Una feria había llegado al pueblo, o más específicamente, a sus afueras, a varios kilómetros del poblado. Ya llevaba unas semanas ahí, pero debido a los pendientes en la pescadería y en la granja, ninguno de los Relegados había tenido tiempo de asistir, pero como los organizadores anunciaron que este fin de semana sería el último que estaría presentes, los Paguro y Marcovaldos acordaron dejar que los niños asistieran, mientras que ambos matrimonios acordaron asistir a una fiesta a la que habían sido invitados.
Así que al caer la noche, Luca, Alberto y Giulia se dirigieron al carnaval, un espacio iluminado por luces rojas, azules, verdes, amarillas y naranjas, lleno de juegos mecánicos como tazas locas, una pequeña montaña rusa, autos chocones, un péndulo, un barco pirata, un carrusel, una rueda de la fortuna, entre muchos más. Y claro que no podían faltar los puestos de comida, había de alitas picantes, palomitas, malteadas, hamburguesas, banderillas, entre otros. Y claro que había juegos más pequeños, como lanzamiento de dardos, de aros, ruletas, anotar goles, la cara de payaso con pistolas de agua, canicas, y muchos más.
Sobraba decir que el ambiente estaba más vivo que nunca, pues parecía que todo Portorosso había asistido ese día, había gente por todos lados, era casi imposible encontrar un punto sin gente, había risas, los niños corrían, y en el aire se podía oler el aroma de mantequilla derretida, dulces, caramelos, y perros calientes.
Los chicos ya habían abordado la mayoría de los juegos, y ahora estaban disfrutando de la comida, o en el caso de Luca, una malteada de chocolate, ya que necesitaba el azúcar para recuperarse luego de subir al ratón loco. Mientras que Giulia degustaba de una manzana acaramelada, y Alberto de un algodón de azúcar.
—Y bien, ¿ahora a dónde? —preguntó Alberto tras darle una mordida a su dulce.
Los tres caminaban en línea recta, pensando en que podrían hacer después. Esa noche Alberto iba vestido con una playera amarilla, con un chaleco marrón por encima, pantalones negros, y zapatos del mismo color. Giulia iba con una blusa roja, y un pantalón azul marino, con sus clásicas sandalias. Y Luca llevaba una camisa de polo blanca, y pantalones azul claro con zapatos negros.
—Lo que sea mientras no nos den vueltas —respondió Luca dando otro trago a su bebida, aún seguía mareado.
—Podríamos hacer algo más tranquilo —sugirió Giulia bajando su manzana—, quizás el martillo.
—No lo sé —continuó Alberto, antes de doblar su brazo—, no quisiera presumir esto.
Giulia solo rodó los ojos mientras Luca se rió, lamentablemente, otra risa se les unió, solo que esta no era amigable, sino todo lo contrario, los Relegados suspiraron antes de darse la media vuelta, y encontrarse con Ercole, y sus secuaces, Guido y Ciccio, cada uno con sus manos metidas en los bolsillos de sus chaquetas de cuero.
—Oh miren, es el club de los perdedores —se burló Ercole mientras se les acercaban.
—Relegados —lo corrigió Giulia mientras caminaba al frente.
Pero solo provocó las risas de los matones, lo que hizo que Alberto alzará sus puños, la noche estaba saliendo bastante bien como para ser arruinada por esos tres, Luca rápidamente le puso una mano en el brazo y negó con la cabeza, no quería que nadie iniciara una escena. Giulia se dio cuenta de ello, pero se dijo que se tranquilizara, conocía a Ercole y sabía cómo manejarlo, así como a sus achichincles.
—¿Qué quieres, Ercole? ¿Otra humillante derrota como la del último verano?
Eso hizo sonreír a Alberto, quien asintió con la cabeza y miró a Ercole con malicia. El matón solo hizo una morisqueta.
—Solo porque hicieron trampa.
—Sí eso te hace sentir mejor, sigue pensándolo —se burló Alberto.
Las cosas se quedaron en silencio, con cada equipo con los ojos puestos en el otro, ninguno se movía o respiraba, parecía que hasta la gente los rodeaba para no intervenir en su duelo de miradas. Luca trago saliva y miró a sus amigos, no habían tenido una pelea a puños previo a la carrera de ese verano, y no solo habían quedado castigados, al punto de que casi no los dejaron competir en la Copa, pero también habían resultado con moretones y rasguños, claro que Ercole y su banda también se fueron con lo suyo, pero era una experiencia que Luca no quería repetir.
—Bueno… fue bueno ponernos al día, pero es mejor que nos vayamos —respondió Luca poniéndose en medio de sus amigos—, tenemos muchas cosas por hacer.
Ercole se rió.
—Pero número dos, ni siquiera has escuchado a lo que vine.
—No nos interesa saber para qué viniste —ladró Giulia—, solo queremos que nos dejes en paz.
—¿En serio? —Continuó Ercole, con un tono de ofendido, llevándose una mano al pecho—, ¿no quieren oír sobre mi pequeña apuesta?
Alberto y Giulia abrieron los ojos e intercambiaron miradas, mientras que Luca solo negó con la cabeza, fuera lo que fuera, no le interesaba, conociendo a Ercole solo podía tratarse de una trampa, esperaba que sus amigos se dieran cuenta de ello.
—¿Qué clase de apuesta? —preguntó Alberto, sintiéndose ligeramente intrigado, si Ercole hablaba en serio, había posibilidades de ganar, y eso significaba poder humillarlo, lo que era mejor para él.
Los matones se miraron entre sí y sonrieron, dándole mala espina a Luca.
—Sea lo que sea, no nos interesa —agregó Giulia—, tenemos mejores cosas que hacer.
—¿En serio? —Volvió a decir Ercole—, ¿no les interesa saber la historia detrás de La Casa de las Risas? La atracción más embrujada del parque.
