«Personas que mancharon todo de felicidad, y contrataron la alegría y la volcaron sobre ti.»
—Marwan.
Después de haber dejado al Santo de Sagitario dormido en su habitación y echar a Aioria de ahí Mei decidió hacer un té para cuando despertará y por qué no, uno para ella mientras tanto. Claramente Aioria no tuvo intenciones de marcharse sin antes saber qué había pasado con su hermano a lo que Mei sólo le había dicho que se encontraba "descompuesto". Aioria había visto parte del pésimo humor que Aioros había demostrado en el Coliseo así que sólo aceptó la explicación de Mei sabiendo que era todo lo que iba a sacarle. Sin más opciones la Kunoichi aceptó la presencia del leonino y también puso a hacer té para él en la cocina, pero cuando se habían sentado para beberlo en silencio el Caballero de Géminis había aparecido, y pasó lo que tenía que pasar.
Apenas Mei Ling y Saga se vieron el aire se sintió enrarecido por las auras hostiles de ambos.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó fríamente Saga.
—¿Es necesario preguntar eso cada vez que nos vemos? —respondió Mei con otra pregunta.
Aioria sólo se preguntaba por qué siempre tenía que estar presente cada vez que esos dos se encontraban. Y solo, lo que era peor.
—No deberías estar aquí —espetó el geminiano— ¿Dónde está Aioros? ¡Si le hiciste algo te juro que...
—No seas ruidoso —le interrumpió Mei con tono gélido y sin dignarse a mirarlo, tenía la vista fija en el té en su taza—. Aioros está durmiendo —luego, sentada donde estaba procedió a verlo burlonamente por encima del hombro—, y aunque yo hubiese intentado hacerle algo él se hubiese defendido ¿No lo sabes? ¿O es que crees que eres el único intocable y todos los demás son débiles?
—Lo que yo piense no te concierne, Mei Ling —replicó el de cabellos azules, a la defensiva.
Y como siempre la situación comenzaba a escalar, Aioria como siempre se maldecía por no saber qué hacer, sólo que esta vez Mei Ling no parecía dispuesta a quedarse enfrascada en otra discusión con Saga.
—Como digas, Saga ¿Es todo lo que necesitabas? Aioros no está para atender tus caprichos y no vale la pena despertarlo por ti —ella dejó con suavidad su taza en la mesa y se puso de pie, con la misma gracia e indiferencia que expresaba cuando estaba delante de aquél Santo.
—¡Hey! —exclamó Saga.
—¡¿Qué?! —respondió ella alzando la voz, pero asegurándose de que su tono no fuera a alterar al arquero durmiendo.
Aioria se puso de pie y finalmente decidió hacer algo. O al menos intentarlo.
—Bueno, Saga. Ya puedes pasar.
Saga frunció profundamente el ceño ¡Era ya la tercera vez que lo echaban por causa de la mujer!
Pero Mei suspiró.
—Tranquilo, Aioria. Yo tengo que irme de todas formas —respondió ella—. El té de Aioros está en la cocina ¿Puedes dárselo cuando despierte por mí?
Aioria la miró con cierta incomodidad, pero comprensión. —Claro.
—Eres muy amable —ella le sonrió por última vez—. Nos vemos.
Mei salió de la casa de Sagitario rodeando a Saga, que la siguió con los ojos hasta que desapareció en las escaleras. Luego se giró a ver a Aioria.
—¿Cuánto tiempo llevaba aquí esa mujer? —lo interrogó.
Aioria se pasó la mano por el pelo y reprimió un suspiro. Y ahí iba otra vez.
—Estaba con Aioros antes de que yo llegara, él ya estaba dormido.
—¡¿Lo dejaste solo con ella?! —le reprochó el geminiano, a lo que Aioria frunció el ceño.
—Aioros no es un niño pequeño, Saga. Ni Mei una especie de depredadora. No sé el porqué de tu hiperfijación con ella.
—Tú tampoco lo comprendes, Aioria —el geminiano negó con la cabeza—. Ella es tan volátil como una serpiente, e igual que una los puede envenenar cuando estén desprevenidos.
—Es una persona, Saga.
—¡Es hija de Yuki-onna! —exclamó el geminiano— ¿No la conoces? El demonio del invierno en Japón que mata familias enteras mientras duermen.
