Su madre la levantó en el aire, las piernas colgando y las risas que le llenaban los pulmones a más no poder. La giraba sobre sí misma y Mikasa no podía sentirse más dichosa. En sus brazos, solo ellas dos, juntas y felices... felices.
Suspiró profundo y abrió los ojos, el techo blanco de la habitación le dio la primera visión de ese nuevo día. Se incorporó y se sentó, notando que otra vez se había despertado mucho antes de la alarma, y que una pequeña humedad le adornaba por debajo de los ojos.
No podía evitarlo, mientras más se acercaba su cumpleaños, más la acechaban los recuerdos y las memorias de su ciudad, de su feliz niñez, de esos tiempos que a veces parecían cuentos infantiles sacados de alguna biblioteca para los chicos de kínder.
Pero la vida a veces es como una licuadora que en menos de dos segundos te desmiembra con la fuerza de la realidad, la angustia, la maldad del mundo, y cuando menos te das cuenta, estás camino al basurero con todos los sueños rotos y deshilachados. Con tu vida cambiada por completo, con un giro inesperado que nunca planeaste, y no queda otra que seguir avanzando a veces sin tener muy claro los rumbos. Así se sentía.
Sacudió la cabeza, era su día de descanso, no le haría nada bien empezar con pensamientos tan deprimentes. Además, una verdadera geisha debía tener la fortaleza mental suficiente como para sobreponerse a cualquier vicisitud. Levantó la frente y comenzó su rutina, aunque sabía de sobra que no era necesario. O más bien, que no debía hacerlo.
Mikasa no sabía lo que era estar de ociosa, tampoco gustaba de la vagancia, aunque la regenta, Kiyomi, la geisha de más alta alcurnia de todo Kioto y respetada en los círculos políticos más poderosos, se había hartado de repetirle que no se trataba de pereza, sino de darle un descanso adecuado a su cuerpo, que lo necesitaba, más con todo lo que trabajaban ellas.
Mikasa sentía que no le afectaba de la misma manera que a otras, estaba bien así, rebosante de energía y ganas, ansiosa por sumergirse en la vorágine de tareas, porque si se detenía... entonces todos los miedos volvían a surgir, y por eso parar no era una opción, la única forma de sobrevivir era moviéndose lo máximo posible. No conocía el descanso.
De todos modos sabía que si no se tomaba su tiempo, sería regañada, y quería evitar encuentros de ese tipo con su superior. Todos sabían que Kiyomi era de temer cuando se molestaba, recordó fugazmente todos aquellos días en donde la ponía a pulir los pisos del salón a mano, con trapos y cera, al menos todo ese ejercicio le había fortalecido –aún más- ambos brazos. Al principio no podía dormir del dolor que sentía en los músculos, por lo que rápidamente aprendió a ceñirse a los pedidos de la regenta y a acatar las órdenes con celeridad.
Después de darse un cálido baño y elegir un cómodo y fresco solero, salió al patio trasero, el cual era inmenso. El pasto siempre estaba recortado milimétricamente, olía fresco, sano, su verde te atrapaba. Arbustos de todo tipo decoraban las esquinas, al igual que las hileras de flores de diferentes colores y tamaños, algunos caminos se abrían por diferentes sectores todos adornados con piedras blancas y regados por aquí y por allá algunos banquitos de madera le daban un toque como de parque donde uno podía pasear y sentarse un momento a relajarse. El jardín era su lugar favorito, le generaba paz estar en contacto con la naturaleza, y tenía el beneficio de tener un bosque "encantado" en el fondo de la casa. Por eso, hacer los quehaceres que involucraba pasar tiempo allí le hacía bien.
Respiró el aire fresco y esquivó la ropa colgada en las sogas hasta llegar a un banco de madera al lado de un cerezo. Allí se sentó. Si era honesta consigo misma, cuando lograba conciliar esa paz interior, podía disfrutar del relax. No era tan malo.
Sacó su celular y lo primero que hizo fue mandarle un mensaje de buenos días a su madre, cosa que hacía a diario. Visitó sus redes sociales y vio cómo había incrementado el número de seguidores que tenía tanto en Twitter como en Instagram. Revisó la bandeja de mensajes para responder algunos. No que fuese famosa o súper conocida, pero muchas personas le mandaban palabras de aliento sobre lo grácil que era su trabajo, las hermosas fotos que subía, sus videos. Si bien Mikasa no era muy dada al público, tenía sus fans, y a veces era agradable tener algún tipo de reconocimiento.