Giulia rodó los ojos, más cuentos de hadas, lo que le faltaba. Luca por su parte abrió los ojos, más intrigado que asustado, aunque él no creía en fantasmas, sí que le gustaba aprender nuevas cosas, y sí, eso incluía leyendas y mitos. Alberto por su parte, se interesó, ya que a él le encantaban las historias de terror, con fantasmas, zombies, y todo lo que pudieran ofrecer.
—¿La Casa de las Risas? —repitió Alberto.
Ciccio y Guido intercambiaron miradas y sonrieron.
—Así es —dijo el rubio—, es la última atracción a la izquierda, una casa del terror.
—Ahí está. Obviamente dicen que está embrujada, no es más que publicidad —respondió Giulia.
—Oh no, no está —agregó Guido—, la leyenda dice que la trajeron desde Estados Unidos, y que cuando lo hicieron, algo llegó con ella.
Los Relegados volvieron a verse entre sí, ninguno estaba totalmente convencido de que lo dijeron fuera real, demonios, parecía que los estaban dirigiendo hacia una broma, pero por otro lado… Si mantenían su guardia, quizás y hasta podrían regresárselas.
—¿Qué quieren lograr aquí? —preguntó Giulia.
—Oh, solo una competencia amistosa, es todo —dijo Ercole con malicia.
—Si vienen con nosotros, podríamos mostrárselos —agregó Ciccio.
Giulia miró a sus amigos, Alberto estaba algo intrigado por toda la historia, Luca por su parte, solo quería salir de ahí para que pudieran seguir disfrutando de la feria, pero sabía lo competitivos que eran los Marcovaldos, y las reglas decían que, si la mayoría del equipo estaba de acuerdo, todos irían con la opción tomada.
«A veces odio la democracia» se dijo Luca, suspirando.
Giulia miró detenidamente a Ercole a los ojos.
—Más les vale que no tramen nada —les advirtió.
—Oh, nada de eso, lo prometo por la garrita —respondió Ercole levantando su mano, y doblando su meñique.
Ninguno de los tres confiaba en sus palabras.
…
La Casa de las Risas era una atracción de terror que estaba bastante alejada del resto de las demás, medía al menos seis metros de largo, había colocados en sus extremos máquinas de humo, para darle un aire más tétrico al ambiente, en sus paredes tenían las caras de distintos monstruos, como el de Frankenstein, Medusa, el Hombre Lobo, Drácula y el Monstruos de la Laguna Negra. En su techo, tenía la figura de cartón de un dragón que cubría casi toda la superficie, las escamas del reptil eran rojas, su espalda estaba llena de espinas dorsales, sus garras estaban aferradas al borde, y eran afiladas y alargadas como cuchillas, su boca estaba llena de filosos colmillos, la tenía abierta y de ella salía una llamarada. Sus ojos eran marrones, mientras que el iris era roja, al igual que la esclerótica.
Y a pesar de su tamaño y apariencia, no era lo más sobresaliente del lugar.
Pues colocado a un lado casi en la entrada de la casa, estaba otra figura, esta era el rostro de un payaso, su cara era blanca y alargada, casi cubierta en su totalidad por una sonrisa, que mostraba sus perfectos dientes amarillos, rodeados de unos labios morados, estaban sosteniendo un habano. Su nariz era roja y redonda como un tomate, su rostro estaba cubierto por una coronilla rizada rojiza, sus cejas pobladas eran negras, debajo de ellas estaban sus ojos amarillos rodeados de un círculo negro, su cabeza estaba coronada por un pequeño sombrero de color verde holandés. Al redor del cuello tenía una gorguera verde con puntos negros.
No era ni la mitad del tamaño del dragón, y aun así, había algo en su apariencia que simplemente lo hacía sentirse más… aterrador. Podría ser la sonrisa innaturalmente grande, o el hecho de que no tenía iris. Fuera lo que fuera, los chicos no podían apartar los ojos de él.
El trío de matones solo los veían desde atrás, con los brazos cruzados y sonriendo.
—Muy bien, se ve escalofriante, les doy eso —dijo Giulia dándose la vuelta—, pero es la decoración de una casa del miedo, es obvio que tiene que dar miedo.
Luca y Alberto se le unieron, con el segundo asintiendo con la cabeza, Luca no dijo nada pues sí encontraba al payaso atemorizante, sabía que solo era un pedazo de cartón, pero aun así, algo sobre él le daba muy malas vibras, no podía explicarlo, simplemente se sentía incómodo con su presencia, era como la primera vez que conoció al tío Hugo, solo que mil veces peor; a pesar de su apariencia, su tío era familia, y nunca le haría daño, pero el payaso... Decidió tratar de no verse tan intimidado en presencia de los matones, sabía que a Ercole le encantaba eso.
—Honestamente, tu intento de bigote da más miedo —se burló Alberto.
Ercole abrió los ojos, ahogó un suspiro y se llevó una mano a sus labios para taparse su creciente bello facial. Ciccio endureció su mirada mientras que Guido tuvo que aguantarse la risa, estaba del lado de Ercole, pero tenía que admitir que a veces le era muy difícil no reírse del humor de esos tres, sobre todo de Luca. Por suerte, Ercole no pareció darse cuenta de su reacción, pues tenía toda su atención en regresárselas.
—Ja, rían ahora, pero les aseguro que esto no es un juego —con eso dicho, empezó a caminar en círculos alrededor de ellos, con los chicos siempre siguiéndolo con la mirada, en caso de que intentara algo.
Ercole continúo:
—La leyenda dice que hace muchos años en Estados Unidos, en el pueblo de Maine, durante la época de Halloween, un circo llegó a la ciudad, uno de sus payasos, Zeebo, se cansó de la vida circense y robó la nómina del circo, $4,500 dólares. Pero cuando huía, la policía se dio cuenta y lo persiguieron.
Ercole volvió al frente para reunirse con sus matones, se detuvo y ahora fue Ciccio quien narró:
—Ahí había un parque de diversiones, Diverti-landia, donde Zeebo se escondió en la casa del terror, ahí espero hasta que estuvo seguro de que la policía ya no lo seguía.
