«DEVIANT»
Él está loco. Está obsesionado conmigo. Me sigue, me vigila y conoce todas mis rutinas. No quiero que me guste, no quiero ser parte de esto. Sin embargo, su locura está comenzando a consumirme. Creo que esta vez he caído en un hoyo profundo, y lo peor es que no estoy segura de querer salir. (OS).
ADVERTENCIA:
Esta historia es catalogada como Romance Oscuro y contiene los siguientes temas:
- CNC (No consentimiento consensuado)
- Juegos de somnofilia.
- Juego de cuchillos.
- Juegos de respiración.
- Breeding kink.
Si eres sensible, por favor abstente de leer.
Te ves preciosa hoy.
Ese fue el primer mensaje que recibí de mi acosador. Estaba escondido en el bolsillo de mi chaqueta azul marina favorita, y en ese momento no le tomé al papel la importancia que merecía. Pensé que alguien tímido en hablarme se había fijado en mí, y lo atribuí a un gesto romántico en lugar de algo que es absolutamente aterrador.
Pronto aprendí la diferencia. Los siguientes mensajes no fueron tan lindos como el primero.
» No debiste ir a la fiesta de Alice. Es peligroso. Suerte para ti, yo siempre te protejo.
» Aléjate de Jacob Black, amor. Es una escoria.
» No me gusta que salgas sola, por eso te protejo. Te veías preciosa hoy, por cierto.
» ¿Por qué te pusiste ese vestido tan corto? Lo odio. Eso debería ser solo para mis ojos.
» No me hagas enojar, amor.
Y luego el más aterrador:
»Si te veo salir de nuevo con un hombre que no sea yo, te mataré.
El oficial que está frente a mí niega con la cabeza lentamente, mirando todas las notas intimidatorias, amenazantes y "románticas" que he apilado en los últimos dos meses. Su barriga cuelga casi chocando contra su escritorio, y ya puedo ver por su expresión que no me ayudará.
—Me temo que estas no son pruebas suficientes, señorita Swan.
Parpadeo una, dos, tres veces. Mi expresión en blanco mientras proceso sus palabras.
—Pero, pero… —carraspeo, quitándome la sensación polvosa de la garganta—, pero esas son pruebas contundentes. Alguien ha estado amenazándome por meses, ha entrado a mi departamento, ha…
—¿Ha sufrido algún robo en su propiedad? ¿Alguna señal de entrada forzosa?
Frunzo el ceño, porque parece que el oficial sólo finge hacer su trabajo. Esa pregunta ya la he contestado, después de todo.
—Ya me hizo esa pregunta y ya le dije que no —gruño, irritada.
El oficial piensa por un momento, pero ya puedo ver que no me ayudará.
—A veces estos casos se atribuyen a un exnovio loco, o un amigo demasiado interesado —añade—. ¿Tienes alguien en mente?
—No, nadie —suspiro, frotándome la sien con los dedos. La cabeza me palpita—. No he tenido novio desde que iba en la escuela secundaria y no he salido con nadie en más de un año —explico, tratando de mantener fuera la amargura en mi voz—. Pero no estoy loca. Mis cosas no están como yo las dejo cuando regreso a casa y luego ¿esas notas terroríficas? No puede ser coincidencia.
El oficial se encoge de hombros.
—Daré de alta su reporte, por supuesto, y mandaré a análisis estas notas. Pero, señorita Swan, son hojas impresas genéricas, puede que no se llegue a nada.
—¿Y mientras tanto qué? ¿Me quedo sentada hasta que este maldito loco entre a mi departamento y decida que por fin me matará como tanto quiere?
La cara del oficial de policía se retuerce con incomodidad. Quiero plantarle un puñetazo en la cara, pero supongo que eso no ayudará a mi caso.
—Lo siento mucho, señorita Swan. Es lo más que puedo hacer por usted. Puede terminar de hacer el papeleo con mi compañero Harry.
Me levanto de la silla de un salto, con mi bolsa apretada en mi estómago, impidiendo que el vómito salga de mi estómago. Tengo un asco horrible debido a los nervios, pero no dejaré que este inútil me vea sufrir.
Salgo de un portazo de la insulsa y pequeña oficina y me dirijo a levantar y firmar mi reporte, y para cuando estoy fuera de la estación de policía las lágrimas pulsan detrás de mis párpados, desesperadas por salir y encontrar liberación de mi frustración.
Miro al cielo y con un suspiro saco mi paraguas, viendo los nubarrones grises acercarse. Seattle es muy lluvioso en esta época del año, así que siempre tengo mi anorak conmigo. Es tarde, pasadas de las seis, y lo único que quiero es llegar a mi casa, darme un baño y prepararme para descansar. Pero ahora me da miedo incluso estar en mi lugar. Todo se siente como una mala, mala pesadilla.
