Disclaimer: POP y sus personajes no me pertenecen, tristemente...
Here we go...
No fue tan difícil como había pensado mantenerse sin ser detectado. Nadie, ni siquiera el Visir, sospechaba que no solo un indio, sino el propio Príncipe se había infiltrado entre su ejército.
Por supuesto, se había asegurado de mantenerse alejado de ese traidor. Se sentía realizado, porque estaba siendo lo suficientemente bueno como para engañar incluso al gran Sharaman.
Observaba a Arundhati desde lejos, sintiéndose terriblemente mal por no haberse revelado a ella también, pero no quería ponerla en riesgo, ni a ella ni a los planes que tenían con Farah, debía poner sus responsabilidades primero, pues su vida y la de otros estaban en juego. Se repetía sus razones una y otra vez cuando la veía con la mirada apagada y el semblante acongojado, sin embargo, eso no evitaba que quisiera correr a consolarla. Deseaba tanto poder correr a ella para tomarla en sus brazos y estrecharla contra él, decirle que no estuviera triste, que él la sacaría de este aprieto, que confiara en él y que todo estaría bien...
A su hermana la iba a visitar por la noche, no tan a menudo como le hubiera gustado, porque no podía arriesgarse a que alguien descubriera su secreto. Pero lo hacia con la frecuencia suficiente para mantenerla informada de cómo iban las cosas.
Habían elaborado un método de señales para hacerle saber a Farah a través de gestos sutiles de las manos si iba a poder visitarla una noche o no, por lo que ella no tenía que quedarse despierta por la noche innecesariamente.
La mantenía informada sobre lo que sucedía en el campamento, y también sobre los movimientos y el comportamiento del Visir.
—Su enfermedad parece estar empeorando cada vez más —decía Kalim, sentado junto a su hermana—. Tose mucho más que antes -aunque trata de ocultarlo del rey-. Lo he visto limpiándose sangre de su boca con un pañuelo, de verdad luce bastante malo.
—El viaje debe de haber empeorado su condición, el aire seco del desierto y el esfuerzo deben estar influyendo —indicó Farah, pensativa—. Y la medicina que pudo haber traído con él ya debe de habérsele acabado.
Ella sabía del estado crítico de su salud debido a que hacia un par de años, su padre había hablado con ella para pedirle que auxiliara a su consejero con su desconocida enfermedad. El Maharaja sabía que su hija tenía una afinidad con la medicina y que realmente disfrutaba de ayudar a la gente, por eso le había pedido que asistiera al Visir en su tarea. Al principio no entendió porque pediría su ayuda si su padre contaba con los mejores médicos de la región en su corte, y que el Visir sería mejor atendido por esos hombres experimentados y expertos en su área que una joven que solo podía leer algunas cosas relacionadas y ponerlas en práctica en contadas ocasiones. Entonces Kalim le había explicado lo orgulloso que podía llegar a ser ese hombre, y que quizás fuera que no quería que otros lo creyeran no apto para el cargo que ostentaba, y que tal vez temía que otros hombres que ambicionaban ese privilegiado cargo quisieran arrebatárselo con la excusa de que debido a su enfermedad, se había vuelto débil y no podría ejercer sus funciones plenamente. Por eso prefería mantener el asunto en secreto, recibiendo ayuda de ella porque era una persona confiable y discreta que no andaría por ahí diciéndole eso a todo el mundo.
Era todo un asunto de política y poder, lo que a ella le había parecido tonto ¿acaso prefería preservar su cargo y arriesgarse a morir antes de admitir que estaba enfermo, recibir ayuda y tal vez recuperarse? Quizás nadie le había explicado en detalle que muerto no podría seguir ocupando su cargo...
Como fuera ella había obedecido a su padre, porque siempre lo haría si él necesitaba de su ayuda, aunque no se sintiera muy cómoda en la presencia del Visir. Al igual que su hermano, ella sentía que había algo en él que le daba una sensación de incomodidad y desconfianza, pero se había mantenido callada porque creía que era solo su imaginación, además su padre apreciaba mucho al jefe de sus consejeros, y ella no quiso antagonizar a su padre.
Había leído muchos textos sobre enfermedades y medicina, recurriendo a la vasta biblioteca de su padre. Trabajó junto al enfermo, quien descubrió tenía buenos conocimientos en medicina, y juntos consiguieron elaborar un brebaje a base de hierbas y raíces. Había funcionado más bien como un paliativo, ofreciendo un alivio momentáneo de su enfermedad más bien que curarlo, y tenía que beberla todos los días para que trabajara apropiadamente.