—Pero cometió un terrible error —continuó Guido—, a Zeebo le gustaba fumar habanos, y mientras salía, uno de ellos se le cayó al suelo.
—Toda la atracción se quemó, y Zeebo quedó atrapado —siguió Ercole—, por más intentos de la policía y los bomberos, todo fue en vano, y el payaso pereció en ese infierno.
—Años después, esa casa del terror fue reconstruida, y renombrada La Casa de la Risa, colocaron un maniquí de Zeebo para asustar a todos —Guido añadió, y apuntó a la atracción—, esta, es esa misma casa.
—La leyenda dice que el espíritu de Zeebo sigue atormentando la atracción, incapaz de descansar hasta el día que recupere su dinero.
Con eso finalizaron su cuento, los Relegados se habían quedado callados y en el mismo sitio mientras oían la historia, cada uno pensando lo suyo; Giulia creía que no era más que un cuento de hadas, Alberto tenía que admitir que le había gustado, y Luca, estaba un poco tembloroso, no era una persona sugestiva, pero… tan solo imaginarse esos hechos le ponía la piel de gallina.
—Vaya, les doy puntos por la creatividad —dijo Giulia aplaudiendo—, y es muy buena como publicidad.
—Me gusto la parte del incendio —agregó Alberto—, aunque un poco cliché.
—Sí, estoy segura que vi eso en una película la semana pasada —siguió Giulia.
Luca solo asintió con la cabeza, no quería hablar pues sentía que el miedo se notaría en su voz.
«Es solo una tonta historia de terror», se dijo.
—Oh, la leyenda es real, se los aseguro —dijo Ercole.
—Lo es, lo investigamos —siguió Guido.
—Cualquiera podría escribir la leyenda y subirla al internet —respondió Giulia rodando los ojos—, Santa Mozzarella, nosotros podríamos hacerlo llegando a casa.
Sus chicos asintieron con la cabeza, aunque estaba asustado, Luca agradecía tener a sus amigos a su lado, eso siempre lo hacía sentirse más seguro, además, Giulia tenía razón, cualquiera podría escribir algo así y publicarlo en la red, no era nada nuevo. Lo que si le sorprendió fue que Ercole en ningún momento dejaba de sonreír, seguía viéndolos con esa misma seguridad y alegría, como si estuviera esperando esa reacción de ellos.
—Bueno, si están tan seguros de que nuestra historia es solo un cuento de hadas, ¿por qué no hacemos una pequeña apuesta?
Antes de que Luca o Giulia pudieran hablar, Alberto se les adelantó:
—Adelante.
Los otros dos lo vieron con cierto enojo, ¿no podría haber esperado un poco? Conocían la naturaleza competitiva de Alberto, pero eso no quería decir que dejara de irritarlos cada vez que los metía en problemas. Y también sabían que Ercole estaba al tanto de ello, y que podía sacar ventaja.
—Es fácil, entren y completen el recorrido.
—¡Ja! —se rió Alberto, esperaba algo más que eso.
—Eso… no suena tan malo —dijo Luca, tampoco sonaba placentero, pero si podía hacerlo con sus amigos a su lado, sería mucho más fácil.
—Así es, demasiado fácil —agregó Giulia ladeando un poco su cabeza, aquí había algo más, conocía a Ercole, las cosas nunca eran tan fáciles con él.
Y pues parecía que tenía razón, pues Ercole volvió a sonreír mostrando los dientes, su sonrisa rivalizaba con la del payaso.
—Oh, esa era solo la primera parte, deben completar el recorrido y —hizo una pausa dramática antes de agregar: —Tomar la nariz de Zeebo.
Eso hizo que Luca abriera sus ojos como platos, no podía hablar en serio, entendía la parte de obligarlos atravesar ese laberinto, ¿pero robar propiedad ajena? Eso ya era pasarse, no había forma en que sus amigos aceptaran… ¿verdad?
Giulia abrió su boca, como ofendida.
—Santo Pecorino, ¿no esperas que realmente aceptemos eso, verdad?
—Ja, pensé que ustedes Relegados no le temían a nada, supongo que me equivoque.
Sus amigos se rieron detrás de él.
—No le tememos a nada, pero no nos vamos a arriesgar por una tonta apuesta… ni siquiera sabemos que hay para nosotros.
Luca asintió con la cabeza, fuera lo que fuera, no valía la pena.
—Ah, es verdad, si ustedes logran completar el recorrido, y tomar la nariz del payaso, nosotros nos vestiremos como payasos en la escuela, y yo usaré la nariz de Zeebo.
«¡Santa Ricotta!» Pensó Giulia, «eso… sí es tentador».
La idea de esos tres, sobre todo Ercole, usando ridículos trajes de payasos en los pasillos de la escuela… era muy tentadora, las burlas y fotos que podía tomar. ¡Ah! ¡Lo disfrutaría tanto! Por fin podría regresársela después de todas las veces que la humilló por su pequeño incidente en la Copa.
Pero tuvo que controlarse y decirse que no, que por más divertido que sería la humillación de su archienemigo, no valía la pena tener que hurtar la feria, su victoria en la última Copa era su mejor venganza. Luca estaba de acuerdo, simplemente no podría hacerlo, sabía que robar estaba mal, su conciencia jamás lo dejaría en paz, si de por sí, se sentía mal cuando tomaba una galleta extra del tarro, y a eso le agregaba su paranoia.
«Si robamos la nariz, y Ercole empieza a usarla en la escuela, la policía podría hacer la conexión, y nos arrestarían a todos, e iríamos a la cárcel, y yo jamás podría sobrevivir ahí, y jamás podría volver a la escuela, ni a la biblioteca. Ni ver a mis padres, ni al tío Hugo, ni a nonna, ¿o sí? ¿Cómo serán los horarios de visita?».
Mientras todas esas ideas pasaban por su cabeza, y Giulia se preparaba para decirle que no, Alberto, nuevamente, se le adelanto:
—¿Eso es todo? ¡Ja! Será pez comido.
