El sol me recibe con amabilidad en cuanto salgo de la cabaña, es bueno caerle bien a Apolo, el dios más querido, tal vez un poco por detrás de Hestia, de todo el panteón griego. Hace varios años había llevado a cabo un misión personal para recuperar la divinidad que su padre le había arrebatado para enseñarle una lección, se habían perdido a buenos semidioses en el camino, pero había servido para que el dios del sol y la poesía aprendiera lo que significaba la vida de un mortal y desde entonces era como un segundo director del campamento, contento de ayudarnos en todo lo posible y brindándonos todo el apoyo en las diferentes misiones pequeñas que algunos llegaban a tener. Hace un par de años se había aparecido llorando como loco y vestido de luto porque se había enterado de que una de sus hijas más jóvenes había sido secuestrado por una mortal lunática, nos dijo que necesitaba, por mucho que no quería, mandarnos a alguno de nosotros en una misión para rescatarla porque Zeus no le dejaba ir él mismo porque "era un dios y tenía cosas más importantes que hacer". Me presente voluntaria junto a una hija de Ápate, diosa del engaño, y una hija de Niké, diosa de la victoria, se llaman Heather y Astrid respectivamente.

Fue una misión sencilla, conseguí descubrir dónde tenían retenida a la cría, Heather logró que la mujer nos dejara entrar y Astrid le metió tremenda hostia que me dolió hasta a mí. Rescatamos a la niña y desde entonces Apolo nos proclamó como sus hijas honorarias, me regaló un arco que podía convertirse en un llavero porque insistía que ya me hacía falta una arma, a Heather la bendijo con una voz que podría engatusar a cualquiera, como si la hija de la diosa del engaño necesitara más poder para convencer para hacer cualquier locura a todo el mundo; y a Astrid, aparte de una corona de laureles dorados que fascinó a la hija de la victoria, le entregó la última recomendación que necesitaba para obtener una beca en el universidad de Nueva Roma, universidad a la que tenía pensado partir dentro de dos años al igual que yo. Heather tenía dos recomendaciones, Astrid ya tenía las tres necesarias, en mi caso solo tenía la recomendación de Apolo y estaba buscando la forma de contactarme con mi tátara-algo-abuela Afrodita para ver si podía sacar algo de ella.

No tengo más opciones. No sé a qué otro dios recurrir para conseguir la recomendación que me falta. He intentado hablar con el señor D, pero el hijo de Zeus se limita a ignorarme y repetir que ya le faltaba muy poco para acabar su castigo como para meterse en más líos con la niña traidora de hielo. He intentado probar suerte con dioses menores, pero todos se escabullen espantados cada vez que me ven llegar.

Aunque es cierto que hoy podría intentarlo con Artemisa.

Las cazadoras de Artemisa se habían presentado para pasar algo de tiempo con los semidioses griegos luego de dos semanas entrenando con los romanos, hasta ahora habían entrenado y forjando tranquilamente hasta ayer en la noche, tal y como habían temido cada uno de los campistas, que comentaron que ya era hora de jugar captura la bandera. Voy a serte honesta, querido lector, no suelo participar en esta actividad, es complicado hacerlo siendo la única de mi cabaña, teniendo en cuenta que los equipos se forman según las cabañas. Lamentablemente la mirada de Quirón en ese momento se mantuvo en mí de forma que sabía que no podría escaparme en esta ocasión, de tal manera que incluso las cazadoras, aquellas que le habían seguido la mirada a Quirón y me habían reconocido, parecían interesadas en descubrir qué podrían esperar de la hija de la diosa traidora.

–Yo que tú me apresuro –escucho la voz brusca y el fuerte acento nórdico europeo viniendo de debajo de los escalones–, te queda poco tiempo para desayunar. Pronto comenzará Captura la Bandera y cómo perdamos, Snow, te juro que…

Ella me está señalando, como si ganar o perder dependiera únicamente de mí, como si no hubiera cabañas enteras llenas de hijos de Ares, Niké y Atenea, como si realmente me fueran a tener en cuenta para el enfrentamiento, seguramente me enviarán a esconderme arriba de un árbol y me obliguen a quedarme allí durante toda la actividad.

–Claro, por supuesto, será cosa mía si perdemos contra la maldita Thalia Grace y Reyna Arellano, por supuesto, Astrid, todo cosa mía –respondo con ironía mientras me encamino hacia el Pabellón del Comedor, intentando disimular la manera en la que me rugía el estómago a causa del hambre que tenía.

A diferencia de lo que hubiera querido, Astrid empieza a seguirme. –Te asignarán cuidar la bandera, te necesitamos en buena forma.

Me detengo de inmediato, pero como ella sigue avanzando no tengo más opción que seguirle el paso.

–¿Perdona? –ella se limita a hundirse en hombros–. ¿Me vais a dejar sola contra esas bestias? ¿Os creéis que gente como ellas van a estar de defensa?

Astrid bufa mientras me rueda los ojos. –No vas a estar sola… o eso espero.

–¿Qué? ¿cómo que eso esperas? –la miro frunciendo el ceño completamente indignada. No entiendo absolutamente nada de lo que quiere decirme. Astrid sigue mirándome de tal forma que puedo entender que realmente duda de sus propias palabras.

–Si el idiota se presenta, entonces Hiccup te ayudará.

–¿El ermitaño de la cabaña de Hefesto? ¿Esa es todo la ayuda que obtendré, un tío que no podría ni salir al sol para salvar su vida? ¡Nos van a dar una paliza y lo sabes!

Astrid se limita a mover de lado a lado la mano para desmeritar mis preocupaciones, con los segundos me deja sola para irse a cualquier lugar junto a su novia, Heather, que en cuanto me ve a lo lejos me dedica una sonrisilla que me deja muy en claro que toda mi desgracia le parece increíblemente divertida.

Hiccup Haddock, lo único que podrá evitar que me den una paliza y que pueda conseguirme tener buena imagen frente a la diosa Artemisa es Hiccup Haddock.

No me cae mal el chaval, y creo que tampoco le caigo mal. Aunque evidentemente no podemos decir que nos llevemos bien. Creo firmemente que piensa lo mismo de mí que de una hormiga, no busca deliberadamente matarme de una forma sádica y lenta como otros desgraciados, pero si algún día me aplasta y acaba con mi vida tampoco le va a dar demasiada importancia, al punto que podría ni notarlo. Eso era el jefe de la cabaña de Hefesto para mí, el ermitaño que si alguna vez se había detenido a darme unos segundos de su atención seguramente su respuesta hubiera sido hundirse de hombros y seguir con su vida. Le había visto muy pocas veces, tengo entendido que tiene siempre la cara enterrada hasta el fondo en uno de sus miles de proyectos que acaban en explosiones y que jamás sale del Búnker 9 a menos que alguien lo arrastre hasta el mundo real.

Hiccup Haddock ya llevaba algo de tiempo en el Campamento Mestizo para cuando llegué por primera vez, creo que tan solo un par de años. Es el líder de su cabaña porque es el favorito de su padre, he oído rumores de que, al igual que Leo Valdez, fue bendecido con la habilidad de controlar el fuego, pero eso es algo que jamás nadie se ha molestado en asegurar o desmentir. Tenía doce cuando lo vi por primera vez, era delgaducho, lleno de pecas y una constante mueca de que todo le parecía terriblemente aburrido. Creo que llevo tres años sin verle ni un pelo, siempre me mantengo lo más lejos posible de los hijos de los doce olímpicos y cuando combinas a un misántropo y a alguien que no quiere ser notado, pues terminas más o menos así.

No tengo ni idea de si el muchacho tan siquiera es capaz de pelear, espero que todo salga bien.


¿Qué tan buenos son los árboles para pelear?

Porque, madre mía, que alto es este tipo. Yo lo recordaba más bajito, pero creo yo que la pubertad se hizo persona lo pillo de ambos extremos y lo estiro tanto como pudo, como al niño ese de Charlie y Fábrica de Chocolate.

¿Por qué es tan alto? Me pone nerviosa.

Si estuviera caminando y no me fijara estoy segura de que terminaría esquivándolo por pensar que es otro árbol cualquiera. No, no estoy exagerando, querido lector, el muchacho no solo es alto de narices sino que también visto enteramente de marrón… o su ropa simplemente está muy sucia, no lo sé, pero mi fallo sería completamente razonable. Su piel levemente bronceada, imagino que por trabajar todo el tiempo con fuego porque por la manera en que gruñe debajo de una sombra me deja muy en claro que nunca sale afuera a que le dé un poco el sol, tampoco ayuda a que se me quite esa comparación de la cabeza; su larga cabellera marrón tampoco funciona a su favor y lo impresionantemente quieto que ha estado por muchos minutos simplemente fortalece mi teoría.

Qué alto que es, madre mía, siento que en cualquier momento no se da cuenta que estoy medio sentada a su lado y me va a terminar pisando.

Realmente soy como una simple hormiga al lado del niño favorito de Hefesto.

–¿Tú que tanto me miras? –me pregunta de momento a otro, volteando finalmente en mi dirección, giro la cabeza de inmediato hacia adelante.

Aquí no ha pasado nada.

Yo mastico mi manzana, porque aquí no ha pasado nada.

Me muerdo la lengua por accidente cuando él me da un leve golpe en la cabeza.

–¡Ah! ¡Bruto!

–¡No me ignores, llorica!

Aprieto con fuerza la manzana, no se la tiro a la cara solo porque soy imposiblemente amable, que tenga miedo a que su padre me prenda fuego no tiene nada que ver, sencillamente soy amable. –¿A quién llamas llorica? –le pregunto, marcando cada una de mis palabras de tal manera que mis dientes acaban rechinando un poco.

Él hace una mueca y señala con un dedo manchado de hollín mi manzana. –A la tonta que ha congelado su comida por algo tan ridículo.

No, no le tiré la manzana a la cara, él golpeó mi manzana con su tonta cara pecosa.

Hiccup Haddock me mira lleno de furia por unos segundos larguísimos en los que seguramente debí de haber quitado mi rostro firme y seguro, luego le da una rápida mirada a la manzana, luego vuelve a mí. Debería de disculparme, pero hay algo en él que sencillamente hace que me hierva la sangre de indignación y molestia, hay algo en él, seguramente su cara, que me parece digno de un buen golpe.

Se agacha un segundo, le clava las uñas a la pobre fruta que realmente no ha hecho nada malo y que está siendo la víctima en toda esta situación, y luego se acomoda para quedar delante de mí.

Quema en un segundo la fruta en su mano al crear una llama. La vuelve cenizas tan rápido que solo puedo quedarme pasmada y completamente quieta mientas él se limpia las cenizas en mi cara.

–¿Es que tú eres subnormal o te tiraron del olimpo cuando naciste? –le gruño, levantándome de golpe, lamentando tal decisión de inmediato porque no le llego ni al cuello.

Hiccup rueda los ojos. –Oh, chistes sobre mi padre, que brillante que eres, Snow –me responde con sarcasmo, cruzándose de brazos mientras me mira con una mueca.

Es tan molesto, sobre todo su tonta cara. Te aseguro, querido lector, que ese tío tiene la cara más tonta y molesta que vas a encontrar en toda tu vida.

–Eres… –intento encontrar palabras mientras me limpio bruscamente las cenizas de la cara, luchando contra las ganas de darle una buena patada dónde más duele.

Él se inclina bruscamente en mi dirección. –¿Qué? ¿Qué soy?

Tú y yo estamos de acuerdo con que se lo merece. –Un blanco perfecto para bolas de nieve.


Perdimos, evidentemente, fue más su culpa que mía, pero cuando empezó la pelea de bolas de nieves y miles de cosas chamuscadas realmente ninguno pudo hacer nada cuando varias cazadoras de Artemisa se acercaron sigilosamente a la bandera de nuestro equipo y marcaron la victoria de su equipo al tomarla y salir corriendo como alma que se las lleva el diablo. Lo peor es que había cubierto todas partes con hielo, había sentido cada paso que habían dado, pero sencillamente no podía hacer nada con respecto a eso mientras que lidiaba con señorito cara de idiota.

Fue Astrid la primera en venir, echarnos la bronca y decirle a Hiccup que me llevara al Búnker 9 antes de que nadie decidiera que sería divertidísimo colgarme de la rama de algún árbol para que todo el Campamento Mestizo cogiera palos y me trataran como piñata en fiesta de cumpleaños infantil latinoamericana. Supuestamente era justo que él hiciera de niñera para mí, fue Astrid quien lo dijo con esas palabras, porque había sido culpa suya que perdieran. Haddock en aquel momento rodó los ojos y aseguró que ambas exagerábamos, pero terminó aceptando la idea de escoltarme hasta el lugar sagrado de los hijos de Hefesto cuando escuchó al primer hijo de Ares reclamando mi cabeza.

Ahora estoy sentada sobre una parte libre de la mesa de trabajo de Hiccup Haddock, balanceando los pies y mirando al suelo mientras sigo renegando porque ahora estoy metida en problemas por su culpa y porque no he desayunado correctamente y me muero de hambre, de vez en cuando siento su mirada sobre mí, pero reniego por completo de la idea de regresarle el gesto, prefiero mis zapatos, son mil veces más interesantes que ese cara de árbol chamuscado.

Genero una finísima capa de hielo porque aunque no sienta todo el calor que seguramente hace ahora mismo, puedo ver el leve vaho que sale por todas partes y realmente prefiero no achicharrarme.

Puedo ver su mano de momento a otro colocarse sobre la mesa, peligrosamente brillando por el calor que genera, peligrosamente cerca de mi pierna descubierta. Pego un gran respingo lejos de su mano, con el corazón acelerado, casi cayendo de la mesa por haberme movido tan repentinamente de una forma así de violenta. Volteo bruscamente en su dirección, con el ceño fruncido y con los puños temblando de lo fuerte que los aprieto, él me responde con desinterés.

–Nada de hielo en mi Búnker –me dice con cierto tono de pedantería, la tentación de congelar el arma con el que estaba trabajando para así fastidiarle todo el progreso, pero logro contenerme. Porque, como ya te he dicho, tengo un corazón más puro que el de un maldito querubín cristiano, no porque me preocupe de la idea de Hefesto deteniendo sus propias invenciones para mandarme de una patada al Tártaro por haber ofendido de esa manera a su niño mimado favorito.

Retengo la furia y respondo. –No me apetece quemarme porque tú juegas con tu forja de niño mimado.

Ja, tira humo por las orejas, como un personaje de caricaturas. Podrías decir que su rabia hace que se le queme el cerebro, no estará pensado para tanto uso, pobrecito.

Sus manos vuelven a moverse, ahora estampándose a cada lado de mi cuerpo, su rostro bastante cerca del mío, gruño molesta, logrando, a pesar del horrible calor que hacía en aquel búnker, formar algo de hielo y nieve en mis manos.

Si el idiota este quiere pelear, peleemos pues.

Los portones del solitario lugar se abren de momento a otro, no tenía planeado voltear en aquella dirección pero no puedo evitar seguir la mirada del árbol en llamas. Nos encontramos con dos personas ahí, una muchacha a la que no reconocía en lo absoluto pero que por el overol que llevaba puesto que estaba tan manchado de hollín como ella pude suponer rápidamente que se trataba de una de las tantas hermanas de Hiccup. Al más pequeño, que está levemente escondido tras el cuerpo de la muchacha, sí que lo reconozco. Se trata de Kristoff Bjorgman, diría yo que de todos los hijos de Hefesto que he llegado a conocer él es el más hiperactivo y social, lo he visto más veces, hablando con hijos de dioses de la guerra para que prueben sus armas y sus escudos, para que todo el mundo puede enterarse que era un pequeño prodigio dispuesto a ayudar a cualquiera en el campamento a diferencia del resto de sus hermanos que, justo como Hiccup, eran más bien científicos malvados y solitarios trabajando en la oscuridad del búnker en sus armas de destrucción masivas.

La cuestión es que la muchacha tiene una mueca de asco en el rostro y el pequeño rubio está sonrojado hasta las orejas.

–Venga ya –suelta ella mientras abre más la puerta para entrar–, habías sido el que puso la norma de no follar con gente de Afrodita en el búnker.