Ella la elaboraba para él cada cierta cantidad de días, porque debido a sus obligaciones en la corte, no podía estar con ella todo el tiempo. La medicina era suficiente para durar unos cuantos días. Pero seguramente con el viaje a través del desierto, su medicina ya se había agotado, y el no tenía los recursos para elaborarla por sí mismo.
—Bien... —Kalim se inclinó hacía atrás al suelo con una sonrisa ladina, con sus brazos actuando como almohadas para su cabeza—. Después de todo lo que ha hecho... Ese bastardo se lo merece... —murmuró con malicia en su voz.
Ella le dio una mirada de reproche, doblando sus brazos sobre su pecho. Podía entender sus sentimientos, ella se sentía igual que él. Triste, herida y enojada, pero no dejaba que esos amargos sentimientos conquistaran su ser.
—No me mires así —soltó su hermano al notar su mirada—. Él se merece eso y más por todo lo que nos ha hecho, no merece nuestra compasión ni misericordia, solo la muerte —concluyó con sus ojos brillando de ira.
Ella respiró profundamente, desdoblando los brazos y estirando uno en su dirección para posar su mano sobre su antebrazo.
—No creo que él no merezca un castigo por su traición —aclaró ella—, simplemente no me gusta escucharte hablar así —ella suavizó su semblante—. Somos mejores que él, queremos justicia para nuestra gente y nuestra ciudad, es el honor y la justicia lo que nos impulsa a actuar, no nuestros deseos egoístas ... o nuestros deseos de venganza ... y simplemente no me gusta regocijarme en el sufrimiento de los demás, eso no está bien, y no me siento cómoda contigo pensando así.
Kalim puso sus labios en una fina línea, desviando la mirada de sus ojos, sintiéndose un poco culpable de hacer sentir así a su hermana. A diferencia de ella, que era de naturaleza amable y bondadosa, y que no podía regocijarse en los sufrimientos ni desgracias de nadie, ya sea sus enemigos o alguien que pudiera merecerselo, él era menos compasivo con los traidores y malvivientes. Claro, no era un hombre cruel ni disfrutaba del sufrimiento ajeno, pero no iba a sentir lástima por alguien que había hecho tanto mal a sus propios compatriotas, el culpable de que su hermana y la mujer que amaba estuvieran en cautiverio, no se sentía mal por tener esos pensamientos ni esos sentimientos, pues los veía como algo normal y justificados, así que no iba a disculparse por tenerlos.
Aunque si podía disculparse con Farah por entristecerla.
—Lo siento...—dijo en voz baja.
Ella le sonrió. Farah sabía que su hermano no iba a cambiar de parecer, pero de todas formas aceptó su disculpa.
—Debes estar cansado —comentó, cambiando el tema—. Ve a dormir, o mañana no podras ponerte en pie.
El príncipe se levantó de su sitio haciendo un falso mohín.
—Y yo que pensé que por estar en medio del desierto iba a librarme de que me mangones...—se lamentó.
Ella hizo una falsa mueca de molestia ante su comentario.
—Y yo que hasta prisionera me preocupo por ti...
Rieron con suavidad, luego él besó su frente deseándole buenas noches y se marchó.
Otra noche pocos días después de haber hecho las pases por la diferencia en sus formas de pensar, la princesa discutía con su hermano sobre un asunto que no había dejado de rondar su cabeza.
—Lo que me mantiene intrigada es por qué no le dijo al rey sobre mí... —comentó Farah, pensativa.
—Eso es algo de lo que me siento aliviado, si me preguntas —dijo su hermano—. Además, eres una princesa —continuó—. Y el rey tiene un hijo, que es un príncipe, tal vez teme que si él le dice al rey sobre ti, a Sharaman le gustaría llevarte como regalo a su hijo, tal vez teme que puedas encantar al muchacho, y que él se enamore de ti, porque entonces tendría que soportar tu presencia lo que le reste de vida... sería una buena manera de castigarlo —opinó en son de broma.
Farah le dio un codazo juguetón a su hermano en las costillas, y él se rió entre dientes.
—Ya en serio, si él está detrás del reloj y los poderes de la arena ... ¿por qué no se ha llevado mi medallón? —cuestionó, tocando el artefacto que rodeaba su cuello con las yemas de los dedos, más para ella misma que para su hermano—. Él sabe que tiene poderes semejantes a la daga... podría habérmelo quitado sin decir una palabra sobre quién soy yo —replicó.