Sus amigos voltearon a verlo, atónitos, ¿en qué pensaba? Sabían que le gustaban los riesgos, y que raramente se acobardaba de algo, y eso mismo los había metido en muchos problemas en múltiples ocasiones, esta sería otra de esas veces.
—Será mejor que tengas listos sus pantalones holgados —continuó Alberto mientras se daba la vuelta, listo para entrar: —Hagámoslo.
«Oh no, esta vez no», se dijo Giulia, acto seguido, lo tomó del brazo y empezó a alejarlo del lugar.
—Discúlpenos, charla de equipo —dijo mientras arrastraba a Alberto, quien solo la veía enojado.
Luca los siguió, cuando se alejaron lo suficiente, Giulia soltó a su hermano, quien la seguía mirando con molestia, Giulia rodó los ojos, restándole importancia, Luca se les unió y los tres se formaron en un círculo, luego se tomaron de los brazos y agacharon sus cabezas, asegurándose que los otros no los siguieran.
—¿Qué están haciendo? ¿No quieren ver a esos tres humillándose?
—Sabes que no hay nada que disfrute más que el sufrimiento de Ercole, pero no vale la pena, podríamos meternos en serios problemas por esto —argumentó Giulia.
—Ella tiene razón, estamos hablando de cometer un robo… quizás esto es lo que quieren, hacer que nos metamos en problemas para que luego ellos nos delaten, y queden como héroes.
Alberto negó con la cabeza.
—Luca, Luca, pensé que ya sabías como callar a Bruno.
—Si hay alguna ocasión para escuchar a Bruno, es esta Alberto —Giulia lo regañó—, Luca tiene razón, podrían hacer esto para hacernos quedar como ladrones.
—Creo que estas sobrestimando a Ercole.
—Quizás, pero no a Guido —agregó Luca, sabiendo lo competitivo, e inteligente, que podía llegar a ser el matón, lo cual era una desgracia porque, cuando no estaba intentando complacer a su abusivo jefe, Guido era un chico amigable.
—Siguen molestos por la última Copa, es obvio que quieren venganza —continuó Giulia—, tenemos que ser precavidos.
Alberto rodó los ojos, para él, Ercole y sus matones no eran lo suficientemente inteligentes para armar una trampa como esa, en sus ojos, los habían retado simplemente porque creían que no eran capaces de hacerlo, pero Alberto se conocía, y a sus amigos, sabía que si se lo proponían, podían ganar.
—En serio creo que solo están paranoicos, ni siquiera es una cosa tan importante, han de tener como miles de narices como esa de repuesto.
«¡Qué necio!» Pensó Giulia, lo bueno es que sabía que cartas jugar.
—Como sea, no creo que valga el riesgo.
—Secundo la noción —añadió Luca.
Alberto suspiró, dos contra uno, ya sabía lo que eso significaba, por moción sus amigos habían ganado.
—Bien… ¿pero al menos podemos entrar?
Luca trago saliva, no estaba muy seguro… él sabía que era miedoso, y aunque había cambiado mucho desde que conoció a los Marcovaldos, aún seguía sintiéndose nervioso en muchas ocasiones, aparte, todo lo relacionado al terror y horror jamás había sido lo suyo.
—¿Tenemos que? —preguntó.
—Ya estamos aquí —dijo Giulia—, y dijimos que queríamos ver todo lo que pudiéramos.
—Sí, y yo quiero ver al payaso —agregó Alberto levantando los puños.
Luca se mordió un labio.
—Vamos, será divertido —Alberto trató de convencerlo sacudiéndolo juguetonamente.
—Aunque si no quieres no lo hacemos, no estamos obligados a hacer lo que Ercole nos diga —Giulia lo reconfortó.
—Está bien —respondió Luca—, ¿por eso somos los Relegados, no? Para enfrentarnos a lo que sea.
Miró hacia la casona, si se veía muy intimidante, pero… Silencio Bruno, ¿verdad? Solo tenía que entrar, afrontar lo que fuera que estuviera dentro, y salir, además, con Alberto y Giulia a su lado, no tenía nada de qué preocuparse, después de todo, las películas de terror eran más soportables cuando las veían juntos, y a veces hasta eran divertidas, y como Giulia había dicho, todo no era más que publicidad para hacer más atractiva la atracción.
¿Verdad?
—Relegados por siempre, ¿no? —preguntó Luca extendiendo su mano al frente.
Giulia y Alberto intercambiaron miradas, pero al final se encogieron de hombros, si Luca estaba de acuerdo, no veían porque no.
—Relegados por siempre —ambos repitieron, uniendo sus manos a las de su amigo.
Los tres se separaron y regresaron con sus adversarios, quienes se habían quedado en la misma posición, aguardando por su respuesta.
—No robaremos la nariz, pero si vamos entrar —dijo Giulia con determinación.
Ercole negó con la cabeza.
—Sin nariz, no hay trato.
—Por nosotros está bien.
Detrás de ella, Luca y Alberto asintieron con sus cabezas, con el segundo más de a fuerzas que voluntariamente.
—Vaya, y yo que creí que eran valientes, supongo que me equivoque, vámonos —les ordenó a sus secuaces, ellos solo soltaron risas burlonas y lo siguieron.
—¡La copa sigue siendo nuestra! —exclamó Alberto, usando sus manos como megáfono.
—Sí, y salimos en la primera plana —agregó Luca, en un tono más bajo.
Pese a ello, a sus rivales no pareció importarles, pues ya se habían alejado.
Giulia por su parte solo negó con la cabeza y dio media vuelta para ver a sus amigos.
—Así es como tenemos que lidiar con ellos.
Luca asintió y le mostró los dos pulgares arriba.
—Aún creo que pudimos haberlo logrado —dijo Alberto.
Giulia miró hacia la casa, no se veía tan mala y… sentía solo un poco de curiosidad por ver si era tan aterradora como decían.
—Aún podemos entrar, ya estamos aquí —dijo—, y dijimos que queríamos ver todo lo que pudiéramos.
—Y lo haríamos porque queremos, no porque Ercole nos obligue —señaló Luca.
