¡Hola! Les traigo este fic KenUno, ya tenía ganas de escribir algo de ellos así en forma porque me encanta esta pareja y parece que no hay mucho material, así que aquí va mi aportación.

Bueno, espero que les guste n.n

Hay mucha introspección y muchos sentimientos encontrados.

Los personajes de Bleach no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.

VIEJAS HERIDAS

Kenpachi Zaraki rodó los ojos con fastidio cuando escuchó que alguien llamó a la puerta de su oficina. Ya sabía de antemano lo que era, así que ni siquiera se molestó en contestar. Simplemente se puso de pie dispuesto a asustar de muerte al shinigami que había llamado para decirle que no necesitaba su maldita ayuda. Sí, estaba herido después de su batalla con Ichigo Kurosaki, y sí, se había puesto unas vendas improvisadas para detener el sangrado, pero definitivamente no necesitaba atención médica. Eso era para los débiles, su cuerpo podía soportar eso y más, y no se iba a poner a llorar por unas cuantas cortaditas.

-Si no te largas de una puta vez…

Kenpachi se quedó mudo cuando vio de quién se trataba. No era un simple shinigami que venía a ofrecer primeros auxilios, era la mismísima Unohana Retsu, la capitana de la División Médica.

-Capitán -saludó la mujer con una sonrisa amable.

Kenpachi la vio de pies a cabeza sin responder el saludo. Unohana estaba usando su uniforme shinigami con el haori de su división, su zanpakutou no estaba a la vista, lo que indicaba que la había dejado en su oficina; su largo cabello negro iba atado como siempre en una trenza que le tapaba la cicatriz del pecho.

-¿Puedo pasar? -preguntó Unohana.

Kenpachi dudó un momento, pero luego se hizo a un lado para dejarla pasar. Si bien sabía a lo que la capitana había venido, no tuvo el valor para decirle que se marchara. Cerró la puerta después de que entró y se quedó de pie, viéndola como si fuera un espectro.

Unohana mantenía su sonrisa de siempre, amable y llena de ternura y comprensión, aunque Kenpachi sabía que era falsa y que su verdadera naturaleza distaba mucho de ello. Era una asesina y una criminal, podía engañar a los demás pero no a él, que la había conocido en la cúspide de sus batallas encarnecidas.

-No tienes que fingir conmigo -exclamó.

Unohana no hizo caso de su comentario. Miró a su alrededor, como esperando que Kenpachi le dijera que tomara asiento, aunque en realidad no creía en esa clase de formalidades de su parte. Kenpachi Zaraki era un hombre burdo, hosco y de pocas palabras, la amabilidad y los modales eran cosas ajenas a su estilo de vida.

Sin embargo, Kenpachi entendió casi de inmediato. Pasó junto a ella rozándole el hombro y jaló la silla que estaba enfrente de su escritorio para que se sentara. Y sin decir nada él mismo ocupó su asiento del otro lado. Estaba usando el uniforme shinigami con el haori roto y manchado de sangre. Su cabello iba suelto hacia atrás, se había quitado los curiosos cascabeles que siempre usaba.

Hubo un silencio incómodo por unos segundos. Unohana fue la primera en hablar.

-El capitán Yamamoto me mandó para atender tus heridas.

-No necesito que…

-No está a discusión -lo interrumpió.

-Tch, qué molestia -gruñó Kenpachi-. No necesito atención médica.

Aunque lo que quería decir en realidad era que no necesitaba su ayuda en específico. Si fuera cualquier otro shinigami podría resignarse y ya, pero viniendo de ella… ¿cómo podía aceptar los cuidados médicos de la mujer con la que alguna vez peleó a muerte? Le parecía absurdo.

Unohana mantuvo su expresión sonriente. Era divertido ver a Kenpachi en esa situación, parecía que, a pesar de los años, en el fondo seguía siendo tan sólo un niño que hacía berrinche cuando no conseguía lo que quería.

-No tomará demasiado -dijo para tranquilizarlo.

Se puso de pie y se acercó a Kenpachi, quien no le quitaba la vista de encima en ningún momento. Tenía muchas cortadas sobre todo en el torso, algunas cerca del cuello y otras más en el rostro, las cuales se sumarían a las cicatrices que tenía por todo el cuerpo.

-Quítate el uniforme -ordenó Unohana.