Abrió los últimos mensajes. Algunos respondidos con un corazón, y otros aún por responder. Uno de los más nuevos era de un usuario que le había mandado un texto algo largo y no se había tomado la molestia de leerlo sino hasta entonces. No le sonaba el apodo "PicsChurch", pero sí el nombre con el que se presentó: Farlan.
Ah, Farlan, sí, se acordaba. Habían pasado varios años, pero habían sido buenos momentos. Decidió responderle ya que no lo había hecho antes.
Parecía que ese día estaba plagado de nostalgias. No era supersticiosa, pero en las tierras orientales que habitaba hacía ya varios años, era imposible que no se le pegaran algunas creencias y costumbres. Kiyomi solía decir que todo pasaba por algo, y de cierta manera sintió que el mensaje del amigo de la infancia de su primo querido, era como un recordatorio, una llamada de su lejano hogar. Una señal.
Cuando menos acordó estaba entrando a mirar las fotos de Farlan, lo cierto es que apenas sí recordaba un chico delgado, alto, de rubios cabellos y sonrisa tímida con el que habían compartido una que otra merienda. Por lo general él y su primo se aliaban y hacían "misiones de valientes", en las que casi siempre la excluían porque "era una nena". Lo cierto es, Mikasa siempre les ganaba en todo y, ni Farlan ni su primo, Levi, soportaban ser vencidos por dicha nena, ah pero cuando se trataba de ir a jugar a la pelota con otros chicos del barrio siempre la convocaban, porque sabían que era muy buena y no se largaba a llorar ante un empujón. Sonrió ante el recuerdo.
La realidad la golpeó cuando se dio cuenta de que las fotos que estaba mirando ahora en nada evocaban a ese chico de su infancia. Ahora era un hombre bien parecido, con unos hermosos ojos color celeste que ya no los cubría un largo flequillo, uno de los pocos rasgos quedaban de la infancia. Sin duda los años le habían sentado muy bien a Farlan.
Tenía curiosidad por saber qué lo había llevado a tratar de ponerse en contacto y pensó varias veces antes de decidir que sería mejor esperar un poco antes de contestarle. Fue al perfil de su primo, que había pasado de fotos en solitario, a llenar su espacio con las fotos de su prometida. Nunca entendería como una persona tranquila y con aplomo como él había encontrado la felicidad al lado de Hange, que era una buena mujer, pero irritante con su voz estridente y sus preguntas inadecuadas. Tal vez esos eran los caminos del amor de los que la gente tanto hablaba...
Quién sabría, por lo pronto, evocar el amor todavía le dejaba el pecho atravesado por sables y un sabor amargo en la boca. Le era inevitable que todos los caminos la llevasen a Roma. Sólo que esta Roma era... desastrosa. Bien sabía que, si se había mudado, si había comenzado una nueva vida, era precisamente para huir del amor, de ese amor, de lo que aparentaba ser y nunca terminaba siendo. Se quedó mirando un punto fijo de la foto, y recuerdos de ella y Eren le azotaron la cabeza.
—Mikasa— la saludó Naiori, quien con el tiempo se había convertido en una de sus confidentes y amigas. La chica era algo torpe en algunos aspectos, pero se la notaba pura, de buen corazón—, ¿será que puedes ayudarme para la noche? Sé que es tu descanso, pero es que esta fiesta la vengo esperando desde hace algún tiempo ya, y sabes lo exigente que son los Nagazaki. Quiero impresionarlos.
Mikasa le sonrió a Naiori. Estaba usando un kimono blanco con un lazo rojo, y el maquillaje de su cara resaltaba cada rasgo. Naiori era una experta en ese tipo de entretenimiento, pero por algún motivo todavía dudaba y le pedía ayuda siempre que podía. De todos modos, Mikasa lo disfrutaba, por lo que asintió con gusto.
—Claro, no es molestia. Sabes que me aburro mucho en estos días, siempre es bueno colaborar con mis hermanas.
—Mmm. Ya, pero tú siempre haces todas las tareas. No te viene mal relajarte. ¿Por qué no tomas un baño en las aguas termales?— sugirió.
—Ya tomé uno ayer. Tal vez más tarde.
— ¿Y ese quién es?— preguntó la chica sin pudor alguno de estar husmeando en su celular. Ver un hombre occidental siempre les llamaba la atención.
—Ah... es... un viejo amigo— dijo Mikasa atrayendo el aparato a su abdomen. Sintió algo de vergüenza de haber sido descubierta.
—Tú sí que no pierdes el tiempo. ¿Es de aquí?
—Este... no. Es de Inglaterra. Vive en París. Hace años no nos vemos. Me habló en estos días y estaba por contestarle.
