La noche anterior…

Decepción.

Eso era lo que sentía la platinada a medida que iba hasta sus aposentos para terminar el veredicto que le había dado su hermana. Empacar. Ya mañana se iría. Al llegar, empezó su cometido, lento…muy muy lento. Como si así, pudiera detener el tiempo.

Sin embargo, aún faltaba algo, el regalo de su hermana. Muy a pesar de cómo habían terminado las cosas, esta no se podía ir así, no sin darle su regalo de cumpleaños. Detalle infaltable en cada onomástico de la misma.

Salió con el mismo aura de pesar que se cargaba hasta el pueblo, pensando en que regalarle aunque tuviese el corazón hecho trizas. Llegó a una pequeña tienda y, entonces, halló una enorme caja de chocolate, sonrió, aunque con pena. Anna habría saltado en un pie al recibir ese regalo por su parte en otras circunstancias.

Negó, debía de enfocarse. Buscó entre todos los modelos que el chocolate fuera el famoso chocolate con leche y, sin más, lo empacó, poniéndolo en una hermosa bolsa color azul marino. Iba a escribirle una nota, pero… ¿Para qué? Mejor era hablarlo. O tratar, después de la desfachatez que había sido capaz de cometer era lo menos que podía hacer.

Dio un par de vueltas más por el pueblo, de ese modo, despejaba su cabeza y ensayaba las palabras que tuviera que decirle antes de partir. Solo esperaba que las frases no se le atascaran en su garganta cuando llegara el momento.

Al terminar, el ver la oscura noche, le hizo darse cuenta que ya era tarde. ¿Tanto tiempo había estado fuera? Dios… la ansiedad si que podía calarle cuando quería. Se enrumbó al palacio y acicaló, poniéndose su pijama de seda acompañada de su preciada bata y, entonces, esperó, con tanta zozobra que sintió estremecerse. Los dedos le tamborileaban y el corazón le latía con violencia. Ya no vería a su hermana inmersa en el placer y el deseo, sino a ella. A ella con todo y los demonios que tuviera que soltarle.

"Mierda".

Su mente le recriminó, pero ella debía ser fuerte. Por ella… por Anna, irse dignamente soltándole su sentir, pidiéndole perdón, rogándole a los dioses que se apiadaran de ella.

Cinco minutos.

— Calma, Elsa… — habló consigo misma, como dándose ánimos para lo que estaba por hacer. Tamborileó los dedos una vez más y miró su reloj.

Ya era hora.

— Dios.. — Una nueva ansiedad la invadió, de esas que te hacen doler el pecho. Se aclaró la garganta e, intentando darse fuerzas una vez más, se enrumbó a la habitación donde dormia Anna.

¿Calma?

No, ahora mismo le hacía falta. A medida que llegaba a la puerta esta parecía desaparecer, así como sus ganas de salir huyendo. Ensayó un poco más las palabras que había preparado por la tarde, sintiéndose masomenos lista, porque, según ella, las tenía, pero lo que escuchó a continuación, le derrumbó todo el teatro. Todo…

Llanto.

Era su hermana. Estaba llorando.

Escucharla sollozar fue tan duro para ella, que las piernas le fallaron, el regalo que tenía en manos se le resbaló y las lágrimas de culpa amenazaron con rozar su rostro. Estúpida, estúpida y mil veces estúpida.

¿Qué hacía? ¿La dejaba llorar en paz? Sí, eso era lo que cualquier persona en su sano juicio habría hecho, pero no Elsa, no ella… por algo había comprado el regalo, por algo había ensayado sus vanas palabras, por algo había hecho todo ese esfuerzo.

¿Verdad?

Debía de rescatar su poca o nula dignidad. Sí… eso debía de hacer.

Decidió ingresar, cautelosa y, lo que vió segundos después, le estrujó el doble el corazón.

Su Anna, su adorada Anna estaba hecha ovillo, aún desnuda, y el vestido rojo que Kristoff le hubiese regalado yacía en el piso, cortado a trizas. Esta abrazaba lo poco que le quedaba de él, ausente.

Se sintió mierda.

Tuvo entonces la magnífica idea de huir de ahí. No, aquello no sería una buena idea. No en el estado en que se encontraba Anna. Quiso, pero sus poderes hicieron acto de presencia innecesaria, delatándola. Fue entonces que odió ser la reina de las nieves.

— ¿Qué haces aquí? — Anna apenas habló, con la voz rota y sin romper su lugar.