—Eso podría parecer fuera de lugar, ¿no crees? ¿Por qué querría tomar un medallón de apariencia común de una chica común? Sharaman dejó en claro que no quería que nadie tocara a ninguna mujer destinada al Sultán, si se acercara a ti, tendría que dar una explicación de por qué querría tomar tu medallón, y estoy seguro de que no haría eso...puede que para lo que sea que tiene pensado hacer no le sirva... o tal vez solo te está subestimando.
—¿Cómo es eso?
—Solo piensa en esto —su hermano se sentó más recto—: Tu ciudad ha sido destruida, tu padre y tu hermano (él piensa) están muertos, estás sola, sin tener idea de lo que planea hacer, él cree que no puedes hacer nada para detenerlo, así que no hace nada porque piensa que eres inofensiva.
Farah solo asintió distraídamente.
—Un punto a favor para nosotros, entonces.
Ambos compartieron débiles sonrisas de esperanza.
Otra noche, ambos estaban hablando de lo que les esperaba cuando llegaran a Azad. Farah estaba inclinada contra su hermano, con la cabeza apoyada en su pecho debajo de la barbilla. Kalim la tenía envuelta con sus brazos, feliz de tenerla con él y segura.
—Creo que llegaremos a la ciudad de Azad en unos pocos días —decía—, y creo que tenías razón, el Visir está empezando a sentirse más ansioso a medida que pasa el tiempo.
—He estado pensando, en lo que vi en la cámara de nuestro padre, en que el Visir quería la daga... espero estar equivocada, pero...
Él la miró inquisitivamente.
—¿Qué?
—¿Y si está pensando en liberar las arenas? —preguntó, con un poco de temor en su voz.
—Eso sería una tontería por su parte ¿no dijo nuestro padre que sería peligroso y arriesgado? ¡no ganaría nada, excepto destruirlo todo, incluso puede que a él mismo! —su hermano exclamó.
—Pero tiene un vasto conocimiento sobre las arenas, de todos los textos que nuestro padre trajo consigo de su viaje —apuntó Farah—. Apuesto a que leyó o llegó a la conclusión de algo que lo llevó a traicionarnos. Ya sabes que estaba luchando contra esa enfermedad mucho antes de esto, debe de haber empeorado y ahora ha de estar desesperado, podría hacer cualquier cosa por más desquiciada que sea para evadir a la muerte, tal vez cree que las arenas son su única opción... aunque necesitaría la daga, y todavía no he descubierto cómo podría arrebatársela al Príncipe, él la guarda como un recuerdo de su primera batalla, no se mantendrá alejado de ella en ningún momento.
—Ese hombre es una mente maestra retorcida, encontrará la forma, supongo—. Kalim opinó con desprecio—. Y el príncipe persa... todavía es joven e ingenuo, a pesar de que ha participado en una batalla, podría ser fácil de manipular con las palabras correctas de la persona correcta... de todos modos, no sabremos hasta que llegue el momento, hasta entonces, podemos simplemente esperar.
La princesa volvió a quedar en silencio, reflexionando en las palabras de su hermano.
—Y, ¿y si el Visir no intenta nada? —Farah preguntó después de unos instantes—. ¿Qué pasa si el reloj de arena permanece intacto en Azad, y yo con él...? —ella se detuvo, algo asustada por lo que podía depararle el futuro.
—Entonces también me quedaré, —le aseguró su hermano, con una sonrisa cariñosa y fraternal, apretándola contra su costado—. Me quedaré y te liberaré, las liberare a ambas... y a nuestra gente, entonces, encontraremos la manera de hacerle pagar por su traición.
Era de noche, pero su hermano ya le había dicho a través de señales que no podía ir a verla.
Sin embargo, Farah estaba demasiado nerviosa para quedarse dormida. Estaban prácticamente a las puertas de Azad, y ella había estado vigilando tanto al príncipe como al Visir. El primero seguía tan apegado a la daga como siempre, y una que otra vez lo había visto dirigir la mirada hacia ella, tal vez sintiéndose observado, pero lejos de eso, no había nada nuevo o interesante en él. El último, de acuerdo con su hermano y por lo que podía observar por sí misma, estaba nervioso de una manera escalofriante, como si estuviera emocionado por eso, como si estuviera esperando continuar con lo que hubiera pensado.
Eso había enviado banderas rojas en la mente de Farah.