El rojo me cubre por completo cuando me doy cuenta por qué nos ha dicho tremenda locura. Haddock ahora mismo está acorralándome contra su mesa de trabajo, ocupando gran parte de mi espacio personal, inclinado sobre mi rostro y, con todos esos trozos de metal que no entiendo ni qué forma tienen cubriendo levemente la vista de esos dos hijos de Hefesto, realmente no era posible ver que, en lugar de estar a punto de liarnos, estábamos a punto de darle una hostia al otro con nuestro poderes.

Hiccup pega un respingo lejos de mí de inmediato y, con las mejillas completamente rojas –ja, como las hojas de un árbol en otoño–, empieza a explicarles a sus dos hermanos que era lo que en verdad estaba pasando en ese momento entre los dos. Aprieto los labios con fuerza y me volteo hacia cualquier otro lugar, porque la mirada que esa hija de Hefesto me manda mientras Hiccup explica todo lo ocurrido es sencillamente demasiado molesta como para que pueda seguir siendo plenamente consciente de ella. Al menos si me volteo puedo fingir que no está ahí, a pesar de que esos ojos hacen que me arda la nuca como si me estuvieran echando lava.

Tamborileo un poco los dedos sobre la madera antes de decidir que ya estoy hasta la coronilla. Me bajo de un salto de la mesa y me estiro un poco porque eso de estar en la misma posición por mucho tiempo nunca ayuda a ninguna parte de tu cuerpo. Pillo lo poco que traje conmigo, aun lamentándome por el hambre que tenía, y me encamino hacia la entrada, que también es la única salida, a paso apresurado, ignorando completamente que ahora esos tres me están mirando fijamente. Me despido apresuradamente solo por cortesía, porque mamá me jalaría de las orejas si estuviera aquí y viera que no lo hago, pero realmente preferiría salir dando un portazo.

Sobre todo porque, entre todas las cosas que he escuchado que decían, pude captar uno que otro insulto, nada nuevo ni nada tremendamente fuerte, pero hoy día no estoy para aguantar algo como eso.

He perdido mi oportunidad, mi única oportunidad para conseguir que la diosa de la luna me mire y considere que soy digna de algo de confianza, solo por ese idiota. ¿Qué demonios le importaba si me estaba fijando en él o no? ¿Acaso ahora es ilegal que la hija de una diosa menor se atreva a mirar al hijo de un dios mayor? Menuda tontería, menuda estupidez, menudo idiota, menudo estúpido, si alguna vez llego a tener la oportunidad me aseguraré de que me las pague.

Hubiera sido mucho más sencillo hacerlo todo yo sola, estoy segura de que me hubiera ido mucho mejor, si tan solo se hubiera quedado escondido en su estúpido bunker desolado a juguetear con su estúpidos experimentos en su estúpida forja.

Suelto un corto chillido cuando siento una mano tirando mi cabeza para adelante. Sin pensarlo intento meter un codazo, pero no le doy a nada.

–Tú realmente no escuchas cuando te hablan.

Yo es que me cago en sus muertos.

Quito la mano de Haddock de mi cabeza de un manotazo y doy varios pasos lejos de él. Quiero congelarle la cara de subnormal desinteresado de la vida que tiene, me enerva demasiado como para dejarle conservarla sin daño alguno.

Antes de que pudiera preguntarle qué es lo que cree que está haciendo ahora, Hiccup se permite dejarme con la palabra en la boca. –Si hubieras escuchado una que otra cosilla antes de pirarte como alma que se la lleva el diablo, te hubieras enterado de que los idiotas de la cabaña de Ares siguen rabiando por tu culpa.

Frunzo el ceño y aprieto con fuerza los puños mientras le contesto. –Creo que todo eso se perdió un poco entre todos los insultos que la buena de tu hermana me estaba dedicando –mascullo antes de intentar volver a irme, pero él me sujeta con fuerza de la muñeca y me tira de regreso a mi sitio de antes.

Su mano me quema levemente, no sé si es porque él está usando su fuego, si es porque ya de por sí su piel estaba varios grados por encima de lo normal, o porque ya de por sí mi piel es extremadamente delicada al calor producido por un hijo de Hefesto. Intento soltarme de su agarre y me siento realmente patética al darme cuenta de que él ni siquiera necesita intentarlo para mantenerme justo donde me quiere.

Le tengo un asco que no puedo ni soportarlo.

–Mis hermanos se meten con todo el mundo, tampoco es que seas tan especial, Snow.

Ruedo los ojos. –Oh, por favor, sé cómo sois los hijos de Hefesto –le respondo, aun intentando que me suelte–. Sois casi la misma porquería que los niños de Atenea, os creéis mejores y más listos que cualquier otro, la última bebida del desierto, miráis a absolutamente todos por encima del hombro, especialmente a los que descienden de Afrodita porque os pensáis que no son otra cosa que caritas bonitas que abren las piernas fácilmente. Ya de por sí el campamento entero me tiene un asco tremendo, pero como soy legado de Afrodita, vosotros en específico me veis como una puta alfombrilla donde limpiaros los zapatos.

Lo veo fruncir el ceño y apretar los labios con fuerza hasta dejarlos blancos. –Eso no es cierto –intenta defenderse, pero noto duda en sus palabras.

–Ya, claro, y yo nací ayer.

–Te hablo en serio. No creo que seas "una puta alfombrilla", no tenía nada en contra de ti hasta hoy día, que me has demostrado que eres una niñata insoportable.

–¡Eres tú el que empezó con todo esto! –le recuerdo, roja de la irritación.

–¡Eras tú la que no paraba de mirarme como lo hacéis todas las niñatas de Afrodita! –me gritó él en respuesta–. Te crees que nosotros juzgamos a todos, pero vosotras sois mil veces peores, incluso cuando solo sois legados como tú. Siempre burlándoos de los demás, siempre riéndoos del resto del mundo y señalando como si fuéramos monos de feria. Os creéis con el derecho de criticar el físico de cualquiera.

Tócate las narices, ¿todo esto comenzó por qué se pensaba que me estaba metiendo con su físico?

–¿De verdad tienes la autoestima tan machacada que asumiste que si te estaba mirando es porque me estaba riendo de ti o algo así? –le pregunto incrédula, soltando en verdad lo que estaba pensando sin darme mucha cuenta. Lo veo desviar la mirada, apretar aún con más fuerza sus labios y conseguir algo de color extra en sus mejillas. Ruedo los ojos con molestia, tiro otra vez, pero sigo sin conseguir liberarme de él, tampoco parece que Haddock estuviera dispuesto a dejarme ir–. ¿Te has visto en un espejo, Haddock? –le pregunto con bastante más rudeza de la que esperaba, pero en verdad satisfecha por verlo dar un paso hacia atrás, suavizando finalmente su agarre lo suficiente como para lograr soltarme. Me cruzo de brazos rápidamente, por si se le ocurre volver a retenerme–. Ya te respondo yo misma –me apresuro a decirle en cuanto veo como titubea–. No, no te has visto en un espejo, porque no creo que haya espejo lo suficientemente grande como para que puedas siquiera verte la cara.

Él parpadea con el ceño fruncido. –No te estoy entendiendo.

Alzo una ceja. –Eres más alto que un árbol, Haddock, da miedo incluso. Y tu ropa no ayuda a que no te confundan con un tronco extremadamente delgado.

Lo veo apretar los labios en una expresión molesta, sé de inmediato que tocar el tema de la moda es algo que no le agrada en lo absoluto, que tampoco lo hacía de modo de criticar su estilo de ropa, solo estoy señalando lo más que evidente, que a él le afecte tanto el tema de su imagen no es mi culpa.

Nos quedamos unos momentos en silencio, lo veo juguetear con el borde de su camisa, que es ahora que me doy cuenta de que es una versión que jamás había visto de la camiseta oficial del Campamento Mestizo, me pregunto si es que acaso la cabaña de Hefesto se hicieron unas cuantas de ese estilo para sí mismos por desprecio a la versión naranja –que, oye, yo estoy completamente a favor del desprecio a la versión naranja–, la cosa es que nunca había visto una versión marrón de la camiseta en la tienda del campamento. Hiccup parece querer decirme algo, por lo que me mantengo callada, abre y cierra la boca, como si se pregunta como tan siquiera comenzar con lo que quería decirme.

Finalmente guarda las manos en los bolsillo y me mira con una mueca algo confundida.

–Algo en ti me enoja –me dice con delicadeza, ladeo la cabeza y le alzo una ceja, me fijo levemente en como abre y cierra las manos con nerviosismo y es más que nada mi curiosidad quien le permite seguir hablando–. No tengo ni idea de qué es lo que me molesta tanto… pero sencillamente me irrita… creo que es por eso por lo que actúe así antes –balbucea lo último, agachando la cabeza y desordenando su cabello, como si estuviera disculpándose.

Creo que lo pillo.

–Tu cara también me molesta –yo se lo digo con más firmeza, con mucha más calma. Hiccup alza la cabeza de inmediato, con el ceño levemente fruncido.

Indignado, me dice. –Yo no dije nada de tu cara.

–Pero lo pensaste –en verdad no tenía ni idea de si para él se había sentido algo similar a eso, me estaba tirando un farol tremendo que terminó sirviéndome porque Hiccup desvía la mirada avergonzado, confirmando mi teoría sin fundamento–. Creo que tiene que ver con nuestros padres, es lo único que se me ocurre.

Haddock vuelve a fruncirme el ceño, ahora con confusión. –¿Hefesto y Quíone tienen algo en contra del otro?

Me hundo de hombros. –Que yo recuerde no, pero tiene sentido ¿no crees? –le señalo–. Fuego –luego, me señalo a mí misma–. Hielo –vuelvo a cruzarme de brazos, tan segura como si le hubiera dado la cura a todas las enfermedades del mundo–. No combinan bien, ¿no crees?

Suelta una risilla y eso me confunde. –¿Entonces qué? Si no tuviera yo los poderes de fuego ¿me caerías mejor?

–Por supuesto –bromeo, rodando los ojos–. Le caigo bien a todo el mundo, ¿no te has enterado aún de eso?

Vuelve a reírse, y en esta ocasión soy capaz de seguirle honestamente.

De acuerdo, tal vez Haddock no sea tan idiota, tal vez y solo tal vez, sea un tío majo.


Balanceo nuevamente las piernas, asegurándome de no golpear nuevamente con mis talones los cajones de madera de la mesa, luego de haber tenido que aguantar el dolor de los pomos chocándose bruscamente contra mis talones había aprendido la lección de no distraerme demasiado. Cierro el libro que Hiccup me había dejado para distraerme un poco, suspiró pesadamente, estoy totalmente muerta del aburrimiento, con ganas de hacer algo aparte de esperar a la hora del almuerzo dentro del Búnker 9. Llevo cuatro días despertándome con Hiccup esperando en el porche de mi cabaña, escoltándome como una especie de árbol guardaespaldas para desayunar con calma, para quedarme encerrada con él en el Bunker hasta la hora del almuerzo, donde volvía a escoltarme hasta que me llevaba de regreso al Búnker y se repetía todo hasta la cena. No me quejo de la seriedad e insistencia con la que Haddock llevaba a cabo la tarea de escoltarme a todas partes que Astrid le había dado, pero es que sencillamente estaba a punto de morirme del aburrimiento. No me quejo, tampoco, de todo lo que Hiccup ha intentado para que yo pueda entretenerme mínimamente mientras él seguía centrado en todos sus trabajos en la forja, he de admitir que el libro que me había tendido era interesante, pero es que sencillamente luego de casi cincuenta páginas en completo silencio a excepción del sonido de los martillazos que de vez en cuando Hiccup daba, pues estaba harta de no hacer absolutamente nada más.

–Entonces… ¿qué te cuentas? –suelto casi sin pensarlo, solamente porque se me pasó por la cabeza que realmente no tenía ni la menor idea de cómo era la vida de Haddock fuera del Campamento Mestizo, lo único que sabía de él es que Astrid lo conocía desde incluso antes de que ambos llegaran al Campamento y que ninguno de los dos sabía que el otro era también un semidiós.

Pero Hiccup pasa olímpicamente de mí, le darían medalla de oro y todo al muy cabronazo. Sigue martillando lo que sea que estuviera forjando en ese momento, sin prestar atención a absolutamente nada más que su proyecto, con la mirada tan fija en las llamas y chispas que danzaban hacia arriba a cada golpe que por un momento me creo que se ha convertido en una estatua y ya no puede hacer nada más que seguir mirando aquella forja.

Intento abrir la boca para volver a llamarlo, pero él finalmente se aleja de la forja, levanta apresuradamente lo que ahora veo que es una especie de cuchilla curva a fuego vivo y lo deja rápidamente en el balde de agua que tiene al lado.

Me da la espalda mientras finalmente se estira un poco, relajando finalmente su cuerpo luego de casi una hora dándole martillazos a esa cosa, sigo sin realmente entender en lo absoluto como lo hace, pero apaga las llamas de la forja, eso logra que, finalmente, no haga tanto calor. Me encara mientras se limpia el rostro con un trapo que realmente no estaba limpio y eso me pone de los nervios, me dedica una especie de asentimiento como la cabeza, como indicándome que le diga algo, o tal vez me lo estoy imaginando porque realmente tengo ganas de conversar.

–¿Qué me decías? –me pregunta finalmente cuando termina de quitarse el sudor de la cara, imagina que es para eso que usaba el trapo y no para las manchas de su rostro, que se han quedado tal cual como estaban.

No puedo evitar soltar un suspiro. –No era nada… solo es que realmente estoy aburrida, tengo ganas de conversar, realmente no sé casi nada de ti, Haddock.

Él asiente con algo de obviedad. –No me gusta compartir mucho sobre mi vida, prefiero dejar mi vida fuera del Campamento fuera del Campamento, ¿sabes a lo que me refiero?

–Vamos, que no quieres hablar conmigo –bromeo, desviando la mirada porque me da un poco de vergüenza tener que admitirme a mí misma que la idea de que Hiccup no quisiera conversar conmigo me afectaba.

Me alivio cuando lo veo sonreír y reír por lo bajo. –No, no es eso, simplemente no me gusta hablar –tal vez se me ha escapado una mueca, porque Hiccup de inmediato parece querer corregir lo que ha dicho–, pero… ah, soy muy bueno escuchando.

No puedo evitar sonreír de lado. –Vamos, Haddock, ¿cómo sé que no quieres conocer mis secretos para difundirlos por el campamento? –pregunto juguetona, él me responde haciendo rodar los ojos.

Se revuelve un poco el cabello, lo que me pone nerviosa por aún tiene las manos impregnadas de manchas de diferentes cosas. –Vale, vale, tú me cuentas una cosa, yo te cuento otra. Así sería justo, si suelto algo sobre ti, tú sueltas algo sobre mí –extiende su mano derecha hacia mí, no puedo evitar removerme intranquila porque realmente sigue embadurnado por completo con todo el hollín, grasa y cenizas–. ¿Sí o no?

–Tienes las manos sucias –señalo, intentando fingir toda la normalidad del mundo, Hiccup rueda los ojos, da dos zancadas hacia mí y me toma del antebrazo, manchando con marcas negras mi suéter. Intento zafarme, pero no es como si en este tiempo él hubiera dejado de tener más fuerza que yo. Toma mi mano y sella así el pacto por mí. Hago una mueca en cuanto me suelta, su mano se ha marcado a la perfección en mi ropa–. Me vas a comprar uno nuevo como no salga la mancha.

–Sí, sí, lo que usted desee, princesita –me responde desinteresado, asintiendo sin verdad estar aceptando nada–. Mira, comienzo yo, por consideración a ese caluroso suéter que me traes todo el tiempo –quiero decirle algo, pero no me deja–. A diferencia de muchos en este Campamento, yo en verdad me llevo de maravilla con el marido de mi madre, me ha adoptado legalmente, sabe de todo esto, mi apellido, Haddock, es suyo. Estoico Vasto Haddock, es un gran sujeto… un gran padre.

