Quid
Historia ©Αγάπη.
Personajes de La ley y el orden Dick Wolf.
Prohibida su reproducción por cualquier medio y sin mi autorización.
ADVERTENCIA: La historia contiene temas sensibles, como mpreg, sexo, violencia, tortura, asesinatos, canibalismo, lenguaje discriminatorio, aborto y cultos religiosos.
Referencias de Hannibal y Blue Bloods.
Para Sandy.
La ley
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¿Qué harías si despertáramos y el mundo se hubiera desvanecido? ¿Creerías que es conmigo donde perteneces? (1)
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La tormenta golpeaba con fuerza las ventanas de la sala de urgencias del Centro Hospitalario de Harlem; Betty, la encargada de recepción del turno vespertino, observó con preocupación cómo el agua empezaba a filtrarse por las puertas de cristal, levantó el auricular para llamar a intendencia y las luces se apagaron. El generador de luz de emergencia tardó unos segundos en volver a iluminar la sala, entonces, un automóvil atravesó las puertas y se estrelló contra el muro a lado de recepción. Betty seguía con la mano en el auricular, pálida y con el sonido del rápido palpitar de su corazón en los oídos.
—¡Oh, dios mío! —gritó alguien—. ¡Es un «portador»!
Betty salió de su aturdimiento, corrió hacia el lado del conductor, la imagen que la impresionó no fue el hombre con la cara ensangrentada sobre la bolsa de aire que, sin duda, estaba en labor de parto, sino las marcas de tortura por todo el cuerpo desnudo.
—Por favor —musitó el hombre—, ayuda.
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Las puertas del ascensor se abrieron en la sala de cuidados intensivos a las nueve menos tres de la noche. El detective Jalen Shaw avanzó un metro antes de detenerse y girarse hacia su compañero.
—¿Todo bien? —preguntó.
El detective Frank Cosgrove, aún en el ascensor, tenía la mirada en la pantalla en su mano, dio un paso, las puertas se cerraron a su espalda; guardó el teléfono en el bolsillo interno del saco y echó un vistazo a su alrededor: en la recepción había un par de policías conversando con las enfermeras, podía sentir sus miradas, evaluándolo. Otro policía estaba parado frente a la puerta de la oficina a la derecha, otros dos resguardaban la puerta de emergencia al fondo, en el extremo opuesto, otro par estaba frente a una puerta de cristal con la placa «Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales». Con la curiosidad burbujeando en el estómago, se apresuró hacia la oficina, Jalen siguiéndolo de cerca. Al verlos, el oficial los saludó con un movimiento de cabeza. Entraron en el momento en que un trío de médicos salía por la puerta opuesta.
—La víctima es un «portador» —profirió Frank—, ¿no es jurisdicción de la Unidad de Víctimas Especiales?
Antes de que Jalen pudiera decir algo, la capitana Olivia Benson se acercó a ellos.
—La víctima, Randy Peterson —enfatizó el nombre—, 36 años, falleció hace 20 minutos en el quirófano. Su perfil corresponde al modus operandi de uno de sus casos, detective.
Benson le acercó un expediente médico a Frank, él lo tomó, sus cejas se alzaron conforme leía. No tardó en pasárselo a Jalen.
—Ninguna de las víctimas —masculló— del Asesino de la Bahía ha sido un «portador».
—El embarazo de un «portador» suele notarse hasta las 28 semanas, Peterson tenía 26. Y siempre hay posibilidad de que el asesino esté expandiendo sus objetivos.
Frank se llevó una mano a la barbilla. El Asesino de la Bahía atacaba hombres solteros, bien parecidos, comprometidos con su trabajo y sin familia, en grupos de tres (un consultor del FBI los había llamado sounders 2), los montaba en escenas que los seguidores del asesino consideraban obras de arte, para él, tétricas formas de una mente perturbada. Lo difícil del caso era que, fuera de esos aspectos, las víctimas eran de diferentes razas, estatus, preferencias sexuales y religiones, lo que los dejaba con más de un cuarto de la población de New York como víctima potencial. Tampoco ayudaba que no hubiera un patrón en las fechas de los asesinatos, podría haber tres escenas montadas en el intervalo de dos semanas, pasar meses entre asesinatos o, como el año pasado, presentarlos en un mismo día; por eso el caso seguía en sus manos y no en la de los federales. Si Peterson era víctima del asesino, sería el segundo del grupo en el año, con una diferencia de cuatro meses.
—¿El bebé? ¿El otro progenitor?
Benson lo fulminó con la mirada, todo estaba en el expediente, pero Frank necesitaba escucharlo, una teoría empezaba a surgir desde el fondo de su cabeza y las implicaciones no se mostraban favorables para ellos.
—El niño nació por cesárea, los médicos dicen que si pasa las siguientes 72 horas sus posibilidades serán buenas. Peterson le dijo a su obstetra que era padre soltero, las enfermeras dijeron que se presentó solo a sus revisiones, su contacto de emergencia era su jefa.
Sin duda Peterson cubría el perfil, el problema era su condición como «portador» y el embarazo. Una de las cosas que Frank había aprendido del Asesino de la Bahía era su meticulosa forma de elegir a sus víctimas, los sustraía de sus casas sin dejar huella, lo que indicaba una vigilancia de semanas o meses, no había posibilidad de que no estuviera al tanto de Peterson. Y si Frank le concedía algo al asesino, era que se había mantenido alejado de los «portadores».
—Coincido con que no es una víctima del Asesino de la Bahía —arguyó Jalen. Benson y Frank voltearon a verlo, sacó una fotografía del expediente y señaló con el dedo un punto en específico—. Si mis sospechas son correctas, los federales exigirán que se les entregue el caso.
Benson guardó silencio, una atmósfera extraña invadió la habitación. Frank ya imaginaba lo que la capitana les iba a decir, una parte de él concordaba, la otra, resaltaba todo lo que podía salir mal.
—¿Reporte de desaparición —preguntó— o secuestro? ¿El automóvil?
—El equipo forense sigue trabajando en el auto, sin reporte de desaparición ni de secuestro. —Benson miró a Jalen a los ojos—. ¿Y si hubiera una forma de mantener fuera a los federales, detective?
Frank soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, al menos las cartas ya estaban sobre la mesa. Legalmente, solo las Unidades de Víctimas Especiales o los federales podían hacerse cargo de los casos que involucraron a un «portador», ¿injusto? Sin duda, pero el sistema funcionaba o eso quería creer.
—¿Está solicitando —cuestionó Jalen con las cejas arqueadas— que nos hagamos cargo del caso de un «portador» bajo la consigna de otra investigación abierta, capitana?
—El 67% de los casos donde un «portador» está involucrado jamás llegan a juicio, detective —alegó Benson.
—Fui abogado defensor, capitana —contestó Jalen—, conozco las estadísticas.
Benson y Jalen se habían acercado, la diferencia de altura era considerable, aunque, desde la perspectiva de Frank, Benson era más intimidante. Sintió una punzada en la sien cuando ninguno dio marcha atrás, se interpuso entre ellos con las manos en son de paz.
—Estamos en el mismo barco —declaró, haciendo contacto visual con Jalen y después con Benson—. ¿Cuál es su plan, capitana?