Tomo un taxi, porque estoy muy cansada como para usar el bus y el metro, y llego a mi edificio de departamentos quince minutos después. La lluvia ha aminorado a un ligero chipi-chipi y no me molesta mientras cruzo la acera. Vivo en el cuarto piso en un departamento no tan bonito, algo ligeramente destartalado, y muy barato, pero que me queda bastante cerca de la universidad.
Los primeros días después de empezar a recibir notas amenazantes, intenté hablar con la "seguridad" (el portero) del edificio para revisar las cámaras. Pero, oh, sorpresa, no servían, y el dueño de los departamentos no está obligado a resolver eso. Después de todo, la renta es muy barata.
Siempre podría cambiarme pero ¿qué me garantizaría que ese maldito loco no me siguiera? Parece saber todo de mí. Mi horario de clases, dónde trabajo, mis amistades cercanas… mi dirección.
Suspiro. Solo a mí me podría pasar algo así, como si mi infancia de mierda no hubiera sido suficiente castigo ya.
Subo las escaleras de dos en dos, ya que son más seguras que el ascensor, e ignoro que después de piso y medio ya estoy boqueando por aire. No tengo la mejor condición del mundo, lo admito, y parece que nunca mejorará.
Es en el tercer tramo de escaleras cuando paro en seco y me encuentro cara a cara con mi vecino de abajo.
—Buenas tardes, Edward —saludo, boqueando por aire. Señalo su ropa casi veraniega—. Deberías cubrirte. Está lloviendo.
Los ojos de mi vecino se entrecierran un poco, la única señal de que me hoye. Trato de no sentirme mal por eso.
Él es guapo, bastante, con unos veinte o veinticinco centímetros por encima de mí, unos ojos verdes grisáceos impresionantes y un cabello cobrizo oscuro que raya el marrón. Tiene un tatuaje que le cubre todos los brazos, el pecho y el cuello, y esto solo lo sé porque una vez, cuando todos tuvimos que salir rápidamente de nuestros departamentos debido a la alarma de incendio, tuve la suerte de verlo sin camisa. Fue un espectáculo impresionante. Casi valió la pena que la señora Mills, del segundo piso, quemara su estofado y por poco todo el edificio.
—Gracias, Bella —me dice. Su voz es ronca, como si no la usara demasiado.
Sonrío, complacida de escucharlo decir mi nombre. Se lo he mencionado una que otra vez, pero es la primera vez que lo usa.
—Por supuesto —digo, y como la tonta que soy, retomo mi camino a las eternas escaleras. De todos modos, mi vecino está muy fuera de mi liga, y bueno… no es como que pudiera tener novio. Hay alguien por ahí suelto que está decidido a matarme por tener un mísero contacto con un hombre, y no está en mis planes enfurecerlo.
Ese pensamiento trae la nube de nuevo a mi mente, y me vuelvo a deprimir. Con miedo, miro hacia todos lados, pero el edificio parece vacío. La luz del pasillo que conecta los departamentos está parpadeando y haciendo lucir todo el asunto absolutamente tenebroso, pero respiro profundamente y cuando lucho con mis llaves en la perilla, estas ya no tiemblan tanto.
Es cuando veo el sobre bajo mis pies, que mi corazón se desploma. Miro alrededor, asustada, pero no hay nadie. Mi departamento es un estudio sin cuartos extra, lo que en estos momentos es una bendición, porque no hay lugar en el cual mi acosador pueda esconderse.
Me dirijo a mi pequeña cocina y tomo mi cuchillo carnicero, y luego abro lentamente la puerta del baño. Doy un suspiro cuando veo que está vacío, y luego corro a comprobar el pestillo de las ventanas y atoro una silla bajo la perilla de la puerta.
Miro el sobre con aprensión y lo recojo, abriéndolo.
¿En serio, amor? ¿la policía? ¿acaso quieres hacerme enfadar? Prueba mejor la próxima vez. Te dejo un regalo.
Dentro del sobre hay un par de Reese's, mi chocolate favorito. Me estremezco de horror, y los tiro al bote de basura más cercano.
Me siento en la cama, dejando salir las lágrimas de frustración que he estado reteniendo todo el día. No es hasta este momento en que me doy cuenta de que de verdad, de verdad, estoy metida en algo serio.
Mierda.
.
Semanas después
Lo siento antes de despertar. Las manos expertas se arrastran por mi cuerpo, ávidas, hambrientas, y me hacen sentir gelatinosa. La bruma de sueño es aún muy profunda, pero sé que él está aquí.