—Pues hazlo, es muy lindo, ¡lo que daría por uno así!
—Naiori... no es así. Farlan ni debe recordarme bien. Además, nunca fuimos nada más que amigos y amigos de la infancia, en la adolescencia ni siquiera nos cruzamos.
—Bueno, eso antes, las relaciones cambian, además es muy bien parecido, Mika.
—No te hagas ideas equivocadas, para empezar, yo no tengo intenciones de formalizar con nadie, y segundo, ya sabes lo que nos dijo Kiyomi, mientras estemos aquí hay que comportarse, no somos como las cortesanas de la calle roja, aquí tenemos reglas y normas que respetar.
— ¡Ay, Mika! No seas tan aburrida, la vida no es solamente seguir reglas sin sentido. Eventualmente nos iremos de aquí, ¿o acaso quieres vivir el resto de tu vida como una estatua viviente que es inalcanzable para todos? Yo no, yo quiero formar una familia, quiero ser feliz, esto es solo una experiencia de vida.
—Bueno, ese es tu pensamiento, yo quisiera seguir los pasos de Kiyomi, ya te lo dije antes.
—Eres tan joven para querer quedarte atascada aquí, sólo mira— insistió levantándole su celular—, podrías estar divirtiéndote en grande, el mundo no es tan aterrador, ¿sabes? Vivir aquí, por otro lado...
Naiori era un alma libre, no iba a entender. Además, era la más joven de las hermanas. Claro que no iba a entender, la juventud, la inexperiencia y la ingenuidad le brotaban por todas partes lo que la llevaba a decir y actuar de maneras un poco temerarias, Mikasa recordaba eso.
—Por lo pronto solo quiero hacer las cosas bien, me basta con eso— dijo bloqueando y guardando el aparato para enfatizar su punto.
Se puso de pie, no tenía ganas de seguir lidiando con su hermana, siempre era la misma conversación y se volvía tedioso e insoportable. Era su maldita vida, ¿qué problema tenía ella con que fuera una aburrida chica que solo quería vivir con calma?
Naiori se dio cuenta del cambio de ánimo de la otra y no dijo nada al respecto.
Mikasa decidió que sería mejor invertir su tiempo en arreglar sus dos trajes nuevos. Si bien no estaba del todo convencida en aceptarlos, eran regalos del Embajador de Corea, Kiyomi se había encargado de recibirle las cajas, así que no podía negarse a lucirlos en la próxima ceremonia o cena, porque sería una falta de respeto. También sabía que el embajador no podía tocarla ni con una vara, pero de alguna manera se le hacía algo incómodo. Era lo que menos le gustaba de esto, tratar con hombres de poder...
Entró a su habitación y sacó el primero, era un Irotomesode de color violeta con degradados que iban hasta un lila muy suave, lleno de pequeñas hojas verdes de bambú que trepaban desde abajo del todo y acercándose a los muslos. Era muy fino y hermoso, con un listón en un suave tono dorado que se destacaba en el centro.
Y el otro traje era de un rojo vibrante, con el cinto en color negro retinto.
Hizo los ajustes necesarios, apenas algunos achiques, no quería tocar de más y dañar los hermosos diseños.
Era buena remendando, había aprendido bien. Las demás chicas a veces le pedían ayuda, ya que solía destacarse, aunque claro que no sólo a la hora de coser. Mikasa era buena en todo. Lo que no sabía, lo aprendía rápido.
Por supuesto que madurar y convertirse en una aplicada señorita no fue un cambio fácil, más bien... no le quedó opción. Era eso, o quedarse en Inglaterra, con sus fantasmas. Con esos monstruos.
Se mordió el labio. No podía entender cómo después de tanto tiempo todavía recordaba esos momentos tan tristes, esos momentos que la llevaron a donde se encontraba ahora, lejos de su familia y siendo el adorno de cientos de personas. Todo para alejarse y no ser molestada por quien le robó tantos años, tanta felicidad... ¿Cómo se hacía para aplacar la tristeza y el dolor? ¿Acaso no había un camino más corto que esperar y esperar a que todo se alejara de una vez? Porque no estaba funcionando, lo que había planificado empezaba a sentirse más como una carga que como un alivio.
Si bien a veces se sentía sola, por otro lado tenía de bueno que cada vez aprendía cosas nuevas. Kiyomi era una buena maestra, y Mikasa una excelente alumna, y eso compensaba lo demás. Casi siempre. La regenta apreciaba a las buenas pupilas, además sabía que ella era una persona de confianza que siempre le había obedecido a rajatabla. Si bien hubo reproches, debía admitir que más eran los elogios y eso que Kiyomi era bastante tacaña con respecto a darlos.
