¡Hola! ¡Hola!
Un día tarde, pero aquí está el nuevo capítulo.
He de decir que me deprime un poco no tener tantas visitas, pero al mismo tiempo los pocos que sois me alegráis el día. Os agradezco que sigáis aquí leyendo cada semana esta historia.
Tengo tantas cosas que quiero escribir sobre el SenHaku... Que emoción!
Tengo que avisar de que esta historia es quizás +16. Contiene escenas subidas de tono pero nada con temática sexual. Aun así sentía que debía avisaros por si acaso.
En fin, espero de verdad que os guste este capítulo.
¡Nos leemos abajo!
▹Capítulo 6◃
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Aun con la mano posada sobre la mejilla de la chica, Senku carraspeó, y con suma lentitud fue apartándola hasta dejarla a un lado de su cuerpo.
- ¿Dónde está Ukyo? – preguntó observando como la chica se enderezaba con cuidado de no despertar a la pequeña. – Le dije que no podía dejarte sola.
Kohaku no contestó. Hubo un breve momento de silencio donde el chico esperaba impaciente a que la muchacha contestara a su no tan difícil pregunta, mientras ella observaba la peluda manta como si fuera lo más interesante del mundo.
- Ha… tenido que irse… - murmuró ella largos segundos después.
Y por un momento, el peliverde pudo jurar haber visto a la chica sonrojarse ligeramente.
Quiso preguntarle que le ocurría, pero, entre que no sabía cómo hacerlo, y que la voz de la pequeña Suika lo interrumpió, finalmente no dijo nada.
- ¿Kohaku…?
- Buenos días, Suika. – la saludó la joven ayudándola a incorporarse. - ¿Cómo has dormido?
- Bien, pero… siento haberlo hecho. – se disculpó la pequeña agachando la cabeza. – Tenía que haberte vigilado y cuidado, y aun así…
Sin previo aviso Kohaku la atrajo hacia ella para brindarle un cálido abrazo y alejar así sus preocupaciones.
- No tienes por qué disculparte. – le dijo. Y tras esas palabras la separó un poco para poder observarla. – Estabas cansada, ¿no es así? – La pequeña asintió y sin poder evitarlo, Kohaku sonrió. – Te quedaste aquí conmigo, así que no tienes que disculparte, ¿de acuerdo?
Suika quiso replicarle que ella no había hecho nada, que no había podido cuidarla y vigilarla debidamente, pero en vez de eso, asintió tras ver esa cálida sonrisa que le dedicaba, sonrisa la cual, siempre lograba tranquilizarla.
- ¿Estás mejor, Kohaku? – inquirió la niña segundos después.
- ¡Estoy perfectamente! – contestó.
La joven habló eufórica intentando verse igual de energética que siempre, pero Senku, quien no había dejado de ver a las dos chicas, negó con la cabeza.
- Eso lo determinaré yo, leona. – se apresuró a decir el muchacho poniendo ambas manos sobre su cintura. – Primero tengo que hacerte las pruebas, ¿recuerdas?
- ¡No soy una leona! – contestó ella de inmediato. – Y claro que lo recuerdo. Si salen bien, mañana podré salir de aquí.
- Pero solo si salen bien. – recalcó nuevamente él.
- Sí, ya lo he entendido. – bufó ella algo molesta.
Kohaku sentía que el muchacho estaba exagerando demasiado. Entendía que pudiera estar preocupado. De ser él quien hubiera caído desde el acantilado, ella también lo hubiera estado, y mucho más que él. Pero ni que no la conociera. Era fuerte, podía aguantar cualquier cosa. Simplemente exageraba.
- Pues ya que estás nuevamente despierta lo haré ahora, ¿te parece? – preguntó. Kohaku asintió, y su vista se dirigió a la pequeña niña. – Suika, necesito que salgas de aquí un rato mientras le hago las pruebas.
- De acuerdo. – contestó ella, y siendo abrazada una última vez por la mayor, se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
- Y ya que estás, ¿podrías ir a buscar a Ruri? – le pidió Senku antes de que cruzara el umbral. - No la he podido encontrar.
- ¡Por supuesto que sí! – gritó la pequeña emocionada. Y sacando un sombrero de quien sabe dónde, se la puso en la cabeza y salió de la casa no sin antes decir: - ¡La detective Suika se encargará!
Ambos muchachos soltaron una pequeña risa tras verla desaparecer.