Kenpachi la miró sin decir nada. Unohana desvió la vista al darse cuenta de que lo que había dicho podía entenderse de otra manera.

-Me refiero a que te descubras el torso, las heridas…

-Ya sé a lo que te refieres.

Kenpachi obedeció a regañadientes y se quitó el haori hecho trizas. Lo arrojó al suelo sin delicadeza, para él era sólo un trozo de tela, un estorbo más que una insignia que lo marcaba como capitán dentro del Seireitei. Luego se bajó el uniforme hasta la cintura, revelando su cuerpo herido.

Unohana pasó saliva al ver su torso desnudo. Kenpachi Zaraki era probablemente uno de los shinigamis más musculosos y grandes que había visto en su vida. Los brazos y la espalda marcados, el abdomen, todo resultado de tanto entrenamiento e incontables peleas. Aun siendo quien era, Unohana no pudo evitar sentirse ligeramente intimidada. A diferencia de otros capitanes, Kenpachi era pura fuerza bruta. No sabía usar el kido, tampoco dominaba por completo el shunpo y desde luego no era el más brillante, pero aun así su poder era impresionante y su fuerza equiparable sólo a los ex capitanes de su mismo escuadrón. Un monstruo más que un hombre. Pero algo en su mirada le decía a Unohana que Kenpachi no era la pura corteza.

-¿Puedo? -preguntó antes de acercarse más.

Kenpachi se enderezó para que pudiera empezar a curarlo. Unohana le quitó las vendas ensangrentadas y las dejó junto al haori. Kenpachi hizo una mueca cuando le aplicó un líquido para desinfectarlas antes de empezar a curarlas.

-¿Duele? -preguntó Unohana con una sonrisa.

-No -gruñó Kenpachi.

-De acuerdo.

Unohana siguió limpiando las heridas. Se puso de rodillas frente a él para alcanzar las del abdomen sin tener que encorvarse y Kenpachi se puso de pie de un salto. Unohana lo miró sin comprender.

-No tienes que arrodillarte.

La jaló del brazo con brusquedad y la puso de pie sin esfuerzo alguno. Su rostro mostraba una mueca de enfado e incomodidad. De pronto parecía casi nervioso, algo que Unohana nunca creyó posible.

-Tengo que limpiar tus heridas.

-Ya están limpias, ¿qué sigue?

Unohana lo miró en silencio. Kenpachi se rehusaba a sostenerle la mirada, pero aflojó un poco su firme agarre alrededor de su brazo, dándose cuenta de que había exagerado al jalarla de esa manera. No tenía excusas, tampoco es que las hubiera externado si las tuviera, es sólo que…la respetaba demasiado como para verla de rodillas frente a él, aunque fuera sólo para curar sus heridas. Tal vez era una vieja costumbre, pues aunque ahora los dos tenían el mismo rango, no podía dejar de verla como su superior.

Aquella pelea…

No, no quería volver ahí.

Miró entonces su larga trenza, tapando la cicatriz de su esternón. Se preguntó si a veces palpitaba como la de él, o le ardía con éxtasis cuando estaba cerca de su límite, cerca de la muerte. Probablemente no. Unohana había abandonado el estilo de vida de los Kenpachi y se había dedicado de lleno al cuerpo médico. Curar heridas en vez de causarlas. Dos polos opuestos.

Pero en el fondo…

-Sólo termina con esto de una vez por todas -gruñó.

Unohana extendió las manos y empezó a curar sus heridas con el kaido. Una especie de niebla azul brillante cubría sus manos y el pecho de Kenpachi, cerrando las heridas casi instantáneamente. Regeneraba el tejido por capas, comenzando desde adentro con los órganos dañados hasta que cerraba por completo la capa de piel. Parecía casi irreal que alguien como Kenpachi pudiera recibir heridas de esa magnitud, cuando la realidad era que su piel era el hierro más resistente. Ese tal Ichigo Kurosaki debía ser muy fuerte.