Gimo cuando lo siento tocarme por encima de mis bragas. Intento parpadear, pero mis ojos siguen somnolientos y mis manos están atadas.
—Shh, amor —susurra, sus dedos trazando suaves círculos sobre mi clítoris. Me retuerzo, sollozando.
—Por favor, déjame en paz —gimo.
—En el fondo no quieres eso —murmura, y su pulgar rosa mi pezón por encima de mi camiseta. Mis pechos se endurecen ante su contacto, y aunque finjo luchar, me gusta lo que me hace—. No le contaste al policía de mis visitas nocturnas, amor, ¿por qué no? —me dice, no hay juicio en su voz, pero aún así me duele que tenga razón. No dije nada sobre sus juegos.
—No sé —lloro—. No lo sé.
—Si lo sabes —discute. Casi puedo escuchar la sonrisa engreída en su voz, y aunque nunca he visto su cara, puedo imaginármela—. Sabes que somos el uno para el otro.
—Quieres matarme.
—No, no quiero —me contradice—. Pero lo haré si te sigues portando mal. E incluso entonces, te seguiría a la muerte, amor.
—Solo quiero que me dejes en paz —pido.
Bufa, como si la sola idea le pareciera risible.
—Jamás sucederá —su mano derecha deja de torturar mis pezones y se aleja de mi cuerpo, no sin antes levantarme la camisa hasta el cuello, dejándome expuesta a él—. No te muevas, amor, o te haré daño.
Dejo de retorcerme, porque mierda, este hombre me tiene en un punto de mi vida donde sé que sus amenazas no son en vano.
Un segundo después, siento la frialdad del acero sobre mi piel.
—¿Qué…?
—Me encanta tu piel porcelana —me interrumpe—. Algunas veces, cuando te pones bajo los rayos del sol, puedo ver algunas de tus venas. Es un espectáculo increíble de apreciar.
Me muerdo mi comentario sarcástico, porque tiene una navaja táctica paseando por mi piel como si fuera algo normal. No hay luz, absolutamente nada de luz, y estoy aterrorizada de que me raje en dos el estómago.
Sin embargo, la hoja apenas y me roza, paseando por debajo de mis pezones, en el valle de mis senos, en mi estómago. Y se siente… sorprendentemente bien, tomando en cuenta la situación.
Cierro los ojos, mortificada.
Como si sintiera mi estado de ánimo, él continúa hablando.
—Está bien que te guste, amor —dice—. Estamos hechos el uno para el otro. Nunca te cortaría, ni te haría daño —se detiene, enterrando la punta del cuchillo por debajo de mi ombligo, pero sin cortarme—. A menos que me provocaras.
—No lo haré —sollozo—. No lo haré, lo prometo.
—Buena respuesta, cariño —corta mis bragas en dos, dejándolas en restos—. No te preocupes, te compraré más. Te llevaré a un lugar mejor en cuanto aceptes lo nuestro. Estoy harto de ver cómo te hundes en este edificio de mala muerte.
—Eso no va a pasar. Nunca me iré contigo voluntariamente.
Suspira con fingido cansancio.
—Tenía que intentarlo. Ya cederás —dice con tranquilidad. Un segundo después, la navaja se aleja de mi cuerpo, lo que me hace suspirar con alivio, y es reemplazada por una mano grande que me obliga a abrir los muslos de par en par.
Quiero luchar, decir que no, pero sé que no es buena idea. Así que cuando siento sus largos dedos hurgando entre mis pliegues, sollozo de pena, y las lágrimas mojan mis ojos.
—Estás mojada, amor —puedo escuchar su satisfacción. Sus dedos ávidos de más buscan mi clítoris, y me retuerzo cuando me masajea con movimientos expertos—. Siempre tan mojada para mí —susurra.
Mis mejillas queman de vergüenza, porque en el fondo, tiene razón. ¿Toda esta persecución? ¿todo este sufrimiento mental? Me deja agotada, pero al mismo tiempo enciende algo en mí que no sabía que tenía. Me hace sentir viva…
El fuego sube por mi vientre y cuando dos de sus dedos se entierran en mi y su palma masajea mi clítoris, me dejo ir sin pensarlo demasiado. Mi cuerpo tiembla debajo de las caricias de mi amante, mi coño apretando sus dedos, ansioso porque me llene con su polla. Sin embargo, él nunca, en todas las veces que me ha venido a ver, ha hecho un movimiento para recibir placer para él mismo. Parece que mi propio placer le es suficiente.
Debería sentirme aliviada, pero no puedo encontrar el sentimiento en mí.
