Título: Run, Kagome, Run.
Resumen: Tu vida está a un quizás de terminar. ¡Corre, Kagome, no dejes de correr! Corre porque el cazador está justo detrás de ti. Corre porque estás a punto de morir #Halloween23
Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen, así que solamente disfrutad de cómo juego con los personajes de la gran Rumiko Takahashi.
¡Espero que os guste!
Sentía las plantas de los pies en carne viva.
Me era imposible dar un paso más pero sabía (claro que lo sabía) que si paraba, si me detenía ahora, terminaría convertida en una masa sanguinolenta de dolor y muerte. Las erráticas respiraciones que soltaban mis pulmones en este instante quizá podían ser en las últimas que diera. Toda yo podría desaparecer en cualquier momento de un plumazo o, mejor dicho, de un golpe de garras.
Corrí, corrí, corrí.
Mi piel ardía debido a las numerosas heridas que el ramaje del bosque me causaba y notaba la viscosidad de la sangre deslizándose por mi mejilla, una mejilla que seguramente estaría sucia, terrosa y llena de sudor; así como también por mi brazo derecho y en algunas zonas de mis pantorrillas.
Nunca me había asustado la sangre. Ni siquiera cuando me caí a un pozo con doce años y me hice un tajo en el brazo. Algunos de los hombres que vinieron a socorrerme tuvieron que sentarse, con la piel pálida y el rostro desencajado, ante la grotesca imagen de mi herida. Yo, sin embargo, me había limitado a mirarlos a todos con los ojos abiertos como platos, seguramente con los mismos que tendría un cervatillo delante de quién terminaría siendo su verdugo. No derramé ni una sola lágrima.
Pero ahora, en este momento exacto, sabía que cada gota derramada de mi cuerpo era una oportunidad menos que tenía de escapar.
Porque mi olor le atraería con más facilidad.
No que realmente creyera que pudiera escapar de él, pero una pequeña voz en mi cabeza me susurraba quizá quizás quizá, y yo no podía ignorarla. No quería. No ahora. No después de todo.
No cuando en realidad yo era una inocente en este macabro juego de persecución.
Continué corriendo, los árboles convirtiéndose en borrones a ambos lados de mí, y en medio del miedo, el horror, la ira y la adrenalina que era mi cuerpo, noté una pizca de sorpresa por no haberme tropezado o chocado con los incontables obstáculos de mi camino. Ese quizá quizá quizá se fue haciendo cada vez más fuerte en mi cabeza y aunque era consciente de que debía acallarlo por mi bien, no lo hice. Me aferré a él como ese día en el pozo lo hice a la cuerda que subía el cubo, la cual no solté incluso después de me hubieran sacado a la superficie.
El chasquido de una rama a mi espalda penetró en mi cabeza.
Mis piernas fallaron por una milésima de segundo, lo suficiente como para hacerme trastabillar por una rama del camino, pero hice aspavientos de manos y conseguí mantener el equilibrio. Corrí, corrí, corrí.
Un gruñido de perversa diversión reverberó en el bosque, y este se clavó en mi estómago como una saeta.
Sentí la bilis ascender por mi garganta.
Y corrí, corrí, no dejé de correr... hasta que, delante de mí, me topé con un pronunciado terraplén. Casi derrapé en el suelo cuando me detuve para evitar caer desde tantos metros y me quedé mirando con los ojos como plato y la respiración errática lo que tenía frente a mis ojos. El acantilado era alto, muy alto, y se alzaba por encima de una gran masa de agua, la cual estaba rodeado por kilómetros y kilómetros de más bosque.
El horror, viscoso y cálido como la sangre fue deslizándose por cada nervio, por cada poro de mi piel, causando que mis pulmones y mente dejasen de funcionar.
No, no podía ser... No ahora... No cuando creí, por un estúpido momento, que...
Un nuevo gruñido se oyó a pocos metros de mí (cerca, cerca, más cerca, ya casi lo tenía encima) y eché un rápido vistazo por encima de mi hombro. Apenas podía ver entrever por entre la línea de árboles pero era consciente de que me quedaban segundos de vida. De que pronto llegaría a mi.