- Bien, leona. ¿Estas preparada? – preguntó el muchacho avanzando hacia ella.
- ¡No me llames leona! – regañó. Segundos después asintió y observándolo, preguntó: - ¿Qué tengo que hacer?
- No mucho. – contestó él sentándose en la silla a un lado de ella. – Solo tienes que responder a unas preguntas que voy a hacerte, para así poder descartar ciertas cosas. Después mediré tu frecuencia cardiaca y finalmente revisaré tu cuerpo para ver si tienes dolores internos.
- No tengo dolores. – contestó ella de inmediato.
- Es posible que ahora no. Estas cómodamente sentada, al fin y al cabo. – contestó hurgándose el oído con indiferencia. – Pero es posible que si te palpo ciertas partes del cuerpo, notes dolores que no sabías que tenías. Sería algo común.
- Ya veo… - susurró ella.
Y observándolo fijamente, escuchó con atención cada pregunta.
Senku comenzó a interrogarla, y con paciencia tuvo que explicarle varias veces lo que significaba cada palabra pronunciada y cada pregunta hecha.
No era común para Kohaku escuchar palabras tan técnicas como las que Senku estaba soltando, así que no tuvo más remedio que también tener paciencia y preguntar con cautela lo que significaba cada cosa. Temía que el chico se enfadara con ella.
Pese a eso y lo mucho que tardaron, pudieron finalmente terminar el cuestionario y pasar a la siguiente prueba.
- Bien, leona. Este ejercicio es el más fácil que vas a hacer. Solo tienes que mirarme a los ojos y respirar, ¿de acuerdo?
- ¿Respirar? – inquirió ignorando el sobrenombre. - ¿Solo eso?
- Solo eso. Necesito ver si tu respiración es normal calculando en un minuto las respiraciones que haces.
- Suena fácil.
- Bien. Pues comencemos.
La muchacha hizo caso a su pedido, y observando al chico fijamente comenzó a respirar con normalidad.
Senku por su parte observó a la chica mientras contaba los segundos en su cabeza. Pasó sus ojos desde su nariz a su pecho hasta terminar en su boca levemente abiertos. Él seguía contando, era bueno en eso, así que no le importó demasiado comenzar a estar más pendiente de los rojizos labios de la chica, que en la prueba en sí.
Inconscientemente se imaginó a si mismo levantarse y comenzar a devorar esos labios mientras apresaba a la muchacha en sus brazos.
Era absurdo...
Intentando alejar esos pensamientos de él, Senku terminó la prueba.
- Tus respiraciones no son normales. – soltó segundos después apuntando los datos en su libreta. – Pero no es de extrañar. Estuviste sumergida en el río bastante tiempo antes de que Ukyo te sacara.
- Ya veo… - contestó ella.
Y al no ser esa la respuesta que se esperaba, el peliverde alzó la cabeza para observarla, encontrándose nuevamente con sus mejillas coloradas.
Así qué no eran imaginaciones suyas… La leona se ponía nerviosa cada vez que mencionaba el nombre del hombre sonar.
La pregunta era: ¿Por qué?
¿Qué había pasado en su ausencia para que la rubia se avergonzara cada vez que el nombre de Ukyo aparecía? ¿Qué demonios había hecho él?
Aquellas preguntas estaban comenzando a afectarle. El pensar que la chica pudiera tener cierto interés en el ojiverde le causaba una angustia que jamás había sentido.
Primero Gen, luego Kokuyo, y ahora Ukyo. Todo eso le estaba pasando factura.
- Maldita sea… - murmuró casi sin pensar.
Kohaku lo observó extrañada.
- ¿Senku?
La joven quiso preguntar que le ocurría. Verlo con el ceño fruncido y distraído no era propio de él. Sin embargo, antes de poder hacerlo, el chico se levantó del asiento y la observó.
- Quítate la chaqueta. – pidió, más por el tono de voz que usó parecía una orden más que un pedido.
Aquello llamó la atención de la chica, quien, extrañada asintió en silencio.
Sus piernas habían estado al descubierto desde el primer momento, por lo que sabía de antemano que hacía frío. Así que, evitando temblar demasiado, se quitó dicha prenda.
Estaba acostumbrada a mostrar su ropa interior. No era nada pudorosa pese a ser una chica. Sin embargo, en ese momento, y con los ojos del chico puestos en ella, admitía que estaba ligeramente avergonzada.