Así que, ella estaba despierta, revolviéndose en su litera, girándose y retorciéndose bajo sus sábanas, pensando en que se traería entre manos ese hombre.
—¿Sucede algo, su alteza? —una suave voz le preguntó entre la oscuridad.
Farah giró la cabeza y se encontró con una de las doncellas, a la que identificó como Arundhati, una de las doncellas que solían atenderla en el palacio y que era un par de años mayor que ella.
Y también el amor secreto de su hermano.
Ésta se sentó en su lugar, mirándola con curiosidad.
Farah negó con la cabeza lentamente.
—No puedo dormir, con todo lo que ha sucedido y la incertidumbre de lo que nos aguarda...eso es todo —le aseguró.
—¿Está segura, princesa? —insistió la joven con respeto.
—Por supuesto —reiteró la princesa.
Pero evidentemente la seguridad en su voz no fue la suficiente para reconfortar a la otra joven.
—Princesa, por favor, disculpe mi atrevimiento pero...he estado observándola últimamente y, bueno, he notado que luce más ansiosa y nerviosa que nunca...es bastante claro que hay algo en su mente más allá que lo que hemos experimentado estos últimos días, así que me preguntaba si...¿hay algo que pueda hacer para ayudarla?
Farah quería negar sus preocupaciones y decir que estaba calmada y serena, y que nada estaba perturbándola aparte de la incertidumbre de lo que tenían por delante, pero algunas de las jóvenes que estaban allí con ella habían sido criadas junto a ella para ser sus leales siervas. Esta joven sabía muy bien como detectar cuando la princesa estaba preocupada por algo y cuan grave podía llegar a ser.
—Bueno, sí, hay algo que ha estado rondando mi cabeza últimamente, pero... —exhaló hondamente —lo siento, Arundhati, no puedo decirte mucho más que eso realmente, es...un asunto de suma gravedad que no puedo arriesgarme a develar.
Hubo silencio entre ellas, y Farah pensó que la chica por fin comprendería y dejaría a un lado su intriga, pero sorprendentemente no lo hizo.
—Princesa, por favor, le ruego de nuevo que no se moleste ni enfade conmigo, pero creo saber a que se debe su estado de perturbación.
Farah se enderezó en su litera. Algo en esa oración y en la voz de la joven le había provocado ponerse en alerta de súbito.
—No me enfadaré contigo, adelante ¿qué es lo que sabes? —pidió con suavidad.
Fue el turno de la joven esclava de tensarse un poco y vacilar, pero tomó coraje y habló.
—Yo...yo sé sobre su hermano Ka...el príncipe —se corrigió rápidamente—. Sé que esta infiltrado entre el ejército que atacó nuestra ciudad... ¡No le he dicho esto a nadie, se lo juro! —se apresuró a agregar, haciendo que los hombros de Farah se relajaran.
—¿Cómo lo descubrirte? —quiso saber.
Si esta muchacha lo había descubierto ¿que no le aseguraba que el Visir no lo había hecho también? Debía advertir a su hermano que fuera más cuidadoso.
—Una noche no podía dormir pensando en...en nuestra situación, y en lo mucho que habíamos perdido, nuestras familias y...nuestros seres queridos. Me quedé despierta hasta muy tarde, y entonces oí movimiento fuera de la tienda y luego sentí como alguien entraba, así que observe discretamente y vi una persona. Primero me asuste, pensando que podía tratarse de un soldado, por lo que fingí estar dormida y agudice mis oídos para escuchar...ahí fue que los oí hablar con susurros...y descubrí que Ka...nuestro príncipe estaba con vida...eso me alegró bastante, sobretodo después de todo lo que hemos pasado...
La princesa se alivió un poco más. No había sido un desliz de su hermano, solo una coincidencia.
—Aunque, no puedo dejar de pensar en lo peligroso que es para él estar en esa posición, si lo llegaran a descubrir...él es nuestro legítimo gobernante después de todo, y lamentaría...todas nosotras lamentaríamos que algo malo le sucediera...eso, bueno, me quita el sueño.
Farah sabía muy bien la verdadera razón por la que esta doncella estaba tan preocupada y ansiosa por el bienestar de su hermano, después de todo, habían mantenido un romance secreto durante un largo tiempo. Era innecesario que ella quisiera seguir manteniéndolo en secreto en los tiempos que estaban pasando. Por lo tanto, decidió por fin abordarla pacíficamente sobre el asunto.
