Hey, aquí por fin con otro capi después de un año :v

Disclaimer: Reitero que no soy Jordan Mechner para nada.

Here We Go...

Con resignación, Kalim dejó en el fondo de su mente su preocupación por su compañera, por el momento, para centrarse en su tarea. El príncipe tiró entonces de la palanca empotrada en la pared, y a lo lejos oyó el chirrido de una puerta abriéndose, junto al de unas cuantas trampas activándose y entorpeciendo el camino hacia la salida.

Tal como las otras veces, el joven logró sortearlas, no sin recibir daño, pero nada que fuera muy grave o que le impidiera proseguir con su misión. Finalmente, después de cruzar a través de una fila de pinchos en el suelo que logró lastimarlo, rodó por el suelo y atravesó la puerta.

—¡Lo lograste!

La voz de su compañera le levantó los ánimos, y se puso en pie de inmediato para seguidamente abalanzarse hacia ella y envolver a la sobresaltada muchacha en sus brazos en un entrañable y fuerte abrazo, aliviado y agradecido de tenerla cerca, sana y salva.

Ella dio una risita por su muestra de afecto, devolviéndole el gesto por medio de rodear su cuello con sus delgados brazos.

—No que no me sienta bien donde estoy —comenzó la joven al cabo de unos instantes, cuando se hizo claro que el joven estaba renuente a soltarla—, pero debemos continuar.

Con reticencia, el príncipe se separó de ella, pero antes de dejarla ir la besó tiernamente en los labios, beso que la joven aceptó sin protesta.

—¿Por dónde llegaste aquí? —inquirió el joven después de soltarla.

—Por allí —respondió Arundhati, señalando a una grieta a un lado de la puerta—. Aquella grieta por la que me metí lleva hasta aquí afuera.

—Conveniente.

Kalim pasó su mirada de la pared de roca al puente colgante para cruzar a la siguiente puerta, que ya se hallaba abierta. Se había roto en algunas partes, y tendrían que saltar para cruzarlo, pero dentro de todo se veía lo suficientemente estable.

El príncipe fue primero para prestar ayuda a su compañera de ser necesario. Arundhati no negaba que la altura a la que se encontraban y la manera en que el puente se sacudía le daba algo de temor, pero ya había llegado hasta allí sorteando dificultades parecidas, no podía dejar que el miedo la detuviera ahora.

Después de saltar los puentes hasta llegar a la puerta, la cruzaron, encontrándose con un extenso pasillo donde fueron nuevamente atacados por los escarabajos, a los que Kalim convirtió en polvo sin problema. El pasillo acababa en una puerta cerrada, pero en la pared derecha había una brecha que los llevó a la habitación siguiente.

—Parece que estamos en los baños —observó el joven, atravesando la habitación con la muchacha tras él.

Cruzaron a la otra sala y subieron por unas escaleras hasta una zona superior, donde encontraron señales de que alguien más había pasado por allí antes, como una estatua que había sido removida de su sitio para ser colocada sobre una placa a presión, descubriendo una grieta en la pared.

También había un pasillo por el cual continuar el camino, pero al igual que muchos sitios por el palacio, contaba con trampas. Había un poste horizontal cubierto de pinchos que se balanceaba de un lado a otro, el cual se debía ser muy ágil y resistente para sortear y bajar, luego había que atravesar un foso con más estacas y luego subir y esquivar otro poste horizontal con pinchos hasta llegar a la siguiente sala.

Todo lo cual Kalim hizo sin más pues era la única manera de avanzar, mientras que su compañera optó por atravesar la grieta, lo que la llevó a salir a un balcón en una enorme y bonita sala.

La joven se acercó al borde y miró por el, justo para ver a su enamorado cruzando la puerta de la sala.

—¡Aquí arriba! —lo llamó.

El príncipe miró sobre él y vio a la joven sobre el balcón, e inmediatamente fue a ubicarse debajo con los brazos extendidos, listo para atraparla cuando se descolgara.

—¡Cuando quieras! —informó.

Ella se descolgó con cuidado del balcón y se dejó caer, aterrizando en los seguros brazos de Kalim, quien la depositó con cuidado en el suelo.