Senku por su parte, la había visto demasiadas veces de esa manera, pero habiendo admitido reciente e internamente que lo que sentía por la chica era algo más que una simple amistad, tenerla así causaba en él ciertas sensaciones.
¿Siempre había sido tan bonita?
- ¿Senku? – la voz de la chica llamó su atención. - ¿Estás bien?
- Voy a palpar tu cuerpo, ¿de acuerdo? – soltó ignorando la preocupación que la chica comenzaba a tener.
Y en cuanto dijo eso Senku se posó tras ella. Deslizó la mirada desde su alta coleta hasta su espalda baja, donde, gracias al pequeño tamaño de la ropa interior, pudo ver esos dos hoyuelos no tan marcados que más de una vez habían llamado su atención.
- Voy a comenzar. – avisó para previamente colocar ambas manos sobre sus hombros.
Pese a eso, la chica se estremeció levemente. Quiso pensar que era debido al frío de sus manos, pero la realidad era totalmente distinta.
El muchacho notó ese pequeño temblor, y aunque, en un principio pensó lo mismo que ella, supo que no era esa la razón, pues sin querer pudo ver sus mejillas ruborizarse.
Sonrío ladinamente y continuó su labor.
Masajeó con cuidado sus hombros, y lentamente fue deslizando sus manos por su nuca haciendo círculos con sus pulgares. Los dedos sobrantes rodearon su cuello y ejerciendo un poco de presión, hicieron que la chica alzara la cabeza soltando a la par un pequeño sonido.
Aquello sorprendió al muchacho, quien parando de inmediato todo movimiento futuro, la observó. Tenía los ojos cerrados, quizás más fuerte de lo normal, pero de unos segundo a otro los relajó y seguidamente comenzó a abrirlos.
Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, al mismo tiempo que su cuerpo adquiría calor. Los ojos de la chica se habían posado sobre los suyos, tan azules como siempre pero con más brillo que nunca. El tamaño de ellos le indicó a Senku que ni ella misma había esperado soltar aquel ruido, por lo que descubrirlo le había causado cierta curiosidad.
Kohaku parpadeó confundida ante la extraña mirada que el peliverde le dedicaba, así que notando sus nervios aumentar, agachó de nuevo la cabeza avergonzada. Era un simple examen médico, por lo que no debía dejar que su mente creara preguntas o escenarios que por desgracia sabía que nunca pasarían. Él no era así.
Al muchacho le tomó varios segundos retomar de nuevo su labor, pues intentaba no desconcentrarse más de lo que ya estaba.
Una vez en ello fue liberando con lentitud el agarre de su cuello, y deslizando sus manos por sus delgados brazos.
Pese a la fuerza que poseía y a su poco interés en cuidarse como las demás chicas hacían, su piel era sorprendentemente suave. De no ser por su mala actitud e incluso arrogancia, cualquiera pensaría que era una joven delicada.
Llegado a sus manos, masajeó sus dedos uno por uno empezando por los pulgares y terminando por los meñiques. Después volvió a subirlas para comenzar a palpar su espalda.
Desde el inicio de sus hombros deslizó sus manos hasta sus omoplatos ejerciendo un poco de presión en cada uno de ellos. Detuvo un momentos sus movimientos para averiguar, a través de los sonidos de la chica, algún quejido que le indicara una herida interna. Mas lo único que pudo escuchar fue silencio. Eso era bueno.
Continuó bajando sus manos hasta las costillas, donde sin pensarlo, tuvo que llevarlas hacia delante enterrándolas un poco más abajo de sus axilas. Una vez allí, sintió a la chica erguirse. Solo entonces, con la punta de sus índices, notó a donde había llegado.
La fina tela del intento de sujetador fue lo que percibió. Estaba justo debajo de sus pechos, prácticamente rozándolos, y ella, tan desvergonzada como era, en un segundo lo notó.
Interesante, fue lo que pensó, y con una pícara sonrisa, acercó su rostro al oído de la chica, y susurró:
- Estás muy tensa, leona…
La nombrada cerró fuertemente los ojos tras sentir el aliento del chico recorrer su piel. Y fue aún peor cuando su cuerpo se estremeció al captar el tono de voz que había usado: profunda, ronca e incluso un poco seductora.
De manera inconsciente, o eso quería pensar, apretó sus piernas al notar las manos del chico ejercer presión allí donde estaban posadas. El chico no tuvo ningún reparo en hacer saltar sus pechos "sin querer", cosa que la molestó ligeramente.