—Ya no tienes que esconder tu secreto sobre mi hermano de mí —dijo Farah.
Escuchó el pequeño jadeo de sorpresa de la doncella, y pudo imaginársela encogiéndose en su sitio temblando.
—¿Se-secreto, princesa? No sé de que habla... —musitó la joven fingiendo ignorancia.
—Sé que tú y mi hermano se habían estado viendo en secreto... —reveló finalmente la princesa.
Hubo un momento de silencio que fue roto por la voz temblorosa de la doncella.
—Por favor... Por favor ama, no se enoje con su hermano —comenzó, tropezando con las palabras—. Si está molesta por ello, la persona a quien debe culpar es a mi...
Farah rió suavemente por lo bajo por su repentina reacción. Eso hizo que la chica detuviera su diatriba de disculpas.
—No tienes que disculparte de nada. —La tranquilizó —He sabido eso de ambos desde hace mucho, incluso mucho antes de la invasión.
Arundhati se relajó, suspirando suavemente de alivio.
—Y...¿qué piensa de...de ello? ¡Si puedo preguntar, por supuesto!
—No negaré que fue arriesgado verse en secreto y romper las reglas, y que mi padre de estar aún con vida, se habría opuesto fieramente... pero mi hermano se veía feliz a tu lado, así que estaba feliz por él, y aún lo estoy... y creeme cuando te digo que ansía muchísimo poder abrazarte, o hablar contigo o besarte... pero él no quería poner tu vida y la de otros en riesgo, así que ha tenido que esconder el hecho de que esta vivo, salvo por mi.
—Gracias, princesa, su aprobación de verdad significa mucho para mi —respondió con humildad—. Desde que supe que él está vivo, me he sentido más esperanzada que nunca, pero también deseo al menos oír su voz diciendo mi nombre, realmente lo extraño muchísimo...
—Y creeme cuando te digo que él también desearía ser capaz de ello... Pero, como ya he dicho, no quería poner a nadie en peligro.
—Sí, me imaginé algo así, y aunque me duele, estoy aliviada y feliz, incluso aunque deba mantenerme alejada de él, si esta vivo, entonces... Eso será suficiente para mi.
Farah le sonrió suavemente en la oscuridad, dándose cuenta que el amor que esta joven profesaba por su hermano era más fuerte que un simple enamoramiento. Ambos se preocupaban genuina y profundamente el uno por el otro, y estaban dispuestos a apoyarse incluso a pesar de tener que estar separados en momentos tan angustiantes como los que estaban viviendo.
—Aunque ahora que los he oído hablar sobre lo que el Visir planea... —continuó la joven— bueno, no puedo evitar temer por su bienestar, el de Kalim, el suyo y el del resto de mis compañeras —dijo, señalando a las demás jóvenes a su alrededor durmiendo.
—No temas, mi hermano y yo lo detendremos y lo haremos pagar por todo el dolor y desconsuelo que nos ha provocado —prometió solemnemente Farah.
Una pequeña y agrietada sonrisa apareció en los labios de la doncella, y después de esa conversación, pudo volver a dormir.
No así tanto la princesa, que ahora tenía sobre sus hombros la enorme auto impuesta responsabilidad de cumplir con esa promesa en particular, a como diera lugar, aún cuando con su hermano no habían siquiera figurado exactamente como.
Era una noche decisiva. Iban a entrar en la ciudad al día siguiente. Kalim había ido a ver a su hermana para calmar sus propios nervios y los de Farah.
Ambos sabían que algo malo iba a pasar. Ella podía sentirlo.
Pero no quería centrarse en eso, su hermano necesitaba algo de tranquilidad y comfort, así que ella aprovechó para contarle la noticia de que Arundhati sabía de él.
—Espero que no crea que la estuve ignorando, solo no quería hacer que corriera peligro...
Farah lo tranquilizó.
—Ella no piensa eso, para nada, al contrario, sabe que no podías revelarte a ella por el bien de todos, y se conforma con saber que estas bien y velando por nosotras... ella de verdad te ama.
Su hermano sonrió con una mueca de timidez reemplazando su usual expresión confiada.
—Lo sé muy bien, y yo también... Por eso quiero detener a ese hombre antes de que cause más desastres, si tan solo supiéramos cuales son realmente sus planes, podríamos pensar en algo desde ya... —se lamentó.
—Tenemos una pista, al menos —dijo Farah—. Tiene algo que ver con las arenas... Tienes aún el anillo que te dio nuestro padre contigo ¿no?
