Sentados en la mesa del comedor de Akane, los tres intentaron atar cabos.
Llegaron a la conclusión que secuestraban mujeres pobres, porque eran más vulnerables, y a quienes menos se preocuparían en buscar. Mujeres jóvenes, prostitutas, mendigas…invisibles a la sociedad. Y que lo hacían en diferentes estados de gestación para 'imbuir' el alma del demonio en ellas, probando en qué mes era más adecuado, de ahí la cantidad de mujeres que Akane recibió en su hospital en los últimos meses. Las que soportaban el cautiverio, la desnutrición, los maltratos y las drogas en el cuerpo eran las más fuertes, y a las que permitían parir. A las débiles, las arrojaban aún bajo el efecto de las drogas a la calle, más desnutridas de lo que las hallaron, y completamente indefensas. De todos modos…¿quién creería en una historia descabellada de una adicta?
Buscaban los ojos….los ojos de arcoiris del demonio que ellos creían su deidad, su Dios, después de todo, era un rasgo sumamente distintivo. Si después del ritual el niño no nacía con esos ojos pues…se deshacían de él.
Si era niña ni siquiera tendría chance.
Akane trajo entonces un mapa de la ciudad, y marcaron los lugares que podían ser de interés, antiguos templos que estaban abandonados, y aunque no eran muchos, si estaban alejados el uno del otro.
-Ella dijo que el tipo condujo bastante tiempo. Según la zona en la que ella dijo vivir, y el reporte de dónde la encontraron, podría reducir la cantidad un poco.- Dijo Akane, marcando cuatro círculos con una pluma en el mapa.- De esos cuatro, dos están en zonas bastante pobladas y dos no.-
-Vamos a inclinarnos por los que están más apartados.- Dijo Genya, mirando el mapa.-Creo que es lo más lógico, después de todo buscan privacidad.
- Serían estos.- señaló Akane con el dedo.- conozco a ambos, y este...- dijo, y arrastró su dedo hasta uno de los círculos.- es el más grande, está muy en la periferia, casi en el bosque. Tiene un gran torii en la entrada.-
-Creo que lo mejor será revisar Ios dos.- Dijo Sanemi.- Si tenemos toda la noche, podremos hacerlo, vamos ahora.-
-No, aguarda.- le dijo Akane.- Si tienen otra mujer allí, necesitará atención médica. Mañana trabajo, y si yo estoy en el hospital nadie hará preguntas incómodas.-
- ¿Sugieres que la saquemos y la llevemos a tu hospital? - preguntó Genya, mirándola.- Pero por más que tú estés ahí, no podemos dejarla e irnos. Lo que les hacen a estás mujeres, más allá de lo que nosotros investigamos, es un delito. Y tu obligación es reportarlo, ¿o no?, la policía querrá interrogarnos.-
- Y no nos vemos precisamente como dos héroes.-Agregó Sanemi, cruzándose de brazos.
Akane asintió, y se frotó el mentón.
-A menos que convengamos una hora. Suelo salir unos minutos a ordenar mis ideas en mi turno.- Les dijo ella.- Quizá cuando salga a "despejarme" un poco, la encuentre "por casualidad" en la puerta del hospital.-
-Bueno…eso…quizá funcione.- dijo Genya, encogiéndose de hombros. Miró a su hermano y supo que la idea no terminaba de cuadrarle. Los ojos del otro seguían escudriñando el mapa.
- Si tenemos que convenir un horario, no podemos revisar ambos templos.-Dijo finalmente.
- Mí turno inicia a las 20:00 y termina a las 8:00 del día siguiente. El sol se pone masomenos a esa hora, ¿creen que si empiezan en ese momento no tendrán algún resultado para, digamos, las 2 de la madrugada?-
-Quiza.- contestó Sanemi.
- ¿Quizá?.- Preguntó Akane, y alzó una ceja- Eras el Pilar del Viento, ¿no se supone que eras el más rápido?-
-No me presiones, Kakushi.- Gruñó Sanemi.
-Aunque técnicamente el más rápido era el Pilar del Sonido…- dijo con fingida confusión Akane, rascándose levemente la cabeza. Afinó su oído, quería escuchar el orgullo del Shinazugawa mayor resquebrajarse como el vidrio.