Tenía sentido, si lo pensaba bien. Por lo general, la gente necesitaba un motivo para pelear. Defender sus ideales, salvar a un amigo o un ser querido, incluso sobrevivir… Todo eso era alimento para el alma, para su determinación y la raíz de su fuerza misma. Pero no para Kenpachi, y desde luego para ella tampoco. Para ellos, pelear era tan natural como respirar, un estado casi automático en el que se movían sus cuerpos, encadenados a sus zanpakutou, liberando constante energía que moldeaba sus mentes hacia la victoria. Porque no existía nada más. Sólo el choque de metales, la vibración de las espadas, la adrenalina corriendo por sus venas, la sed de sangre y el éxtasis del dolor con cada herida, lo cual pronto, muy pronto, se convertía en el placer más exquisito y agonizante. La gente que no necesitaba un motivo para pelear, en su opinión, era la más peligrosa.

Unohana se había acostumbrado tanto al olor de la sangre que cuando entró al cuerpo médico tuvo que reprimir sus ansias de pelea al máximo. El aroma ferroso entrando por su nariz y viajando hasta su cerebro para pulsar ese interruptor que le exigía una batalla, por el simple hecho de que podía. Pero la herida palpitante del pecho fue más fuerte. El recordatorio de que era débil, que aquella vida sangrienta y mortífera como capitana del Onceavo Escuadrón había terminado. Alguien más había llegado para tomar posesión del título, y lo único que pudo hacer fue retirarse y mantener un perfil bajo. Su cuerpo entró en una especie de letargo, como una hibernación. Su actitud y personalidad cambiaron y encontró que las relaciones entre iguales no eran tan malas después de todo, que había algo más que sangre y batallas en su vida.

Y después de varias generaciones de Kenpachis, cada uno más fuerte que el anterior, llegó Zaraki. Unohana estuvo tentada a pelear nuevamente con él. El hombre había crecido y madurado, nada quedaba de ese escuálido cuerpecillo infantil que con tanta bestialidad la había despojado del título. Su sed de sangre estaba latente, su energía espiritual densa como el humo más tóxico y nocivo, su aura diabólica metiéndose por debajo de la piel y causando pesadillas con una simple mirada. Se preguntó qué tan fuerte se había vuelto. Su espada y sus cicatrices contaban historias, incontables peleas y victorias.

Y en todos esos años, ¿qué había estado haciendo ella, sino fortaleciendo sus habilidades curativas? ¿Acaso se había vuelto débil? ¿Había perdido aquel fuego interior y ese brillo en sus ojos ante la mención de una batalla? Su vida era pasiva, su zanpakutou rara vez la acompañaba, encerrada en su división bajo llave. La vida en la Sociedad de Almas era pacífica, después de todo, por lo que no había necesidad de usarla, no después de exterminar a los Quincy.

Pero cuando se topó con Kenpachi Zaraki en los cuarteles ninguno de los dos supo qué decir. La había reconocido, eso era obvio, pero seguramente no veía en ella el rastro de aquella mujer con la que había peleado en el Rukongai tantos años atrás. De esa bestia sanguinaria que en el pasado no habría dudado en lanzarse a su yugular. Ahora era toda amabilidad y sonrisas. Unohana se preguntó qué pensaría de ella. ¿Estaría decepcionado, confundido? Era probable.

Mientras Kenpachi mostraba la cicatriz que surcaba su rostro con orgullo, ella escondía la suya bajo su espeso cabello negro y su nueva faceta de dulzura.

Además, ¿qué buscaba Kenpachi en las líneas del Gotei 13? Era un criminal al igual que ella. Bueno, hasta antes de reformarse. Yamamoto había hecho un buen trabajo con ella, incluso con el malnacido de Mayuri Kurotsuchi, que de no ostentar el título de capitán todavía estaría refundido en el Nido de Gusanos. Qué poco los separaba de la vida turbia y oscura. Un título. Un simple título y tal vez el reconocimiento de sus semejantes.

¿Qué la diferenciaba de él? Sabía la respuesta pero no le gustaba decirla en voz alta. La cobardía, el miedo, el rencor, el dolor. Kenpachi nunca había sido bueno mostrando sus sentimientos, pero no se comparaba con Unohana que los había enterrado en lo más profundo de su ser, tal vez para nunca resurgir.

Kenpachi la observó mientras trabajaba en su cuerpo. Su mente volviendo siempre al mismo punto cuando la conoció y cuando cruzaron espadas por primera vez. Entrecerró los ojos y quiso enfocarse en su aura para ver si percibía aunque fuera un atisbo de deseo de lucha, pero estaba completamente suprimido. La mujer que tenía frente a él no se parecía en nada a esa diosa de la guerra que tanto admiraba.