Le tranquilizaba saber que Senku no era como los demás chicos que se sonrojaban con solo verla, o que imaginaban cosas indecentes con ella tal y como Ginro hacía. Pero él era un chico al fin y al cabo, un hombre de diecinueve años que debía ser consciente de la situación y que no parecía estarlo.
¿Cuándo lo haría? ¿Cuándo la miraría? ¿Cuándo se fijaría en ella, de la misma manera que ella se fijaba en él? ¿Cuándo sería el momento perfecto para soltarle lo que llevaba tiempo guardando?
Todo eso eran preguntas que se hacía a diario, desde el alba hasta el ocaso, y que en ese momento volvían a inundar su mente.
- ¿Sabes, leona…? – volvió a hablar el chico, esta vez sin acercarse demasiado. La chica quiso replicarle que no era una leona, más no pudo hacerlo al sentir de nuevo sus dedos hundirse en su piel. – No me lo estás poniendo nada fácil…
De inmediato supo a lo que se refería, pero no podía negar que al usar aquella voz, su mente imaginó más de mil cosas distintas.
Aun con los vellos erizados, la muchacha intentó recomponerse y relajar su cuerpo lo máximo posible. Una vez hecho, Senku continuó.
Poco a poco fue inspeccionando cada parte de aquella firme espalda masajeándolo con un poco más de fuerza que antes. Viendo que todo estaba bien siguió bajando hasta por fin tocar aquella parte que sus ojos habían captado desde un inicio: sus hoyuelos.
No eran muy profundos, siquiera parecían poder ser percibidos, pero por mucho que no lo admitiera, había visto el cuerpo de la chica demasiadas veces como para no conocer cada pequeña cosa de él.
Se le escapó una pequeña risa al pensar, seguramente, que nadie más que él se había percatado. Conociendo a esas personas, estaba seguro de que sus ojos tan solo habían visto sus partes más sexuales.
De alguna manera, y pese a no estar seguro, se sentía único.
- ¿Qué es tan gracioso?
La dura voz de la chica lo trajo de vuelta, y en cuanto sus ojos captaron de nuevo su entorno, se encontró con la feroz mirada de la leona juzgándolo.
- Me he acordado de una cosa, es todo. – respondió de inmediato. Y dando la vuelta se colocó frente a ella. – Tu espalda parece estar bien, cosa que me sorprende. Esperaba ver algún que otro moretón o rasguño.
- Supongo que no he recibido ningún golpe allí, y eso que cuando ese enorme animal me lanzó por los aires, reboté varias veces contra el suelo. – explicó de manera indiferente.
- Sabes que no es común que la gente salga volando por los aires, ¿verdad? – inquirió él con una gota resbalándole por la sien. – Y mucho menos saliendo ileso.
- Lo sé. – aseguró la joven, y con una ladina sonrisa, añadió: - Pero yo no soy alguien común.
Aquella respuesta no sorprendió a Senku en absoluto. Es más, se lo esperaba. Al igual que él, ella sabía bastante bien de sus puntos fuertes, y sabía lo increíble que era como humana. Estaba orgullosa de sí misma, y no le avergonzaba confirmarlo pese a hacer pensar a la gente que era egocéntrica. No lo era. Simplemente sabía muy bien lo que ella valía.
El muchacho imitó su sonrisa y arrodillándose en el suelo contestó:
- No, no lo eres.
Y esta vez la mirada de Kohaku cambió a una de sorpresa.
- ¿Qué estás haciendo? – preguntó al verle agachado frente a ella.
- ¿Tú que crees? Todavía no hemos terminado. – respondió. – Tu espalda estará bien, pero tu parte delantera no. Tienes heridas y golpes por todo, y estoy seguro de que el no poder ni estar cinco segundos en pie, indica que tienes algo interno.
- Pero yo no noto nada. – insistió ella.
Senku alzó una ceja curioso por esas palabras. No le había importado que palpara su espalda a su antojo. Entonces, ¿por qué preocuparse de hacerlo por delante?
Un pequeño sonrojo, casi imperceptible, adornó sus mejillas. El día anterior había regañado a la chica por soltar cosas sin pensar en cómo podían sonar, y ahora, aunque él no las hubiera pronunciado, no lo había pensado dos veces. Perfectamente podía llamarse a sí mismo pervertido.
Sin darle mucha importancia e ignorando los claros nervios de la chica, comenzó una vez más con su labor.