Aioria recogió la taza medio vacía que había dejado la Kunoichi y la llevó a la cocina.
—Es su hija, pero no es Yuki-onna, Saga —afirmó el leonino—, y suenas bastante discriminatorio debo decir —Aioria puso la taza en el lavavajillas y apoyó ambas manos sobre la mesa de la cocina— ¿No era lo que tú decías siempre cuando Aioros murió y todos me menospreciaban? ¿Que yo por ser su hermano no era un traidor como él?
Saga titubeó, esa parte del pasado lo había tomado desprevenido.
—Es diferente.
—¿En qué?
—Tú eras un niño. Ella tiene malas intenciones.
—¿Cómo lo sabes?
—Sólo lo siento.
—Pues Aioros y yo sentimos cosas totalmente distintas.
Cuando el Santo de Sagitario despertó y no vio cerca a la híbrida al instante se puso tenso ¿Cuánto tiempo había dormido? O más bien ¿Por qué ella se había ido así? Se levantó de su cama, sintiendo repentinamente que la habitación y la almohada en la que apoyaba su cabeza se sentían más frías que cuando se había dormido, y salió de la habitación para bajar y encontrar a Aioria en la cocina, este se acercó para preguntarle cómo estaba, pero Aioros no respondió como tal. Seguía mirando a su alrededor.
—¿Dónde está Mei?
—Se fue hace rato, pero te dejó té hecho —Aioria le pasó la taza—, acabo de recalentarlo.
—Gracias —Aioros aceptó el té, pero sin muchas ganas realmente.
—Saga también estuvo aquí. Te estaba buscando.
Aioros alzó la vista y frunció el ceño. —Él y Mei no habrán...
—¿Peleado? Sí lo hicieron —le interrumpió Aioria—. Pero fue menos explosivo de lo normal. Lo cual es mejor para mí porque yo no lo sé manejar.
—Porque por lo general tú te unes a las peleas, Aioria.
—¡No es cierto!
Aioros ignoró su reclamo. —¿Te dijo a dónde fue?
—No, sólo se despidió... ¿Y te puedo preguntar algo?
—¿Qué?
—¿Puedo saber qué diablos le pasó a tu pared?
—¿Dónde se metió Seiya?
—¡No me dejes colgado!
Pasó una semana y Aioros no volvió a ver a Mei, al principio no le tomó importancia porque pensó que ella volvería a ver cómo estaba luego del colapso que había sufrido, o cuando menos la vería en las calles de Rodorio. Pero no pasó. Extrañado. El arquero procedió a preguntarle a su discípulo y a Aioria si la habían visto, Seiya sólo se encogió de hombros con las mejillas llenas del sándwich que estaba comiendo y Aioria negó con la cabeza.
—¿Está perdida o algo así? —preguntó Aioria de parte del Pegaso.
—No lo sé, ya van dos semanas y no sé nada de ella ¿Debería verla en el teatro?
Aioria sonrió con burla, sonrisa que imitó Seiya.
—¿Por qué tan desesperado, Aioros? Sólo son dos semanas, no dos meses —cuestionó Aioria con un tonito que el mayor prefirió ignorar.
—Te dije que llevamos dos meses sin saber nada de ella.
—Pero antes habló en singular, maestro —replicó Seiya una vez tragó el pedazo de sándwich que tenía en la boca.
—Eso no tiene nada que ver —contraatacó Aioros.
—Claro que sí —respondió Aioria maliciosamente— ¿Te quieres apropiar de la señorita Mei de alguna forma o algo así?
—¡Por supuesto que no! Es que me preocupo por ella.
—Sí, Aioros. Nadie lo pone en duda —respondió el leonino.
El sagitariano no quiso hablar de eso, y más bien decidió ir él mismo al teatro a ver a Mei. Pero cuando llegó el lugar estaba cerrado. Aioros no se resignó y rápidamente pasó por el orfanato, pero nada, los niños jugaban en los patios en sus propios grupos pequeños y la Kunoichi no estaba en ninguno de ellos, finalmente decidió ir a su casa. Sólo quería ver si estaba bien.
Cualquiera podría decir que había desarrollado una especie de obsesión con la mujer últimamente. Pero Mei era su amiga, a la que no había visto en ya dos semanas y ni siquiera se había despedido ¿Y si algo le había pasado? ¿Y si en alguna ronda nocturna alguien le había hecho algo y los comisarios de Rodorio no se lo habían comentado? ¿Y si había tenido algún accidente grave en casa y..?