-Pero la misión es nuestra.- Dijo Sanemi, cerrando los ojos, sintió la vena en su cuello palpitar. En otra ocasión y con otra persona, la hubiera sepultado en insultos pero ella los había ayudado. Por esta vez se la dejaría pasar.- No buscaron a Tengen, sino a nosotros. Claro que puedo ir a ambos, pero Genya está conmigo y además… no sabemos nada sobre ellos ni sus defensas. El factor sorpresa en este momento no está de mi lado, hasta que no evalúe la situación en persona.-
-...¿Acabas de decir que soy lento?- La voz de su hermano se arrastró por debajo de la suya.
-Bueno, entonces qué te parece si salgo 5 minutos cada una hora ¿Es más razonable?- Ofreció Akane.
Sanemi se sintió incómodo con poner un plazo para finalizar el trabajo. Ni siendo Cazador ni Pilar tuvo plazos, solo el amanecer limitaba su tiempo, y ahora tenía a esta mujer que le imponía un tiempo límite. ¿Dónde se vio eso?
-Quizá.- dijo al fin.
-Vaya, sigue siendo tan placentero hablar contigo como cuando eras un Pilar.- lanzó Akane.
Sanemi no contestó, pero sonrió levemente.
Para cuando repasaron el plan y pulieron detalles, el reloj marcaba casi las 4am, el cielo afuera había cambiado a un celeste apagado, y se podían escuchar los pájaros mañaneros cantar.
Y aunque quería que Genya se quedara a dormir con ella, no se lo ofreció. No quiso ponerlo en una situación incómoda, ni sentirse incómoda ella. Así que, Akane apagó su deseo de dormir con él esas horas que le quedaban, aunque el anhelo quedó en su piel.
Los despidió en la puerta y se quedó un momento apoyada en ella, repasando todo este torbellino que se había vuelto su vida en tan poco tiempo. Entonces alguien golpeó, y ella abrió cuando vio a Genya por la mirilla.
Él no dijo palabra cuando entró, le dio a Akane el beso más profundo, apasionado y lento que le dieron en toda su vida y volvió a irse, dejándola con una sonrisa tonta, los ojos brillantes y el cuerpo encendido.
Bajando por el pasillo, él llevaba la misma sonrisa que ella, se encontró con su hermano mayor, que lo miró con las manos en las caderas.
-¿Que?- Sonrió él, y trató de controlar la sensación de calor en sus mejillas.- Olvidé algo.-
- ¿El besito de las buenas noches?- sonrió Sanemi.
Genya se coloreó nuevamente. Se preguntó si alguna vez en la vida dejaría de sentirse como un niñito frente a su hermano. En realidad ya había superado esa fase de ponerse rojo al hablar con una mujer, pero al parecer en reencuentro con Akane tuvo más efecto del que creyó en un principio.
Sanemi vio a su hermano encogerse de hombros, y caminar rápidamente por delante de él, y no pudo evitar reír sonoramente.
Si, había que sacarle provecho.
La noche pactada llegó más rápido de lo que hubieran deseado. Para cuando él último rayo de sol abandonó este mundo, los hermanos Shinazugawa se pusieron en marcha. Ambos llevaban sus confiables armas, e iban vestidos lo más discretamente posible.
Guiados por el mapa de Akane, se dirigieron al primer templo, que era relativamente pequeño y por fuera se veía muy maltrecho.
-No creo que estén aquí.- Dijo Genya, cuando lograron entrar.- Mira el techo, se cae a pedazos. Me atrevo a decir que con una tormenta estaría deshecho.-
-Si.- Coincidió Sanemi, observando lo que su hermano marcó.- Pero vamos a revisar todo, estas personas son como ratas. A las ratas les encanta vivir en la mierda.-
Caminaron por el lugar y buscaron restos que indiquen algo de lo que la mujer les relató. Pero no había nada.
-Aqui hace rato que no hay nadie. Vámonos.- dijo Sanemi.
El otro templo en el mapa era mucho más grande, tanto que el camino de entrada parecía hundirse dentro del bosque, y desde el enorme y desgastado torii en la entrada, sólo se veía oscuridad, como una enorme boca que engullía lo que se le acercaba.
A Genya, los vellos de la nuca se le erizaron. Por alguna razón, ese lugar lo hizo sentir incómodo, como si irradiara un aura cargada de negatividad. Tragó saliva, y supo que los cálculos fueron correctos. Era aquí.
Había tan sólo unas pocas casas cerca y claramente eran de clase baja, al punto de que muchas no tenía ni siquiera electricidad. A esas horas de la noche, el caserío estaba en total silencio, salvo por algún que otro niño que lloraba.