Con cuidado agarró el pie derecho de la chica y comenzó a masajearlo en círculos. Una vez llegado al final, lo hizo girar para descartar un posible esguince. La chica, absorta en cada movimiento que él le daba, no se quejó, por lo que Senku, cambiando al pie izquierdo hizo exactamente lo mismo.
Esas partes parecían estar bien, lo cual alegró al muchacho.
De nuevo cambió al lado derecho, donde continuó subiendo, esta vez, a su pantorrilla.
El repentino tacto la sorprendió, y sin querer hacerlo, de un solo movimiento apartó la pierna de él.
Esta vez fue el turno del chico de sorprenderse.
- ¿Te ha dolido? – preguntó él observándola con el ceño fruncido.
Parecía estar molesto, más era preocupación lo que tenía. Un desgarre muscular era mucho peor de lo que parecía.
- N-no. – contestó ella de inmediato, y volviendo a posar el pie en el suelo giró la vista a un lado evitando mirarlo. – Solo me has hecho un poco de cosquillas.
Senku parpadeó confuso. Raro. Esa parte del cuerpo no producía ningún tipo de estímulos, mucho menos nervioso como el de las cosquillas. Básicamente era imposible. Así que claramente la chica mentía.
Pese a eso, decidió no darle mucha importancia. Se estaba comenzando a cansar de estar arrodillado, por lo que quería darse prisa y terminar cuanto antes.
Colocando de nuevo sus manos en dicho lugar, continuó con lo anterior, y en cuanto terminó hizo lo mismo con la pantorrilla izquierda.
Kohaku intentó no pensar en las sensaciones que previamente tendría, pues se repetía una y otra vez que eso era un simple examen médico, algo sin importancia. Pero en cuanto la mano del chico, ya no tan fría como antes pero sí igual de rasposa que siempre, se posó sobre su muslo, no pudo evitar temblar.
Senku lo notó, y en cuanto alzó la vista para preguntarle si le había dolido ese simple toque, supo que no fue así. Las mejillas de la chica estaban rojas, mucho más que antes, y sus labios, que habían estado semiabiertos en todo momento, ahora estaban en una sola línea firmemente cerrados.
Le costó tan un solo un segundo darse cuenta de la situación, y aunque quería evitar hacerlo, no podía excluir esa parte. Ya quedaba menos para terminar, por lo que debía enfrentarlo.
Volviendo a posar los ojos en la firme pierna de la chica, comenzó a masajear desde la rodilla subiendo lentamente sus manos.
Una vez más Kohaku quiso apartar la pierna, pero aunque parecía imposible, el peliverde fue más rápido. Hundió aún más sus dedos en ella impidiendo que se apartara, y le dedicó una mirada levemente molesta.
- Tienes que aguantar aunque te haga cosquillas. – le dijo él.
Y la rubia lo observó fijamente antes de asentir en silencio.
Era un examen, nada más, y aun así, esos toques eran tan… diferentes…
El muchacho continuó subiendo más y más, con suma lentitud notando como la leona se removía inquieta. Supo entonces que tenía que parar, que ese era límite donde sus manos debían llegar, más sin embargo, lo que había frente a él estaba hipnotizándolo: Su ropa interior, su parte inferior…
Quería tocarla. Esa blanquecina tela, y lo que había detrás. Quería tocarla.
Casi sin pensarlo, de manera automática, deslizó sus manos aún más arriba hasta rozar con los nudillos su intimidad.
Fue un simple toque, una simple caricia que Senku casi no notó, pero que Kohaku sí.
Un leve suspiro de sorpresa salió de sus labios haciendo que ambos cuerpos se tensaran. Senku continuó con la mirada baja pues esperó que la chica lo golpeara, pero en cuanto vio que los segundos pasaron y que lo único que sintió fue el calor de su cuerpo aumentar, alzó levemente la vista.
Su corazón comenzó a palpitar con fuerza al ver el rostro de la chica. Sus mejillas coloradas, su labio inferior siendo mordido y sus ojos ligeramente cerrados dándole un aspecto demasiado angelical para su gusto.
Y con eso en mente lo único que pudo pensar fue: "Mierda." Había perdido la razón.
Kohaku se sorprendió al ver como el chico soltaba su agarre para hacer lo mismo con la otra pierna mostrando una actitud sumamente indiferente. ¿Acaso no se había dado cuenta? Porque definitivamente ella sí, y cualquiera en su posición lo hubiera hecho.