—Estuviste espectacular, amor —susurra. Puedo sentir su movimiento cuando sus manos dejan mi coño ansioso que aun palpita, y exhalo con fuerza cuando lo oigo lamerse los dedos—. Te veré mañana. Por favor, no hagas nada estúpido —me acaricia la mejilla—. Nada de hablar con otros hombres, ¿está bien? Y de la escuela a la casa, sin hacer paradas.
—Tengo trabajo —susurro.
Él esnifa con disgusto.
—Ya no. Todos esos hombres viéndote… —gruñe, irritado—. Mi mujer no va a ser una mesera. Te daré dinero todas las semanas, no te preocupes. Nada te faltará.
—Yo n… —me detiene, poniendo su mano sobre mis mandíbula. Me aprieta con tanta fuerza que me quejo del dolor.
—¿Qué te dije? —cuando no contesta, aprieta más fuerte, y repite—: ¿Qué te dije, amor?
—Que tengo que hacer lo que tú digas —sollozo.
—Así es. ¿Lo harás por mí, cariño?
—No es justo —protesto—. Es mi vida, es mi trabajo y debería ser mi decisión que…
—No te pregunté si era justo, amor —presiona con más fuerza mi mandíbula y juro que escucho algo crujir—. ¿Lo harás?
—Sí, ¡sí! Por favor suéltame. Me lastimas —lloro. Su mano pierde presión inmediatamente y me acaricia la mejilla. Quiero golpearlo, pero mis manos están fuertemente amarradas sobre la cabecera de mi cama, y apenas y puedo moverme.
—Buena chica —me deposita un suave beso en los labios. No puedo verlo, y el contacto es casi efímero, pero es la primera vez que acerca su rostro al mío. Su olor es impresionante, como a madera y sándalo, y me encuentro aspirando ruidosamente, como la idiota que soy.
Un segundo después se separa de mí.
—Nos vemos, amor.
Antes de que pueda contestar, presiona una de mis almohadas sobre mi rostro, cortándome el suministro de aire. Lucho, una y otra vez, pero él es muchísimo más grande que yo y yo sigo atada de manos.
Es una sensación horrible y los pulmones me queman, hasta que me quedo dormida.
.
A la mañana siguiente despierto con una rosa blanca junto a mí. Debería estar aterrada, debería llamar a la policía enseguida y contarles lo que sucedió, pero una parte de mí, la más oscura y retorcida, no quiere. Quiere quedarse callada, esperando complacer a nuestro acosador.
Mis propios pensamientos me dan asco, así que tomo la rosa y la boto a la basura. Me enjuago la cara, me pongo un poco de maquillaje y salgo hacia la escuela, pero toda la mañana se me pasa en una maraña de pensamientos acerca de la noche anterior.
No hablo con nadie, no desde que empecé a recibir notas amenazando a mis amigos. No es como que fuera muy popular antes, así que una vez que empecé a encerrarme en mi caparazón, a nadie le importó.
A veces creo que solo mi acosador se preocupa por mí. Lo cual es gracioso, porque en el fondo sé que su intención siempre fue separarme de las personas a mi alrededor, mi círculo de seguridad. La mayoría de los matones hacen eso y yo lo identifico con facilidad, pero entonces ¿por qué no hago nada para detenerlo? Bueno, porque estoy asustada.
Y excitada. Y de una forma muy retorcida, me gusta que me quiera solo para él.
Obviando su advertencia, entro a mi trabajo después de las seis de la tarde. Apenas hago medio turno por cuatro horas, y me pagan una miseria, pero eso junto a mis bonos de la universidad y el dinero que mi papá a veces se digna en enviarme me ayuda a sobrevivir. Él no entiende que no trabajo por gusto, que lo hago por necesidad. Cree que estoy en una barra atendiendo gente por diversión.
—Es un egoísta —susurro para mí.
—¿Dijiste algo, Bella? —Alice, mi jefa, me pregunta. Es menuda, con el cabello negro corto que apunta hacia todas partes. Siempre está de buen humor y a veces su hiperactividad me hace sentir cansada. Últimamente, todo me hace sentir así.
—No, estaba hablando conmigo misma —sonrío medio incómoda. Levanto el medio mandil que tomé del perchero de atrás y me lo amarro a la cintura—. Cosas de la universidad, ya sabes. Me tiene atareada.
—Ah, recuerdo mis días universitarios —suspira con placer, perdiendo sus ojos en la pared delantera donde hay un cuadro con una foto de ella y su marido cuando abrieron su restaurante—. Era muy divertido.