El ambiente se distendió, Benson dio un paso atrás, Jalen se aclaró la garganta y se acomodó la corbata. Frank no podía culparlos, su línea de trabajo los mantenía en un nivel de estrés y alerta que, a veces, los hacía estar a punto de cruzar el límite, era de profesionales no hacerlo. La imagen de aquellos que no lo habían hecho le dejó una amarga sensación en la boca del estómago.
—Si Homicidios toma el caso —explicó Benson—, bajo la premisa de que Randy Peterson forma parte de la sounder, nos daría el tiempo suficiente para reunir la evidencia y llevar el caso al gran jurado. Si se queda en mi unidad o lo toman los federales, me temo que las probabilidades de que su agresor quede libre son altas.
Los detectives intercambiaron una mirada rápida. El caso del Asesino de la Bahía tenía «ciertas ventajas», por alguna razón que Frank no lograba comprender, la atención pública y la de los medios estaba centrada en el asesino, sus víctimas solo eran un nombre más en la lista. Pero, si algún periodista o un amante de las conspiraciones insistía en que Peterson era un «portador», no solo Jalen y Frank tendrían a los federales sobre su cuello, la reputación del departamento de Homicidios del precinto 27 estaría en entredicho.
—Que tomemos el caso —dijo Frank— no garantiza que llegue a juicio, capitana.
—¿Eres tú o el asistente del fiscal Price el que habla? —burló Benson, Frank le lanzó una mirada plana—. Extraoficialmente, esta es una investigación conjunta, detective, oficialmente, el caso es suyo.
Frank la observó salir en silencio, una punzada en las cervicales le recordó que su turno apenas comenzaba. Sacó el teléfono y abrió la aplicación de mensajería, la conversación seguía como la había dejado.
—Has estado distraído —afirmó Jalen—, ¿el abogado de Julia sigue presionando por un aumento en la pensión? ¿Lily ha vuelto a tener problemas en la universidad?
Frank se volvió con lentitud, sabía que terminaría contándole a su compañero lo que ocupaba su cabeza o Jalen llegaría a una conclusión por sus medios, era esa conclusión a la que no quería enfrentarse, no por el momento. Hizo una mueca con los labios y aflojó los hombros.
—Como mi abogado…
—Solo te di un par de consejos, el resto lo hizo el abogado que te proporcionó el Departamento.
—Como mi abogado, estás al tanto del acuerdo de divorcio. Y Lily está bien, feliz de estar en la clase de criminología del doctor Graham. Vamos, nos espera una noche larga.
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La luz del pasillo que conducía a la morgue parpadeó, se apagó y volvió a encenderse. El sonido de las pisadas retumbó en un tono metálico y sobrecogedor, Jalen se arregló la corbata, Frank sonrió de lado. Al entrar, el peculiar aroma de la morgue les causó un leve carraspeo.
—Buenas noches —saludó el forense con una taza de café, una rosquilla a medio comer, las mejillas y la corbata con migajas—. ¿Vienen por el caso Peterson?
Frank levantó ambas cejas, el lugar estaba atiborrado de archivos, libros, equipo médico y técnico, un par de pizarras con fórmulas y estantes con frascos. El forense se puso de pie, sin dejar la rosquilla y el café, los condujo a un cuarto frío con un cadáver cubierto por una sábana en la mesa central.
—Todavía no he empezado la autopsia. —Dio un mordisco a la rosquilla, la pasó a la mano que sostenía el café y levantó la sábana con la mano libre—. Pero por su estado puedo decir que las marcas son frescas, hechas con diferentes herramientas.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Jalen, inclinándose para estudiar las lesiones de los brazos y piernas.
El forense dejó el café sobre el borde de la mesa y la rosquilla en la taza, se limpió las manos con la bata, sacó un par de guantes del bolsillo, se los colocó y levantó con delicadeza el brazo inerte de Peterson.
—Calculo menos de seis horas, quizás cuatro. Por los moretones en las muñecas y tobillos puedo deducir que estuvo cautivo por lo menos 24 horas.
—De acuerdo con su expediente médico —intervino Frank— vino a revisión hace tres días.
El forense acomodó con cuidado el brazo de Peterson y lo cubrió con la sábana.
—Ya tiene su rango de tiempo, detective. —Soltó un suspiro abatido—. No a todos les agradaba en el vecindario, pero no puedo imaginar quién pudo ensañarse así con él, era un buen chico.
—¿Lo conocías? —interrogó Jalen.
—No exactamente, era conocido por llevar el embarazo con orgullo.
—Gracias —susurró Frank.
El forense los despidió con una breve inclinación de cabeza. El andar de Jalen era pausado, Frank podía ver los engranajes rodando en su cerebro.
—¿Qué te preocupa? —inquirió al apretar el botón del ascensor.
—Era un hombre negro, homosexual, «portador», orgulloso de llevar vida en su interior con la marca en la cadera de uno de los cultos más horripilantes en la historia de Estados Unidos y, si eso no fuera suficiente, pasó las últimas horas de su vida siendo torturado. Y no tenemos idea si lo dejaron ir o si se escapó, o si hay más víctimas. O si es la segunda víctima del Asesino de la Bahía. ¿Qué crees que me preocupa?
—¿El festín que van a darse los medios?
El timbre del ascensor sonó, las puertas se abrieron, Jalen entró con desgana. Frank dudó por un momento, volvió la mirada hacia la morgue. Si Peterson era la segunda víctima, ¿qué había hecho que el asesino decidiera ir por un grupo tan vulnerable cuando por años lo había evitado? ¿Cómo logró escapar Peterson? ¿O el asesino lo dejó ir? Y si era así, ¿por qué?
—Los jodidos medios de comunicación. —La voz de Jalen sacó a Frank de sus cavilaciones.
—La buena noticia es que todavía no se enteran.
—Eso nos da, ¿qué?, menos de una semana para encontrar un sospechoso, la evidencia para arrestarlo, pasar el caso a la oficina del fiscal y rezar para que su caso se procese sin que los federales intervengan o los medios busquen nuestras cabezas... Price no va a estar feliz.
Camino al automóvil, Frank pudo distinguir un par de reporteros intentando echar un vistazo por la entrada acordonada de la sala de urgencias.
—No —dijo, abriendo la puerta del conductor—, Price no va a estar feliz.
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Dos días después, Frank estaba recargado en el borde de su escritorio, una taza de café frío en la mano, la mirada en la pizarra con la foto de Randy Peterson y la información que tanto la Unidad de Víctimas Especiales como ellos habían recopilado. Cubrió un bostezo con la mano libre, había dormido unas cuantas horas en el sofá de la sala de descanso y su cuerpo le exigía un mejor trato, la idea de volver a un apartamento vacío le retorció el estómago.
—¿Qué tienen? —preguntó la teniente Dixon.
Frank se giró para mirarla. Jalen desde su escritorio levantó la cabeza.
—El apartamento de Peterson estaba inmaculado —leyó Frank sus notas—, los vecinos dijeron que era tranquilo y reservado. Trabajaba como asistente de relaciones públicas en una empresa de cosméticos, en sus 13 años con ellos jamás tuvo un problema, acababa de tramitar la licencia por el embarazo. Era recurrente en los grupos en pro de los derechos de los «portadores», pero no hay reportes de incidentes contra su persona, sus amistades dijeron que era generoso y discreto, solo tres de ellos estaban al tanto del embarazo.