La pareja se dedicó a barrer el sitio con sus ojos, caminando con tranquilidad en la habitación, encontrándose con más rastros de que alguien ya había pasado por allí antes que ellos, dejándoles el camino a seguir definido.

En una de las paredes, el príncipe se encontró con una brecha que llevaba a una especie de pasadizo secreto, aunque como habían sido capaces de romper la pared para hallarlo quienes lo habían cruzado, quien sabe.

No era su prioridad averiguarlo por el momento.

—Iré delante —anunció, ingresando con cautela al interior del pasadizo.

Arundhati esperó por él al umbral de la entrada, estirando un poco la cabeza para poder espiar un poco. La construcción se veía muy antigua, y había unas escaleras que llevaban a un nivel inferior.

—¡Ven, es bastante seguro! —oyó llamar a su compañero.

La joven dio unos primeros pasos vacilantes, observando el nuevo entorno, y sintiéndose más segura, avanzó con más seguridad.

Al final de las escaleras estaba Kalim esperando por ella, de espaldas y sobre un bloque de piedra, mirando por el borde de un precipicio.

El lugar al que habían llegado estaba iluminado por una antorcha a la derecha, y se podía sentir el olor a humedad colgando en el aire. Más adelante, había antiquísimas estructuras elevándose sobre un abismo oscuro, apenas manteniéndose en pie, con grabados en las paredes en un idioma que ella no podía ni siquiera reconocer ni adivinar.

—¿Qué es este lugar? —murmuró por temor a que tan solo por elevar la voz algunas de esas viejas estructuras fueran a tambalearse y acabar por derrumbarse sobre ellos.

—Construcción antigua —respondió Kalim.

—¿Y cómo seguimos desde aquí?

El joven entre cerró los ojos hacia una dirección en particular.

—Puedo ver una puerta desde aquí, pero creo que esta cerrada y no divisé ningún tipo de interruptor —indicó el príncipe—, así que si consigo alcanzarla, de todas maneras tal vez ni siquiera podamos abrirla.

Kalim exhaló cansado, tomando asiento en el borde de aquel bloque, pensando como solucionar aquel dilema. Mientras tanto, su compañera ya había notado otra abertura en la parte inferior de una de las paredes, y su mente había empezado a cavilar la idea de ver a donde llevaba, por lo que se lo hizo saber a su acompañante.

—No me agrada la idea para nada —confesó el joven—, pero yo no quepo por ahí, y la última vez tuviste razón, así que no veo porque no.

Ella le dio una sonrisa como agradecimiento por la confianza que depositó en ella, y se paró en puntas de pie para darle un fugaz beso en los labios.

—Estaré bien —prometió.

Entonces, la joven se metió por la abertura y gateó por ella, guiándose únicamente por lo que sus manos podían palpar ya que no tenía manera de iluminar su camino, ignorando lo mejor posible los insectos reptando por encima y por debajo de ella.

Al final, logró alcanzar una sala que tenía dos puertas, una abierta y otra cerrada, y una palanca en el centro. Pero antes de aventurarse más lejos, probó mover la palanca para ver si era de utilidad.

Le costó un poco más de trabajo de lo que había creído, ya que el cansancio que había sentido durante todo el camino no había cedido ni un poco, pero consiguió moverla una vez, y fue suficiente para abrir la puerta.

Después de lo que le pareció una eternidad al príncipe, oyó la voz de su compañera a lo lejos llamándolo. Él se trepó al bloque de piedra de nuevo y desde allí vio la silueta de su amada parada al umbral de la puerta que había descubierto antes.

—¡Buscaré la manera de seguirte! —anunció.

Dio otra mirada a su alrededor, llegando a la conclusión de que no había más remedio que sortear todas esas ruinas para llegar a donde ella, por lo que el príncipe saltó a la barra horizontal y de allí a una plataforma que solo por gracia divina se mantenía en pie sobre otros restos de piedra. De allí, tomó carrera y dio un salto hacia otra ruina e hizo su camino hasta aterrizar al fin en la puerta, junto a su compañera.