Que cada gota de sangre, sudor y lágrima derramada no había servido para nada.
No, no podía detenerme. No podía rendirme ahora, porque si lo hacía, lo único que me quedaba era la muerte.
Tenía que luchar, un último esfuerzo. Lo suficiente como para saber cuando llegase mi final, que había dado todo de mí...
Miré de nuevo al acantilado y sin dudarlo ni un instante, di dos pasos hacia atrás, me detuve... y entonces eché a correr. Salté, y nunca me sentí más viva que cuando noté el aire golpeándome en cada centímetro de piel.
Grité mientras caía hasta que los pulmones dejaron de funcionarme.
·
·
—Dime, ¿soy la más bella de este reino?
—No, no lo eres.
—¿Cómo es posible? ¿Quién es ella? ¿Dónde está?
—Es una muchacha más joven y más guapa que tú. Reside en tu mismo palacio como sirvienta.
—¿Quién me supera en belleza? ¡Dime ahora mismo su nombre!
—Kagome. Ella es la más bella del reino, y a menos que la mates, nunca podrás superarla...
·
·
Desperté con la sensación de que me ardía cada centímetro del cuerpo. Con la certeza de que cada inspiración y expiración de mis pulmones era un regalo, pero también un castigo. Con la desesperanza de que cada latido de mi corazón era la dilatación de mi funesto final.
Porque había sobrevivido, sí, pero por cuánto tiempo...
Me costó un triunfo abrir los ojos, pero finalmente pude conseguirlo y descubrí que estaba a las orillas del lago. Mi ropa estaba arrugada y húmeda, que no empapada, lo que me ayudó a entender de que había pasado tiempo después de que hubiera salido del agua.
¿Pero cómo...? Apenas recordaba nada después de saltar al lago y haber chocado con la superficie del agua. ¿Cómo había terminado en la orilla? ¿Cómo había llegado hasta aquí?
Intenté incorporarme y un siseo escapó de mis labios cuando pude apoyarme sobre mis codos. Sin embargo, el dolor quedó relegado a un segundo lugar al sentir un peso inesperado en mi regazo. Rápidamente bajé la cabeza y cuál fue mi sorpresa al encontrar trozos de telas de animal amontonadas ahí, como si anteriormente me hubieran estado tapando y al levantarme, estas hubieran caído por el movimiento.
¿Pero qué...?
Miré a mi alrededor, no sabiendo bien qué más podía encontrarme que pudiera darme alguna pista de lo que había pasado, y aunque el lugar estaba desierto...
Mis ojos se toparon con una pequeña hoguera. Y con un fuego casi extinto. Y con siete troncos, vacíos, colocados alrededor de esta.
¿Entonces sí habían venido a salvarme? ¿Pero quién? ¿Y, más importante, dónde estaban ahora? ¿Se habían ido y me habían dejado atrás? ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando?
Hice fuerza con mis manos para sentarme del todo en el suelo y toqué la suave piel de las mantas. Ahora que me daba cuenta también había siete trozos, solo que más pequeños de lo que sería una manta normal. Estaban amontonadas encima de mí de forma que me cubriera todo el cuerpo.
¿Qué estaba pasando...?
Espera. No tenía tiempo para ponerme a pensar en todo esto. Debía aprovechar los minutos de libertad que me tenía para volver a escapar. Quizá la mala suerte no me había golpeado del todo y sí tenía alguna oportunidad de ser libre.
De sobrevivir.
Intenté ponerme de pie y todo mi cuerpo agonizó por el dolor, sobre todo las plantas de los pies llenas de cortes, pero me tragué mis gemidos de dolor y empecé a andar, adentrándome en el bosque que rodeaba las orillas del lago. Cojeaba un poco y mi visión se sentía un poco turbia, pero apreté el paso. Ya había perdido demasiado tiempo desmayada (me ponía aun más nerviosa el no saber cuánto); tenía que irme lejos, muy lejos de aquí, y poner la máxima distancia posible entre mi cazador y yo. No tenía un destino fijado, pero asumí que lo mejor sería alejarme en la dirección opuesta al lago y el terraplén, esperando encontrar un lugar en el que poder esconderme por unas horas. O días. O semanas.