—El automóvil —siguió Jalen— fue reportado como robado quince minutos antes de que Peterson se estrellara contra la sala de urgencia. Estaba estacionado a tres calles del edificio donde vivía.
—Así que fue él el que lo robó —concluyó Dixon—, ¿alguna cámara lo grabó?
—No —respondió Frank— y por la tormenta nadie estaba prestando atención.
—La cámara del edificio de Peterson —agregó Jalen— lo grabó ingresando después de su cita médica y no hay evidencia de que haya vuelto a salir.
—Lo sustrajeron en su casa —dedujo Dixon—, concuerda con el modus operandi del Asesino de la Bahía. O nunca abandonó el edificio. ¿Algún problema con los vecinos?
—Ninguno —respondió Frank—, la mayoría conocía a Peterson desde los 6 años, todos tienen coartadas verificadas.
Dixon se acercó a la pizarra.
—¿Qué hay de El Linaje?
Jalen se puso de pie, retiró la misma fotografía que había señalado en la reunión con la capitana Benson y la colocó sobre el escritorio de Frank, bajo la lámpara encendida. La imagen mostraba la cadera de Peterson con un tatuaje en forma de una flama ardiendo, los bordes formaban una paloma en el centro, el símbolo de El Linaje, un culto que afirmaba que los «portadores» eran los profetas de la segunda venida de Cristo a finales de los 70 y mediados de los años 80. Familias enteras se habían unido con la esperanza de un futuro mejor para sus hijos; resultó que solo eran un grupo de pedófilos, pervertidos y seudocientíficos. Los federales se involucraron, el líder se suicidó con una gran parte de sus seguidores, los secuaces sobrevivientes terminaron en la cárcel y la información de los niños rescatados fue sellada. Había rumores de que miembros de la alta sociedad habían sido parte del culto y estaban silenciando a los supervivientes que se animaban a contar su historia.
—Acceder a los archivos de El Linaje no fue fácil —informó Jalen, señalando una pila de carpetas—. Mi contacto en el FBI me hizo saber que no nos han quitado el caso por el perfil del Asesino de la Bahía y porque Peterson apenas iba a ser «iniciado» cuando ellos intervinieron.
—Los padres fallecieron en el suicidio colectivo —continuó Frank— y la custodia de Peterson pasó a su abuela materna, se cambiaron el nombre y se mudaron a Harlem. La abuela falleció por causas naturales y no hay indicios de que Peterson haya tenido contacto con los remanentes del culto.
—Así que están como al principio —declaró Dixon, se volvió para mirar a la detective Yee, de espaldas a ellos y concentrada en la computadora—. ¿Algo en la laptop de Peterson? ¿Sus redes sociales? ¿Finanzas?
Yee volteó y le dirigió una sonrisa tensa a Dixon. Frank la compadeció, Yee tenía un hermano «portador» y, desde que el caso les fue asignado, ella había trabajado igual o más que la Unidad de Víctimas Especiales; para consideración y admiración de Frank, Benson y su equipo habían logrado mantener a los medios lejos de la investigación, ¿por cuánto tiempo?, estaba por verse.
—Su única actividad era en Instagram —profirió Yee, en los monitores aparecieron una serie de publicaciones y mensajes—, se limitaba a apoyar a la causa, nada personal, los clásicos haters, nada que indique una amenaza. Sus cuentas bancarias estaban en orden…
—¿Qué? —preguntó Frank.
—Hay un gasto de hace seis meses en el restaurante Saint-Germain, en Central Park West.
—¿No es donde tienes que reservar —preguntó Jalen— con un año de anticipación?
—Sí —ratificó Yee— y tener un ingreso mayor a cinco ceros. Peterson pagó por una botella Pinot Noir.
—Uno simplemente no compra un Pinot Noir si no es para compartirlo en pareja —soltó Frank, los demás se giraron para mirarlo—. ¿Qué?
—Pero —adujo Jalen—. Han pasado seis meses, ¿alguien recordará a Peterson? Dudo que sin una orden nos dejen ver las grabaciones de vigilancia o el libro de reservaciones.
Dixon cruzó los brazos sobre el pecho y enfocó la mirada en la pizarra. Frank podía deducir lo que estaba pensando: la respuesta estaba ahí, pero no podían verla. Ahogó otro bostezo, dejó la taza de café en el escritorio y tomó la chaqueta del respaldo de la silla.
—Lo investigaremos —murmuró. En el automóvil, después de ponerse el cinturón de seguridad, revisó el teléfono, su mensaje había sido leído, pero no había respuesta, una sensación agria se asentó en la boca del estómago.
—Frank —llamó Jalen en el asiento del pasajero.
—¿Sí?
—¿Estás tratando de volver con Julia?
Frank sopesó las opciones: confesar y pedirle al hombre que se había convertido en su mejor amigo, su consejo, o seguir creyendo que tenía razón.
—La vez que lo intenté —respondió, encendiendo el auto—, no terminó muy bien, su abogado me pidió un aumento en la pensión, ¿recuerdas?
—Frank… Si tomas la avenida Manhattan y doblas en la calle 106 evitarás el tráfico del mediodía.
«¡Eres un imbécil!», resonó en la cabeza de Frank, ahogó un suspiro, no pudo evitar estar de acuerdo.
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El restaurante Saint-Germain estaba ubicado en la planta baja de un rascacielos residencial y hotelero, su vestíbulo era un pasillo con paredes en azul rey oscuro, un bar y tres pequeñas mesas redondas al fondo. Al frente de la barra de mármol blanco estaba el salón con un atril de madera oscura, la recepcionista en tacones altos los observó de arriba abajo. El enfado se arremolinaba en la boca del estómago de Frank, odiaba este tipo de establecimientos.
—Buenas tardes —saludó, mostrando su placa—, soy el detective Cosgrove, mi compañero el detective Shaw. ¿Podríamos hablar con el gerente?
—Un momento —contestó la mujer, con un ademán les pidió que se hicieran a un lado. Frank se mordió la mejilla, eran los únicos en el vestíbulo, intercambió una mirada con Jalen, se acercaron a la barra, el barman les sonrió, él le devolvió el saludo. La mujer apretó un audífono inalámbrico en la oreja derecha y susurró algo, ni siquiera volteó a verlos cuando terminó.
Jalen se encogió de hombros. Frank negó con la cabeza y aprovechó el momento para echar un vistazo a lo que se podía ver del salón. Los grandes ventanales daban a una terraza frente a Central Park, el techo era alto con un candelabro de cristal, las mesas tenían largos manteles blancos, vajillas de porcelana y un pequeño jarrón con flores frescas, las sillas parecían sillones bajos de color claro.
En la mesa de la esquina derecha, un hombre llamó su atención, tardó una fracción de segundos en reconocerlo, el asistente del fiscal, Nolan Price, estaba sentado con el ventanal a la espalda, enfundado en un traje de tres piezas azul marino, el cabello, libre de producto y la sonrisa en los labios lo hacían parecer más joven; el hombre que lo acompañaba le daba la espalda a Frank, tenía hombros anchos, cabello rubio oscuro con mechones plateados y vestía un traje de cuadros grises y rojos, no pudo evitar arrugar el entrecejo, ¿quién diablos salía vestido así a la calle?