— Anna… yo… — Elsa trastabilló —. Vine por…

— ¿Por Kristoff? Lo lamento, él está en el sillon. — siguió hablando esta, apagada y rota —. Puedes ir a buscarlo ahí.

— No vine por Kristoff. — dijo la platinada, intentando que no se le quebrara la voz ni las palabras — Vine a darte tu regalo, no quería irme sin…

— ¿Mi regalo? — Anna finalmente rompió su lugar, se incorporó e incrédula, articuló —. Oh, Elsa… tú ya me has dado suficiente — Anna se le fue acercando, y Elsa lejos de sentirse intimidada se sintió mas mierda, mas vil. La Anna que estaba dirigiéndose a ella ya no era la reina o monarca poderosa que vio por la tarde. Esta distaba de todo poder. Se hallaba tan pequeña, lagrimeante y frágil, que cualquiera hubiera podido cobijarla. Cualquiera, menos ella.

— Anna…

— Adivino — Anna intentó seguirle el juego, dentro de su oscuro pesar —, chocolate con leche, ¿no? — Entonces, agarró el paquete y, ausente, abrió la caja, mirando el chocolate con el mismo semblante. Tan ida, que Elsa no supo qué hacer, por lo que articuló lo primero que se le vino a la mente.

— Sé lo mucho que te gustan, no pude evitar pensar en ti cuando los compre.

A lo que Anna no pudo evitar carcajearse, descolocando más a Elsa. La rubia quiso hablar, pero la pelirroja se le adelantó, soltando lo siguiente con ironía.

— Que irónico que sepas que amo el chocolate pero que no hayas sabido cuando parar… — soltó la pelirroja, decepcionada —. Cuando cerrar las piernas.

— Así no fueron las cosas, Anna — Elsa intentó defenderse —. fue el afrodisíaco… yo me equivoque, estaba…

— ¿Por segunda vez? — Y entonces, Anna la miró, esperando que Elsa se retractara. Que dijera cualquier cosa por salvar sus pocos o nulos lazos. Pero esta quedó en silencio. Eso la destrozó. Engañó a su cabeza y decidió darle una última oportunidad, recalcando —. ¿Por segunda vez, Elsa?

— Yo… — Pero esta volvió a trastabillar, quedando nuevamente en silencio. Ahora ya no había conciencia ¿Qué le podía decir? Estaba claro. Su caja de pandora era una vil y sucia desgraciada. Y se había abierto para nunca más cerrarse, aunque no se diera cuenta que era con Kristoff con quien lo había hecho.

Kristoff. El marido. De su hermana.

Inmunda.

Culminó, lanzando una última contestación, misma que al ser igual de cierta la destrozó.

— Te amo…

— Lárgate.

— Anna, escucha…

— ¡Lárgate! — y gritó, empujándola. —. ¡Lárgate de mi vista, traidora!

Elsa se dejó hacer, y quiso irse, pero su maldita necedad por arreglar lo ya roto la hizo quedarse, queriendo abrazarla, aunque Anna no quisiera.

— No quiero. — e intentó abrazarla, aún a sabiendas que sería expulsada —. Te amo, Anna…

— ¡No! — Anna forcejeó —. ¡Tu no me amas, aléjate de mí! — Y forcejeó, furibunda y llorosa —. ¡No me toques! ¡Hey! — Y forcejeó una vez más. Elsa no la soltaba, se negaba. Estaba tan perdida que pensó que tal vez así arreglaría las cosas. En su último intento por recuperarla la besó a la fuerza. Grave error. Anna la empujó con la misma fuerza y la tiró al suelo, secándose los labios con asco y diciendo:

— No vuelvas a besarme. — espetó Anna, y con lágrimas en los ojos, advirtió —. O juro que esta vez te meto un derechazo — alizó su puño.

Elsa lo notó y, entonces, supo que no había vuelta atrás. La advertencia de su hermana había sonado tan dura, que supo que ahora sí lo había cagado todo. Si es que antes por quedarse callada no lo hizo, en el comedor y cuando su hermana le dio una última oportunidad.

"Idiota".

Se sintió tan destrozada que miles de ideas poco convencionales pasaron por su cabeza, mismas ideas que de joven cuando estuvo encerrada ideó. Su conciencia le concedió la pieza y les hizo recordarlas, frívolo.

"Tal vez… si no tuviera esos poderes no haría daño", continuó, macabro "tal vez… si no estuviera yo, no haría daño".