No quería más que tomarla con fuerza entre sus brazos, pero ella parecía estar bien, además, tenían que seguir moviéndose. Todo apuntaba a que su hermana todavía estaba dando vueltas, con alguien, al parecer. Farah tenía la misma complexión física que su compañera, por lo que no podía haber hecho todo lo que habían estado haciendo sola, debería haber necesitado ayuda. Así que él solo le sonrió a su novia para hacerle saber que estaba bien y feliz de verla. Luego se acercó a la palanca en el centro de la habitación.

—Hay que volver a colocarlo en su posición original —indicó la joven—. Así estaba colocado cuando llegué, y esa puerta estaba abierta.

Él asintió y puso las manos sobre la palanca, comenzando a girarla. La puerta por la que había llegado se cerró y la otra se abrió, dejando paso para otro par de escarabajos gigantes de los cuales se encargó con rapidez.

Después de guardarse la lanza de nuevo, se dirigieron a través de la puerta, para encontrarse con que el pasillo se cortaba y ante ellos se extendía un abismo, y más allá se lograba ver una plataforma y una escalera que llevaba arriba.

Había también una grieta en la pared, y no teniendo más opción que intentarlo, Arundhati se ofreció a ingresar por ella.

Pasaron unos instantes que el príncipe pasó caminando de un lado a otro, esperando por una señal de su pareja hasta que finalmente con alivio alcanzó a verla salir por otra grieta al otro extremo del pasillo.

—¡Hay una plancha de presión aquí! —indicó la muchacha.

Luego de decir aquello, la joven se paró sobre ella y unas plataformas salieron de las paredes.

Tomando carrera, el príncipe dio un salto lo suficientemente largo como para aferrarse al borde de la primer plataforma con ambas manos. Después de subirse a ella, hizo lo mismo hasta alcanzar el lugar donde estaba la joven, ahora cubierta de más suciedad y raspones en sus brazos y piernas, pero por lo demás fuera de peligro.

Al final, había una escalera que Kalim probó su estabilidad antes de subir primero, con cautela. Al alcanzar el final, dio un vistazo a lo que les esperaba y cuando se aseguró de que todo estaba despejado, hizo señas a la chica para que subiera tras él.

Como muchas salas por las que habían pasado, esta también estaba hundida en el silencio y cubierta en secciones por una extraña neblina amarillenta con pequeñas partículas brillantes, como si fuera arena, que llegaba a nivel de sus rodillas moviéndose lentamente de un lado a otro. Además de eso, en el lugar había signos de que una batalla había tenido lugar, pues se encontraron con objetos tirados en el suelo, como lamparas.

Ignorando todo ello, Kalim cruzó la sala hasta alcanzar un hueco en la pared que definitivamente no era una puerta pero que llevaba a un pasillo. Mirando cuidadosamente el interior por algún peligro, pasó a través de este seguido de Arundhati.

Habían restos de barriles que habían sido destruidos aparentemente para alcanzar un interruptor en el suelo que era para abrir la puerta hacia una nueva sala.

Como ya era su patrón, la muchacha se paró sobre la plancha de presión que les abrió la puerta por la que primero ingresó el príncipe.

—¡Despejado! —informó a la joven desde el interior.

Apresurándose para que la puerta no se cerrara, la joven cruzó el umbral y esta se cerró tras ella, dejándola encerrada en una sala que parecía haber sido un comedor si se dejaba guiar por las mesas y sillas ahí dentro –algunas dadas vueltas o echas pedazos por alguna pelea– con restos de comida sobre ellas o regadas en el suelo.

—Nuestro único camino fuera de aquí parece ser esa escalera —señaló el joven sacando a la muchacha de su inspección del lugar, apuntando a una escalera de mano en una de las paredes.