—Sí, claro —murmuro. Para ella tal vez. Para mí, es solo otra cosa más por la que sentirme miserable.
El día pasa rápidamente, por fortuna. Cuando salgo ya son más de las diez de la noche y me siento nerviosa, sabiendo que no le obedecí a él. Me hace preguntarme qué hará para castigarme, y el pensamiento hace que un delicioso escalofrío me recorra por todo el cuerpo.
Dios, de verdad que estoy loca. Cada vez que me permito emocionarme o sentirme bien me recuerdo lo enfermo que es todo esto. Que sólo anhelo su compañía porque me quitó a todos a mi alrededor, y me siento tremendamente sola.
Llego a mi casa con el miedo y el ansia llenando mis venas, sabiendo que él vendrá.
Espero toda la noche, con el sueño llegando a ratos y despertando de vez en cuando, pero jamás aparece. Es hasta el día siguiente que despierto con un sobre a un lado. No tiene remitente, pero no lo necesito. Sé que él estuvo aquí, solo que no me di cuenta.
La nota es corta:
Debiste obedecerme.
Inhalo cuando me doy cuenta de que dentro del sobre hay unos cuantos miles de dólares. Es su forma de recalcar que quiere que no trabaje, y me ha dado más de lo que me pagan en un año de salario.
.
Todo el día me siento nerviosa. Esta vez es una sensación que no puedo quitarme de encima, y creo que es porque él me está vigilando. Antes eso me causaba malestar, pero ahora lo espero. Me siento más segura cuando me ve.
Y luego recuerdo que quiere matarme.
No quiere matarte, susurra una voz en mi interior. Sólo si no obedeces, recalca.
Ruedo los ojos para mí misma.
—¿Pero por qué? —Alice me mira confundida una vez que le explico que ya no voy a trabajar. Hago una mueca y me encojo de hombros, aunque el movimiento apenas se registra debido al suéter gigante que estoy usando. El que tapa la mayoría de mis heridas.
—Está distrayéndome de la escuela —miento.
—¿No necesitas el dinero? —pregunta con confusión. Ella sabe que apenas y me puedo mantener.
Miro hacia el suelo y con remordimiento susurro:
—Ya me las arreglaré —algunos de los billetes que me dio él me pican en el bolsillo. Con ellos, pagaré la renta de este mes y mi despensa.
Tal vez no debería aceptarlos, pero es lo mínimo que merezco por toda la angustia que me ha hecho pasar los últimos meses. Aunque, ¿no al aceptar su dinero también acepto que soy suya?
Llegará un momento donde habrá que pagar el precio. Y, por muy raro que parezca, por primera vez es algo que no me molesta en lo absoluto.
—¿Estás bien, Bella? —Alice insiste. Su habitual jovialidad está desaparecida en su rostro, y se ve preocupada—. Últimamente has estado actuando muy raro.
Nadie sabe de él. Me dirían lo que yo ya he hecho: ve a la policía. O me aconsejarían cambiarme de departamento. Ellos jamás entenderían que no importa a dónde vaya, él me seguirá, porque está obsesionado conmigo. Es tanta su ansía, que incluso yo comienzo a sentirla.
Mis brazos pican y me los froto distraídamente.
—Sí, simplemente la escuela me tiene mal —vuelvo a mentir, y me aseguro de soltar una media sonrisa—. No te preocupes por mí, Alice. Seguiré viniendo a verte, lo prometo.
Ella me devuelve el gesto, pero puedo ver en sus ojos que no está convencida.
—Claro, cariño —me tiende un sobre manila—. Toma.
Ya sé lo que es, y niego.
—No puedo aceptarlo —murmuro—. Te estoy dejando botada.
—No seas tonta. Yo sabía que alguna vez tenías que dejar el nido, simplemente no esperaba que fuera tan pronto —toma mi mano, y trato de ignorar el repele que siento por su tacto. Hace que tome el manila—. Te lo mereces, has trabajado arduamente aquí.
Medio sonrío.
—Gracias, Alice —no insisto y meto el dinero en la mochila. Luego me subo la capucha a la cabeza—. Me tengo que ir, pero pasaré luego.
—Claro, cariño. Sabes que siempre te recibiré.
—Lo sé, gracias. Nos vemos.
Llego a mi edificio de departamentos cuando el cielo ya está oscuro. La lluvia me ha tomado desprevenida a medio camino, por lo cual estoy mojada de pies a cabeza ya que decidí caminar.
Subo las escaleras de dos en dos, agarrando con fuerza el pasamanos ya que mis vans se sienten resbalosos contra el piso. El pasillo se siente lúgubre, como siempre, con la luz amarilla rebotando en los azulejos ochenteros.