O incluso años.
Lo que fuera necesario para permanecer con vida.
Crack.
El sonido de una rama astillándose a mi espalda hizo que perdiera los nervios y tropezada con cualquier cosa del camino. Mis rodillas se rasparon con la tierra, así como las palmas de mis manos cuando pude ponerlas a tiempo para no golpearme la cara, y por un pequeño instante me quedé paralizada en el suelo mientras mi cuerpo absorbía el dolor con... inquietante normalidad.
Al parecer, se estaba acostumbrando después de las últimas horas.
Apretando los dientes, sacudí la cabeza para despejarme y me forcé a ponerme de pie. En ese momento, oí el eco lejano de un gruñido y mis piernas amenazaron con volver a doblarse.
Mis ojos buscaron a mi alrededor y no fue hasta ese segundo exacto que no me di cuenta de que no... se oía nada. Nada más allá de mi respiración agitada, el latido furiosos de mi corazón.
Y todo el mundo sabía que cuando el silencio se asentaba en el bosque era porque el peligro se acercaba.
Ya estaba aquí.
Me había encontrado.
Otra vez.
No había escapatoria. No podría...
—¡¿Qué quieres de mi?!— grité sintiendo como mi garganta se desgarraba por los gritos— ¡No te he hecho nada! ¡No le he hecho nunca ningún mal a nadie! ¡¿Por qué vienes a por mi?!
Sentía su mirada en mí aunque por más que mirara a todas partes no viera nada extraño, nada fuera de lugar. Me estaba observando entre las copas de los árboles, seguramente disfrutando y saboreando mi miedo, mi desesperación.
Tal vez mi castigo no había concluido, pensé con desesperación, y a este cazador le gustaba jugar con su presa antes de matarla. Quizá era verdad todos los rumores que se circulaban en torno la bestia y que yo tan escéptica había sido siempre.
—P-por favor. Por favor, d-déjame vivir. No volveré al castillo. Nunca, jamás. P-por favor. Déjame e-es-escapar. Huiré le-lejos y nunca vo-vol-volverás a verme. Por favor, por favor, por favor. No me m-ma-mates...
Escuché el crujido de una rama un segundo antes de que un sonido seco reverberara en el silencio que me rodeaba. Tuvo lugar a mi espalda, así que rápidamente me di la vuelta para quedar cara a cara con lo ocurrido.
Mi respiración se detuvo súbitamente.
Porque ahí, delante de mí, había... un muchacho.
No, no era un muchacho, me di cuenta al segundo siguiente. Nunca podría serlo. No con esos brillantes ojos rojos como la sangre clavados en mi. No con esos colmillos que sobresalían de unos carnosos labios curvados en una mueca de interés. No con esas cicatrices violáceas en forma de rayos en ambas mejillas que le hacían parecer más peligroso.
Nadie en su sano juicio calificaría a Taisho como "un muchacho" porque él nunca lo fue.
Considerado como La Bestia en los bosques de Shikon, se encargaba de todos los "trabajos sucios" y "problemas engorrosos" de todo aquel que tuviera suficiente dinero como para pagar sus altísimas cuotas. Y quién empleaba a Taisho tenía la certeza de que el asunto que tenía entre manos acabaría resuelto porque nadie, y cuando digo nadie es absolutamente nadie, escapaba de él.
Muchísimo menos con mi patético intento por pedir clemencia.