Mejor no seguir pensando en eso o acabaría entrando en pánico.
No tardó en reconocer el alto muro de piedra blanca cubierto de enredaderas que rodeaba la casa de Mei, cuando cruzó el arco de luna de este... Tampoco estaba ahí afuera. Las azucenas púrpuras y los tulipanes azules estaban ahí intactos y tan bien cuidados como siempre, la enredadera de jazmines igual, los arbustos de flores blancas que él no conocía que estaban junto a las ventanas y cercaban el muro parecían recién podados, las hierbas igual, y se dio cuenta de que todas las ventanas cuadradas de marcos oscuros tenían las cortinas cerradas, incluso las de la segunda planta.
Aioros se acercó a la puerta de Mei y tocó despacio, pero nadie respondió, volvió a tocar y fue lo mismo.
—Si buscas a Mei ella no está en casa —habló de la nada una voz femenina desconocida que lo sobresaltó. Ni siquiera había sentido esa presencia.
Cuando Aioros se dio la vuelta en posición de batalla por mero instinto, conectó miradas con la nueva persona. Se trataba de una chica alta, vestida con un largo vestido rosa pálido de tirantes que aunque era algo holgado, se adaptaba bien a su figura esbelta, Aioros no pudo evitar pensar en la forma en la que Mei estaba vestida cuando estaba en casa. Esta mujer tenía un largo cabello rojo fuerte atado en una coleta y adornado de flores, grandes ojos claros y rostro tan transparente y gentil que daba un aire similar, de alguna forma, a la señorita Saori. Se había aparecido de la nada y también su cosmo —sí poseía cosmo— era peculiar, pero no parecía una amenaza.
—¿Cómo dijo?
—Que Mei-Mei no está en casa —respondió amablemente la desconocida—. Hace un tiempo fue con el equipo del teatro a hacer una presentación especial en Atenas. Volverá en cuatro días.
Aioros parpadeó ¿Mei había viajado a Atenas? ¿Y no se lo dijo ni a él ni a Aioria ni a Seiya? Quiso pensar que Mei no le debía explicaciones ni a él ni a nadie de a dónde iba y menos si era por su trabajo. Pero ni así pudo dejar de sentirse ofendido.
Él era su amigo. Pudo siquiera haberse despedido.
—¿Cuándo se fue? —le preguntó Aioros a la mujer.
—Hace dos semanas. El sábado —respondió ella y le sonrió.
Se había ido justo al día siguiente que él se derrumbó sobre su regazo y luego cayó dormido. Luego Aioros se colocó serio.
—¿Usted me estaba siguiendo? —preguntó firmemente pero sin dejar de lado su cortesía.
—Por supuesto que no. Vine aquí a revisar el jardín de Mei.
—¿Por qué?
—Porque ella me lo pidió, que cuidara su jardín en su ausencia.
Aioros suspiró. Mei no estaba, se había ido de viaje y todavía faltaban cuatro días para volverla a ver. Se sintió decepcionado, más de lo normal y no supo bien por qué. Volvió a mirar a la mujer pelirroja, quien le seguía sonriendo.
—Tú eres Aioros ¿No es así? —interrogó ella. Aioros arqueó la ceja.
—Soy yo ¿Cómo lo sabe?
—Todos en el pueblo conocemos a los Caballeros Dorados. Aparte Mei me habla bastante de ti.
El primer impulso de Aioros fue preguntarle de dónde conocía exactamente a la Kunoichi. Mei no era del tipo habladora y no le conocía como tal un grupo de amigas, de hecho la propia Mei le había dicho que sólo cuatro o cinco personas habían entrado alguna vez a su casa desde que llegó a Rodorio. Por lo tanto esta mujer debía ser de demasiada confianza para Mei como para incluso encargarle el jardín.
—¿Quién es usted? —al instante los ojos claros de la pelirroja brillaron complacidos.
—Soy Towa. Un placer conocerte, Aioros.
Aioros alzó ambas cejas sorprendido ¿Ella era Towa? La mujer que Mei le había dicho que le sirvió de guía en su peor momento y le ayudó a llegar a Grecia.