No puedo evitar imitar su sonrisa, ¿ves, querido lector? ¿ves a lo que me refería? Ni siquiera sabía si Hefesto lo había hecho con una mujer o con un hombre para traer a ese árbol andante a este mundo. Hiccup tiene razón en aquello que comentó, no es normal que entre semidioses y nuevas parejas haya buena relación, sobre todo porque sus padres siempre se ven forzados a mentirles o de aferrarse a alguien horrible pero que asegura protección. Es lindo poder escuchar de un caso que no es como la mayoría.

–Venga, ahora tú –me dice, señalándome–, ¿tu padre se ha buscado a alguien más luego de Quíone?

Frunzo el ceño de inmediato. –Yo no tengo padre, Hiccup –le digo con toda la sencillez que puedo, algo asombrada pero corrigiéndome de inmediato porque sé que no hablo lo suficiente con los demás campistas como para que esto sea conocimiento general.

Él alza las cejas. –¿Qué?

–No tengo padre, Hiccup, Quíone me tuvo con una mujer. Se llama Iduna Snow. Supuestamente esas dos se enamoraron perdidamente –aprieto con fuerza los labios–. Un palacio de hielo, para mi madre y para mí, esa fue su gran promesa… mamá sigue esperando por el bendito palacio, no creo que llegue.

No me he dado cuenta de cuando desvíe la mirada para observar la absoluta nada, solo cuando tengo que mover la cabeza para verlo fijamente. Su expresión es seria, los labios forman una línea recta, es obvio que lo he incomodado, es obvio que he dejado ver demasiado de toda la rabia que tengo contenida.

Suspiro pesadamente, tiro para atrás mi cabello y busco rápidamente la manera de corregir la manera en la que he arruinado una conversación amena.

–Perdona por todo eso –murmuro apresuradamente, él me responde de inmediato que no me preocupe por nada–. Se me ha ido un poco… yo… –no sé qué decirle, sencillamente no soy capaz de recuperar el buen ambiente que teníamos antes de que abriera de más mi boca.

–Bueno, ¿qué más quieres saber? –me pregunta apresurado, apoyándose en la mesa, quedando justo al lado mío de modo que nuestros brazos están pegados el uno al otro. No puedo evitar sonreírle, me siento más cómoda con algo tan simple como eso–. Vamos a ver, tengo curiosidad con respecto a algo, más bien una duda que me machaca la cabeza desde lo ocurrido en Captura la Bandera.

Inclino levemente la cabeza. –¿De qué se trata?

–¿Por qué? –me suelta con algo de brusquedad, inclinándose un poco más hacia mí, incluso estando encorvado era aterradoramente más alto–. ¿Por qué sigues viniendo al Campamento Mestizo? Todo el mundo parece estar preparado para darte la paliza de tu vida, tan solo Heather, Astrid y yo nos hemos tomado la molestia de dirigirte la palabra amablemente, le caes mal al señor D, Quirón, aunque no quiera admitirlo, no te tiene ni el más mínimo aprecio, pasa de ti, básicamente.

Aprieto con fuerza los labios. –Quiero creer que a Quirón al menos le importo un poco, no sé, que le preocupamos todos los campistas.

No puedo evitar pegar un leve brinco cuando Hiccup se mueve para estar delante de mí. Sigue inclinado hacia a mí, apoyándose con una sola mano en la mesa, acorralándome casi por completo, me estoy dando cuenta de que tiene una mala manía de ponerse en el espacio personal de otra gente cuando se pone serio.

–Eres lista, Snow, muy lista. No seas ingenua, te lo estoy pidiendo por favor, no perdones tan fácilmente a alguien como Quirón –me tiembla el cuerpo entero mientras le escucho a hablar, creo que puedo asegurar sin problema alguno de que no lo he visto tan firme y serio hasta ahora–. Me enojo no contigo, con Quirón… un poco contigo también, porque eres exageradamente permisiva, por decirlo de alguna manera, con él. Porque sencillamente se lo estás aceptando todo y eso me pone de los nervios, Snow.

Araño levemente la madera de la mesa. –No te estoy entendiendo.

Rueda los ojos enojado, incluso llega a mover toda la cabeza, da algo de risa ver aquello. –Imagina que tienes un hermanito menor, ¿vale? Un crío de diez años, recién cumplidos. Es nuevo en un colegio, un pequeño encanto, no le ha hecho nada a nadie, como mucho podríamos decir que es solitario y que salta al mínimo ataque –me trueno los dedos mientras habla, jugueteo con los dedos, se ha puesto tan serio que sencillamente me siento abrumada, como si hubiera vuelto a encender la forja–. Pero el tema es que los otros niños le dan paliza, pintan su pupitre o casillero o ambas cosas si es que las hay, tu hermanito no puede ni moverse del armario del conserje porque es el único lugar que realmente es seguro para él… ¿Y qué hacen los profesores? ¿qué hace el director? Nada, pone mala cara, le da unas palmaditas en el hombro, se inclina un poco y con una sonrisa de soberano hijo de puta le dice una sola palabra: Compréndelos.

Le pego un empujón para apartarlo de mí, me paso rápidamente una mano por los ojos, limpiándome las lágrimas. Me está costando respirar con normalidad, no puedo evitar sentir algo de rabia en contra de Hiccup en ese momento. No debí de haberle contado eso, no debí de haberle dado tantos datos, hace un par de días me preguntó por qué Quirón no hacía absolutamente, yo le repetí esa misma palabra.

Mordisqueo con fuerza mi labio inferior, miro fijamente el suelo, aun arañando la mesa. –Eres idiota –mascullo llena de vergüenza–, un completo idiota, Haddock.

–No le importas a Quirón –me repite y yo no puedo seguir conteniendo las lágrimas–. ¿Sabes por qué lo sé? Porque si a cualquier otra persona le estuviera pasando lo que te pasa a ti, Quirón no descansaría hasta solucionar todo el tema, no hace nada porque eres tú, porque no le importas.

–¿Quieres callarte? –escupo volviendo a empujarlo, aunque en esta ocasión no lo muevo en lo absoluto, intento salir corriendo fuera del Búnker, pero nuevamente me agarra del brazo y tira de mí hacia él. Ni siquiera se me ocurre quejarme sobre las nuevas manchas de las que está llenando mi ropa, estoy desesperada por tener algo de tiempo para mí, lejos de Hiccup, lejos de las cosas que él quiere que admita pero que yo no puedo.

Me rodea la cintura con ambos brazos, me sostiene como si fuera una muñeca de porcelana a punto de romperse, y en cierto punto sí que me siento así. Puedo sentir como me apretuja lo suficientemente cerca de él como para que recostar su rostro en mi hombro derecho sea cómodo. Tiemblo de pieza a cabeza mientras araño un poco su ropa, tiemblo de pieza a cabeza mientras me permito llorar en su pecho. Me ha ido soltando cosas de ese estilo desde que le mencioné el consejito de Quirón, lo he notado enfurruñado por todos estos días, pero realmente no esperaba que me soltara todo esto, no esperaba que fuera tan directo conmigo y que básicamente me obligara a admitir aquello que en cierto punto sabía, pero que quería ignorar: no hay ni una sola figura de autoridad en este lugar que le afecte en lo absoluto verme recibiendo palizas y el desprecio de los demás campistas; y si Quirón quisiera detenerlo, ya lo hubiera hecho.

Incluso el hombre-caballo que me prometió seguridad en este lugar considera que todo sería mejor si yo no estuviera aquí.

¿Y sabes qué es lo peor? Que comprendo su desprecio, y creo que es por eso por lo que sigo fingiendo que él realmente quiere solucionar mi situación.

Siento como Hiccup se mueve un poco para darme un beso lento en la frente, yo me oculto rápidamente en su cuello, porque no quiero que vea que tanto se han enrojecido mis mejillas. Mi corazón bombea con fuerza, mi cuerpo sigue temblando, absolutamente todo me da vueltas porque no soy capaz de comprender como un gesto dado de forma tan inocente estaba ocasionando tantísimo en mí.


Se me cae el escudo de la mano en cuanto termino de escuchar a Heather, me desconcentro tanto que ella tiene que dar un torpe paso hacia atrás para no rajarme de arriba abajo con el ataque que estaba a punto de mandarme. Ella me mira con cierta gracia, alzando una ceja, yo soy consciente de que tengo la boca completamente abierta. Volteo bruscamente hacia Hiccup y Astrid, que están sentados en uno de los solitarios bancos del Campo de Entrenamiento, desviando la mirada hacia esquinas diferentes, alejándose un poco y jugueteando nerviosamente con las espadas con las que hacen unos minutos estaban entrenando.

Han pasado un par de días desde que, sorpresa, sorpresa, he tenido que asumir que Hiccup empezaba a gustarme, por lo menos para mí misma. El niño favorito de Hefesto aparentemente ha estado insistiendo con que no me puedo pasar toda la vida siendo escoltada y que lo mejor sería entrenar bastante para por lo menos saber defenderme en caso de que no tenga forma de escaparme un día de estos. También ha estado insistiendo en hacerme una buena espada o cualquier tipo de arma, pero me bastó mostrarle lo resistente que era mi hielo como para convencerlo de que no hacía falta. Lo que sí que era bastante necesario y se lo agradezco bastante es que convenció a Astrid y a Heather para que se apuntaran a nuestros entrenamientos, si me hubiera quedado más tiempo completamente a solas con Hiccup mi pobre corazoncito no lo hubiera soportado.

Y la verdad es que todo iba bien, solo estaba fluyendo de manera que incluso era divertido. Pero de pronto Heather comentó aquello y yo ya no sé ni cómo seguir sujetando correctamente la espada.

–¿¡Fuisteis novios!? –finalmente logro hablar, Hiccup y Astrid se remueven incómodos.

–Y yo le molaba a Hiccup –añade Heather, con una sonrisa presumida y orgullosa.

Veo a Hiccup enrojeciéndose hasta las orejas y cruzándose de brazos ofendido. –¿Cuántas veces vamos a discutir eso? ¡No me gustabas!

Heather ríe mientras rueda los ojos. –Venga ya, ¿por qué si no me seguías el juego cuando tonteaba contigo?

–¿Tonteabas con él? –repito incrédula.

Con la punta de la espada, Heather señala a Astrid. –Es que intentaba llamar la atención de la lesbiana en negación de allá.

–Espera, ¿tonteabas con él mientras estaba con Astrid? –Heather asiente ante mi pregunta, todavía orgullosa, volteo bruscamente hacia Hiccup otra vez–. ¿Y tú por qué le seguías el juego? Infiel.

–¡No sabía que estaba tonteando conmigo! –asegura desesperado–. Yo realmente pensaba que solo quería aprender a forjar.

–Hiccup, en serio, ¿tú realmente crees que alguna tía que no sea hija de Hefesto y esté en su sano juicio le interesa lo más mínimo aprender a forjar?

Desvío la mirada lejos de Hiccup, sé perfectamente que si le doy la opción dirá que yo sí que estoy interesada, pero la verdad es que todas las veces que él me explicaba algo referente a ello solamente asentía y sonreía porque me gustaba verlo tan emocionado hablando de su tema favorito, no realmente porque me interesase.

Finalmente luego de su completo silencio, Astrid se hunde de brazos. –Yo siempre defiendo a Hiccup con ese tema, realmente nunca se da cuenta cuando alguien está coqueteando con él. Pase un tiempo dándole indirectas y no se enteró de nada hasta que literalmente se lo grite a la cara.

Hiccup asiente. –Insisto, literalmente. Realmente fue así, se le agotó la paciencia y me gritó que le gustaba. Luego nos enteramos de que realmente solo era homofobia internalizada y su negación a asumir que no le iban los tíos, pero solo empezamos a salir cuando ella me lo gritó todo.

Escucho a Heather riéndose nuevamente, camina hacia mí para rodearme los hombros con un brazo. –No les hagas caso, Hiccup era un infiel.

Me aguanto las risas mientras esos dos se quejan, me permito preguntar un poco más. –Lo que yo no entiendo es cuál era tu lógica, Heather ¿querías robarte a la novia pero tonteabas con el novio?

–Tonteaba un poco con los dos, en verdad.

–Sigo sin comprender tu ingenioso plan.

Ella se hunde en hombros. –Primero intenté ser directa y tirarle los tejos a Astrid, pero cuando se dio cuenta de mis intenciones empezó a pasar de mí por lo que decidí tocarle las narices ligando con su novio –mientras termina eso, Heather señala con un dedo a Hiccup–. Te lo creas o no, en verdad funcionó, Astrid estaba hasta las narices que estuviera todo el tiempo detrás de Hiccup y logre que admitiera que quería que fuera ella con quien tontease.

En esta ocasión sí que me permito reírme por un buen rato, no hubiera sido capaz de imaginarme nada de eso, cuando conocí a esos dos en la misión para rescatar a Rapunzel ellas ya eran pareja y realmente me parecía que estaban hechas la una para la otra, que llevaban demasiados años juntas de manera romántica, como si hubieran nacido de esa manera.

–Que quede constancia –dice de repente Hiccup, alzando una mano–, que me tomé todo el tema como un campeón.

Alzo una ceja. –¿Tomárselo como un campeón implica lloriquear como un bebé o algo así? –cuestionó con sorna, aunque honestamente me puedo imaginar perfectamente a Hiccup tomando todo el tema con verdadera deportividad. Él me responde solamente con falsa indignación por unos segundos para luego reírse.

–Oye, soy todo un maestro del rechazo, no conocerás a nadie que se tomé mejor un no que yo, la repetición hace al experto.

Astrid lo mira de reojo por unos segundos, luego me mira a mí. –Vamos, que es feo y ha aprendido a convivir con ello.

–Tu primer beso fue con este feo, así que te fastidias.

Hiccup no tiene ni tiempo de reírse por lo rápida que es Astrid al darle un buen puñetazo en el hombro, Heather y yo hacemos una mueca de inmediato, tenía pinta de dolor pero Hiccup solo se soba la zona por unos segundos y luego está como nuevo.

–¡Eh! ¡Eso es buena idea! –señala Heather con emoción, dando leves brinquitos.

Astrid alza una ceja. –¿El qué?

–Contarnos nuestros primeros besos, ahora tengo curiosidad –la hija de Ápate me mira con una sonrisa juguetona y maliciosa–, ¿con quién fue tu primer beso, Snow? ¿alguien que conozcamos?

No puedo contenerme a mirarla como si hubiera dicho la mayor tontería del mundo, que en cierto punto lo ha hecho, me quito su brazo de los hombros y me alejo un solo paso de ella.

–¿Realmente crees que ha sido con alguien del Campamento?

–Eh, que conozco a varios del campamento que no paran de hablar de lo mucho que les gustaría follarte. Alguien habrá querido mandar todo a tomar por viento para darte una probadita.

–Qué asco –gruño frunciendo el ceño–. No, no ha sido con nadie del Campamento. Fue con un tío mortal de un antiguo colegio, no fue nada especial.

Astrid de momento a otro se levanta. –Espera, espera, espera… ¿a ti te molan los tíos?

–A mí me va de todo, Hofferson. Soy pansexual –le respondo con algo de obviedad, juraría que en algún punto ya se lo había contado. Los tres me miran asombrados, tal vez me lo estoy imaginando para darme esperanzas, pero parece que Hiccup está especialmente sorprendido–. ¿Por qué asumisteis que solo me gustan las mujeres?

Heather frunce un poco el ceño. –Bueno, siempre hablas porquerías de los chicos del Campamento, pero eres un poco más ¿cómo decirlo? ¿empática con las chicas?

–Porque los tíos del Campamento son gilipollas perdidos, las chicas suelen al menos ser menor violentas conmigo y no tan extremistas con su odio hacia mí. No es mi culpa que los dioses solo creen sujetos idiotas –casi de inmediato me volteo hacia Hiccup–. Tú no, Hiccup, tú eres decente.

Me rio un poco al verlo alzando una ceja y sonriendo con sorna. –¿Solo decente? Pero si soy un encanto.

–¿Si recuerdas que me embadurnaste la cara con ceniza cuando nos conocidos, verdad?

–¿Hablas de las cenizas que hice con la manzana que me tiraste a la cara? Sí, creo que hablas de las cenizas de la manzana que me tiraste a la cara.