El gerente, un hombre alto, con traje oscuro y corbata de moño se interpuso entre Frank y el salón.
—¿En qué puedo ayudarlos, caballeros? —preguntó el gerente con un leve acento que Frank no logró identificar.
—Queremos hacerle unas preguntas —dijo Jalen— sobre la noche del 24 hace seis meses.
—Randy Peterson —pronunció Frank con lentitud, mostrando la fotografía de Peterson en su teléfono— pagó por uno de los Pinot Noir más caros de su establecimiento esa noche, ¿recuerda si hubo algún incidente o algo fuera de lugar?
El gerente se inclinó con el ceño en concentración. Frank levantó la vista, Nolan echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Recuerdo esa noche —indicó el gerente—, nuestro personal se vio superado cuando el cantante de hip hop llegó con un séquito de veinte personas, algunos de nuestros clientes regulares se quejaron por el bullicio, pero todo se resolvió cuando los acomodamos en la terraza. Lamentablemente, no recuerdo al señor Peterson.
Frank sintió un hoyo en el estómago, este caso parecía maldito, todas las pistas llevaban a un callejón sin salida.
—¿El Pinot Noir —indagó Jalen— está entre los vinos preferidos por sus clientes?
—Sin exagerar, detective, puedo afirmar que toda nuestra excelsa colección de vinos suele ser solicitada en una noche. Sin embargo, es probable que nuestro maître les pueda decir más, él es el que se encarga de servirlos.
—¿Podríamos hablar con él? —pidió Frank.
—Hoy es su día libre.
—¿Podría proporcionarnos sus datos de contacto? —solicitó Jalen.
El gerente los miró con duda. Frank arqueó una ceja, últimamente el argumento sobre la privacidad de los datos personales se había vuelto un dolor de cabeza, sobre todo en ciertos sectores de la población; concordaba en algunos puntos y estaban en una investigación en curso, la negativa de darles la información del maître podría considerarse obstrucción a la justicia o poner al gerente como persona de interés. El gerente hizo amago de decir algo, se detuvo, asintió con la cabeza y se acercó a la recepcionista, ella arrugó la nariz y los fulminó con la mirada, como si estuviera trabajando extra. Frank dio un rápido vistazo hacia donde estaba Nolan, el asistente del fiscal le dio un sorbo a lo que parecía agua mientras asentía a lo que su acompañante decía. El gerente volvió con los datos de contacto.
—Gracias por su cooperación —dijo Frank, ofreciendo su tarjeta—, si recuerda algo más, no dude en contactarme.
Al girarse, tuvo la impresión de que alguien lo observaba, no volteó, caminó directo a la salida y luego hacia la calle 61, donde, por gracia divina, había encontrado un lugar para estacionar.
—Así que estás saliendo con Price —afirmó Jalen después de cerrar la puerta del pasajero.
—No engañé a Julia —espetó Frank y luego se arrepintió por responder tan rápido, todavía le dolía que, a pesar de sus esfuerzos, 25 años de matrimonio y cuatro hijas, su exesposa le hubiera pedido el divorcio porque se dio cuenta de que quería más de lo que él podía ofrecer. «No es fácil ser la esposa de un policía», se dijo, tratando de convencer a la voz en su cabeza que insistía en que no era suficiente.
—Ni siquiera se me ocurrió. ¿Entonces? ¿Price y tú?
Frank suspiró, hablar de su situación con Nolan le causaba dolor de cabeza. Una cosa había llevado a otra y ahora estaba molesto por la imagen de Nolan con el tipo sin sentido de la moda, no quería pensar en quién podría ser ni la relación que tenían. Las ganas de tomar el teléfono y enviarle un mensaje le picaron las manos, en su lugar encendió el auto.
—¿Qué me delató? —Siguió con el tema para apaciguar a su compañero, de otro modo, Jalen usaría sus artimañas de abogado.
—¿Además de la mirada celosa y posesiva? Eres un hombre de cerveza.
Frank resopló una carcajada, giró a la izquierda en la Avenida Central Park West.
—No pareces sorprendido.
—En cierta forma, ustedes tienen sentido.
—¿Eso crees? La mitad del tiempo no estamos de acuerdo y la otra mitad nos la pasamos discutiendo.
—No lo niego, pero ¿te has dado cuenta de que son bastante indulgentes el uno con el otro? —El semáforo se puso en rojo, Frank aprovechó para lanzarle una mirada de incredulidad a Jalen—. La evidencia me respalda.
—¿Qué evidencia?
El semáforo volvió a ponerse en verde, Frank giró a la izquierda en la calle 62, hacia la avenida Ámsterdam.
—Eres el único al que Price le permite gritarle sin repercusiones.
Frank tarareó en acuerdo, Nolan tenía una forma peculiar de poner a las personas en su lugar cuando lo confrontaban a gritos por cómo estaba manejando los casos.
—Tengo buenos argumentos.
—No, no los tienes. Volviendo al tema principal, Price es la única persona a la que permites tomar comida de tu plato.
—Exageras, suelo darte los guisantes.
—No hablo de la comida que no te gusta, me refiero a que prácticamente le ladras a cualquiera que se atreva a rozar tu plato. Pero ¿Price? He perdido la cuenta de las veces que ha quebrantado esa regla.
—No es una regla, es sentido común.
—¿Sentido común? ¿Recuerdas el caso Burke? Price nos encontró en la cafetería donde estábamos almorzando, se sentó a tu lado, tomó una aceituna de tu plato y se la comió sin que pestañearas.
—Era una aceituna.
—Me acababas de dar todo un discurso sobre por qué no era educado tomar una papa frita de tu plato, ¡me señalaste con el dedo!
—Solo hice hincapié en los límites personales. Y, si no mal recuerdo, Nolan estaba bastante molesto por el arresto de DeLuca.
—¿Nolan? Así que el asunto puede que haya pasado a segunda base.
Frank apretó los labios, no se atrevió a confesar que había anotado jonrón en la oficina de Nolan unas horas después de haber firmado el divorcio. Una mezcla de incomodidad y excitación lo invadió al recordar que él había iniciado el beso, la pasión con la que Nolan correspondió lo hizo tomarlo sobre el escritorio y dos veces en el sofá. El letrero, indicando que estaban en Harlem, lo trajo al presente.
—¿Cuál es el nombre del maître?
—Robert Davis.
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El apartamento de Robert Davis era pequeño, una sala de estar-cocina y un pasillo con dos puertas. Los sollozos de un bebé y las palabras suaves de una mujer, arrullándolo, retumbaban por el pasillo. Frank permaneció de pie, Jalen había tomado asiento frente a Davis en la mesa.
—Sí —contestó Davis después de haber visto la imagen de Peterson—, lo recuerdo.
—Eso fue rápido —expresó Jalen—, su gerente nos dijo que había sido una noche ocupada.
—Oh, lo fue. Sobre todo, por las demandas y quejas de algunos regulares por el alboroto que su gente estaba haciendo. —Miró a Jalen—. Pero lo recuerdo porque…
—¿Mi gente?