Y rio, rota.

— Cuánta razón tenías… pequeña Elsa. — le habló a su niña interior, dándole por primera vez por su lado —. Quizá ahora sí sea el momento.

Cuando menos se dió cuenta, ya se hallaba en la sala principal del palacio, cuando su inicial objetivo era su habitación. ¿Por qué no lo hizo? No quería dormir, ahora mismo quería tomar hasta perder la conciencia y, con suerte, suicidarse.

Había perdido a Anna. Y ella a diferencia de Anna no era tan fuerte como la pelirroja solía ser. Ella era débil. Frágil. Con un antecedente de personalidad único. Y si en algún momento halló fuerzas en su miserable vida. Todo, absolutamente todo, fue por Anna.

Ahora no había hermana que la alentara, o brazos que la salvaran. Estaba sola, perdida, jodida, en aprietos, con gusto por uno y odiada por otro. ¿Qué tan miserable se podía ser?

Negó y se dirigió a la vinera, agarró dos botellas de vino grande, sacacorcho y, solo por si acaso, una pequeña navaja que encontró cerca a la misma. Tal vez… si se animaba. Tal vez… sí con las copas lo lograba, lo haría.

Finalmente, se sentó en el sofá del gran lugar, abrió ambos vinos con las pocas fuerzas que le quedaba y empezó a tomar, con la mirada perdida y teniendo frente a ella el sillón contiguo, mismo donde ahora descansaba su cuñado. Tan plácido, sereno y calmado, que parecía ajeno a toda la trifulca que ambas habían pasado momentos atrás.

— Vaya suerte que se cargan algunos — y siguió tomando —, ¿No Kristoff? — y siguió hablando a la nada, como si este pudiera escucharle. —. Un simple recolector, ahora Lord, te coges a las dos y, como si nada, sigues en el sillon. — Entonces, rió de nuevo, más rota y decepcionada, afianzando más su deseo de suicidarse —. Como se nota lo mucho que aun te ama…

"Más que a mi".

Pensó, autosaboteándose. Y fue entonces que su mirada viajó hasta el objeto filoso, considerando la idea, ahora real. Ya no había vuelta atrás. Dejó la primera botella de vino, ahora vacía, se acomodó y emprendió acción, quitándose la bata para poder tener mejor visión de su brazo. Entonces, apuntó el objeto hacia su objetivo, comenzando a lastimarse, bajando desde la unión de su brazo hasta sus venas, estancando la cuchilla en ese lugar.

El dolor a ese punto le pareció insípido, nada dolía más que tener el odio de tu propia hermana contra ti. Nada… hasta morirse le sabía más sensato.

Y comenzó, sintiendo como aquel dolor punzante la inundaba. Elsa cerró los ojos y pensó en Anna, su hermana, en los momentos tan lindos que pasaron juntas, antes de que todo se fuera a la mierda.

Los segundos pasaron, estos se convirtieron en minutos y, dentro de poco, serían horas.

Nada ocurría.

La sangre apenas se notaba y el hielo, ahora maldito, le respondió el porqué, recordándole su maldita suerte.

Era el quinto espíritu. Una diosa. No podía morirse.

— ¡Mierda! — y gritó, enfureciendo tanto que despertó a medio mundo, sobresaltando a Kristoff en el proceso, que despertó de golpe.

Elsa por su parte, había caído de rodillas, esta lloraba y no paraba… se hallaba tiritante y apretaba los puños, frustrada. Kristoff al ver toda esa escena palideció, ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué Elsa se hallaba de rodillas? ¿Y por qué tenía una cuchilla entre manos? ¿Qué había querido hacer? acaso…

— ¿Elsa? — Este se acercó apenas, frotándose los ojos, en alerta —. ¿Qué demonios estabas pensando hacer?

— Déjame…

— No. — Kristoff quiso acercarse, pero Elsa no se lo permitió, soltando:

— Aléjate, no quiero hacerte daño. — advirtió, como en antaño y tambaleante. Los efectos del alcohol empezaban a hacer efecto.

— No voy a dejarte así. No de ese modo ¿Qué demonios estabas pensando?

— Nada que no fuera sensato. Solo la mejor solución para todos.. — confesó, irónica —. Cosa que, por cierto, no funcionó — y rio, descolocando mas al rubio —. Que estupida…

— ¿Y suicidarte es la solución? Demonios, Elsa, No estás pensando con claridad.