Yo eso lo sabía. La calle estaba llena de asustadas murmuraciones en torno a la figura de Taisho y yo había oído cada una de ellas como quién oye llover dentro de casa. Creía que esos problemas nunca llamarían a mi puerta, nunca tendría que vivirlos. Pero ahora, en el momento de la verdad, cuando entendí finalmente que mi vida estaba en sus manos, o en sus garras, y que no había marcha atrás... cuando sentía la desesperación abriéndose paso por mi pecho a mordiscos, la razón no me era ningún consuelo y las palabras brotaban solas de mi boca:
—Por favor— supliqué y esta vez mis piernas cedieron, dejándome de rodillas sobre el arisco suelo. Apenas noté el dolor ascendiendo por mis rodillas pues toda mi atención estaba puesta en su rostro, en la forma en la que mínimamente ladeó la cabeza sin apartar su atención de mi— No-No sé quién te ha mandado a por mi, pe-pero te prometo que no he hecho nada ma-malo.
—No siempre me hacen buscar a personas que lo merezcan.
Escucharlo hablar me sorprendió más que si se hubiera puesto a bailar de repente. No sabía por qué pero nunca esperé que lo hiciera; al menos, no conmigo. Por más ruegos que le hubiera hecho, no creí que tomaría mis palabras en consideración y me devolvería una respuesta.
Sentí mi respiración atragantarse, así como mi respiración detenerse, y mi cabeza de irguió.
Una lenta sonrisa se formó en sus labios. Esta carecía de cualquier rastro de humor y consiguió ponerme todos los vellos de punta.
—¿Por qué yo?— susurré.
—Ni lo sé, ni me interesa— dijo bruscamente, y su voz sonó más ronca, quizás un poco más... ¿animal?— Yo solo acato órdenes de los que me pagan. Y por ti, niña, dieron una buena suma de dinero...— sus manos se crisparon a la altura de su pecho, causando que mi atención se fijara en sus filosas garras.
Mi cuerpo entero se echó a temblar.
—¿Quién?
—¿De verdad quieres saberlo?
No. Sí. No sé...
Ante mi silencio, Taisho arqueó una ceja. Exploté:
—No me importa. No debería importarme. Pero no entiendo como alguien puede odiarme tanto como para desear... mi... mi muerte— jadeé, mis manos convirtiéndose en puño encima de mi regazo. Temblaban tanto que me costaba mantenerlas así— Si vas a hacerlo, al menos dime quién lo hi-hizo. E-es lo único que te pido.
Inclinó la cabeza hacia el otro lado con un tinte de curiosidad.
—¿En qué te ayudaría eso?— dijo, y sonó profundamente confundido— No eres la primera que me haces ese último pedido, pero no entiendo para qué quieres saberlo, si no vas a poner hacer nada con la información.
No sé qué me asustó más: el hecho de que hablara tan tranquilamente de mi... final, o que estuviera replanteándose esa pregunta filosófica frente a mis ojos sin parpadear. Que, en realidad, esperase una respuesta por mi parte.
Sentí la furia erupcionar en mi interior, y por un pequeño instante me olvidé de todo: del miedo, de la angustia, del dolor... Me olvidé de todo y solo me aferré a esa corriente de lava que recorrió mis venas y me impulsaba a hacer algo, cualquier cosa.
Así que me moví y dentro de ese cualquier cosa, por supuesto, estaba coger la primera roca grande que encontrara en el suelo y tirársela con todas mis fuerzas.
En dirección a la cara.
Taisho se sorprendió, pero tal y como esperé pudo esquivar perfectamente bien el golpe. Sin embargo, lo que me a mi me interesaba no era darle, sino el par de segundos en el que bajó la guardia; tiempo que aproveché poniéndome de pie y empezando a correr en dirección contraria.
Quizás, quizás, quizás...
—Bueno, estuvo bien la charla mientras duró— oí su voz mientras me alejaba— Ahora toca trabajar.
Segundos después, había caído delante de mí en el camino. Mi primer reflejo fue el de gritar de la impresión y cambiar la dirección de mis pasos, desviándome hacia la izquierda. Sentí la tierra clavándose en las heridas de mis pies al derrapar y las lágrimas se amontonaron en mis ojos. Lo escuché a mi espalda, por encima del atronador bombeo de mi corazón... y una vez más lo vi caer frente a mí de un potente salto.