Astrid nos interrumpe. –Ni me habléis de ese día, sigo enojada con vosotros dos por haberla liado tanto por un maldito malentendido.

Hiccup me señaló de inmediato, como un reflejo aprendido por demasiados años. –Fue todo culpa suya –asegura con toda la firmeza del mundo, sin un solo atisbo de duda. Ruedo los ojos ante sus actos infantiles, no me voy a meter en su tonto juego culparnos como niños pequeños.

Niego con la cabeza mientras suelto una risilla. –Eres un crío, Haddock –antes de que Hiccup pueda responder cualquier cosa, seguramente algo infantil, recojo mi escudo y me dirijo a Heather–. Venga, ¿continuamos o qué?

La hija de Ápate me imita la sonrisa juguetona, la suya lleva muchísima más malicia que la mía, pero eso no significa en lo absoluto que ninguna de las dos esté más intimidada que la otra, aquella sonrisa Heather me dedica solo me indica que tengo que estar atenta a cualquier cosa porque piensa jugar sucio.

Antes de que ninguna pueda hacer un solo movimiento, una potente voz resuena por todo el Campo de Entrenamiento.

–¡Elsa Snow! –se me eriza cada vello del cuerpo en cuanto soy consciente del preocupante tono de voz que Quirón utiliza para llamarme, me doy vuelta apresuradamente en su dirección, incluso, por costumbre más que nada, oculto la espada y el escudo tras mi espalda. El hombre-caballo se ve increíblemente serio, increíblemente angustiado, por lo menos no se ve enojado–. Acompáñame de inmediato a la Casa Grande. Hiccup Haddock, Heather Berserker, Astrid Hofferson, informad de inmediato al resto de jefes de cabaña que una reunión de emergencia será llevada en media hora.

Trago saliva con dificultad, Heather y Astrid me miran preocupadas antes de dejar todo sobre un banco desocupado y caminar hacia la salida, Hiccup se queda un rato más conmigo, pasa una de sus manos por mi espalda y me susurra algo con toda la seguridad del mundo.

–Tranquila, todo va a estar bien.


Fuego y hielo su camino habrán de forjar

Al rey ofendido tendrán que contentar

Caminad con la guía del hermano del mar

Ignora las marcas que tu legado ha dejado

Ignora los ojos del pasado sobre ti

Solo así el Olimpo te dejará vivir.

Siento que no puedo respirar, siento que me desmayaré en cualquier momento, no soy capaz de comprender absolutamente nada, no soy capaz de entender cómo hace unos minutos sencillamente estaba cotilleando con los pocos amigos que tenía y ahora me estoy enterando que la propia Afrodita, por ser yo su legado, me está enviando una misión para que el Olimpo no quiera matarme –porque, sorpresa, sorpresa, no es solo que no les agrade, es que quieren matarme para no tener que seguir soportándome–. Se me han escapado un par de lágrimas porque creo que estoy al borde de un ataque de pánico y porque la distancia tan firme que marcan el señor D y Quirón entre nosotros hace que me sienta horriblemente abandonada.

–N… no entiendo, no entiendo nada, Quirón, no entiendo nada de la profecía –es todo lo que logró balbucear, intentando recuperar la respiración, intentando contener el doloroso palpitar de mi corazón, intentando mantener a raya el miedo que me estaba asfixiando. Pego un brinco en cuanto siento una de las manos de Quirón apoyándose en mi hombro derecho, alzo la mirada bruscamente y no puedo encontrar absolutamente nada de empatía en su mirada.

–Para ello es la reunión de jefes, Elsa, para que podamos repasar qué significa la profecía y que salgas victoriosa de tu misión –se toma una pausa, una pausa que, no sé si me lo estoy imaginando, lleva a cabo para impedirse mostrarme algo más de aprecio–. Ve a tomar un poco de aire, muchacha, lo necesitas antes de comenzar todo esto.

No necesito escuchar más, ignoro la preocupada mirada del Oráculo de Delfos, aquella mujer de rojos cabellos solo me mira con pena, esa pena que llevas sintiendo toda la vida de dar siempre malas noticias. Salgo apresurada, casi chocándome con varias cosas antes de empujar las puertas y aferrarme al barandal del porche porque por un momento sentía que estaba a punto de desmayarme, tengo los ojos ardiéndome, la cabeza dándome vueltas y las mejillas empapadas por mis sollozos. No puedo, sencillamente no puedo hacer esto, quiero irme a casa, quiero quedarme hecha bolita en cama y que nadie me dirija la palabra.

Una voz masculina hace que suelte un gritillo. –¡Elsa! –dirijo mi mirada hacia la derecha, encontrándome rápidamente con Hiccup, que me acuna el rostro de inmediato y empieza a limpiar mis lágrimas–. Dioses, ¿estás bien? ¿qué ha pasado?

No soy capaz de decirle nada, me aferro a él como si lo necesitara para respirar, lo apretujo contra mí y oculto el rostro en su cuello, siento como sus brazos rodean mi cintura de inmediato, lo escucho repitiendo de que todo está bien, de que está aquí para mí, tiemblo de pieza a cabeza cuando empieza a besar mi cabeza, transmitiéndome algo de calma, la suficiente como para poder decirle que acaba de pasar.

–Me han dado una misión –le digo como puedo, sin soltarme ni apartarme en lo absoluto–, una misión agendada por Afrodita… para convencer al resto de los olímpicos de que no me maten.

Siento como todo su cuerpo se tensa. –¿Matarte?

–Me quieren muerta, Hiccup –sentenció con algo de rabia, pero controlándome todo lo posible–… tengo miedo, no quiero morir.

Me aparta un poco de él, nuevamente me sujeta el rostro con ambas manos, limpiando las nuevas lágrimas que he dejado caer, se ve tan serio, incluso algo intimidante, pero puedo estar segura de que puedo permitir ser absurdamente vulnerable a su lado.

–No voy a dejar que te pasé nada, ¿de acuerdo? Iré contigo –dice con tal firmeza que no puedo evitar temblar por completo.

–Ni si quiera sabes si…

–Iré contigo –insiste, ahora bajando sus manos para volver a sujetar mi cintura–. Si te pasara algo, cualquier cosa, a sabiendas que pude haber estado contigo, Elsa, jamás me lo perdonaría.

El corazón me bombea alocadamente, por la cabeza se me pasan un montón de ideas que definitivamente son estúpidas, que definitivamente no debería de estar considerando de manera seria. No debería de hacerlo, definitivamente no debería de hacerlo bajo ningún concepto, porque esto definitivamente es una mala idea, ¿verdad? Es una pésima idea.

Al demonio, en palabras de Olivia Rodrigo: fuck it, it's fine.

Tiro del cuello de su camisa para bajarlo hasta mi altura y atrapar sus labios en un beso desesperado, un escalofrío me recorre todo el cuerpo porque, demonios, realmente no llegué a creer que esto pudiera sentir tan bien. Sus labios están algo rotos y se mueve con cierta timidez, pero sus manos apretujan mi piel de tal manera y todo su cuerpo me trasmite una calidez que sencillamente sé que en algún punto terminará de derretirme. No sé si mi piel es exageradamente sensible o si su cuerpo posee temperaturas exageradas, pero cuando siento sus manos metiéndose por debajo de mi suéter, sé a la perfección que tendré las marcas de sus dedos por unos cuantos días.

Nos separamos finalmente, no puedo evitar sonreír como tonta cuando veo lo desordenado que ha quedado su cabello, lo sonrojado que está y esa mirada llena de devoción que me está dedicando.

–Te quiero, Hiccup –le digo sonriente, acariciando su cabello.

Unas risillas hacen que ambos peguemos un brinco. –Os ha costado lo vuestro, ¿eh? –nos comenta Astrid en risillas.

–He ganado la apuesta –canturrea contentísima Heather, dando brinquitos–. Sabía que podía confiar en ti, Snow, si fuera por Hiccup te confesaría sus sentimientos en el lecho de muerte.

Veo a Astrid rodando los ojos y frunciendo el ceño hacia Hiccup. –Y yo que pensaba que habías aprendido algo, maldita sea, llevas semanas babeando por ella, ¿qué tanto te costaba dar el paso?

Hiccup finalmente me suelta, solo para pellizcar el puente de su nariz. –¿Habéis apostado con respecto a quien se confesaría primero?

–Veinte dracmas –asiente Astrid–, me has hecho perder veinte dracmas, cobardica.

No puedo evitar reír en cuanto veo como Astrid e Hiccup comienzan una discusión tonta que tiene pinta de durar bastante, sobre todo porque Heather no puede evitar meter cizaña de vez en cuando solo para divertirse un poco, realmente no me sorprendería en lo absoluto si algún día descubrimos que Heather también es legado de Eris, tendría toda la lógica del mundo. Finalmente me alejo del porche, logrando calmarme un poco al ver las tonterías de esos tres.

Heather de repente se olvida por completo de esos dos, se me acerca con una rapidez sorprendente y me rodea los hombros con un brazo.

–Entonces, ¿qué te ha dicho Quirón? –me pregunta con una delicadeza que me deja asombrada.

Hago una leve mueca antes de responder. –Una profecía… Afrodita me manda una misión para contentar al Olimpo.

Heather frunce el ceño. –¿Por qué ella?

–Supongo que es porque soy su legado y es la única que está dispuesta de hacer algo por mí… la verdad es que no tengo ni idea, y ni siquiera estoy en condiciones para ponerme a pensar que podría significar la profecía.

–Ah, pero si estás en condiciones para comerle los morros a Hiccup.

–Cállate, Heather –gruño, dándole un codazo, recibiendo unas cuantas quejas de su parte–. Vamos de una vez a la Sala de Reuniones, quiero acabar de una vez con esto.

Ella vuelve a inclinarse un poco más hacia a mí. –No me vendría mal apuntarme a tu misión, después de todo aún necesito una recomendación para la universidad de Nueva Roma, aunque entendería si no me quisieras ahí, ya sabes, una nueva parejita como vosotros dos necesitan algo de espacio para… ya sabes, divertirse un poco.

–Heather, en serio, cállate un poco.

Pero ella solo me ignora para voltear hacia esos dos que siguen peleando como niños pequeños. –¡Eh! ¿Venís o qué?

Hiccup y Astrid se detienen de inmediato, como si realmente aquella simple pregunta les hubiera hecho recordar de golpe y porrazo que había algo mucho más importante llevándose a cabo. Se acercan a nosotras casi de inmediato, tengo que admitir que me permito reír con ganas en cuanto Astrid llega a nuestro lado y pilla a su novia del brazo derecho para atraerla a su lado. Noto la mirada incomoda de Hiccup, puedo sentir su nerviosismo con tan solo mirarlo, está dudando cómo es que deberíamos actuar a partir de ahora. No puedo evitar sonreírle antes de tomar su mano, él de inmediato entrelaza nuestros dedos y siento nuevamente esa increíble calidez suya recorriéndome por completo.

No puedo decirle nada antes de irme a mi asiento en la mesa de Ping Pong, a Astrid y a Heather les pareció divertidísima la idea de tirar de mí hacia el lugar que solemos ocupar en cuanto vieron que intentaba decirle algo a Hiccup.

Hay una pizarra negra justo detrás del señor D, en tiza blanca está escrita la profecía que yo acababa de escuchar. Con un poco más de calma, sin la sensación de que estoy a punto de vomitar, la profecía tiene muchísimo más sentido, todo parece bastante más claro.

–¿Quién es el rey ofendido? –cuestiona la jefa de la cabaña de Atenea, una muchacha llamada Bella, quien parece sumamente indignada por haber sido obligada a cerrar su libro para ayudarme a sobrevivir.

Jugueteo con mis dedos mientras observo fijamente la pizarra. La primera parte es vergonzosamente sencilla, las miradas que siento en mí de parte de la mayoría de los hijos de los Olímpicos y las miradas que notó están sobre Hiccup muestran que esa parte ni siquiera está en debate. Fuego y hielo, no hay más gente que nosotros dos que podamos ser definidos de esa manera. El verdadero problema es todo lo demás.

–Eso del hermano del mar –comienza a señalar Mulán, la jefa de la cabaña de Ares, la conozco solo de las veces que me han obligado a participar en Captura la Bandera, siempre la veo jugueteando con la misma daga, justo con la que está marcando algo en la mesa ahora mismo–, tiene dos posibles significados, ¿verdad? Puede ser realmente un hermano del mar, o un hermano proveniente del mar, ¿a qué se refiere exacta…?

Levanto bruscamente la cabeza. –Eumolpo, hijo de Poseidón –digo sin pensarlo, consiguiendo que todas las miradas giren bruscamente en mi dirección. Un trueno resuena y yo me cubro la cabeza de inmediato. Mierda, se me ha ido la lengua y he pronunciado su nombre. Murmullo una disculpa, asegurándome que nadie pueda escucharla.

–Ah, cierto, el hijo de Poseidón y Quíone –comenta con normalidad Bella, no me sorprende que ella lo sepa, solo una hija de Atenea conocería un hijo cualquiera del dios del mar, al único hijo de una diosa tan menor que no fue tomada por los romanos–. Entonces sería Tegirio el rey ofendido, ¿no es cierto? Después de todo Eumolpo perdió una guerra justo después de que lo perdonara y le cediera el trono que intentó usurparle.

No puedo evitar alzar una ceja. –¿Te… te estás burlando?

La hija de Atenea me sonríe con sorna. –Fue asesinado por un rey de Atenas.

Ruedo los ojos y dejo la conversación en eso, no tengo porque meterme en una discusión infantil con Bella, sencillamente no me apetece en lo absoluto.

–Bueno –Heather llama la atención dando una palmada, los hijos de los doce olímpicos definitivamente están asombrados por nuestro comportamiento en esta reunión. Los que somos hijos de dioses menores no solemos hablar mucho cuando nos tenemos que reunir, las misiones suelen ser para ellos, las decisiones las toman ellos, nosotros no tenemos absolutamente nada de importancia en estas reuniones, solemos conversar entre nosotros en susurros, algunos se quedan dormidos –la hija de Hipnos, Aurora, sobre todo– y otros sencillamente miran al techo, cuestionándose por qué tenían que estar ahí, lamentándose todas las decisiones de su vida… yo solía ser de ese último tipo–. Entonces, la nueva parejita del Campamento, sí, se han hecho pareja –anuncia guiñándole un ojo a Ella, la jefa de la cabaña de Afrodita, que de inmediato abre la boca con sorpresa y voltea hacia Hiccup, quien oculta la cabeza bajo sus brazos, negándose a la atención de la hija de Afrodita–, tienen que irse de aventuras a contentar a ese tal Tegirio, con la ayuda de ese tal Eumolpo para que el Olimpo considera que no hace falta matar a Elsa, bien… ¿qué significan los otros dos versos?

Ignora las marcas que tu legado ha dejado

Ignora los ojos del pasado sobre ti

–Más que un aviso –empieza a decir, completamente insegura de mis palabras–, parecen que son simplemente consejos, consejos que solo sirven para mí, porque cambia de plural a singular de un verso a otro… supongo que tendrán sentido a lo largo de la misión.

Bella frunce el ceño. –No puedes partir a una misión con la mentalidad de "ya lo entenderé después".

–Tampoco es recomendable llevar a cabo una misión de solo dos personas, pero tiene pinta de que tendrá que ser así en este caso.

Ella se inclina hacia Hiccup, él sigue removiéndose incómodo por ello. –¿Vais a ir solo los dos?

–Hombre, yo me acabo de enterar de que la profecía también me menciona a mí directamente –responde mientras juguetea con una pieza de metal que no tengo ni idea de dónde ha sacado–. Pero parece que la profecía es bastante clara, ¿no crees? Fuego y hielo su camino habrán de forjar. No solo habla de nuestros poderes, también parece que el tema de la herrería tendrá importancia para la misión.

Inclino la cabeza mientras Heather y Astrid bromean entre susurros que evidentemente solo Hiccup sería capaz de centrarse en la parte de forjar. –Si es que en verdad tenemos que forjar algo –comento mirándolo fijamente–, ¿significa que contentaremos a Tegirio con algo forjado?

–Me parece lo más probable, pero lo que realmente me preocupa es cómo encontrar a ese rey ofendido.