Frank se acercó a la mesa, puso una mano en el hombro de Jalen, por mucho que le disgustaba no había una ley que impidiera que el hombre se expresara así. Se inclinó hacia Davis de forma amenazante.
—Entonces, recuerda al señor Peterson, que también era afroamericano, ¿por qué?
Davis se removió incómodo en la silla, Frank sintió una punzada de satisfacción.
—Pagó por un Pinot Noir, pero bebió agua durante toda la cena, aunque la gente suele ser quisquillosa, me pareció un insulto para el señor Reagan.
—¿El señor Reagan? —inquirió Frank.
—El señor John Reagan —respondió Davis con los ojos brillantes—, suele ser un cliente regular y tengo el honor de servirlo cada vez.
La familia Reagan era una de las más importantes e influyentes de New York, de ascendencia irlandesa, conservadora y católica, estaba conformada por Patrick y Elizabeth Reagan, sus cinco hijos, doce nietos, diez bisnietos y contando. Patrick había fundado un consorcio empresarial en los años 50, que había cuadriplicado sus ganancias en manos de su tercer nieto, John, apodado El Príncipe por su forma de hacer negocios; el resto de la familia ocupaba puestos clave en el gobierno y los medios de comunicación.
—Y el señor Reagan —habló Jalen con un dejo irónico—, ¿se sintió insultado porque su acompañante no bebía del vino que compró?
—¡Por supuesto que no! —contestó Davis, ofendido. Frank se preguntó si se daba cuenta de la contradicción en su comportamiento—. El señor Reagan suele estar acompañado por diversas personas con diferentes costumbres y culturas, tan solo la noche de ayer, cenó con el embajador de Jordania.
—Bien —exclamó Frank—, el señor Reagan es todo un hombre de negocios. ¿Hubo algo que le haya parecido inusual de la interacción del señor Peterson y el señor Reagan?
El llanto del bebé aumentó, Davis se puso de pie y caminó hacia una de las puertas, hubo un intercambio de palabras y Davis volvió con un gesto de molestia en la cara.
—Disculpe —le habló directo a Frank—, el pequeño John ha estado un poco enfermo. ¿En qué estábamos? Ah, sí. El señor Reagan dominó la conversación, como es usual, al parecer el señor Peterson quería que apoyara la causa de los «portadores», pero el señor Reagan puntualizó las inconveniencias de hacerlo, la conversación pareció subir de tono, pero no escuché por estar atendiendo a la duquesa S., el señor Peterson se retiró poco después, lo que me pareció grosero de su parte.
—¿Y qué hizo el señor Reagan? —preguntó Jalen. Davis volteó a verlo como si recordara que estaba ahí.
—Terminó su cena, pagó la cuenta y se marchó. —Davis guardó silencio, vaciló un momento y luego añadió—: Se llevó la botella con él.
—¿Eso es inusual? —profirió Frank, las pocas veces que había estado en un restaurante de más de tres estrellas, había notado que la mayoría de la gente no solía llevarse la botella de vino que pagaron y no terminaron, lo que le parecía estúpido, Nolan se había reído cuando se lo comentó. «Todo se trata de demostrar tu poder adquisitivo —le había dicho cuando dejó de reír—, la mayoría pide que se lo envíen a casa».
—El señor Reagan no repara en gastos, pero debo admitir que esa noche, eligió una excelente cosecha de Pinot Noir.
—¿No había sido —inquirió Jalen— el señor Peterson el que pagó por la botella?
—Por favor —resopló Davis—, el señor Reagan tiene un gusto exquisito, fue él el que ordenó.
Jalen apretó la mandíbula, Frank se adelantó:
—Agradecemos su colaboración —habló con los dientes apretados, dejando su tarjeta en la mesa—. Si recuerda algo más, por favor, no dude en contactarme. —Casi tuvo que arrastrar a Jalen, que fulminaba a Davis con la mirada. Salieron del edificio con los hombros tensos, había veces que Frank detestaba esta parte de su trabajo, la gente se creía políticamente correcta y con un poco de espacio su verdadero ser surgía.
Una lluvia ligera había empezado a caer, Jalen se apresuró hacia el auto, estacionado en la acera de enfrente. Frank caminó despacio, sin duda, Peterson y Reagan habían roto esa noche, probablemente, Peterson le había dicho del embarazo, tal vez, Reagan negó ser el padre o le pidió que abortara. Sin embargo, ¿por qué esperar seis meses?
—¿Realmente —espetó Jalen cuando Frank cerró la puerta del conductor— vamos a cuestionar a Reagan por haber cenado con Peterson hace seis meses?
Frank golpeó el volante con el dedo, consideró sus opciones, todo lo que tenían era circunstancial. Como parte de los grupos activistas en pro de los «portadores», Peterson se había reunido con algunos hombres y mujeres prominentes para que se unieran o donaran a la causa.
—Veamos si Yee puede averiguar si Reagan estaba en la agenda de Peterson —sugirió—. ¿Qué tal si nos detenemos a almorzar? Tengo ganas de una hamburguesa.
—La cafetería de la 103 me parece bien —propuso Jalen, tecleando en su teléfono—. ¿No saliste con el colesterol alto en tu última revisión?
—Para lo poco que hemos avanzado, creo que merezco una hamburguesa con doble queso y tocino.
—Tengo la sensación —se quejó Jalen, guardando el teléfono en la gabardina— de que estamos «persiguiendo nuestra propia cola» en este caso.
—O puede que Peterson sea la víctima número dos que escapó del Asesino de la Bahía y no sobrevivió.
—Teoría que no crees y concuerdo. El Asesino de la Bahía tiene un propósito, un sentido de la estética y de la elegancia que demuestra un vasto conocimiento. ¿Las lesiones de Peterson? Fueron hechas por un salvaje.
—Cualquiera que te escuche pensará que eres uno de sus seguidores.
—No puedes negar que, si no hubiera mostrado a sus víctimas, sus asesinatos serían el crimen perfecto. Incluso con el patrón de ser solteros y adictos al trabajo, nunca los hubiéramos relacionado, todos murieron de diferente manera, en algunos casos ni siquiera se notó su desaparición. Por ejemplo, Benjamin Raspail fue visto tocando con la sinfónica de Baltimore en Great Lawn ocho horas antes de que su cuerpo apareciera con el corazón perforado en una iglesia cercana a la bahía.
—¿Incluso si a todas las víctimas les falta un par de órganos? —Ese era un punto que a Frank le incomodaba analizar, o el Asesino de la Bahía se llevaba trofeos o… se estremeció ante la alternativa.
—Sabes a lo que me refiero.
—Vale, el tipo es un genio —admitió Frank, divisando un espacio frente a la cafetería, ese día habían tenido suerte con el estacionamiento, era una lástima que no fuera igual con la investigación—, pero incluso los genios cometen errores y lo atraparemos cuando lo haga.
La comida pasó entre las bromas de Jalen y los planes para el fin de semana. Frank se abstuvo de comentar que Nolan y él habían discutido tres días atrás, y dada la falta de respuesta del asistente del fiscal a sus mensajes, pasaría el sábado en el sofá y ESPN. El timbre de un mensaje entrante en el teléfono de Jalen silenció la conversación.