— No, no lo estoy, estoy ebria, ¿No lo ves? — señaló lo evidente, dando a notar el vino vacío —. Ebria y destrozada. Anna ya no me ama.

Finalizó y quiso volver a lastimarse, pero esta vez Kristoff la detuvo, agarrándola de las muñecas.

— Deja eso.

— ¡No! — Elsa solo tenía en la mira aquel objetivo, pero Kristoff no le estaba dejando la tarea fácil —. ¡Déjame en paz! ¡Suéltame! — Y forcejeó, pero Kristoff esta vez usó la fuerza y, en contra de su voluntad, la detuvo por las muñecas, arriconándola. Después, soltó, firme:

— No voy a dejar que te hagas daño. Puede que ahora Anna esté molesta, pero eres su hermana, ambas siempre se han necesitado.

— No lo entiendes.. ¿verdad? — Elsa hablaba aún sujetada, ya sin fuerzas y cuan muñeca —. Ya no hay hermandad, Kristoff. Lo eché a perder.

— ¿Por qué lo dices?

— Porque solté mi verdad, maldita verdad que nos separó a ambas.

— No te estoy entendiendo.

— ¡Me puedes! — confesó —. ¡No te amo, no te quiero, ni una pizca, pero te repudio porque me puedes! — siguió, llorosa —. ¡Y yo soy tan estúpida que decidí ser honesta! — y continuó, sintiendo como se le nublaban los sentidos por el alcohol —. ¡Anna ya no me quiere en su vida! ¡Yo tampoco querría cerca a una robamaridos como yo! ¡¿Lo entiendes?!

Entonces, Kristoff quedó en shock. De todas las confesiones que hubiese escuchado anteriormente, aquella, le ocasionó un cosquilleo involuntario. Uno que jamás y en su puta vida imaginó, solo en sueños. Su cuñada estaba vulnerable y confesando lo mucho que le ponía y, aunque eso ya lo sabía, el saber que ahora era el dolor que la consumía, lo derribó.

— No digas eso, Elsa — Este la defendió, sin saber qué más decir. El que se tratara de esa forma lo conmocionó —. Deja de insultarte.

— No dije nada que no fuera cierto. — volvió a arremeter —. Soy una cualquiera.

— Elsa no…

— Si, lo soy. — Elsa interrumpió, dándose en su poca o nula autoestima, ahora saboteadora —. Solo una cualquiera sale del armario para exigir piedad cuando no está en su derecho. — y se derribó, confesando esto último —. Solo una cualquiera callaria frente a su hermana por el maldito gusto a una p*lla. — Entonces, quedó perdida, desecha y decepcionada consigo misma.

A mala hora abrió su caja de pandora, a mala hora exploró, a mala hora decidió meterse con Kristoff para darse cuenta lo mucho que le gustaba, teniendo como precio perder a Anna.

"Vil. Sucia. Puta".

Su conciencia volvió a aparecer, esta vez más agresiva y desgraciada. Elsa, al no soportar las voces, se soltó del agarre de Kristoff y emprendió camino hacia su habitación, dispuesta a terminar lo que había empezado, aunque su intento fuera en vano.

— ¿A dónde vas? — Kristoff tuvo miedo de su actuar.

— No te importa. — Elsa agarró nuevamente la cuchilla —. Solo vuelve al sillón y déjame tranquila. — Pero Kristoff no era idiota, al notar como nuevamente agarraba aquel objeto, decidió seguirla, no podia dejar que Elsa cometiera otra locura. Ya en la entrada de la habitación, Elsa quiso encerrarse, pero Kristoff volvió a hacer fuerza, sosteniendo la puerta, eso solo cabreo más a la platinada.

— ¡Dejame sola!

— No — Kristoff esta vez habló determinante —. Puedes congelarme aquí mismo si deseas, pero no voy a dejar que te lastimes, Anna te necesita.

— ¡Ella ya no me ama! — esta gritó, desesperanzada —. ¿Qué sentido tiene vivir entonces? — hizo fuerza una vez más, pero el llanto había vuelto, agitándola, haciendo que su corazón galope y amenazando con derrumbarla de nuevo —. Ella misma lo dijo, me echo… dijo que….

Y entonces, se desmoronó, cayendo sobre el suelo y cubriéndose el rostro, llorando sin más. Kristoff, al no soportar verla así de vulnerable, aflojó el agarre de la puerta, se acercó y, por acto reflejo, la abrazó, sintiéndose igual de mierda que ella por todo lo que había ocurrido.