Caminad con la guía del hermano del mar –recito con cierta seguridad–, creo que significa que Eumolpo nos dirá cómo encontrarlo, tal vez también nos ayude a entender cómo contentarlo.

Finalmente luego de mucho tiempo, Quirón decide hablar. –Puedo deciros que Eumolpo se encuentra en las profundidades del mar Pacifico, el punto exacto no lo conozco, pero ninguno de los dos puede meterse en el mar, desafiar el terreno de uno de los Tres Grandes de esa manera definitivamente os traerá problemas.

–¿No hay alguna manera de enviarle un mensaje? –pregunto en cuanto deja de hablar–. Para que sepa que vamos a buscarle, para que nos encontremos con él fuera de los terrenos de su padre.

–Lo único que se me ocurren son ninfas marinas, pero tamaño favor no se lo harían a ninguno de los dos –finalmente Quirón suelta un suspiro pesado, seguramente derrotado por la tensión que crecía y crecía en la sala–, tomemos un descanso, luego seguiremos.


–Tengo una idea –le digo apresuradamente a Hiccup una vez lo he arrastrado hasta un lugar lo suficientemente apartado para que nadie escuchara la locura que se me ha ocurrido.

Él hace una mueca. –¿Es una mala idea?

–Es una idea brillante –me defiendo de inmediato.

–Me refiero a si es peligrosa.

–Oh, sí, absolutamente, por algo es brillante.

Hiccup me acuna el rostro por un segundo para luego apretujarme con fuerza las mejillas. –¿Tu instinto de supervivencia siempre tiene que ser nulo?

Me hundo en hombro. –A veces está en negativo –respondo con gracia a lo que él suspira derrotado–. Vayamos a Quebec, a pedirle un favor a mi abuelo.

Siento como me suelta de golpe y porrazo, hago una leve mueca en cuanto veo el terror en sus ojos.

–¿A Quebec? ¿A pedirle un favor a tu abuelo? ¿El mismo abuelo que traicionó el Olimpo y que por su culpa te han dado esta misión tan extraña?

–Bueno, cuando lo dices así…

–¿De qué otra forma lo podrías decir? –me cuestiona angustiado–. Elsa, ¿qué clase de favor le podrías pedir a ese sujeto?

Jugueteo un poco con mis dedos por el nerviosismo antes de ser capaz de contestarle. –Quirón comentó que las ninfas marinas podrían servir para mandar el mensaje de que vamos para allá a Eumolpo, pero ellas no nos harían caso… pero tal vez otro tipo de ninfas sí que lo harían.

–Ninfas de los vientos –completa Hiccup–, ¿pero no sería lo mismo? Dejar que un ninfa de los vientos del norte entre en el océano irritaría a Poseidón, incluso podría ofender a Eumolpo.

–Pero Eumolpo también es hijo de Quíone, es nieto de Bóreas, tal vez con su protección no le pasaría nada a la ninfa que lo haga.

Hiccup suspira pesadamente mientras remueve su cabello. –Elsa, todo esto puede salir muy mal, ¿eres consciente de eso verdad?

Aprieto levemente los puños mientras frunzo el ceño. –¿Tienes tú alguna idea para todo esto, Haddock?

Hiccup se pasa una mano por el rostro, la deja sobre sus labios mientras mira a la nada, se queda unos cuantos segundos en aquella posición hasta que, luego de un completo y absoluto silencio, con mucha duda, empieza a presentar su idea.

–¿Crees que podríamos invocarlo de alguna manera? –pregunta dubitativo, provocando que yo alce una ceja de inmediato–. Durante su misión, tengo entendido que los Siete de la Profecía tuvieron que invocar a Niké para que les ayudara en algo, hicieron cosas que llamara su atención, que la obligara a salir, ¿qué sabes de Eumolpo? ¿qué podría llamar su atención?

–Mamá siempre cuenta que era el mejor maestro de la lira –es lo primero que se me ocurre comentarle, saltándome deliberadamente la parte que siempre cuenta mi madre, eso de que estuvo presente en mi nacimiento–. Le enseñó a tocar la lira a Heracles, intentó casarse con una sobrina suya, fue desterrado del océano y de Tracia, se volvió sacerdote de Deméter y Perséfone, luego, al morir a manos del rey de Atenas con el que estaba en guerra, fue vengado por su padre. Supongo que después de aquello, fue reaceptado en el reino de su padre.

Realmente no tengo ni la más remota idea de dónde salen esas cosas, pero Hiccup otra vez está jugueteando con una pieza de metal que ahora reconozco como un tornillo roto. Si lo vuelve a sacar en algún momento, le diré que ese es el tornillo que se le ha zafado.

–Probemos primero con ello, no podemos sencillamente irnos al terreno de tu abuelo.

Frunzo el ceño. –¿Qué estás proponiendo? ¿Viajar hasta el Pacífico, intentar invocarlo y si no funciona eso viajar hasta Quebec para luego volver a viajar hasta el Pacifico? ¿Si te das cuenta todas las vueltas innecesarias que damos con tu plan, verdad?

–¿Si te das cuenta de todo el peligro que supone tu plan, verdad? –me responde alzando una ceja, con cierto tono de sorna en su voz–. Viajar a Quebec es demasiado peligroso.

–E intentar invocarlo podría no funcionar. Por favor, confía en mí, tenemos que intentar hablar con una ninfa, Hiccup, podría ahorrarnos y facilitarnos mucho.

–Podría exponerte a demasiado peligro, Elsa, podrían tomarlo como un ataque.

–O tal vez, tal vez mientras no hable demasiado con Bóreas todo esté bien, tal vez ni siquiera necesitemos recurrir a Bóreas directamente.

Hiccup vuelve a suspirar pesadamente, pasándose ahora ambas manos por el rostro, restregando sus ojos como si quisiera fingir que no es cierto nada de lo que está ocurriendo en estos momentos.

–Nos vamos a morir.

Ruedo los ojos, pero aguantando una sonrisilla porque sé que, a pesar de que se está rindiendo a mi plan, volverá a negarse como me divierta demasiado con mi victoria. –No nos va a pasar nada, tú mismo lo dijiste.

–Lo dije antes de tu idea estúpida.

–Me encanta tu optimismo, Hiccup, de verdad, es justo lo que necesitaba.

Él se pasa las manos por el rostro. –Si vamos a morir, ¿puedo primero despedirme de mi madre?

Asiento, aguantándome las risas. –Me parece justo.


Hubo falta un poco de presión y bastante insistencia, pero finalmente Quirón accedió a que visitáramos a nuestras familias antes de comenzar oficialmente nuestra misión. Como ambos sabíamos a la perfección que nuestro querido hombre-caballo se negaría rotundamente a mi idea, sencillamente le dijimos que llegados allí probaríamos una idea algo disparatada, y algo me dice que terminó aceptando la nula información debido a que Hiccup juraba que todo había sido idea suya. Me irritó levemente, pero decidí no dejar que me afectara porque, después de todo, estaba sirviendo en nuestro favor aquella injusta preferencia.

Partimos con varias armas ocultas por la niebla, aparentemente Quirón le enseñaba a los hijos de los doce olímpicos a controlar la niebla para su propia seguridad por el tema de que ellos en específico atraían demasiado a los monstruos, yo nunca consideré necesario aprender a manipular la niebla. Ser la hija de una diosa tan poco conocida y reconocida por el panteón entero significaba que los monstruos jamás me molestaban.

Decidimos pillar un taxi normal y corriente, lo cual agradezco enormemente porque no estoy yo para soportar las terribles manías de conducción de las hermanas grises. Me recosté sobre su hombro izquierdo, preguntándome cómo era exactamente que le explicaría toda aquella situación a mi madre. No solo por el tema de la repentina misión que me ha llegado gracias a Afrodita, sino que hasta ahora jamás había llevado absolutamente a nadie, ni tan siquiera a compañeros de institutos mortales, a casa. Ya me imaginaba la reacción emocionada de mi madre, el alivio que sentiría cuando se enterase que estaba consiguiendo más amistades en el Campamento Mestizo, sobre todo un novio.

Siento su mano tomando la mía, entrelazando nuestros dedos, acariciando con su pulgar el dorso de mi mano, transmitiéndome con tanta sencillez todo ese candor que necesitaba en ese preciso momento.

Cuando finalmente llegamos a nuestra primera parada, la casa de los Haddock, me di cuenta de lo que estaba ocurriendo a niveles más normales… más ¿mortales? Por decirlo de alguna manera en verdad, es que acababa de comenzar una relación y ya estaba de camino a conocer mis suegros, todo el mismo día… todo muy normal en la vida de una semidiosa.

Los Haddock vivían en un departamento en el cuarto piso de un modesto edificio de rojos ladrillos que le daban una apariencia algo antigua y encantadora, incluso aquí y allá subían tiernamente enredaderas que mostraban una que otra flor perfectamente cuidada, como si fueran el jardín de la comunidad por completo y todos tomaran al menos un minuto de su día para cuidar de ello. A pesar de que todo lo que llegué a ver de madera eran los barandales de la escalera, absolutamente todo el edificio tenía un fuerte olor a bosque, como si toda aquella construcción no fuera otra cosa que un roble enorme cuidadosamente tallado.

Pero el departamento de los Haddock olía igual que olía el Bunker 9, olía a ceniza, al aire concentrado y caluroso de la forja, a metal y a madera. Me pregunté si es que aquella familia de verdad tendría por algún lado una forja donde todos trabajaran, o es que sencillamente así es que quedaba el hogar de una amante y un hijo de Hefesto.

Hiccup abre la puerta mientras llama a sus padres, y yo me remuevo algo incómoda porque no tengo ni la menor idea de cómo ninguna de esos adultos terminaría reaccionando a mí.

La primera que aparece es su madre, una mujer bastante alta y delgada, de larga melena castaña peinada en dos extensas trenzas finas, tenía uno que otro mechón blanco que le quedaban tan bien que parecían más bien partes teñidas que canas propias de la edad, su rostro era triangular y sus mejillas hundidas hacían que se notara bastante más. Sus ojos azules brillaron de inmediato en cuanto vio a Hiccup. Se apresuró tanto en llamar a su marido y en ir a abrazar a su hijo que, definitivamente, había pasado por alto mi presencia.

Es solo cuando esté envolviendo a Hiccup en un fuerte abrazo que la señora Haddock se da cuenta de mi presencia, realmente solo porque apoyo la cabeza en el hombro izquierdo de Hiccup y justamente yo estaba de ese lado.

Su expresión cambia de inmediato a absoluta sorpresa y bastante confusión, se aparta de golpe de Hiccup con su mirada clavada en mí. Sonrió nerviosamente y a penas levanto la mano para saludarla, Hiccup se da cuenta rápidamente que su madre está enfocada en mí, pero antes de que pudiera presentarnos, su madre gira levemente su cabeza hacia atrás.

–¡Estoico! ¡Ven aquí de inmediato! –brama emocionada, con una sonrisilla dibujándose en su rostro.

Veo como Hiccup se sonroja. –Mamá –la regaña por lo bajo, pero ella lo ignora.

En tan solo unos segundos la señora Haddock sujetaba con fuerza mis manos.

–Hola, querida, ¿cómo te llamas? Qué guapa que eres, ¿hace cuanto que conoces a mi hijo? ¿eres del Campamento Mestizo, no es así? Claro que sí, con las armas que traéis encima y lo mona que eres, ¿eres una hija de Afrodita?

–¡Mamá!

Descolocada por todo lo que estaba ocurriendo al mismo tiempo –el sonido de pasos acercándose, las preguntas interminables de la señora Haddock, Hiccup rogando a su madre que me diera algo de espacio–, no se me ocurrió mejor cosa que seguir sonriendo como tonta. –Mucho gusto, señora Haddock –es todo lo que consigo decirle mientras ella sigue lanzando pregunta tan pregunta sin tan siquiera tomarse un segundo para respirar.

De momento a otro ella voltea hacia dentro de la casa, la curiosidad es lo que hace que la imite rápidamente. Finalmente la madre de Hiccup me suelta, solo para ir emocionada hacia quien creo yo es el señor Haddock, el padre mortal de Hiccup. Es un sujeto enorme que me pone los pelos de punta en cuanto lo veo, tiene una melena y una barba frondosísimas que están llenas de canas por algunas zonas en específico, podría jurar que sus manos son tan grandes como toda mi cabeza y que sus brazos son más gruesos que todo mi cuerpo, es alto como el demonio, mucho más que Hiccup y yo aquí pensando que algo como eso solo se podía conseguir siendo un gigante o algo por el estilo.

–Vaya, hasta que invitas a alguien a casa –bromea su padre, sonriendo ladinamente acercándose solo para darle unas palmadas a Hiccup en la espalda con tal fuerza que me asombra que no le haya dislocado ni roto nada–. Estoico Haddock –se presenta, extendiendo una de su manazas hasta mí, yo la recibo inmediatamente–, ¿debería de asumir que eres la novia de mi muchacho?

Desvío la mirada sonrojada mientras que Hiccup sigue renegando de sus padres. –¡Papá!

–¿Eso es un no? –pregunta burlón con una sonrisa ladina mientras que su esposa parece estar a punto de ponerse a brincar de la emoción.

Hiccup y yo solo nos miramos de reojo unos segundos antes de desviar la mirada a cualquier otra dirección.

–¡Ese silencio es un sí! –asegura encantada Valka, quien se apresura para volver a tomarme de las manos–. Pero que muchacha más linda que eres, ¿cómo te llamas, cielo?

–E…Elsa Snow, un placer conocerlos, señores Haddock –consigo decir atropelladamente, con las mejillas cada vez ardiéndome más.

–Elsa –repite la señora Haddock–, que nombre más precioso, tienes que ser una hija de Afrodita, ¿no es así? Eres demasiado linda como para no serlo.

–Ah, bueno, en verdad, soy un legado de Afrodita, pero yo realmente… –me interrumpo de inmediato cuando me llega bruscamente el recordatorio que mi madre precisamente no es la mejor diosa de todo el panteón, que por su causa se han llegado a varias desgracias y que estas personas mortales que por el momento parecen tan maravilladas por mí podrían saber mucho más de lo ocurrido hace años y que no haré otra cosa sino ganarme su desprecio y conseguir problemas para Hiccup.

Las dudas se eliminan por completo de mi mente en el momento que Hiccup interfiere por mí al darse cuenta qué es todo lo que está pasando por mi cabeza en ese preciso momento.

Desordenando su cabello, les dice con calma. –En verdad, Elsa es hija de Quíone, la diosa de las nieves del panteón griego.

Tengo miedo de encontrar asco, desprecio, pánico; pero no hay nada de eso a pesar de que, por la inicial sorpresa que muestra la madre de Hiccup, al menos la señora Haddock sabe perfectamente que fue lo que hizo mi madre. Se asombra por unos segundos, pero luego deja escapar una risilla.

–Elsa Nieve, hija de Nieve –dice con cierta gracia, logrando que me tranquilice y me ría con ella. Sí, la diosa de las nieves y el invierno se llama literalmente Nieve y ella fue y se enamoró de una mortal con un apellido que también significa nieve–. Bueno, ¿por qué no nos habías hablado hasta ahora de ella? Si la has traído a presentárnosla digo yo que lleváis tiempo saliendo.

Me aguanto las ganas de decirle que ha sido hace menos de dos horas que le he confesado mis sentimientos a su hijo y que recién ha sido este verano que hemos empezado a hablar, solo me contengo porque Hiccup se puesto serio de golpe, seguramente porque el tema de una misión es bastante más serio de lo que yo quería admitir.

–En verdad venía para avisaros de algo importante –les dice con toda la delicadeza del mundo, como si estuviera intentando caminar por cristales sin lastimarse. Las expresiones de sus padres cambian de inmediato, el terror parece querer apoderarse de ellos, pero ninguno de los dos quiere permitirlo–. A Elsa le han encomendado una misión, y la profecía que el oráculo dio también me mencionaban a mí… así que…

Puedo ver como la señora Haddock palidece horriblemente y no puedo evitar sentirme horrible por ello. No puedo evitar pensar que es mi culpa, que Hiccup tenga que acompañarme es completamente mi culpa, tal vez si hubiéramos empezado a hablar, tal vez si no hubiéramos tenido esa pelea aquel día durante Captura la Bandera, tal vez así él ahora mismo no tendría que poner en peligro su vida por mí, tal vez su madre ahora no tendría que pasarse al menos unos largos y horribles días preguntándose si su hijo llegaría a sobrevivir o no.