Sin embargo, pensar en las palabras de Naiori le fue inevitable. Había una buena vida allá afuera, y sabía que si se esforzaba, era muy probable encontrarla. Sólo que... el miedo de volver a fracasar era grande. El miedo de apostar a algo que la otra persona no apreciaría, volverse indefensa, dejar que nuevamente la traicionaran, o tal vez no fuera así.
—Diablos...
La tentación le ganó, y maldijo a su compañera. Entró al Instagram de Farlan y empezó a ver sus fotos. La mayoría eran profesionales: de edificios, de la naturaleza, de gente a lo lejos, de fiestas de casamientos o cumpleaños. Leyó la breve presentación en la que confirmaba que, en efecto, se trataba de un fotógrafo profesional. Recordó una situación de cuando eran pequeños y Farlan le había robado la cámara de fotos a su padre y la llevó a la casa de Levi, donde estaba Mikasa. Ese día terminaron filmando una película. Ni recordaba de qué se trataba, pero sí que se habían divertido a lo grande. Desde pequeño se le notaba la vena de dedicarse a eso.
Hablarle no tenía nada de malo, no la distraería. Quería hacerlo, y eso hizo.
Hola, Farlan. Es un gusto volver a escuchar de ti, me alegra saber que estás de fotógrafo. ¿Cómo está todo por allí?
Suspiró y volvió a retomar su tarea. Esos trajes no se iban a ajustar solos.
Una vez terminado el trabajo, los guardó en su placar dentro de unas bolsas largas, de manera que no se ensuciaran.
Ahora... le quedaba terminar de bordar a las muñecas. Cuando su carga emocional se hacía intensa, esa tarea parecía hacerla regresar al centro. Elegía cuidadosamente los hilos, las texturas, los colores, creaba las personalidades de esos muñecos a través de un instinto antiguo, una sabiduría que estaba arraigada en lo más profundo de su psiquis. Se desconectó del mundo mientras los hilos iban marcando y formando, terminando una nueva creación.
Cuarenta y dos muñecas, desde el día que había ingresado a esa mansión hasta la fecha adornaban su habitación acumulándose sobre las repisas y los pocos muebles.
No sabía por qué lo hacía, ¿tal vez para no sentirse sola? ¿Para tener la sensación de que a alguien le importaba su existencia más allá de su belleza? En realidad no le interesaba ahondar en esos detalles. Terminó la muñeca y la acomodó grácilmente junto a las otras.
Cuando se quiso acordar, se dio cuenta de que le estaban tocando a su puerta, y, después de mirar la hora, era evidente que se debía a que la hora del almuerzo estaba terminando. Lo que más le gustaba de coser era justamente eso, perder la noción del tiempo y lograr atravesarlo sin quedarse estancada en pensamientos pesarosos.
Kiyomi ingresó sin siquiera escuchar su autorización, de todas maneras sabía que Mikasa estaría perdida en sus obsesiones.
—Querida, ¿sabes? es grosero hacernos esperar tanto. Naiori vino dos veces a buscarte y ni le respondiste.
—Oka-san— respondió la joven mostrándose algo apenada, dejando de inmediato lo que estaba haciendo—. Lo siento mucho.
Hizo una reverencia inclinándose y salió por detrás de la mujer. Kiyomi podía parecer frágil y suave, pero eran puras apariencias. Era la cabeza del clan de geishas más importante, después de todo. Con solo una mirada severa hacía notar las faltas, no necesitaba levantar la voz para imponerse y hacer sentir su autoridad. Mikasa tampoco quería provocarla.
Caminaron en silencio hasta el comedor donde el resto de sus hermanas estaban esperando. Kiyomi se sentó en la cabecera y Mikasa a su izquierda. Sakura, la segunda en mando, estaba sentada a la derecha de la Oka-san, la miró severamente, pero la joven simplemente la ignoró, sabía que quien tenía verdadero poder era Kiyomi.
No había rostros amigables, y no era la primera vez que ocurría esto. Mikasa tenía esta costumbre que se contradecía con su forma tan ordenada de ser. Era una pizca de rebeldía que tenía adentro de ella. No podía controlarla.
—Lo siento. No escuché.
—Siempre es lo mismo.
—Ya basta— interrumpió Kiyomi. No iba a tolerar que levantasen la voz en mesa—. Ahora se come. Y, Mikasa, luego de terminar tu comida, quiero que te tomes el día para despejarte. Evidentemente lo necesitas.
Mikasa asintió. No era bueno contradecir a Kiyomi, era una lección que no le gustaba repetir.