Saco mis llaves y entro en mi departamento sin pensarlo, pero me doy cuenta enseguida de que algo se siente raro esta vez. Volteo hacia el enfrente, solo para darme cuenta de que la ventana que da hacia la escalera de incendios está abierta, y yo nunca dejo mis ventanas abiertas debido a que la intensa lluvia a veces entra por ellas.
Ni siquiera me da tiempo de inhalar de la sorpresa y prender la luz cuando una mano me tapa la boca y evita que el grito de terror salga de mí. Inmediatamente me veo en contra de un pecho duro, y sé de forma instintiva que es él.
Me ha seguido y ha llegado antes que yo, ya que está mojado por la lluvia. Su piel se siente fría contra la mía y recarga su cara en el hueco de mi cuello.
Es la primera vez que se me acerca tanto y en la que estoy consciente de lo que hace. Antes, se ha asegurado de empezar el espectáculo conmigo dormida, pero esta vez quiere que lo sienta desde el principio. Lo sé tanto como sé respirar. Es como si estuviéramos conectados.
Me toma dos segundos darme cuenta de todo esto, y para cuando mi mente se ha vuelto a conectar con mi cuerpo, lucho. Me retuerzo de su agarre, pero esto solo hace que me apriete con más fuerza. Lloriqueo mientras me levanta como si no pesara nada y me avienta contra mi colchón desvencijado.
Intento patearlo, pero él es más fuerte que yo y usa mi debilidad en mi contra. Sus piernas cubren las mías, dejándome inmovilizada, y usa esa ventaja para tomarme de las manos y amarrarlas con cinchos en el respaldar de mi cama. Ha venido preparado, y de alguna manera sé que esta noche es diferente.
—Déjame ir —pido—. Déjame ir o gritaré —amenazo.
—Oh, amor —murmura con un bufido, como si la sola idea le diera gracia. Mis ojos se están acostumbrando a la oscuridad, pero aún así no alcanzo a definir su cara correctamente—. Ambos sabemos que no lo harás.
Gruño.
—Pruébame.
Entierra su rostro en el hueco entre mi cuello y mis hombros. Lame con desesperación y me da pequeñas mordidas, como si no pudiera tener suficiente.
—Eso es justamente lo que tengo pensado hacer —gime después de succionar con hambre mi piel—. Lucha, amor. Ambos sabemos que eso es lo que te gusta.
Me retuerzo sonrojada cuando dice eso. La humillación bulle en mi sangre, y es lo suficientemente fuerte como para hacerme entrar en razón. Sin embargo, estoy a punto de pedir ayuda cuando me pone cinta en la boca, impidiéndome hablar. Gimo, y grito, pero apenas y me escucho.
—Así está mejor —murmura con diversión.
Alzo la pierna, dispuesto a patearlo y defenderme, pero él es más rápido, más fuerte, y está preparado para mi lucha. Me toma del tobillo deteniendo el golpe, y sus manos se apresuran hacia el botón de mis jeans, casi rompiéndolo con su brusquedad.
Mientras él me quita los pantalones y las bragas, yo grito a través de la cinta, pero parece que nadie me oirá. Solo estoy lastimando mi garganta, pero me niego a caer sin luchar.
Sus manos fuertes me agarran por debajo de las nalgas y me obliga a abrirme de piernas. Las lágrimas escurren de mi cara, porque ya sé lo que va a encontrar, y la vergüenza y la humillación corroen por mi cuerpo.
—Estás tan mojada, amor —susurra con reverencia. Suelto un sollozo sin más cuando siento sus dedos serpentear por mis pliegues y me estremezco de placer cuando arrastra mis jugos hacia mi clítoris, acariciándolo perezosamente. Se detiene un momento y aunque no puedo verlo, sé que se está dirigiendo a mí—. ¿Por qué lloras, amor? ¿Es porque te gusta esto?
No espera a mi respuesta, porque no se la puedo dar, e introduce dos de sus grandes dedos en mí. Siseo, pero el dolor se mezcla con el placer y mis pezones se erizan debajo de mi sudadera húmeda. Hace frío, pero lo único que siento es la succión que mis pliegues hacen en su mano, pues mi coño está ansioso de más. Trato de luchar, me retuerzo, pero sé que eso solo hace que él tenga más ganas de mí y, contra todas mis convicciones, mi lucha también hace que yo me excite más.
Porque me gusta esto. Porque la única razón por la que lloro es por la humillación de adorar que me obligue a hacer cosas que no quiero. Porque me genera placer que no me haya pedido permiso.
Él lo sabe. Conoce todo de mí, todo lo que me avergüenza, incluso las partes más oscuras.