Eso pareció ser suficiente para convencerlos, porque, los Relegados siempre estaban buscando nuevas experiencias.
—Bien, hagámoslo —indicó Giulia.
La entrada era una enorme puerta de madera con aldaba de metal y pestillos dorados, todo se veía viejo, y bajo sus pies la madera crujía. Luca trago saliva, aún ni entraban y ese lugar ya le estaba poniendo los pelos de punta. Además, ¿Cuál era la antigüedad de ese sitio? ¿Estaban seguros que el lugar no se caería a pedazos? Alberto y Giulia no estaban tan preocupados, de hecho, estaban un poco intrigados por conocer al payaso.
Alberto iba a la cabeza, siendo el mayor, sentía que tenía que ver por sus amigos, estiro una mano hacia el pómulo, la puerta se abrió de par en par desde adentro. Los tomó por sorpresa y los tres retrocedieron, un poco asustados, del otro lado no había más que humo, tapando una negrura que solo podía ser comparada con la de una noche sin estrellas. Los tres se detuvieron, mirando fijamente al interior, no había nada ni nadie, solo oscuridad y humo, pero entonces, ¿quién la había abierto?
—Chicos… —dijo un tembloroso Luca.
—Tranquilo —habló Giulia rápidamente—, debe ser automática.
—Oh… claro —respondió Luca, tenía sentido, y ahora se sentía un poco tonto por no pensar con la cabeza.
—Ella tiene razón —agregó Alberto, dando un paso al frente, no iba a admitir que lo había asustado, así que tenía que regresar a su actitud de chico valiente—, es solo un truco barato, vamos a entrar.
Giulia asintió con la cabeza, mientras que Luca seguía temblando.
«Tranquilo, todo es falso, todo es falso», Luca repitió en su cabeza.
Con la confianza restablecida, los Relegados avanzaron hacia la entrada nuevamente, dos ojos amarillos les dieron la bienvenida. Se detuvieron en sus pasos, y vieron que en la oscuridad, sobresalían dos brillantes ojos, iguales a los de la figura del payaso.
«Vaya… van directo al grano» pensó Giulia, ahora ella también se estaba asustando un poco, pero se decía que debía tranquilizarse, todo era un acto, un gran pero falso acto.
Los ojos no dejaban de mirarlos, a veces incluso se entrecerraban, como si estuvieran estudiándolos, lo que empezó a incomodarlos un poco, sobre todo a Luca.
—Eh… ¿es esto normal? —preguntó.
—Por supuesto —respondió Alberto, aunque él tampoco estaba tan seguro.
Los ojos se movieron hacia el frente, y grandes pasos se escucharon, Alberto abrió los suyos, mientras que Luca retrocedió por completo y Giulia se quedó congelada.
Los ojos se acercaron más y más hasta que entraron a la luz, y ahí pudieron verlo con claridad, era solo un hombre, un hombre adulto de unos cincuenta años a lo mucho, sus ojos eran normales, así que lo que vieron allá adentro debió ser una clase de truco. Iba vestido con pantalones caqui, una chaqueta de líneas rojas con amarillas, por debajo llevaba una camiseta blanca de botones, un moño rojo en el cuello, usaba un sombrero en la cabeza, y llevaba un bastón de circo. Estaba sonriendo, mostrando los dientes, pero… era una sonrisa rara, como que quisiera transmitir confianza y amabilidad, pero… se sentía forzada.
—Oh, discúlpenme jóvenes, no quise asustarlos —se excusó, nuevamente sonaba extraño, como si quisiera sonar amigable cuando no podía serlo.
—No, no nos asustamos —dijo Alberto rápidamente, tratando de sonar valiente, ahora que todo había pasado, si se sentía un poco tonto, era obvio que todo era solo un truco.
—Solo un poco —dijo Luca mientras respiraba.
Giulia asintió con la cabeza, aunque ella se sintió más incómoda que asustada.
El hombre sonrió, y se hizo a un lado para dejarlos pasar.
—¿Van a intentarlo, eh?
—S… sí —terminó de decir Alberto, recordando porque estaban ahí—, ¿por qué no?
—Somos los Relegados… no nos acobardamos de nada —agregó Giulia, colocándose al lado de su hermano, no creía que el señor tuviera malas intenciones, pero… se sentía extraña en su presencia.
Luca no dijo nada, tan solo se les unió, moviendo la cabeza energéticamente, como si así pudiera demostrar más confianza, tanto al hombre como así mismo.
El presentador se quitó su sombrero.
—Eso es bueno, lo más divertido de la feria, es cuando uno se ríe en la oscuridad.
Tenía el brazo apuntando hacia la entrada, invitándolos a pasar, detrás de él, solo había oscuridad y humo.
Alberto miró por encima de sus hombros, primero a Giulia y luego a Luca, él estaba empezando a arrepentirse, pero ya estaban en la entrada, era muy tarde para retroceder.
«Silencio Bruno, Silencio Bruno», repitió en su cabeza, esperando que le diera fuerza.
Giulia solo mantenía firme su mirada, estaba lista.
Alberto sonrió, siempre le gustaba cuando tenía que hacer estas cosas con sus amigos. Los Relegados avanzaron hacia el interior, el hombre solo los siguió con la mirada, siempre sonriendo, Luca y Giulia prefirieron evitar su mirada, cada uno dándole una moneda como pago.
Cuando los tres entraron, el hombre salió y tomó las puertas.
—Diviértanse —les dijo antes de cerrarlas.
…
Al hacerlo, los chicos quedaron sumidos en una oscuridad absoluta, Luca ahogó un gritó y se acercó al compañero que tenía más cerca, no le importaba quien fuera, lo tomó de la mano y la apretó un poco.
—Tranquilo, es parte del show —escuchó a Giulia.
Luca suspiró, sintiéndose más tranquilo.
—Sí, de seguro ahora saldrá algo gritando muy fuerte —ahora hablo Alberto.