"Este barrio pobre es un lugar ideal para desarrollar está actividad" pensó Sanemi."Nadie va a cuestionar nada, tienen problemas mas importantes, como sobrevivir. Que jodidamente retorcido."
Pasaron el torii en la oscuridad, Sanemi puso su mano en la empuñadura de su confiable katana, y Genya empuñó su arma. A los costados del camino, las casetas de abluciones estaban visiblemente desgastadas, y los komainus rotos y otros directamente destruidos. El camino de ingreso estaba sucio, con grandes alfombras de hojas secas amontonadas en diferentes lugares.
El cercado interno del templo estaba en condiciones un poco más aceptables pero claramente descuidado y sucio. Al ingresar, era otra cosa. Por lo que pudieron ver, lo estaban restaurando. No había gente, por lo menos no se cruzaron con nadie en su silenciosa exploración.
De pie frente al haiden(1), Genya notó algo.
- ¿Te has dado cuenta de que no hay ni un solo shimenawa(2)? En todo el camino no vi ninguno y aquí, que debería haberlo, tampoco hay.-
Sanemi asintió. Era una buena observación. Claramente en este santuario no se veneraba a ningún Dios, ni mucho menos a nada benevolente ni puro.
Pasaron el cercado interior, y que iba adelante Sanemi detuvo a Genya poniéndole una mano en el pecho. En silencio, se señaló el oido, en señal a su hermano de que escuche con atención.
Cánticos. Eran cánticos indescifrables, monótonos, pesados. No entendieron el idioma, pero tenían un claro tinte religioso.
Con cautela, avanzaron más y llegaron al honden (3). Las puertas estaban abiertas y desde dentro, emanaba una luz cálida y vacilante. Eran velas. Cientos y cientos.
Genya y Sanemi se posicionaron uno a cada lado de la entrada y observaron silenciosamente el interior.
Allí, en el centro del recinto, subiendo unas escaleras, había una joven mujer. Estaba desnuda, y su vientre abultado por el embarazo, sobresalía al estar acostada en sobre una mesa baja de una madera bien lustrada y pesada, que apenas cubría su tamaño. Estaba atada, de pies y manos a las gruesas patas del mueble sobre el cual reposaba, de la misma manera que la mujer del hospital describió. De espalda a la puerta donde estaban ellos, un hombre, con vestimenta de sacerdote, con un cuenco dorado en una mano, arrodillado frente a la mujer, con un pincel fino escribía algo con sangre sobre el vientre. El tipo parecía en una especie de trance, porque los movimientos que realizaba y las oraciones que decía eran mecánicamente repetitivos. Más allá, casi en la pared contraria a la entrada, había una canasta. El olor que inundaba la habitación era indudablemente a podrido, mezclado con un aroma amaderado y denso, similar al incienso, generando un olor que atiborró la nariz de los hermanos, al punto de que les hizo doler la cabeza. Y ambos sabían que la fuente principal de eso era esa canasta…recordando lo que la mujer había dicho, no quisieron ni acercarse.
Sanemi y Genya se cercioraron de que no haya nadie más.
Claramente las otras personas que la mujer dijo ver no participaban en el ritual. Genya supuso que quizá eran mujeres que se encargaban de mantener a las secuestradas con vida, muy probablemente porque eran 'miembros de bajo rango' que tenían que realizar ese tipo de tareas para 'ascender', como típicamente sucede en esos grupos donde un solo individuo se posiciona como poder superior.
"Vaya que hay que tener el cerebro de un gusano para maltratar a una mujer embarazada porque un idiota te promete quien sabe qué maravillas. Cuánta mierda junta" pensó.
No había nadie más allí, lo cual eran buenas noticias por dos razones: primero porque significaba que era la confirmación de que el culto este en sus inicios. Y segundo que estaban solos con el tipo. Era pan comido.
Con calma, y todo el sigilo que le dieron sus años de Pilar del Viento, Sanemi se acercó por detrás al sacerdote y apoyó la punta de su katana en la nuca del hombre, que pareció volver en sí al contacto del nichirin frío contra su piel. El acero presionó al punto de dejar salir un hilillo de sangre. El hombre alzó ambas manos, dejando caer el cuenco sonoramente, que salpicó sangre para todos lados e hizo que la mujer saltara del susto en su posición prisionera, pero sin recuperar la conciencia.
-Sorpresa, hijo de puta.- le susurró Sanemi.
Genya mientras tanto, se ocupó de la mujer. La desató y tomó su pulso, era débil pero persistente. Puso una mano sobre su vientre y esperó. Cambió su mano de lugar varias veces.