Kalim metió su mano dentro de su ropa a través del cuello y tomó de allí una larga cadena de plata con el anillo al que su hermana se refería colgando de ella.
—Aquí está, seguro y brillante —dijo con una sonrisa, enseñándoselo.
El anillo había sido hecho de oro puro. Tenía una piedra de cristal encima, llena de arena amarilla brillante, similar a la que su hermana tenía dentro de su propio medallón. Su padre se lo había dado de niño, junto con el medallón de su hermana. Era una de las reliquias traídas de su viaje a esa misteriosa isla hacia tantos años.
—No lo pierdas —advirtió su hermana—. Recuerda que junto con la daga, el reloj de arena y mi medallón, son artefactos poderosos que podrían salvar nuestras vidas, y tengo la sensación de que los necesitaremos.
Kalim lo devolvió al interior de su ropa.
—No te preocupes, lo llevo conmigo todo el tiempo.
Después de todo, era la razón por la que su padre les había dado los artefactos, para mantenerlos a ambos protegidos si alguien liberaba las arenas del tiempo, aunque el muchacho no había esperado que eso sucediera en realidad, al menos no durante su línea de vida. Tal vez en unos siglos, alguien lo suficientemente tonto buscando gloria, pero no tan pronto.
Kalim no estaba seguro de lo que podría suceder si eso se hiciera, liberar las arenas, no había estado tan interesado como su hermana en el estudio de los textos relativos a ellas. Pero por lo que su padre solía advertir sobre sus inmensos poderes y la inquietud de su hermana que sabía más que él sobre el asunto, podía discernir que sería algo aterrador.
Aterrador y destructivo.
Luego de eso, se habían hundido en un silencio estresante. La idea de que iban a necesitar hacer uso de los regalos de su padre le daba un poco de temor, más de lo que cualquier batalla pudiera generar en él, pero al igual que nunca se echaría atrás en una batalla sino que se tragaría el miedo y enfrentaría al enemigo con valor, de igual manera estaba dispuesto a enfrentar cualquier peligro inminente o desconocido.
Caminaron por el desierto todo el día, bajo el calor del sol. Farah estaba agradecida de que ella y las otras mujeres estuvieran siendo transportadas en lugar de caminar solas.
Kalim, sin embargo, no había tenido tanta suerte. Caminaba unos pies detrás de su hermana, con el aliento pesado y el sudor acumulado en su piel como una fina capa. Su ropa y armadura se sentían pesadas encima de él, pero él caminaba recto de todos modos.
Además, su sudor no se debía solo al calor.
Finalmente estaban allí, después de tantos días de viaje, habían llegado a su destino.
Se sentía más nervioso que nunca, pero también determinado y listo para cualquier cosa.
Azad había sido construida en medio de una cadena montañosa. Farah levantó los ojos, mirando con asombro las poderosas montañas. Nunca había estado tan lejos de su propia tierra, por lo que se sentía un poco emocionada de ver una nueva ciudad, pero también estaba consciente de sus circunstancias, de que a los ojos de estas personas era tan solo una esclava, y nada más, y que en pocas horas sería obsequiada a un extraño. Además, estaba el asunto del Visir, tenía la extraña certeza que algo iba a suceder, y tenía que estar lista para apoyar a su hermano si así sucedía.
La comitiva se abrió camino a través de las enormes puertas de la hermosa ciudad, cuyas paredes eran altas y fuertes, imponentes, pero para el par de hermanos no era comparable a la belleza de su propia ciudad, aunque ahora fuera tan solo un montículo de escombros y cenizas.
Un vigilante sobre una de las torres los había visto desde lejos, y ya había avisado a su gobernante acerca de la próxima llegada del séquito de su amigo, de modo que cuando llegaron a la ciudad, las puertas fueron abiertas para ellos, y otro séquito, formado por los hombres del sultán, esperaban por ellos del otro lado, para escoltarlos con pompa hacia el palacio.
Al frente de la formación, al entrar en las calles de la ciudad, se encontraban obviamente el rey Sharaman, su hijo el príncipe y el visir.
Kalim sintió otra punzada de dolor en su corazón al verlo. Recordó las innumerables veces en que su propia ciudad lo había recibido a él y a su familia después de haber llegado de un largo viaje, ya fuera desde una batalla o una visita a un lugar lejano.