Luca trago saliva, solo porque sabía que algo venía, eso no significaba que era menos terrorífico, de hecho, lo hacía peor, ahora no podía dejar de pensar en que en cualquier momento algo saltaría, gritando lo más fuerte que podía, y él no podía dejar de imaginar que podría ser eso, ¿Qué tal si era lo más terrorífico que hubiera visto en su vida? Las criaturas más horrorosas vinieron a su mente, esperando lo peor.
Una luz se prendió a unos pocos metros en frente de ellos, los niños voltearon a verla, no era muy potente, y apenas iluminaba lo suficiente para formar un pequeño círculo debajo de ella.
—Supongo que debemos avanzar hacia allá —dijo Giulia señalando el lugar.
Alberto asintió con la cabeza, y ambos caminaron hacia el punto, Luca se quedó quieto, porque aún sentía que estaba agarrando una mano, pero eso era imposible, sus amigos estaban avanzando…
Lentamente, lo más lento que podía, bajó la mirada hacia su derecha, donde había sentido el tacto… Nada, no había nada, su mano estaba suspendida en el aire. Abrió los ojos lo más que podía, eso no podía ser, él había sentido algo, no lo imagino…
¿Oh sí?
Era su costumbre soñar despierto, siempre lo hacía, y en esos momentos realmente se sentía en otros lugares, con otras experiencias. ¿Pudiera ser que ahora le hubiera pasado lo mismo? En su afán de sentirse acompañado, ¿imagino que tenía a alguien a su lado?
«Sí… debe ser eso», se dijo.
—¿Luca? —Alberto lo llamó.
Luca levantó la mirada para encontrase con que sus amigos se habían detenido, esperando para que los acompañara.
—¿Está todo bien? —Preguntó Giulia un poco preocupada—, si esto es demasiado para ti podríamos…
—No, estoy bien —aseguró mientras trotaba para alcanzarlos, fuera lo que fuera que estuviera pasando ahí, sería mejor permanecer juntos.
Los hermanos intercambiaron miradas, sin saber que pensar, al final decidieron seguir, si Luca decía que estaba bien, es porque lo estaba, después de todo, era un pésimo mentiroso. Cuando su amigo se les unió, notaron que otra luz se encendió frente a ellos, igual que la última.
—Lo sabía, todo es parte del show —dijo Alberto, observó a sus amigos y colocó sus brazos alrededor de los hombros de ambos para luego acercarlos—, no se dejen engañar, este lugar solo quiere jugar con nosotros pero podemos con él, ¿verdad?
Luca agradecía el entusiasmo de Alberto, porque era contagioso, al sentirse abrazado, y con la confianza de su amigo, se convenció de que estarían bien.
—Él tiene razón, solo tenemos que seguir avanzando.
Giulia sonrió, odiaba admitirlo, pero su hermano tenía razón, no eran más que juegos mentales, todo estaba diseñado para que dudarán del entorno, pero ellos no caerían tan fácilmente.
—Sigamos —fue lo único que dijo.
Con la confianza renovada, el trío avanzó, cuando llegaron al siguiente punto de luz, otra se encendió, y así sucesivamente, notando que había un patrón en todo esto.
—De seguro lo está controlando desde una cabina secreta —dijo Giulia cuando habían avanzado un poco más.
—Sí es así, debo admitir que es un diseño impresionante —dijo Luca, sintiéndose genuinamente impresionado por la casa.
—Sí, pero…
AARGH!
Luca gritó y se aferró al brazo de Alberto mientas la figura aparecía gritando a su lado, era el monstruo de Frankenstein, había salido de la nada, rugiendo, y sus ojos rojos brillaban en la oscuridad, las luces encima de él se encendían y apagaban continuamente. Mientras que sobresaltó a Alberto y a Giulia, a Luca si lo hizo saltar. La pelirroja miró a la figura, y luego al chico, sonrió compasivamente y le puso una mano en el hombro.
—Tranquilo, es solo un maniquí —le dijo.
Luca vio al monstruo, la luz roja de sus ojos parpadeaba, ahora también se reía maniáticamente, como burlándose de su reacción, Luca suspiro.
—Tienes razón, lo siento.
Alberto le dio unas palmadas en la espalda.
Frankenstein soltó una última risa antes de regresar a la oscuridad, se escuchó una puerta que se cerraba y después todo volvió a quedar en silencio. Los chicos se dijeron que era mejor seguir avanzando.
«Tranquilo, todo es falso», se dijo Luca, «Silencio Bruno».
Ni siquiera debía estar tan asustado, la Copa Portorosso, y el después cuando los pescadores los rodearon, había sido mucho más terrorífico, y real, aquí no eran más que animatrónicos y máquinas de humo.
Al llegar al fondo se dieron cuenta que tenían que girar a la derecha, lo hicieron y notaron que ahora un pasillo se extendía frente a ellos, este estaba mucho mejor iluminado, y a su derecha, vieron que había una hilera de espejos curvos.
—Uh, esto es interesante —dijo Luca.
Se internaron y vieron sus reflejos distorsionados; Luca era largo, su cabeza casi salía del espejo, y sus brazos parecían espaguetis, mientras que Giulia estaba gorda, su longa casi rozaba con los límites del espejo, y Alberto era bajito mientras su cabeza era enorme. Los tres miraron fijamente sus reflejos, luego entre ellos, y estallaron en risas.
—¡Nos vemos tan raros! —se rió Giulia.
Tras eso, empezaron a hacer caras y sacar la lengua, viendo cómo se distorsionaban con cada movimiento, siguieron avanzando, cambiando con cada nuevo espejo por el que pasaban.
—¡Sí! ¡Casi tanto como ese tonto payaso! —respondió Alberto.
—¡Sí! ¡Casi tanto como ese tonto payaso! —agregó una cuarta voz.
Los espejos se habían acabado, ahora estaban frente a una cabina de cristal, del otro lado, un payaso estaba parado. Los chicos se detuvieron, el payaso se rió, era igual al promocional que estaba afuera de la casa, pero ahora completaba su apariencia con una camisa de mangas largas, color morado, con puntos amarillos y rojos, y unos enormes pantalones de líneas verdes, amarillas y moradas. Y este payaso no era un animatrónico, oh no, era una persona de verdad. Podían notarlo por su cara, era humana, y sostenía un habano.