"Vamos... sé que estás ahí...muévete. Por favor... muévete"
Un movimiento débil. Una pequeña patada. Genya respiró aliviado, y le hizo un gesto afirmativo a su hermano. Luego rebuscó con la vista algo con que taparla y encontró un viejo kimono a un lado. Supuso que era de ella, y la cubrió.
-Yo sé quiénes son ustedes.-Dijo el tipo, mirando a Genya, que tomó en brazos a la mujer.- Los Cazadores. Los santurrones que acabaron injustamente con la vida de.-
- Tú no sabes nada de nosotros.- lo interrumpió Genya, pasando a un lado del hombre, con la mujer cargada en brazos.
- Supongo que debo enorgullecerme de haberlos reunido otra vez.- Sonrió.-Significa que voy por el camino cor.-
- Cállate, idiota.- lo interrumpió Sanemi, y con un movimiento rápido, le atravesó el hombro derecho con la katana. Tanto que salió por el otro lado, para horror del tipo que gritó con todo lo que sus pulmones le permitieron.- Yo ya no soy un Cazador. Las leyes del Cuerpo ya no me atan. Y créeme...-Dijo el mayor de los hermanos, hincando una rodilla en el piso para hablarle al hombre desde atrás, casi al oído.- Que eso no te favorece en nada.-
Dicho esto, Sanemi giró la katana y el hombre pidió piedad. Los gritos de dolor del sacerdote rebotaban entre las paredes de la habitación sagrada.
-¡Vaya, mírate, gritas como niña!.- Rió Sanemi.
Genya, que había puesto a salvo a la mujer afuera, dio vuelta la habitación buscando los escritos 'sagrados' que sentaban las bases del culto.
"Tiene que haber al menos un libro. Esta gente con delirios místicos, delirios de grandeza aman escribir sus disparates…se sienten importantes si lo hacen. Así que tiene que estar por aquí. Algo tiene que…-antes de terminar su pensamiento, al voltear una vasija que cayó al piso y se rompió en pedazos, encontró un libro. Lo levantó y lo leyó un poco para asegurarse. Y ahí estaba lo que buscaba.
Lo arrojó frente al hombre, tomó una de las velas, y lo prendió fuego. El hombre lo miró con un odio totalmente genuino.
- Así aprenderás a no jugar con lo que no comprendes.- Le dijo Sanemi. Se paró, puso un pie en la espalda del tipo, y le arrancó su katana del hombro. Él se giró a verlos. La sangre manaba profusamente de la herida. - ¿He sido claro?-
- No van a detenerme tan fácilmente.- amenazó el sacerdote.-Me haré con todo ese poder, lo he jurado. Y no voy a detenerme. No les tengo miedo.-
- ¡Oh adelante! No me molestaría volver a buscarte y atravesarte el otro hombro. Y si eres lo suficientemente estúpido para intentarlo una tercera vez, te atravesaré una pierna.-Sonrió Sanemi, limpiando su espada en la ropa del hombre.- Hasta que me aburra y te corte el cuello.-
- Si no atiendes esa herida te desangrarás.- dijo Genya, yendo a buscar a la mujer para marcharse.- Y si no apagas ese fuego, todo el santuario arderá. Elije con cuidado.-
- Creo que ya entendiste, ¿verdad? - Dijo Sanemi, y puso la punta de la espada en la garganta del hombre, presionó, pero sin cortar. Luego con la punta de la katana bajo el mentón del tipo, lo hizo mirarlo a los ojos y le advirtio casi como una amenaza.- Pórtate bien.-
Siguió a su hermano menor y se detuvo en la entrada a mirar al tipo, que había roto su ropa y aplicaba presión en la herida del hombro mientras luchaba por ponerse de pie en un suelo cubierto de sangre viscosa.
-Que este sea nuestro pequeño secreto.- le dijo Sanemi, y le dedicó una sonrisa retorcida, casi maniática que hace muchísimos años no mostraba.- Si abres la boca lo sabré. Y te cortaré algo que realmente vas a extrañar.-
Abandonaron el lugar a toda velocidad, llevándose a la mujer inconsciente con ellos. Akane esperaba en el Hospital.
Pequeño glosario:
1) la capilla sintoísta. Allí se realizan rituales simples
2) cuerda especial que puede tenderse o colocarse rodeando un espacio para indicar que se trata de un recinto sagrado y puro.
3) el edificio más sagrado en un santuario sintoísta.