Kalim trepó por ella con la chica detrás de él, y después subieron una escalinata hasta una puerta que daba al exterior. Ambos bajaron trepándose de unas plataformas de madera y se dirigieron a cruzar el puente, pasando junto a una de esas extrañas columnas anaranjadas que desprendían un extraño calor que era atrayente pero a la vez estremecedor. No era la primera con la que se topaban en el camino con una de esas, había visto como seis u ocho durante el trayecto. Aunque no sabía exactamente que eran, sí sabía que debían estar relacionadas de alguna manera con las arenas del tiempo, pero hasta el momento no había sentido ni tenido la necesidad de acercárseles. De seguro aquellos escritos en la vasta biblioteca de su padre debían de contener algo de información sobre ese fenómeno, pero de nuevo, Farah era la experta en esas cosas, el solo sabía lo básico y lo que había oído de su hermana.

Lo que era interesante era el hecho de que el anillo que portaba con él empezaba a calentarse cada vez que estaba cerca de aquellas columnas, desprendiendo un brillo que casi traspasaba sus ropas, casi igual que con esas misteriosas neblinas de arena.

Arundhati por su parte tenía otros asuntos en mente. La joven estaba sedienta, su garganta se sentía tan seca como el desierto, como si tuviera arena pegada que absorbía cualquier humedad, y la fuente de agua cristalina se le hizo tentadora. En el comedor del que venían había habido una fuente también, pero con el polvillo que colgaba en el ambiente y la cantidad de escombros rodeándolos el agua no le había apetecido tanto como aquella que seguía un poco más limpia.

Ella se inclinó sobre la fuente para beber un poco antes de continuar y de paso humedecer un poco su cabello, y el príncipe no pudo con su curiosidad y se acercó más a la brillante columna para inspeccionarla.

Alzó lentamente y con mucho cuidado su brazo, curioso de saber que ocurriría si sus dedos tan solo rozaban aquella extraña luz, y fue recibido por una calidez agradable, como la de una fogata en una noche fría. Para lo que no estaba preparado sin embargo, fue para la repentina fuerza invisible que se aferró a su muñeca como si de grilletes se tratara y dio un fuerte jalón a su brazo, atrayéndolo hacia el interior de la columna contra su voluntad.

En todo ese caos en el que se vio sumergido debió de haber dado algún grito ya fuera de sorpresa, miedo o dolor, porque antes de ser cegado por una brillante luz, lo último que oyó fue la voz de su novia exclamando de miedo y preocupación por él.


Lo que le siguió a eso fue una serie de imágenes desordenadas que parecían recuerdos, pero por lo que en su inconsciencia pudo percibir, eran sucesos que todavía no habían ocurrido, o que tal vez ocurrirían muy pronto. Pudo deducirlo por lo que podía ver en ellas. A sí mismo, más que nada, siguiendo su camino hacia su destino en aquel palacio derruido, sorteando obstáculos, y a su hermana, a la par con otra persona... ¿un varón? No podía distinguirlo, pero debía de tratarse de la persona que había estado en esta cruzada con ella.

Eso en parte lo alivió y molestó. En un lugar rodeados de enemigos ¿de quién podía tratarse? ¿un soldado enemigo? ¿uno de los hombres del Sultán? Farah era inteligente, no se aliaría con cualquiera aunque fuera la única persona que no hubiera sido afectada, no iba a fiarse de cualquier extraño, por lo que podía mantener la calma, seguro de que quien fuera que sea el hombre que la acompañaba en su travesía era al menos respetable y confiable a los ojos de su hermana.

Aun así, estaba deseoso de por fin encontrarla, y esas imágenes no hicieron más que avivar su deseo y decisión de encontrarla y juntos derrotar a ese vil traidor.

Pero para ello debía continuar su camino.

La 'visión' acabó, y sintió como su cuerpo era expulsado fuera de la columna, para terminar tendido en el suelo del puente, un tanto dolorido y con un tenue mareo.

Se quejó por lo bajo, empezando a levantarse, solo para ser repentinamente sacudido de su estupor por un agudo chillido de dolor.


Arundhati había visto por el rabillo del ojo como el muchacho se acercó con curiosidad a la columna, pero ocupada como estaba saciando su sed, no había podido hacer mucho para evitar que la luz lo engullera, atrayéndolo de forma súbita.