Los chicos se detuvieron y vieron al nuevo invitado, este tenía una sonrisa macabra, y no dejaba de mirarlos, similar al caso del presentador, no sentían que el payaso tuviera malas intenciones, solamente… era incomodo estar en su presencia.
—¡Sí! ¡Casi tan tonto como ese payaso! —repitió alzando una mano, mostrando una bolsa de tela café, con un símbolo de euro bordado en verde.
El payaso volvió a reír mientras los chicos retrocedieron.
«Quizás no sea malo… pero se ve terrorífico» pensó Luca.
«No me da buena espina», admitió Giulia.
Alberto solo lo seguía mirándolo, igual, sentía que había algo raro sobre él.
El payaso volvió a reír y la luz de la cabina se apagó, aunque su risa tardó en apagarse. Alberto parpadeó y dio un paso al frente, extendió una mano y esta se colocó sobre la superficie cristalina, Alberto inspeccionó su mano y luego coloco la otra. Al menos habían estado protegidos. Otro Alberto apareció frente a él, con sus manos colocadas en la misma posición, se sobresaltó, temblando un poco y retrocedió, el otro Alberto hizo lo mismo, dándose cuenta que solo se trataba de su reflejo.
Alberto se detuvo, mirándose fijamente, abrió los ojos y miró a sus amigos, sus mejillas se sonrojaron un poco.
—No te preocupes —dijo rápidamente Luca—, este lugar juega con tu mente.
Giulia solo asintió con la cabeza, usualmente nunca desperdiciaría la oportunidad para burlarse de su hermano, pero… en ese momento no tenía ganas.
—Solo sigamos —fue lo único que dijo, avergonzado de haber caído.
Los otros dos no contradijeron.
Volvieron a reagruparse, al llegar al final del pasillo tuvieron que volver a girar a la izquierda, aquí era otro pasillo, no estaba igual de iluminado que el anterior, pero era mejor que el primero, había un camino de luces, cada una separada por al menos medio metro, sus alrededores estaban por completo a oscuras.
—Muy bien, creo que empiezo a entender cómo funciona este sitio —dijo Luca, al menos no estaba lo suficientemente asustado como para perder la cabeza—, en cada nuevo pasillo, hay algo que nos distrae para asustarnos, en el primero eran las luces para que no nos percatáramos de Frankenstein, en el segundo los espejos, yo creo que hay algo en ambos lados, en la oscuridad, para que no veamos lo que está al final del corredor.
Giulia se llevó una mano a la barbilla, pensativamente.
—¿Sabes? Creo que tienes razón —dijo.
Alberto asintió, por eso le agradaba Luca, siempre sabía en qué pensar.
—Muy bien, entonces solo tenemos que mantener nuestra guardia alta.
—Y no dejarnos distraer por cualquier cosa —finalizó Giulia.
Luca asintió, era bueno ver que sus suposiciones eran escuchadas.
Los tres se internaron, listos para lo que fuera que les esperara, a su derecha una luz se encendió, un ataúd se abrió y de este salió Drácula, con los ojos rojos y chillando, se levantó hasta la altura de Luca, así que los dos quedaron cara a cara, aunque el grito lo sobresalto, Luca no se asustó, ya lo había esperado. Lo mismo pasó con Alberto y Giulia, preparados para lo que fuera.
Caminaron un poco más y un nuevo monstruo apareció, este era un sujeto que no tenía la cabeza en su lugar, sino que en sus manos, las cuales agitaba levemente mientras se reía como un maniático, debajo de él, había una luz que se encendía y apagaba.
Giulia ahogó una risa.
—Este es casi divertido.
Tras pasarlo se dieron cuenta que tenían que volver a doblar en la esquina, al hacerlo, vieron que solo seguía un pasillo.
—Eso no fue tan malo —dijo Luca cuando terminaron.
—No, algo me dice que lo peor ya pasó.
—Sí, de seguro ya se le acabaron las…
MRAWRR
La cara de un enorme dragón apareció frente a ellos, había salido de una pared, era de un brillante color verde, sus ojos eran amarillos, tenía cuernos y enormes colmillos en la boca, sus fosas nasales eran enormes y humo salía de ellas, y escupía fuego de la boca.
Giulia gritó y abrazó a Alberto en pánico, su hermano parpadeó y la miró, algo extrañado, no la había visto así desde el día en la playa.
—¿En serio? Ni siquiera es tan terrorífico.
—No es eso, ¿no recuerdan lo que esos tontos nos dijeron? —Dijo, refiriéndose a Ercole y sus secuaces—, ¡la primera versión de esta cosa se incendió! ¡Y ahora tenemos una máquina que escupe fuego!
Luca y Alberto abrieron sus ojos, entendiendo a que se refería, los tres volvieron a ver al dragón, quien finalmente terminó de escupir fuego, y regresó a su escondite, los tres se miraron entre ellos, y siguieron avanzando.
Caminaron en línea recta por lo que pareció una eternidad, el camino estaba bien iluminado, y no encontraron otra cosa que pudiera asustarlos, lo que solo les provoco una mala sensación, porque sentían que en cualquier momento, la peor de las cosas saldría, pero no, todo estaba en orden.
No fue hasta que llegaron a un callejón sin salida que se detuvieron, frente a ellos, no había más que un muro negro.
—Okay… ¿ahora qué? —preguntó Luca.
Alberto dio un paso al frente y comenzó a inspeccionar la pared.
—Quizás haya un botón secreto o algo, como en Batman.
Giulia estaba por decir lo improbable que eso fuera, cuando la pared giró sobre su propio eje, revelando que había un cuarto del otro lado, tomó a Alberto por sorpresa, quien soltó un pequeño alarido mientras era transportado a la habitación.
Luca y Giulia intercambiaron miradas, y luego al frente.