Después de unos tediosos minutos en donde sus hermanas le clavaban agujas con los ojos, se terminó su almuerzo. Se levantaron luego de la orden dada por Kiyomi y cada una se fue a hacer sus deberes. Mikasa permaneció en su lugar.
—Sabes lo importante que es que respetes los horarios— le indicó la mujer con fingida tranquilidad—. Si no quieres esto, conoces la puerta de salida, pero no puedes hacer lo que te parezca si eso significa entorpecer el horario de los otros.
—Sí, en verdad lo siento. Me tomaré este día para aclarar la cabeza y reflexionar —dijo con voz serena. Kiyomi asintió y se fue, siendo esa la señal para Mikasa de retirarse también. Y eso hizo.
Se cambió en algo más cómodo y fue hasta una casa de infusiones que quedaba como a media hora de viaje. Después de pedir un té con miel y limón con galletas recién horneadas, se sentó en el parque del lugar, un lugar para relajarse escuchando el canto de las aves y el silbido del viento. La gente allí iba a leer o a disfrutar de las infusiones varias, pero apenas sí hablaban. A Mikasa le encantaba, iba siempre que podía. Se sentía, de cierto modo, acompañada, pero, a su vez, tranquila.
En un momento, un pequeño pájaro se le acercó a su mesita, y ella no dudó en sacar su celular para fotografiarlo. El aparato sacaba muy buenas fotos, y aprovechaba todas ellas para subirlas a su cuenta, por lo que lo hizo con esta también.
Los likes no tardaron en llegar, así como algunos comentarios. Uno de ellos era de Farlan, y fue hasta sus mensajes para confirmar él le había respondido y que ella aún debía contestarle. Pero... ¿qué iba a decirle?
No confiaba en nadie para poder pedir consejo. La mayoría de las geishas de mayor rango e incluso las maikos que habían ingresado relativamente hacía poco no eran de fiar. A veces solo charlaba un poco con Naiori, que era simpática, pero en realidad ella no sabía si es que había segundas intenciones. Siempre era bueno desconfiar, estar anticipado al movimiento del otro. Era la única forma de no salir lastimado.
A veces simplemente quería tener una amiga, una confidente, alguien a quien confiarle sus dudas y cuestiones personales de verdad, sin miedo a esperar un puñal por la espalda, pero luego de tantas malas experiencias parecía que su personalidad había cambiado tanto que lo único que lograba era alejar a todo el mundo.
Volvió a mirar su celular, se quedó prendada de una foto del chico, era una selfie bastante simple de su rostro sonriendo junto a una chica que, por lo que decía la leyenda debajo de la foto, era una compañera de su trabajo. Por otro lado, debía reconocer que Farlan tenía una muy bonita sonrisa. Era para mirarla por un largo rato. Tan bonita era, que ni cuenta se dió cuando su dedo apretó el corazón y continuó inspeccionando otras como si nada.
¿Cómo sería Farlan? Recordaba que de pequeños él era más apegado a su primo, mucho no tenían en común en ese entonces. Ella se pasaba armando títeres con medias y botones que le facilitaba su madre, mientras ellos se revolcaban afuera y volvían con tierra hasta en las orejas. Sonrió ante el recuerdo. Cómo extrañaba a su madre y a esa infancia tan linda e inmaculada. La verdadera paz, libertad y alegría.
Se fijó que actualmente Farlan estaba en el sur de París, al igual que Levi y Hange. Las fotos y los hashtags en los que etiquetaba nombres de plazas, calles, o lugares lo delataban. Así que un chico lindo en la ciudad del amor...
De pronto se tensó al darse cuenta de que había escrito ese estúpido pensamiento y lo había enviado, ¿cómo? ¿Por qué? Necesitaba practicar lo de contener sus impulsos.
Pero, de alguna manera, Farlan empezó a escribirle. De inmediato.
Jaja, gracias por lo de lindo. La verdad es que París tiene sus lugares. Es una ciudad muy bella.
Si bien estaba algo avergonzada y no era buena con este tipo de charlas en donde se suponía que le estaba flirteando, recordaba lo cálido y amable que era Farlan, así que no tenía por qué ser tan difícil seguir la charla.
Perdón, es que estaba viendo algunas fotos tuyas y me dejé llevar. La verdad es que son muy buenas y creativas. Y eres fotogénico, es evidente.
El rubio le respondió enseguida.