De inmediato había saltado para socorrerlo, estirando sus brazos para sacarlo a la fuerza de alli, pero al ver su cuerpo levitando en aquella extraña columna anaranjada, tuvo temor de siquiera extender sus dedos hacia ella, y retrocedió unos pasos, insegura de como accionar. Además, una fuerza desconocida había atraído al príncipe ¿quién sabe si esa fuerza no fuera a reclamarla a ella también? Y sinceramente, con todo lo que había ocurrido con esas malditas arenas, no sería un movimiento prudente.

Se limitó a acercarse para observar mejor, llena de preocupación y duda pero incapaz de hacer nada. Al menos Kalim no parecía estar sufriendo de ninguna incomodidad o dolor, lo que fue un alivio.

Finalmente, su amado fue expulsado de la columna, y cayó al suelo suavemente, con los ojos cerrados pero respirando de manera normal, así que supuso que no le quedaba más por hacer que aguardar a que despertara. Quiso acercase más a él para arrastrarlo lejos de aquella columna de luz, pero después de un par de pasos más en su dirección, un agudo y repentino dolor recorrió todo su cuerpo, y se dobló sobre sí misma, torciendo sus rasgos con incomodidad y dolor.

Cayó de rodillas al suelo, mordiéndose la lengua para no exclamar de dolor mientras sentía como una dolorosa sensación de tener el estómago en llamas repentinamente se extendía hacia cada rincón de su cuerpo, envolviéndola desde el interior en una horrenda sensación de estar siendo quemada viva.

Fue en ese momento que el príncipe empezó a despertar.

Kalim se olvidó por completo de la loca experiencia que acababa de vivir, saltando a sus pies de inmediato para correr hacia ella al oírla ceder finalmente y dar un alarido, tomándola en sus brazos con preocupación.

—¡Querida! ¿qué está pasando? ¿Qué tienes? —cuestionó desesperado.

¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente? ¡Ella se había visto completamente bien poco antes! ¡¿Qué estaba ocurriendo?!

—Me duele —siseó ella entre dientes apretados, cerrando los ojos con lágrimas derramándose de ellos.

—¿Duele? —hizo eco, desconcertado, pero trató de consolarla de todos modos—. Cálmate, mi amor, ven.

La ayudó a sentarse en el suelo contra la pared de piedra y ahuecó sus mejillas con ambas manos, con su frente fruncida, mientras la examinaba, buscando la fuente de su angustia en vano.

Arundhati comenzó a gemir, temblando, sintiendo como si miles de cuchillas estuvieran cortando su piel una y otra vez sin sangrar. Algo muy malo estaba sucediendo con ella, ella lo sabía. Entonces, su estómago comenzó a agitarse y apretarse.

Sus chillidos se convirtieron en desgarradores gritos de dolor y sufrimiento. Kalim comenzó a entrar en pánico por la desesperación, sin saber qué hacer, asustado más allá de toda posibilidad.

Entonces, Arundhati comenzó a retorcerse en su lugar, jadeando por aire entre sus alaridos. Frente a sus incrédulos ojos, su piel comenzó a agrietarse por todo su cuerpo. Ella se llevó las manos a la cabeza, presionándolas contra las sienes, se sentía como si fuera a explotar en cualquier momento. Lágrimas frescas abandonaron sus ojos más por reflejo ya que era incapaz de racionalizar lo que le ocurría debido al inmenso dolor.

—Kalim... —fue lo último que la oyó decir entre dientes con su dulce voz quebrada.

—Arundhati, mi amor, por favor, mírame —le suplicó Kalim, empezando a sollozar con sus propias lágrimas.

Su amor estaba sufriendo y él no podía hacer algo para detener su dolor. Le había prometido protegerla, y había roto esa promesa. No se había sentido tan inútil desde el ataque a su ciudad, y una vez más, no podía hacer nada para ayudar.

La abrazó, sus lágrimas fluían como ríos sobre sus mejillas, cuando finalmente entendió lo que estaba pasando con ella.

Las arenas finalmente la reclamaban, como habían hecho con todos los demás.

—Por favor, mi amor —suplicó, con el corazón roto—, por favor, no me dejes, por favor, mi amor...