Sollocé en voz alta, encogiéndome sobre mí misma, y alzando los brazos en un patético intento por protegerme.
—¡No!
El tiempo pareció ralentizarse y creí verlo mirarme con las garras preparadas para despellejarme. Sus ojos del color de la sangre se vieron profundos, oscuros e... insondables. Y su rostro... oh, era la muerte encarnada.
—Nunca deberíamos habernos conocido, niña— susurró por lo bajo, casi parecía que las palabras no eran para mi, sino que se las decía a sí mismo..., y entonces se lanzó a por mí.
El aire quedó atascado en mis pulmones cuando una mano me rodeó el cuello, esas manos, sus manos, y la tierra desapareció bajo mis pies. Quedé colgando en el aire, mi espalda golpeando el tronco de un árbol y la imponente presencia de Taisho a unos centímetros de mi.
Desde esta distancia se veía más peligroso que nunca.
Las lágrimas ya se deslizaban por mis mejillas imparables y aunque quería sollozar y sacudirme para soltarme, por fin, por fin, había entendido que este era mi final. Que no tendría forma de escapar. Que nunca la tuve. Así que me quedé quita, con mis pulmones luchando por conseguir aire y ambas manos sujetando la muñeca que me tenía retenida.
Miré esos ojos borgoñas. Me enfrenté a ellos, y un sentimiento vagamente familiar empezó a aflorar en mi pecho. O quizás sería el mareo, mi cuerpo exigiendo oxígeno, mi consciencia sabiendo que todo había terminado.
Taisho sonrió, sus colmillos mostrándose.
Vagamente pensé que se veía terrorífico, pero también apuesto. Que quizás, si nos hubiéramos conocidos en otras circunstancias, él... yo...
Apenas podía sostener los pensamientos. Apenas podía pensar ya. Me dolía el cuerpo. Me dolía todo.
Yo...
—¡Suéltala, perro sarnoso!
Un repentino fogonazo en mi trasero me sacó de mi estupor y tosí, tosí y volví a toser inclinándome hacia delante mientras el aire lentamente volvía a entrar por mis fosas nasales. Me llevé una mano a la garganta, que dolía, joder, mucho, y cerré los ojos sintiendo las lágrimas todavía deslizándose por mis mejillas.
¿Pero qué...?
Un rugido rabioso se escuchó en el lugar, el cual reconocí. Inmediatamente, abrí los ojos y miré a mi alrededor. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme a Taisho dándome la espalda, encarándose a algo que estaba más allá de mi visión. Y a sus pies, literalmente a unos centímetros de sus pies, había incrustada un hacha en el suelo.
Un ataque que había sido errado.
Algo cálido empezó a extenderse por mi pecho y quizás quizás quizás sí...
—¿Creéis que podéis conmigo?— se burló Taisho, inclinándose en posición de ataque.
—¡Lárgate de nuestro territorio si no quieres que nos hagamos unas botas contigo, estúpido demonio!— gritó una voz masculina irritada.
Todavía con la vista un poco borrosa y el pecho ardiéndome, miré más allá del cazador y parpadeé. Una vez, y otra, y otra vez más, porque no me creía lo que estaba viendo. Era... Eran...
Eran siete hombres, de complexión enana, con ropa de extravagantes colores, unos gorritos puntiagudos y barbas pobladas. Todos estaban armados con hachas de apariencia filosa y se enfrentaban sin un ápice de miedo a Taisho.
¿Es que no sabían quién era?
—Malditos enanos, yo sí que me haré mondadientes con vuestros huesos— gruñó Taisho.
Uno de ellos, el que estaba detrás del hombrecillo de piel verdosa que había hablado; que tenía unos unos increíbles ojos azules y el cabello negro, me miró con aparente preocupación y...
Espera.
¿Ese no era Miroku? ¿Y el que había hablado, Jaken?
Y también estaba Shippo allí, y Totosai y... Jakotsu.
Y... no puede ser... ¿Hojo? ¿El de mi tiempo? ¿Con Akitoki, su antepasado?
¿Qué estaba pasando?