Jamás en su vida pensó que aquello podía pasar.

La acurrucó en su pecho y, contrario a lo que se esperaba, sintió como Elsa se aferró a él, descargando sus amargas lágrimas, como si así pudiera detenerlas, o soltarlas con más ligereza. Necesitaba tanto el apoyo de alguien.

Y Kristoff estaba ahí. Con ella.

¿Qué le quedaba?

Kristoff afianzó el agarre y, por más hombre que fuera, sintió el nudo en la garganta, mismo que aplacó en ese momento. Debía de ser fuerte por ambas, ayudar, enmendar el error que ahora había costado su separación. O intentar… Conociendo a Anna, sabía que sería una tarea vivaz.

Se mantuvieron así unos segundos más, hasta que finalmente Elsa dejó de llorar, este, en un último acto de afecto hacia su cuñada, la cargó en brazos y la llevó a la cama. Elsa estaba tan frágil que sabía que no tendría fuerzas para moverse.

Cuando llegaron, este la depositó, dejó que se acomodara y la tapó, calmando sus últimos espasmos con su mano, secándole las lágrimas, acariciando sin dobles intenciones el rostro. El sentimiento había cambiado por completo.

— Gracias, Kristoff… — susurró la platinada, apunto de caer dormida. Tan quedita, que Kristoff tuvo toda las ganas de reconfortarla.

— De nada, Elsa. — articuló este, regalándole una sonrisa sincera —. Todo va a estar bien, te lo prometo — aseguró, sin tener ni puta idea de como empezar, pero por algo se iniciaba.

Elsa, al escucharlo, le correspondió la sonrisa y, sin más, se quedó dormida. Con las lágrimas secas y poco a poco acompasando su respiración. El rubio la observó por segundos antes de partir, admirando por última vez lo hermosa que era. Sonrió con cierta pena y, antes de irse, le regaló un beso en la frente, sintiendo su helada piel por última vez.

Salió, y se aseguró de llevarse consigo la navaja. No quería que esta cometiera otra locura al amanecer. Tuvo todas las intenciones de enrumbarse a la sala, dormir y mañana hablar con su mujer. Pero no contó con que Anna estaba frente a él, la bata de la platinada en mano y con la mirada rota y penetrante, supo, entonces, que se había cagado todo, aunque esta vez no fuera así.

— Anna…

— ¿Qué hacías en la habitación de Elsa? — esta preguntó, temblorosa, malinterpretando todo.

— Yo… estaba… — "mierda" debía de decirle la verdad, explicarle —. Elsa estaba…

— ¿Te la cogiste de nuevo, no? — Anna no podía creerlo, era el colmo, según ella.

— Anna, no…

— ¿No? ¿Es que no se aguantaron las ganas y se dieron un revolcón de despedida? — volvió a preguntar. Su mente empezó a carcomerla viva —. ¿Tanto te gusta?

— Anna, no, escucha…

— ¡Callate! — y esta gritó, empujándolo furiosa —. ¡Eres un maldito perro infiel! — volvió a arremeter —. ¡Un maldito perro al que no le importó volver a serle infiel a su mujer el mismo día de su cumpleaños! — sus ojos se empaparon, llenándose de lágrimas. —. ¡Te odio, te aborrezco! ¡Me das asco!

— Esto no es así, Anna.. — Verla en ese estado conmocionó tanto al recolector, que se quedó sin armas, pero debía de explicarle, debía decirle la verdad, aunque Anna no escuchara —. Elsa quiso suicidarse, yo solo la ayudé.

— ¿Quitándole la bata? — Y Anna remató, aún más rota, apretando la prenda de su hermana entre sus manos. Kristoff, por su parte, quedó en shock, ¿Cómo abogaba a eso? ¿Cómo le explicaba? ¿De dónde carajos había salido eso? Recordó, entonces, que la vio cuando discutió con la rubia. Pero… ¿cómo le decía eso? todo estaba tan macabramente encajado que solo una persona normal lo creería. Pero no su esposa, no Anna.

No ahora. No cómo se encontraba.

— Yo… — quedo en blanco, intentando buscar las palabras exactas para decirle la verdad, pero eso fue suficiente para Anna, quien, destrozada, caminó a zancadas a la habitación matrimonial. Kristoff la siguió, cerró la puerta, e intentó de nuevo articular, pero ver a su mujer quitar todas sus ropas del armario con determinación lo desarmó.