Me alegra que te gusten, y gracias de nuevo. Siempre trato de que generen algo en quien las mire. Eso me gusta de la fotografía. Por cierto, tus fotos son excelentes. Los lugares se ven increíbles. Me encantaría visitar Japón pronto. Sería feliz sacándole fotos a esos paisajes. Tú por cierto te ves muy bien en cada una de ellas, Mikasa.
Mikasa sonrió algo sonrojada por ese último comentario, pero lo ignoró en orden de no enredarse demasiado. No quería parecer más estúpida.
Nada te impide venir. En verdad que es muy lindo, seguramente vas a quedar deslumbrado con todos los paisajes.
De pronto se dio cuenta de que se encontraba algo ansiosa ante la idea de ver de vuelta a Farlan. Más crecido, más lindo.
Estaba en mis planes viajar y conocer nuevos lugares. Ya iré.
Continuaron hablando por otro rato, y a juzgar por el color del cielo y la hora en su celular, Mikasa se dio cuenta de que ese rato fueron unas tres horas, ni más ni menos. Se había sentido agradable, natural, sin necesidad de andar fingiendo o poniendo frases armadas para quedar bien, como hacía en cada ceremonia o cena armada que cada tanto tenía con esos babosos. Sentía que hacía mucho no tenía un diálogo tan auténtico y fluido y eso la alegró bastante.
—Uf, la hora —murmuró. Tenía que llegar a tiempo para ayudar a Naiori con su atuendo.
Pidió la cuenta y regresó rápido a la casa. Todavía era relativamente temprano, pero tan sólo quería asegurarse.
—Buenas tardes —saludó a Kiyomi, quien parecía todavía algo molesta. Ella simplemente asintió a modo de saludo y Mikasa continuó su camino hasta la habitación de Naiori.
—Permiso...
—Sí, adelante.
Naiori tenía varios kimonos y lazos tendidos sobre su cama, y su closet estaba prácticamente vacío. Mikasa se rió. La chica era un caso serio.
—Qué bueno que me pediste ayuda. Te estás complicando demasiado me parece —acotó Mikasa divertida.
—Tú conoces a esta gente, Mika. Más vale estar bien y presentable a dar una mala imagen. Además, como son tan importantes, Oka-san va a estar ocupando el centro, y la verdad es que no sé si me ponen más nerviosa los invitados, o ella.
Las geishas se tomaban muy a pecho su presentación. Parte del encanto y la magia de estas mujeres estaba en su atuendo, en lo impecable de sus peinados y de sus maquillajes, en que a través de sus miradas podían transmitir, seducir y lograr que los hombres más poderosos cayeran vencidos. Kiyomi solía decir que las mujeres podían ganar batallas sin necesidad de participar en una guerra.
Todas le tenían un profundo respeto a la mujer, era casi como una figura maternal, sin dejar de ser estricta e influyente, pero todas sabían que en los peores momentos podían contar con su apoyo. Ser geisha y, especialmente de la casa de té de Kiyomi, no era fácil. No era para cualquiera. Todos los años miles y miles de aspirantes quedaban descartadas de su exquisita selección.
No siempre se trataba de belleza, la matriarca tenía una habilidad especial, pulida a través del tiempo y la experiencia con la que podía escarbar hasta en el alma misma de sus pupilas, y de alguna manera ella tenía la facultad de saber quiénes iban a poder acceder al entrenamiento.
Mikasa recordó todas esas arduas lecciones, más disciplinadas que el escuadrón de un ejército, para poder aprobar y lograr que Kiyomi la fuera subiendo de nivel. Muchas de sus compañeras se habían sorprendido de que la mujer hubiera aceptado a una extranjera para poder ser parte del grupo. Porque podía ser hermosa, fuerte y cumplir con las exigencias de su rol, pero no dejaba de ser la extranjera, la que desentonaba, la que no era una nipona pura, y eso le había costado tener que afrontar con ciertas rivalidades. Si bien la vieja amistad que tenía la madre de Mikasa con Kiyomi influyó en la decisión a la hora de aceptarla, no por eso le fue más fácil a la chica. De hecho, Kiyomi fue más estricta con ella que con las demás, más que nada para probarle a Mikasa de lo que era capaz. Conocía a su madre, y sabía que la sangre heredada del clan le haría justicia. Y no se había equivocado.
Ahora, Mikasa ya estaba curtida, no la amedrentaban tan fácil. Kiyomi solía decirle que el fuego en su mirada era una de las cosas más atractivas que tenía, aunque ella se mirara a menudo al espejo y se preguntase a qué se refería con eso, porque ella no lo veía.
Una vez que ayudó a Naiori con su atuendo, aconsejándola de la mejor manera posible, le retocó la manicura y el peinado. Prepararse por completo les insumía de tres a cuatro horas diarias. De hecho, buena parte de su rutina se basaba en eso. Claro que con ayuda a veces ese proceso podía acelerarse un poco.