—Yee —indicó Jalen— no encontró evidencia de que Peterson y Reagan se fueran a reunir en la noche del 24, pero adivina a quién pertenece la empresa donde trabajaba Peterson.
Frank chasqueó la lengua, John Reagan empezaba a ser persona de interés, sería más fácil si el comisionado de policía no fuera su padre.
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La oficina de John Reagan estaba en el piso 42 de uno de los rascacielos más lujosos del Bajo Manhattan, los enormes ventanales daban al río Hudson, la alfombra gris Oxford le daba un toque sobrio, un sofá de cuero negro a la izquierda, entre los ventanales del lado derecho había un muro de un tono más oscuro que la alfombra, con una chimenea y una pintura de un barco sobre ella. Al fondo, el escritorio de madera oscura con una laptop abierta, una pila de documentos y carpetas, y una silla ejecutiva de cuero negro detrás.
A Frank le llamó la atención que no hubiera más sillas, sus ojos se encontraron con la mirada azul de Reagan, a principios de los cuarenta, el cabello rubio corto y un porte militar que sobresalía por el traje gris, el chaleco y la camisa negra; por un momento a Frank le recordó al villano de la última película de John Wick, pero este hombre, parado frente al escritorio, exudaba sensatez, control e inteligencia. No, las reuniones no se realizaban aquí, este lugar era su santuario, donde creaba las estrategias para expandir su imperio y los había recibido porque esperaba que la conversación terminara en menos de un minuto.
—Soy…
—Sé quiénes son —interrumpió Reagan, miró directamente a Frank a los ojos—, detective Cosgrove. —Se volvió hacia Jalen—. Detective Shaw, mi padre no deja de halagar el trabajo que el departamento de Homicidios del precinto 27 está realizando. ¿En qué puedo servirles?
Los detectives intercambiaron una mirada, decir que no les había puesto presión, sería mentir, tendrían que andar con cuidado.
—Hay indicios —explicó Frank— de que pudo haberse cruzado con una de las víctimas del Asesino de la Bahía. —El lenguaje corporal de Reagan mostró una pizca de interés. Jalen extendió su teléfono con la fotografía de Peterson—. ¿Recuerda haberse reunido con el señor Peterson?
Reagan tomó el teléfono, por una fracción de segundo la sorpresa y el dolor atravesaron sus facciones. La puerta se abrió en ese instante, todas las miradas se dirigieron hacia el hombre que acababa de irrumpir.
—Como abogado del señor Reagan, mi cliente no responderá ninguna de sus preguntas sin mi presencia.
—Solo es una entrevista —argumentó Jalen—. Su cliente no está en problemas, abogado.
—Déjalo Martin —ordenó Reagan, devolviéndole el teléfono a Jalen, caminó hacia la silla y tomó asiento—. Me reuní con el señor Peterson hace seis meses, buscaba que apoyara a la causa de los «portadores», sus argumentos no fueron del todo convincentes, así que nos despedimos y no volví a saber de él.
—¿El señor Peterson intentó volver a contactarlo? —inquirió Frank.
—El señor Reagan ya dijo que no volvió a saber de él —contestó el abogado—. Y si se pregunta dónde estuvo mi cliente hace dos noches, detective, le digo de una vez que regresó la mañana de ayer de un viaje de negocios por Europa y Asia, y no tenía idea de que el Asesino de la Bahía había vuelto a atacar.
—Agradecemos su cooperación. —Frank le extendió su tarjeta a Reagan, para su sorpresa la tomó—. Cualquier cosa no dude en contactarme.
—Así lo haré, detectives. —La atención de Reagan se volvió al abogado—. Martin me gustaría hablar del proyecto Madchen.
Durante todo el camino al estacionamiento una atmósfera pesada los envolvió, Reagan tenía altas probabilidades de convertirse en su principal sospechoso. Una prueba de ADN ayudaría, lamentablemente, sin evidencia, un juez no aceptaría firmar una orden para obligar a Reagan a hacerse la prueba.
—Tiene el motivo —dijo Jalen— y los medios.
—Sí, pero ¿por qué ahora?
—Quizás no creyó que Peterson seguiría adelante con el embarazo, el embarazo de un «portador» tarda en hacerse visible por lo que mucha gente los considera cosas del diablo, tal vez, alguien del trabajo le contó que había pedido licencia y decidió actuar. Al no estar en el país tiene la coartada perfecta.
—Sí, pero el embarazo se muestra a las 28 semanas, Peterson tenía 26, solo su jefa y los de recursos humanos sabían que había pedido licencia y no era el único «portador» en licencia trabajando para la empresa. No, tiene que ser alguien que sabía que Peterson tenía 26 semanas.
—Okey. ¿Qué teoría tienes?
—¿Recuerdas el caso Hobbs?
—¿El caníbal —respondió Jalen, confundido— que secuestró y mató a 8 chicas durante 8 meses antes de que un agente especial del FBI lo matara?
—¿Qué hizo que el agente especial fuera tras él?
—Encontraron un residuo de tuberías que solo se encuentra en ciertas construcciones.
—Pero ¿por qué específicamente el agente se fijó en Hobbs? —Jalen negó con la cabeza. Frank continuó—: Al agente especial le llamó la atención que Hobbs no escribiera una dirección en su carta de renuncia, fue el primero en la lista a entrevistar… Tenemos que volver a la estación.
Frank entró corriendo, directo a los documentos sobre El Linaje, Jalen lo siguió unos pasos atrás.
—¿Qué pasó? —preguntó Dixon.
—Eh —balbuceó Jalen—, entrevistamos a un par de empleados del restaurante, nos llevó a una persona de interés y luego Frank empezó a hablar sobre el caso Hobbs.
—¿El forense ya envió los resultados de la autopsia? —gruñó Frank a nadie en particular, leía documentos, los dejaba, tomaba otros y repetía el proceso.
—Hace unas horas —indicó Dixon, tomando la carpeta en el escritorio de Frank—, la causa de muerte fue establecida como paro cardiorrespiratorio por choque hipovolémico debido a las heridas punzocortantes.
Frank tomó la carpeta, la revisó, sin soltarla, hojeó entre el resto de los papeles.
—Frank —susurró Jalen—, ¿qué estás buscando?
—Uno de los experimentos de El Linaje —Frank elevó el rostro y miró directamente a Jalen— era practicar abortos a los «portadores», en un rango de las 22 y 32 semanas, ¿por qué?
—Porque se considera que es cuando el sistema nervioso ya está maduro —respondió Yee— y el bebé puede sentir dolor.
—¿Y qué pasa en la semana 26?
—El bebé tiene ciclos de sueño y vigilia, muchos creen que es cuando se empieza a soñar. —explicó Dixon. Frank escondió su sorpresa, la teniente no tenía hijos, se reprendió, no se necesitaba ser padre para saber sobre el tema.