Su palma masajea mi clítoris. No está siendo cuidadoso en sus movimientos, es brusco, y sus dedos golpean dentro de mí con la misma intensidad que su forma de ser. Me retuerzo, porque el placer está llegando a un punto álgido, y la necesidad de liberarme me llena. Me pica la vejiga, pero no quiero darle la satisfacción de hacerme llegar de nuevo.
—Vamos, amor. Sé que lo quieres —su mano taladra dentro de mí y a pesar de que me resisto, no puedo aguantarlo más. Con un gemido ahogado por la cinta en mi boca, me dejo ir al vacío. Mi coño ordeña sus dedos como si fuera su polla, ansioso por sentirse lleno. Mi liberación corre por sus manos y el colchón, y puedo sentir su respiración llena de satisfacción.
Sus dedos salen de mi con un plop, y por un momento creo que todo ha terminado como en noches anteriores, y que me ahogará contra la almohada para no tener la oportunidad de verlo irse. Sin embargo, no pasan más de unos segundos cuando escucho el tintineo de su cinturón.
—No —intento decir a través de la cinta—. No me hagas esto.
—No te entiendo, amor —dice, un tinte de regodeo empaña su voz—. No te preocupes, cuidaré de ti.
No soy virgen, pero cuando siento la cabeza de su polla estirando la entrada de mi canal, entro en pánico. Pataleo, intentando detenerlo, pero el murmura con satisfacción cuando se abre paso a través de mí, como si no le molestara para nada mi obvia reticencia.
—Eres mía, solo mía —gruñe, tomándome del tobillo y obligándome a abrirme de par en par. Mis brazos luchan contra los cinchos, pero lo único que consigo es lastimarme. Comienza a bombear lentamente, su polla estirándome de una manera deliciosa, y lucho contra las ganas de gemir. Mi coño se aprieta alrededor de su polla y él suelta un quejido de satisfacción—. Estás tan húmeda y apretada, amor. Tu coño es tan bueno que casi te perdono que no hayas esperado a que yo fuera el primero.
Lágrimas corren por mis mejillas, pero no por lo que me está haciendo, sino porque lo estoy disfrutando. Él se burla de mí, llenándome con su polla, y es tan bueno que siento el clímax formarse de nuevo en mi vientre. Ni siquiera necesita tocar mi clítoris, porque la sola idea de que lo que estamos haciendo es depravado, me consume lo suficiente como para perderme en el placer.
Sus caderas chocan con las mías en un ritmo enloquecido, y él alza mi suéter para enterrar su cara contra mis tetas, a las que chupa y muerde con desespero. Los dedos de mis pies se rizan con placer por la atención que le está dando a mis pezones, y cuando su pelvis choca contra mi clítoris con estocadas violentas y salvajes, mi coño comienza a ondularse a su alrededor. Aprieto, ordeñándolo, obligándolo a darme su placer como él me está quitando el mío.
Él suelta un quejido desesperado y un segundo después siento su semen caliente llenar mi canal. Se entierra profundamente, asegurándose de que todo se quede en mi interior, y solo es hasta que la última gota sale, que él levanta su cabeza y se recuesta contra mi hombro.
—Te amo demasiado, amor —susurra.
Se acurruca a mi alrededor sin dejar de estar enterrado en mi coño. Su calor me pega por todas partes, y se siente tan correcto que cierro los ojos con placer, a pesar de que mis paredes vaginales siguen pulsando alrededor de su polla debido a las réplicas de mi intenso orgasmo.
Con el pasar de los minutos, me quedo dormida.
.
Despierto a la mañana siguiente solo para ver una intensa mirada verde grisácea mirándome. Los cinchos ya no están en mis manos y la cinta aislante se ha ido también.
Sonrío, como si todo estuviera bien en el mundo, a pesar de que puedo ver los nuevos moretones que se están formado en mis muñecas, en mis muslos, y seguramente en otras partes de mi cuerpo que no alcanzo a ver desde mi posesión. Hay varios, de tonalidades amarillas, verdes y moradas. No han sanado por completo cuando ya estoy recibiendo más.
Y a pesar de que es oscuro y está mal, me encanta.
—Hola —susurra Edward. Su mano libre, la que no pasa por debajo de mí para tenerme fuertemente acurrucada contra él, acaricia mi rostro—, ¿cómo te sientes?
Mi coño se aprieta, recordando el maltrato que recibió la noche anterior.
—Bien —contesto al fin. Me recargo en su palma y cierro los ojos, suspirando de satisfacción—. Muy bien.