Antes de que pudiera tan siquiera disculparme con ellos o al menos decirles con la mirada de que realmente pienso asegurarme de que nada malo le ocurra a su hijo, Estoico toma a Hiccup del hombro y lo guía dentro de casa. Me quedo sola justo delante de la señora Haddock, justo delante de la madre que se va a pasar noches en vela preguntándose si su hijo vivirá o no.

Vuelvo a esperar odio, rencor… algo, pero aquella mujer solo me observa con una pena que me deja completamente destrozada. Tiemblo en cuanto ella decide acunar una de mis mejillas con su mano derecha.

–Cuidad el uno del otro, te lo ruego.

Aprieto con fuerza los labios. –Os juro por el Estigio que haré todo lo que pueda para que Hiccup vuelva sano y salvo.

Pero su angustia aumenta. –Esos juramentos son peligrosos.

–Prefiero que Estigia me castigue eternamente que, deliberadamente, darle la espalda a Hiccup y alejarlo de usted. No se merece perder a su hijo, me aseguraré de que así no sea.

Finalmente la señora Haddock me sonríe, eso logra que me calme un poco. –Eres un buena muchacha, me alegra tanto que mi niño haya encontrado a alguien como tú.


Mamá parecía estar a punto de desmayarse, al igual que con Estoico y Valka, la emoción de saber sobre mi relación con Hiccup se esfumó en cuanto le tuvimos que decir que partíamos a una misión, que este era una despedida preventiva, por si no volvíamos. No sé cómo logra mantenerse, no sé cómo es que logra pedirnos que pasemos e insiste en hacernos algo de té, intento convencerla de que no hace falta, de que estaremos bien, ella insiste en preparar algo de té.

–Dime que dice la profecía, tesoro –me pide mientras deja las tazas humeantes en la mesa.

Suspiro con algo de pesadez antes de volver a recitar todo aquello. –Fuego y hielo su camino habrán de forjar. Al rey ofendido tendrán que contentar. Caminad con la guía del hermano del mar. Ignora las marcas que tu legado ha dejado. Ignora los ojos del pasado sobre ti. Solo así el Olimpo te dejará vivir.

–El hermano del mar –repite en un susurro mientras Hiccup y yo tomamos los primeros sorbos de la bebida–. ¿Se refiere a tu hermano Eumolpo, no es así?

–Eso creo –asiento con toda la firmeza que puedo dedicarle.

Hiccup entonces se inclina levemente. –Disculpe, señora Snow, ¿sabe usted de alguna manera en la que pondríamos contactarnos con Eumolpo?

En cuanto la mirada de mi madre cambia a una más alegre, sé a la perfección que va a mencionar eso y que seguramente no hay absolutamente nada que yo pueda hacer para evitar aquello.

–Oh, por supuesto que sé cómo podríais contactar con él.

–Mamá –intentó detenerla, ella me ignora.

Ella logra volver a sonreírle a Hiccup, de la misma manera en la que sonrió en el momento en el que lo presenté como mi novio. –¿Sabes, muchacho? Cuando Elsa nació fue en este mismo departamento.

Hiccup me mira de reojo, yo insisto en rogarle a mi madre que se detenga, pero ella vuelve a pasar de mí de una manera casi divertida… seguramente era enteramente divertida para ella.

–Su hermano, Eumolpo, se apareció, tocando bellísimas notas en su lira –mamá siempre me cuenta la mismo. La aparición de Eumolpo, de Bóreas y de miles de ninfas del viento–, Elsa ya las conoce a la perfección.

–¿Qué yo qué? –pregunto de inmediato, olvidándome momentáneamente de mi vergüenza.

Mamá asiente con una sonrisa tranquila y dulce. –Es la misma tonada de la nana que siempre te cantaba de niña, no me vengas a decir que ya no la recuerdas, me pedías que te la cantara cada noche.

–¡Claro que la recuerdo! –me defiendo de inmediato–. Pero siempre me contaste que esa canción te la cantaba la abuela cuando eras pequeña, jamás me dijiste que la habías sacado de la supuesta visita de Eumolpo.

Mamá niega con la cabeza. –La letra de la canción me la enseñó tu abuela, es el ritmo, las notas, lo que saqué de la interpretación de Eumolpo, incluso a veces me gusta pensar que él mismo canturreaba en su mente la letra de esa nana, quiero creer que él quería que las combinara. Tal vez precisamente para esto, para que tú supieras como llamarlo si algún día llegabas a necesitarlo.

Ni tan siquiera me permito suspirar pesadamente, sé lo importante que es para mi madre creer en todas esas supuestas conexiones evidentes que tenemos con nuestra familia divina. Mamá realmente se consuela pensando que Quíone sigue cuidando de nosotras, que Bóreas siempre manda auras que se aseguren de que estamos bien, que Zetes y Calais se mueren de ganas de visitarnos para cuidar de nosotras, que el único el hermano del que sabemos, Eumolpo, siempre ha estado presente, cuidando de mí.

También me evito comentarle que no tengo ni idea de cómo tocar la lira, de que ni siquiera sé cómo conseguir una, pero se me ocurre que hacer una yo misma podría incluso funcionar más que sencillamente comprar un en cualquier tienda –además, no me quiero ni imaginar cuánto me costaría algo como eso–, también se ocurre, tal vez dejándome llevar demasiado por la idea de querer satisfacer la necesidad de esperanza de mi madre, que de alguna forma pueda ser capaz de imitar aquellas notas solo porque mi hermano era un maestro de la lira –literalmente, le enseñó a Heracles a tocar la lira–, me limito a preguntarle por algo más.

–Mamá –la llamo con delicadeza–, ¿tú sabes cuales son las marcas de mi legado? ¿entiendes a qué se refiere todo eso de "los ojos del pasado"?

La veo apretujar su taza humeante, me pone nerviosa ese gesto, siento que se está quemando a propósito. Sus labios también están apretados, tantos que puedo notar lo rígida que está su quijada. –Supongo –empieza a murmura con la cabeza agachada–… supongo que es una forma de decirte que ni se te ocurra ponerte del lado de tu madre, que ignores todo mensaje que intente enviarte.

Me muerdo la lengua antes de decir que entonces no hay nada de qué preocuparnos, porque Quíone jamás ha intentado contactarse conmigo. Sin embargo, mamá nunca se muerde la lengua, nunca cuando se trata de Quíone, ni siquiera delante de otro semidiós, ni siquiera delante de un hijo de uno de los 12 Olímpicos.

–Si ella hubiera ganado la guerra –suspira pesadamente, yo solo suspiro pesadamente y me remuevo en cuanto veo de reojo la forma en la que Hiccup ha pegado un leve respingo–, nada de esto estuviera ocurriendo ahora, todo sería mucho más fácil… en el palacio de hielo.

Me levanto bruscamente antes de perder los estribos. Mamá parpadea espantada, no sé si es que todavía no se entera de que odio que hablemos de eso, o es que se acaba de dar cuenta de lo que acaba de decir. Nos mira angustiada a los dos y murmura una apresurada disculpa, haciéndome notar fácilmente que mi madre sigue siendo lo suficientemente racional como para saber que no puede decir cosas como esas delante de alguien más.

–Creo que ya tenemos que irnos, mamá –es todo lo que logro decir, ella asiente repetidas veces mientras también deja el asiento. Rodea la mesa rápidamente y me envuelve en sus brazos con algo de desesperación. La siento aferrándose a mi ropa, apretujándome contra su cuerpo, acariciando mi cabello, siento sus hombros rígidos, lo que me deja saber que se está conteniendo las lágrimas–. Volveré –susurro, intentando creérmelo también–, volveré, mamá, te lo prometo.


–Eso fue… incómodo –dice Hiccup mientras recuenta el dinero que tenemos para pillar pasajes para un autobús que dé comienzo hasta toda nuestra caminata hasta San Francisco, dimos por hecho que lo mejor sería ir como de camino al Campamento Júpiter, por si llegásemos a necesitar refuerzos romanos–. Me habías hablado de que esto… pero no pensaba que fuera tan… tan…

–Mejor déjalo ahí antes de que digas algo que me enoje –le advierto, rodando los ojos–. Es un legado de Afrodita con el corazón destrozado, ¿qué esperabas realmente?

Lo escucho soltar una risilla, seguramente porque su nerviosismo hace que quiera soltar una broma tonta, como cada vez que la situación se vuelve demasiado incontrolable para él.

–¿Te quedarás así si te rompo el corazón?

Y ahí estaba su tontería.

Tomo su mano libre con fuerza casi de inmediato. –Hazme el favor de no romperme el corazón, o yo congelaré el tuyo.

–¿Eso significa que me matarías? –pregunta aún con esa risilla nerviosa, me pregunto cuántas tonterías harían falta para que Hiccup sepa que tiene que callarse.

Me volteo con falsa indignación en su dirección. –Llevamos un día de novios, ni siquiera me lo has preguntado correctamente, ¿por qué tanta obsesión con romperme el corazón? Que no eres tú el que tiene que pasar por el ritual de la cabaña de Afrodita, Hiccup.

Él ignora la mayoría de las cosas que le digo y solo me sonríe con sorna. –¿Preguntártelo correctamente?

Le suelto la mano para cruzarme de brazos. –Solo nos besamos y me presentaste como tu novia, ni siquiera me lo has preguntado.

–Eso es muy infantil, no voy a hacer eso.

–Pues ya lo haré yo.

Él ríe mientras niega con la cabeza. –Me niego, es demasiado infantil.

–¿Te niegas a ser mi novio?

–¡Me niego a "preguntarlo correctamente"! ¿No te parece innecesario a este punto? Nos hemos besado un par de veces, hemos conocido a los suegros, hemos presentado al otro como nuestra pareja, ¿qué más quieres?

Ruego los ojos. –¿Un poco de romanticismo?

–El romanticismo no es lo mío, a los hijos de Hefesto no nos va eso.

Suspiro pesadamente antes de volver a tomarle de la mano con desgana, como si estuviera obligada. –Ya, ya me he dado cuenta –mascullo mientras tiro de él para retomar la caminata–. Y luego os preguntáis por qué Afrodita le pone los cuernos a vuestro padre.

–Eso es un golpe bajo –se carcajea Hiccup, dejando que me adelante un poco, haciendo que parezca que lo estoy llevando a rastas.

–Qué pena, Haddock, tendrás que aguantarte los golpes bajos.

Siento que él deja de caminar, lo cual hace que yo también me frene de golpe.

–¿Haddock? ¿Vuelves a llamarme por mi apellido? –me pregunta y, aunque todavía no me he volteado a verlo, sé que está alzando una ceja y dedicándome esa sonrisa ladina suya que nunca sé decidir si me gusta o si la desprecio.

Antes de que pudiera decirle nada, Hiccup tira de mí, obligándome a darme vuelta y haciendo que me choqué contra su cuerpo. Toma mi mejilla derecha rápidamente y me acerca apresuradamente a él para besarme. Mis mejillas se prenden fuego y el cuerpo entero se me retuerce de emoción, sobre todo mi corazón, que parece estar a punto de salir disparado de mi pecho. Sus labios, aunque evidentemente siguen siendo resecos, se mueven con tanto cariño y dulzura que se sienten como las nubes más suaves del mundo. Su mano derecha acaricia mi mejilla mientras que la otra entrelaza sus dedos con los míos. Es como ese tipo de besos de película en la que la chica alza una pierna, pero tranquilo, sigo teniendo la suficiente seriedad para no hacer algo como eso.

Cuando nos separamos él mantiene su pulgar sobre mi labio inferior, haciendo que mis mejillas se sientan como si estuvieran en llamas.

–¿Sabes que te amo, verdad? –me pregunta seriamente, provocándome un escalofrío de inmediato.

Trago saliva y asiento lentamente.

–Necesito que lo digas.

Dioses, ¿quién le ha dado permiso de ser tan atractivo?

–Sé que me amas tanto como yo te amo a ti.

La sonrisa que me dedica hace que me tiemblen las piernas como si en verdad estuvieran hechas de gelatina.

Hiccup acaricia por unos segundos mi labio inferior haciendo que respirar me cueste cada vez más. –Buena chica –me suelta, así como si nada, como si no estuviera jugando con mi estabilidad mental con tan solo dos palabras. Vuelve a besarme, con la misma ternura e intensidad que antes, pero ahora dura menos. Me dedica esa sonrisa juguetona y ladina otra vez, me suelta finalmente la mano para rodearme la cintura y comenzar a caminar otra vez.

Aprieto los labios mientras intento relajar mi intranquilo cuerpo. –No puedes decir esas cosas de momento a otro y luego fingir que nada ha pasado –le reprochó completamente indignada.

–Claro que puedo, te reto a detenerme.

–Idiota.

–No haberte enamorado de este idiota, cuando lo piensas bien, es tu culpa.


Para cuando llegamos a Topeka, la capital de Kansas y la mitad de nuestro recorrido hasta San Francisco, ya la había liado a lo grande y, aunque podía arreglarlo, por algún motivo me negaba.

Deja que te ponga un poco al día, que han pasado siete días desde que pillamos el primero delos autobuses. Hasta ahora nos hemos montado en unos quince y te juro por los dioses que quiero prenderle fuego a esas cosas de lo cansada que estoy de esos malditos vehículos. En verdad hubieran sido muchísimos menos, pero es que a todas las harpías y espíritus de la tormenta del país se les ha apetecido ir detrás de nosotros durante estos siete días. Al tercer y cuarto bus las harpías le arrancaron el techo o reventaban los neumáticos, no tenemos ni idea de qué clase de explicación otorgaría la niebla a tal locura, pero la cosa es que desde octavo y todos los buses hasta el décimo segundo tuvieron que pasar por calamidades similar. Neumáticos que estallaban de la nada, trozos de la carrocería arrancados, motores completamente incendiados o sencillamente destruidos, peleas entre pasajeros, uno de ellos se llevó un baño en llamas porque un espíritu de la tormenta se metió en el baño mientras Hiccup estaba dentro.

Pero cuando lo comparabas con todo lo que habíamos tenido que pasar nosotros realmente ser un simple autobús sonaba infinitamente mejor, por mucho que terminaras completamente destrozado. Para hacer un rápido recuento: Hiccup casi pierde una pierna, estuvieron a punto de ahorcarlo hasta la muerte, casi me lo chamuscan varias veces con relámpagos, tiene la cara y las manos tan llenas de moratones y cortes que parece el monstruo de Frankenstein, y ahora tiene una fea cicatriz en el pecho por las garras de una harpía, felizmente nada serio. Por mi parte casi me sacan los ojos, me han llenado la espalda de cicatrices de garras, me han estampado contra edificios y árboles, una harpía casi se traga uno de mis brazos, oh, y los espíritus del viento han pillado la manía de pillarme de las piernas para intentar hacer que me estampe contra el suelo luego de una caída de varios metros… no, no tengo ni la más reverenda idea de cómo diantres seguimos vivos.

Hiccup seguía sorprendido y confundido por dos motivos que a mí me parecía lógico: Número uno, el niño favorito de Hefesto estaba asombrado de lo poco que estaba acostumbrada a ataques aleatorios y repentinos. Al ser un hijo tan poderoso de uno de los doce olímpicos, Hiccup estaba acostumbrado a atraer a monstruos a cada hora de su vida, al punto de que hace mucho se había decidido de sencillamente intentar ir caminando a todas partes o de pillarse el taxi de las hermanas grises porque sencillamente ya había arruinado muchos autobuses escolares y casi logra que hagan trizas el coche de su padre. La verdad es que ser la hija de una diosa tan menor de vez en cuando tenía sus grandes ventajas: no llamar tanto la atención, al menos no la de los monstruos. Pero ahora que me voy paseando por el país entero junto al hijo favorito de Hefesto y que los dioses están deseando matarme… pues digamos que esos desgraciados se enteran con mayor facilidad de cada uno de mis pasos.