Los gemidos y los gritos de Arundhati se convirtieron en gruñidos bestiales, sus ojos estaban perdiendo su brillo, su hermoso rostro había empezado a cambiar, convirtiéndose en algo impío y absolutamente despreciable. Su hermosa sonrisa había sido reemplazada por una mueca inhumana y retorcida grotescamente adornada con dientes afiliados propios de una bestia salvaje. Su sección media empezó a brillar como el contenido de aquel condenado reloj de arena, como la empuñadura de esa maldita daga. Granos de arena amarilla brillante empezaron a correr por sus venas usurpando el lugar de su sangre, robándole toda su humanidad.

Sabía que tenía que correr, su vida estaba peligro, su amor se había perdido, esa cosa se retorcía y gritaba en el suelo... esa cosa no era su amada doncella. Arundhati se había ido...

Sin embargo, no podía... no podía dejar que sufriera sus últimos momentos sola. Al mismo tiempo, sabía que esa cosa en la que Arundhati se había convertido iba a atacarlo sin piedad, y si moría... si dejaba que esa criatura lo matara en el cuerpo de su amor, ella habría estado devastada... y él no podía pelear con ella, no con ella...

La monstruosidad ahora reemplazando a su dulce doncella se retorció entre sus brazos, consiguiendo liberar uno de los suyos y darle un zarpazo con un chillido que le heló la sangre. Con agilidad logró esquivar el golpe, aunque sus alargadas uñas que asemejaban garras alcanzaron a rozarlo en la mejilla, dejando una marca de cuatro arañazos de los que empezaron a emerger hilos de sangre.

La dejó ir, con el corazón herido por completo, acunando su mejilla herida y poniéndose torpemente de pie, dando pasos indecisos hacia atrás mientras la observaba todavía incrédulo y desolado, con sus lágrimas mezclándose con su sangre vertida.

La criatura, tan igual a ella y a la vez completamente diferente, se levantó con dificultad, su mirada vacía y demoniaca fija en él como si fuera tan solo una presa que cazar. Era una imagen desgarradora y terrorífica, pero no podía dejar de observar estupefacto y paralizado en lo que su amada se había convertido. Decenas de interrogantes pasaron por su cabeza en un fugaz instante, pero no se detuvo a reflexionar en ninguno, pues el tiempo se le estaba acabando.

Hipando, se levantó, se dio la vuelta con una última mirada llena de pesar y angustia hacia aquel monstruo y salió corriendo por el puente en dirección contraria de donde habían llegado.

—Lo siento, mi amor, realmente lo siento... —susurró con dolor, secando sus lágrimas, dejándola atrás por fin.

Pudo oír gruñidos y chillidos inhumanos en un tono de voz agudo acompañados de pasos vacilantes, como si quien caminara lo estuviera haciendo por primera vez y no supiera como coordinar sus pasos. Iba detrás de él, tenía que apresurarse.

Se dirigió dando tumbos y temblando por la conmoción emocional hacia la puerta, pero toda su sangre se heló cuando descubrió que no había forma de abrirla desde afuera, no había palanca o plancha de presión la vista. Gruñó de frustración y desesperación, pateando la condenada puerta en su rabia e impotencia. Había perdido su amor por un poder superior, y ahora estaba atrapado con lo que quedaba de ella en el exterior, con dos opciones. Luchar contra ella y acabar con su miseria o rendirse y renunciar a la vida. Tenía que tomar una decisión rápidamente, ella se acercaba con toda la intención de destrozarlo.

La idea de abandonar ese caótico mundo era tentadora luego de todo lo que había ocurrido, pero...pensando en su hermana que todavía estaba en una misión, extinguio esos opresivos pensamientos y cerró los dedos alrededor de la empuñadura de su lanza.

—Perdóname, Arundhati... —le murmuró tristemente a la cosa que ahora alzaba el brazo para asestarle un golpe.

Con un grito de guerra, el príncipe cargó contra ella.


Y ahora una explicación:

Arundhati solo sobrevivió durante un tiempo a la corrupción de las arenas, como el hombre que el príncipe se encuentra al activar las trampas, pero como ya leyeron acabó por sucumbir, solo que tardó debido a la exposición al anillo de Kalim.

Hasta la próxima.

H. C.