-Yachiru…

Se dio cuenta demasiado tarde de que había pronunciado su nombre en voz alta. Las manos de Unohana se detuvieron por un segundo antes de reanudar su labor.

-No me digas Yachiru, ya no respondo a ese nombre.

Kenpachi sintió extraño al escuchar esas palabras. El nombre de Yachiru significaba mucho para él, era el nombre de la única shinigami con la que había podido pelear de igual a igual. Lo había marcado tanto que decidió nombrar así a la niña que más tarde se convertiría en la teniente de su división, y cada vez que la llamaba no podía evitar pensar en ella.

-Lo siento, la costumbre.

Unohana sonrió. Kenpachi desvió la vista, incómodo. Seguramente no quería empezar a recordar su pasado.

-Eres buena con el kaido.

-Al menos lo intento.

-No hagas eso.

-¿Hacer qué?

-No seas modesta. No queda contigo.

-Querrás decir que no queda con la imagen que tienes de mí.

-Di lo que quieras, pero te conozco. Sé que no eres así.

-La parte de mí que conoces no lo es. Pero también puedo ser una persona amable y cuidadosa.

-Ambos sabemos que no es cierto. Amas las peleas y la sangre tanto como yo.

-Y ahora estoy a cargo de la división médica, ¿qué te dice eso?

Kenpachi lo pensó un momento hasta que dio con la respuesta, tan natural que se deslizó por sus labios.

-Que estás huyendo de mí.

Unohana frunció el ceño y Kenpachi pasó saliva pesadamente, como si esa mínima muestra de enojo lo hubiera puesto nervioso de repente.

-¿Por qué crees que huyo de ti?

-Por...

Kenpachi no supo qué decir. Era bastante absurdo, ahora que lo pensaba. Que Unohana huyera de él o lo evitara por cualquier razón. No estaba asustada de pelear, eso le quedaba muy claro, pero tal vez era porque él le recordaba las cosas que estaba tratando de olvidar. Si había decidido dedicarse a los cuidados médicos era porque tenía sus propios motivos, y no significaba que él tuviera algo que ver.

-Listo, ya quedó -dijo Unohana bajando las manos, como si la breve conversación de antes no hubiera tenido lugar. El brillo alrededor del torso de Kenpachi desapareció-. Es lo más que puedo hacer por ti, de todas formas. Las heridas más profundas tardarán un poco más en sanar, pero no debería haber problema para alguien como tú.

-Alguien como yo -repitió Kenpachi.

-Me refiero a que tienes una excelente condición física -respondió Unohana mientras le envolvía el torso y el hombro izquierdo con unas cuantas vendas-. Puedes reanudar tus labores normales, pero deberías descansar un poco.

-Sabes que no lo haré.

Unohana sonrió y se puso de pie.

-Supongo que no. Estamos en estado de alerta, después de todo; pero igual tenía que intentarlo.

-¿Ya te vas?

-Tengo que volver a mi división.

Kenpachi asintió y se puso de pie. Unohana tuvo que voltear hacia arriba para verlo a la cara, la diferencia de estaturas era bastante. Kenpachi se rascó nervioso la cabeza.

-Tengo un poco de sake guardado por aquí -dijo y empezó a buscar en los cajones y a revolver sus cosas.

-No, en serio tengo que irme. Mejor en otra...

Kenpachi encontró la botella y se la mostró. Su mirada indicaba que esperaba que se quedara un poco más. Unohana vio de nuevo los ojos del niño ensangrentado sobre una pila de cadáveres. Volvió a sentarse.

-Bueno, supongo que no pasa nada si me quedo un rato más. Estoy segura de que Isane tiene todo bajo control.

Kenpachi sacó dos vasitos para el sake y los llenó, luego deslizó uno por la mesa hasta dejarlo frente a Unohana. La shinigami lo miró y ensanchó su sonrisa al tomarlo. Ahora que lo pensaba, era la primera vez que compartía una bebida con Kenpachi. Se sentía extraño, estar sujetando un vasito de sake contra sus labios y no una zanpakutou contra su cuello. Kenpachi apuró el suyo de un trago y se sirvió otro.

-¿Qué fue lo que pasó?