Había imaginado que en unos pocos años, las puertas de su propia ciudad se habrían abierto para albergar a las docenas de príncipes que vendrían a pedir la mano de su hermana. Bromeaba sobre eso a menudo con su hermana, y Farah se molestaba ante sus comentarios.
Ahora, gracias a la codicia de un solo hombre, su hermana estaba siendo despojada de sus derechos como princesa, y él había sido despojado de su futuro como gobernante.
Sus rasgos se endurecieron, volviéndose de angustia a ira, sus ojos se agudizaron, y caminó más decisivamente hacia su destino.
Todavía no sabía qué iba a hacer, pero estaba seguro de que iba a hacer que el Visir se arrepintiera de sus acciones.
Una vez en las calles de la ciudad, Farah no pudo evitar sentirse avergonzada. Ella, junto a muchas mujeres, estaban siendo exhibidas como simples trofeos, no como seres humanos que habían sobrevivido a un ataque y habían perdido familias. Eso, además de avergonzarla, la enojó y la indignó. Y supo, después de una rápida mirada a su hermano, que él sentía lo mismo, solo que Kalim estaba más enfurecido que molesto, era su hermana, y podía descubrir que le ocurría sin necesidad de ver su rostro por completo, podía notarlo en la fuerza de más que ejercía al sostener el estandarte con el que marchaba, la manera en que sus labios estaban fijos en una tensa línea, o el fuego en sus ojos tan ardiente que podría derretir hasta el hierro más duro.
Pero se mantuvo estoico, marchando derecho al palacio del Sultán junto al séquito persa.
Una vez adentro del lujoso y espacioso edificio, fueron llevados a la sala de visitas, seguidos de los muchos obsequios para el gobernante de Azad, entre ellos, las jóvenes doncellas de la India, entre quienes se encontraba su hermana. Ellas fueron desamarradas pero rodeadas por soldados con lanzas que las estaban vigilando.
Kalim observó alrededor suyo, de nuevo teniendo dolorosos pero reconfortantes recuerdos de su propio hogar, el palacio en el que se había criado. Música suave sonaba cerca, había jóvenes siervas proveyendo comida, agua fresca y vino a los cansados, hambrientos y sedientos viajeros. Era un ambiente relajado y agradable... Al menos para quienes no lo habían perdido todo.
—¡Amigo mío! —el Sultán sonrió felizmente al rey Sharaman cuando lo vio, y caminó a su encuentro.
Compartieron un amistoso abrazo, parecía ser que eran muy buenos amigos, pensó Kalim.
Intercambiaron unas cuantas palabras que no le fueron de importancia hasta que el rey le mostró al Sultán las afamadas arenas del tiempo dentro del impresionante reloj. Este se acercó a ellas fascinado para observarlas más de cerca, apoyando sus manos en el cristal.
—La arena...¿porqué brilla? —preguntó con una curiosidad que se le hizo un tanto infantil al príncipe encubierto.
—Yo se lo diré...
Se puso en alerta cuando el Visir se introdujo en la conversación para aportar una respuesta de sus propios conocimientos.
—En el interior del reloj de arena hay una maravilla nunca vista antes por ningún hombre —comenzó a decir.
Kalim se puso rígido, su respiración se detuvo. Su mano se cerró alrededor del mango de su espada con fuerza. Sus ojos se dirigieron a su hermana, quien le devolvió la mirada con la misma inquietud y preocupación. Ella lo miró fugazmente antes de poner sus ojos en los gobernantes otra vez. Su hermano siguió su ejemplo.
—Desafortunadamente, tan solo la daga puede liberar las arenas del tiempo —continuó el hombre —y esta pertenece a alguien que esta por encima de mi, un joven príncipe con más valor para su padre que todas las riquezas de la India —comentó haciendo obvia referencia al hijo de Sharaman— ¿Querrá tal vez complacernos?
El príncipe sacó su recién adquirido trofeo, y hallándose observado por todos los presentes, se acercó al reloj para complacer a sus mayores.
'¡No lo escuches, imbécil!' gritó Kalim dentro de su cabeza, viendo cómo el joven príncipe dejaba que las palabras traicioneras del visir lo guiaran.
Vio cómo levantaba la mano, sosteniendo la daga, listo para bajarla en un movimiento rápido. Quería desesperadamente correr hacia él y darle un puñetazo en la cara para evitar que cometiera un error fatal, pero no podía actuar tan pronto o todo se detendría allí mismo, estaría expuesto, identificado, arrestado y encerrado. Tal vez incluso asesinado... Su hermana no podía hacer nada como una esclava, incluso si ella hablaba, no creerían en sus palabras. El Visir tendría la libertad de hacer lo que quisiera...