No he salido de mi bruma postcoital a pesar de las horas que han pasado, pero al parecer Edward no tiene las mismas ideas que yo. Su mano se dirige a mi mandíbula y me aprieta hasta el punto del dolor, obligándome a abrir los ojos con alarma.
—¿Qué pasa? ¿Qué hice? —pregunto.
Sus ojos ya no están tan claros como hace un segundo, y sé que se avecina una tormenta. A pesar de que la mayoría del tiempo estamos bien (especialmente cuando jugamos como la noche anterior), muchas veces tenemos problemas. Edward siempre ha sido problemático y volátil, y las cosas siempre deben ser como él quiere. Se adapta perfectamente a mi personalidad sumisa, y las peleas son raras. Sin embargo, suceden.
—Te dije lo de Alice —me regaña. Su voz es suave, a pesar de todo, y contrasta con su maltrato.
—Lo siento, amor —me disculpo—. Pero renuncié ayer. Lo sabes.
Mi relación con Edward comenzó de una manera en la que la mayoría de las relaciones no deben empezar. Con sus cartas amenazantes y su insana obsesión hacía mí, descubrí que yo no estaba tan cuerda como aparentaba. Dentro de mí existe el ansía de complacerlo, de someterme a él en todo aspecto. Y funciona perfectamente con su agresividad.
Después de todo, él es mi acosador. Pero a mí me gusta su vigilia.
—No quiero que me vuelvas a desobedecer, amor —su pulgar recorre mi barbilla y sus ojos brillan llenos de fuego, pero la violencia se va tan rápido como llegó. A veces es así. Está enfermo, yo lo sé, pero no haría nada para cambiarlo.
—Te prometo que no lo haré —le digo para complacer. Me da una sonrisa y me acaricia, y me dejo llevar por él. Anoche no hubo mimos, los cuales son algo obligatorio después de que hacemos una escena. Me gusta que me fuerce, esperar lo inesperado, pero también necesito afecto con desesperación y él lo sabe.
Lentamente me alza, desplazándome hacia su regazo. Mis piernas quedan a horcajadas de él, y su polla palpita contra mi muslo, aunque no hace ningún intento por llenarme de nuevo. Se limita a acariciar mi espalda mientras me recargo en él, haciendo círculos tranquilizadores y peinando mi cabello. Murmura palabras de amor en mi oído y yo suspiro con satisfacción, dejándome llevar. Adoro las mañanas así.
No me importa que Edward me haya amenazado múltiples veces. Prefiero vivir con la expectativa de que algún día me matará a estar sin él. Muchas personas me llamarían enferma por elegir voluntariamente este estilo de vida, pero jamás lo entenderían y yo no espero que lo hagan.
Me he separado de mi familia, de mis amigos y de todos solo para hacerlo feliz, y él ha hecho lo mismo por mí a cambio. Porque parece que no, pero los dos estamos en igualdad de condiciones. Así como él me tiene atada, yo lo tengo envuelto alrededor de mi dedo, y sé que haría lo que fuera por mí.
Esto que compartimos es enfermo, desviado, y difícil de entender para los demás. Pero no importa, porque es nuestro.
Y nunca antes he estado tan feliz como ahora.
Helloouuuu, hola hola. Si llegaste hasta aquí mis respetos, porque yo sé que esta temática no es algo que le guste a la mayoría, pero a mí sí así que por eso a veces escribo estas cosas (guiño, guiño).
Hace como un año intenté escribir una historia parecida a esta, con un Edward violento/obsesionado y no tuvo muy buen recibimiento porque a la mayoría les gustan los Edward más soft, así que la terminé borrando. Pero esta vez decidí irme como gorda en tobogán sin importar las opiniones y con esto nació Deviant. Estoy consciente de que con esta historia toco temas fuertes, como la falta de consentimiento y la violencia en una relación, así que sé que no es material para todas, pero en caso de que si y quieran leer más cosas de este estilo mándenme dm por fb y les doy recomendaciones de libros cochinos jajajaj
Y en caso de que les gusten las historias con altas red flags como esta, las invito a leer Meant to be, otro OS que escribí hace un año (¡como se pasa el tiempo! me acabo de dar cuenta). Está en mi perfil ;)
En fin, espero sus reviews; ya saben con toda la amabilidad del mundo en caso de que vayan a comentar algo negativo, porque sino me awito. Todas las opiniones son bien recibidas, por supuesto, siempre y cuando sean amables. Sino ya saben no me tiembla la mano a la hora de borrar reviews lol
Bueno ya, mucho texto jaja, recuerden que pueden seguirme en mi grupo de fb SpicyDreams FF donde publico mis adaptaciones de libros muy cool.
¡Nos vemos!