El otro motivo por el que Hiccup sigue confundido y sorprendido con mis terribles decisiones de vida es lo que ya te había mencionado antes, mi increíble habilidad para sencillamente liarla a lo grande. Todos esos pasos que he tomado en relación a esas malditas voces, todas esas veces que no quería dejar morir a las harpías porque sentía que merecía hacerlas sufrir, todas esas veces que he mirado a los cielos y maldije la derrota de Gea, todas esas pesadillas que me dejaban con una rabia inmensa por el Olimpo, esos ojos que había arrancado de una harpía y de un espíritu de la tormenta que cada vez que me devolvían la mirada –porque los muy desgraciados se movía– me decía de alguna forma que me habían robado algo fundamental para mi vida y que tenía que recuperarlo sea como sea.

Los ojos del pasado sobre mí, las marcas que había heredado del legado de mi familia divina, había hecho un trabajo de mierda ignorando todo ello.

Porque he escuchado esas voces, he buscado y he encontrado la historia de mis primos, he llorado abrazada a la caja donde puse sus ojos, he tenido ataques de ira y pánico cada vez que comprendía más, cada vez que lo recordaba. Se llevaron a mi tía y a mis primos, a Cleóbula, a Pandión y a Plexipo, un hijo de Poseidón los encerró en una jaula, arrancó los ojos de mis primos y, sin importar cuanto rogase mi familia, nadie en el Olimpo ha hecho nada para liberarlos.

El Olimpo lleva siglos y siglos maltratando a mi familia, ese es el legado que llevo, esa es mi herencia. Sus ojos, casi todos azules y fríos como el invierno, son esos ojos del pasado de los que la profecía advertía, me analizan, me siguen, me cuestionan.

Puedo oír esas voces, jóvenes y viejas, masculinas y femeninas, todas ellas preguntan:

¿Pelearás por tu familia o les darás la espalda para salvarte a ti misma?

Te mentiría si te dijera que sé qué es lo que debería elegir.

Cada noche, en esos hoteles en los que Hiccup y yo decidimos pagar solo una noche a pesar de las miradas de desaprobación o pervertidas que siempre nos dedican los dependientes, me quedo tumbada mirando al vacío, recostada de lado, abrazando la caja con esos ojos que me miran fijamente, llorando en silencio.

Cada noche, en silencio, Hiccup se acerca a mi lado, acaricia mi cintura, mis piernas, mi cabello, y pregunta con ternura. –¿Por qué no te deshaces de esas cosas? Solo conseguirás que los dioses duden de ti.

Y cada noche, me aferro con fuerza a la caja y niego sin parar mientras el llanto se intensifica, me hago bolita y apretujo con fuerza la caja porque incluso, en cierto punto, me llego a creer por unos segundos que Hiccup sería capaz de arrebatármela, de arrebatarme todo lo que tengo de mis primos.

Y cada noche, Hiccup suspira pesadamente, me limpia con delicadeza las lágrimas y se recuesta en la cama apara abrazarme con fuerza y repetirme la misma promesa.

–Sin importar qué es lo que elijas, sin importar que camino tomes al final, voy a estar siempre a tu lado, Elsa, siempre. Lo juro por el Estigio que siempre te apoyaré y protegeré.

Y cada noche deseo detenerlo, cada noche deseo que deje de prometer que sería capaz de ir en contra del Olimpo por mí, cada noche me maldigo por haber participado aquel día en Captura la Bandera, cada día me maldigo por haberme quedado viéndolo, cada día me maldigo por haberlo conocido y por haber dejado que él me conociera a mí, cada día me maldigo por haberme enamorado de él, por haber dejado que él se enamore de mí, cada día me maldigo por haber confesado lo que siento, cada día maldigo esa maldita profecía que terminó señalándolo a él también. Cada día maldigo haberlo dejado acompañarme, haberlo puesto en tanto peligro, estar siempre en la duda de sí podré cumplir mi promesa de asegurarme que llegue sano y salvo a su hogar, de regreso con sus dos maravillosos padres.

Cada día maldigo que esté ahí conmigo, porque no valgo la pena, no valgo su esfuerzo ni preocupación, no valgo su cariño.

Nuestra relación, mi amor por él, mi estúpido corazón tan delicado como él de mi madre, nada de eso vale más que su seguridad.

Siento sus besos en mi nuca, en mi cuello y en mis hombros, y tengo que contenerme para no romper a llorar aún más porque esos besos ya no trasmiten la misma calidez de antes, ahora sus besos me llenan de miedo, del miedo de que algún día, por mi culpa, ya no estén ahí.

Y le permito que tome la caja para dejarla en la mesa de noche, me toma de la cintura con ternura para que me dé vuelta y lo encare, para que pueda ver su sonrisa y su mirada rebosante de cariño, para que pueda acunar mi rostro y besarme hasta que nos quedemos sin aliento. Me abraza, me reparte besos por el rostro, me recuerda lo mucho que me ama y yo me aferro a todo eso porque realmente es todo lo que necesito.


No te mentiré, querido lector, para cuando finalmente llegamos a San Francisco yo ya estoy hecha un desastre por completo. Llevo una semana entera sin poder dormir con normalidad por todas las pesadillas, tengo la espalda destrozada por nuevos ataques de harpías, y por mucho que Hiccup se esfuerce para que me alimente de forma correcta, simplemente no puedo recuperar el peso suficiente como para no estar al borde del desmayo cada dos segundos. Estoy hecha un horrible desastre, las cosas como son, pero lo importante es que esto está a punto de terminar.

La brisa marina choca contra nuestros rostros, el mar nunca me ha gustado, nunca he disfrutado demasiado que digamos con los territorios de quien alguna vez fue el amante de mi madre divina. Sus profundidades albergan tantas amenazas divinas y mortales que nunca me he sentido cómoda, y descubrir lo que he descubierto sobre la familia de Quíone no ha hecho nada más que incrementar mi desconfianza.

Con la lira de hielo en mis manos, escucho a Hiccup intentando aligerar el ambiente. –¿Segura que cuerdas de hielo funcionarán?

Ruedo los ojos mientras fuerzo una sonrisa. –Mejor que tus cuerdas de estopa, eso me arruinaría los dedos por completo –bromeo, dándole un leve empujón con el hombro, puedo verlo más tranquilo, más seguro de que estoy mejor. Confirmo eso cuando él rodea mi cintura con uno de sus brazos y deja un beso en mi hombro. En esta ocasión no me cuesta sonreír en lo absoluto.

Tomo aire, me tranquilizo todo lo posible y, murmurando solamente para mí la nana que ha pasado por generaciones en mi familia, empiezo a tocar la lira de hielo.

Donde el viento halla el mar

Por un río la memoria va

Muy tranquilas dormirán

El río lleva la verdad

Y en sus aguas

Hallarás

Las respuestas

Siempre al caminar

Escucha en su profundidad

No vayas lejos, te ahogarás

No tengo ni idea de cómo lo hago, pero cada nota sale a la perfección, cada cuerda se mueve a la perfección, ni tan siquiera me duelen las yemas de los dedos –que están tan destrozadas como cada parte de mi cuerpo– al interpretar la canción. Siento a Hiccup reposando su cabeza mi hombro izquierdo, cuando lo miro de reojo puedo ver como de momento a otro parece adormilado y no puedo evitar sonreír con algo de gracia porque ya me imagino lo que contenta que estaría mamá al enterarse que la nana de la familia funciona con absolutamente todo el mundo.

Me remuevo levemente y me atrevo a aquello en lo que había pensado: empiezo a cantar mientras sigo tocando la lira de hielo.

Le cantará al que escuche bien

Y en su canción la magia fluirá

Podrás tus miedos esconder

Y afrontar toda la verdad

Donde el viento halla el mar

Una madre es tu memoria

Ven, mi amor, hacia tu hogar

Y la respuesta encontrarás.

Hiccup pega un respingo en cuanto la canción termina y yo finalmente enfoco los ojos hacia adelante a diferencia de hace unos segundos en los que miraba al horizonte azul.

Frente a nosotros hay un muchacho que apenas superaría los diecinueve años, es tan alto que Hiccup, pero sus hombros son más anchos y su cuerpo más musculoso. Su piel es negra pero tiene pequitas que parecen estrellas o copos de nieve cayendo tranquilamente sobre sus mejillas. Sus pestañas largas y blancas enmarcan los ojos azules más claro que jamás he visto, unos ojos que me recuerdan a los carámbanos de hielo que se formaban en invierno en la ventana de nuestro departamento. Su cabello es largo y está atado en varias rastas teñidas de blanco pero que dejan ver las raíces negras.

Va muy abrigado teniendo en cuenta que estamos en una playa en pleno verano, es cierto que el sol ya se ocultaba, pero de todas formas no me creía que no hiciera calor, sobre todo me basaba en que Hiccup llevaba pantalones vaqueros y una simple camiseta negra de manga corta levemente desgastada. Aquel sujeto nos sonreía mientras metía sus manos en los bolsillos de su elegante pantalón que iba de lujo con su simple suéter de cuello alto negro. Al fijarme bien noto que está maquillado, que de sus orejas cuelgan pendientes de copos de nieve y que el dobladillo de su pantalón tiene un bordado de olas.

Camina lentamente hacia nosotros, me quedó mirándolo fijamente a pesar de que puedo notar que Hiccup se aparta un poco. Una de sus manos, llena de anillos de plata que estaban decorados con preciosas perlas, se coloca sobre mi cabeza y remueve juguetonamente mi cabello.

–Eso sí que es talento natural, hermanita –me dice contentísimo, como si estuviera a punto de acercarse a la primera persona que se pasara por delante de que yo tenía una habilidad natural para la lira–. No sabes lo feliz que estoy de volver a verte.

Genial, todo este tiempo mamá decía la verdad y no había estado alucinando cosas, sé que jamás se callara con respecto a eso.

–Hola Eumolpo –es todo lo que consigo decir luego de unos segundos–, necesitamos algo de tu ayuda, hermano.

Su mirada se entristece, de sus gruesos labios sale un lastimero suspiro. –Estoy aquí para lo que necesites, hermanita, pero no sabes cuánto lamento que tú tengas que pasar por todo esto solo porque el Olimpo no es capaz de asumir sus errores. Si hubieran liberado a Cleóbula, si hubieran hecho verdadera justicia por nuestra familia –su mano baja para acunar una de sus mejillas, y en ese momento me doy cuenta de que jamás un toque tan gélido me había parecido tan reconfortante. Y no puedo evitar preguntar si la caricia de mi madre, si la caricia de Quíone, se sentiría algo similar a la caricia de mi hermano mayor–, tú no tendrías que pasar por todo lo que estás pasando, no tendrías que aguantar las locuras de esos doce sádicos –vuelve a bajar su mano, esta vez hacia mi hombro, esta vez para darme un leve apretón que logra transmitir algo de confianza–. Bueno, ¿qué es lo que necesitas, hermanita?

Trago saliva con algo de dificultad antes de empezar a explicarme. –Hemos de contentar al rey ofendido, a Tegirio, la profecía decía que lo haríamos con tu guía, así que, bueno, hemos venido hasta aquí por algo de tu ayuda.

Lo veo hacer una mueca de asco tan marcada que parece estar a punto de deformar todo su rostro a la versión más horrible que alguna vez pudo haber demostrado.

–Por supuesto que se trata de Tegirio –gruñe mientras finalmente retrocede unos pasos lejos de mí–. Desde que rompieron el maldito Caduceo Tracio en la guerra contra el idiota de Erecteo insiste con que en verdad lo estoy ocultando y manteniéndole lejos de él. No hay manera de que le quepa en esa cabeza que sencillamente no se lo puedo dar porque ya no existe.

–¿El Caduceo Tracio? –repite Hiccup, haciendo que por primera vez Eumolpo se fije en él. Noto aquel brillo en sus ojos verdes, noto de inmediato que tiene un espléndido plan dando vuelta y vueltas en la cabeza–. ¿Idéntico al de Hermes?

Eumolpo hace una ceja. –Llevaba un par de joyas cutremente incrustadas, pero sí, idéntico al de Hermes, allá en Tracia lo adoraban a él sobre a cualquiera de los otros Olímpicos.

Fuego y hielo su camino habrán de forjar –Hiccup recita en voz baja la primera parte de la profecía–. Forjar un nuevo Caduceo Tracio –deduce mientras se voltea a mirarme con una sonrisa tan juguetona e infantil que parece un cachorrito.

Me permito molestarle un poco. –Por supuesto que has buscado tu forma de que esto vaya de forjar cosas.

Él solo suelta una risilla antes de girar para volver a mirar fijamente a Eumolpo. –¿Dónde podría conseguir una buena forja y los materiales necesarios? Si recuerdas como se veía creo que definitivamente podría hacerlo sin problema.

–Oh, bueno, eso es sencillo –asegura Eumolpo sonriente–. Tendremos que ir unos cuantos metros bajo mar –nos dice, señalando con la cabeza el océano, haciendo que mi cuerpo tiemble del nerviosismo–, pero tranquilos, estaréis seguros conmigo.

Eumolpo chasqueó los dedos y un leve torbellino de arena y corales empezó a formarse a nuestro alrededor.


Hiccup se veía encantador cuando finalmente terminó el Caduceo Tracio, apenas le tomó dos días de trabajo intenso y eso que me aseguré de que no se trasnochara y tomara sanos descansos de vez en cuando. Quedó tan perfectamente idéntico al dibujo que Eumolpo había hecho de la versión original que mi hermano y yo estuvimos alabando su trabajo por horas a pesar de que él insistía que había sido solo algo de suerte combinada con lo sencillo que era forjar bajo el mar –algo relacionado con los ciclopes que trabajan en nombre de su padre Poseidón o algo por el estilo–, pero entre Eumolpo y yo básicamente logramos forzarlo a que admitiera su increíble habilidad.

Mi hermano era sorprendentemente, teniendo en cuenta que venía de la antigua Grecia, un encanto de persona. Era amable y paciente, empático y protector, era como el hermano mayor ideal, de esos que solo ves en esas películas que te dejan muy en claro que la escribió y dirigió gene que obviamente no tenían hermanos. Eumolpo llevaba años dirigiendo un templo pensado no solo para brindar respeto a nuestra madre, que aparentemente tampoco pudo estar en su vida por culpa de que Bóreas seguramente hubiera perdido los tornillos si tenía que convivir con la existencia de un nieto fuera del matrimonio, sino también que era como un lugar seguro, fuera de los límites y normas de los olímpicos, con estrictas normas pensadas para que las ninfas, diosas y semidiosas que quisieran buscar un lugar seguro. La mayoría de ellas habían tenido horribles encontronazos con dioses crueles, por los que el templo de Eumolpo era el lugar perfecto para tener un descanso de toda las locuras del mundo exterior.

Eumolpo era muy cariñoso, él mismo parecía un lugar seguro con el que puedes bajar la guardia por completo. Había pillado la costumbre de revolverme el cabello con gestos cariñosos, me arruinaba el cabello, pero realmente me sentía demasiado apreciada por él como para siquiera considerar la idea de quejarme en lo absoluto.

En estos precisos momentos hacía eso mismo, acariciaba mi cabeza con calma, pero hoy se veía especialmente angustiado. –No te confíes alrededor de Tegirio, no bajes la guardia en ningún momento, ese idiota lleva años de rencor guardados por un motivo estúpido, sería capaz de cualquier cosa si piensa que es justo. Ten mucho cuidado, por favor.

Disimulo mi miedo, otras hijas de Poseidón del templo de Eumolpo me han contado la verdad de esa advertencia. Tegirio tomaba lo que quería, exigía todo lo que desease y odiaba recibir una negativa. No solo guardaba rencor a mi hermano por el intento de conspiración en su contra y la guerra perdida, sino también porque hubo algún tiempo en el que lo deseó para él, pero mi hermano se negó.

