación, mi respiración se detuvo por un momento al mirar a mi mejor amiga en medio de una cama luciendo tan quieta y pálida. Apenas fui consciente de las palabras de la enfermera, la cual me aseguraba que ella estaba bien. Asentí realmente sin prestar atención y me acerqué a ella, a mi preciosa Pansy. Me senté a su lado en la cama y acaricié su fría mejilla, apartando un par de mechones de cabello del rostro. Estaba tan linda como siempre, pero era imposible pasar por alto la falta de color de sus labios o ignorar el color oscuro debajo de sus ojos.

Giré cuando escuché la puerta cerrarse y miré a Zabini acercarse a la cama. Su mirada era totalmente preocupada, un poco angustiosa también. Nadie podía decir que no quería Pansy, que la amaba como una hermana, así como Theo y Draco lo hacían. Pansy era la persona que estaba segura los mantuvo cuerdos durante la guerra, la persona que los centró a los tres, porque si alguien se hubiera atrevido a preguntarles a ellos en ese tiempo a quien deseaban proteger más que a nadie, ellos hubieran dicho su nombre. Era su única amiga, su mejor amiga, la cual era tan vengativa, peligrosa y valiente, pero no dejaba de ser la persona que más querían.

—En un momento traerán a la bebé —dijo y lo miré sin poder controlar que mis ojos se llenaran de lágrimas.

—No creí que se adelantaría tanto, se supone que yo llegaría unas semanas antes, para que no estuviera sola y ella... —la voz se me cortó, porque me sentía un poco culpable de no haber estado a su lado, no poder hacerla sentir segura y confiada, no estar aquí para apoyarla.

—Nadie lo sabía, Millicent, no te culpes. Todo salió bien y eso lo bueno —suspiró y yo asentí, respirando profundamente para poder controlar mis emociones.

Él tenía razón, todo salió bien y no había razones para que empezara a martirizarme imaginando tragedias que pudieron suceder. Ella y su hija estaban bien y eso era todo lo que importaba, además de que no las dejaría solas.

No pasó mucho cuando la puerta se volvió a abrir. Giré un poco para ver quien entraba, pero al ver como un pequeño cunero con rueditas ingresaba, me levanté de la cama de un solo salto. No podía quitar la mirada del bultito de sábanas que había en aquel cunero, el cual fue colocado cerca de la ventana. Me acerqué con cuidado y sonreí al mirar un pequeño rostro sonrojado, totalmente dormido y tranquilo. Era un pequeño ángel, un dulce, suave y tierno ángel y yo quería tenerlo en mis manos.

—¿Podría...? —señalé con un dedo y la enfermera asintió con una sonrisa.

Me acerqué despacio y respiré con fuerzas al estar cada vez más cerca. Con mucho cuidado acerqué mis manos a ella y, con la mayor suavidad y delicadeza que era capaz de proveer, la levanté. La acomodé en mis brazos con cuidado y la arropé en mi pecho. Era tan ligera, tan diminuta, tan delicada, que temía lastimarla, pero la niña apenas se movió. No dudé en apartar un poquito la frazada donde estaba envuelta para liberar sus manos, y en ese instante ella abrió los ojos.

Unos pequeños y redondos ojos de color verde esmeralda con algo más de azul me miraron mientras aquella pequeña boca se abría en un perezoso bostezo. Cuando Pansy estaba con Harry, sinceramente nunca dude que un hijo de ellos sería totalmente hermoso y perfecto, pero aquí con ella en mis brazos, viendo su rostro, mirando sus ojos, sabía que mis imaginaciones eran totalmente vagas, pues nada de lo que pensé la alcanzaba. Era tan bonita, tan hermosa, tanto que quería llorar solamente de verla.

—Es tan hermosa —dije en voz bajita y acerqué una de sus manos a mis labios—. Tan bonita, tan hermosa —la mecí con suavidad y acaricié con la punta de mi dedo su mejilla.

—Lo es —escuché la voz de Zabini, quien sin darme cuenta se había colocado a mi lado para verla.

Jamás había visto una mirada tan sincera y tan suave en Zabini, y mucho menos había sido testigo de una sonrisa totalmente dulce y honesta, pero esa era la cara que tenía ahora mientras sus ojos estaban posados en ella. Mi corazón latió casi dolorosamente al mirarlo, porque jamás imaginé que Zabini podría mirar a otro ser humano con esa expresión, con un gesto que sólo había visto una vez, hace tantos años, y que ahora mi cabeza no se cansaba de comparar: la llegada a Hogwarts, mirándolo al otro lado del bote mientras él observaba el gran castillo iluminado. Ese rostro de admiración, expectación, esperanza.

Y es que eso era, está niña en mis brazos era prácticamente toda la esperanza y todo el milagro que esperábamos después de una guerra. Ella, ella tan ajena de esa guerra, pero al mismo tiempo tan cerca por sus padres, pero sin mancha, sin remordimientos, sin traición, sin herida, sin maldad y sin oscuridad. Sólo una nueva luz, brillante, bondadosa, hermosa.

Ella era la vida por la cual realmente sus padres lucharon y vencieron. Y era una lástima y una pena que no estuvieran aquí los dos para verlo, para contemplarla y aceptar que había valido la pena, que todo, absolutamente todo, valió la pena por este momento, por este momento y por ella.