—Estás muy bella— le infundió ánimos Mikasa, mientras la otra chica la miraba con un poco de dudas—. Ve allí y demuéstrales que eres "la dama de los vientos".
Esa era una denominación que la chica había inventado para Naiori, ya que su fuerte eran los bailes con abanicos. Esta vez tenía un par de enormes abanicos en papel de arroz con dibujos de peces Koi en negro, rojo y azul que entonaban perfecto con su kimono.
Tenía que asistir a una recepción importante esa noche, llena de políticos influyentes, como siempre. Pero esta vez Naiori iba a realizar su hermoso baile con una nueva coreografía y música, y si bien no era la primera vez, se notaba que estaba un tanto nerviosa.
—Lo harás genial, siempre te has destacado en ese ámbito, si Oka-san no confiara en tus habilidades no te lo habría pedido, es más creo que yo debería empezar a practicar más contigo, me cuesta mucho cuando hay que torcer la muñeca.
— ¿Te refieres a este movimiento? —dijo la otra mientras lo hacía de una manera tan natural y grácil que Mikasa por un momento pensó que esa chica había nacido con los abanicos pegados a las manos.
—Ya, no te pongas soberbia, que bien te la dabas de insegura hace un momento. Por cierto, son realmente bonitos los que te ha traído mamá esta vez —indicó haciendo referencia a Kiyomi.
— ¿Sabes? Escuché rumores que va a venir tu enamorado —dijo Naiori con un dejo de picardía en la voz, mientras la empujaba sutilmente con el hombro.
— ¿Cuál de todos? —respondió la morena sin inmutarse siquiera.
Era bastante normal que en ese ambiente más de un hombre se acercara con intenciones de llegar más lejos que compartir una taza de té. Las chicas, muchas veces aceptaban uno que otro regalo, siempre que Kiyomi diera el permiso o la orden, para no hacerlos sentir mal más que nada, pero lo cierto es que sabían de sobra que la mayoría de esas personas solo quería una joven amante, y eso no era un burdel.
—Vaya, ¿a dónde fue tu humildad? —preguntó Naiori con sorna. Mikasa se encogió de hombros—. Ese chico europeo, el amigo de Xian Woo, ya sabes cuál te digo. El de ojazos azules.
Mikasa asintió. La verdad es que le daba igual, pero tenía que admitir que ese sujeto, cuyo nombre no recordaba, parecía un buen partido. Era atractivo y educado, alto y fornido lo que lo destacaba del resto de hombres orientales que en general eran todos bajitos y de caras no muy atractivas. No iba a admitirlo en voz alta, pero al menos tenía que aceptar que Chul era bastante hermoso, probablemente hubiera alguna mezcla de sangre en su familia. Si tenían oportunidad de conversar de nuevo se lo preguntaría o intentaría que él se lo contara.
Terminó de alistar a su hermana con los últimos detalles, y una vez impecable, la dejó partir.
—Cuídate —susurró. Esos tipos eran lobos, después de todo.
Una vez sola en su cuarto, se cambió de ropa en algo más cómodo. Desvistiéndose, vio en el reflejo que le daba el espejo el viejo tatuaje que tenía debajo de su seno izquierdo y suspiró. Estaba agradecida de su lugar oculto, ya que Kiyomi no la hubiera aceptado si se notaban esas "marcas", como le decía la mujer. Quería a sus alumnas puras, limpias...
Vaya que extrañaba esas libertades. Hacer lo que quisiera con su cuerpo, sin que le anduvieran remarcando qué hacer y qué no, salir a donde quisiera, con quien quisiera, usar la ropa que tuviese a mano y no pasar horas para verse impecable, no era un pedazo de porcelana.
Pero todo eso había quedado atrás. Ahora era otra realidad. Era una persona reformada, organizada, centrada. Y, la verdad, seguía siendo más libre de lo que era antes, incluso con todas esas reglas. No cambiaría su presente si eso significaba volver a padecer ese calvario que vivió por tantos años.
Debajo de su tatuaje había parte de ese pasado, debajo de esa frase entintada había una cicatriz que escondía dolorosos recuerdos que prefería olvidar, tapar, eliminar... esconder.
Se puso un kimono blanco simple y fue hasta el comedor de la casa a reunirse con las hermanas que quedaban para cenar. Eran pocas, la mayoría estaban en las tareas del nuevo show y la recepción de los invitados de honor.