El príncipe indio se tragó su orgullo, audacia y valentía. No era un hombre muy paciente, menos por las cosas que realmente deseaba... esos días de viaje habían sido un infierno... pero tenía sus momentos sabios, como en ese momento.
Se quedó quieto, compuesto, pero completamente alerta para saltar a la acción en cualquier momento.
Sorprendentemente, su hermana se comportó de manera completamente diferente a lo que él había esperado de ella.
Ella pronunció un bajo pero aterrorizado 'no ...' cuando se dio cuenta de la intención del príncipe, y por su postura, el supo de inmediato lo que ella planeaba hacer.
—Farah, no —dijo su hermano finalmente, con voz lo suficientemente alta para que quienes estaban cerca le oyeran.
Adiós a su cubierta.
No vio las expresiones de sorpresa que sus palabras causaron en quienes lo rodeaban, que seguían pensando de él como otro soldado más hasta antes que abriera la boca para decir aquello.
La princesa quiso correr desesperadamente hacia el Príncipe, quien estaba a punto de hundir la hoja en el vidrio del reloj. Desafortunadamente, dos soldados se apresuraron a bloquearle el camino, poniéndose frente a ella con sus lanzas, impidiéndole avanzar hacia el muchacho antes de que el cometiera ese terrible error.
—Detente —dijo con voz preocupada, más fuerte—. ¡No! —gritó.
Kalim vio el rostro de su hermana tornándose en una mueca de repentino terror cuando la hoja se clavo en el vidrio, quebrandolo, e instintivamente su mano ingresó bajo su ropa, sus dedos se cerraron firmemente alrededor del anillo que estaba inusualmente cálido y brillante. Pero sus ojos agrandados se mantuvieron puestos en la escena tomando lugar a unos pocos metros de distancia.
Brillantes granos de arena salieron expulsados de la grieta, y al mismo tiempo, las paredes y el entero palacio se sacudieron violentamente como por un terremoto. La nube de arena se dispersó con una velocidad destructiva a lo largo del salón, alzándose y alcanzando a los huéspedes y anfitriones por igual, mientras el Visir, sin inmutarse por todo el caos desatado, con su báculo en alto recitaba palabras en un extraño lenguaje.
Algunos de los espectadores, como el rey Sharaman y algunos de sus soldados de alto rango no salieron huyendo sino que pelearon en contra de aquel enemigo desconocido utilizando sus espadas, moviéndolas de un lado a otro en un vano intento de detenerla de avanzar.
Los demás, otros soldados, miembros de la corte del sultán y doncellas, salieron corriendo en la dirección opuesta, con la arena persiguiéndolos.
Entre toda esa conmoción, los soldados que retenían a las jóvenes también habían ya sea huido o unido a la pelea, por lo que las jóvenes emprendieron la huida también. Entre el caos que se había desatado, Kalim había perdido de vista a su hermana y a Arundhati, la arena le hacía imposible ver y los gritos lo desorientaban. Además, la gente lo empujaba desesperada por buscar una salida.
—¡Farah! ¡Arundhati! —llamó, girando la cabeza con rapidez y buscándolas con la vista entre la arena.
Se había quitado lo que cubría su cabeza y rostro, pues ya no había caso en seguir ocultándose. Nadie alrededor parecía estar prestándole ninguna atención, y eso le venía bien porque debía buscar a Farah y cerciorarse de que estaba bien.
Pero en su distracción, no escuchó un grotesto gruñido cerca de él hasta que fue tarde, antes de que pudiera reaccionar, algo lo empujó con fuerza descomunal hacia otra pared, estrellándolo en ésta, y se golpeó la cabeza, cayendo al suelo.
El choque lo dejó desorientado por unos momentos, y abrió los ojos, viendo solo una imagen borrosa. Parpadeó, pero sintió su cabeza como si estuviera a punto de estallar. Todo lo que escuchaba eran voces lejanas que gritaban desesperadas y aterrorizadas, luego se tambaleó un poco y volvió a cerrar los ojos, cayendo en la oscuridad.
N/A: El anillo de las arenas es obviamente un invento mío porque necesitaba una razón para que Kalim pudiera ir con su hermana sin ser corrompido por las arenas, pero más que un amuleto protector, no creo que vaya a darle más utilidad que esa.
Todo aclarado, see ya!
H. C.