Eumolpo nos acompañó hasta la entrada de un pequeño edificio de la universidad de Indianápolis, te preguntaras que hacemos aquí, pues, aparentemente, a Tegirio, un antiguo rey griego, cuando salió por las puertas de la muerte durante la guerra contra Gea y los dioses le dejaron quedarse, le pareció una estupenda idea comenzar a dar clases de historia en una universidad, sí es que tiene todo el sentido del mundo, ¿verdad?

Estamos esperando en un vestíbulo, hace unos minutos habíamos hablado con un secretario para que le comentara a Tegirio, que para los mortales se hacía llamar Theo, un poco cutre si me preguntas, que estábamos esperándolo para hablar con él.

–Ya decía yo que olía a pescado congelado –es la forma en la que nos saluda, aunque seguramente solo estaba hablando con mi hermano en ese momento. Sus ojos oscuros rodeados de arrugas están clavados en Eumolpo, su corto cabello castaño está cuidadosamente peinado de forma que no se notasen tanto sus canas, su barba poblada me recuerda bastante a las imágenes antiguas de los dioses olímpicos–. Veo que te has dignado a hacer lo correcto, Eumolpo.

Comentamos antes de que lo mejor sería que Tegirio se creyera que aquel era el verdadero Caduceo Tracia, por lo que en lugar de recordarle que el original fue destrozado hace siglos, mi hermano se limita a bufar con molestia.

–Solo lo hago por mi hermana, no es como si te lo merecieras.

Aprieto la copia del Caduceo Tracio, rogando que aquel sujeto dejara de mirarme con tanto asco. –Ven conmigo –ordena y de inmediato empieza a caminar, le seguimos apresuradamente, pero, sin voltearse, ladra una nueva orden–. Solo tú.

Eumolpo tiene una mirada espantada en el rostro, Hiccup me da un rápido beso en la frente y me asegura que solo tengo que gritar para que él vaya corriendo a por mí. Le sonrío de la forma más honesta que puedo, incluso si por dentro estoy muerta de miedo.

Mientras abre la puerta por mí y espera a que pase a su oficina, Tegirio extiende su mano libre para que le entregue el Caduceo Tracio, lo hago de inmediato, asumiendo que quería darme un discurso infumable de lo impresionantemente amable que estaba siendo al aceptar las disculpas de mi hermano de mi parte en la forma de aquel Caduceo regresado.

Cierra la puerta de un portazo y algo, esas voces tan familiares en mi cabeza, me dice de inmediato que no debí de haber entrado en aquella habitación.

Intento voltearme, para supuestamente defenderme de lo que pudiera suceder, pero solo logro recibir un golpe frío en la mejilla derecha que me araña el rostro y me rompe el labio. Intento aferrarme a algo, pero un nuevo golpe logra que caiga en seco en el suelo alfombrado.

Escupo sangre mientras me intento arrastrar lejos de aquel hombre, el corazón me bombea con locura, los ojos me arden junto con la mejilla, la cabeza me da vueltas. Intento gritar el nombre de Hiccup, pero recibo otro golpe ahora en las costillas.

–Puedes gritar cuanto quieras, semidiosa –masculla rabioso Tegirio, parándose justo encima de mí. Me hago bolita de inmediato, cubriendo mi cabeza lo mejor posible–. Puedes intentar congelar lo que quieras, pero no ocurrirá nada a tu favor.

Chillo con fuerza cuando él me da un golpe tan fuerte en el brazo izquierdo que siento que me ha roto algo.

Sus golpes se repiten una y otra vez mientras vocifera hecho una furia. Me repite que no es idiota, que sabía que esto no era otra cosa que una copia barata del verdadero Caduceo que nos negábamos a devolver, me repite que no soy otra cosa que un desperdicio inútil, que los dioses deberían sencillamente acabar con mi vida de una vez, que se asegurará que desee ir directamente al Tártaro pero que no me dejara. Siento que no puedo respirar, me siento completamente perdida, desprotegida ante su ira que se traduce en patadas y golpes. Intento crear hielo, defenderme de alguna manera, pero no logro absolutamente nada.

Puedo suspirar y arañar la alfombra cuando él finalmente deja de golpearme, pero desearía salir de mi cuerpo y no sentir nada cuando noto que se está arrodillando sobre mis piernas, intento arrastrarme lejos de él, pero clava la punta inferior del Caduceo sobre una de mis manos por unos segundos, lo suficiente como para que me detenga por el inmenso dolor que me arrebató por completo el aire y las fuerzas.

–Me han prohibido mi verdadero deseo –me dice con rabia–, pensé que sería lo correcto, que me lo había ganado luego de todas las faltas de respeto de tu maldito hermano mayor. Un maldito traidor, el perdedor de una guerra tan importante, un desterrado de los terrenos de su propio padre que encima se creyó lo suficientemente importante como para rechazarme… hubiera sido todo un gozo, poder tomar de su hermanita lo que no pude tomar de él, hubiera sido justo, entregarte a él hecha un desastre, poder disfrutar el horror de su rostro.

Quería salir corriendo, quería irme a casa, a los brazos de mi madre, ocultarme para siempre de todo aquello que me rodea, ocultarme de los dioses y de aquel hombre que, por lo menos, termina levantándose lejos de mí.

–Pero me han prohibido tocarte de esa forma… menudo desperdicio –gruñe mientras termina de romper por su cuenta el Caduceo y me lo tira encima mientras hace amago de alejarse de mí–. Haz el favor de traerme el–

No termina su frase por la patada en la entrepierna que logre meterle, termina en el suelo porque también ataco rápidamente su rodilla izquierda, todo el dolor de mi cuerpo me impide doblársela hasta romperla, pero logro que caiga al suelo. Me levanto de un torpe y patético brinco, le tiro las sillas encima y salgo corriendo como alma que se la lleva el diablo.

Cierro la puerta de un portazo tan brusco que ocasiono un estruendo horrible que seguramente ha terminado alertando a todo el mundo en aquel edificio. Bajo las escaleras de dos en dos, no tengo ni idea de cómo puedo seguir corriendo cuando podría jurar que definitivamente algún hueso, sabrán los dioses cuál, lo tengo roto. No puedo ver ni a Hiccup ni a Eumolpo, no creo que sencillamente se hayan ido, pero mi cabeza no funciona correctamente, no se me ocurre buscarlos, solo seguir corriendo, correr y correr lejos de aquel monstruo.

En algún punto la adrenalina que sentía decide que está hasta las narices de mí y me abandona por completo, haciendo que la bilis se acumule en la boca y no encuentre más opción que potar en la primera esquina del exterior, me duele todo el cuerpo, tengo la boca llena de sangre, como si fuera una maldita vampiresa y finalmente mis oídos me comentan el hecho de que hay dos personas gritando mi nombre.

Suelto un chillido y me retuerzo adolorida cuando Hiccup intenta rodearme la cintura. Intento alejarme de él, pero, con mucho más cuidado, él sigue sosteniéndome, seguramente porque puede darse cuenta de que estoy a punto de desplomarme sobre mi propio vomito.

–Thor bendito, Elsa, ¿qué ha pasado? ¿qué te ha hecho? –me pregunta angustiado, yo todo lo que hago es desplomarme contra su pecho y comenzar a llorar como una niña pequeña, él me abraza con delicadeza, a penas y siento su tacto cálido–. Eumolpo, ¿tienes néctar o ambrosía contigo?

No escucho respuesta, solo siento como Hiccup me mueve para que Eumolpo me encare y acerque un trozo de ambrosía a mi boca. Mastico como puedo aquel cacho tan pequeño, aliviada al sentir como el labio deja de arderme y el dolor de mis costillas se aliviaba poco a poco.

–Él… él… Tegirio sabía que no era el verdadero… sabía que –intento explicarme, sigo en pánico, no pudo parar de llorar en lo absoluto, Eumolpo acuna mi rostro con delicadeza, noto que tiene ganas de maldecir a los dioses, pero se limita a seguir consolándome–. No sé qué hacer, no sé qué hacer…

–Shh, shh, ya está, ya pasó, ¿de acuerdo? –mi hermano me rodea con cariño entre sus brazos, colocando mi cabeza en su hombro izquierdo, dejando que sencillamente sienta aquel aroma marino de su cuerpo que se combina que algo que sencillamente no era capaz de identificar en lo absoluto.

Me aferro con fuerza a su ropa, me aferro a su abrazo con terquedad, pero no puedo evitar mirar a Hiccup, esperando consuelo también de él, porque le necesito, sencillamente le necesito. Él se acerca para acariciar mi rostro con delicadeza, limpiando mis lágrimas.

No sé por qué se lo digo, no sé por qué lo suelto de esa manera, ni siquiera soy capaz de comprender que he obtenido la fuerza para hacerlo. Pero, sollozando y con la voz temblándome, le digo lo mismo con lo que me amenazó Tegirio, le digo lo que ha pasado en aquella maldita oficina, y su respuesta es básicamente sacarme del abrazo de Eumolpo para rodearme con tal intensidad que sencillamente es obvio que se ha olvidado que me duele todo el cuerpo. Apretuja mi nunca y mi cintura sencillamente para mantenerme lo más cerca posible, me apretuja de manera que siento que jamás seré capaz de deshacerme de aquel candor que él deja en mi cuerpo.

Deja un beso en mi frente y en mis mejillas, y lentamente me suelta. Hiccup mira fijamente a Eumolpo, con una seriedad que llena de pavor porque jamás había visto ese tipo de chispa alumbrando su mirada verde.

–¿Puedes llevarla a casa? –le pregunta con calma a Eumolpo, intento pedirle que se quede conmigo, que no se vaya y me deje aquí, pero mi hermano me interrumpe, preguntándole si quiere que luego venga a por él–. Sí, dame unos minutos –asiente, y luego vuelve a darme un beso en la frente.

Eumolpo hace que nos aparezcamos en Nueva York antes de que pueda pedirle a Hiccup explicaciones.


No me preguntes cómo ocurrió esto, pero a los días de haber vuelto de Indianápolis, luego de intentar buscar consuelo en casa con mi madre, y luego de confirmar con Eumolpo de que Hiccup había vuelto sano y salvo a casa tan solo unos minutos después de mí, luego de todo eso, de ni siquiera haber acabado correctamente la misión, Quirón me informó que luego de que Hiccup la liara muchísimo con su padre y con el Olimpo, los doce habían decidido que había finalizado la misión y que había sido perdonada.

–¿¡Has hecho qué!? –bramo cuando finalmente Hiccup me explica qué diantres fue lo que hizo.

Mi estúpido novio, por su parte, solo come desinteresado un trozo de pizza de queso. –Quemé el lugar, su oficina en particular.

Me paso las manos por las caras desesperada. –Lo quemaste vivo.

–Ajá.

–Y luego volviste a casa como si nada.

–Exactamente.

–Y todos estos días que no te he visto has estado en el palacio de tu padre y en el Olimpo, diciéndoles que todo el tema del incendio fue cosa tuya y que no había motivo para seguir tocándome las narices.

Hiccup da otro mordisco, mastica lentamente y traga sin darle importancia a mi pánico. –Dicen que te estarán vigilando por el tema de los ojos, sí, saben lo de los ojos, pero como no se les ocurre nada más y no tuviste que ver con la muerte de Tegirio, al menos esa misión está cumplida. Ah, Afrodita dice que te escribirá una carta de recomendación para la universidad de Nueva Roma.

No puedo evitar desplomarme sobre la mesa de mi cabaña, Hiccup sigue comiendo.

–Has matado a alguien.

–Mato a monstruos todo el tiempo, no veo la diferencia.

–¡Era un humano!

–Se lo merecía –afirma con la misma firmeza de aquel día–, y solo he dejado el Olimpo sin chamuscar porque han sido lo suficientemente conscientes como para admitir que dejar a Tegirio a cargo de esa misión había sido una soberana gilipollez.

Tiro de mi cabello. –¿Cómo es que el Olimpo simplemente permite que seas un descarado?

Hiccup se hunde en brazos. –Creo que ayudó un poco que papá gritara todo el tiempo "¡Mandaré mis bestias mecánicas al cabronazo que se le ocurra hacerle algo a mi hijo!"

Me desplomo contra su hombro derecho.

–Estás loco, Hiccup Haddock, completamente loco.

Siento como se mueve para tomarme de la cara con delicadeza y darme un lento beso en los labios.

–Te amo –me sonríe con calma, una calma que me contagia.

–Lo sé, lunático, yo también te amo.


.

.

.

Espero que podáis perdonar mi expresión, pero jodeeeer que largo que ha quedado esto, ¿cómo narices he terminado extendiéndome tanto?

Os juro que pensaba que sería algo, como mucho, del nivel del último capítulo de El destino siempre te alcanza, pero cuando alcancé los 10,000 palabras me di cuenta de todo lo que aún me faltaba. Y yo, de ridícula, me confundí muchísimo por eso hasta que me di cuenta que Engañando al Destino reescribía el final del primer libro, mientras que aquí literalmente lo estoy cambiando absolutamente todo.

Bueno, ahora que ya he comentado lo largo que está esto, pasemos a leves explicaciones.

Como ya había comentado antes, esto viene de una pregunta que la propia Elsa se plantea en algún momento sobre cómo hubiera sido todo si Hiccup hubiera nacido como un semidiós común de su misma generación, y, bueno, esta es la respuesta. Así aquí tenéis algo dulce luego de aquel final tan triste: Hiccup ama a Elsa en cualquier universo.

Por si no ha quedado claro, este Hiccup es muchísimo menos épico que el otro, siento que ha aprendido sencillamente a evitarse problemas y salir huyendo cuando tiene la posibilidad. Este Hiccup es más sarcástico y tiene muchas inseguridades sobre su apariencia, no es tan sádico ni tan seguro con respecto a sus habilidades. Aunque no creo que este Hiccup se meta en peleas físicas por cualquier motivo, creo que definitivamente es el tipo de novio que haría arder el Olimpo entero por Elsa.

¿Qué pasaría luego con ellos teniendo en cuenta que Elsa aún tiene los ojos? Pues no tengo ni la remota idea, si alguien quiere seguir la historia o usar la idea tiene todo el permiso del mundo, yo ya estoy agotada de ella (además que siento que si quisiera responder esa pregunta primero tendría que saber cómo terminaré la segunda parte de la saga)

Seguro que os pensáis que ahora lo que viene es finalmente la secuela centrada en Anna, después de todo necesitáis respuestas sobre qué diantres ha ocurrido.

Bueno, pues de eso nada, finalmente tengo en mi poder El Cáliz de los Dioses y La profecía del rayo y las estrellas (menuda basura de traducción, déjame que te diga) me voy a leer los libros antes de comenzar a escribir largo y tendido para asegurarme de que todo esté medio bien con respecto al canon. ¡Pero no os preocupéis! A cambio de la espera extendida de la secuela !Habrá otro "¿y si..?"! Uno que parece incluso más cuco que este la verdad y que contesta la pregunta: ¿Y si Hiccup y Elsa se hubieran conocido en la antigua Esparta? O, como me gusta llamarlo de coña ¿y si nuestros niños no tuvieran traumas?

Eso sí, espero poder mostraros un cachito de Percy Jackson y la Venganza por Cleóbula cuando finalmente publique el siguiente "¿y si...?"

Aprovecho para compartiros lo que alguna vez espero que sea la línea cronológica de esta saga:

1. Percy Jackson y la Amante de las Nieves (Precuela sobre Iduna y Quíone)

2. Percy Jackson y la Princesa Pérdida (Precuela sobre la misión de Heather, Astrid y Elsa para rescatar a Rapunzel).

3. Percy Jackson y la Traición del Invierno (Primera parte: Hiccup y Elsa)

4. Percy Jackson y la Aventura de dos Tontos/ Percy Jackson y la herencia de Poseidón [Primeros "¿Y si...?" No importa en que orden se lean].

5. Percy Jackson y la Venganza por Cleóbula (Segunda parte: Anna y Rapunzel)

6. Percy Jackson y el Veredicto de Hera (Tercera parte: Tadashi y Mérida)

7)?. Percy Jackson y el Más Allá de los Héroes (No sé si ocurrirá como one-shot individual o sencillamente convertirlo en el último capítulo.)

La posibilidad de un "¿Y si...?" de la segunda y la tercera parte todavía la tengo en duda, no prometo absolutamente nada.