Como siempre, la cena consistía en un té y arroz blanco, y era en silencio. Mikasa la odiaba, pero era lo que en parte mantenía su esbelta figura intacta. Sólo en sus días libres podía comer algo extra, pero únicamente si lo hacía fuera de la casa, de todos modos ya se había acostumbrado, así que a veces le daba igual, lo que le molestaba un tanto era la monotonía del sabor insípido del arroz al vapor sin una pizca de especias de ningún tipo.
Terminada la comida la segunda en mando dio la orden de retirarse y eso hicieron. Mikasa fue hasta su cuarto y se tendió en su cama. Chequeó sus redes sociales antes de acomodarse por completo. Le había dado su número personal a Farlan, y tenía un mensaje de él. Lo abrió.
Este es mi número, Miku. Soy Farlan. Me ha encantado conversar contigo después de tanto tiempo.
Mikasa sonrió ante ese sobrenombre. Recordaba que la solían llamar así, tanto él como su madre y su primo Levi...
Se quedó mirando la pantalla sin saber muy bien qué decirle. Al menos Farlan parecía un chico tranquilo, no como esas decenas de descerebrados que solo le escribían para decirle lo buena que estaba y lo que harían con ella a solas, sin mencionar a los que se tomaban la libertad de mandarle fotos de sus penes erectos como si fueran trofeos de virilidad. Ugh, odiaba eso. Y lo que más odiaba era que no tenía permitido contestarles de mala manera. No podía ensuciar se reputación de "mujer de bien".
Notó también que estaba cargándose una imagen que le había adjuntado, y suplicó a todos los cielos que no fuera de su entrepierna. Pero no, se sorprendió muchísimo al notar que era la foto de un muñeco. Estaba un poco sucio para ser sinceros, pero lo recordó de inmediato. Era un perrito blanco tejido a crochet, con botones azules por ojos y orejas desproporcionadas, una más grande que la otra.
¿Lo recuerdas? Lo bauticé Júpiter en ese entonces
Mikasa se llevó una mano a la boca, estaba completamente sorprendida. Claro que lo recordaba, ese muñequito había sido uno de los primeros que ella había cocido, y si no recordaba mal había sido un regalo que le había hecho para su cumpleaños hacía un montón de años, ¿todavía lo conservaba? Una oleada de calidez la embargó de pies a cabeza. Tantos recuerdos... Sintió que podía llorar de emoción.
Lo recuerdo, Júpiter. Solíamos decir que era más listo que el perro de los Super sónicos.
Farlan volvió a escribirle de inmediato, y su contestación la paralizó de momento, ¿acaso este hombre era adivino?
Extraño Inglaterra, nuestras aventuras de antes. La pasábamos bien de críos, eh?
Mikasa tragó en seco, Farlan había expresado exactamente lo mismo que ella venía sintiendo.
Recordó lo que pensó cuando él le habló la primera vez, lo de las señales, lo casual que era que le hablase en un momento donde sus ideas de estar ahí encerrada flaqueaban, y... ¿y si en verdad lo era? ¿Y si era momento de hacer algo más? ¿Y si era una buen momento de darse una oportunidad para hacer cualquier otra cosa? Mikasa sabía que era buena en todo, aunque lo que le faltaba era un pequeño empujón.
Farlan... ¿él sería ese empujón?
Me pasa lo mismo. A veces pienso en volver. Pero es difícil. Tengo una nueva vida aquí, ya armada, ¿sabes? Claro que uno nunca puede estar seguro de lo que le va a deparar el destino.
Pulsó enviar y esperó. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que alguien le generó tanto entusiasmo con una simple charla? Sonrió al ver que Farlan le había respondido.
Te entiendo. Hace algún tiempo me separé de mi ex novia, y cuesta superar la comodidad que uno alguna vez conoció. La verdad es que esta chica no era buena para mí, pero de todos modos yo me sentí algo perdido cuando terminamos. Sé que es por la costumbre, sé que uno puede hacer mejor las cosas. Es cuestión de empezar. De arriesgarse.
Era cuestión de arriesgarse, y estaba dispuesta a hacerlo.
Final del segundo capítulo
Hola
He aquí con el segundo capítulo de comisión hechos por la gran Luna de Acero y Yaoi Blyff.
Como siempre me encanto.
Y escribieron una parte que le pasa mucho a las mujeres, que hombres les envíen fotos de sus entrepiernas como si fuera algo bueno o de admirar
Eso solo lo hacen idiotas o trastornados mentales.
En fin.
Espero que les haya gustado.
Si es así, voten y comenten.
Nos vemos en este o en algún otro fic.
Hasta luego.
Adiós.