— ¿Qué estás haciendo? — Este sentía que se rompía con cada ropa que su esposa tiraba.

— Te irás en la mañana. Y a Elsa — Anna remarcó — La voy a encerrar —. y finiquitó, tan malditamente cegada que no midió sus palabras.

Kristoff, por su parte, al escuchar su veredicto palideció, y no por su destino, él podía empezar de nuevo, pero… ¿Encerrar a Elsa? no, eso no era justo, y menos cuando ellos no habían hecho nada. Ella no tenía porque pagar los platos rotos. Y ahora que finalmente todo lo que decía era cierto, peor aún. Tenía que hacer algo.

— No puedes hacer eso, no lo merece. — el rubio intentó hacerla reaccionar, agarrándola, pero su esposa seguía concentrada en su labor, cegada —. No estás siendo justa.

— ¡¿Oh, ahora la defiendes?! — Eso cabreó el doble a su mujer, que intentó soltarse y continuar, bramando con rabia — ¡¿Tanto te pone esa puta que ahora estás de su lado?! — escupió sin pensar, enfocándose en su dolor —. ¡¿Tan estupido te dejó que ahora quieres quedarte con ella?!

— No — Kristoff estaba perdiendo la paciencia, el no sentirse escuchado lo estaba frustrando —. Solo digo lo que es cierto. — Y cerró —. No estás siendo justa.

— ¿Justa? — Anna chasqueó los dientes, incrédula —. No me hables de justicia ahora Kristoff. No cuando te folllaste a mi hermana a mis espaldas.

Y continuó, pero a pesar de que Kristoff quiso seguir sintiéndose culpable, pocos segundos le bastaron para darse cuenta de "cuán justo" era eso. Su frustración se convirtió en dolor y algo en este se rompió, sin más. No podía creer lo caradura que era su esposa.

Ella también había hecho lo mismo con Elsa.

Desde mucho antes.

Viendole la cara.

¿Cómo podía hablar de justicia?

Aunque nunca fue de reclamar, el que le diera una estocada tan dura sin oirle le dolió, lo quebró, lo caló tanto, que soltó, con el corazón resquebrajado:

— ¿Y tú? — Kristoff también habló, soltándola por primera vez, alzando la voz y sacando todo lo que tenía guardado —. ¿Tu no hiciste lo mismo con Elsa?

— ¿Qué dijiste?...

Anna finalmente se giró, mirando a Kristoff con total sorpresa y con un sentimiento de ira incrustado. ¿Cómo se atrevía?

— Eso mismo — El recolector siguió hablando, soltando, aunque el porte de su mujer a ese punto lo estuviese dejando corto; como siempre. Ya estaba harto. — ¿Me vas a decir que lo tuyo con ella solo fueron pijamadas? ¿Crees que no notaba cómo se miraban? Cómo…

— Retráctate. — Anna lo interrumpió, fría.

— No. — Kristoff siguió, firme, revelándose por primera vez — Porque si de justicia hablamos tu tampoco lo fuiste, con que cara vienes a decirme que…

— ¡Retráctate!

— ¡No! — Y Kristoff alzó la voz, por segunda vez, dejando a su mujer absorta y con las lágrimas secas. Su semblante se había tornado a uno más duro luego de su declaración, haciéndole sacar su lado más arrogante ¿Quién carajos se creía para venir a reclamarle? ella era la reina, y sus acciones eran justas, aunque de "justas" no tuvieran nada. El recolector siguió soltando, su corazón se lo pedía.

— ¡¿Quiere decir que tu si puedes hacer lo que se te venga en gana y yo tengo que aguantar?! ¡¿Que tu si puedes hacer y deshacer y yo tengo que callar?! ¡¿Así es como funciona?!

— Siempre fue así. — Contestó Anna, fría y sin vergüenza —. Yo soy la reina.

Y eso descolocó más al rubio, no podía creer lo que estaba escuchando. Lanzó una última afirmación, como queriendo salvar su poca dignidad, su matrimonio, a punto de quebrarse.

— Y yo soy tu marido… — Este empezó a carcajearse, absorto, con el corazón tan roto que competían con sus - ahora - lágrimas. Fue entonces que se acercó y agarró de los hombros a su esposa, como queriendo hallar aquella respuesta que tanto anhelaba, no podía equivocarse —. ¿Es que acaso no me amas?