¿Tan poco interés tenía en esas cosas como para ignorar algo tan intimo como eso?
No quiso darle más vueltas, ya que estaba segura de que en algún momento se deprimiría como ya había pasado otras veces. Así que, queriendo ignorar esas nuevas sensaciones, se concentró en buscar algún punto de dolor donde las ásperas manos del chico tocaban.
No pudo hacerlo, pues los dedos del chico se incrustaron en su muslo con más fuerza que antes, haciendo que sintiera aún más su contacto. Y para colmo, la lentitud con la que estaba haciéndolo, la desesperaba. Parecía que estuviera tomándose su tiempo para explorarla.
Y así era. Senku sabía que en algún momento iba a tener que parar. Los exámenes médicos no eran eternos. Tocar una y otra vez a la leona y ver sus diferentes reacciones era lo que buscaba. No estaba bien, no era lógico ni sensato, pero no podía detenerse, y mucho menos cuando la mirada de la chica parecía pedir más.
Subió y subió, y en cuanto estuvo a punto de tocar nuevamente su delicada intimidad, Kohaku reaccionó, y juntando rápidamente sus piernas enterró una de las manos del chico entre sus muslos, evitando así, que se moviera.
Senku parpadeó, más no dijo nada.
Subió la mirada hacia la chica y pudo ver el mismo rostro que antes. No parecía ella, y eso era lo que le encantaba. Estaba seguro de que esa parte de ella solo lo había visto él. Esas sensaciones, esos temblores, y esa timidez que le estaba provocando, solo lo había hecho él.
Ni Gen ni Ukyo, solo él.
Con el semblante serio subió la cabeza para que fuera ella quien viera su rostro. Y tras hacerlo, tras conectar las miradas, Senkú soltó:
- Abre las piernas, leona.
Y esta vez no fue una petición, ella lo sabía. Independientemente de cuales fueran sus intenciones, en algún momento tendría que separarlas, pues no podía mantener las manos del chico allí por siempre. Aunque la idea ciertamente no era mala.
No tenía por qué hacerlo, no era alguien que hiciera caso. Al fin y al cabo se la conocía por siempre desobedecer y seguir sus propios ideales y su propio instinto. Pero debía admitir que con él, todo era distinto. Y ambos lo sabían.
Observó sus rojizos ojos mirarla fijamente, y como si estuvieran hipnotizándola, obedeció.
Con lentitud comenzó a separar las piernas abriéndolas incluso un poco más que antes.
Aquello causó en él cierta gracia. Había domado a la más peligrosa leona. Impresionante.
Una vez, pudiendo apartar sus manos, pero sin hacerlo, Senku le sonrió pícaramente, y dijo:
- Buena chica…
Y de nuevo aquel tono de voz hizo estremecer a la muchacha, quien, segundos después y tras llevarse la mano a la boca, ahogó un profundo suspiro.
El muchacho había vuelto a masajear su muslo interno rozando más de una vez su intimidad. A diferencia del anterior toque, esta vez Senku, sí lo notó.
La tela era fina, mucho más fina que la ropa interior de su época, así que al presionar un poco más hacia arriba pudo notar perfectamente los labios inferiores de la chica. Estaba caliente. Su intimidad estaba ardiendo, y aunque no había llegado hasta allí, estaba seguro de que su interior lo estaba aún más.
Mierda. Mierda. ¿Qué tan adictivo podía ser aquello?
No era un maldito adolescente hormonado, no era un maldito pervertido que solo pensaba en el sexo, pero allí estaba, jugando con la leona, escuchando como evitaba soltar esos pequeños suspiros que él provocaba y que en tan poco tiempo llegó a adorar.
Tenía que parar, tenía que evitar llegar más allá. Eso era ilógico, absurdo y totalmente fuera de lugar.
- "Para. Para." – se repetía mentalmente.
Y en cuanto vio y escuchó que ya no eran sus nudillos quienes rozaban su intimidad, sino su pulgar, y que la leona había pronunciado su nombre con desespero, apartó sus manos rápidamente como si todo su cuerpo quemara.
- S-Senku… - fue lo que ella susurró.
Abrió los ojos con sorpresa al verlo levantarse de inmediato y darle la espalda para escribir en su libreta los datos, que dudaba haber recolectado.