—¿Tú eres Towa? Mei también me ha hablado de ti —comentó Aioros—. Te tiene mucho cariño.
—Lo sé —Towa sonrió dulcemente.
—Un placer conocerte. Siento haberte hablado de esa forma tan brusca.
—Descuida.
Aioros se quedó junto a Towa mientras ella revisaba que no hubiera insectos en las enredaderas, arrancaba con guantes los indicios de maleza, cortaba algunas hierbas aromáticas y regaba las azucenas y los tulipanes. Incluso en un momento decidió ayudarla y barrió el camino de piedra que llevaba hasta la puerta de Mei. Towa era una mujer agradable, tanto como Mei le había dicho que era, y fuera de eso, había algo en su aura que a Aioros no terminaba de cerrarle, pero no en el mal sentido. No parecía haber sido parte de ningún ejército divino y tampoco podía decir que era una diosa. Pero algo en su cosmo tenía algo sobrehumano que no había percibido en mucho tiempo. Sin embargo no dijo nada.
—¿Por qué Mei se fue sin despedirse?
Preguntó cuando ya habían terminado de cuidar el jardín, ambos estaban sentados uno junto al otro en la escalinata ante la puerta de la casa y miraban las flores, el muro cubierto de musgo, el arco de media luna, el camino de piedras. Towa lo miró y frunció un poco el ceño.
—¿No fue a verlos? La última vez que hablamos fue el jueves, y ella me dijo que mañana iría a visitarlos para despedirse y decirles que no se preocuparan por ella.
Aioros se sintió empalidecer ante eso ¿Por eso Mei estaba en su templo justo cuando él estaba con su instinto de violencia hasta el tope? ¿La había atacado y de paso la había vuelto su paño de lágrimas estropeando su despedida? Ya de por sí se sentía mal por eso, pero ahora se sentía aun peor.
—Soy un idiota —masculló Aioros tapándose el rostro y frotándoselo.
—¿Qué sucede?
—Metí la pata totalmente. Eso sucede —respondió el arquero.
Por obvias razones no le dijo a Towa lo que había sucedido el viernes que fue la última vez que vio a Mei, y ella tampoco se lo preguntó. Pero se sintió pésimo por eso incluso cuando regresó a su templo y Seiya se dio cuenta.
De hecho, Aioria, Seiya y Shura se dieron cuenta de que esas dos semanas Aioros había estado decaído, más de lo que había estado tras el incidente del Coliseo. Suspiraba seguido, parecía perdido en su propio mundo paralelo y a menudo miraba las escaleras de las doce casas como si estuviese esperando a alguien. Eso sin mencionar que cada vez que alguno mencionaba por casualidad a la Kunoichi él se ponía nervioso, como si dos semanas sin verla fuese más tiempo de lo que estaba acostumbrado. Aioria y Seiya de plano lo molestaban con eso, con Shura no pasaba de sonrisitas burlonas, pero cuando Aioros le dijo por casualidad al capricorniano que sí extrañaba a Mei Shura dijo sin considerar las consecuencias.
—Todos sabemos que la necesitas, Aioros. Has estado lamentándote como alma en pena por el Santuario todos estos días.
Por lo general, cuando Shura le hacía esta clase de comentarios Aioros lo negaba con tranquilidad y a veces lo regañaba. Pero esta vez el de cabellos castaños no pudo refutar nada y su rostro se colocó tan rojo como la cinta en su frente. Porque sabía que al menos una parte era verdad. Era verdad que había mirado las escaleras esperando ver la silueta curvilínea de Mei subiéndolas, también que la vez en la que estuvo con Towa en su casa y la vio arreglando el jardín no pudo evitar recordar cuando vio a Mei haciéndolo, con el cabello recogido y el vestido lleno de tierra, también admitía que la había buscado en el orfanato al pasar junto a este y se había decepcionado al no verla, ni oír su voz y también al ver el teatro vacío. Él se había sentido extrañamente vacío, y ahora que sabía que faltaban muy pocos días para volverla a ver una ansiedad combinada con emoción lo había dominado y esto era notorio, como un niño esperando con ansias una festividad.
—Estás pensando que la señorita Mei volverá ya en sólo tres días ¿No? —cuestionó Shura.
—¿Cómo lo...
—Tu sonrisa te delata.
Sólo para que sepan Towita no es de mi propiedad sino de un buen amigo.