Y la observó, ansioso, esperando que esta le dijera algo, que le afirmara que lo amaba, que lo respetaba, que si se había quedado era por amor, porque lo necesitara, a él.

A Kristoff.

— ¿Me amas? — volvió a preguntar, con miedo, pero Anna quedó en silencio, destrozando por completo al rubio, dándole la respuesta implícita que terminó por derribarlo. Aunque por mucho tiempo ya lo supiera.

El no dejaría de ser nunca su maldito perro faldero.

¿Amor?... no. Se suponía que para eso tenía a Elsa, o tuvo. Su pecho dolió tanto, que se dio cuenta que no podía seguir ahí, por más que sus pedazos le rogaran. Debía salir y empezar de cero. Pero antes, tenía que ser honesto con Anna, intentando saldar heridas, por última vez.

— Lamento mucho lo que te hice — la voz de Kristoff ahora lucía apagada, tan rota que Anna lo notó —. Pero nunca te menti, al menos no ahora — entonces, se arriesgó y le entregó la navaja con la que Elsa se hubiese querido suicidar momentos atrás. —. Aquí están las pruebas.

Y terminó, siendo este quien recogiera sus ropas ahora. Anna quedó absorta, viendo efectivamente la sangre seca de su hermana en el objeto, pero más absorta quedó al ver a Kristoff recoger sus pertenencias, sin mirarla y sin rogarle como antes ¿Qué estaba pasando por su cabeza?

— ¿Qué estás haciendo? — Ahora fue su turno de Anna de preguntar.

— Terminando de empacar, quiero el divorcio. — soltó, firme, dejando a Anna en doble shock. —. Si no valgo nada para ti entonces es lo más sensato.

— No quieras cambiar los papeles ahora, Kristoff. — Anna interrumpió, intentando defenderse, porque, aunque estuviese rota, está en el fondo sabía que también tenía culpa, aún así, espetó, hipócrita. —. Que quien lo cago todo fuiste tú.

A lo que Kristoff rio descolocado, de nuevo ¿Era en serio? No… definitivamente Anna era una total caradura y sinvergüenza, Gesticuló, ahora decepcionado.

— Pues que bueno que la cagué. — Kristoff remató —. así al menos pude darme cuenta del tipo de mujer que eres — soltó, tan frío y roto por dentro que volvió a descolocar a Anna. ¿Ese era su Kristoff? No…. —. Así al menos me doy una segunda oportunidad para empezar de nuevo, de ser valioso para alguien.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Te irás con Elsa? — Anna propuso, confiada, intentando disipar el miedo que sintió con solo mentarla. Segura de que, nuevamente, su esposo caería, así era siempre. Ella no podía perderlo. No así. No de ese modo.

Tenía que ser una puta broma.

Se acercó y, usando sus infalibles artimañas que esta tenía para convencerlo, lo agarró del paquete, apretó y amenazó con besarlo, pero Kristoff la detuvo, de golpe, apretándole las muñecas. Anna volvió a intentar, pero este volvió a detenerla, por segunda vez, apretándole aún más fuerte. Y fue entonces que Anna lo supo.

Lo había perdido.

Esta susurró, tan cerca de la boca del recolector, que sintió quemarse.

Viva.

— Ella no te necesita… — Anna escupió, venenosa, dejándose llevar por sus demonios, soltando sus últimas armas —. No como yo..

— Tal vez — El recolector apretó, tan cerca de su boca, que sintió arder —. Pero no pierdo nada averiguando.

Y la soltó, agarró sus cosas y amenazó con salir, pero la voz ahora oscura de su ex mujer a sus espaldas, lo hizo detenerse, por última vez, articulando:

— No des un paso más Kristoff. — advirtió Anna, ya rota y oscura —. No sabes de lo que soy capaz.

— ¿Y qué vas hacer? — Kristoff preguntó, confiado y sin temor, aun sin voltear —. ¿Matarme?

— No quieres enterarte.

— No, no quiero. — entonces, finalizó —. Adiós, Anna.

Y salió, o eso intentó, porque no pudo sentir más. Un adorno lo noqueó y lo poco que pudo ver antes de caer, fue solo la imagen borrosa de su ex mujer, otorgándose un festín, regalándose su primer presente de la noche.

Celebrando su maldito y nefasto cumpleaños.

A su manera.

— Feliz cumpleaños, Anna.

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¡Gracias a todos! ¡Feliz Halloween! :D