—Lo que nos distingue del resto de los animales —agregó Jalen, acercándose y rebuscando entre la pila de documentos—. Para El Linaje el número 8 era importante, el símbolo del infinito y la divinidad. —Sacó una hoja y la puso sobre el resto, era el dibujo de un «portador» con el vientre abierto y un feto, el cordón umbilical estaba enroscado y formaba el símbolo del infinito, el extremo conectado a una paloma en pleno vuelo entre nubes y rayos celestiales—. El momento en que Dios nos toca y eleva como sus iguales, los investigadores lo interpretan como el octavo mes de gestación, ahora entiendo que es la semana 26.
—Hobbs consideraba a las chicas que asesinó, especiales —explicó Frank—, las honró al consumirlas y usar todas sus partes. —Sacó un recorte de periódico con el titular «El linaje de caníbales»—. Los líderes de El Linaje consumían los fetos para honrar su divinidad.
—El niño está en peligro —afirmó Dixon—. Llamaré a Benson.
Jalen revisó que su pistola estuviera cargada, Yee empezó a teclear, las imágenes de las cámaras viales cercanas al Centro Hospitalario de Harlem aparecieron en los monitores. Frank no se movió, volvió a escudriñar el informe del forense.
—¡Hijo de su puta madre! —gritó, corriendo al ascensor, apretó el botón, las puertas no se abrieron, así que eligió bajar por las escaleras.
—¡Frank! —llamó Jalen al alcanzarlo en el automóvil—. ¿Qué demonios…?
Frank no se detuvo, entró al auto y encendió el motor, las llantas rechinaron cuando arrancó. Jalen apenas alcanzó a cerrar la puerta del pasajero y agarrarse del asiento. Iban a toda velocidad con la sirena encendida, Jalen pidió refuerzos al reconocer el camino al hospital. Frank permanecía en silencio, sus dedos estaban blancos por la fuerza al sujetar el volante. Al llegar, ni siquiera estacionó, dejó el automóvil con las llaves pegadas y corrió hacia el vestíbulo, pasó a las enfermeras, a la gente de Benson, ni siquiera usó las escaleras.
—August Hirt, estás arrestado —informó, apuntando el arma al hombre con un escalpelo en la mano y una dona en la otra, parado ante la mesa donde aún seguía el cuerpo de Peterson. Frank escuchó a Jalen y a otros a su espalda— por el secuestro, tortura y asesinato de Randy Peterson.
—¿Cómo…?
—No firmaste el informe de la autopsia. —Hirt miró a Frank desconcertado, abrió la boca, él agregó—: Estableciste que la causa de muerte fue por paro cardiorrespiratorio por choque hipovolémico debido a las heridas punzocortantes, como acostumbraban a hacer los médicos de El Linaje, pero en la siguiente línea también indicaste que fue un paro cardiorrespiratorio por un hematoma subdural. ¿Entonces? ¿Cuál fue la verdadera causa de muerte, doctor?
—Es un malentendido, detective —se defendió Hirt con las manos elevadas—, han sido días muy ocupados, es probable que haya cometido un error, pero puedo asegurarle que yo no maté a Peterson.
—¿Cómo sabías que Peterson «llevaba con orgullo el embarazo» cuando sus vecinos no lo sabían? —cuestionó Jalen, acercándose por el lado contrario. Hirt se humedeció los labios y pasó saliva.
—Hemos enviado un equipo a su casa —reveló Benson—, curiosamente, está a tres calles de donde vivía Peterson, la misma calle donde robó el auto para llegar al hospital.
—Quiero un abogado —musitó Hirt, bajando los brazos.
Frank se apresuró a esposarlo y le leyó sus derechos, se lo arrojó a un oficial. Se quedó ahí, observando lo que quedaba de Peterson, puso una mano sobre la frente de Peterson y susurró una plegaria.
El equipo forense en la casa de Hirt no tardó en encontrar el sótano donde Peterson había pasado sus últimas horas, era un verdadero calabozo del horror. Entre las pertenecías de Hirt se encontraron pruebas de que Peterson no era su primera víctima, tenía como cómplices a dos enfermeras de obstetricia, un oficial de policía, el intendente del edificio de Peterson y uno de los vecinos, quienes lo habían sacado del edificio en el automóvil de otro vecino que se encontraba de viaje. Ninguno de los perpetradores había pertenecido a El Linaje, pero compartían sus creencias.
Eran casi las dos de la mañana del viernes cuando llevaron al último cómplice a la celda, el equipo forense todavía seguía procesando las pruebas. La Navidad se había adelantado para los medios de comunicación, el FBI amenazó con quitarles el caso y Frank seguía sin haber dormido más de cuatro horas seguidas.
—Lo que todavía no entiendo —dijo Benson, mirando la pizarra, que ahora tenía más fotografías—, es cómo escapó Peterson. He estado en el sótano de Hirt, es un búnker y el resto de la casa también está bien resguardada.
—Una de las enfermeras declaró que olvidó cerrar el sótano —señaló Jalen—, la llamaron de la escuela de su hijo porque estaba acosando al hijo de un «portador».
—Sí, pero ¿cómo se liberó Peterson de los grilletes?
El silencio se apoderó de la habitación, había varias cuestiones que todavía no tenían respuesta, el salario de Hirt y el de sus cómplices no daba para toda la tecnología que habían encontrado en el sótano, tampoco habían dicho cómo consiguieron la información de los métodos que usaba El Linaje, que era clasificada. Sabían que había alguien poderoso involucrado, Jalen había mencionado a Reagan, Frank no estaba convencido, sería el trabajo de la fiscalía llegar al meollo del asunto.
—Lo importante es que logró escapar —puntualizó Dixon—. Vayan a casa, descansen. Los veo el lunes.
Frank se despidió con un movimiento de cabeza y tomó el ascensor, Jalen a su lado.
—Ahora que lo pienso —exteriorizó Jalen—, ¿cómo relacionaste el caso de Hobbs a El Linaje?
—Fue algo que mencionó Reagan antes de salir de su oficina, el proyecto Madchen. Georgia Madchen padecía del síndrome de Cotard…
—Asesinó a su mejor amiga, Beth LeBeau, cuando pensaba que estaba muerta, ahora está recluida en un hospital psiquiátrico, ¿no? Supongo que el consorcio Reagan está buscando una cura.
—Tal vez. —Las puertas del ascensor se abrieron, caminaron por el estacionamiento semivacío—. Lo relevante es que el mismo agente especial que descubrió a Hobbs, fue el que encontró a Madchen. —Se detuvieron a un paso del automóvil de Jalen.
—Pareces admirarlo.
—Debería, es el profesor favorito de Lily, el doctor Graham.
—Oh. ¿Crees que Reagan mencionó a propósito el proyecto?
—No lo creo, tendría que haber sabido que mi hija es admiradora del doctor Graham y que soy de los pocos que tiene la paciencia para escucharla hablar de él por horas.
—Sabía quienes éramos.
—Nos anunciamos en el vestíbulo, tuvo tiempo para investigarnos.
—Bueno, no es el primer caso que por una coincidencia se resuelve. Nos vemos el lunes.
—Descansa.
Frank se dirigió hacia una motocicleta Thruxton de la Triumph, el único lujo que se había permitido, la había comprado el día siguiente que Julia le pidió el divorcio y no se arrepentía. De camino a su apartamento pasó por comida china del establecimiento abierto las 24 horas, no era tan buena, pero tenía hambre. Arrastró los pies hasta el cuarto piso, a la puerta verde con el número 19. Sacó las llaves y notó que una de las cerraduras estaba abierta, había regresado a asearse y por un cambio de ropa la mañana del día anterior, pero estaba seguro de que había cerrado por completo. Dejó la bolsa de la comida y el casco a un lado de la puerta, sacó la Glock sin quitarle el seguro.