-Por lo que sé, hay cinco ryokas en…

-Y un carajo -gruñó Kenpachi. Era obvio que no se refería a la invasión del Seireitei por parte de Ichigo Kurosaki y sus amigos. Era una pregunta personal. Quería saber qué fue lo que pasó con ella, por qué el cambio repentino hasta casi desaparecer por completo.

Unohana cerró los ojos y bebió otro pequeño sorbo de sake.

-No sé de qué estás hablan…

Kenpachi se levantó y golpeó la mesa, haciendo vibrar la botella. No soportaba que quisiera verle la cara. Sabía bien de qué estaba hablando. ¿Por qué evadía su pregunta?

-Exijo una respuesta.

-Capitán, no creo que…

-Eres una cobarde.

-¿Qué?

-Que eres una maldita cobarde. Mírate, no puedes ni siquiera mirarme a los ojos y darme una explicación.

-No sé qué quieres que te diga.

-¡La verdad! ¿Qué mierda pasó contigo? ¿Dónde está la shinigami con la que peleé hace tantos años?

Unohana se levantó y lo encaró. Tenía el ceño fruncido, pero más que enojo había dolor en su rostro.

-No tienes derecho a cuestionarme.

Kenpachi salvó la distancia que los separaba de dos largas zancadas y se paró frente a ella, encorvando su cuerpo ligeramente para poder verla a la cara. Unohana le sostuvo la mirada, pero no se veía intimidada. Cualquier otro shinigami habría salido corriendo. Tal vez sí quedaba un poco de la mujer temeraria que recordaba.

-Tengo todo el derecho de hacerlo. ¿Ya olvidaste esto? -Kenpachi señaló la cicatriz que le cruzaba medio rostro.

-No lo he olvidado.

-¿Por qué cubres tu cicatriz? ¿Por qué no cargas tu zanpakutou? Ni siquiera ahora que estamos bajo ataque…

-La división médica es…

-¡Al carajo la división médica, estoy hablando de ti!

-No te atrevas…

-¡Entonces dime por qué…!

-¡Porque tenía miedo!

Kenpachi abrió los ojos con sorpresa. Unohana respiraba entrecortadamente. El silencio se prolongó unos segundos, sólo los latidos de ambos retumbaban en sus oídos.

Miedo, repitió Kenpachi en su mente. Era una palabra que nunca antes había asociado con Yachiru. Era casi la antítesis de su nombre. La mujer que dominaba más de ocho mil estilos de pelea no podía sentir miedo. Y sin embargo, sabía que no le estaba mintiendo. Su mirada era transparente, sus labios rosados y entreabiertos temblaban ligeramente.

Unohana desvió la vista.

-Tenía miedo -repitió-. La derrota es algo escalofriante, ¿no lo crees?

Kenpachi pensó en su reciente pelea con Ichigo Kurosaki. Lo era. Sentirse indefenso, haber librado la muerte por tan poco…

-¿Qué más podía hacer, sino renunciar a todo? Era la shinigami más fuerte de todos, y fui derrotada por un niño. En ese momento entendí que mi era había terminado. Era momento de pasar página. Enfocarme en otras cosas, vivir un poco, para variar.

Kenpachi no lo entendía del todo. A su forma de ver las cosas, si sufría una derrota lo que tenía que hacer era volverse más fuerte, no renunciar a las batallas. ¿Cuál era el punto? Lo mejor era buscar la revancha y vencer, o morir en el intento. Así de simple.

Pero tal vez era más que eso. Los ojos de Unohana escondían más, algo que no le estaba diciendo.

Entonces lo comprendió, aunque demasiado tarde. Él había sido el causante de todo. Aunque cualquiera diría que él había ganado, en realidad su pelea se había visto inconclusa. Él mismo la había detenido al reprimir su verdadera fuerza para no matarla en aquel momento. Y Unohana lo supo. La herida en el pecho pudo ser mortal, pero ahí estaba, después de tantos siglos, convertida en una simple cicatriz.

Y lo que es peor: ahora entendía por qué la cubría con su cabello.

Era vergüenza. La primera Kenpachi, la shinigami más fuerte de todos, no había podido matar a un niño, y no sólo eso, sino que el niño se había contenido para no matarla. Le había perdonado la vida inconscientemente porque en el fondo sabía que era la única con la que podía pelear de esa manera, pero al hacerlo la había hecho caer en desgracia.