- Estás perfectamente, tal y como habías dicho. – habló el peliverde sin mirarla. No se había quejado en ningún momento, así que estaba genial. – Mas tarde le pediré a alguien que te ayude a caminar para ver cuanto aguantas. Dependiendo del resultado podrás volver a casa esta misma noche.
Su voz era seria, profunda, pero no como la de antes. Y eso, aunque sabía el motivo del por qué, preocupó a Kohaku.
- ¿Por qué no me ayudas tú? – preguntó ella aun calmando su agitada respiración. – Eres mi médico.
- No necesitas mi ayuda para algo tan simple como andar. – respondió él aun sin verla. – Además, ya he dicho que estas perfectamente, así que ya no soy médico. Vuelvo a ser científico, un científico con mucho trabajo atrasado, así que estaré bastante ocupado como para estar pendiente de ti.
- ¿Tan rápido quieres deshacerte de mí? – se atrevió a soltar la muchacha.
Le había molestado levemente ese cambio de actitud. Sabía cómo podía a llegar a ser él, pero tampoco esperaba esa indiferencia acompañado de desprecio.
- Tu padre y Ruri están preocupados por ti, así que lo lógico es que si estas bien, vuelvas con ellos. Nada más. – contestó frunciendo el ceño.
- ¿Y si quiero quedarme aquí?
Aquello sorprendió al muchacho, quien pese a querer contestarle con más bordería que antes, no lo hizo.
- ¿Tanto te gusta mi compañía o qué?
Con el tono burlesco que usó, quiso intentar calmar un poco el ambiente que sabía que iba a emerger. Esperó que la leona le contestara avergonzada y negando que eso fuera cierto, más la respuesta que obtuvo, volvió a alterar los latidos de su corazón.
- Me gusta.
Rápidamente quiso alejarse mientras soltaba un: "Tienes que volver a casa.", pero la mano de la chica agarrando la suya, se lo impidió.
Fue allí, cuando inevitablemente tuvo que girarse para reclamarle que lo soltara, más al hacerlo se arrepintió.
Salvo sus ojos, esta vez más abiertos, la leona seguía con el mismo rostro. Tan jodidamente angelical.
- Leona… - susurró.
Y sorprendentemente, ella no le regañó por ese sobrenombre. Estaba demasiado absorta en él, que casi ni lo notó.
Ambos se observaban uno al otro, y como si aquellos azulados ojos tuvieran algún tipo de poder sobre él, Senku fue acercándose a ella. Tan solo bastaron dos pasos para estar de frente.
Kohaku tuvo que alzar la vista, pues seguía sentada sobre la cama. El muchacho por su parte tuvo que agacharla.
Y aunque quisiera evitar a toda costa aquello, no pudo hacerlo. Levantó su mano izquierda, y con suma suavidad la posó sobre la mejilla de la chica acariciándola en el acto.
Una vez más la chica quedó embelesada, pues la mirada que él le dedicaba era tan intensa, tan profunda, que estaba segura de que si quisiera podría enamorar a cualquiera.
Por un momento Kohaku estiró la camiseta del chico hacia ella queriendo que se agachara y así quizás, acortar por fin las distancias. Y Senku iba a hacerlo. En cuanto notó el pequeño estiramiento, comenzó a acercar su rostro al de ella. Iba a hacerlo, iba a besarla una vez más, estando la chica plenamente consciente.
- ¡Kohaku!
El grito lejano de Ruri llamó la atención de ambos, y antes de que la rubia mayor entrara por la puerta, ambos se separaron.
- Ruri-nee… - susurró la menor, antes de ser apresada por los brazos de su hermana.
- Menos mal que estás despierta. – la oyó murmurar, y supo entonces que las lágrimas estaban cayendo de ella.
En un intento por tranquilizarla, rodeó con sus brazos su espalda y comenzó a acariciarla. Más la mirada de la chica no estaba puesta en su hermana. Todavía estaban fijos en el chico, quien había decidido observar el paisaje tras el umbral de su ventana repitiéndose mentalmente:
- Estoy super jodido.
X
¡Fin del capítulo 6!
¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?
Como siempre no tenía ni idea de que escribir en este capítulo, y a medida que he ido tecleando, las palabras han hablado.
Senku se está dando cuenta cada día que pasa que sus ilógicas hormonas le están pasando factura, y es algo que quiero desarrollar más adelante.
En fin, nuevamente espero que os haya gustado, y si es así espero algún que otro comentario para animarme aun mas a continuarla ^^
Sin mas que decir:
¡Nos leemos próximamente!