La luz del pasillo iluminó parte de la pequeña barra de la cocina a la derecha de la puerta y una parte de la sala. Echó un rápido vistazo y se resguardó a un lado de la puerta, esta vez quitó el seguro, una figura estaba sentada en el sofá de tres piezas, bajo la ventana, a un lado del baño.
—Buenas noches, detective Cosgrove. —La voz de Reagan hizo que Frank pusiera el seguro y guardara el arma, tomó las cosas del piso y entró—. ¿No teme que sea una trampa?
Frank encendió las luces, cerró la puerta, dejó la comida y el casco en la barra, colgó la chaqueta en el perchero y se dirigió al baño.
—Si fueras la persona que financió a Hirt —dijo, después de salir del sanitario—, hubieras ido por la evidencia o por Hirt y sus cómplices. Pero ¿irrumpir en mi apartamento? No, no es tu estilo. ¿Algo de beber?
Reagan se levantó del sofá, a diferencia de unos días atrás, vestía con una sudadera negra con capucha, una chamarra de cuero y jeans oscuros. Se sentó en uno de los dos bancos frente a la barra.
—¿Y cuál es mi estilo, detective?
Frank tomó dos cervezas del refrigerador, le entregó una Reagan y le dio un largo trago a la suya. Si era honesto, llevaba días esperando el encuentro (si no hubiera atestiguado la reacción de Reagan, hubiera creído, como Jalen, que estaba detrás de todo el asunto Hirt).
—Estratégico, minucioso, controlador. Estuviste en las fuerzas especiales en dos giras por Afganistán, así es como entraste, ¿no es así?
Reagan lo evaluó con la mirada, dio pequeños sorbos, resopló una carcajada y negó con la cabeza.
—Mi hermano mayor, Danny, es detective de primera clase en el precinto 54. Siempre lo he considerado el mejor detective de Homicidios de la ciudad, pero él insiste que usted y su compañero son bastante competentes. De hecho, está muy intrigado por saber cómo hizo la conexión con Hirt.
Frank analizó su respuesta, podría decirle que fue el comentario de Hirt sobre el embarazo de Peterson, la falta de firma en el informe o la inconsistencia en la causa de muerte, pero la verdad era que no estaba claro, simplemente tuvo una corazonada y la siguió. El doctor Graham solía exponer la carta de renuncia de Hobbs y preguntarles a sus estudiantes si podían ver la pista en ella, cuando los que se consideraban los más inteligentes alzaban la mano, «No podía ver la pista, papá —le había dicho Lily—, me sentí estúpida rodeada de gente con la mano levantada», el doctor Graham les revelaba que no había pista, solo información incompleta y pura suerte.
—El proyecto Madchen —confesó Frank, después de una larga pausa—, me recordó otro caso, donde el agente a cargo les hizo caso a sus instintos, así que seguí los míos.
—¿Y si no lo hubiera hecho?
—Probablemente, estaría tratando de demostrar que mandaste matar al «portador» de tu hijo. ¿Mencionaste el proyecto a propósito? ¿Sabes quién está detrás?
Esta vez fue Reagan el que permaneció en silencio. Un hombre como él tenía los medios para rastrear y matar a las personas responsables del asesinato de Peterson, no obstante, había dejado que ellos se hicieran cargo.
Se decía que, de los cinco hijos de Patrick Reagan, el comisionado de policía era el único con honor, Frank no conocía al hombre, lo había visto en un par de ocasiones, sabía de sus méritos y todo lo que había hecho por el Departamento. Sin embargo, también había conocido policías que tenían un historial intachable hasta que algo indicaba que estaban hundidos hasta el cuello; la imagen de su antiguo mentor, Jerry Ryan, le vino a la cabeza; así que prefería no dejarse llevar y guardarse su opinión.
—Los círculos en los que me muevo —empezó Reagan— se conforman de gente que suelen preferir el statu quo y subestimar a ciertos sectores de la población, en público se muestran políticamente correctos, pero los rumores corren, a veces son ciertos, a veces no.
—Por eso rompiste con Randy, creíste que estaría a salvo si no lo relacionaban contigo.
—Me tomó por sorpresa cuando me lo dijo, fue lo mejor que se me ocurrió en ese momento y no sirvió de nada. —gruñó Reagan, las lágrimas humedecieron las pestañas rubias, ninguna cayó—. Desde hace un año, las conversaciones suelen girar sobre El Linaje y su legado, nada concreto y nadie en específico. Mencioné el proyecto Madchen porque mi padre alguna vez comentó que El Linaje experimentaba con fármacos con los «portadores», creí que les estaba dando una pista, luego mi hermano me dijo que fue una de las primeras líneas que el detective Shaw y usted investigaron.
—Como dije, me ayudó a seguir mis instintos.
Reagan asintió con la cabeza, dejó la cerveza sin terminar en la barra y se puso de pie. Todo su lenguaje corporal denotaba derrota, muy lejos del hombre dueño del mundo de unos días atrás, Frank no pudo evitar compadecerlo.
—Prométame que obtendrán la pena máxima.
Frank se mordió el interior de la mejilla, a pesar de las pruebas, había demasiados argumentos que la defensa podría utilizar para disminuir la pena de Hirt y sus cómplices.
—Te prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos. —Reagan asintió con la cabeza, Frank le dirigió una sonrisa forzada, aunque quisiera no podía prometerle más—. ¿Vas a reclamar la paternidad?
—Ya lo hice. —La voz de Reagan salió estrangulada—. Mis abogados lograron que un juez sellara la información de mi niño, Joseph Reagan, mi padre y mis hermanos están emocionados por conocer al nuevo integrante de la familia, por cuestiones de seguridad se han abstenido a visitarlo en el hospital.
—La capitana Benson no lo mencionó.
—Además de mi familia, mis abogados (con mis abogados me refiero a mi hermana mayor, Erin, y a mi hermano menor, Jamie), y el juez, usted es la única persona que lo sabe. Mi gente y la de mi padre custodian la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. En cuanto los médicos lo permitan, me mudaré con Joseph a los Países Bajos, un país que ha demostrado ser bastante abierto con los «portadores» y su descendencia.
Frank quiso preguntar por qué no había convencido a Randy de mudarse, ¿por qué alejarlo? Se mordió la lengua, no era su lugar hacer preguntas, desconocía cómo era la relación y lo que Peterson hubiera querido, así que se limitó a ponerse de pie, extender la mano derecha y decir:
—Lamento tu pérdida.
—Gracias. —Reagan estrechó con fuerza la mano de Frank, por un instante pareció querer decir algo más, soltó el agarre y se fue.
Frank se quedó observando la puerta, podía verse reflejado en Reagan, pero a diferencia de él, Nolan estaba vivo.
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El mundo se acaba y estamos justo en el medio (1).
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1. Fragmentos traducidos de In the Middle, Theory of a Deadman.
2. Piara en español.