Pero eso no era lo más inverosímil no...
Desvié mi atención tan solo unos centímetros a la derecha y la realidad cayó sobre mí como yo misma lo hice horas antes en el lago. Brutalmente helada.
—¿I-Inu-Yasha?
Vi su cuerpo tensarse, quedarse paralizado un segundo, dos; y entonces lentamente girar la cabeza hacia mí para mirarme por encima del hombro.
Sus ojos repentinamente eran de un cálido ámbar, brillando en reconocimiento. Un parpadeo después, la angustia se desbordaba por su mirada como un tsunami, amenazando con ahogarme en ella.
—Kagome...
En otro parpadeo estaba enfrente de mi, su rostro a tan solo un palmo de distancia.
—N-no pu-puedo...— dudó por primera vez. Parpadeó de nuevo y entonces... estaba la más absoluta e implacable frialdad en sus ojos dorados. Ni siquiera cuando nos conocimos a los pies del Gishinboku me había dedicado tal mirada. Me estremecí con fuerzas — Prometí que le llevaría a la Reina tu corazón, y es mi deber hacerlo.
Mi espalda golpeó con la superficie de un árbol por el empujón que me dio. Mis visión se nubló y lo vi alzar su mano empuñando las garras...
De pronto, el dolor explotó en mi pecho y antes de que pudiera gritar, el mundo se volvió negro.
·
·
·
—¡Nooooo!
—¿Kagome?— unas manos me sostuvieron el rostro mientras forzaba a mis pulmones el aire que creía que me faltaba— ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? Tienes el corazón a mil.
La realidad no hacía más que dar vueltas, y vueltas, y más vueltas, y entonces alcé la mirada, encontrándome con esos familiares orbes dorados. A pesar de la bruma de mis lágrimas pude atisbar cada detalle de lo que tenía delante de mí. Nunca, jamás, podría olvidarlo: Esos ojos, sus ojos.
InuYasha, mi InuYasha.
—Ha... ha sido una pesadilla— susurré temblorosa.
La tensión se suavizó en su expresión preocupada y pétrea y lo vi expulsar todo el aire de golpe. Me atrajo hacia él de un movimiento. Y mientras me refugiaba en los brazos de mi medio demonio, el lugar más seguro que podía existir en el universo, tuve un pensamiento repentino:
No volveré a ver una maratón de películas de miedo con Souta. Jamás. Ni por Halloween.
Aunque...
¿Por qué demonios habían aparecido los enanos de Blancanieves en mi sueño?
¿Y por qué ellos?
Me estremecí fuertemente, y en respuesta, InuYasha acercó aún más a él.
Empezó siendo un relato de terror que evolucionaría a humor, pero, seamos sinceros, no ha quedado ni lo uno ni lo otro. Supongo que me es imposible hacer algo terrorífico con InuYasha y Kagome de protagonistas. No con ellos enfrentándose, al menos. Y con respecto a humor... bueno, eso lo dejo a vuestra opinión. Ni si quiera yo sé donde meter esta... ¿cosa estrambótica?
De todas formas aquí dejo mi terrorífica (?) aportación para este Halloween 2023.
Aunque, pensándolo bien... ¿imaginarme a Miroku, Jaken, Jakotsu, Totosai, Hojo, Akitoki y Shippo como los enanitos (entenderme: misma estatura, mismos outfit y mismas barbas)? Seh... estremecedoramente irrisorio.
¿Qué os ha parecido? ¡Contadme!
Pd:
Para que entendáis un poco el esquema en mi cabeza, que con el ritmo rápido de la escena apenas he podido ahondar mucho en el tema, la plantilla de los enanitos quedaba así:
-Sabio: Miroku
-Gruñón: Jaken
-Feliz/Bonachón: Jakotsu
-Dormilón: Totosai
-Tímido/Romántico: Hojo
-Mocoso/Estornudo/Alérgico: Akitoki
-Mudito/Tontín: Shippo
He intentando emparejar las personalidades para que me quedara lo más realista posible, jejeje