¿Por qué se alejó del Escuadrón Once y se dedicó a las artes médicas? La respuesta era sencilla, sólo que había estado demasiado ciego para verlo. Era la vergüenza de no poder ostentar más el título de Kenpachi.

Se sentía como un completo idiota. Juzgándola desde su posición y exigiéndole una explicación por lo que había hecho. Sus palabras debieron doler como espadas clavadas en el cuerpo.

-Yachiru… -no sabía qué decir para arreglarlo.

Unohana vio el dolor en sus ojos y su corazón se estremeció. ¿Quién podía decir que sabía lo que Kenpachi Zaraki estaba pensando? El hombre era un misterio, mostrando únicamente una sola faceta al mundo, la del guerrero. Pero verlo así, tan vulnerable…

Unohana levantó su mano derecha y acarició la mejilla de Kenpachi, dándole a entender que no le guardaba rencor por sus palabras. Kenpachi la miró a los ojos y suspiró. Sus orbes azules lo miraban con dulzura y no sabía si eso era peor a que lo viera con odio. ¿Por qué no podía odiarlo? Le había arruinado por completo la vida y esa pequeña muestra de afecto dolía más que cualquier herida que hubiera recibido alguna vez. Su piel curtida por las batallas no estaba acostumbrada a un toque así de delicado. Era nuevo para él.

-Está bien -sonrió Unohana-. No tienes que decir nada. Así debían ser las cosas. El título de Kenpachi no es mío, nunca lo fue. Es por eso que ahora lo porta alguien más. ¿La verdad? Me alegra que seas tú.

-Perdí contra Ichigo Kurosaki -replicó Kenpachi.

-No. Ichigo Kurosaki nunca peleó contigo a muerte. ¿No lo entiendes? El pobre sólo quiere salvar a sus amigos. Él no es como nosotros.

-Una derrota es una derrota.

-Y lo que importa es lo que aprendas de ella -respondió Unohana con calma-. Estoy segura que volverás a enfrentarte a él tarde o temprano, y le mostrarás tu verdadero potencial. Si estás vivo ahora, agradécelo, vuélvete más fuerte.

-¿Qué hay de ti?

Unohana no dijo nada. Era mucho más complicado. Volver a tomar su zanpakutou, terminar lo que no habían concluido hacía tantos años…

-¿Crees que alguna vez volveremos a pelear?

-No lo sé. No puedo contestar a esa pregunta.

-¿Pero te gustaría? -preguntó Kenpachi.

Unohana lo pensó un momento y sonrió. Se puso de puntitas para darle un beso en la mejilla y lo miró a los ojos unos segundos antes de darse media vuelta.

El sol del mediodía la recibió de lleno cuando salió de la oficina del Escuadrón Once. Es estado de alerta en el Seireitei se mantenía debido a la invasión de los ryoka, pero su mente estaba completamente en blanco a excepción de un único pensamiento.

Era casi un hecho que volverían a enfrentarse tarde o temprano. Unohana estaba consciente de que Kenpachi no alcanzaría su máximo potencial hasta que no resolviera las cosas con ella. Era un cabo suelto en su vida y no estaría tranquila hasta que hubieran cerrado ese capítulo, hasta que pudiera pasar página y enfrentarse a cualquier enemigo sin reprimirse.

Una pelea contra él era el mayor éxtasis que podía experimentar, estar al borde de la muerte con la adrenalina bombeando en sus venas y el temblor de su cuerpo con cada intercambio de espadas.

La diferencia era que esta vez, cuando pelearan, uno de los dos tendría que morir.

Si era ella, estaría feliz de haber cumplido su último propósito en la vida. Y si era él…

No, no quería ni pensarlo. Lo amaba demasiado como para quitarle la vida. Kenpachi Zaraki era el shinigami más fuerte de todos, y su era apenas comenzaba. La de ella había terminado hacía mucho tiempo.

La cicatriz de su pecho palpitó con fuerza mientras se encaminaba a los cuarteles de la División Médica. Cada enemigo, cada batalla, cada victoria y cada derrota sólo lo fortalecían de una manera u otra.

Y aunque Kenpachi no lo sabía, también había sentido miedo todo ese tiempo.

Miedo de perderla para siempre.

FIN