—Una puerta giratoria —puntualizó Giulia.
Se acercaron hasta el muro y lo empujaron ligeramente, lo que les permitió el paso hasta el otro cuarto, ahí encontraron a Alberto sobre el piso, con la cara contra el suelo.
—Alberto, ¿estás bien? —le preguntó Luca agachándose a su lado.
—Nunca me sentí mejor —respondió levantando un pulgar.
Giulia observó está nueva locación, y vaya que le sorprendió lo que vio, este cuarto no era como ninguno de los otros, sus paredes eran coloridas; amarillas, moradas, azules, rojas, cada muro tenía una puerta en distintas formas geométricas, cada una diferente de la otra, eran nueve en total. El piso amarillo tenía una espiral morada, y el cuarto estaba perfectamente iluminado. Giulia se sentía como en una película de Tim Burton.
Mientras Luca ayudaba a Alberto a ponerse de pie, una voz les habló:
—Abran la puerta correcta y quedarán libres, abran la puerta errónea y lo verán —sonaba como el presentador.
Los chicos miraron todas las puertas, ahora sabían que es lo que tenían que hacer.
—Muy bien, son nueve puertas y nosotros somos tres, si cada uno abre una diferente saldremos de aquí rápido —indicó Giulia.
Luca y Alberto asintieron con la cabeza, cada uno fue hacia su elección, Alberto se fue por el ocho, ya que tenía una playera con el número estampado que le gustaba mucho. Luca por el cuatro porque le gustaban los números par, y Giulia el tres, porque era el número de sus integrantes.
Cada quien puso su mano sobre el pomo de su puerta, intercambiaron miradas, y asintieron con la cabeza.
«Aquí vamos, entre más rápido salgamos de aquí, mejor», pensó Luca tragando saliva, rezando porque no le tocará la del payaso.
No como Alberto, quien internamente deseaba conocer a Zeebo.
Los tres giraron sus pomos y miraron dentro.
A los hermanos les tocó un muro con una figura de una calavera, y un hombre lobo, con los ojos rojos brillantes, que se movían de lado a lado mientras se reían, burlándose de su error.
Luca por su parte, encontró la salida, frente a él se extendía un pasillo de paredes azul-claro, con un cartel de una mano que señalaba con un dedo hacia el final. Aplausos y vítores se escucharon desde el techo, Luca miró hacia arriba y sonrió.
—¡Luca, lo lograste! —lo felicitó Giulia caminando hacia él.
Su amigo la miró sonriendo, mientras ella le ponía una mano en el hombro.
—Vámonos —respondió.
Ambos estaban listos para salir, cuando se dieron cuenta que Alberto no los seguía, sino que estaba estudiando las puertas.
—¿Alberto? —preguntaron sus amigos.
Alberto enfocó su atención en la puerta número seis, porque decían que el seis, seis, seis, era el número de la bestia, eso le daba la sensación de que ahí estaba Zeebo, eso y que su color era rojo, el color de la sangre. Dio un paso hacia esa puerta. Giulia rodó los ojos mientras que Luca se llevó las manos a la cara.
—¿En serio, Alberto? —le preguntó Giulia cansadamente.
—Vamos, no me digas que no tienes curiosidad de verlo —respondió.
—Ya lo hicimos, el que vimos allá atrás, ¿recuerdas? —le indicó Luca.
—Vamos, no volveremos a entrar, y la feria ya se va, ¿para qué quedarnos con la duda?
Giulia negó con la cabeza, y miró a Luca.
—Solo dejemos que lo haga, entre más rápido mejor —cedió, conociendo muy bien a su amigo.
Giulia regresó la mirada al frente, sintiéndose derrotada.
—Solo hazlo —cedió.
Alberto sonrió mostrando los dientes, avanzó son paso rápido hasta el número seis y lo abrió, a Luca le hubiera gustado decirle que esperara un poco, pero su amigo no era conocido por ser precavido. Tan solo al abrir la puerta, se escuchó una risa macabra, música de circo empezó a sonar, humo salió del marco y una enorme figura apreció sobre ellos, era gigantesca, medía al menos tres metros, y era igual a la figura de la entrada, solo que su alargada cara era aún más perturbadora en persona, sus ojos vacíos eran aún más inquietantes, y su tamaño era imponente.
Incluso Alberto retrocedió, creía estar preparado, pero no, la verdad es que Zeebo si resultaba perturbador, aunque fuera solo un animatrónico, su apariencia era inquietante. Luca y Giulia no gritaron, pero tampoco podían quitar sus ojos del payaso, era… feo, aunque fuera solo un objeto, tenía una extraña aura alrededor de él, quizás era su inamovible sonrisa que nunca podría abandonar su rostro, solo querían alejarse de ahí.
—Muy bien —dijo Luca con voz temblorosa—, ya vinimos, ya lo vimos… ya vámonos.
Giulia solo asintió con la cabeza.
Alberto no podía dejar de ver a Zeebo, era tan… irreal, había visto cosas extrañas, pero… ese payaso se llevaba el premio. Así que con manos un poco temblorosas, tomó la puerta y la fue cerrando poco a poco, sin dejar de ver al payaso. Una vez que la puerta estuvo cerrada, Alberto se dio la vuelta, con una sonrisa en su rostro y las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Ni da miedo —dijo triunfalmente.
Ninguno de los dos le creyó, pues lo miraron escépticamente, con Giulia cruzada de brazos, y Luca levantando una ceja. Alberto no dejó de sonreír y solo avanzó hacia la salida.
—Vamos, aún tenemos mucho por ver —, dijo mientras pasaba por la puerta.
Luca y Giulia lo siguieron con la mirada, luego se miraron entre ellos, negaron con la cabeza y se rieron, divertidos por como el orgullo de Alberto no lo dejaba admitir cuando estaba asustado, tras eso lo siguieron, después de todo, tampoco les apetecía seguir en ese lugar, una vez que se retiraron, la puerta de salida se cerró, y el cuarto se quedó a solas, el picaporte de la puerta seis empezó a moverse.
